Desideria es el nombre de uno de los personajes creados por San Jose Manyanet (1833-1901) para ilustrar su espiritualidad y su pensamiento. Desideria puede ser un hombre o una mujer, una persona joven o adulta. Pero Desideria es, ante todo, un espiritu ingenuo, inquieto e infantil, cuyo deseo de aprender y ser feliz parece no tener limites.
martes, 17 de septiembre de 2024
lunes, 15 de julio de 2024
jueves, 14 de diciembre de 2023
sábado, 1 de octubre de 2022
San Jerónimo y el protestantismo
Otros protestantes afirman que san Jerónimo enseñó la sola fide, esa doctrina central del protestantismo según la cual el pecador es justificado por la gracia a través de la sola fe, y que las obras son, por tanto, totalmente no salvíficas. Citarán su In Epistolam Ad Romanos, en el que leemos, en latín, «Ignorantes quod Deus ex sola fide justificat, et justos se ex legis operibus, quam non custodierunt», que se traduce en algo así como: «Siendo ignorantes de que Dios justifica por la sola fe, se consideran justos por las obras de la Ley que no cumplen».
Consideremos la primera cita, en la que se encuentra la frase «sola fide». San Jerónimo se refiere a los judíos fariseos de la época de Cristo, que pretendían justificarse mediante los preceptos mosaicos. Además, las «obras» a las que se refiere son los «sacrificios de la Ley que eran sombras de la verdad» (quae umbra errant veritatis), y no las obras propiamente dichas como las entienden los reformistas protestantes.
viernes, 30 de septiembre de 2022
Vida de San Jerónimo
San Jerónimo de Estridón fue un monje del siglo IV, Padre y Doctor de la Iglesia. Buen practicante del ascetismo, inspiró a muchos, especialmente religiosos a seguir el camino de la santidad. San Jerónimo es considerado el patrono de los traductores y de los que se dedican a entender las Escrituras.
Durante esos años, se distinguió también como director espiritual de muchas señoras de la aristocracia romana, entre ellas santa Marcela, santa Paula y santa Fabiola de Roma, lo que le causaría muchos problemas por culpa de las habladurías que ésto ocasionaba.
Desde su cueva, san Jerónimo siguió entregado a los estudios, a la penitencia, así como a la predicación. Sus palabras sirvieron de guía para cientos de hombres y mujeres que han encontrado en él una verdadera inspiración.
martes, 13 de septiembre de 2022
Septiembre 13: San Juan Crisóstomo, Obispo y Doctor de la Iglesia
Doctor de la Iglesia, nació en Antioquía, aproximadamente en el 347, y murió en Comana en Ponto el 14 de septiembre de 407.
Crisóstomo nació en Antioquía, la segunda ciudad más importante del Imperio Romano de Oriente después de Constantinopla. En el siglo IV se produjeron varias disputas religiosas que perturbaron la paz del imperio. Antioquia padeció los conflictos entre maniqueos, gnósticos, arrianos, apolinaristas, judíos, paganos.
Su padre, Segundo, era un oficial de alto rango en el ejército sirio. Murió poco después del nacimiento de Juan, y Antusa, su mujer, se hizo cargo de sus dos hijos: Juan y una hermana mayor. Antusa era una mujer de inteligencia y carácter. Educó a su hijo en la piedad y lo envió a las mejores escuelas de Antioquía.
Crisóstomo fue alumno de Libanio, famoso orador y defensor del paganismo de Roma. Libanio quedó maravillado con la elocuencia de su discípulo y vaticinó para su pupilo una brillante carrera como estadista o legislador.
Un encuentro con el obispo Melecio (367) resultó decisivo en la vida de Juan, quien comenzó a estudiar teología con Diodoro de Tarso (escuela de Antioquía) mientras mantenía un ascetismo extremo.
Crisóstomo estudió las Sagradas Escrituras y escuchó los sermones de Melecio con gran devoción. Tres años después recibió el Bautismo y fue ordenado lector.
Atraído por el deseo de una vida más perfecta entró en una de las sociedades ascéticas bajo la dirección espiritual de Carterio y Diodoro, que sería obispo de Tarso. La oración, el trabajo manual y el estudio de las Escrituras eran sus ocupaciones. Sus primeros escritos tratan temas de ascetismo y monaquismo.
Cuatro años después, Crisóstomo decidió irse a vivir a una de las cuevas cercanas a Antioquía como anacoreta. Allí estuvo dos años, pero su salud se deterioró y tuvo que regresar a Antioquia, donde continuó su oficio de lector en la Iglesia.
A comienzos de 381, fue ordenado diácono por Melecio antes de que se desplazara a Constantinopla para presidir del II Concilio Ecuménico. Allí le sorprendió la muerte al obispo Melecio. Su sucesor fue san Flaviano, a quien Crisóstomo asistió como diácono en las funciones litúrgicas, cuidó a enfermos y pobres, y enseñó a los catecúmenos.
Un hecho curioso de la vida de Juan es su huida para no ser ordenado sacerdote, a lo cual debemos su tratado Sobre el Sacerdocio. Crisóstomo fue ordenado sacerdote por san Flaviano en el 386. Su principal tarea durante los siguientes doce años fue la de predicar. La prédica usual de Crisóstomo consistía en explicaciones de las Escrituras.
En la Pascua de 387 mostró la eficacia de su oratoria con sus sermones “Sobre las Estatuas”. El pueblo de Antioquia, enfadado por la recaudación de nuevos impuestos, había volteado las estatuas del emperador Teodosio. Crisóstomo ofreció veinte sermones consoladores y exhortativos, hasta que el obispo Flaviano trajo desde Constantinopla el perdón del emperador.
Crisóstomo debía ser el sucesor de Flaviano en Antioquia pero el 27 de septiembre de 397 murió Nectario, Obispo de Constantinopla. Había rivalidad en la capital por la sede vacante. El emperador Arcadio, por sugerencia de su ministro Eutropio, llamó a Juan Crisóstomo a Constantinopla. Crisóstomo fue ordenado Obispo de Constantinopla el 26 de Febrero de 398 en una gran asamblea de obispos, por Teófilo, Patriarca de Alejandría, quien había sido obligado a renunciar a su propio candidato.
La nueva posición de Crisóstomo no era fácil pero Constantinopla comenzó a sentir el impulso de una nueva vida eclesiástica. La necesidad de reforma era innegable. Crisóstomo comenzó “barriendo las escaleras desde arriba”:
- Puso fin a los frecuentes banquetes
- Vivió con la sencillez que había cultivado como sacerdote y monje.
- Construyó un hospital con el dinero ahorrado de sus gastos domésticos.
Crisóstomo predicó contra las extravagancias y las vanidades de los ricos. Las clases altas de Constantinopla no estaban acostumbradas a su lenguaje pero el pueblo apreciaba sus sermones y lo aplaudían en la iglesia.
Organizó la ayuda a los necesitados. Se establecieron refugios para los pobres, horfanatos, hospitales. En adelante, Constantinopla sirvió de modelo para la organización de ayudas en otras ciudades.
Uno de los recursos de Crisóstomo fue el mover los corazones de las damas y los caballeros de la alta nobleza. La palabra de Crisóstomo movió, entre otros, al prefecto de la ciudad, Nebridius, que dedicó el sueldo de un año entero a ayudar a los pobres. Más generosa fue su esposa Olympias, quien al enviudar dedicó su inmensa fortuna a los monasterios y hospitales. Su aspiración desde entonces fue socorrer a los presos, desterrados, pobres y a todo el que sufría alguna clase de necesidad.
En la Corte estaba Brison, primer acompañante de la emperatriz Eudoxia, quien también se hizo amiga de Crisóstomo. Sin embargo, esta amistad no duró mucho. Eutropio, ministro y cónsul, abusó de su influencia y persiguió a sus adversarios privando a algunas personas ricas de sus propiedades. Crisóstomo le advertió de los resultados de sus propios actos. Entonces, la emperatriz Eudoxia fue indispuesta contra Crisóstomo. Ella misma cometió una injusticia privando a una viuda de su viñedo. Crisóstomo intercedió por la viuda, ofendiendo a la emperatriz. Desde entonces la rivalidad entre la corte imperial y el palacio episcopal era evidente. Este período comenzó alrededor del año 401.
En el 399, Eutropio cayó en desgracia y huyó a la iglesia. Él mismo había intentado abolir la inmunidad del asilo eclesiástico y la gente estaba en contra suya. Crisóstomo calmó los ánimos con su famoso Sermón sobre Eutropio. El ministro caído en desgracia se salvó por el momento, pero intentó de escapar durante la noche y fue capturado y exiliado.
Inmediatamente ocurrió otro suceso más peligroso: Gainas, uno de los generales imperiales, fue enviado a someter a Tribigild. Pero en el verano de 399 Gainas se alió con Tribigild y para restaurar la paz el emperador Arcadio tuvo que someterse a humillantes condiciones. Gainas fue nombrado comandante en jefe del ejército imperial. Le tuvieron que ser entregados Aureliano y Saturnino, dos hombres de alto rango en Constantinopla. Crisóstomo aceptó una misión ante Gainas que se saldó con la liberación de Aureliano y Saturnino.
La autoridad de Crisóstomo se había fortalecido por la firmeza de carácter que había demostrado en estos conflictos. Sin embargo, aumentaron los celos contra él. La emperatriz Eudoxia y sus cortesanos estaban al frente de este grupo. Se les unieron entonces algunos obispos provinciales: Severiano de Gabala, Antíoco de Ptolemais y Acacio de Beroea, quienes preferían las atracciones de la capital a residir en sus diócesis.
En el primer mes de 401, Crisóstomo fue a Éfeso, donde designó un nuevo arzobispo y con el consentimiento de la asamblea de obispos depuso a seis obispos por simonía. Mientras tanto habían ocurrido en Constantinopla desagradables sucesos. El obispo Severiano había entrado en abierta enemistad con Serapión, archidiácono y oeconomus de la catedral y del palacio episcopal. Crisóstomo invitó a Severiano a regresar a su propia sede pero la reconciliación que siguió no fue sincera, al menos de parte de Severiano.
Teófilo, Patriarca de Alejandría, hacia el fin del año 402 fue convocado por el emperador para disculparse ante el sínodo de Constantinopla que presidía Crisóstomo por varios cargos que habían sido presentados en su contra por monjes egipcios. El patriarca los había perseguido por origenistas. Teófilo tenía agentes y amigos en Constantinopla y conocía el estado de las cosas en la corte.
En ese tiempo Crisóstomo pronunció un sermón contra la vana lujuria de la mujer. La emperatriz Eudoxia se lo tomó como si ella fuera la aludida. El terreno estaba preparado. Teófilo apareció en Constantinopla en Junio de 403 con veintinueve de sus obispos sufragantes, con una buena cantidad de dinero y todo tipo de regalos. Tomó alojamiento en uno de los palacios imperiales y se entrevistó con los adversarios de Crisóstomo.
Una lista de ridículas acusaciones fueron vertidas contra Crisóstomo, quien con cuarenta y dos obispos reunidos para juzgar a Teófilo de acuerdo con las órdenes de emperador Arcadio, fue convocado a presentarse él mismo y disculparse. Crisóstomo rehusó reconocer la legalidad del sínodo.
Tras ser citado tres veces y con el consentimiento del emperador, Crisóstomo fue depuesto de su sede. Para evitar derramamiento de sangre, se rindió a los soldados que lo esperaban. Las amenazas del pueblo en rebelión atemorizaron a la emperatriz y temiendo algún castigo del cielo por el exilio de Crisóstomo ordenó su restauración. Crisóstomo entró en la capital ante el regocijo del pueblo y Teófilo y sus partidarios huyeron de Constantinopla. El retorno de Crisóstomo fue una derrota para Eudoxia y revivió su rencor.
Dos meses después, una estatua de plata de la emperatriz fue descubierta en la plaza frente a la catedral. Las celebraciones, que duraron varios días, molestaron los oficios en la iglesia. Crisóstomo se quejó al prefecto de la ciudad, quien informó a Eudoxia que el obispo se había quejado de su estatua. Esto bastó para que la emperatriz llamara a Teófilo y a los otros obispos para que depusieran a Crisóstomo nuevamente. Sin embargo, Teófilo no deseaba correr el mismo riesgo por una segunda vez y escribió a Constantinopla que Crisóstomo debía ser condenado por haber reentrado a su sede en oposición a un artículo del Sínodo de Antioquía mantenido en el año 341 (un sínodo Arriano).
Los demás obispos no tenían ni la autoridad ni el coraje para enjuiciarle pero urgieron al emperador a que firmara un nuevo decreto de exilio. Un doble atentado contra la vida de Crisóstomo fracasó. En Vísperas de Pascua de 404, cuando todos los catecúmenos iban a recibir el bautismo, los soldados imperiales entraron en el baptisterio y dispersaron a la congregación. Arcadio firmó el decreto y el 24 de junio de 404 los soldados condujeron a Crisóstomo al exilio.
Al salir de Constantinopla, una explosión destruyó la catedral, el senado y otros edificios por lo que los seguidores de Crisóstomo fueron acusados del crimen y perseguidos. Arsacio, un anciano, fue designado sucesor de Crisóstomo pero pronto le sucedió Ático. Los oponentes del nuevo obispo eran castigados con la confiscación de su propiedad y el exilio.
Crisóstomo fue exiliado a Cucuso, en la frontera este de Armenia. Mantenía correspondencia con sus amigos y no abandonó la esperanza de volver a Constantinopla. Cuando se supo de su exilio en occidente, el Papa y los obispos italianos se declararon en su favor. El emperador Honorio y el papa Inocencio I convocaron un nuevo sínodo pero sus delegados fueron apresados y enviados a casa. Las esperanzas de Crisóstomo se desvanecieron.
En el verano de 407 se dio la orden de llevarlo a Pithyo, un lugar en la frontera del imperio cerca del Cáucaso. Fue forzado a hacer largas marchas expuesto al sol, a las lluvias y el frío de las noches. Su cuerpo, debilitado por las enfermedades, se resintió. El 14 de septiembre el grupo estaba en Comana en Ponto. Crisóstomo había pedido descansar pero fue forzado a continuar su marcha. Pronto se sintió tan débil que tuvieron que volver a Comana. Algunas horas después Crisóstomo murió. Sus últimas palabras fueron: "Doxa to theo panton eneken" ("Gloria a Dios por todas las cosas").
Fue enterrado en Comana. El 27 de enero de 438, su cuerpo fue trasladado a Constantinopla con gran pompa y puesto en una tumba en la iglesia de los apóstoles donde Eudoxia había sido enterrada en el año 404.
La obra literaria de san Juan Crisóstomo
Crisóstomo no era una mente especulativa, ni estuvo involucrado en grandes controversias dogmáticas. Desde sus comienzos fue considerado por los griegos y los latinos como un testigo de la fe.
En el Concilio de Éfeso (431) san Cirilo de Alejandría y los antioquenos lo citaban en favor de sus opiniones. En el VII Concilio Ecuménico, cuando un pasaje de Crisóstomo fue leído en favor de la veneración de imágenes, el obispo Pedro de Nicomedia exclamó: “Si Juan Crisóstomo habla de ese modo de las imágenes, ¿quién se atreverá a hablar contra ellas?”
En la Iglesia Latina, Crisóstomo fue citado incluso antes. El primer escritor que lo citó fue Pelagio, cuando escribió su perdido libro De Naturæ contra san Agustín (c. 415). Agustín, poco tiempo después (421), empleó la enseñanza de Crisóstomo en su controversia con Julián de Eclana.
Durante la Reforma, hubo ácidas discusiones sobre si Crisóstomo era protestante o católico. Las polémicas no han cesado. Es cierto que Crisóstomo tiene algunos pasajes que parecen ignorar la confesión privada a un sacerdote y que no tiene pasajes en favor de la primacía del Papa, pero reconoce la tradición de la Iglesia como una regla de fe. Esta Iglesia, dice, es sólo una, por la unidad de su doctrina; está esparcida por todo el mundo, es la única Novia de Cristo.
Con relación a la Cristología, afirma que Cristo es Dios y hombre en una persona, pero no ahonda en el modo de esta unión.
• Exhortación a Teodoro lapso y Contra los enemigos de la vida monástica:
Estas dos breves obras están dedicadas a defender la vida monástica. La primera está escrita con ocasión del abandono del monasterio por parte de su amigo Teodoro de Mopsuestia. Se trata, pues, de una exhortación para que vuelva a practicar la vida eremítica.
Entre los tratados, el más famoso es el que versa Sobre el sacerdocio, en el que diserta sobre los deberes del sacerdote siguiendo la pauta que le daba la Apología de fuga de san Gregorio de Nacianzo.
Es la obra del Crisóstomo más leída y traducida. Su influencia aún dura en nuestros días. Escrita posiblemente en torno al 373, adopta la forma de un diálogo entre él y su amigo Basilio. El motivo del diálogo es el comportamiento que deben seguir en caso de una eventual ordenación sacerdotal.
La obra expone la excelencia del sacerdocio y las cualidades y virtudes que el sacerdote debe poseer: santidad, paciencia, sabiduría, prudencia... Señala también el estilo de vida que ha de practicar el sacerdote y a qué tareas se ha de dedicar primordialmente. Entre éstas hace hincapié en la predicación: edificar la Iglesia, corregir a los descaminados, combatir a los herejes. Es, por tanto, un tratado de carácter práctico.
Sobre la virginidad y la viudez, temas por los que muestra predilección, al igual que lo habían hecho los Padres Capadocios.
Su obra acerca de la educación de los hijos tiene un especial interés tanto por lo que nos muestra de la situación real de la educación en Antioquía como por el énfasis que pone en que el tema se aborde con responsabilidad.
Dirigido a los padres, consta de dos partes: la primera –sobre la vanagloria– está destinada a combatir el principal vicio de la Antioquía de su tiempo, o sea, el lujo y el libertinaje. La segunda parte es una exhortación llena de consejos prácticos sobre la formación moral de los hijos: la principal función de los padres –enseña– no es proporcionar a sus hijos bienestar y riquezas, sino una sólida formación cristiana en cuanto a la fe y a la moral.
Otros tratados tocan el tema del sufrimiento, o están destinados a refutar impugnaciones de paganos y judíos.
Juan Crisóstomo puede ser considerado como el mejor orador de toda la antigüedad cristiana. Sus sermones son numerosísimos –predicaba todos los días–, y se han conservado un buen número de ellos. Muchos de los sermones eran revisados por Juan Crisóstomo antes de la publicación; otros, sin embargo, no fueron revisados; hay algunos de los que conservamos dos versiones: una revisada por él, y otra no.
Crisóstomo preparaba sus discursos con gran cuidado, mirando sobre todo el bien de sus oyentes, que jamás se cansaban de oírle, aunque los sermones frecuentemente duraban un par de horas. Es más, en no pocas ocasiones interrumpían el discurso con aplausos.
En sus homilias encontramos vibrantes descripciones sobre las necesidades de los pobres, a quienes presenta medio desnudos, arrastrando sus miserias físicas y morales por las calles y plazas de la ciudad. Todo esto encaminado a mover el corazón de los ricos. Por su parte, Crisóstomo, predicaba con el ejemplo, socorriendo a muchas viudas, huérfanos, enfermos y necesitados.
El mayor número de homilías que conservamos –varios centenares– son comentarios sistemáticos a libros del Antiguo y Nuevo Testamento. El método utilizado por el Crisóstomo es el propio de la escuela antioquena: exégesis literal de carácter moral.
Los principales comentarios sobre el Antiguo Testamento son las sesenta y siete homilías Sobre el Génesis, cincuenta y nueve homilías Sobre los Salmos, un comentario sobre los primeros capítulos de Isaías. Los fragmentos de Job son espurios; la autenticidad de los fragmentos sobre Proverbios, sobre Jeremias y Daniel, y la Sinopsis del Viejo y Nuevo Testamento es dudosa.
Sus noventa homilias sobre el Evangelio de San Mateo son el comentario más antiguo que tenemos sobre este evangelio (alrededor del año 390). Su exégesis es de carácter moral, de acuerdo con el método propio de la Escuela antioquena. Crisóstomo mueve a la conversión a quienes, siendo cristianos de palabra, no lo son con sus obras.
Ochenta y ocho homilías sobre el Evangelio de San Juan, cincuenta y cinco homilías sobre los Hechos de los Apóstoles, y homilías sobre todas las Epístolas de San Pablo: Carta a los Romanos (32 homilias), Carta a los Corintios 1 y 2 (77 homilias), Carta a los Efesios (24 homilias), Carta a los Filipenses (15 homilias), Carta a los Colosenese (12 homilias), Carta a los Tesalonicenses 1 y 2 (11 homilias), Carta a Timoteo, Tito y Filemón (37 homilias), Carta a los Hebreos (34 homilias).
Ocho homilías bautismales, predicadas en Antioquía para instruir a los catecúmenos; tienen especial importancia porque dan a conocer la liturgia bautismal de finales de siglo IV.
Otras muchas homilías fueron predicadas por diversos motivos: en fiestas litúrgicas –Navidad, Epifanía, etc.–, en la festividad de algún santo o con motivo de algún acontecimiento notable. Entre éstas últimas son célebres las 21 homilías por las estatuas. El motivo fue el motín del pueblo de Antioquía que llevó a derribar las estatuas del emperador porque había decretado una subida de impuestos. El pueblo, temiendo las represalias del emperador, se reunía en la iglesia, y Juan les confortaba y animaba a su mejoramiento moral. Estas homilías consagraron a Juan como gran orador.
El epistolario de Juan Crisóstomo consta de 236 cartas. Todas están escritas desde su destierro, y generalmente son breves y dirigidas a personas muy diversas. Las cartas dan a conocer la personalidad de su autor: su celo apostólico, su humanidad y santidad de vida, su entereza de ánimo ante la situación adversa.
Las cartas más importantes son dos, dirigidas al papa Inocencio. En la primera le informa de lo que había ocurrido desde su llegada a Constantinopla hasta su deposición. La segunda está escrita a finales del 406. En ellas reconoce la supremacía de la sede romana, pues su situación le hacía ver con evidencia que un simple patriarca no puede ser garantía suficiente de la unidad de la Iglesia.
El éxito de Crisóstomo predicando se debe a su gran facilidad de palabra, a la forma popular de presentar sus pensamientos y a la convicción con que comunicaba el mensaje, el cual sentía le había sido entregado a él.
sábado, 3 de septiembre de 2022
Últimos años de san Ireneo. Padre y Doctor de la Iglesia
Se desconoce el año de la muerte de san Ireneo de Lyon. Una tradición posterior afirma que fue martirizado. Los restos mortales de san Ireneo, según Gregorio de Tours, fueron sepultados en una cripta, bajo el altar de la que entonces se llamaba Iglesia de San Juan, pero después se llamó de san Ireneo. Esta tumba o santuario fue destruída por los calvinistas en 1562, haciendo desaparecer sus reliquias.
Su fiesta se celebra el 28 de junio en la Iglesia Latina, y el 23 de agosto en la Griega.
Las obra literaria de san Ireneo es la de un Padre y Doctor de la Iglesia. Sus escritos no sólo ponen los cimientos de la teología cristiana, sino que sirven para exponer y refutar los errores de los gnósticos. Ireneo en el gran defensor de la fe católica transmitida por la Tradición Apostólica.
viernes, 15 de julio de 2022
San Buenaventura (y 3) Algunos aspectos de su doctrina, por Benedicto XVI
Por tanto, para san Buenaventura toda nuestra vida es un "itinerario", una peregrinación, una subida hacia Dios. Pero sólo con nuestras fuerzas no podemos subir hasta la altura de Dios. Dios mismo debe ayudarnos, debe "tirar de nosotros" hacia arriba. Por eso es necesaria la oración. La oración —así dice el santo— es la madre y el origen de la elevación, "sursum actio", acción que nos eleva, dice san Buenaventura. Concluyo, por tanto, con la oración con la que comienza su "Itinerario": "Oremos, pues, y digamos al Señor, nuestro Dios: "Guíame, Señor, por tus sendas y caminaré en tu verdad. Alégrese mi corazón en el temor de tu nombre" (I, 1).
San Buenaventura (2) Obra literaria y doctrina, por Benedicto XVI
la semana pasada hablé de la vida y personalidad de San Buenaventura de Bagnoregio. Esta mañana me gustaría continuar con su exposición, centrándome en una parte de su obra literaria y de su doctrina.
Como ya he dicho, san Buenaventura, entre otros méritos, tuvo el de interpretar con autenticidad y fidelidad la figura de san Francisco de Asís, a quien veneraba y estudiaba con gran amor. En particular, en tiempos de san Buenaventura una corriente de los hermanos menores, llamada "espirituales", defendía que con san Francisco se había inaugurado una fase totalmente nueva de la historia, el "Evangelio eterno", del que habla el Apocalipsis, vendría aparecer, que reemplazó al Nuevo Testamento. Este grupo afirmó que la Iglesia ya había agotado su papel histórico, y en su lugar fue reemplazada por una comunidad carismática de hombres libres guiados interiormente por el Espíritu, es decir, los "franciscanos espirituales".
Queridos amigos, acojamos la invitación que nos dirige san Buenaventura, el Seráfico Doctor, y pongámonos en la escuela del divino Maestro: escuchemos su Palabra de vida y de verdad, que resuena en lo más profundo de nuestra alma. Purificamos nuestros pensamientos y acciones, para que Él habite en nosotros y podamos comprender Su Voz divina, que nos atrae hacia la verdadera felicidad.
San Buenaventura (1): Vida y personalidad, por Benedicto XVI
Audiencia General
Se llamaba Giovanni da Fidanza. Un episodio que sucedió cuando todavía era un muchacho marcó profundamente su vida, como él mismo relata. Se veía afectado por una grave enfermedad y ni siquiera su padre, que era médico, esperaba ya salvarlo de la muerte. Entonces, su madre recurrió a la intercesión de san Francisco de Asís, canonizado hacía poco. Y Giovanni se curó.
La figura del "Poverello" de Asís llegó a ser todavía más familiar para él algunos años más tarde, cuando se encontraba en París, donde estudiaba. Había obtenido el diploma de maestro de Artes, que podríamos comparar con el de un prestigioso instituto de nuestros tiempos. En ese momento, al igual que muchos jóvenes del pasado y también de hoy, Giovanni se planteó una pregunta crucial: "¿Qué debo hacer con mi vida?".
Por lo tanto, alrededor del año 1243 Giovanni vistió el sayal franciscano y asumió el nombre de Buenaventura. En seguida fue destinado a los estudios, y se matriculó en la Facultad de teología de la Universidad de París, donde siguió un conjunto de cursos muy arduos. Obtuvo varios títulos requeridos por la carrera académica, los de "bachiller bíblico" y de "bachiller sentenciario". Así Buenaventura estudió a fondo la Sagrada Escritura; las Sentencias de Pedro Lombardo, el manual de teología de aquel tiempo; y los autores de teología más importantes y, en contacto con los maestros y los estudiantes que afluían a París desde toda Europa, maduró su propia reflexión personal y una sensibilidad espiritual de gran valor que, a lo largo de los años sucesivos, supo infundir en sus obras y en sus sermones, convirtiéndose así en uno de los teólogos más importantes de la historia de la Iglesia.
Más allá de estas circunstancias históricas, la enseñanza de Buenaventura en esta obra y en su vida sigue siendo actual: la Iglesia es más luminosa y bella gracias a la fidelidad a la vocación de estos hijos suyos y de aquellas hijas suyas que no sólo ponen en práctica los preceptos evangélicos, sino que por gracia de Dios, están llamados a guardar los consejos y así testimonian, con su estilo de vida pobre, casto y obediente, que el Evangelio es fuente de gozo y de perfección.
El conflicto se apaciguó, por lo menos durante algún tiempo, y, por intervención personal del Papa Alejandro IV, en 1257, Buenaventura fue oficialmente reconocido como doctor y maestro de la universidad parisina. Sin embargo, tuvo que renunciar a este prestigioso cargo, porque en ese mismo año el capítulo general de la Orden lo eligió ministro general.
Desempeñó ese cargo durante diecisiete años con sabiduría y entrega, visitando las provincias, escribiendo a los hermanos, interviniendo alguna vez con una cierta severidad para eliminar abusos.
Cuál es la imagen de san Francisco que brota del corazón y de la pluma de su hijo devoto y sucesor, san Buenaventura? El punto esencial: Francisco es un alter Christus, un hombre que buscó apasionadamente a Cristo. En el amor que impulsa a la imitación, se conformó totalmente a él. Buenaventura señalaba este ideal vivo a todos los seguidores de Francisco. Este ideal, válido para todo cristiano, ayer, hoy y siempre, fue indicado como programa también para la Iglesia del tercer milenio por mi Predecesor, el venerable Juan Pablo II. Ese programa, escribía en su carta Novo Millennio ineunte, se centra "en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste" (n. 29).
Un notario pontificio anónimo compuso un elogio de Buenaventura, que nos da un retrato conclusivo de este gran santo y excelente teólogo: "Hombre bueno, afable, piadoso y misericordioso, lleno de virtudes, amado por Dios y por los hombres... De hecho, Dios le había concedido una gracia tan grande, que todos los que lo veían quedaban invadidos por un amor que el corazón no podía ocultar" (cf. J.G. Bougerol, Bonaventura, en A. Vauchez (a cura), Storia dei santi e della santità cristiana. Vol. vi. L'epoca del rinnovamento evangelico, Milano 1991, p. 91).
Recojamos la herencia de este santo doctor de la Iglesia, que nos recuerda el sentido de nuestra vida con las siguientes palabras: "En la tierra... podemos contemplar la inmensidad divina mediante el razonamiento y la admiración; en la patria celestial, en cambio, mediante la visión, cuando seremos hechos semejantes a Dios, y mediante el éxtasis... entraremos en el gozo de Dios" (La conoscenza di Cristo, q. 6, conclusione, en Opere di San Bonaventura. Opuscoli Teologici /1, Roma 1993, p. 187).
lunes, 21 de febrero de 2022
San Pedro Damián, Doctor de la Iglesia
Se ha dicho de san Pedro Damián que fue uno de los espíritus más vigorosos de su tiempo. Poseía una cultura muy vasta. Poeta, escritor valiente y prolífico, docto en derecho y teología, polemista audaz y temible, tiene una marcada tendencia a exaltar los valores morales sobre los intelectuales.
Poseedor de una exquisita formación literaria, conocedor a fondo de los clásicos paganos y de la cultura profana, ha sido considerado a menudo como enemigo de la cultura a causa de sus tremendas diatribas contra las lecturas paganas, enemigas de la sancta simplicidad, ruda e ignara, que defiende a capa y espada. Pero no es un anti intelectual ni un enemigo de la gramática, sino un hombre apasionado, de lenguaje excesivo y a veces poco hábil en la expresión de su pensamiento.
Sus escritos tienen dos cualidades que con frecuencia no suelen andar juntas: son sólidos y amenos. Lo que dice nunca resulta trivial, soso, sin interés. Su estilo es vivaz y directo; algunas de sus páginas, apasionadas, vehementes. Acertó, sin duda, Bertoldo de Constanza al definirle como un “segundo Jerónimo” “alter Hieronymus in nostro tempore".
Su prosa es de lo más elegante; su vocabulario, de una riqueza poco común; sus sermones, por lo general, breves y elocuentes; hay uno, titulado “El vicio de la lengua”, que ha sido calificado de pequeña maravilla. Escribió la cristología mas completa de su tiempo.
Sobre el monacato
En sus escritos sobre el monacato, hay que distinguir dos tendencias principales, la crítica y la doctrinal, que a menudo se mezclan. Por un lado combate sin piedad lo que el juzga como desviaciones lamentables y por otro edifica piedra a piedra una teoría monástica preciosa.
Fue un crítico severo del monacato de su tiempo, fustigó vigorosamente sus vicios, sus deficiencias, no solo los de los monjes tradicionales, sino también los de los ermitaños, sus hermanos de ideal. Buena prueba de ello es la carta a los anacoretas de Camugno, a quienes reprende por sus excesos de la lengua y de la boca, y sobre todo por su falta de pobreza.
A voz en grito y sin desfallecer protesta contra todo lo torcido, lo falso, es un implacable flagelador de los abades, incluso de los más famosos. Estan -dice- continuamente enredados en procesos y disputas; solo les interesan los negocios mundanos; su preocupación consiste en añadir posesiones a posesiones, enriquecer sus iglesias con ornamentos deslumbrantes y suntuosos, añadir nuevos pisos a los edificios existentes y flanquearlos con torres lo más altas que pueden, y, aprovechándose de su dignidad, dispensarse de la observancia. “Ricardo de Saint-Vanne -dice en una de sus cartas-, aunque lo veneren como beato los monjes de Verdun, por haberse dejado llevar de la pasion malsana de construir a lo largo de toda su vida, va a pasar su eternidad levantando un andamio tras otro”.
Que se desengañen abades y monjes, la vida monástica no requiere iglesias monumentales, ni coros disciplinados, ni cantos prolongados, ni repique de campanas, ni ornamentos preciosos. Todo esto son superfluidades que desfiguran y complican el verdadero monacato. Cada monje debería medir sus propias fuerzas con gran franqueza y honestidad, con el fin de no agotar innecesariamente toda la laxitud permitida por la Regla. Como mínimo, todos los monjes, sin excepción, deberían rechazar las vestiduras cómodas, costosas y vistosas que les gusta lucir.
“El Señor esté con vosotros”
San Pedro Damián también fue un gran teórico de la vida eremítica: Una vez el hermano León le hizo una consulta: ¿Está bien que los eremitas sacerdotes, en su misa solitaria, saluden a una asamblea inexistente con la frase “el Señor esté con vosotros"? Tal es el origen de uno de sus tratados más hermosos: el Libro que se llama “Dominus vobiscum” al ermitaño León.
Es una vibrante apología de la vida eremítica y, más aún, una breve pero substanciosa teología de la misma. El ermitaño sacerdote puede decir tranquilamente: “El Señor este con vosotros". Cierto, ninguna persona asiste a su misa, pero esta allí, invisiblemente, la Iglesia entera. El ermitaño -viene a decir-, aunque este físicamente solo, se apropia todas las palabras de la Iglesia, porque cada uno de los cristianos es la Iglesia. Y aunque viva en el desierto mas apartado, está siempre en la Iglesia, está muy presente a la Iglesia, gracias al sacramento de la unidad: “La Iglesia de Cristo está tan unida por el vinculo de la caridad que es una en muchos y esta misteriosamente entera en cada uno”.
El ermitaño vive solo, reza solo, celebra solo; pero su vida y su oración tienen un valor eclesial. No se limita a interceder por toda la Iglesia: su oración es una realidad vital, expresión del misterio mismo de la comunión eclesial.
En el canto XXI del Paraíso, Dante coloca a san Pedro Damián en el cielo de Saturno, destinado en su Comedia a los espíritus contemplativos. El poeta pone en los labios del Santo una breve y eficaz narración autobiográfica: la predilección por los alimentos frugales y la vida contemplativa, y el abandono de la tranquila vida de convento por el cargo episcopal y cardenalicio.
Por su finura teológica y su influjo en el pensamiento de su época mereció de León XII, el 27 de septiembre de 1828, el título de Doctor de la Iglesia.
Fuente: Alberto Royo Mejía


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