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sábado, 1 de octubre de 2022

San Jerónimo y el protestantismo


San Jerónimo
por Caravaggio


San Jerónimo, cuya fiesta se celebra el 30 de septiembre, es conocido por los católicos por varias cosas. Muchos conocen al sacerdote del siglo IV como responsable de la Vulgata, la traducción latina de la Biblia, el texto bíblico oficial de la Iglesia Católica durante muchos siglos. Otros conocen su celo por el estilo de vida ascético, primero en el desierto de Siria y después cerca de Belén. Y quizá algunos lo conozcan como uno de los Doctores de la Iglesia en latín, título otorgado por sus prolíficos discursos y comentarios teológicos. Asimismo, pocos saben que a menudo es presentado por algunos protestantes como un «protoprotestante».

No aceptó los libros deuterocanónicos de la Biblia

Quizá el uso más común de san Jerónimo para reforzar la teología protestante es la afirmación de que rechazó los libros deuterocanónicos de la Biblia (Tobías, Judit, 1 y 2 Macabeos, Sabiduría de Salomón, Sirácida y Baruc) como algo menos que las Escrituras. Hay algo de verdad en esto; a diferencia de muchos otros padres de la iglesia contemporáneos, san Jerónimo hizo una distinción entre la Biblia hebrea y los «apócrifos», llamando a los libros que no se encuentran en el hebreo como «no canónicos». En su Prefacio a los Libros de Samuel y de los Reyes, san Jerónimo incluye la siguiente declaración:

«Este prefacio a las Escrituras puede servir de introducción "con casco" a todos los libros que pasamos del hebreo al latín, para que podamos estar seguros de que lo que no se encuentra en nuestra lista debe colocarse entre los escritos apócrifos. Por lo tanto, la Sabiduría, que generalmente lleva el nombre de Salomón, y el libro de Jesús, el Hijo de Sirach, y Judith, y Tobías, y el Pastor no están en el canon. El primer libro de los Macabeos he encontrado que es hebreo, el segundo es griego, como se puede demostrar por el propio estilo».

Así, afirman muchos protestantes, san Jerónimo es la prueba de que algunos de los padres más venerables de la Iglesia rechazaron los mismos libros deuterocanónicos que luego rechazaron los reformistas. Sin embargo, los pensamientos de san Jerónimo sobre el deuterocanon en su Vulgata deben cuadrar con sus declaraciones en otros lugares. Por ejemplo, en su Carta a Eustoquio cita el Eclesiástico 13:2: «Porque ¿no dice la Escritura: “No te agobies por encima de tus posibilidades”?».

En otros lugares, Jerónimo también se refiere a Baruc (Carta a Oceanus), a la Historia de Susana (Carta a Paulino) y a la Sabiduría (Carta 51) como Escritura. Además, durante la vida de san Jerónimo (c. 347-420), el canon de las Escrituras aún no estaba resuelto y era objeto de debate, por lo que su opinión no estaba en contradicción explícita con la enseñanza católica. Varios concilios locales -Hipona, Cartago y Roma- afirmaron el deuterocanon como Escritura, pero ninguno fue ecuménico y, por tanto, vinculante para toda la Iglesia.

¿Defensor de la sola fide?

Otros protestantes afirman que san Jerónimo enseñó la sola fide, esa doctrina central del protestantismo según la cual el pecador es justificado por la gracia a través de la sola fe, y que las obras son, por tanto, totalmente no salvíficas. Citarán su In Epistolam Ad Romanos, en el que leemos, en latín, «Ignorantes quod Deus ex sola fide justificat, et justos se ex legis operibus, quam non custodierunt», que se traduce en algo así como: «Siendo ignorantes de que Dios justifica por la sola fe, se consideran justos por las obras de la Ley que no cumplen».

Consideremos la primera cita, en la que se encuentra la frase «sola fide». San Jerónimo se refiere a los judíos fariseos de la época de Cristo, que pretendían justificarse mediante los preceptos mosaicos. Además, las «obras» a las que se refiere son los «sacrificios de la Ley que eran sombras de la verdad» (quae umbra errant veritatis), y no las obras propiamente dichas como las entienden los reformistas protestantes. 

La segunda cita de san Jerónimo afirma que aquellos que con todo su espíritu ponen su fe en Cristo, aunque mueran todavía con el pecado en el alma, vivirán para siempre. Sin embargo, no hay nada exclusivamente protestante en esto: el catolicismo también enseña que las personas que tienen fe, aunque mueran no totalmente purificadas de todo su pecado, ganarán el cielo, siempre que su pecado no sea mortal.

También debemos conciliar las citas anteriores con lo que san Jerónimo enseña en otros lugares, que son más explícitamente católicos. En su Carta a Pammachius, por ejemplo, leemos:

«No creas que tu fe en Cristo es una razón para separarte de ella. Porque “Dios nos ha llamado en paz”. “La circuncisión no es nada y la incircuncisión no es nada, sino la observancia de los mandamientos de Dios”. Ni el celibato ni el matrimonio tienen la menor utilidad sin las obras, ya que incluso la fe, la marca distintiva de los cristianos, si no tiene obras, se dice que está muerta, y en tales términos las vírgenes de Vesta o de Juno, que era constante con un solo marido, podrían pretender ser contadas entre los santos».

Aquí, san Jerónimo enseña que tanto la fe como las obras son necesarias para la salvación. Lo mismo enseña en sus Comentarios a la Epístola a los Gálatas, en los que explica: «Debe notarse que no dice que un hombre, una persona, vive de la fe, para que no se piense que está condenando las buenas obras. Más bien dice que el justo vive de la fe». Así, en el corpus de san Jerónimo vemos una afirmación católica clásica sobre la cooperación de la fe y las obras en la salvación.

Sí, san Jerónimo declaró que «la ignorancia de la Escritura es la ignorancia de Cristo», lo que podría sonar -para los oídos protestantes que presumen de un cierto antibiblicismo en el catolicismo- como una afirmación implícita de la comprensión de la Escritura por parte de los reformadores. Esto no podría estar más lejos de la verdad. Por supuesto que san Jerónimo tenía una alta visión de la Sagrada Escritura - ¡también la Iglesia Católica, de la que san Jerónimo era un miembro obediente! No hay nada exclusivamente protestante en una visión elevada de la Biblia, como demuestran todos los padres de la Iglesia y los concilios ecuménicos de la Iglesia.

Finalmente, cualquier consideración honesta de san Jerónimo debe tener en cuenta la totalidad de su obra, que evidencia una teología no protestante. En su Carta a Heliodoro, declara su creencia en la sucesión apostólica, que los obispos de su época tienen una autoridad que deriva de los apóstoles y de Cristo mismo. Afirma la primacía papal en su Carta al Papa Dámaso, escribiendo: «No sigo a ningún líder más que a Cristo y no comulgo con nadie más que con Vuestra Bendición, es decir, con la cátedra de Pedro. Sé que ésta es la roca sobre la que se ha construido la Iglesia».

Así pues, la concepción de San Jerónimo sobre la autoridad eclesial es decididamente católica.

Fuente: CWR/InfoCatólica

viernes, 30 de septiembre de 2022

Vida de San Jerónimo


San Jerónimo
por Caravaggio


San Jerónimo de Estridón fue un monje del siglo IV, Padre y Doctor de la Iglesia. Buen practicante del ascetismo, inspiró a muchos, especialmente religiosos a seguir el camino de la santidad. San Jerónimo es considerado el patrono de los traductores y de los que se dedican a entender las Escrituras.

Aquilea y Roma

San Jerónimo nació en Estridón, cerca de Dalmacia, entre los años 331 y 347, cuando era parte del Imperio Romano. Estridón pertenecía a la diócesis de Aquilea, la segunda más importante del cristianismo hasta el siglo XVIII, cuando fue disuelto el patriarcado milenario que tenía ahí su sede. La importancia de Aquilea como centro cristiano ayudó a que Jerónimo naciera dentro de una familia creyente, que inculcaba a sus hijos la verdadera fe y las virtudes que se esperan en un buen cristiano.

Muy joven, viajó a Roma donde estudió latín con el gramático más influyente de su época, Elio Donato. A pesar de que la lengua materna de Jerónimo era el ilirio, dominó perfectamente el latín y el griego desde muy temprana edad. Se dice que el joven estudiante memorizaba larguísimos textos de Platón, Homero, Virgilio, Horacio, Tácito y Cicerón.

Conversión y retiro al desierto

La gran capacidad de Jerónimo para el estudio, así como su cómoda situación económica, hicieron que se volviera vanidoso y entregado a los placeres y vicios de la vida mundana. Tras su contacto con san Valeriano, Jerónimo se hizo consciente del error de asentar su vida sobre estas frivolidades. El joven académico decidió retirarse de la ciudad al desierto, como otros ascetas de su tiempo, donde hizo fuertes penitencias en expiación por sus pecados y vida poco cristiana.

En Constantinopla con san Gregorio Nacianceno

En el desierto, san Jerónimo aprendió también el hebreo por la amistad que desarrolló con un monje que había sido judío. Este conocimiento sería clave para su posterior traducción del Antiguo Testamento. Desde su retiro, mantuvo correspondencia con mucha gente, entre ella con el papa san Dámaso I, quien le insistió en la necesidad de ser ordenado sacerdote para servir mejor a Dios. Finalmente aceptó, y pronto fue trasladado a Constantinopla, donde se puso en manos de san Gregorio Nacianceno, quien le guió en el estudio de la Sagrada Escritura.

Secretario del papa Dámaso I

En el año 382, Jerónimo volvió a Roma, donde fue recomendado para ocupar el puesto de secretario del papa san Dámaso, tras haber caído enfermo san Ambrosio de Milán, primer candidato para ocupar la vacante. Gran parte de las funciones de Jerónimo se basaron en la extraordinaria traducción que hizo de la Biblia desde el griego y hebreo al latín, conocida hasta nuestros días como La Vulgata, bautizada así por ser la de uso común para el vulgo.

Durante esos años, se distinguió también como director espiritual de muchas señoras de la aristocracia romana, entre ellas santa Marcela, santa Paula y santa Fabiola de Roma, lo que le causaría muchos problemas por culpa de las habladurías que ésto ocasionaba.

Belén

Gran parte de la predicación de san Jerónimo se basaba en críticas a la élite romana, entregada a vicios y vanidades. Como él había sufrido las mismas frivolidades, hablaba con gran claridad de este tema, lo que le ganó el seguimiento de un grupo de altos cargos del patriciado romano. Al abandonar Roma para establecerse en la cueva de Belén, un gran número de aristócratas romanos vendieron sus bienes y le siguieron, estableciendo un convento para hombres y otro para mujeres en la cercanía de la cueva donde se encontraba el santo.

Desde su cueva, san Jerónimo siguió entregado a los estudios, a la penitencia, así como a la predicación. Sus palabras sirvieron de guía para cientos de hombres y mujeres que han encontrado en él una verdadera inspiración.

Fallecimiento

San Jerónimo murió el 30 de septiembre del año 420 en su cueva de Belén. Aunque no se sabe la fecha exacta de su canonización, es conocido que existió una gran devoción por él desde el momento de su muerte. 

En el año 1295, fue proclamado Doctor de la Iglesia por el papa Bonifacio VIII, y es también considerado uno de los cuatro Padres Latinos de la Iglesia.

En el siglo XIV, surgió en España la Orden de San Jerónimo, que buscaba imitar la vida ascética y de estudios del Doctor y Padre de la Iglesia.

martes, 13 de septiembre de 2022

Septiembre 13: San Juan Crisóstomo, Obispo y Doctor de la Iglesia



Doctor de la Iglesia, nació en Antioquía, aproximadamente en el 347, y murió en Comana en Ponto el 14 de septiembre de 407.

El nombre

El sobrenombre “Crisóstomo” aparece por primera vez en la Constitución del papa Vigilio en el año 553. Es reconocido como el más grande predicador cristiano y doctor de la iglesia griega. Chrisostomos “boca de oro” llamado así debido a su elocuencia: chrysós, ‘oro’ y stomos, ‘boca’.

Contexto histórico

Crisóstomo nació en Antioquía, la segunda ciudad más importante del Imperio Romano de Oriente después de Constantinopla. En el siglo IV se produjeron varias disputas religiosas que perturbaron la paz del imperio. Antioquia padeció los conflictos entre maniqueos, gnósticos, arrianos, apolinaristas, judíos, paganos.

Niñez y educación

Su padre, Segundo, era un oficial de alto rango en el ejército sirio. Murió poco después del nacimiento de Juan, y Antusa, su mujer, se hizo cargo de sus dos hijos: Juan y una hermana mayor. Antusa era una mujer de inteligencia y carácter. Educó a su hijo en la piedad y lo envió a las mejores escuelas de Antioquía.

Crisóstomo fue alumno de Libanio, famoso orador y defensor del paganismo de Roma. Libanio quedó maravillado con la elocuencia de su discípulo y vaticinó para su pupilo una brillante carrera como estadista o legislador.

Encuentro con el obispo Melecio

Un encuentro con el obispo Melecio (367) resultó decisivo en la vida de Juan, quien comenzó a estudiar teología con Diodoro de Tarso (escuela de Antioquía) mientras mantenía un ascetismo extremo.

Crisóstomo estudió las Sagradas Escrituras y escuchó los sermones de Melecio con gran devoción. Tres años después recibió el Bautismo y fue ordenado lector.

Atraído por el deseo de una vida más perfecta entró en una de las sociedades ascéticas bajo la dirección espiritual de Carterio y Diodoro, que sería obispo de Tarso. La oración, el trabajo manual y el estudio de las Escrituras eran sus ocupaciones. Sus primeros escritos tratan temas de ascetismo y monaquismo.

Cuatro años después, Crisóstomo decidió irse a vivir a una de las cuevas cercanas a Antioquía como anacoreta. Allí estuvo dos años, pero su salud se deterioró y tuvo que regresar a Antioquia, donde continuó su oficio de lector en la Iglesia.

Diácono (381) y sacerdote (386)

A comienzos de 381, fue ordenado diácono por Melecio antes de que se desplazara a Constantinopla para presidir del II Concilio Ecuménico. Allí le sorprendió la muerte al obispo Melecio. Su sucesor fue san Flaviano, a quien Crisóstomo asistió como diácono en las funciones litúrgicas, cuidó a enfermos y pobres, y enseñó a los catecúmenos.

Un hecho curioso de la vida de Juan es su huida para no ser ordenado sacerdote, a lo cual debemos su tratado Sobre el Sacerdocio. Crisóstomo fue ordenado sacerdote por san Flaviano en el 386. Su principal tarea durante los siguientes doce años fue la de predicar. La prédica usual de Crisóstomo consistía en explicaciones de las Escrituras.

En la Pascua de 387 mostró la eficacia de su oratoria con sus sermones “Sobre las Estatuas”. El pueblo de Antioquia, enfadado por la recaudación de nuevos impuestos, había volteado las estatuas del emperador Teodosio. Crisóstomo ofreció veinte sermones consoladores y exhortativos, hasta que el obispo Flaviano trajo desde Constantinopla el perdón del emperador.

OBISPO DE CONSTANTINOPLA (398)

Crisóstomo debía ser el sucesor de Flaviano en Antioquia pero el 27 de septiembre de 397 murió Nectario, Obispo de Constantinopla. Había rivalidad en la capital por la sede vacante. El emperador Arcadio, por sugerencia de su ministro Eutropio, llamó a Juan Crisóstomo a Constantinopla. Crisóstomo fue ordenado Obispo de Constantinopla el 26 de Febrero de 398 en una gran asamblea de obispos, por Teófilo, Patriarca de Alejandría, quien había sido obligado a renunciar a su propio candidato.

Reformas de Crisóstomo

La nueva posición de Crisóstomo no era fácil pero Constantinopla comenzó a sentir el impulso de una nueva vida eclesiástica. La necesidad de reforma era innegable. Crisóstomo comenzó “barriendo las escaleras desde arriba”:

Reformas en la casa episcopal:

- Ordenó reducir los gastos del mantenimiento de la sede episcopal.
- Puso fin a los frecuentes banquetes
- Vivió con la sencillez que había cultivado como sacerdote y monje.
- Construyó un hospital con el dinero ahorrado de sus gastos domésticos.

Reformas en el clero:

Con relación al clero, prohibió en las casas del clero a las mujeres que habían hecho votos de virginidad y atendían a los sacerdotes. También procedió contra quienes, por avaricia o lujuria, habían producido escándalo.

Reformas en los monjes:

A los monjes, muy numerosos en Constantinopla, los confinó en sus monasterios, sobre todo a quienes preferían vagar sin disciplina ni rumbo.

Reformas en los laicos consagrados:

También reformó a las viudas consagradas. Algunas vivían de manera mundana. Las obligó a casarse nuevamente o a observar las reglas exigidas por su estado.

Constantinopla, capital de la caridad cristiana en el Oriente:

Crisóstomo predicó contra las extravagancias y las vanidades de los ricos. Las clases altas de Constantinopla no estaban acostumbradas a su lenguaje pero el pueblo apreciaba sus sermones y lo aplaudían en la iglesia.

Organizó la ayuda a los necesitados. Se establecieron refugios para los pobres, horfanatos, hospitales. En adelante, Constantinopla sirvió de modelo para la organización de ayudas en otras ciudades.

Uno de los recursos de Crisóstomo fue el mover los corazones de las damas y los caballeros de la alta nobleza. La palabra de Crisóstomo movió, entre otros, al prefecto de la ciudad, Nebridius, que dedicó el sueldo de un año entero a ayudar a los pobres. Más generosa fue su esposa Olympias, quien al enviudar dedicó su inmensa fortuna a los monasterios y hospitales. Su aspiración desde entonces fue socorrer a los presos, desterrados, pobres y a todo el que sufría alguna clase de necesidad.

Intrigas entre la nobleza:

En la Corte estaba Brison, primer acompañante de la emperatriz Eudoxia, quien también se hizo amiga de Crisóstomo. Sin embargo, esta amistad no duró mucho. Eutropio, ministro y cónsul, abusó de su influencia y persiguió a sus adversarios privando a algunas personas ricas de sus propiedades. Crisóstomo le advertió de los resultados de sus propios actos. Entonces, la emperatriz Eudoxia fue indispuesta contra Crisóstomo. Ella misma cometió una injusticia privando a una viuda de su viñedo. Crisóstomo intercedió por la viuda, ofendiendo a la emperatriz. Desde entonces la rivalidad entre la corte imperial y el palacio episcopal era evidente. Este período comenzó alrededor del año 401.

En el 399, Eutropio cayó en desgracia y huyó a la iglesia. Él mismo había intentado abolir la inmunidad del asilo eclesiástico y la gente estaba en contra suya. Crisóstomo calmó los ánimos con su famoso Sermón sobre Eutropio. El ministro caído en desgracia se salvó por el momento, pero intentó de escapar durante la noche y fue capturado y exiliado.

Inmediatamente ocurrió otro suceso más peligroso: Gainas, uno de los generales imperiales, fue enviado a someter a Tribigild. Pero en el verano de 399 Gainas se alió con Tribigild y para restaurar la paz el emperador Arcadio tuvo que someterse a humillantes condiciones. Gainas fue nombrado comandante en jefe del ejército imperial. Le tuvieron que ser entregados Aureliano y Saturnino, dos hombres de alto rango en Constantinopla. Crisóstomo aceptó una misión ante Gainas que se saldó con la liberación de Aureliano y Saturnino.

La autoridad de Crisóstomo se había fortalecido por la firmeza de carácter que había demostrado en estos conflictos. Sin embargo, aumentaron los celos contra él. La emperatriz Eudoxia y sus cortesanos estaban al frente de este grupo. Se les unieron entonces algunos obispos provinciales: Severiano de Gabala, Antíoco de Ptolemais y Acacio de Beroea, quienes preferían las atracciones de la capital a residir en sus diócesis.

En el primer mes de 401, Crisóstomo fue a Éfeso, donde designó un nuevo arzobispo y con el consentimiento de la asamblea de obispos depuso a seis obispos por simonía. Mientras tanto habían ocurrido en Constantinopla desagradables sucesos. El obispo Severiano había entrado en abierta enemistad con Serapión, archidiácono y oeconomus de la catedral y del palacio episcopal. Crisóstomo invitó a Severiano a regresar a su propia sede pero la reconciliación que siguió no fue sincera, al menos de parte de Severiano.

Teófilo, Patriarca de Alejandría, hacia el fin del año 402 fue convocado por el emperador para disculparse ante el sínodo de Constantinopla que presidía Crisóstomo por varios cargos que habían sido presentados en su contra por monjes egipcios. El patriarca los había perseguido por origenistas. Teófilo tenía agentes y amigos en Constantinopla y conocía el estado de las cosas en la corte.

En ese tiempo Crisóstomo pronunció un sermón contra la vana lujuria de la mujer. La emperatriz Eudoxia se lo tomó como si ella fuera la aludida. El terreno estaba preparado. Teófilo apareció en Constantinopla en Junio de 403 con veintinueve de sus obispos sufragantes, con una buena cantidad de dinero y todo tipo de regalos. Tomó alojamiento en uno de los palacios imperiales y se entrevistó con los adversarios de Crisóstomo.

Una lista de ridículas acusaciones fueron vertidas contra Crisóstomo, quien con cuarenta y dos obispos reunidos para juzgar a Teófilo de acuerdo con las órdenes de emperador Arcadio, fue convocado a presentarse él mismo y disculparse. Crisóstomo rehusó reconocer la legalidad del sínodo.

Tras ser citado tres veces y con el consentimiento del emperador, Crisóstomo fue depuesto de su sede. Para evitar derramamiento de sangre, se rindió a los soldados que lo esperaban. Las amenazas del pueblo en rebelión atemorizaron a la emperatriz y temiendo algún castigo del cielo por el exilio de Crisóstomo ordenó su restauración. Crisóstomo entró en la capital ante el regocijo del pueblo y Teófilo y sus partidarios huyeron de Constantinopla. El retorno de Crisóstomo fue una derrota para Eudoxia y revivió su rencor.

Dos meses después, una estatua de plata de la emperatriz fue descubierta en la plaza frente a la catedral. Las celebraciones, que duraron varios días, molestaron los oficios en la iglesia. Crisóstomo se quejó al prefecto de la ciudad, quien informó a Eudoxia que el obispo se había quejado de su estatua. Esto bastó para que la emperatriz llamara a Teófilo y a los otros obispos para que depusieran a Crisóstomo nuevamente. Sin embargo, Teófilo no deseaba correr el mismo riesgo por una segunda vez y escribió a Constantinopla que Crisóstomo debía ser condenado por haber reentrado a su sede en oposición a un artículo del Sínodo de Antioquía mantenido en el año 341 (un sínodo Arriano).

Los demás obispos no tenían ni la autoridad ni el coraje para enjuiciarle pero urgieron al emperador a que firmara un nuevo decreto de exilio. Un doble atentado contra la vida de Crisóstomo fracasó. En Vísperas de Pascua de 404, cuando todos los catecúmenos iban a recibir el bautismo, los soldados imperiales entraron en el baptisterio y dispersaron a la congregación. Arcadio firmó el decreto y el 24 de junio de 404 los soldados condujeron a Crisóstomo al exilio.

Exilio y muerte

Al salir de Constantinopla, una explosión destruyó la catedral, el senado y otros edificios por lo que los seguidores de Crisóstomo fueron acusados del crimen y perseguidos. Arsacio, un anciano, fue designado sucesor de Crisóstomo pero pronto le sucedió Ático. Los oponentes del nuevo obispo eran castigados con la confiscación de su propiedad y el exilio.

Crisóstomo fue exiliado a Cucuso, en la frontera este de Armenia. Mantenía correspondencia con sus amigos y no abandonó la esperanza de volver a Constantinopla. Cuando se supo de su exilio en occidente, el Papa y los obispos italianos se declararon en su favor. El emperador Honorio y el papa Inocencio I convocaron un nuevo sínodo pero sus delegados fueron apresados y enviados a casa. Las esperanzas de Crisóstomo se desvanecieron.

En el verano de 407 se dio la orden de llevarlo a Pithyo, un lugar en la frontera del imperio cerca del Cáucaso. Fue forzado a hacer largas marchas expuesto al sol, a las lluvias y el frío de las noches. Su cuerpo, debilitado por las enfermedades, se resintió. El 14 de septiembre el grupo estaba en Comana en Ponto. Crisóstomo había pedido descansar pero fue forzado a continuar su marcha. Pronto se sintió tan débil que tuvieron que volver a Comana. Algunas horas después Crisóstomo murió. Sus últimas palabras fueron: "Doxa to theo panton eneken" ("Gloria a Dios por todas las cosas").

Fue enterrado en Comana. El 27 de enero de 438, su cuerpo fue trasladado a Constantinopla con gran pompa y puesto en una tumba en la iglesia de los apóstoles donde Eudoxia había sido enterrada en el año 404.

La obra literaria de san Juan Crisóstomo


 
Representante de la escuela de Antioquía

Crisóstomo es el principal representante de la Escuela de AntioquíaDiodoro de Tarso lo había iniciado en el método gramático-histórico de esa escuela, en oposición a la interpretación alegórica y mística de Orígenes y la Escuela de Alejandría. Pero Crisóstomo no excluyó las explicaciones alegóricas o místicas aunque las confinó a casos en los cuales el propio autor inspirado sugería este significado.

Teólogo dogmático

Crisóstomo no era una mente especulativa, ni estuvo involucrado en grandes controversias dogmáticas. Desde sus comienzos fue considerado por los griegos y los latinos como un testigo de la fe.

En el Concilio de Éfeso (431) san Cirilo de Alejandría y los antioquenos lo citaban en favor de sus opiniones. En el VII Concilio Ecuménico, cuando un pasaje de Crisóstomo fue leído en favor de la veneración de imágenes, el obispo Pedro de Nicomedia exclamó: “Si Juan Crisóstomo habla de ese modo de las imágenes, ¿quién se atreverá a hablar contra ellas?”

En la Iglesia Latina, Crisóstomo fue citado incluso antes. El primer escritor que lo citó fue Pelagio, cuando escribió su perdido libro De Naturæ contra san Agustín (c. 415). Agustín, poco tiempo después (421), empleó la enseñanza de Crisóstomo en su controversia con Julián de Eclana.

Durante la Reforma, hubo ácidas discusiones sobre si Crisóstomo era protestante o católico. Las polémicas no han cesado. Es cierto que Crisóstomo tiene algunos pasajes que parecen ignorar la confesión privada a un sacerdote y que no tiene pasajes en favor de la primacía del Papa, pero reconoce la tradición de la Iglesia como una regla de fe. Esta Iglesia, dice, es sólo una, por la unidad de su doctrina; está esparcida por todo el mundo, es la única Novia de Cristo.

Con relación a la Cristología, afirma que Cristo es Dios y hombre en una persona, pero no ahonda en el modo de esta unión. 

Con relación a la Eucaristía enseña la presencia real y sus expresiones sobre el cambio forjado por las palabras del sacerdote son equivalentes a la doctrina de la transubstanciación.

Los escristos de san Juan Crisóstomo, Obispo y Doctor de la Iglesia, se clasifican en tratados, homilías y cartas.
Tratados

• Exhortación a Teodoro lapso y Contra los enemigos de la vida monástica:

Estas dos breves obras están dedicadas a defender la vida monástica. La primera está escrita con ocasión del abandono del monasterio por parte de su amigo Teodoro de Mopsuestia. Se trata, pues, de una exhortación para que vuelva a practicar la vida eremítica. 

La segunda, en cambio, está destinada a combatir los prejuicios de los paganos –e incluso de los cristianos– contra la vida monástica. Ambas obras son anteriores a su ordenación sacerdotal.

• Sobre el sacerdocio (373):

Entre los tratados, el más famoso es el que versa Sobre el sacerdocio, en el que diserta sobre los deberes del sacerdote siguiendo la pauta que le daba la Apología de fuga de san Gregorio de Nacianzo.

Es la obra del Crisóstomo más leída y traducida. Su influencia aún dura en nuestros días. Escrita posiblemente en torno al 373, adopta la forma de un diálogo entre él y su amigo Basilio. El motivo del diálogo es el comportamiento que deben seguir en caso de una eventual ordenación sacerdotal.

La obra expone la excelencia del sacerdocio y las cualidades y virtudes que el sacerdote debe poseer: santidad, paciencia, sabiduría, prudencia... Señala también el estilo de vida que ha de practicar el sacerdote y a qué tareas se ha de dedicar primordialmente. Entre éstas hace hincapié en la predicación: edificar la Iglesia, corregir a los descaminados, combatir a los herejes. Es, por tanto, un tratado de carácter práctico.

• Sobre la virginidad y la viudez:

Sobre la virginidad y la viudez, temas por los que muestra predilección, al igual que lo habían hecho los Padres Capadocios.

• Sobre la educación de los hijos:

Su obra acerca de la educación de los hijos tiene un especial interés tanto por lo que nos muestra de la situación real de la educación en Antioquía como por el énfasis que pone en que el tema se aborde con responsabilidad.

Dirigido a los padres, consta de dos partes: la primera –sobre la vanagloria– está destinada a combatir el principal vicio de la Antioquía de su tiempo, o sea, el lujo y el libertinaje. La segunda parte es una exhortación llena de consejos prácticos sobre la formación moral de los hijos: la principal función de los padres –enseña– no es proporcionar a sus hijos bienestar y riquezas, sino una sólida formación cristiana en cuanto a la fe y a la moral.

• Sobre el sufrimiento y contra los paganos y judíos:

Otros tratados tocan el tema del sufrimiento, o están destinados a refutar impugnaciones de paganos y judíos.

Homilias

Juan Crisóstomo puede ser considerado como el mejor orador de toda la antigüedad cristiana. Sus sermones son numerosísimos –predicaba todos los días–, y se han conservado un buen número de ellos. Muchos de los sermones eran revisados por Juan Crisóstomo antes de la publicación; otros, sin embargo, no fueron revisados; hay algunos de los que conservamos dos versiones: una revisada por él, y otra no.

Crisóstomo preparaba sus discursos con gran cuidado, mirando sobre todo el bien de sus oyentes, que jamás se cansaban de oírle, aunque los sermones frecuentemente duraban un par de horas. Es más, en no pocas ocasiones interrumpían el discurso con aplausos.

• Sobre los pobres:

En sus homilias encontramos vibrantes descripciones sobre las necesidades de los pobres, a quienes presenta medio desnudos, arrastrando sus miserias físicas y morales por las calles y plazas de la ciudad. Todo esto encaminado a mover el corazón de los ricos. Por su parte, Crisóstomo, predicaba con el ejemplo, socorriendo a muchas viudas, huérfanos, enfermos y necesitados.

 Homilias exegéticas:

El mayor número de homilías que conservamos –varios centenares– son comentarios sistemáticos a libros del Antiguo y Nuevo Testamento. El método utilizado por el Crisóstomo es el propio de la escuela antioquena: exégesis literal de carácter moral.

Sobre el Antiguo Testamento:

Los principales comentarios sobre el Antiguo Testamento son las sesenta y siete homilías Sobre el Génesis, cincuenta y nueve homilías Sobre los Salmos, un comentario sobre los primeros capítulos de Isaías. Los fragmentos de Job son espurios; la autenticidad de los fragmentos sobre Proverbios, sobre Jeremias y Daniel, y la Sinopsis del Viejo y Nuevo Testamento es dudosa.

Sobre el Nuevo Testamento:

Sus noventa homilias sobre el Evangelio de San Mateo son el comentario más antiguo que tenemos sobre este evangelio (alrededor del año 390). Su exégesis es de carácter moral, de acuerdo con el método propio de la Escuela antioquena. Crisóstomo mueve a la conversión a quienes, siendo cristianos de palabra, no lo son con sus obras.

Ochenta y ocho homilías sobre el Evangelio de San Juan, cincuenta y cinco homilías sobre los Hechos de los Apóstoles, y homilías sobre todas las Epístolas de San Pablo: Carta a los Romanos (32 homilias), Carta a los Corintios 1 y 2 (77 homilias), Carta a los Efesios (24 homilias), Carta a los Filipenses (15 homilias), Carta a los Colosenese (12 homilias), Carta a los Tesalonicenses 1 y 2 (11 homilias), Carta a Timoteo, Tito y Filemón (37 homilias), Carta a los Hebreos (34 homilias).

• Homilías dogmáticas:

Otra serie de homilías está dedicada a temas dogmáticos. Contra Eunomio, que sostenía que se puede conocer perfectamente a Dios en esta vida, predicó 12 sermones. Sobre la naturaleza incomprensible de Dios, en los que explica que el hombre no sólo no llega a comprender la esencia divina, sino tampoco todas las manifestaciones de su omnipotencia.

Ocho homilías bautismales, predicadas en Antioquía para instruir a los catecúmenos; tienen especial importancia porque dan a conocer la liturgia bautismal de finales de siglo IV.

• Homilías morales:

La predicación de san Juan Crisóstomo es de fondo moral y tiene algunas homilías cuya finalidad inmediata era combatir los vicios de sus oyentes y procurar su mejoramiento moral. Entre éstas destacan dos homilías Contra los juegos circenses y una Sobre la limosna.

 Homilías de circunstancias:

Otras muchas homilías fueron predicadas por diversos motivos: en fiestas litúrgicas –Navidad, Epifanía, etc.–, en la festividad de algún santo o con motivo de algún acontecimiento notable. Entre éstas últimas son célebres las 21 homilías por las estatuas. El motivo fue el motín del pueblo de Antioquía que llevó a derribar las estatuas del emperador porque había decretado una subida de impuestos. El pueblo, temiendo las represalias del emperador, se reunía en la iglesia, y Juan les confortaba y animaba a su mejoramiento moral. Estas homilías consagraron a Juan como gran orador.

Cartas:

El epistolario de Juan Crisóstomo consta de 236 cartas. Todas están escritas desde su destierro, y generalmente son breves y dirigidas a personas muy diversas. Las cartas dan a conocer la personalidad de su autor: su celo apostólico, su humanidad y santidad de vida, su entereza de ánimo ante la situación adversa.

Las cartas más importantes son dos, dirigidas al papa Inocencio. En la primera le informa de lo que había ocurrido desde su llegada a Constantinopla hasta su deposición. La segunda está escrita a finales del 406. En ellas reconoce la supremacía de la sede romana, pues su situación le hacía ver con evidencia que un simple patriarca no puede ser garantía suficiente de la unidad de la Iglesia.

EL ORADOR

El éxito de Crisóstomo predicando se debe a su gran facilidad de palabra, a la forma popular de presentar sus pensamientos y a la convicción con que comunicaba el mensaje, el cual sentía le había sido entregado a él. 

Las explicaciones especulativas no le atraían, ni se hubieran adecuado al gusto de sus oyentes. Prefería temas morales y pocas veces seguía un plan regular. Su oratoria provocaba los aplausos de su congregación.


sábado, 3 de septiembre de 2022

Últimos años de san Ireneo. Padre y Doctor de la Iglesia



Se desconoce el año de la muerte de san Ireneo de Lyon. Una tradición posterior afirma que fue martirizado. Los restos mortales de san Ireneo, según Gregorio de Tours, fueron sepultados en una cripta, bajo el altar de la que entonces se llamaba Iglesia de San Juan, pero después se llamó de san Ireneo. Esta tumba o santuario fue destruída por los calvinistas en 1562, haciendo desaparecer sus reliquias.

Su fiesta se celebra el 28 de junio en la Iglesia Latina, y el 23 de agosto en la Griega.

Padre y Doctor de la Iglesia

1,800 años después de su muerte, san Ireneo volvió a ser noticia en la Iglesia Católica cuando los obispos apoyaron de manera unánime la iniciativa del episcopado francés para declarar Doctor de la Iglesia a san Ireneo. El 7 de octubre del 2021, el papa Francisco nombraba a san Ireneo de Lyon Doctor de la Iglesia con el título de “Doctor de la Unidad”. Este obispo del siglo II se convertía en el trigésimo séptimo santo con el título de Doctor de la Iglesia.

Las obra literaria de san Ireneo es la de un Padre y Doctor de la Iglesia. Sus escritos no sólo ponen los cimientos de la teología cristiana, sino que sirven para exponer y refutar los errores de los gnósticos.  Ireneo en el gran defensor de la fe católica transmitida por la Tradición Apostólica

San Ireneo es reconocido sobre todo por su conocimiento y esfuerzo por defender la unidad de las iglesias cristianas en torno a la Sede de Roma, transmitiendo que la Tradición de los Apóstles es la que permite a todos los cristianos aprender y perseverar en la verdad y el amor de Jesucristo.


viernes, 15 de julio de 2022

San Buenaventura (y 3) Algunos aspectos de su doctrina, por Benedicto XVI

BENEDICTO XVI
Audiencia General
Plaza de San Pedro
Miércoles 17 de marzo de 2010

San Buenaventura (y 3)
Algunos aspectos de su doctrina



Queridos hermanos y hermanas:

Esta mañana, continuando con la reflexión del miércoles pasado, quiero profundizar junto con vosotros en otros aspectos de la doctrina de san Buenaventura de Bagnoregio. 

Se trata de un eminente teólogo, que merece ser puesto al lado de otro grandísimo pensador contemporáneo suyo, santo Tomás de Aquino. Ambos escrutaron los misterios de la Revelación, valorizando los recursos de la razón humana, en el diálogo fecundo entre fe y razón que caracteriza al Medioevo cristiano, haciendo de este una época de gran viveza intelectual, como también de fe y de renovación eclesial, aunque con frecuencia no se ha subrayado suficientemente. 

Tienen en común otras analogías: tanto san Buenaventura, franciscano, como santo Tomás, dominico, pertenecían a las Órdenes Mendicantes que, con su lozanía espiritual en el siglo XIII renovaron toda la Iglesia y atrajeron a numerosos seguidores. Ambos sirvieron a la Iglesia con diligencia, con pasión y con amor, hasta tal punto que fueron invitados a participar en el concilio ecuménico de Lyon en 1274, el mismo año en que murieron: santo Tomás mientras viajaba hacia Lyon, y san Buenaventura durante los trabajos de ese concilio. 

También en la plaza de San Pedro las estatuas de los dos santos ocupan una posición paralela, situadas precisamente al inicio de la Columnata partiendo de la fachada de la basílica vaticana: una en el brazo de la izquierda y la otra en el brazo de la derecha. A pesar de todos estos aspectos, en estos dos grandes santos podemos observar dos enfoques distintos ante la investigación filosófica y teológica, que muestran la originalidad y la profundidad de pensamiento de uno y otro. Quiero comentar brevemente algunas de estas diferencias.

Una primera diferencia concierne al concepto de teología. Ambos doctores se preguntan si la teología es una ciencia práctica o una ciencia teórica, especulativa. Santo Tomás reflexiona sobre dos posibles respuestas opuestas. La primera dice: la teología es reflexión sobre la fe, y el objetivo de la fe es que el hombre llegue a ser bueno, que viva según la voluntad de Dios. Por lo tanto, el objetivo de la teología debería ser guiar por el camino recto, bueno; por consiguiente, en el fondo es una ciencia práctica. La otra posición dice: la teología intenta conocer a Dios. Nosotros somos obra de Dios; Dios está por encima de nuestro obrar. Dios realiza en nosotros el obrar justo. Por tanto, substancialmente ya no se trata de nuestro obrar, sino de conocer a Dios y no de nuestro actuar. La conclusión de santo Tomás es: la teología implica ambos aspectos: es teórica, intenta conocer cada vez más a Dios, y es práctica: intenta orientar nuestra vida hacia el bien. Pero la primacía corresponde al conocimiento: sobre todo debemos conocer a Dios, después sigue obrar según Dios (Summa Theologiae I q. 1, art. 4). Esta primacía del conocimiento respecto de la praxis es significativo para la orientación fundamental de santo Tomás.

La respuesta de san Buenaventura es muy parecida, pero los matices son distintos. San Buenaventura conoce los mismos argumentos en una y otra dirección, como santo Tomás, pero para responder a la pregunta de si la teología es una ciencia práctica o teórica, hace tres distinciones: amplía la alternativa entre teórico (primacía del conocimiento) y práctico (primacía de la praxis), añadiendo una tercera actitud, que llama sapiencial y afirmando que la sabiduría abarca ambos aspectos. Y prosigue: la sabiduría busca la contemplación (como la forma más alta del conocimiento) y tiene como intención ut boni fiamus, que lleguemos a ser buenos, sobre todo esto: ser buenos (cf. Breviloquium, Prólogo, 5). Después añade: "La fe está en el intelecto, de modo que provoca el afecto. Por ejemplo: conocer que Cristo ha muerto "por nosotros" no se queda en conocimiento, sino que necesariamente se convierte en afecto, en amor" (Proemium in I Sent., q. 3).

En la misma línea se mueve su defensa de la teología, es decir, de la reflexión racional y metódica de la fe. San Buenaventura enumera algunos argumentos contra el hacer teología, quizá generalizados entre una parte de los frailes franciscanos y presentes también en nuestro tiempo: la razón vacía la fe, es una actitud violenta respecto a la Palabra de Dios, debemos escuchar y no analizar la Palabra de Dios (cf. Carta de san Francisco de Asís a san Antonio de Padua). A estos argumentos contra la teología, que muestran los peligros existentes en la teología misma, el santo responde: es verdad que hay un modo arrogante de hacer teología, una soberbia de la razón, que se pone por encima de la Palabra de Dios. Pero la verdadera teología, el trabajo racional de la verdadera y de la buena teología tiene otro origen, no la soberbia de la razón. Quien ama quiere conocer cada vez más y mejor a la persona amada; la verdadera teología no compromete la razón y su búsqueda motivada por la soberbia, sed propter amorem eius cui assentit —"motivada por amor a Aquel al cual ha dado su consentimiento" (Proemium in I Sent., q. 2)—, y quiere conocer mejor al amado: esta es la intención fundamental de la teología. Por tanto, para san Buenaventura, al fin, es determinante la primacía del amor.

En consecuencia, santo Tomás y san Buenaventura definen de manera diferente el destino último del hombre, su felicidad plena: para santo Tomás el fin supremo, al cual se dirige nuestro deseo, es ver a Dios. En este acto sencillo de ver a Dios encuentran solución todos los problemas: somos felices, no es necesario nada más.

Para san Buenaventura, en cambio, el destino último del hombre es amar a Dios, el encuentro y la unión de su amor y del nuestro. Para él esta es la definición más adecuada de nuestra felicidad.

En esta línea, podríamos decir también que la categoría más alta para santo Tomás es la verdad, mientras que para san Buenaventura es el bien. Sería un error ver una contradicción entre estas dos respuestas. Para ambos la verdad es también el bien, y el bien es también la verdad; ver a Dios es amar y amar es ver. Se trata, por tanto, de matices distintos de una visión fundamentalmente común. Ambos matices han formado tradiciones diversas y espiritualidades distintas, y así han mostrado la fecundidad de la fe, una en la diversidad de sus expresiones.

Volvamos a san Buenaventura. Es evidente que el matiz específico de su teología, del cual he puesto sólo un ejemplo, se explica a partir del carisma franciscano: el "Poverello" de Asís, más allá de los debates intelectuales de su tiempo, había mostrado con toda su vida la primacía del amor; era un icono vivo y enamorado de Cristo, y así hizo presente, en su tiempo, la figura del Señor: convenció a sus contemporáneos no con palabras, sino con su vida. 

En todas las obras de san Buenaventura, incluidas las obras científicas, de escuela, se ve y se encuentra esta inspiración franciscana; es decir, se nota que piensa partiendo del encuentro con el "Poverello" de Asís. Pero para entender la elaboración concreta del tema de la "primacía del amor" debemos tener presente otra fuente: los escritos del llamado Pseudo-Dionisio, un teólogo siríaco del siglo VI, que se ocultó bajo el pseudónimo de Dionisio el Areopagita, haciendo referencia, con este nombre, a una figura de los Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 17,34). Este teólogo había creado una teología litúrgica y una teología mística, y había hablado ampliamente de los distintos órdenes de los ángeles. Sus escritos se tradujeron al latín en el siglo IX; en el tiempo de san Buenaventura —estamos en el siglo XIII— parecía una nueva tradición, que despertó el interés del santo y de los demás teólogos de su siglo. Dos cosas atraían especialmente la atención de san Buenaventura:

1 .El Pseudo-Dionisio habla de nueve órdenes de ángeles, cuyos nombres había encontrado en la Escritura y después había ordenado a su manera, desde los simples ángeles hasta los serafines. San Buenaventura interpreta estos órdenes de los ángeles como escalones en el acercamiento de la criatura a Dios. Así pueden representar el camino humano, la subida hacia la comunión con Dios. Para san Buenaventura no hay ninguna duda: san Francisco de Asís pertenecía al orden seráfico, al orden supremo, al coro de los serafines, es decir: era puro fuego de amor. Y así debían ser los franciscanos. 

Pero san Buenaventura sabía bien que este último grado de acercamiento a Dios no se puede insertar en un ordenamiento jurídico, sino que siempre es un don particular de Dios. Por eso la estructura de la Orden franciscana es más modesta, más realista, pero debe ayudar a sus miembros a acercarse cada vez más a una existencia seráfica de puro amor. El miércoles pasado hablé sobre esta síntesis entre realismo sobrio y radicalidad evangélica en el pensamiento y en la acción de san Buenaventura.

2. San Buenaventura, sin embargo, encontró en los escritos de Pseudo-Dionisio otro elemento, para él aún más importante. Mientras que para san Agustín el intellectus, el ver con la razón y el corazón, es la última categoría del conocimiento, el Pseudo-Dionisio da otro paso más: en la subida hacia Dios se puede llegar a un punto en que la razón deja de ver. Pero en la noche del intelecto el amor sigue viendo, ve lo que es inaccesible a la razón. El amor se extiende más allá de la razón, ve más, entra más profundamente en el misterio de Dios. 

San Buenaventura quedó fascinado por esta visión, que coincidía con su espiritualidad franciscana. Precisamente en la noche oscura de la cruz se muestra toda la grandeza del amor divino; donde la razón deja de ver, el amor ve. Las palabras conclusivas del "Itinerario de la mente hacia Dios", en una lectura superficial, pueden parecer una expresión exagerada de una devoción sin contenido; en cambio, leídas a la luz de la teología de la cruz de san Buenaventura, son una expresión límpida y realista de la espiritualidad franciscana: "Si ahora anhelas saber cómo sucede esto (la subida hacia Dios), pregunta a la gracia, no a la doctrina; al deseo, no al intelecto; al clamor de la oración, no al estudio de la letra; ... no a la luz, sino al fuego que todo lo inflama y transporta en Dios" (VII, 6). Todo esto no es anti-intelectual y no es anti-racional: supone el camino de la razón, pero lo trasciende en el amor de Cristo crucificado. Con esta trasformación de la mística del Pseudo-Dionisio, san Buenaventura se sitúa en los inicios de una gran corriente mística, que elevó y purificó mucho la mente humana: es una cima en la historia del espíritu humano.

Esta teología de la cruz, nacida del encuentro entre la teología del Pseudo-Dionisio y la espiritualidad franciscana, no debe hacernos olvidar que san Buenaventura también comparte con san Francisco de Asís el amor a la creación, la alegría por la belleza de la creación de Dios. Sobre este punto cito una frase del primer capítulo del "Itinerario": "Quien... no ve los innumerables esplendores de las criaturas, está ciego; quien con tantas voces no se despierta, está sordo; quien no alaba a Dios por todas estas maravillas, está mudo; quien con tantos signos no se eleva hasta el primer principio, es necio" (I, 15). Toda la creación habla en voz alta de Dios, del Dios bueno y bello; de su amor.

Por tanto, para san Buenaventura toda nuestra vida es un "itinerario", una peregrinación, una subida hacia Dios. Pero sólo con nuestras fuerzas no podemos subir hasta la altura de Dios. Dios mismo debe ayudarnos, debe "tirar de nosotros" hacia arriba. Por eso es necesaria la oración. La oración —así dice el santo— es la madre y el origen de la elevación, "sursum actio", acción que nos eleva, dice san Buenaventura. Concluyo, por tanto, con la oración con la que comienza su "Itinerario": "Oremos, pues, y digamos al Señor, nuestro Dios: "Guíame, Señor, por tus sendas y caminaré en tu verdad. Alégrese mi corazón en el temor de tu nombre" (I, 1).


San Buenaventura (2) Obra literaria y doctrina, por Benedicto XVI

BENEDICTO XVI
Audiencia General

Miércoles 10 de marzo de 2010

San Buenaventura (2)
Obra literaria y doctrina




Queridos hermanos y hermanas,

la semana pasada hablé de la vida y personalidad de San Buenaventura de Bagnoregio. Esta mañana me gustaría continuar con su exposición, centrándome en una parte de su obra literaria y de su doctrina.

Como ya he dicho, san Buenaventura, entre otros méritos, tuvo el de interpretar con autenticidad y fidelidad la figura de san Francisco de Asís, a quien veneraba y estudiaba con gran amor. En particular, en tiempos de san Buenaventura una corriente de los hermanos menores, llamada "espirituales", defendía que con san Francisco se había inaugurado una fase totalmente nueva de la historia, el "Evangelio eterno", del que habla el Apocalipsis, vendría aparecer, que reemplazó al Nuevo Testamento. Este grupo afirmó que la Iglesia ya había agotado su papel histórico, y en su lugar fue reemplazada por una comunidad carismática de hombres libres guiados interiormente por el Espíritu, es decir, los "franciscanos espirituales". 

Las ideas de este grupo se basaron en los escritos de un abad cisterciense, Gioacchino da Fiore, que murió en 1202. En sus obras, afirmó un ritmo trinitario de la historia. Consideró el Antiguo Testamento como la época del Padre, seguida por la época del Hijo, la época de la Iglesia. Todavía habría que esperar la tercera edad, la del Espíritu Santo. Toda la historia ha de interpretarse así como una historia de progreso: desde la severidad del Antiguo Testamento a la relativa libertad del tiempo del Hijo, en la Iglesia, hasta la plena libertad de los Hijos de Dios, en la período del Espíritu Santo, que sería también, finalmente, el período de la paz entre los hombres, de la reconciliación de los pueblos y de las religiones. Joaquín de Fiore había suscitado la esperanza de que el comienzo del nuevo tiempo vendría de un nuevo monacato.

Existía, pues, el riesgo de una gravísima incomprensión del mensaje de san Francisco, de su humilde fidelidad al Evangelio ya la Iglesia, y esta incomprensión suponía una visión errónea del cristianismo en su conjunto.

San Buenaventura, que en 1257 se convirtió en Ministro General de la Orden Franciscana, se encontró ante una grave tensión en el seno de su propia Orden precisamente a causa de quienes apoyaban la citada corriente de los "Franciscanos Espirituales", que se basaba en Joaquín de Flor. Precisamente para responder a este grupo y restaurar la unidad de la Orden, san Buenaventura estudió con detenimiento los escritos auténticos de Joaquín de Fiore y los que se le atribuyen y, teniendo en cuenta la necesidad de presentar correctamente la figura y el mensaje de su amado san Francisco, quiso exponer una visión correcta de la teología de la historia. 

San Buenaventura abordó el problema en su última obra, una colección de conferencias a los monjes del estudio parisino, que quedó inconclusa y nos llegó a través de las transcripciones de los oyentes, titulada Hexaëmeron , es decir, una explicación alegórica de los seis días de la creación. Los Padres de la Iglesia consideraban los seis o siete días del relato de la creación como una profecía de la historia del mundo, de la humanidad. Los siete días representaban para ellos siete períodos de la historia, interpretados más tarde también como siete milenios. Con Cristo habríamos entrado en el último, es decir, el sexto período de la historia, al que seguiría luego el gran Sábado de Dios.

San Buenaventura supone esta interpretación histórica de la relación de los días de la creación, pero de una forma muy libre y forma innovadora. Para él dos fenómenos de su tiempo requieren una nueva interpretación del curso de la historia:

La primera: la figura de san Francisco, el hombre totalmente unido a Cristo hasta la comunión de los estigmas, casi un alter Christus , y con san Francisco la nueva comunidad que crea, distinta del monaquismo conocido hasta ahora. Este fenómeno requería una nueva interpretación, como una novedad de Dios que aparecía en ese momento.

La segunda: la posición de Joaquín de Fiore, que anunciaba un nuevo monacato y un período histórico totalmente nuevo, más allá de la revelación del Nuevo Testamento, requería una respuesta.

Como Ministro General de la Orden Franciscana, san Buenaventura había visto inmediatamente que con la concepción espiritista, inspirada en Joaquín de Fiore, la Orden no era gobernable, sino que lógicamente iba hacia la anarquía. Para él hubo dos consecuencias:

La primera: la necesidad práctica de estructuras e inserción en la realidad de la Iglesia jerárquica, de la Iglesia real, necesitaba un fundamento teológico, también porque los otros, los que seguían la concepción espiritualista, mostraban un aparente fundamento teológico.

La segunda: teniendo en cuenta el realismo necesario, no se debe perder la novedad de la figura de San Francisco.

¿Cómo respondió San Buenaventura a la necesidad práctica y teórica? Solo puedo dar aquí un resumen muy esquemático e incompleto de su respuesta en algunos puntos:

San Buenaventura rechaza la idea del ritmo trinitario de la historia. Dios es uno a lo largo de la historia y no se divide en tres deidades. En consecuencia, la historia es una, aunque sea un camino y, según san Buenaventura, un camino de progreso.

Jesucristo es la última palabra de Dios - en él Dios dijo todo, dándose y diciéndose a sí mismo. Más que él mismo, Dios no puede decir ni dar. El Espíritu Santo es el Espíritu del Padre y del Hijo. Cristo mismo dice del Espíritu Santo: "... él os recordará todo lo que os he dicho" ( Jn 14, 26), "tomará lo mío y os lo dirá" ( Jn 16, 15). 

Así que no hay otro Evangelio superior, no hay otra Iglesia que esperar. Por tanto, la Orden de San Francisco debe insertarse también en esta Iglesia, en su fe, en su orden jerárquico.

Esto no quiere decir que la Iglesia esté inmóvil, fijada en el pasado y no pueda haber en él ninguna novedad. “ Oper Christi non deficiunt, sed proficiunt”, las obras de Cristo no retroceden, no fallan, sino que progresan, dice el Santo en la carta De tribus quaestionibus. Así San Buenaventura formula explícitamente la idea de progreso, y esto es una novedad en comparación con los Padres de la Iglesia y la mayoría de sus contemporáneos. Para San Buenaventura Cristo ya no es el fin, como lo fue para los Padres de la Iglesia, sino el centro de la historia; con Cristo no termina la historia, sino que comienza un nuevo período. 

Otra consecuencia es la siguiente: hasta ese momento prevalecía la idea de que los Padres de la Iglesia habían sido la cúspide absoluta de la teología, todas las generaciones posteriores sólo podían ser sus discípulos. Incluso san Buenaventura reconoce a los Padres como maestros para siempre, pero el fenómeno de san Francisco le da la certeza de que la riqueza de la palabra de Cristo es inagotable y que también en las nuevas generaciones pueden aparecer nuevas luces.

Ciertamente, la Orden Franciscana -subraya- pertenece a la Iglesia de Jesucristo, a la Iglesia apostólica y no puede construirse en un espiritualismo utópico. Pero, al mismo tiempo, es válida la novedad de esta Orden con respecto al monaquismo clásico, y san Buenaventura -como dije en la catequesis anterior- defendió esta novedad contra los ataques del clero secular de París: los franciscanos no tienen un monasterio fijo, pueden estar presentes en todas partes para anunciar el Evangelio. Precisamente la ruptura con la estabilidad, característica del monacato, en favor de una nueva flexibilidad, devolvió el dinamismo misionero a la Iglesia.

Llegados a este punto, quizás sea útil decir que aún hoy hay visiones según las cuales toda la historia de la Iglesia en el segundo milenio habría sido una decadencia permanente; algunos ven el declive ya después del Nuevo Testamento. En realidad, “Opera Christi non deficiunt, sed proficiunt”, las obras de Cristo no retroceden, sino que progresan. ¿Qué sería de la Iglesia sin la nueva espiritualidad de los cistercienses, franciscanos y dominicos, la espiritualidad de santa Teresa de Ávila y san Juan de la Cruz, etc.? Todavía hoy es válida esta afirmación: “Oper Christi non deficiunt, sed proficiunt", van adelante. 

San Buenaventura nos enseña el conjunto de necesarios discernimientos, incluso severos, de sobrio realismo y apertura a los nuevos carismas dados por Cristo, en el Espíritu Santo, a su Iglesia. Y mientras se repite esta idea de decadencia, también está la otra idea, este “utopismo espiritualista”, que se repite. Sabemos, en efecto, que después del Concilio Vaticano II algunos estaban convencidos de que todo era nuevo, que había otra Iglesia, que la Iglesia preconciliar estaba acabada y tendríamos otra, totalmente "otra". ¡Una utopía anarquista! Y gracias a Dios los sabios timoneles de la barca de Pedro, el Papa Pablo VI y el Papa Juan Pablo II, por un lado defendieron la novedad del Concilio y por otro, al mismo tiempo, defendieron la singularidad y continuidad de la Iglesia, que es siempre Iglesia de pecadores y siempre lugar de Gracia.

En este sentido, San Buenaventura, como Ministro general de los franciscanos, tomó una línea de gobierno en la que tenía muy claro que la nueva Orden no podía, como comunidad, vivir a la misma "altura escatológica" que san Francisco, en el que ve la anticipación del mundo futuro, pero -guiado, al mismo tiempo, por un sano realismo y una valentía espiritual- debía acercarse lo más posible a la máxima realización del Sermón de la Montaña, que para san Francisco era la regla, teniendo en cuenta los límites del hombre, marcados desde el pecado original.

Vemos así que para san Buenaventura gobernar no era simplemente hacer, sino sobre todo pensar y orar. En la base de su gobierno encontramos siempre la oración y el pensamiento; todas sus decisiones resultan de la reflexión, del pensamiento iluminado por la oración. Su contacto íntimo con Cristo acompañó siempre su labor como Ministro general y por ello compuso una serie de escritos teológico-místicos, que expresan el alma de su gobierno y manifiestan la intención de guiar interiormente a la Orden, de gobernar, es decir, no sólo por mediante mandatos y estructuras, sino guiando e iluminando las almas, orientándolas hacia Cristo.

De estos escritos suyos, que son el alma de su gobierno y que muestran el camino a seguir tanto para el individuo como para la comunidad, quisiera mencionar sólo uno, su obra maestra, el Itinerarium mentis in Deum, que es un "manual" de contemplación mística. Este libro fue concebido en un lugar de profunda espiritualidad: la montaña de La Verna, donde San Francisco había recibido los estigmas. En la introducción, el autor ilustra las circunstancias que dieron origen a su escrito: “Mientras meditaba sobre las posibilidades del alma de ascender a Dios, se me presentó, entre otras cosas, aquel admirable acontecimiento ocurrido en aquel lugar para Beato Francisco, es decir, la visión del Serafín alado en forma de Crucifijo. Y meditando en esto, inmediatamente me di cuenta de que esta visión me ofrecía el éxtasis contemplativo del mismo Padre Francisco y al mismo tiempo el camino que conduce a él” (Itinerario de la mente en Dios, Prólogo, 2, en Obras de San Buenaventura). Folletos teológicos / 1, Roma 1993, p. 499).

Las seis alas del Serafín se convierten así en el símbolo de seis etapas que conducen progresivamente al hombre desde el conocimiento de Dios a través de la observación del mundo y de las criaturas y a través de la exploración del alma misma con sus facultades, hasta la unión satisfactoria con el Trinidad por Cristo, a imitación de San Francisco de Asís. Las últimas palabras del Itinerarium de san Buenaventura, que responde a la pregunta de cómo se puede realizar esta comunión mística con Dios, debe ser enviada a lo más profundo del corazón: “Si ahora anheláis saber cómo sucede esto, (la comunión mística con Dios) cuestiona la gracia, no doctrina; el deseo, no el intelecto; el gemido de oración, no el estudio de la letra; el novio, no el maestro; Dios, no el hombre; neblina, no claridad; no la luz, sino el fuego que todo lo inflama y transporta a Dios con fuertes unciones y ardorísimos afectos... Entremos pues en las tinieblas, acallemos nuestras preocupaciones, pasiones y fantasmas; pasemos con Cristo Crucificado de este mundo al Padre , para que, después de haberlo visto, podamos decir con Felipe: esto me basta” ( ibid., VII, 6).

Queridos amigos, acojamos la invitación que nos dirige san Buenaventura, el Seráfico Doctor, y pongámonos en la escuela del divino Maestro: escuchemos su Palabra de vida y de verdad, que resuena en lo más profundo de nuestra alma. Purificamos nuestros pensamientos y acciones, para que Él habite en nosotros y podamos comprender Su Voz divina, que nos atrae hacia la verdadera felicidad.


San Buenaventura (1): Vida y personalidad, por Benedicto XVI

BENEDICTO XVI
Audiencia General
Miércoles 3 de marzo de 2010
 
San Buenaventura (1)
Vida y Personalidad




Queridos hermanos y hermanas:

Hoy quiero hablar de san Buenaventura de Bagnoregio. Os confieso que, al proponeros este tema, siento cierta nostalgia, porque pienso en los trabajos de investigación que, como joven estudioso, realicé precisamente sobre este autor, especialmente importante para mí. Su conocimiento incidió notablemente en mi formación. Con gran gozo, hace algunos meses hice una peregrinación a su lugar natal, Bagnoregio, una pequeña ciudad italiana del Lacio, que custodia su memoria con veneración.

Nació probablemente en 1217 y murió en 1274; vivió en el siglo XIII, una época en la que la fe cristiana, que había penetrado profundamente en la cultura y en la sociedad de Europa, inspiró obras imperecederas en el campo de la literatura, de las artes visuales, de la filosofía y de la teología. Entre las grandes figuras cristianas que contribuyeron a la composición de esta armonía entre fe y cultura destaca Buenaventura, hombre de acción y de contemplación, de profunda piedad y de prudencia en el gobierno.

Se llamaba Giovanni da Fidanza. Un episodio que sucedió cuando todavía era un muchacho marcó profundamente su vida, como él mismo relata. Se veía afectado por una grave enfermedad y ni siquiera su padre, que era médico, esperaba ya salvarlo de la muerte. Entonces, su madre recurrió a la intercesión de san Francisco de Asís, canonizado hacía poco. Y Giovanni se curó.

La figura del "Poverello" de Asís llegó a ser todavía más familiar para él algunos años más tarde, cuando se encontraba en París, donde estudiaba. Había obtenido el diploma de maestro de Artes, que podríamos comparar con el de un prestigioso instituto de nuestros tiempos. En ese momento, al igual que muchos jóvenes del pasado y también de hoy, Giovanni se planteó una pregunta crucial: "¿Qué debo hacer con mi vida?". 

Fascinado por el testimonio de fervor y radicalidad evangélica de los Frailes Menores, que habían llegado a París en 1219, Giovanni llamó a las puertas del convento franciscano de esa ciudad, y pidió ser acogido en la gran familia de los discípulos de Francisco. Muchos años después, explicó las razones de su elección: en san Francisco y en el movimiento que él inició reconocía la acción de Cristo. En una carta dirigida a otro fraile escribía lo siguiente: "Confieso ante Dios que la razón que me llevó a amar más la vida del beato Francisco es que esta se parece a los comienzos y al crecimiento de la Iglesia. La Iglesia comenzó con simples pescadores, y después se enriqueció de doctores muy ilustres y sabios; la religión del beato Francisco no fue establecida por la prudencia de los hombres, sino por Cristo" (Epistula de tribus quaestionibus ad magistrum innominatum, en Opere di San Bonaventura. Introduzione generale, Roma 1990, p. 29).

Por lo tanto, alrededor del año 1243 Giovanni vistió el sayal franciscano y asumió el nombre de Buenaventura. En seguida fue destinado a los estudios, y se matriculó en la Facultad de teología de la Universidad de París, donde siguió un conjunto de cursos muy arduos. Obtuvo varios títulos requeridos por la carrera académica, los de "bachiller bíblico" y de "bachiller sentenciario". Así Buenaventura estudió a fondo la Sagrada Escritura; las Sentencias de Pedro Lombardo, el manual de teología de aquel tiempo; y los autores de teología más importantes y, en contacto con los maestros y los estudiantes que afluían a París desde toda Europa, maduró su propia reflexión personal y una sensibilidad espiritual de gran valor que, a lo largo de los años sucesivos, supo infundir en sus obras y en sus sermones, convirtiéndose así en uno de los teólogos más importantes de la historia de la Iglesia. 

Es significativo recordar el título de la tesis que defendió para ser habilitado a la enseñanza de la teología, la licentia ubique docendi, como se decía entonces. Su disertación llevaba por título: Cuestiones sobre el conocimiento de Cristo. Este tema muestra el papel central que Cristo tuvo siempre en la vida y en las enseñanzas de Buenaventura. Sin duda podemos decir que todo su pensamiento fue profundamente cristocéntrico.

En aquellos años en París, la ciudad de adopción de Buenaventura, estalla una violenta polémica contra los Frailes Menores de san Francisco de Asís y los Frailes Predicadores de santo Domingo de Guzmán. 

Se contestaba su derecho a enseñar en la universidad, e incluso se ponía en duda la autenticidad de su vida consagrada. Ciertamente, los cambios introducidos por las Órdenes Mendicantes en el modo de entender la vida religiosa, de los que he hablado en mis catequesis anteriores, eran tan innovadores que no todos llegaban a comprenderlos. Se añadían también, como alguna vez sucede incluso entre personas sinceramente religiosas, motivos de debilidad humana, como la envidia y los celos. Buenaventura, aunque rodeado por la oposición de los demás maestros universitarios, había comenzado a enseñar en la cátedra de teología de los Franciscanos y, para responder a quien criticaba a las Órdenes Mendicantes, compuso un escrito titulado La perfección evangélica; en el que demuestra como las Órdenes Mendicantes, especialmente los Frailes Menores, practicando los votos de pobreza, de castidad y de obediencia, seguían los consejos del Evangelio. 

Más allá de estas circunstancias históricas, la enseñanza de Buenaventura en esta obra y en su vida sigue siendo actual: la Iglesia es más luminosa y bella gracias a la fidelidad a la vocación de estos hijos suyos y de aquellas hijas suyas que no sólo ponen en práctica los preceptos evangélicos, sino que por gracia de Dios, están llamados a guardar los consejos y así testimonian, con su estilo de vida pobre, casto y obediente, que el Evangelio es fuente de gozo y de perfección.

El conflicto se apaciguó, por lo menos durante algún tiempo, y, por intervención personal del Papa Alejandro IV, en 1257, Buenaventura fue oficialmente reconocido como doctor y maestro de la universidad parisina. Sin embargo, tuvo que renunciar a este prestigioso cargo, porque en ese mismo año el capítulo general de la Orden lo eligió ministro general.

Desempeñó ese cargo durante diecisiete años con sabiduría y entrega, visitando las provincias, escribiendo a los hermanos, interviniendo alguna vez con una cierta severidad para eliminar abusos. 

Cuando Buenaventura inició este servicio, la Orden de los Frailes Menores se había desarrollado de modo prodigioso: los frailes esparcidos por todo Occidente eran más de 30.000, con presencias misioneras en el norte de África, en Oriente Medio, e incluso en Pekín. Era necesario consolidar esta expansión y, sobre todo, conferirle unidad de acción y de espíritu, guardando plena fidelidad al carisma de Francisco. De hecho, entre los seguidores del santo de Asís había distintos modos de interpretar el mensaje, existía realmente el riesgo de una fractura interna. Para evitar este peligro, en 1260, el capítulo general de la Orden en Narbona aceptó y ratificó un texto propuesto por Buenaventura, en el que se recogían y se unificaban las normas que regulaban la vida diaria de los Frailes Menores. 

Buenaventura intuía, sin embargo, que las disposiciones legislativas, si bien se inspiraban en la sabiduría y la moderación, no eran suficientes para asegurar la comunión del espíritu y de los corazones. Era necesario que se compartieran los mismos ideales y las mismas motivaciones. Por esta razón, Buenaventura quiso presentar el auténtico carisma de Francisco, su vida y su enseñanza. Por eso recogió con gran celo documentos relativos al "Poverello" y escuchó con atención los recuerdos de quienes habían conocido directamente a Francisco. 

Nació así una biografía del santo de Asís bien fundada históricamente, titulada Legenda Maior, redactada también de forma más sucinta, y llamada por eso Legenda minor. La palabra latina, a diferencia de la italiana, no indica un fruto de la fantasía, sino, al contrario, "Legenda" significa un texto autorizado, "para leer" oficialmente. En efecto, el capítulo general de los Frailes Menores de 1263, reunido en Pisa, reconoció en la biografía de san Buenaventura el retrato más fiel del fundador y se convirtió en la biografía oficial del santo.

Cuál es la imagen de san Francisco que brota del corazón y de la pluma de su hijo devoto y sucesor, san Buenaventura? El punto esencial: Francisco es un alter Christus, un hombre que buscó apasionadamente a Cristo. En el amor que impulsa a la imitación, se conformó totalmente a él. Buenaventura señalaba este ideal vivo a todos los seguidores de Francisco. Este ideal, válido para todo cristiano, ayer, hoy y siempre, fue indicado como programa también para la Iglesia del tercer milenio por mi Predecesor, el venerable Juan Pablo II. Ese programa, escribía en su carta Novo Millennio ineunte, se centra "en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste" (n. 29).

En 1273 la vida de san Buenaventura conoció otro cambio. El Papa Gregorio X lo quiso consagrar obispo y nombrar cardenal. Le pidió también que preparara un importantísimo acontecimiento eclesial: el II concilio ecuménico de Lyon, que tenía como objetivo restablecer la comunión entre la Iglesia latina y la griega. Se dedicó a esta tarea con diligencia, pero no logró ver la conclusión de esa asamblea ecuménica, porque murió durante su celebración. 

Un notario pontificio anónimo compuso un elogio de Buenaventura, que nos da un retrato conclusivo de este gran santo y excelente teólogo: "Hombre bueno, afable, piadoso y misericordioso, lleno de virtudes, amado por Dios y por los hombres... De hecho, Dios le había concedido una gracia tan grande, que todos los que lo veían quedaban invadidos por un amor que el corazón no podía ocultar" (cf. J.G. Bougerol, Bonaventura, en A. Vauchez (a cura), Storia dei santi e della santità cristiana. Vol. vi. L'epoca del rinnovamento evangelico, Milano 1991, p. 91).

Recojamos la herencia de este santo doctor de la Iglesia, que nos recuerda el sentido de nuestra vida con las siguientes palabras: "En la tierra... podemos contemplar la inmensidad divina mediante el razonamiento y la admiración; en la patria celestial, en cambio, mediante la visión, cuando seremos hechos semejantes a Dios, y mediante el éxtasis... entraremos en el gozo de Dios" (La conoscenza di Cristo, q. 6, conclusione, en Opere di San Bonaventura. Opuscoli Teologici /1, Roma 1993, p. 187).

lunes, 21 de febrero de 2022

San Pedro Damián, Doctor de la Iglesia


Se ha dicho de san Pedro Damián que fue uno de los espíritus más vigorosos de su tiempo. Poseía una cultura muy vasta. Poeta, escritor valiente y prolífico, docto en derecho y teología, polemista audaz y temible, tiene una marcada tendencia a exaltar los valores morales sobre los intelectuales. 

Poseedor de una exquisita formación literaria, conocedor a fondo de los clásicos paganos y de la cultura profana, ha sido considerado a menudo como enemigo de la cultura a causa de sus tremendas diatribas contra las lecturas paganas, enemigas de la sancta simplicidad, ruda e ignara, que defiende a capa y espada. Pero no es un anti intelectual ni un enemigo de la gramática, sino un hombre apasionado, de lenguaje excesivo y a veces poco hábil en la expresión de su pensamiento. 

Sus escritos tienen dos cualidades que con frecuencia no suelen andar juntas: son sólidos y amenos. Lo que dice nunca resulta trivial, soso, sin interés. Su estilo es vivaz y directo; algunas de sus páginas, apasionadas, vehementes. Acertó, sin duda, Bertoldo de Constanza al definirle como un “segundo Jerónimo” “alter Hieronymus in nostro tempore". 

Su prosa es de lo más elegante; su vocabulario, de una riqueza poco común; sus sermones, por lo general, breves y elocuentes; hay uno, titulado “El vicio de la lengua”, que ha sido calificado de pequeña maravilla. Escribió la cristología mas completa de su tiempo.

Sobre el monacato

En sus escritos sobre el monacato, hay que distinguir dos tendencias principales, la crítica y la doctrinal, que a menudo se mezclan. Por un lado combate sin piedad lo que el juzga como desviaciones lamentables y por otro edifica piedra a piedra una teoría monástica preciosa. 

Fue un crítico severo del monacato de su tiempo, fustigó vigorosamente sus vicios, sus deficiencias, no solo los de los monjes tradicionales, sino también los de los ermitaños, sus hermanos de ideal. Buena prueba de ello es la carta a los anacoretas de Camugno, a quienes reprende por sus excesos de la lengua y de la boca, y sobre todo por su falta de pobreza. 

A voz en grito y sin desfallecer protesta contra todo lo torcido, lo falso, es un implacable flagelador de los abades, incluso de los más famosos. Estan -dice- continuamente enredados en procesos y disputas; solo les interesan los negocios mundanos; su preocupación consiste en añadir posesiones a posesiones, enriquecer sus iglesias con ornamentos deslumbrantes y suntuosos, añadir nuevos pisos a los edificios existentes y flanquearlos con torres lo más altas que pueden, y, aprovechándose de su dignidad, dispensarse de la observancia. “Ricardo de Saint-Vanne -dice en una de sus cartas-, aunque lo veneren como beato los monjes de Verdun, por haberse dejado llevar de la pasion malsana de construir a lo largo de toda su vida, va a pasar su eternidad levantando un andamio tras otro”.

Que se desengañen abades y monjes, la vida monástica no requiere iglesias monumentales, ni coros disciplinados, ni cantos prolongados, ni repique de campanas, ni ornamentos preciosos. Todo esto son superfluidades que desfiguran y complican el verdadero monacato. Cada monje debería medir sus propias fuerzas con gran franqueza y honestidad, con el fin de no agotar innecesariamente toda la laxitud permitida por la Regla. Como mínimo, todos los monjes, sin excepción, deberían rechazar las vestiduras cómodas, costosas y vistosas que les gusta lucir.

“El Señor esté con vosotros”

San Pedro Damián también fue un gran teórico de la vida eremítica: Una vez el hermano León le hizo una consulta: ¿Está bien que los eremitas sacerdotes, en su misa solitaria, saluden a una asamblea inexistente con la frase “el Señor esté con vosotros"? Tal es el origen de uno de sus tratados más hermosos: el Libro que se llama “Dominus vobiscum” al ermitaño León. 

Es una vibrante apología de la vida eremítica y, más aún, una breve pero substanciosa teología de la misma. El ermitaño sacerdote puede decir tranquilamente: “El Señor este con vosotros". Cierto, ninguna persona asiste a su misa, pero esta allí, invisiblemente, la Iglesia entera. El ermitaño -viene a decir-, aunque este físicamente solo, se apropia todas las palabras de la Iglesia, porque cada uno de los cristianos es la Iglesia. Y aunque viva en el desierto mas apartado, está siempre en la Iglesia, está muy presente a la Iglesia, gracias al sacramento de la unidad: “La Iglesia de Cristo está tan unida por el vinculo de la caridad que es una en muchos y esta misteriosamente entera en cada uno”. 

El ermitaño vive solo, reza solo, celebra solo; pero su vida y su oración tienen un valor eclesial. No se limita a interceder por toda la Iglesia: su oración es una realidad vital, expresión del misterio mismo de la comunión eclesial.

En el canto XXI del Paraíso, Dante coloca a san Pedro Damián en el cielo de Saturno, destinado en su Comedia a los espíritus contemplativos. El poeta pone en los labios del Santo una breve y eficaz narración autobiográfica: la predilección por los alimentos frugales y la vida contemplativa, y el abandono de la tranquila vida de convento por el cargo episcopal y cardenalicio. 

Por su finura teológica y su influjo en el pensamiento de su época mereció de León XII, el 27 de septiembre de 1828, el título de Doctor de la Iglesia.

Fuente: Alberto Royo Mejía

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