Desideria es el nombre de uno de los personajes creados por San Jose Manyanet (1833-1901) para ilustrar su espiritualidad y su pensamiento. Desideria puede ser un hombre o una mujer, una persona joven o adulta. Pero Desideria es, ante todo, un espiritu ingenuo, inquieto e infantil, cuyo deseo de aprender y ser feliz parece no tener limites.
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domingo, 15 de marzo de 2026
miércoles, 18 de febrero de 2026
El rito de la ceniza, por Casiano Floristán
Durante los carnavales brillan las caretas y los disfraces, que ocultan gozosa y momentáneamente la dureza de la vida. Al recobrar el miércoles de ceniza los vestidos ordinarios, la cara descubierta y la frente alzada, se vuelve a mostrar lo que de verdad es el ser humano.
El claroscuro de la ceniza
La ceniza -que etimológicamente significa polvo- es residuo purificado de una combustión, lo que queda al extinguirse el fuego. Ampliamente usada en las religiones antiguas, se asocia a la culpa y a la caducidad, al luto y a la penitencia.
Simboliza la amenaza constante que tiene el ser humano de retornar a la tierra. Para los griegos, egipcios, árabes y tribus primitivas, esparcir ceniza en la cabeza era un gesto de luto y de humildad. Los yoguis hindúes cubren su cuerpo de ceniza para expresar su renuncia al mundo. En las culturas antiguas, la ceniza es símbolo de muerte y de remordimiento.
Al mismo tiempo la ceniza es un "resto", es decir, algo que parece un final y en realidad es un comienzo, dados los rescoldos que la acompañan. Según la mitología primitiva, de la ceniza se alza el ave fénix a una nueva vida. Es señal de nacimiento y de resurrección.
En la tradición bíblica, la ceniza significa lo mismo que el polvo, a saber, pecado y fragilidad, ya que mancha, es perecedera y no tiene valor. Al mismo tiempo recuerda la pequeñez de la criatura frente a Dios. Se relaciona, de un lado, con el polvo; de otro, con el fuego y la llama. Es, pues, signo de aflicción, penitencia, calor y esperanza.
Cenizas son asimismo los restos últimos del cuerpo humano incinerado que se guardan en una urna, se entierran en un cementerio o en un jardín junto a un árbol, se esparcen sobre la olas del mar o se lanzan a los cuatro vientos. En todo caso siempre se respetan o se honran. Son "restos mortales" sagrados.
"Dios formó al hombre del polvo de la tierra" -dice el Génesis mediante una parábola grandiosa-, y gracias al soplo divino se convirtió en un ser viviente. Hasta la reforma litúrgica del Vaticano II decía el sacerdote al penitente en la imposición de la ceniza: "Acuérdate de que eres polvo y en polvo te convertirás" (Gén 3,19).
Después del Concilio se privilegian la conversión y la renovación cuaresmal, con esta fórmula: "Conviértete y cree en el evangelio" (Mc 1,15).
Recibida en la cabeza como duelo y penitencia es, pues, imagen de la fugacidad de la vida, reconocimiento público de la condición pecadora del ser humano y exhortación a la conversión. Los primitivos penitentes se ponían ceniza en sus cabezas para indicar públicamente que eran pecadores. La ceniza mancha, aunque es más liviana y menos pegajosa que el barro y el limo. Es símbolo de muerte e inicio de nueva vida. Dios saca vida de las cenizas y de la tierra.
Los cristianos introdujeron en sus ritos penitenciales el gesto de la ceniza. En los s. IV y V la recibían en sus cabezas los "penitentes públicos", aquellos que habían roto con la comunión eclesial por ser culpables de pecados graves, como el homicidio, la idolatría y el adulterio. Desde el s. VI, el rito de la ceniza del miércoles anterior al primer domingo de la cuaresma inaugura este tiempo de conversión. En el s. XI el papa Urbano II extendió su uso a todos los fieles del mundo.
La ceniza, que en principio es polvo o signo de lo transitorio, se convierte en comienzo de trascendencia. La cuaresma empieza para los cristianos con la ceniza de la conversión y acaba con la luz pascual renovadora.
Condición terrena
El número cuarenta, del que procede la palabra cuaresma, significa en algunas religiones un periodo de retiro para favorecer la experiencia de Dios y la comunión con los hermanos.
En la Biblia es retiro en el desierto como tiempo de prueba y de tentaciones, en el que los deseos oscuros de acaparar riquezas y poderes deben perecer, para dar lugar a una criatura renovada, transfigurada por la luz de la razón y la gloria de Dios.
En las cuarentenas bíblicas hay una lucha entre hambre y saciedad, riquezas y generosidad, poder y servicio, cenizas y purificaciones, tinieblas y luz, guerra y paz, ídolos de muerte y Dios de vida. El creyente pone a prueba la llamada de Dios o su vocación de cara a un compromiso de renovación en la paz, solidaridad y justicia. Recuerda al mismo tiempo la condición terrena del hombre pecador, asediado por mil preocupaciones y tentaciones.
El carnaval y la ceniza reflejan respectivamente la exaltación de lo lúdico y la pesadumbre del sufrimiento, ingredientes que componen la vida popular, por no decir la vida a secas. Cuando se apagan los carnavales, empieza la cuaresma con el "miércoles de ceniza".
Sobre el autor:
CASIANO FLORISTÁN, Profesor emérito de Teología Práctica de la Universidad Pontificia de Salamanca, España.
INTRODUCCIÓN A LA CUARESMA
¿Cómo vivían los Primeros Cristianos la Cuaresma?
Habrá que esperar al siglo IV para encontrar una planificación de la Cuaresma. A finales del siglo IV, Roma conocía la estructura cuaresmal de cuarenta días.
La celebración de la Pascua del Señor, constituye la fiesta primordial del año litúrgico. Cuando en el siglo II, la Iglesia comenzó a celebrar anualmente el misterio pascual de Cristo, comprendió la necesidad de una preparación por medio de la oración y del ayuno.
Los primeros pasos
Este período de preparación para la Pascua fue consolidándose hasta llegar a constituir lo que hoy conocemos como Tiempo de Cuaresma. Influyeron también las exigencias del catecumenado y la disciplina penitencial para la reconciliación de los penitentes.
La primitiva celebración de la Pascua del Señor conoció la praxis de un ayuno preparatorio el viernes y sábado previos a dicha conmemoración. A esta práctica podría aludir la "Traditio Apostolica", documento de comienzos del siglo III, cuando exige que los candidatos al bautismo ayunen el viernes y transcurran la noche del sábado en vela. Por otra parte, en el siglo III, la Iglesia de Alejandría practicaba una semana de ayuno previo a las fiestas pascuales.
En el siglo IV se consolida la estructura cuaresmal de cuarenta días
Habrá que esperar hasta el siglo IV para encontrar los primeros ejemplos de una planificación de este tiempo litúrgico; sin embargo, mientras en esta época se practica en casi todas las Iglesias la cuaresma de cuarenta días, el período de preparación pascual en Roma era de tres semanas de ayuno diario, excepto sábados y domingos. El ayuno prepascual de tres semanas estuvo poco tiempo en vigor puesto que a finales del siglo IV, Roma conocía ya la estructura cuaresmal de cuarenta días.
El período cuaresmal de seis semanas de duración nació probablemente vinculado a la práctica penitencial: los penitentes comenzaban su preparación más intensa el sexto domingo antes de Pascua y vivían un ayuno prolongado hasta el día de la reconciliación, que se producía en la asamblea eucarística del Jueves Santo. Como este período de penitencia duraba cuarenta días, recibió el nombre de Quadragesima o cuaresma.
Durante el primer estadio de organización cuaresmal se celebraban tan sólo las reuniones eucarísticas dominicales, si bien entre semana existían asambleas no eucarísticas: los miércoles y viernes.
A finales del siglo VI las reuniones del lunes, miércoles y viernes celebraban ya la eucaristía. Más tarde, se añadieron nuevas asambleas eucarísticas los martes y sábados. Por último, el proceso se cerró bajo el pontificado de Gregorio II (715-731), con la asignación de un formulario eucarístico para los jueves de cuaresma.
Hacia finales del siglo V, el miércoles y viernes previos al primer domingo de cuaresma comenzaron a celebrarse cómo si formaran parte del período penitencial, probablemente como medio de compensar los domingos y días en los que se rompía el ayuno.
Dicho miércoles, los penitentes por la imposición de la ceniza, ingresaban en el orden que regulaba la penitencia canónica. Cuando la institución penitencial desapareció, el rito se extendió a toda la comunidad cristiana: este es el origen del Miércoles de Ceniza o «Feria IV anerum».
El proceso de alargamiento del período penitencial continuó de forma irremediable. Esta anticipación del ayuno cuaresmal no es una práctica exclusivamente romana: se encuentra también en Oriente, y en diversas regiones de Occidente.
Probablemente se trata de una praxis originada en la ascesis monástica y más tarde propagada entre la comunidad cristiana, aunque resulte difícil conocer sus características.
Fuente: primeroscristianos.com
La forma de imponer la ceniza
De acuerdo a una antigua costumbre, la ceniza se impone de la siguiente manera: a los clérigos en la coronilla, en el lugar en donde anteriormente se les rasuraba el pelo, la llamada tonsura; a los laicos, sobre la frente.
Eso puede observarse en el siguiente video:
Eso puede observarse en el siguiente video:
Fuente: liturgiapapal.org
MIÉRCOLES DE CENIZA
Comentarios:
Para comprender el Miércoles de Ceniza:
Prácticas penitenciales:
SOBRE LA CUARESMA:
sábado, 17 de febrero de 2024
CUARESMA: ¿Por qué los cuarenta días?
El significado teológico de la Cuaresma es muy rico. Su estructura de cuarentena conlleva un enfoque doctrinal peculiar. Cuando el ayuno se limitaba a dos días —o una semana a lo sumo—, esta praxis litúrgica podía justificarse simplemente por la tristeza de la Iglesia ante la ausencia del Esposo, o por el clima de ansiosa espera; mientras que el ayuno cuaresmal supone desde el principio unas connotaciones propias, impuestas por el significado simbólico del número cuarenta.
En primer lugar, no debe pasarse por alto que toda la tradición occidental inicia la Cuaresma con la lectura del evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto: el período cuaresmal constituye, pues, una experiencia de desierto, que al igual que en el caso del Señor, se prolonga durante cuarenta días.
En la Cuaresma, la Iglesia vive un combate espiritual intenso, como tiempo de ayuno y de prueba. Así lo manifiestan también los cuarenta años de peregrinación del pueblo de Israel por el Sinaí.
Otros simbolismos enriquecen el número cuarenta, como se advierte en el Antiguo y Nuevo Testamento. Así, la cuarentena evoca la idea de preparación, de conversión, de penitencia, etc.:
· 40 días de Moisés en oración a los pies del Sinaí (Ex 24,18; 43,28; Dt 9,9)
· 40 años del éxodo (Nm 14,33; Dt 8,2; 29,4; Js 5,6)
· 40 días del diluvio (Gn 7,4ss)
· 40 días Elías previos al encuentro de Yahveh en el Horeb (1Re 19,8)
· 40 días de la predicción de la destrucción de Nínive, después de 3 días de predicación (Jo 3,4)
· 40 días de Jesús en el desierto antes del comienzo de su ministerio público (Mc 1,13; Mt 4,2ss)
La Cuaresma es un período de preparación para la celebración de las solemnidades pascuales: iniciación cristiana y reconciliación de los penitentes.
Por último, la tradición cristiana ha interpretado también el número cuarenta como expresión del tiempo de la vida presente, anticipo del mundo futuro. El Concilio Vaticano II(cfr. SC 109) ha señalado que la Cuaresma posee una doble dimensión, bautismal y penitencial, y ha subrayado su carácter de tiempo de preparación para la Pascua en un clima de atenta escucha a la Palabra de Dios y oración incesante.
El período cuaresmal concluye la mañana del Jueves Santo con la Misa crismal —Missa Chrismalis— que el obispo concelebra con sus presbíteros. Esta Misa manifiesta la comunión del obispo y sus presbíteros en el único e idéntico sacerdocio y ministerio de Cristo. Durante la celebración se bendicen, además, los santos óleos y se consagra el crisma.
El tiempo de Cuaresma se extiende desde el miércoles de Ceniza hasta la Misa de la cena del Señor exclusive. El miércoles de Ceniza es día de ayuno y abstinencia; los viernes de Cuaresma se observa la abstinencia de carne. El Viernes Santo también se viven el ayuno y la abstinencia.
Fuente: primeroscristianos.com
Por último, la tradición cristiana ha interpretado también el número cuarenta como expresión del tiempo de la vida presente, anticipo del mundo futuro. El Concilio Vaticano II(cfr. SC 109) ha señalado que la Cuaresma posee una doble dimensión, bautismal y penitencial, y ha subrayado su carácter de tiempo de preparación para la Pascua en un clima de atenta escucha a la Palabra de Dios y oración incesante.
El período cuaresmal concluye la mañana del Jueves Santo con la Misa crismal —Missa Chrismalis— que el obispo concelebra con sus presbíteros. Esta Misa manifiesta la comunión del obispo y sus presbíteros en el único e idéntico sacerdocio y ministerio de Cristo. Durante la celebración se bendicen, además, los santos óleos y se consagra el crisma.
El tiempo de Cuaresma se extiende desde el miércoles de Ceniza hasta la Misa de la cena del Señor exclusive. El miércoles de Ceniza es día de ayuno y abstinencia; los viernes de Cuaresma se observa la abstinencia de carne. El Viernes Santo también se viven el ayuno y la abstinencia.
Fuente: primeroscristianos.com
domingo, 19 de marzo de 2023
Domingo de la 4 Semana de Pascua, ciclo A: No es un pecado ser ciego, lo que es pecado es no querer abrir los ojos, por Julio César Rioja, cmf
Un ciego que ve y unos supuestos ojos del pueblo que están ciegos, y sobre todo, una pedagogía de Jesús, que nos hace valer por nosotros mismos, para buscar la dignidad de todo hombre.
Ya en la primera lectura del libro de Samuel, cuando quiere elegir al futuro Rey, se fija en el hijo mayor, pero el Señor le dijo a Samuel: “No mires las apariencias ni su gran estatura, pues yo lo he descartado. La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón”. El escogido es el hijo menor.
En el texto de hoy, hay un hombre que es ciego de nacimiento y en frente, hay unos hombres que se precian de ser los guías del pueblo. Este hombre depende totalmente de los demás, religiosamente la ceguera, proviene del pecado de sus padres.
Jesús lo untó de barro y le pidió que fuera el sólo a la piscina de Siloé y se lavara los ojos, aquel hombre al que consideraban incapaz, de hacer algo sin ayuda: fue, se lavó y vio, el Maestro desaparece del escenario. Abrir los ojos, recuperar lo que es la libertad personal, lo tiene que hacer uno por sí mismo.
Encima era sábado, el sistema se tambalea, hay un hombre que ve. (No estaría mal, leer o volver a releer el “Ensayo sobre la ceguera” de José Saramago).
Acostumbrados los fariseos, a determinar lo que puede hacer cada hombre, a saber quién es bueno o malo, lo que hay que realizar en sábado, a justificarse a sí mismos, con la excusa, de guiar a los demás que están ciegos.
Éste ha empezado a pensar por sí mismo y produce en los jefes indignación y miedo, por eso le preguntan: “Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?” y el va respondiendo: “es un profeta”, “Si es un pecador no lo sé; sólo sé que era ciego y ahora veo”, “os lo he dicho ya y no me habéis hecho caso: ¿para qué queréis oírlo otra vez? ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?”.
Se permite incluso la ironía, el ver, le ha dado valentía y los desafía. “Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de donde viene” y los fariseos le dicen: “En pecado naciste de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros? Y lo expulsaron”.
Es la historia de todos aquellos, que como los profetas, se atreven a mirar la vida de otra manera, le sucederá a Jesús en esta Pascua. Los dos comparten mirada, saben ver lo que hay que ver y por eso, el ciego creyó.
Con frecuencia nos molestan estos hombres que ven claro, quizás los admiremos, pero unirse a ellos, es un peligro para nuestro confort y nuestra estabilidad. Debemos ser la luz del mundo, pero demasiados pensamos; sin pasarse, con equilibrio y entonces todo se vuelve claroscuro.
Nos dice San Pablo, en la segunda lectura de hoy, a los Efesios: “En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz (toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz) buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien poniéndolas en evidencia. Pues hasta ahora da vergüenza mencionar las cosas que ellos hacen a escondidas. Pero la luz, denunciándolas, las pone al descubierto y todo lo descubierto es luz. Por eso dice: despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será la luz”.
Es verdad, que no somos tan ciegos como pensamos y considerarse ciegos, es empezar a ver claro. Ni vemos tan claro para pensar que ya estamos salvados. No es un pecado ser ciego, lo que es pecado es no querer abrir los ojos, mirar para otro lado.
Quitémonos el barro de los ojos y miremos más allá, de lo que normalmente estamos acostumbrados a ver. Recordar aquel viejo cuento, no seamos avestruces que esconden la cabeza, sino águilas que otean el horizonte.
PD: este es el domingo “Laetare”, ver siempre produce alegría.
sábado, 25 de febrero de 2023
Domingo de la 1 Semana de Cuaresma: CRISTO TENTADO POR EL DIABLO, por Julián López Martín
El protagonismo que ocupa Cristo en todo el ciclo de los misterios del Señor que se van recordando a lo largo del año litúrgico tiene en este primer domingo de cuaresma una expresión ejemplar.
El episodio de las tentaciones no es sólo un momento decisivo en la vida de Jesús; es, sobre todo, el drama de:
- Adán en el paraíso
- Israel en el desierto
- Cada cristiano en esta vida.
«Porque Cristo, al abstenerse durante cuarenta días de tomar alimento, inauguró la práctica de nuestra penitencia cuaresmal, y, al rechazar las tentaciones del enemigo, nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado; de este modo, celebrando con sinceridad el misterio de esta Pascua, podremos pasar un día a la Pascua que no acaba».
Jesús, en efecto, atravesó el mar Rojo de su bautismo en el Jordán (cf. Lc 4,1) y se adentra en el desierto, donde es tentado. En el bautismo ha sido investido para la misión, pero antes tiene que superar la prueba del desierto, donde el tentador tratará de impedir la realización de su plan divino, que desemboca en la cruz.
Esta es también la experiencia del catecúmeno y del cristiano en su itinerario prebautismal y penitencial de los sacramentos hasta llegar al banquete eucarístico, que sella, en el primero, la iniciación cristiana y, en el segundo, la conversión y la reconciliación con Dios.
En esto consiste «el misterio de esta Pascua», como dice el prefacio; es decir, nuestro paso a través del desierto cuaresmal para llegar cada año a la celebración de la resurrección y, al final de nuestra vida, «a la Pascua que no acaba».
Los restantes textos bíblicos y litúrgicos de este domingo no hacen sino dar vueltas en torno a este contenido fundamental.
Las lecturas del Antiguo Testamento nos presentan los primeros momentos del hombre y del pueblo de Dios, momentos de tentación y de caída.
Las segundas lecturas completan el mensaje haciéndonos reflexionar sobre el pecado, sobre el bautismo y sobre la fe.
El evangelio contiene el relato de las tentaciones, cada año según un evangelista. He aquí el cuadro completo de la liturgia de la Palabra:
Año A
Año B
Salm 24
Año C
El cristiano sólo vencerá la tentación si cumple el aviso-consigna para toda la Cuaresma y para toda su vida: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda la palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4 = Dt 8,3).
Palabra salida de la boca de Dios, alimento principal del creyente, es el propio Cristo, que se nos da en la mesa doble de la Palabra y del sacramento:
«Después de recibir el pan del cielo que alimenta la fe, consolida la esperanza y fortalece el amor, te rogamos, Dios nuestro, que nos hagas sentir hambre de Cristo, pan vivo y verdadero, y nos hagas vivir constantemente de toda palabra que sale de tu boca».
domingo, 27 de febrero de 2022
sábado, 29 de febrero de 2020
¿POR QUÉ NO COMEMOS CARNE LOS VIERNES DE CUARESMA?
Los católicos no pueden comer carne ningún viernes del año. Se trata de una realidad que muchas personas ignoran y desconocen. ¿Por qué no se puede comer carne los viernes?
El Código de Derecho Canónico señala que los católicos deben abstenerse de comer carne los viernes durante todo el año, no solamente durante Cuaresma:
Canon 1250: Todos los viernes de todo el año y durante la Cuaresma, son días y tiempos de penitencia en toda la Iglesia Universal.
Canon 1251: Los días viernes durante todo el año ha de haber abstinencia de comer carne u otro alimento de acuerdo a las prescripciones de la conferencia de obispos, a menos que sean solemnidades; han de observarse abstinencia y ayuno el Miércoles de Ceniza y el viernes de la Pasión y Muerte de Nuestra Señor Jesucristo.
Canon 1252: La ley de la abstinencia obliga a los que han cumplido catorce años; la del ayuno, a todos los mayores de edad, hasta que hayan cumplido cincuenta y nueve años. Cuiden sin embargo los pastores de almas y los padres de que también se formen en un auténtico espíritu de penitencia quienes, por no haber alcanzado la edad, no están obligados al ayuno o a la abstinencia.
Canon 1253: La Conferencia Episcopal puede determinar con más detalle el modo de observar el ayuno y la abstinencia, así como sustituirlos en todo o en parte por otras formas de penitencia, sobre todo por obras de caridad y prácticas de piedad. Puesto que la Conferencia Episcopal tiene esta facultad, la abstinencia de los viernes que no sean de Cuaresma, en algunos países se puede sustituir por otras acciones penitenciales de acuerdo con lo dictaminado por el Episcopado de dicho país.
Esto último es lo que ocurre en España, donde “la abstinencia puede ser sustituida, según la libre voluntad de los fieles, por cualquiera de las siguientes prácticas recomendadas por la Iglesia:
• lectura de la Sagrada Escritura
• dar limosna
• otras obras de caridad: visitar a los enfermos o atribulados
• obras de piedad: participación en la santa misa, rezo del rosario, etc.
• mortificaciones corporales”
Pero, ¿realmente somos conscientes los católicos de ello? ¿alguna vez nos recuerdan este carácter penitencial de todos los viernes? Al margen de esto habría que preguntarse el por qué de esta abstinencia. Qué motivo ha llevado a la Iglesia a recomendar la abstinencia de carne y por qué un viernes.
El viernes tiene un tono penitencial
porque se recuerda la muerte de Cristo
Sobre la cuestión de la abstinencia en sí, la Iglesia nos invita en general a hacerla, a través del Código de Derecho Canónico:
Canon 1249: Todos los fieles, cada uno a su modo, están obligados por ley divina a hacer penitencia; sin embargo, para que todos se unan en alguna práctica común de penitencia, se han fijado unos días penitenciales, en los que se dediquen los fieles de manera especial a la oración, realicen obras de piedad y de caridad y se nieguen a sí mismos, cumpliendo con mayor fidelidad sus propias obligaciones y, sobre todo, observando el ayuno y la abstinencia, a tenor de los cánones que siguen.
Los cánones, expuestos en este artículo, especifican que sea el viernes por ese carácter penitencial que tiene la muerte de Cristo.
En el propio Evangelio, nuestro Señor nos recuerda: “Los discípulos de Juan ayunan frecuentemente y hacen oración, lo mismo que los discípulos de los fariseos; en cambio, los tuyos comen y beben”. Jesús les contestó: “¿Ustedes pretenden hacer ayunar a los amigos del esposo mientras él está con ellos? Llegará el momento en que el esposo les será quitado; entonces tendrán que ayunar”, Lucas 5,33ss.
El esposo nos es quitado el viernes, cuando recordamos su muerte. De ahí que el viernes tenga ese tono penitencial y de sacrificio, y por eso la Iglesia pide esa abstinencia ese día.
¿Por qué carne?
El motivo de que la abstinencia sea en concreto de carne viene de tradición de siglos de historia. Durante mucho tiempo la carne era considerada una comida especial, consumida sobre todo los días de fiesta.
Por tanto, comerla un día de penitencia supondría una falta de coherencia por ese carácter festivo asociado a la carne. Hoy en día continúa la tradición a pesar de que la carne ya no es considerada el producto más especial; por eso, la Iglesia invita a sustituirla por otras cosas fuera de la Cuaresma. Sin embargo, veámoslo como un gesto penitencial para recordar a la muerte de Cristo y unirnos un poco a él en dicha abnegación, y si nos cuesta entenderlo, será una oportunidad para crecer en humildad con tan pequeño gesto, obedeciendo a la Iglesia.
+ SOBRE EL AYUNO
El Código de Derecho Canónico señala que los católicos deben abstenerse de comer carne los viernes durante todo el año, no solamente durante Cuaresma:
Canon 1250: Todos los viernes de todo el año y durante la Cuaresma, son días y tiempos de penitencia en toda la Iglesia Universal.
Canon 1251: Los días viernes durante todo el año ha de haber abstinencia de comer carne u otro alimento de acuerdo a las prescripciones de la conferencia de obispos, a menos que sean solemnidades; han de observarse abstinencia y ayuno el Miércoles de Ceniza y el viernes de la Pasión y Muerte de Nuestra Señor Jesucristo.
Canon 1252: La ley de la abstinencia obliga a los que han cumplido catorce años; la del ayuno, a todos los mayores de edad, hasta que hayan cumplido cincuenta y nueve años. Cuiden sin embargo los pastores de almas y los padres de que también se formen en un auténtico espíritu de penitencia quienes, por no haber alcanzado la edad, no están obligados al ayuno o a la abstinencia.
Canon 1253: La Conferencia Episcopal puede determinar con más detalle el modo de observar el ayuno y la abstinencia, así como sustituirlos en todo o en parte por otras formas de penitencia, sobre todo por obras de caridad y prácticas de piedad. Puesto que la Conferencia Episcopal tiene esta facultad, la abstinencia de los viernes que no sean de Cuaresma, en algunos países se puede sustituir por otras acciones penitenciales de acuerdo con lo dictaminado por el Episcopado de dicho país.
Esto último es lo que ocurre en España, donde “la abstinencia puede ser sustituida, según la libre voluntad de los fieles, por cualquiera de las siguientes prácticas recomendadas por la Iglesia:
• lectura de la Sagrada Escritura
• dar limosna
• otras obras de caridad: visitar a los enfermos o atribulados
• obras de piedad: participación en la santa misa, rezo del rosario, etc.
• mortificaciones corporales”
Pero, ¿realmente somos conscientes los católicos de ello? ¿alguna vez nos recuerdan este carácter penitencial de todos los viernes? Al margen de esto habría que preguntarse el por qué de esta abstinencia. Qué motivo ha llevado a la Iglesia a recomendar la abstinencia de carne y por qué un viernes.
El viernes tiene un tono penitencial
porque se recuerda la muerte de Cristo
Sobre la cuestión de la abstinencia en sí, la Iglesia nos invita en general a hacerla, a través del Código de Derecho Canónico:
Canon 1249: Todos los fieles, cada uno a su modo, están obligados por ley divina a hacer penitencia; sin embargo, para que todos se unan en alguna práctica común de penitencia, se han fijado unos días penitenciales, en los que se dediquen los fieles de manera especial a la oración, realicen obras de piedad y de caridad y se nieguen a sí mismos, cumpliendo con mayor fidelidad sus propias obligaciones y, sobre todo, observando el ayuno y la abstinencia, a tenor de los cánones que siguen.
Los cánones, expuestos en este artículo, especifican que sea el viernes por ese carácter penitencial que tiene la muerte de Cristo.
En el propio Evangelio, nuestro Señor nos recuerda: “Los discípulos de Juan ayunan frecuentemente y hacen oración, lo mismo que los discípulos de los fariseos; en cambio, los tuyos comen y beben”. Jesús les contestó: “¿Ustedes pretenden hacer ayunar a los amigos del esposo mientras él está con ellos? Llegará el momento en que el esposo les será quitado; entonces tendrán que ayunar”, Lucas 5,33ss.
El esposo nos es quitado el viernes, cuando recordamos su muerte. De ahí que el viernes tenga ese tono penitencial y de sacrificio, y por eso la Iglesia pide esa abstinencia ese día.
¿Por qué carne?
El motivo de que la abstinencia sea en concreto de carne viene de tradición de siglos de historia. Durante mucho tiempo la carne era considerada una comida especial, consumida sobre todo los días de fiesta.
Por tanto, comerla un día de penitencia supondría una falta de coherencia por ese carácter festivo asociado a la carne. Hoy en día continúa la tradición a pesar de que la carne ya no es considerada el producto más especial; por eso, la Iglesia invita a sustituirla por otras cosas fuera de la Cuaresma. Sin embargo, veámoslo como un gesto penitencial para recordar a la muerte de Cristo y unirnos un poco a él en dicha abnegación, y si nos cuesta entenderlo, será una oportunidad para crecer en humildad con tan pequeño gesto, obedeciendo a la Iglesia.
+ SOBRE EL AYUNO
Sentido tradicional y actual de la cuaresma
SENTIDO TRADICIONAL DE LA CUARESMA
La Cuaresma Romana tradicional tuvo un triple componente:
• la preparación pascual de la comunidad cristiana
• el catecumenado
• la penitencia canónica
— La preparación pascual de la comunidad cristiana
Según san León, la Cuaresma es “un retiro colectivo de cuarenta días, durante los cuales la Iglesia, proponiendo a sus fieles el ejemplo que le dio Cristo en su retiro al desierto, se prepara para la celebración de las solemnidades pascuales con la purificación del corazón y una práctica perfecta de la vida cristiana”.
Se trataba, por tanto, de un tiempo –introducido por imitación de Cristo y de Moisés- en el que la comunidad cristiana se esforzaba en realizar una profunda renovación interior. Los variados ejercicios ascéticos que ponía en práctica tenían esta finalidad última y no eran fines en sí mismos.
— El catecumenado
Según la Tradición Apostólica, el catecumenado comprendía tres años, durante los cuales el grupo de los audientes recibía una profunda formación doctrinal y se iniciaba en la vida cristiana.
Unos días antes de la Vigilia Pascual, el grupo de los elegidos para recibir en ella el Bautismo, se sometía a una serie de ritos litúrgicos, entre los que tenía especial solemnidad el del sábado por la mañana. Es el catecumenado simple.
Más tarde, la Iglesia desplazó su preocupación por los audientes a los electi. Estos se inscribían como candidatos al bautismo al principio de la Cuaresma. En ella recibían una preparación minuciosa e inmediata.
Pero a principios del siglo VI desapareció el catecumenado simple, se hicieron raros los bautismos de adultos, y los niños que presentaban para ser bautizados procedían de medios cristianos. Todo ello provocó una reorganización prebautismal.
Al principio había tres escrutinios, que consistían en exorcismos e instrucciones. En la segunda mitad del siglo VI son ya siete. Unos y otros estaban relacionados con la misa. Primitivamente los tres escrutinios se celebraban los domingos tercero, cuarto y quinto de cuaresma. Después se desplazaron a otros días de la semana. En esos escrutinios se preguntaba sobre la preparación de los catecúmenos.
Desde esta perspectiva, es fácil comprender que la preparación de los catecúmenos y su organización modelase tanto la liturgia como el espíritu de la Cuaresma. De hecho, los temas relacionados con el bautismo permearon la liturgia cuaresmal. De otra parte, la comunidad cristiana, aunque ayunaba sin olvidar a los penitentes, lo hacía pensando sobre todo en los catecúmenos.
La evolución posterior de la preparación bautismal trajo consigo que los escrutinios se desligasen completamente de la liturgia cuaresmal, provocando una nueva reorganización. Sin embargo, el mayor cambio afectó a la cuaresma misma, que pasó a ser el tiempo en que todos los cristianos se dedicaban a una revisión profunda de su vida cristiana y a prepararse, mediante una auténtica conversión, a celebrar el misterio de la Pascua. Quedó clausurada la perspectiva abierta por la institución penitencial y el catecumenado, con menoscabo de la teología bautismal.
— La penitencia canónica
La reconciliación de los penitentes sometidos a la penitencia canónica se asoció al Jueves Santo. Por este motivo, los penitentes se inscribían como tales el domingo primero de Cuaresma. A lo largo del período cuaresmal recorrían el último tramo de su itinerario penitencial entregados a severas penitencias corporales y oraciones muy intensas, con las que ultimaban el proceso de su conversión. La comunidad cristiana les acompañaba con sus oraciones y ayunos. Como quiera que los penitentes participaban parcialmente en la liturgia, es lógico que en ésta quedara reflejada la situación de los penitentes.
La imposición de la ceniza es, por ejemplo, uno de esos testimonios penitenciales de la liturgia cuaresmal.
SENTIDO DE LA CUARESMA ACTUAL
La Constitución “Sacrosanctum Concilium” (nn. 109-110) considera a la Cuaresma como el tiempo litúrgico en el que los cristianos se preparan a celebrar el misterio pascual, mediante una verdadera conversión interior, el recuerdo o celebración del bautismo y la participación en el sacramento de la Reconciliación.
A facilitar y conseguir estos objetivos tienden las diversas prácticas a las que se entrega más intensamente la comunidad cristiana y cada fiel, tales como la escucha y meditación de la Palabra de Dios, la oración personal y comunitaria, y otros medios ascéticos, tradicionales, como la abstinencia, el ayuno y la limosna.
La celebración de la Pascua es, por tanto, la meta a la que tiende toda la Cuaresma, el núcleo en el que se convergen todas las intenciones y el elemento que regula su dinamismo. La Iglesia quiere que durante este tiempo los cristianos tomen más conciencia de las exigencias vitales que derivan de hacer de la Pascua de Cristo centro de su fe y de su esperanza.
No se trata, por tanto, de preparar una celebración histórica (drama) o meramente ritual de la Pascua de Cristo, sino de disponerse a participar en su misterio; es decir, en la muerte y resurrección del Señor.
Esta participación se realiza mediante el bautismo –recibido o actualizado-, la penitencia –como muerte al hombre viejo e incorporación al hombre nuevo-, la Eucaristía –reactualización mistérica de la muerte y resurrección de Cristo-, y por todo lo que contribuye a que estos sacramentos sean mejor participados y vividos.
Autor: P. Antonio Rivero, L.C
+ SOBRE LA CUARESMA
La Cuaresma Romana tradicional tuvo un triple componente:
• la preparación pascual de la comunidad cristiana
• el catecumenado
• la penitencia canónica
— La preparación pascual de la comunidad cristiana
Según san León, la Cuaresma es “un retiro colectivo de cuarenta días, durante los cuales la Iglesia, proponiendo a sus fieles el ejemplo que le dio Cristo en su retiro al desierto, se prepara para la celebración de las solemnidades pascuales con la purificación del corazón y una práctica perfecta de la vida cristiana”.
Se trataba, por tanto, de un tiempo –introducido por imitación de Cristo y de Moisés- en el que la comunidad cristiana se esforzaba en realizar una profunda renovación interior. Los variados ejercicios ascéticos que ponía en práctica tenían esta finalidad última y no eran fines en sí mismos.
— El catecumenado
Según la Tradición Apostólica, el catecumenado comprendía tres años, durante los cuales el grupo de los audientes recibía una profunda formación doctrinal y se iniciaba en la vida cristiana.
Unos días antes de la Vigilia Pascual, el grupo de los elegidos para recibir en ella el Bautismo, se sometía a una serie de ritos litúrgicos, entre los que tenía especial solemnidad el del sábado por la mañana. Es el catecumenado simple.
Más tarde, la Iglesia desplazó su preocupación por los audientes a los electi. Estos se inscribían como candidatos al bautismo al principio de la Cuaresma. En ella recibían una preparación minuciosa e inmediata.
Pero a principios del siglo VI desapareció el catecumenado simple, se hicieron raros los bautismos de adultos, y los niños que presentaban para ser bautizados procedían de medios cristianos. Todo ello provocó una reorganización prebautismal.
Al principio había tres escrutinios, que consistían en exorcismos e instrucciones. En la segunda mitad del siglo VI son ya siete. Unos y otros estaban relacionados con la misa. Primitivamente los tres escrutinios se celebraban los domingos tercero, cuarto y quinto de cuaresma. Después se desplazaron a otros días de la semana. En esos escrutinios se preguntaba sobre la preparación de los catecúmenos.
Desde esta perspectiva, es fácil comprender que la preparación de los catecúmenos y su organización modelase tanto la liturgia como el espíritu de la Cuaresma. De hecho, los temas relacionados con el bautismo permearon la liturgia cuaresmal. De otra parte, la comunidad cristiana, aunque ayunaba sin olvidar a los penitentes, lo hacía pensando sobre todo en los catecúmenos.
La evolución posterior de la preparación bautismal trajo consigo que los escrutinios se desligasen completamente de la liturgia cuaresmal, provocando una nueva reorganización. Sin embargo, el mayor cambio afectó a la cuaresma misma, que pasó a ser el tiempo en que todos los cristianos se dedicaban a una revisión profunda de su vida cristiana y a prepararse, mediante una auténtica conversión, a celebrar el misterio de la Pascua. Quedó clausurada la perspectiva abierta por la institución penitencial y el catecumenado, con menoscabo de la teología bautismal.
— La penitencia canónica
La reconciliación de los penitentes sometidos a la penitencia canónica se asoció al Jueves Santo. Por este motivo, los penitentes se inscribían como tales el domingo primero de Cuaresma. A lo largo del período cuaresmal recorrían el último tramo de su itinerario penitencial entregados a severas penitencias corporales y oraciones muy intensas, con las que ultimaban el proceso de su conversión. La comunidad cristiana les acompañaba con sus oraciones y ayunos. Como quiera que los penitentes participaban parcialmente en la liturgia, es lógico que en ésta quedara reflejada la situación de los penitentes.
La imposición de la ceniza es, por ejemplo, uno de esos testimonios penitenciales de la liturgia cuaresmal.
SENTIDO DE LA CUARESMA ACTUAL
La Constitución “Sacrosanctum Concilium” (nn. 109-110) considera a la Cuaresma como el tiempo litúrgico en el que los cristianos se preparan a celebrar el misterio pascual, mediante una verdadera conversión interior, el recuerdo o celebración del bautismo y la participación en el sacramento de la Reconciliación.
A facilitar y conseguir estos objetivos tienden las diversas prácticas a las que se entrega más intensamente la comunidad cristiana y cada fiel, tales como la escucha y meditación de la Palabra de Dios, la oración personal y comunitaria, y otros medios ascéticos, tradicionales, como la abstinencia, el ayuno y la limosna.
La celebración de la Pascua es, por tanto, la meta a la que tiende toda la Cuaresma, el núcleo en el que se convergen todas las intenciones y el elemento que regula su dinamismo. La Iglesia quiere que durante este tiempo los cristianos tomen más conciencia de las exigencias vitales que derivan de hacer de la Pascua de Cristo centro de su fe y de su esperanza.
No se trata, por tanto, de preparar una celebración histórica (drama) o meramente ritual de la Pascua de Cristo, sino de disponerse a participar en su misterio; es decir, en la muerte y resurrección del Señor.
Esta participación se realiza mediante el bautismo –recibido o actualizado-, la penitencia –como muerte al hombre viejo e incorporación al hombre nuevo-, la Eucaristía –reactualización mistérica de la muerte y resurrección de Cristo-, y por todo lo que contribuye a que estos sacramentos sean mejor participados y vividos.
Autor: P. Antonio Rivero, L.C
+ SOBRE LA CUARESMA
De la cuaresma: una breve reseña histórica, por Luis Antequera
Nos hallamos en la cuaresma, el período de cuarenta días (cuarenta y tres para ser exactos, primera sorpresa que nos depara la cuaresma) que antecede a la Semana Santa, que comienza con el miércoles de ceniza y finalizará en la tarde del jueves santo. Y la pregunta que nos formulamos hoy… ¿pero desde cuando celebramos los cristianos la cuaresma?
En los textos canónicos ninguna referencia encontramos a la celebración de este tiempo prepascual, lo que no es óbice para que las referencias a la cuaresma sean muy tempranas en la literatura cristiana, relacionadas, eso sí, todas ellas, con la costumbre de llevar a la práctica un ayuno por pascua.
Un escritor tan temprano como Tertuliano (h. 160-h. 220), autor de un tratado “Sobre los ayunos”, habla ya de la costumbre de ayunar en el tiempo prepascual. De hecho, en su defensa de la herejía montanista que terminó abrazando, reprocha a los cristianos romanos la brevedad de sus ayunos, frente a los quince días observados por los montanistas, que a nosotros nos sirven para determinar a ciencia cierta que para cuando escribe Tertuliano, la cuaresma todavía no existe.
Se refiere también a los ayunos pascuales, en modo alguno vinculados a una cuaresma todavía, obras tan tempranas como la Didascalia o la Constitución de los apóstoles.
Eusebio de Cesarea en su “Historia Eclesiástica” hace también esta temprana referencia a una serie de costumbres propias de la pascua cristiana, cuando refiriéndose a la célebre controversia pascual que sacudió a la Iglesia en los tiempos del Papa Víctor, pone en boca de San Ireneo las siguientes palabras:
“La controversia no es solamente acerca del día [de celebrar la Pascua] sino también acerca de la forma misma del ayuno, porque unos piensan que deben ayunar durante un día, otros que dos y otros que más, y otros dan a su día una medida de cuarenta horas del día y de la noche” (HistEc. 5, 24, 12).
Donde aunque efectivamente sigue sin hablar todavía propiamente de una cuaresma, sí realiza esta curiosa referencia a las “cuarenta horas” que permite, cuanto menos, atisbar “la magia” que la cifra está ejerciendo, ya para entonces, en la celebración de la pascua cristiana.
De todas maneras, la más antigua referencia explícita llegada a nuestros días en algún texto cristiano, no ya a una serie de costumbres pascuales o hasta prepascuales sino propiamente a una cuaresma, tal vez sea la que vemos hacer a San Atanasio en sus “Cartas Festales” del año 331, donde exhorta a su fieles a realizar un ayuno que sí es, ya, de cuarenta días, como preparatorio del ayuno más estricto a celebrar en la Semana Santa.
El historiador cristiano Sócrates de Constantinopla (m. 433), autor también él de una “Historia de la Iglesia”, explica que en la Roma del siglo V, el ayuno duraba seis semanas (cuarenta días más menos), con lo que ya la vemos claramente consolidada como costumbre. Y al Papa San León Magno, que reina entre los años 440 y 461, le vemos exhortar a los fieles para que “con sus ayunos puedan cumplir con la institución apostólica de los cuarenta días” (o sea, la cuaresma, del latín “quadragesima dies”, que tal es lo que cuaresma significa, cuarenta días), una afirmación que apela a la apostolicidad de la costumbre y nos hace pensar en una práctica, cuanto menos, medianamente arraigada para cuando León escribe, cuyos inicios, visto todo lo visto, no sería descabellado emplazar en los inicios del s. IV.
Y sin más por hoy, queridos amigos, sino desearles una feliz cuaresma y que hagan Vds. mucho bien y no reciban menos, me despido por hoy, no sin emplazarles mañana, de nuevo, en la columna, donde si todo va bien, me han de encontrar una vez más.
Fuente: religionenlibertad.com
+ SOBRE LA CUARESMA
viernes, 28 de febrero de 2020
Síntesis histórica de la Cuaresma, por el P. Antonio Rivero, L.C.
La Cuaresma comenzó con un ayuno comunitario de dos días de duración: Viernes y Sábado Santos (días de ayuno), que con el Domingo formaron el “triduo”. Era un ayuno más sacramental que ascético; es decir, tenía un sentido pascual (participación en la muerte y resurrección de Cristo) y escatológico (espera de la vuelta de Cristo Esposo, arrebatado momentáneamente por la muerte).
Poco después la Didascalía habla de una preparación que dura una semana en la que se ayuna, si bien el ayuno tiene ya también un sentido ascético, es decir, de ayuno, abstinencia, sacrificio, mortificación.
A mediados del siglo III, el ayuno se extendió a las tres semanas antecedentes, tiempo que coincidió con la preparación de los catecúmenos para el bautismo en la noche pascual. Era un ayuno de reparación de tres semanas. Se ayunaba todos los días, excepto el sábado y el domingo.
A finales del siglo IV se extendió el triduo primitivo al Jueves, día de reconciliación de penitentes (al que más tarde se añadió la Cena Eucarística), y se contaron cuarenta días de ayuno, que comenzaban el domingo primero de la Cuaresma. Como la reconciliación de penitentes se hacía el Jueves Santo, se determinó, al objeto de que fueran cuarenta días de ayuno, comenzar la Cuaresma el Miércoles de ceniza, ya que los domingos no se consideraban días de ayuno. Así, la preparación pascual se alargó en Roma a seis semanas –también con ayuno diario, excepto los días indicados, es decir, sábados y domingos-, de las que quedaban excluidos el viernes y sábado últimos, pertenecientes al Triduo Sacro
Pero a finales del siglo V, los ayunos tradicionales del miércoles y viernes anteriores a ese domingo primero de cuaresma cobraron tal relieve, que se convirtieron en una preparación al ayuno pascual.
Durante los siglos VI-VII varió el cómputo del ayuno. De este modo, se pasó de una Cuadragésima (cuarenta días: del primer domingo de cuaresma hasta el Jueves Santo, incluido), a una Quinquagésima (cincuenta días, contados desde el domingo anterior al primero de Cuaresma hasta el de Pascua), a una Sexagésima (sesenta días, que retroceden un domingo más y terminan el miércoles de la octava de Pascua) y a una Septuagésima (setenta días, ganando un domingo más y concluyendo el segundo domingo de Pascua). Este periodo tenía carácter ascético y debió introducirse por influjos orientales.
Esta evolución cuantitativa se extendió también a las celebraciones. La Cuaresma más antigua en Roma sólo tenía como días litúrgicos los miércoles y los viernes; en ellos, reunida la comunidad, se hacía la “statio” cada día en una iglesia diferente. En tiempos de san León (440-461), se añadieron los lunes. Posteriormente, los martes y los sábados. El jueves vendría a completar la semana, durante el pontificado de Gregorio II (715-731).
Al desaparecer la penitencia pública, se expandió por toda la cristiandad, desde finales del siglo XI, la costumbre de imponer la ceniza a todos los fieles como señal de penitencia.
Por tanto, la Cuaresma como preparación de la Pascua cristiana se desarrolló poco a poco, como resultado de un proceso en el que intervinieron tres componentes:
- la preparación de los catecúmenos para el bautismo de la Vigilia Pascual
- la reconciliación de los penitentes públicos para vivir con la comunidad el Triduo Pascual
- la preparación de toda la comunidad para la gran fiesta de la Pascua.
Como consecuencia de la desaparición del catecumenado (o bautismo de adultos) y del itinerario penitencial (o de la reconciliación pública de los pecadores notorios), la Cuaresma se desvió de su espíritu sacramental y comunitario, llegando a ser sustituida por innumerables devociones y siendo ocasión de “misiones populares” o de predicaciones extraordinarias para el cumplimiento pascual, en las que –dentro de una atmósfera de renuncia y sacrificio- se ponía el énfasis en el ayuno y la abstinencia.
Con la reforma litúrgica, después del Concilio Vaticano II (1960-1965), se ha hecho resaltar el sentido bautismal y de conversión de este tiempo litúrgico, pero sin perder la orientación del ayuno, la abstinencia y las obras de misericordia.
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martes, 25 de febrero de 2020
Mensajes de Cuaresma
2021 Mirad estamos subiendo a Jerusalén
2020: Convirtámonos a un diálogo sincero y abierto con el Señor
2019: La creación está aguardando la manifestación de los hijos de Dios
2018: Al crecer la maldad se enfriará el amor de la mayoría
2017: La Palabra es un don. El otro es un don
2016: Misericordia quiero y no sacrificio
2015: Fortalezcan sus corazones
2014: Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza
Benedicto XVI:
2013: Creer en la caridad suscita caridad
2011: Redescubrir nuestro bautismo
LECTURAS
SOBRE LA CUARESMA
2019: La creación está aguardando la manifestación de los hijos de Dios
2018: Al crecer la maldad se enfriará el amor de la mayoría
2017: La Palabra es un don. El otro es un don
2016: Misericordia quiero y no sacrificio
2015: Fortalezcan sus corazones
2014: Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza
Benedicto XVI:
2013: Creer en la caridad suscita caridad
2011: Redescubrir nuestro bautismo
LECTURAS
SOBRE LA CUARESMA
Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2020
El Santo Padre propone cuatro puntos de reflexión:
• el Misterio pascual, fundamento de la conversión
• la urgencia de conversión
• la apasionada voluntad de Dios de dialogar con sus hijos
• una riqueza para compartir, no para acumular sólo para sí mismo
Texto completo del mensaje del Papa Francisco
para la Cuaresma de 2020:
«En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios»
(2 Cor 5,20)
Queridos hermanos y hermanas:
El Señor nos vuelve a conceder este año un tiempo propicio para prepararnos a celebrar con el corazón renovado el gran Misterio de la muerte y resurrección de Jesús, fundamento de la vida cristiana personal y comunitaria.
Debemos volver continuamente a este Misterio, con la mente y con el corazón. De hecho, este Misterio no deja de crecer en nosotros en la medida en que nos dejamos involucrar por su dinamismo espiritual y lo abrazamos, respondiendo de modo libre y generoso.
1. El Misterio pascual, fundamento de la conversión
La alegría del cristiano brota de la escucha y de la aceptación de la Buena Noticia de la muerte y resurrección de Jesús: el kerygma. En este se resume el Misterio de un amor «tan real, tan verdadero, tan concreto, que nos ofrece una relación llena de diálogo sincero y fecundo» (Exhort. ap. Christus vivit, 117).
Quien cree en este anuncio rechaza la mentira de pensar que somos nosotros quienes damos origen a nuestra vida, mientras que en realidad nace del amor de Dios Padre, de su voluntad de dar la vida en abundancia (cf. Jn 10,10).
En cambio, si preferimos escuchar la voz persuasiva del «padre de la mentira» (cf. Jn 8,45) corremos el riesgo de hundirnos en el abismo del sin sentido, experimentando el infierno ya aquí en la tierra, como lamentablemente nos testimonian muchos hechos dramáticos de la experiencia humana personal y colectiva.
Por eso, en esta Cuaresma 2020 quisiera dirigir a todos y cada uno de los cristianos lo que ya escribí a los jóvenes en la Exhortación apostólica Christus vivit: «Mira los brazos abiertos de Cristo crucificado, déjate salvar una y otra vez. Y cuando te acerques a confesar tus pecados, cree firmemente en su misericordia que te libera de la culpa. Contempla su sangre derramada con tanto cariño y déjate purificar por ella. Así podrás renacer, una y otra vez» (n. 123).
La Pascua de Jesús no es un acontecimiento del pasado: por el poder del Espíritu Santo es siempre actual y nos permite mirar y tocar con fe la carne de Cristo en tantas personas que sufren.
2. Urgencia de conversión
Es saludable contemplar más a fondo el Misterio pascual, por el que hemos recibido la misericordia de Dios. La experiencia de la misericordia, efectivamente, es posible sólo en un «cara a cara» con el Señor crucificado y resucitado «que me amó y se entregó por mí» (Ga 2,20). Un diálogo de corazón a corazón, de amigo a amigo.
Por eso la oración es tan importante en el tiempo cuaresmal. Más que un deber, nos muestra la necesidad de corresponder al amor de Dios, que siempre nos precede y nos sostiene. De hecho, el cristiano reza con la conciencia de ser amado sin merecerlo. La oración puede asumir formas distintas, pero lo que verdaderamente cuenta a los ojos de Dios es que penetre dentro de nosotros, hasta llegar a tocar la dureza de nuestro corazón, para convertirlo cada vez más al Señor y a su voluntad.
Así pues, en este tiempo favorable, dejémonos guiar como Israel en el desierto (cf. Os 2,16), a fin de poder escuchar finalmente la voz de nuestro Esposo, para que resuene en nosotros con mayor profundidad y disponibilidad.
Cuanto más nos dejemos fascinar por su Palabra, más lograremos experimentar su misericordia gratuita hacia nosotros. No dejemos pasar en vano este tiempo de gracia, con la ilusión presuntuosa de que somos nosotros los que decidimos el tiempo y el modo de nuestra conversión a Él.
3. La apasionada voluntad de Dios de dialogar con sus hijos
El hecho de que el Señor nos ofrezca una vez más un tiempo favorable para nuestra conversión nunca debemos darlo por supuesto. Esta nueva oportunidad debería suscitar en nosotros un sentido de reconocimiento y sacudir nuestra modorra.
A pesar de la presencia —a veces dramática— del mal en nuestra vida, al igual que en la vida de la Iglesia y del mundo, este espacio que se nos ofrece para un cambio de rumbo manifiesta la voluntad tenaz de Dios de no interrumpir el diálogo de salvación con nosotros.
En Jesús crucificado, a quien «Dios hizo pecado en favor nuestro» (2 Co 5,21), ha llegado esta voluntad hasta el punto de hacer recaer sobre su Hijo todos nuestros pecados, hasta “poner a Dios contra Dios”, como dijo el papa Benedicto XVI (cf. Enc. Deus caritas est, 12). En efecto, Dios ama también a sus enemigos (cf. Mt 5,43-48).
El diálogo que Dios quiere entablar con todo hombre, mediante el Misterio pascual de su Hijo, no es como el que se atribuye a los atenienses, los cuales «no se ocupaban en otra cosa que en decir o en oír la última novedad» (Hch 17,21).
Este tipo de charlatanería, dictado por una curiosidad vacía y superficial, caracteriza la mundanidad de todos los tiempos, y en nuestros días puede insinuarse también en un uso engañoso de los medios de comunicación.
4. Una riqueza para compartir, no para acumular sólo para sí mismo
Poner el Misterio pascual en el centro de la vida significa sentir compasión por las llagas de Cristo crucificado presentes en las numerosas víctimas inocentes de las guerras, de los abusos contra la vida tanto del no nacido como del anciano, de las múltiples formas de violencia, de los desastres medioambientales, de la distribución injusta de los bienes de la tierra, de la trata de personas en todas sus formas y de la sed desenfrenada de ganancias, que es una forma de idolatría.
Hoy sigue siendo importante recordar a los hombres y mujeres de buena voluntad que deben compartir sus bienes con los más necesitados mediante la limosna, como forma de participación personal en la construcción de un mundo más justo.
Compartir con caridad hace al hombre más humano, mientras que acumular conlleva el riesgo de que se embrutezca, ya que se cierra en su propio egoísmo. Podemos y debemos ir incluso más allá, considerando las dimensiones estructurales de la economía.
Por este motivo, en la Cuaresma de 2020, del 26 al 28 de marzo, he convocado en Asís a los jóvenes economistas, empresarios y change-makers, con el objetivo de contribuir a diseñar una economía más justa e inclusiva que la actual. Como ha repetido muchas veces el magisterio de la Iglesia, la política es una forma eminente de caridad (cf. Pío XI, Discurso a la FUCI, 18 diciembre 1927). También lo será el ocuparse de la economía con este mismo espíritu evangélico, que es el espíritu de las Bienaventuranzas
Invoco la intercesión de la Bienaventurada Virgen María sobre la próxima Cuaresma, para que escuchemos el llamado a dejarnos reconciliar con Dios, fijemos la mirada del corazón en el Misterio pascual y nos convirtamos a un diálogo abierto y sincero con el Señor. De este modo podremos ser lo que Cristo dice de sus discípulos: sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5,13-14).
FRANCISCO
Roma, junto a San Juan de Letrán, 7 de octubre de 2019
Memoria de Nuestra Señora, la Virgen del Rosario
+ MENSAJES DEL PAPA PARA LA CUARESMA
viernes, 14 de febrero de 2020
HISTORIA DE LA CUARESMA, por Julián López Martín
El tiempo de Cuaresma no es anterior al siglo IV y en muchas Iglesias es posterior. Pero la celebración de la Pascua contó siempre con una preparación, consistente en un ayuno de dos o de tres días de duración.
En la antigüedad solamente se celebraba la eucaristía los domingos pero se ayunaba todos los miércoles y viernes del año, excepto durante el tiempo pascual. Por eso, muy pronto, el ayuno que precedía a la solemnidad de la Pascua, iniciado en realidad el miércoles precedente, terminó por abarcar la semana entera.
Ya en el siglo IV este ayuno se extiende a otras dos semanas más, dejando los domingos, en los que estaba prohibido ayunar. Esta época es la que conoce el mayor esplendor del catecumenado de adultos, cuya última etapa, la inmediatamente anterior a la recepción de los sacramentos de la iniciación cristiana, se desarrollaba en estas semanas anteriores a la Pascua.
También es entonces cuando mayor impulso recibe otra institución pastoral de la Iglesia antigua: la penitencia pública de los grandes pecados, con el rito de la reconciliación de los penitentes en la mañana del Jueves santo. Aunque este modo de obtener el perdón de los pecados duraba varios años, lo mismo que el catecumenado, sin embargo, todos los años, al comenzar el período de preparación para la Pascua y a su término, en la mañana del Jueves Santo, se celebraban los ritos de entrada en el orden de los penitentes y el rito de la reconciliación, respectivamente.
Entre una y otra celebración terminarán por transcurrir cuarenta días, sin duda por influjo del ayuno del Señor en el desierto. A finales del siglo IV, Roma ya tenía organizada así la Cuaresma, participando en ella no solamente los catecúmenos y los penitentes, sino toda la comunidad. Por cierto, el rito de entrada en la penitencia pública es lo que ha dado lugar al miércoles de Ceniza.
Ahora bien, dado que los domingos no eran días de ayuno, el historiador de la Cuaresma advierte muchas fluctuaciones a la hora de empezar la cuenta atrás de los cuarenta días a partir del comienzo del primitivo ayuno prepascual, o sea, el Jueves Santo, o a partir del domingo de Pascua o incluso del actual domingo de Ramos. El resultado es una acumulación de estratos o períodos superpuestos, de manera que ya en el siglo VII no sólo hay una Cuadragésima -40 días, desde el domingo I de Cuaresma hasta el Jueves Santo inclusive-, sino también una Quincuagésima -50 días, contados desde el domingo anterior al I de Cuaresma hasta el de Pascua-, una Sexagésima -60 días, que avanzan hacia atrás otro domingo más y concluyen, asombrosamente; el miércoles de la octava de Pascua- y una Septuagésima -70 días, a base de ganar otro domingo aún y concluir en el II de Pascua.
Esta especie de Precuaresma, en la que se usaba el color morado y se suprimía el Gloria y el Aleluya, ha durado hasta la promulgación del nuevo Calendario romano en 1969. La reforma litúrgica ha devuelto la Cuaresma al substrato más clásico, el de la Cuadragésima, aunque ha conservado el miércoles de Ceniza y las ferias que le siguen, pero en realidad fuera de la cuenta de los cuarenta días.
En la antigüedad, más importante aún que este movimiento de números fue el modo como progresivamente fueron llenándose de celebraciones las semanas de la Cuaresma, hasta dar lugar a la compleja liturgia estacional de la Iglesia de Roma durante este período.
La Cuaresma más antigua tenía únicamente como días litúrgicos, en los que la comunidad se reunía -hacía estación cada vez en una iglesia distinta-, los miércoles y los viernes. Más tarde, en tiempos del papa San León (440-461), se añadieron también los lunes, y, posteriormente, los martes y los sábados. Finalmente, en el siglo VIII, durante el pontificado del papa Gregorio II (715-731), se completará la semana, dotándose de celebración también al jueves.
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viernes, 1 de marzo de 2019
Cuaresma 2019: «La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios» (Rm 8,19).Mensaje del papa Francisco
Queridos hermanos y hermanas:
Cada año, a través de la Madre Iglesia, Dios «concede a sus hijos anhelar con el gozo de habernos purificado la solemnidad de la Pascua para que […] por la celebración de los misterios que nos dieron nueva vida lleguemos a ser con plenitud hijos de Dios» (Prefacio I de Cuaresma).
De este modo podemos caminar, de Pascua en Pascua, hacia el cumplimiento de aquella salvación que ya hemos recibido gracias al misterio pascual de Cristo: «Pues hemos sido salvados en esperanza» (Rm 8,24). Este misterio de salvación, que ya obra en nosotros durante la vida terrena, es un proceso dinámico que incluye también a la historia y a toda la creación. San Pablo llega a decir: «La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios» (Rm 8,19). Desde esta perspectiva querría sugerir algunos puntos de reflexión, que acompañen nuestro camino de conversión en la próxima Cuaresma.
1. La redención de la creación
La celebración del Triduo Pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, culmen del año litúrgico, nos llama una y otra vez a vivir un itinerario de preparación, conscientes de que ser conformes a Cristo (cf. Rm 8,29) es un don inestimable de la misericordia de Dios.
Si el hombre vive como hijo de Dios, si vive como persona redimida, que se deja llevar por el Espíritu Santo (cf. Rm 8,14), y sabe reconocer y poner en práctica la ley de Dios, comenzando por la que está inscrita en su corazón y en la naturaleza, beneficia también a la creación, cooperando en su redención. Por esto, la creación —dice san Pablo— desea ardientemente que se manifiesten los hijos de Dios, es decir, que cuantos gozan de la gracia del misterio pascual de Jesús disfruten plenamente de sus frutos, destinados a alcanzar su maduración completa en la redención del mismo cuerpo humano.
Cuando la caridad de Cristo transfigura la vida de los santos —espíritu, alma y cuerpo—, estos alaban a Dios y, con la oración, la contemplación y el arte hacen partícipes de ello también a las criaturas, como demuestra de forma admirable el “Cántico del hermano sol” de san Francisco de Asís (cf. Enc. Laudato si’, 87). Sin embargo, en este mundo la armonía generada por la redención está amenazada, hoy y siempre, por la fuerza negativa del pecado y de la muerte.
2. La fuerza destructiva del pecado
Efectivamente, cuando no vivimos como hijos de Dios, a menudo tenemos comportamientos destructivos hacia el prójimo y las demás criaturas —y también hacia nosotros mismos—, al considerar, más o menos conscientemente que podemos usarlos como nos plazca. Entonces, domina la intemperancia y eso lleva a un estilo de vida que viola los límites que nuestra condición humana y la naturaleza nos piden respetar y se siguen los deseos incontrolados que en el libro de la Sabiduría se atribuyen a los impíos, o sea a quienes no tienen a Dios como punto de referencia de sus acciones, ni una esperanza para el futuro (cf. 2,1-11). Si no anhelamos continuamente la Pascua, si no vivimos en el horizonte de la Resurrección, está claro que la lógica del todo y ya, del tener cada vez más acaba por imponerse.
Como sabemos, la causa de todo mal es el pecado, que desde su aparición entre los hombres interrumpió la comunión con Dios, con los demás y con la creación, a la cual estamos vinculados ante todo mediante nuestro cuerpo. El hecho de que se haya roto la comunión con Dios, también ha dañado la relación armoniosa de los seres humanos con el ambiente en el que están llamados a vivir, de manera que el jardín se ha transformado en un desierto (cf. Gn 3,17-18). Se trata del pecado que lleva al hombre a considerarse el dios de la creación, a sentirse su dueño absoluto y a no usarla para el fin deseado por el Creador sino para su propio interés en detrimento de las criaturas y de los demás.
Cuando se abandona la ley de Dios, la ley del amor, acaba triunfando la ley del más fuerte sobre el más débil. El pecado que anida en el corazón del hombre (cf. Mc 7,20-23) —y se manifiesta como avidez, afán por un bienestar desmedido, desinterés por el bien de los demás y a menudo también por el propio— lleva a la explotación de la creación, de las personas y del medio ambiente, según la codicia insaciable que considera todo deseo como un derecho y que antes o después acabará por destruir incluso a quien vive bajo su dominio.
3. La fuerza regeneradora del arrepentimiento y del perdón
Por esto, la creación tiene la irrefrenable necesidad de que se manifiesten los hijos de Dios, aquellos que se han convertido en una “nueva creación”: «Si alguno está en Cristo, es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo» (2 Co 5,17). En efecto, manifestándose, también la creación puede “celebrar la Pascua”: abrirse a los cielos nuevos y a la tierra nueva (cf. Ap 21,1). Y el camino hacia la Pascua nos llama precisamente a restaurar nuestro rostro y nuestro corazón de cristianos, mediante el arrepentimiento, la conversión y el perdón, para poder vivir toda la riqueza de la gracia del misterio pascual.
Esta “impaciencia”, esta expectación de la creación encontrará cumplimiento cuando se manifiesten los hijos de Dios, es decir cuando los cristianos y todos los hombres emprendan con decisión el “trabajo” que supone la conversión. Toda la creación está llamada a salir, junto con nosotros, «de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21). La Cuaresma es signo sacramental de esta conversión, es una llamada a los cristianos a encarnar más intensa y concretamente el misterio pascual en su vida personal, familiar y social, en particular, mediante el ayuno, la oración y la limosna.
Ayunar, o sea aprender a cambiar nuestra actitud con los demás y con las criaturas: de la tentación de “devorarlo” todo, para saciar nuestra avidez, a la capacidad de sufrir por amor, que puede colmar el vacío de nuestro corazón.
Orar para saber renunciar a la idolatría y a la autosuficiencia de nuestro yo, y declararnos necesitados del Señor y de su misericordia.
Dar limosna para salir de la necedad de vivir y acumularlo todo para nosotros mismos, creyendo que así nos aseguramos un futuro que no nos pertenece. Y volver a encontrar así la alegría del proyecto que Dios ha puesto en la creación y en nuestro corazón, es decir amarle, amar a nuestros hermanos y al mundo entero, y encontrar en este amor la verdadera felicidad.
Queridos hermanos y hermanas, la “Cuaresma” del Hijo de Dios fue un entrar en el desierto de la creación para hacer que volviese a ser aquel jardín de la comunión con Dios que era antes del pecado original (cf. Mc 1,12-13; Is 51,3). Que nuestra Cuaresma suponga recorrer ese mismo camino, para llevar también la esperanza de Cristo a la creación, que «será liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21).
No dejemos transcurrir en vano este tiempo favorable. Pidamos a Dios que nos ayude a emprender un camino de verdadera conversión. Abandonemos el egoísmo, la mirada fija en nosotros mismos, y dirijámonos a la Pascua de Jesús; hagámonos prójimos de nuestros hermanos y hermanas que pasan dificultades, compartiendo con ellos nuestros bienes espirituales y materiales. Así, acogiendo en lo concreto de nuestra vida la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, atraeremos su fuerza transformadora también sobre la creación.
Otros mensajes de Cuaresma
martes, 20 de marzo de 2018
MARTES DE LA 5 SEMANA DE CUARESMA (Lecturas)
Números 21,4-9
Salmo 101: Señor, escucha mi oración,
que mi grito llegue hasta ti
Juan 8,21-30
Números 21,4-9
En aquellos días, desde el monte Hor se encaminaron los hebreos hacia el mar Rojo, rodeando el territorio de Edom. El pueblo estaba extenuado del camino, y habló contra Dios y contra Moisés: "¿Por qué nos has sacado de Egipto para morir en el desierto? No tenemos ni pan ni agua, y nos da náusea ese pan sin cuerpo." El Señor envió contra el pueblo serpientes venenosas, que los mordían, y murieron muchos israelitas. Entonces el pueblo acudió a Moisés, diciendo: "Hemos pecado hablando contra el Señor y contra ti; reza al Señor para que aparte de nosotros las serpientes." Moisés rezó al Señor por el pueblo, y el Señor le respondió: "Haz una serpiente venenosa y colócala en un estandarte: los mordidos de serpientes quedarán sanos al mirarla." Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte. Cuando una serpiente mordía a uno, él miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado.
Salmo 101: Señor, escucha mi oración,
que mi grito llegue hasta ti
Señor, escucha mi oración,
que mi grito llegue hasta ti;
no me escondas tu rostro
el día de la desgracia.
Inclina tu oído hacia mí;
cuando te invoco, escúchame en seguida.
R. Señor, escucha mi oración,
que mi grito llegue hasta ti
Los gentiles temerán tu nombre,
los reyes del mundo, tu gloria.
Cuando el Señor reconstruya Sión
y aparezca en su gloria,
y se vuelva a las súplicas de los indefensos,
y no desprecie sus peticiones.
R. Señor, escucha mi oración,
que mi grito llegue hasta ti
Quede esto escrito para la generación futura,
y el pueblo que será creado alabará al Señor.
Que el Señor ha mirado desde su excelso santuario,
desde el cielo se ha fijado en la tierra,
para escuchar los gemidos de los cautivos
y librar a los condenados a muerte.
R. Señor, escucha mi oración,
que mi grito llegue hasta ti
Juan 8,21-30
En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
— Yo me voy y me buscaréis, y moriréis por vuestro pecado. Donde yo voy no podéis venir vosotros.
Y los judíos comentaban:
— ¿Será que va a suicidarse, y por eso dice: Donde yo voy no podéis venir vosotros?
Y él continuaba:
— Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de allá arriba: vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Con razón os he dicho que moriréis por vuestros pecados: pues, si no creéis que yo soy, moriréis por vuestros pecados.
Ellos le decían:
— ¿Quién eres tú?
Jesús les contestó:
— Ante todo, eso mismo que os estoy diciendo. Podría decir y condenar muchas cosas en vosotros; pero el que me envió es veraz, y yo comunico al mundo lo que he aprendido de él.
Ellos no comprendieron que les hablaba del Padre. Y entonces dijo Jesús:
— Cuando levantéis al Hijo del hombre, sabréis que yo soy, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada.
Cuando les exponía esto, muchos creyeron en él.
Salmo 101: Señor, escucha mi oración,
que mi grito llegue hasta ti
Juan 8,21-30
Números 21,4-9
En aquellos días, desde el monte Hor se encaminaron los hebreos hacia el mar Rojo, rodeando el territorio de Edom. El pueblo estaba extenuado del camino, y habló contra Dios y contra Moisés: "¿Por qué nos has sacado de Egipto para morir en el desierto? No tenemos ni pan ni agua, y nos da náusea ese pan sin cuerpo." El Señor envió contra el pueblo serpientes venenosas, que los mordían, y murieron muchos israelitas. Entonces el pueblo acudió a Moisés, diciendo: "Hemos pecado hablando contra el Señor y contra ti; reza al Señor para que aparte de nosotros las serpientes." Moisés rezó al Señor por el pueblo, y el Señor le respondió: "Haz una serpiente venenosa y colócala en un estandarte: los mordidos de serpientes quedarán sanos al mirarla." Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte. Cuando una serpiente mordía a uno, él miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado.
Salmo 101: Señor, escucha mi oración,
que mi grito llegue hasta ti
Señor, escucha mi oración,
que mi grito llegue hasta ti;
no me escondas tu rostro
el día de la desgracia.
Inclina tu oído hacia mí;
cuando te invoco, escúchame en seguida.
R. Señor, escucha mi oración,
que mi grito llegue hasta ti
Los gentiles temerán tu nombre,
los reyes del mundo, tu gloria.
Cuando el Señor reconstruya Sión
y aparezca en su gloria,
y se vuelva a las súplicas de los indefensos,
y no desprecie sus peticiones.
R. Señor, escucha mi oración,
que mi grito llegue hasta ti
Quede esto escrito para la generación futura,
y el pueblo que será creado alabará al Señor.
Que el Señor ha mirado desde su excelso santuario,
desde el cielo se ha fijado en la tierra,
para escuchar los gemidos de los cautivos
y librar a los condenados a muerte.
R. Señor, escucha mi oración,
que mi grito llegue hasta ti
Juan 8,21-30
En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
— Yo me voy y me buscaréis, y moriréis por vuestro pecado. Donde yo voy no podéis venir vosotros.
Y los judíos comentaban:
— ¿Será que va a suicidarse, y por eso dice: Donde yo voy no podéis venir vosotros?
Y él continuaba:
— Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de allá arriba: vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Con razón os he dicho que moriréis por vuestros pecados: pues, si no creéis que yo soy, moriréis por vuestros pecados.
Ellos le decían:
— ¿Quién eres tú?
Jesús les contestó:
— Ante todo, eso mismo que os estoy diciendo. Podría decir y condenar muchas cosas en vosotros; pero el que me envió es veraz, y yo comunico al mundo lo que he aprendido de él.
Ellos no comprendieron que les hablaba del Padre. Y entonces dijo Jesús:
— Cuando levantéis al Hijo del hombre, sabréis que yo soy, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada.
Cuando les exponía esto, muchos creyeron en él.
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