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viernes, 4 de noviembre de 2022

Biografía de San Carlos Borromeo (1538-1584)


La infancia, la familia, y la formación de Carlos Borromeo

Era un noble de alta alcurnia. Su padre, el conde Gilberto Borromeo, se distinguió por su talento y sus virtudes. Su madre, Margarita, pertenecía a la noble rama milanesa de los Médicis. Un hermano menor de su madre llegó a ceñir la tiara pontificia con el nombre de Pío IV. 

Carlos era el segundo de los varones entre los seis hijos de una familia. Nació en el castillo de Arona, junto al lago Maggiore, el 2 de octubre de 1538. Desde los primeros años, dió muestras de gran seriedad y devoción. A los doce años, recibió la tonsura, y su tío, Julio Cesar Borromeo, le cedió la rica abadía benedictina de San Gracián y San Felino, en Arona, que desde tiempo atrás estaba en manos de la familia. Se dice que Carlos, aunque era tan joven, recordó a su padre que las rentas de ese beneficio pertenecían a los pobres y no podían ser aplicadas a gastos seculares, excepto lo que se emplease en educarle para llegar a ser, un día, digno ministro de la Iglesia. 

Después de estudiar el latín en Milán, el joven se trasladó a la Universidad de Pavía, donde estudió bajo la dirección de Francisco Alciati, quien más tarde sería promovido al cardenalato a petición del santo. 

Carlos tenía cierta dificultad de palabra y su inteligencia no era deslumbrante, de suerte que sus maestros le consideraban como un poco lento; sin embargo, el joven hizo grandes progresos en sus estudios. La dignidad y seriedad de su conducta hicieron de él un modelo de los jóvenes universitarios, que tenían la reputación de ser muy dados a los vicios. El conde Gilberto sólo daba a su hijo una parte mínima de las rentas de su abadía y, por las cartas de Carlos, vemos que atravesaba frecuentemente por periodos de verdadera penuria, pues su posición le obligaba a llevar un tren de vida de cierto lujo. 

A los veintidós años, cuando sus padres ya habían muerto, obtuvo el grado de doctor. En seguida retornó a Milán, donde recibió la noticia de que su tío el cardenal de Médici había sido elegido Papa en el cónclave de 1559, a raíz de la muerte de Pablo IV.

Joven Cardenal Diácono

A principio de 1560, el nuevo Papa hizo a su sobrino cardenal diácono y, el 8 de febrero, le nombró administrador de la sede vacante de Milán, pero, en vez de dejarle partir, le retuvo en Roma y le confió numerosos cargos. Carlos fue nombrado, en rápida sucesión, legado de Bolonia, de la Romaña y de la Marca de Ancona, así como protector de Portugal, de los países bajos, de los cantones católicos de Suiza y además, de las órdenes de San Francisco, del Carmelo, de los Caballeros de Malta y otras más. Lo extraordinario es que todos esos honores y responsabilidades recaían sobre un joven que no había cumplido aún veintitrés años y era simplemente clérigo de órdenes menores. 

Es increíble la cantidad de trabajo que Carlos Borromeo podía despachar sin apresurarse nunca, a base de una actividad regular y metódica. Además, encontraba todavía tiempo para dedicarse a los asuntos de su familia, para oír música y para hacer ejercicio. 

Era muy amante del saber y lo promovió mucho entre el clero, para lo que fundó en el Vaticano, con el objeto de instruir y deleitar a la corte pontificia, una academia literaria compuesta de clérigos y laicos, algunas de cuyas conferencias y trabajos fueron publicados entre las obras de san Carlos con el título de Noctes Vaticanae. 

Por entonces, juzgó necesario atenerse a la costumbre renacentista que obligaba a los cardenales a tener un palacio magnífico, una servidumbre muy numerosa, a recibir constantemente a los personajes de importancia y a tener una mesa a la altura de las circunstancias. Pero en su corazón, estaba profundamente desprendido de todas esas cosas. Había logrado mortificar sus sentidos y su actitud era humilde y paciente. Muchas almas se convierten a Dios en la adversidad; Carlos tuvo el mérito de saber comprobar la vanidad de la abundancia al vivir en ella y, gracias a eso, su corazón se despegó cada vez más de las cosas terrenas. 

Había hecho todo lo posible por preveer al gobierno de la diócesis de Milán y remediar los desórdenes que había en ella; en este sentido, el mandato del Papa de que se quedase en Roma le dificultó la tarea. 

El Venerable Bartolomé de Martyribus, arzobispo de Braga, fue por entonces a la ciudad Eterna y Carlos aprovechó la oportunidad para abrir su corazón a ese fiel siervo de Dios, a quien indicó: "Ya veis la posición que ocupo. Ya sabéis lo que significa ser sobrino y sobrino predilecto de un Papa y no ignoráis lo que es vivir en la corte romana. Los peligros son inmensos. ¿Qué puedo hacer yo, joven inexperto? Mi mayor penitencia es el fervor que Dios me ha dado y, con frecuencia, pienso en retirarme a un monasterio a vivir como si sólo Dios y yo existiésemos". El arzobispo disipó las dudas del cardenal, asegurándole que no debía soltar el arado que Dios le había puesto en las manos para el servicio de la Iglesia, sino que debía, más bien, tratar de gobernar personalmente su diócesis en cuanto se le ofreciese oportunidad. Cuando Carlos se enteró de que Bartolomé de Martyribus había ido a Roma precisamente con el objeto de renunciar a su arquidiócesis, le pidió explicaciones sobre el consejo que le había dado, y el arzobispo hubo de usar de todo su tacto en tal circunstancia.

Concilio de Trento (1545-1563)

Pío IV había anunciado poco después de su elección que tenía la intención de volver a reunir el Concilio de Trento, suspendido en 1552. Carlos empleó toda su influencia y su energía para que el Pontífice llevase a cabo su proyecto, a pesar de que las circunstancias políticas y eclesiásticas eran muy adversas. Los esfuerzos del cardenal tuvieron éxito, y el Concilio volvió a reunirse en enero de 1562. Durante los dos años que duró la sesión, el santo tuvo que trabajar con la misma diplomacia y vigilancia que había empleado para conseguir que se reuniese. 

Varias veces estuvo a punto de disolverse la asamblea, dejando la obra incompleta, pero, con su gran habilidad y con el constante apoyo que prestó a los legados del Papa, logró que la empresa siguiese adelante. Así pues, en las nueve reuniones generales y en las numerosísimas reuniones particulares se aprobaron muchísimos de los decretos dogmáticos y disciplinarios de mayor importancia. El éxito se debió a Carlos más que a cualquier otro de los personajes que participaron en la asamblea, de suerte que puede decirse que él fue director intelectual y el espíritu rector de la tercera y última sesión del Concilio de Trento.

Sacerdote y Obispo de Milán

En el curso de las reuniones murió el conde Federico Borromeo, con lo cual, Carlos quedó como jefe de su noble familia y su posición se hizo más difícil que nunca. Muchos supusieron que iba a abandonar el estado clerical para casarse, pero el santo ni siquiera pensó en ello. Renunció a sus derechos en favor de su tío Julio y se ordenó sacerdote en 1563. Dos meses más tarde, recibió la consagración episcopal, aunque no se le permitió trasladarse a su diócesis. Además de todos sus cargos, se le confió la supervisión de la publicación del Catecismo del Concilio de Trento y la reforma de los libros litúrgicos y de la música sagrada; él fue quien encomendó a Palestrina la composición de la Missa Papae Maecelli. 

Milán que había estado durante ochenta años sin obispo residente, se hallaba en un estado deplorable. El vicario de Carlos había hecho todo lo posible por reformar la diócesis con la ayuda de algunos jesuitas, pero sin gran éxito. Finalmente, Carlos consiguió permiso para reunir un concilio provisional y visitar su diócesis. Antes de que partiese, el Papa le nombró legado a latere para toda Italia. 

El pueblo de Milán le recibió con el mayor gozo y el santo predicó en la catedral sobre el texto "Con gran deseo he deseado comer esta Pascua con vosotros". Diez Obispos sufragáneos asistieron al sínodo, cuyas decisiones sobre la observancia de los decretos del Concilio de Trento, sobre la disciplina y la formación del Clero, sobre la celebración de los divinos oficios, sobre la administración de los sacramentos, sobre la enseñanza dominical del catecismo y sobre muchos otros puntos, fueron tan atinados que el Papa escribió a Carlos para felicitarle. 

Cuando el santo se hallaba en el cumplimiento del oficio como legado de Toscana, fue convocado a Roma para asistir a Pío IV en su lecho de muerte, donde también le asistió san Felipe Neri. El nuevo papa Pío V, pidió a Carlos que se quedase algún tiempo en Roma para desempeñar los oficios que su predecesor le había confiado, pero el santo aprovechó la primera oportunidad para rogar al Papa que le dejase partir y, supo hacerlo con tal tino, que Pío V le despidió con su bendición.

Reformador Católico

Carlos llegó a Milán en abril de 1556 y, en seguida empezó a trabajar en la reforma de su diócesis. Su primer paso fue la organización de su propia casa. Puesto que consideraba el episcopado como un estado de perfección, se mostró sumamente severo consigo mismo. Sin embargo, supo siempre aplicar la discreción a la penitencia para no desperdiciar las fuerzas que necesitaba en el cumplimiento de su deber, de suerte que aun en las mayores fatigas conservaba toda su energía. 

Las rentas de que disfrutaba eran pingües, pero dedicaba la mayor parte de las obras de caridad y se oponía decididamente a la ostentación y al lujo. En cierta ocasión en que alguien ordenó que le calentasen el lecho, el santo dijo, sonriendo: "La mejor manera de no encontrar el lecho demasiado frío es ir a él más frío de lo que pueda estar". 

Francisco Panigarola, arzobispo de Asti, dijo en la oración fúnebre por san Carlos: "De sus rentas no empleaba para su propio uso más que lo absolutamente indispensable. En cierta ocasión en que le acompañé a una visita del valle de Mesolcina, que es un sitio muy frío, le encontré por la noche estudiando, vestido únicamente con una sotana vieja. Naturalmente le dije que, si no quería morir de frío, tenía que cubrirse mejor y él sonrió al responderme: 'No tengo otra sotana. Durante el día estoy obligado a vestir la púrpura cardenalicia, pero ésta es la única sotana realmente mía y me sirve lo mismo en el verano que en el invierno' ". 

Cuando Carlos se estableció en Milán, vendió la vajilla de plata y otros objetos preciosos en 30,000 coronas, suma que consagró íntegramente a socorrer a las familias necesitadas. Su limosnero tenía orden de repartir entre los pobres 200 coronas mensuales, sin contar las limosnas extraordinarias, que eran muy numerosas. La generosidad de Carlos dejó un recuerdo imperecedero. Por ejemplo, supo ayudar tan liberalmente al Colegio Inglés de Douai, que el cardenal Allen solía llamar a Carlos, fundador de la institución. 

Por otra parte, el santo organizó retiros para su clero. El mismo hacía los Ejercicios Espirituales dos veces al año y tenía por regla confesarse todos los días antes de celebrar la misa. Su confesor ordinario era el Dr. Griffith Roberts, de la diócesis de Bangor, autor de la famosa gramática galesa. Carlos nombró a otro galés (el Dr. Qwen, quien más tarde llegó a ser obispo de Calabria) vicario general de su diócesis, y llevaba siempre consigo una imagen de san Juan Fisher. Tenía el mayor respeto por la liturgia, de suerte que jamás decía una oración ni administraba ningún sacramento apresuradamente, por grande que fuese su prisa o por larga que resultase la función.

Su espíritu de oración y su amor de Dios dejaban en los otros un gran gozo espiritual, le ganaban los corazones, e infundían en todos el deseo de perseverar en la virtud y de sufrir por ella. Tal fue el espíritu que San Carlos aplicó a la reforma de su diócesis, empezando por la organización de su propia casa. Su casa estaba compuesta de cien personas; la mayor parte eran clérigos, a lo que el santo pagaba generosamente para evitar que recibiesen regalos de otros. 

En la diócesis se conocía mal la religión y se la comprendía aún menos; las prácticas religiosas estaban desfiguradas por la superstición y profanadas por los abusos. Los sacramentos habían caído en el abandono, porque muchos sacerdotes apenas sabían cómo administrarlos y eran indolentes, ignorantes y de mala vida. Los monasterios se hallaban en el mayor desorden. Por medio de concilios provinciales, sínodos diocesanos y múltiples instrucciones pastorales, Carlos aplicó progresivamente las medidas necesarias para la reforma del clero y del pueblo. Aquellas medidas fueron tan sabias, que una gran cantidad de prelados las consideran todavía como un modelo y las estudian para aplicarlas. 

Carlos fue uno de los hombres más eminentes en teología pastoral que Dios enviara a su Iglesia para remediar los desórdenes producidos por la decadencia espiritual de la Edad Media y por los excesos de los reformadores protestantes. Empleando por una parte la ternura paternal y las ardientes exhortaciones y, poniendo rigurosamente en práctica, por la otra, los decretos de los sínodos, sin distinción de personas, ni clases, ni privilegios, doblegó poco a poco a los obstinados y llegó a vencer dificultades que habrían desalentado aun a los más valientes. 

Carlos tuvo que superar su propia dificultad de palabra, a base de paciencia y atención, pues tenía un defecto en la lengua. A este propósito, decía su amigo Aquiles Gagliardi: "Muchas veces me he maravillado de que, aun sin poseer elocuencia natural alguna, sin tener ningún atractivo especial en su persona, haya conseguido obrar tales cambios en el corazón de sus oyentes. Hablaba brevemente, con suma seriedad y apenas se podía oír su voz; sin embargo, sus palabras producían siempre efecto". 

Carlos ordenó que se atendiese especialmente a la instrucción cristiana de los niños. No contento con imponer a los sacerdotes la obligación de enseñar públicamente el catecismo todos los domingos y días de fiesta, estableció la Cofradía de la Doctrina Cristiana, que llegó a contar con 740 escuelas, 3.000 catequistas y 40.000 alumnos. Así pues, san Carlos fundó las "escuelas dominicales" dos siglos antes de que Roberto Raikes las introdujese en Inglaterra para los niños protestantes. San Carlos se valió particularmente de los clérigos regulares de San Pablo ("barnabitas"), cuyas constituciones él mismo había ayudado a revisar y, en 1578, fundó una congregación de sacerdotes seculares, llamados Oblatos de San Ambrosio que, por un voto simple de obediencia a su obispo, se ponían a disposición de éste para que los emplease a su gusto en la obra de la salvación de las almas. Pío XI formó parte más tarde de esa congregación, cuyos miembros se llaman actualmente Oblatos de San Ambrosio y de San Carlos.

Pero no en todas partes se acogió bien la obra reformadora del santo, quien en ciertos casos tuvo que hacer frente a una oposición violenta y sin escrúpulos. En 1567, tuvo una dificultad con el senado. Ciertos laicos que llevaban abiertamente una vida poco edificante y se negaban a prestar oídos a las exhortaciones del santo, fueron aprisionados por orden suya. El senado amenazó, con ese motivo, a los funcionarios de la curia del arzobispo, y el asunto llegó hasta el Papa y Felipe II de España. Entre tanto, el alguacil episcopal fue golpeado y expulsado de la ciudad. Carlos, después de considerar la cosa maduramente, excomulgó a los que habían participado en el ataque. Finalmente, el fallo sobre este conflicto de jurisdicción favoreció a Carlos, ya que en la antigua ley un arzobispo gozaba de cierto poder ejecutivo; pero el gobernador de Milán se negó a aceptar esa decisión. Carlos partió por entonces a visitar tres valles alpinos: el de Levantina, el de Bregno y La Riviera, que los anteriores arzobispos habían dejado abandonados y donde la corrupción del clero era todavía mayor que la de los laicos, con los resultados que pueden imaginarse. El santo predicó y catequizó por todas partes, destituyó a los clérigos indignos y los reemplazó por hombres capaces de restaurar la fe y las costumbres del pueblo y de resistir a los ataques de los protestantes zwinglianos. Pero sus enemigos de Milán no le dejaron mucho tiempo en paz. Como la conducta de algunos de los canónigos de la colegiata de Santa María della Scala (que pretendían estar exentos de la jurisdicción del ordinario) no correspondiese a su dignidad, Carlos consultó a Pío V, quien le contestó que tenía derecho a visitar dicha iglesia y a tomar contra los canónigos las medidas que juzgase necesarias. Carlos se presentó entonces en la iglesia a hacer la visita canónica; pero los canónigos le dieron con la puerta en las narices y alguien hizo un disparo contra la cruz que el santo había alzado con la mano durante el tumulto. El senado se puso en favor de los canónigos y presentó a Felipe II de España las más virulentas acusaciones contra el arzobispo, diciendo que se había arrogado los derechos del rey, porque la colegiata estaba bajo el patronato regio. Por otra parte, el gobernador de Milán escribió al Papa, amenazando con desterrar al cardenal Borromeo por traidor. Finalmente, el rey escribió al gobernador para que apoyase al arzobispo y los canónigos ofrecieron resistencia algún tiempo, pero acabaron por doblegarse.

Complot de los humiliati para asesinarlo

Antes de que ese asunto se solucionase, la vida de san Carlos corrió un peligro todavía mayor. La orden religiosa de los humiliati, que contaba ya con muy pocos miembros pero poseía aún muchos monasterios y tierras, se había sometido a las medidas reformadoras del arzobispo, pero los humiliati estaban totalmente corrompidos y su sumisión había sido aparente. 

Los humiliati intentaron que el Papa anulase las disposiciones de Carlos y, al fracasar sus intentos, tres priores de la orden tramaron un complot para asesinarlo. Un sacerdote de la orden, llamado Jerónimo Donati Farina, aceptó hacer el intento de matar a Carlos por veinte monedas de oro. Se obtuvo esa suma con la venta de los ornamentos de una iglesia. 

El 26 de octubre de 1569, Farina se apostó a la puerta de la capilla de la casa de Carlos, en tanto que éste rezaba las oraciones de la noche con los suyos. Los presentes cantaban un himno de Orlando di Lasso y, precisamente en el momento en que entonaban las palabras, "Ya es tiempo de que vuelva a Aquél que me envió", el asesino descargó su pistola contra el santo. Farina consiguió escapar en el tumulto que se produjo, en tanto que Carlos, pensando que estaba herido de muerte, encomendaba su vida a Dios. En realidad, la bala sólo había tocado sus ropas y su manto cardenalicio había caído al suelo, pero el santo estaba ileso. Después de una solemne procesión de acción de gracias, Carlos se retiró unos días a un monasterio de la Cartuja para consagrar nuevamente su vida a Dios.

Incansable en su compromiso con los pobres y con sus sacerdotes

Al salir de su retiro, visitó otra vez los tres valles de los Alpes y aprovechó la oportunidad para recorrer también los cantones suizos católicos, donde convirtió a cierto número de zwinglianos y restauró la disciplina en los monasterios. 

La cosecha de aquel año se perdió y, al siguiente, Milán atravesó por un periodo de carestía. Carlos pidió ayuda para procurar alimentos a los necesitados y, durante tres meses, dio de comer diariamente a tres mil pobres con sus propias rentas. Como había estado bastante mal de salud, los médicos le ordenaron que modificase su régimen de vida, pero el cambio no produjo ninguna mejoría. Después de asistir en Roma al cónclave que eligió a Gregorio XIII, el santo volvió a su antiguo régimen y así, pronto se recuperó. 

Al poco tiempo, tuvo un nuevo conflicto con el poder civil de Milán, pues el nuevo gobernador, Don Luis de Requesens, trató de reducir la jurisdicción local de la Iglesia y de poner en mal al arzobispo con el rey. Carlos no vaciló en excomulgar a Requesens quien, para vengarse, envió un pelotón de soldados a patrullar las cercanías del palacio episcopal y prohibió que las cofradías se reuniesen cuando no estuviera presente un magistrado. Felipe II acabó por destituir al gobernador. Pero esos triunfos públicos no fueron la parte más importante del "cuidado pastoral" de san Carlos. 

Su tarea principal consistió en formar un clero virtuoso y bien preparado. En cierta ocasión en que un sacerdote ejemplar se hallaba gravemente enfermo, las gentes comentaron que el arzobispo se preocupaba demasiado por él. El santo respondió: "¡Bien se ve que no sabéis lo que vale la vida de un buen sacerdote!"

San Carlos reunió cinco sínodos provinciales y once diocesanos. Era infatigable en la visita a las parroquias. Cuando uno de sus sufragáneos le dijo que no tenía nada que hacer, el santo le mandó una larga lista de las obligaciones episcopales, añadiendo después de cada punto: "¿Cómo puede decir un obispo que no tiene nada que hacer?" El santo fundó tres seminarios en la arquidiócesis de Milán, para otros tantos tipos de jóvenes que se preparaban al sacerdocio y exigió en todas partes que se aplicasen las disposiciones del Concilio Tridentino acerca de la formación sacerdotal. 

Ültimos años

En la primavera de 1580, hospedó durante una semana a una docena de jóvenes ingleses que iban de paso hacia la misión de Inglaterra y uno de ellos predicó ante él: era el Beato Rodolfo Sherwin, quien un año y medio más tarde había de morir por la fe en Londres. Poco después, Carlos le dio la primera comunión a Luis Gonzaga, que tenía entonces doce años. Por esa época viajó mucho y las penurias y fatigas empezaron a afectar su salud. Además, había reducido las horas de sueño y el Papa hubo de recomendarle que no llevase demasiado lejos el ayuno cuaresmal. 

A fines de 1583, Carlos fue enviado a Suiza como visitador apostólico y en Grisons tuvo que enfrentarse no sólo contra los protestantes, sino también contra un movimiento de brujas y hechiceros. 

En Roveredo, el pueblo acusó al párroco de practicar la magia y el santo se vio obligado a degradarle y entregarle al brazo secular. No se avergonzaba de discutir pacientemente sobre puntos teológicos con las campesinas protestantes de la región y, en cierta ocasión, hizo esperar a su comitiva hasta que consiguió hacer aprender el Padrenuestro y el Avemaría a un ignorante pastorcito. 

Habiéndose enterado de que el duque Carlos de Saboya había caído enfermo en Vercelli, fue a verle inmediatamente y le encontró agonizante. Pero, en cuanto entró en la habitación del duque, éste exclamó: "¡Estoy curado!" El santo le dio la comunión al día siguiente. Carlos de Saboya pensó siempre que había recobrado la salud gracias a las oraciones de Carlos y, después de la muerte de éste, mandó colgar en su sepulcro una lámpara de plata.

En el año de 1584, decayó más la salud del santo. Después de fundar en Milán una casa de convalecencia, Carlos partió en octubre, a Monte Varallo para hacer su retiro anual, acompañado por el P. Adorno, S.J. Antes de partir, había predicho a varias personas que le quedaba ya poco tiempo de vida. En efecto, el 24 de octubre se sintió enfermo y, el 29 del mismo mes, partió de regreso a Milán, a donde llegó el día de los fieles difuntos. La víspera había celebrado su última misa en Arona, su ciudad natal. Una vez en el lecho, pidió los últimos sacramentos "inmediatamente" y los recibió de manos del arcipreste de su catedral.

Al principio de la noche del 3 al 4 de noviembre, murió apaciblemente, mientras pronunciaba las palabras "Ecce venio". No tenía más que cuarenta y seis años de edad. La devoción al santo cardenal se propagó rápidamente. 

En 1601, el cardenal Baronio, quien le llamó "un segundo Ambrosio", mandó al clero de Milán una orden de Clemente VIII para que, en el aniversario de la muerte del arzobispo, no celebrasen misa de requiem, sino una misa solemne.

San Carlos fue oficialmente canonizado por Pablo V el 1 de noviembre de 1610.


Oblatos de San Ambrosio y San Carlos

Ayuda para la reforma de la diócesis 
siguiendo las directrices del Concilio de Trento (1545-1563)

San Carlos Borromeo, siendo arzobispo de Milán, se percató pronto de la ayuda que varias órdenes religiosas podrían proporcionarle para la reforma de su diócesis de acuerdo con los mandatos del concilio de Trento. Reclutó la ayuda de los Barnabitas, los Somaschi, y los Teatinos y confió la dirección del seminario a los Jesuitas. 

Estos auxiliares suyos, sin embargo, no se encontraban suficientemente disponibles para proveer a todas las necesidades relacionadas con el gobierno de la diócesis de Milán. Para cubrir este vacío, Carlos Borromeo decidió fundar una sociedad religiosa diocesana cuyos miembros, todos sacerdotes o a punto de serlo, deberían prestar un voto simple de obediencia a su obispo. 

Ya existía una sociedad así en Brescia, bajo el nombre de “Sacerdotes de la Paz”. Carlos intentó sin éxito ganar para su causa a los canónigos de su catedral pero encontró mayor respuesta en los “Sacerdotes de la Sagrada Corona”, que prestaban servicio en la basílica del Santo Sepulcro y vivían en comunidad. 

Sus exhortaciones al clero durante la reuniones sinodales condujeron a algunos hombres de buena voluntad a aceptar sus ideas, y pudo instalarlos en la iglesia del Santo Sepulcro y edificios adyacentes el 16 de agosto de 1578, dándoles el nombre de “Oblatos de San Ambrosio”.
 
La comunidad recibió donaciones procedentes de ciertos beneficios diocesanos, además de una parte de las propiedades pertenecientes a la Congregación de los Humiliati, que acababa de ser abolida por la Santa Sede. 

Las reglas por las que debía gobernarse la nueva congregación fueron sometidas a la opinión de san Felipe Neri y de san Félix de Cantalice. Éste último persuadió a Carlos Borromeo de que no impusiera el voto de pobreza, y poco después recibió la aprobación de Gregorio XIII. 

Los Oblatos tendrían la obligación de asistir al Arzobispo en el gobierno y administración de la diócesis, aceptar todos los cargos que se les encomendaran, partir en misión a los lugares más abandonados, hacerse cargo de parroquias vacantes, dirigir seminarios, colegios y escuelas cristianas, predicar retiros, y, dedicarse por entero a las tareas del ministerio de acuerdo con las órdenes y deseos del obispo. 

Estaban divididos en dos cuerpos, uno de ellos se mantendría unido a la iglesia del Santo Sepulcro, el otro trabajaría en la ciudad y la diócesis. Éste último estaría formado por seis grupos o asociaciones, bajo la dirección de un superior responsable. El primer cuerpo, tomando como modelo el método seguido en Roma por san Felipe y sus sacerdotes del Oratorio, hizo de la basílica un verdadero centro de vida piadosa y caritativa, cuyos efectos se dejaron sentir en toda la ciudad.

San Carlos se hizo cargo de la dirección, se encontraba feliz en su compañía, compartiendo su modo de vida y tomando parte en sus ejercicios y tareas. Solía decir que de todas las instituciones que había formado, eran los Oblatos en quienes apreciaba un valor mayor. 

Los Oblatos del Santo Sepulcro establecieron, además, para su propia asistencia, una confraternidad de Oblatos laicos, compuesta por magistrados y hombres prominentes, que se comprometían a visitar a los enfermos y los pobres, a enseñar a los ignorantes, a reconciliar a los enemigos, y a defender la Fe. 

La “Compañía de las Damas del Oratorio”, también fundada por ellos, se proponía fomentar la práctica de una vida cristiana seria entre las mujeres de mundo. También tomaron a su cargo la dirección del seminario diocesano, y de los colegios establecidos por el santo fundador; predicaban el Evangelio en las regiones rurales, e incluso viajaban hasta las montañas en busca de herejes. 

San Carlos, el mismo año de su fallecimiento en 1584, estaba preparando su establecimiento en el famoso santuario de Nuestra Señora de Rho. 

Los primeros oblatos pertenecían a lo más selecto del clero milanés, entre los cuales el saber y la enseñanza siempre habían sido una prioridad. 

Los arzobispos de Milán favorecieron el crecimiento de la institución y pronto pudo reunir doscientos. En 1613, el Cardenal Federico Borromeo ordenó que se imprimieran las constituciones. Los Oblatos continuaron con su labor en el servicio de la diócesis hasta su dispersión por Napoleón I en 1810. Sin embargo, los Oblatos de Nuestra Señora de Rho pasaron inadvertidos y pudieron continuar sin ser molestados. 

En 1848, fueron reorganizados por Monseñor Romilli, bajo el nombre de “Oblatos de San Carlos”, y reinstalados en su casa del Santo Sepulcro. Ahora, igual que en el pasado, la comunidad está formada por sacerdotes ilustrados y virtuosos. Uno de sus miembros, Ballerini, murió siendo Patriarca de Antioquia y después de haber gobernado la Iglesia de Milán; otro, Ramazotti, fue Patriarca de Venecia en 1861. 

Varios Oblatos se han hecho conocer por sus escritos teológicos e históricos. Podemos mencionar a los siguientes: Giovanni Stupano (┼1580), autor de un tratado sobre los poderes de los ministros de la Iglesia, y del Papa en particular; Martín Bonacita (┼1631), uno de los moralistas más importantes de su tiempo, cuyas obras teológicas se han reeditado varias veces, y que falleció repentinamente cuando iba a hacerse cargo de su nombramiento como nuncio de Urbano VIII ante la corte del Emperador; Giussano, uno de los mejores biógrafos de san Carlos; Soriano y , especialmente, su contemporáneo Sassi (Saxius, ┼1751), quien sucedió a Muratori como bibliotecario. A él debemos la edición, en cinco volúmenes, de las homilías de san Carlos, una historia de los arzobispos de Milán, y un tratado sobre el viaje de san Bernabé a esa ciudad.

jueves, 20 de octubre de 2022

San Pedro de Alcántara (1499-1562)


Pedro Alcántara vive en una España que vibra por la fuerza del movimiento contrarreformista. Es el tiempo de los grandes reyes, teólogos, y santos: Ignacio, Teresa, Francisco de Borja, Juan de la Cruz, Francisco Solano, Javier.

Primeros años

Nació en Alcántara, Extremadura (España), en 1499 y murió el 18 de octubre de 1562. Su padre, Pedro Garabito, fue el gobernador del lugar, y su madre era de la familia noble de Sanabria. 

Tras un curso de gramática y filosofía en su pueblo nativo, fue enviado a la Universidad de Salamanca con catorce años. Allí cursó la filosofía y comenzó el derecho. A los quince años había ya hecho el primero de leyes. 

Tornó a su villa natal en vacaciones, y entonces coincidieron las dudas sobre la elección de estado con un periodo de tentaciones intensas. Un día el joven vio pasar ante su puerta unos franciscanos descalzos y marchó tras ellos, escapándose de casa apenas cumplidos los dieciséis años y tomando el hábito en el convento de los Majarretes, junto a Valencia de Alcántara, en la raya portuguesa, año de 1515.

Fray Juan de Guadalupe había fundado en 1494 una reforma de la Orden conocida comúnmente con el nombre de la de los descalzos. Esta reforma pasó tiempos angustiosos, combatida por todas partes, autorizada y suprimida varias veces por los Papas, hasta que logró estabilizarse en 1515 con el nombre de Custodia de Extremadura y más tarde provincia descalza de San Gabriel en el año en que Pedro tomó el santo hábito.

Cuando Pedro entró en la orden, la reforma de los «frailes descalzos» tenía, además de los conventos en España, la custodia de Santa María Pietatis en Portugal, sujeta al General de los observantes.

Su memoria fue extraordinaria, llegando a dominar toda la Biblia; ingenio agudo, inteligencia despejada y una voluntad férrea ante la cual no existían los imposibles y que hermanaba con una sensibilidad y ternura hacia los dolores del prójimo.

Sacerdote franciscano de la Estricta Observancia

A la edad de veintidós fue enviado a fundar una nueva comunidad de la Estricta Observancia en Badajoz. Fue ordenado sacerdote en 1524, y el año siguiente fue hecho guardián del convento de Santa María de los Ángeles en Robredillo. 

Poco después, comenzó a predicar con gran éxito. Prefirió predicar a los pobres; y sus sermones, en gran parte sacados de los profetas y los libros sapienciales, manifiestan la más tierna simpatía humana. 

Ermitaño en Portugal y maestro de novicios

Habiendo sido elegido pastor de la provincia de San Gabriel en 1538, Pedro se puso a trabajar inmediatamente. En el Capítulo de Plasencia en 1540, redactó las constituciones de los Observantes Estrictos, pero sus ideas encontraron tanta oposición debido a su radicalidad evangélica que renunció al cargo de provincial y se retiró con Juan de Ávila a las montañas de Arrábida (Portugal), donde se unió con el padre Martín de Santa María en su solitaria vida de ermitaño. Pronto se le unieron otros frailes, y establecieron varias comunidades pequeñas. Se escogió a Pedro como maestro de novicios en el convento de Palhâes. En 1560, estas comunidades se convirtieron en la provincia de Arrábida. 

Permiso del Papa para fundar conventos pobres 
bajo la dirección de los franciscanos conventuales

Al regresar a España en 1553, pasó dos años más en soledad, y luego viajó descalzo a Roma, y obtuvo el permiso de Julio III para fundar algunos conventos pobres en España bajo la jurisdicción del General de los Conventuales. Los conventos se establecieron en Pedrosa (donde Pedro inició imparable su reforma), Plasencia y otras partes; en 1556 se convirtieron en intendencia, con Pedro como superior; y en 1561, en una provincia con el título de San José. 

Sin desanimarse por la oposición y los malos resultados con que se encontró en la provincia de San Gabriel, Pedro redactó las constituciones de la nueva provincia con mayor severidad. La reforma se difundió rápidamente hacia otras provincias de España y Portugal.

En 1562, la provincia de San José fue puesta bajo la jurisdicción del General de los observantes, y se formaron dos nuevas custodias: la de Juan Bautista en Valencia, y la de San Simón en Galicia. 

Amigo y consejero de santos: santa Teresa de Ávila

Pedro Alcántara lleva una labor intensa como reformador y su nombre de asocia a san Francisco de Borja, quien llamaba “su paraíso” al convento de El Pedroso donde Pedro comenzó su reforma; san Juan de Ávila, y el Venerable Luis de Granada. 



San Pedro Alcántara confesando a santa Teresa de Jesús
de José García Hidalgo
Museo del Prado, Madrid.


En santa Teresa, Pedro percibió un alma escogida por Dios para realizar una gran empresa, y su éxito en la reforma del Carmelo fue en gran medida debido al consejo, el ánimo y la defensa de éste. Fue una carta de san Pedro (14 de abril de 1562) la que la animó a fundar su primer monasterio en Ávila el 24 de agosto de aquel año. La biografía de santa Teresa es la fuente de mucha de nuestra información por lo que se refiere a la vida, las obras y el don de milagros y de profecías de Pedro.

Acudieron a él reyes, obispos y grandes. Carlos V y su hija Juana le solicitaron como confesor. Los reyes de Portugal fueron muy devotos suyos y le ayudaron muchas veces en sus trabajos.

Radicalidad evangélica

Es de considerar cómo con su testimonio de radicalidad evangélica atraía de manera irresistible a todo tipo de personas y clase social. Cuando la penitencia le hubo consumido hasta secarle las carnes y la humildad le impedía mirar a nadie cara a cara, emanaba de él una dulzura, una fuerza interior, que se imponía a quien le trataba.

Quizá lo más sorprendente de las virtudes de Pedro fue su don de contemplación y la virtud de penitencia. Y no menos extraordinario fue su experiencia de Dios, en ocasiones tan intensa que, al igual que a san Felipe Neri, le causaba dolor sensible, siendo raptado por el éxtasis. La pobreza que practicó e impuso fue tan alegre como real. 

En confirmación de sus virtudes y misión de reforma, Dios obró numerosos milagros a través de su intercesión y por su presencia misma.

Fue beatificado por Gregorio XV en 1622, y canonizado por Clemente IX en 1669. 


Escritos de san Pedro Alcántara

Además de las Constituciones de la Observancia Estricta, y muchas cartas sobre temas espirituales, especialmente dirigidas a santa Teresa, compuso un pequeño tratado sobre la oración, el cual ha sido traducido a todas las lenguas de Europa.

En 1826, san Pedro de Alcántara fue nombrado patrono de Brasil, y en 1962 —cuarto centenario de su muerte—, de Extremadura. 

A causa de la reforma del calendario romano en 1969, su fiesta del 19 de octubre se observa solo en calendarios locales y particulares


martes, 27 de septiembre de 2022

San Vicente de Paúl: promotor de seminarios. Reformador de la vida religiosa



Promotor de seminarios mayores y menores:

La Asamblea General del Clero Francés determinó que los candidatos al sacerdocio fueran admitidos después de participar en unos días de recogimiento y retiro. A petición del obispo de Beauvais, Potierdes Gesvres, Vicente emprendió en Beauvais (septiembre de 1628) el primero de estos retiros.

Su plan comprendía conferencias ascéticas e instrucciones acerca del conocimiento de lo más indispensable para los sacerdotes. Su principal servicio fue que dieron lugar a lo que posteriormente fueron los seminarios. Al principio sólo duraban diez días, pero ampliándolos gradualmente a 15 ó 20 días, luego a uno, dos o tres meses antes de cada orden, los obispos consiguieron prolongar el periodo de estancia a dos o tres años entre la filosofía y el acceso al sacerdocio.

Ya existían unos seminarios llamados “de ordenandos”, luego “seminarios mayores”, cuando se fundaron los “seminarios menores”. Nadie hizo más que Vicente en lo que atañe a esta doble creación. 

En 1635 estableció un seminario en el Collège des Bons-Enfants. Ayudado por Richelieu, que le dio mil coronas, sólo admitió a eclesiásticos que estudiaran teología (seminario mayor), fundando paralelamente un seminario menor llamado de San Carlos para sacerdotes que estudiaran humanidades (1642).

Vicente colaboró con los obispos para fundar seminarios en sus diócesis facilitándoles sacerdotes para dirigirlos. Así, a su muerte había aceptado la dirección de once seminarios. Antes de la Revolución su congregación dirigía en Francia cincuenta y tres seminarios mayores y nueve menores, esto es, un tercio de todos los de Francia.

La conferencia eclesiástica completó la labor de los seminarios. Desde 1633 Vicente celebró una cada martes en Saint-Lazare, en la que se reunían todos los sacerdotes deseosos de conferenciar en común sobre las virtudes y las funciones de su estado. Participaron, entre otros, Bossuet y Tronson. Con las conferencias, Vicente instituyó en St.-Lazare retiros abiertos para laicos y sacerdotes. Estos retiros contribuían a infundir un espíritu cristiano en el pueblo, pero imponían gravosos sacrificios a la casa de St.-Lazare. Nada se exigía a los participantes; cuando se trataba del bienestar de las almas, Vicente no reparaba en gastos. Ante las quejas de sus compañeros, que deseaban dificultar la admisión a los retiros, un día consintió en ello. Al atardecer nunca había habido tantos admitidos; cuando un fraile le informó azorado de que no cabían más, Vicente le respondió: “Bueno, dadles mi habitación”.

Reforma de la Órdenes Religiosas

Las órdenes religiosas también se beneficiaron de la influencia de Vicente. No sólo ejerció mucho tiempo la dirección de las Hermanas de la Visitación, fundadas por san Francisco de Sales, sino que también recibió en París a las Religiosas del Santísimo Sacramento. Apoyó la existencia de las Hijas de la Cruz (cuyo objetivo era educar a muchachas campesinas) y animó la reforma de los benedictinos, los cistercienses, los antonianos, los agustinos, los premonstratenses y la Congregación de Grandmont.

El cardenal de La Rochefoucault, a quien se había encomendado la reforma de las órdenes religiosas de Francia, nombró a Vicente su mano derecha y le obligó a permanecer en el Consejo de Conciencia del que era miembro desde 1643.

El celo y la caridad de Vicente atravesaron las fronteras de Francia. Ya en 1638 encargó a sus sacerdotes que predicaran a los pastores de la Campania, que ofrecieran en Roma y Génova los ejercicios para ordenandos y que establecieran misiones en Saboya y Piamonte. Envió otras a Irlanda, Escocia, las Hébridas, Polonia y Madagascar (1648-60).


viernes, 15 de julio de 2022

Las Órdenes Mendicantes, por Benedicto XVI

BENEDICTO XVI
Audiencia General
Miércoles 13 de enero de 2010
 
Las Ordenes Mendicantes



Queridos hermanos y hermanas:

Al inicio del nuevo año miremos la historia del cristianismo, para ver cómo se desarrolla una historia y cómo puede renovarse. En ella podemos ver que los santos, guiados por la luz de Dios, son los auténticos reformadores de la vida de la Iglesia y de la sociedad. Maestros con la palabra y testigos con el ejemplo, saben promover una renovación eclesial estable y profunda, porque ellos mismos están profundamente renovados, están en contacto con la verdadera novedad: la presencia de Dios en el mundo. 

En cada generación nacen santos que traen la creatividad de la renovación, acompaña constantemente la historia de la Iglesia en medio de las tristezas y los aspectos negativos de su camino. De hecho, vemos cómo siglo a siglo nacen también las fuerzas de la reforma y de la renovación, porque la novedad de Dios es inexorable y da siempre nueva fuerza para seguir adelante. 

Así sucedió en el siglo XIII con el nacimiento y el extraordinario desarrollo de las Órdenes Mendicantes: un modelo de gran renovación en una nueva época histórica. Se las llamó así por su característica de "mendigar", es decir, de recurrir humildemente al apoyo económico de la gente para vivir el voto de pobreza y cumplir su misión evangelizadora. 

De las Órdenes Mendicantes que surgieron en ese periodo las más conocidas e importantes son los Frailes Menores y los Frailes Predicadores, conocidos como Franciscanos y Dominicos. Se les llama así por el nombre de sus fundadores, san Francisco de Asís y santo Domingo de Guzmán, respectivamente. Estos dos grandes santos tuvieron la capacidad de leer con inteligencia "los signos de los tiempos", intuyendo los desafíos que debía afrontar la Iglesia de su época.

Un primer desafío era la expansión de varios grupos y movimientos de fieles que, a pesar de estar impulsados por un legítimo deseo de auténtica vida cristiana, se situaban a menudo fuera de la comunión eclesial. Estaban en profunda oposición a la Iglesia rica y hermosa que se había desarrollado precisamente con el florecimiento del monaquismo. En recientes catequesis hablé de la comunidad monástica de Cluny, que había atraído a numerosos jóvenes y, por tanto, fuerzas vitales, como también bienes y riquezas. Así se había desarrollado, lógicamente, en un primer momento, una Iglesia rica en propiedades y también inmóvil. Contra esta Iglesia se contrapuso la idea de que Cristo vino a la tierra pobre y que la verdadera Iglesia debería ser precisamente la Iglesia de los pobres; así el deseo de una verdadera autenticidad cristiana se opuso a la realidad de la Iglesia empírica. Se trata de los movimientos llamados "pauperísticos" de la Edad Media, los cuales criticaban ásperamente el modo de vivir de los sacerdotes y de los monjes de aquel tiempo, acusados de haber traicionado el Evangelio y de no practicar la pobreza como los primeros cristianos, y estos movimientos contrapusieron al ministerio de los obispos una auténtica "jerarquía paralela". Además, para justificar sus propias opciones, difundieron doctrinas incompatibles con la fe católica. Por ejemplo, el movimiento de los cátaros o albigenses volvió a proponer antiguas herejías, como la devaluación y el desprecio del mundo material -la oposición contra la riqueza se convierte rápidamente en oposición contra la realidad material en cuanto tal-, la negación de la voluntad libre y después el dualismo, la existencia de un segundo principio del mal equiparado a Dios. Estos movimientos tuvieron éxito, especialmente en Francia y en Italia, no sólo por su sólida organización, sino también porque denunciaban un desorden real en la Iglesia, causado por el comportamiento poco ejemplar de varios representantes del clero.

Los Franciscanos y los Dominicos, en la estela de sus fundadores, mostraron en cambio que era posible vivir la pobreza evangélica, la verdad del Evangelio como tal, sin separarse de la Iglesia; mostraron que la Iglesia sigue siendo el lugar verdadero, auténtico, del Evangelio y de la Escritura. Más aún, santo Domingo y san Francisco sacaron la fuerza de su testimonio precisamente de su íntima comunión con la Iglesia y con el Papado. Con una elección totalmente original en la historia de la vida consagrada, los miembros de estas Órdenes no sólo renunciaban a la posesión de bienes personales, como hacían los monjes desde la antigüedad, sino que ni siquiera querían que se pusieran a nombre de la comunidad terrenos y bienes inmuebles. Así pretendían dar testimonio de una vida extremadamente sobria, para ser solidarios con los pobres y confiar únicamente en la Providencia, vivir cada día de la Providencia, de la confianza de ponerse en las manos de Dios. Este estilo personal y comunitario de las Órdenes Mendicantes, unido a la total adhesión a las enseñanzas de la Iglesia y a su autoridad, fue muy apreciado por los Pontífices de la época, como Inocencio III y Honorio III, que apoyaron plenamente estas nuevas experiencias eclesiales, reconociendo en ellas la voz del Espíritu. Y no faltaron los frutos:  los grupos "pauperísticos" que se habían separado de la Iglesia volvieron a la comunión eclesial o lentamente se redujeron hasta desaparecer. 

También hoy, a pesar de vivir en una sociedad en la que a menudo prevalece el "tener" sobre el "ser", la gente es muy sensible a los ejemplos de pobreza y solidaridad que dan los creyentes con opciones valientes. En nuestros días tampoco faltan iniciativas similares: los movimientos, que parten realmente de la novedad del Evangelio y lo viven con radicalidad en la actualidad, poniéndose en las manos de Dios, para servir al prójimo. El mundo, como recordaba Pablo VI en la Evangelii nuntiandi, escucha de buen grado a los maestros, cuando son también testigos. Esta es una lección que no hay que olvidar nunca en la obra de difusión del Evangelio:  ser los primeros en vivir aquello que se anuncia, ser espejo de la caridad divina.

Franciscanos y Dominicos fueron testigos, pero también maestros. De hecho, otra exigencia generalizada en su época era la de la instrucción religiosa. No pocos fieles laicos, que vivían en las ciudades en vías de gran expansión, deseaban practicar una vida cristiana espiritualmente intensa. Por tanto, trataban de profundizar en el conocimiento de la fe y de ser guiados en el arduo pero entusiasmante camino de la santidad. Las Órdenes Mendicantes supieron felizmente salir al encuentro también de esta necesidad:  el anuncio del Evangelio en la sencillez y en su profundidad y grandeza era un objetivo, quizás el objetivo principal, de este movimiento. En efecto, se dedicaron con gran celo a la predicación. Eran muy numerosos los fieles —a menudo auténticas multitudes— que se reunían en las iglesias y en lugares al aire libre para escuchar a los predicadores, como san Antonio, por ejemplo. Se trataban temas cercanos a la vida de la gente, sobre todo la práctica de las virtudes teologales y morales, con ejemplos concretos, fácilmente comprensibles. Además, se enseñaban formas para alimentar la vida de oración y la piedad. Por ejemplo, los Franciscanos difundieron mucho la devoción a la humanidad de Cristo, con el compromiso de imitar al Señor. 

No sorprende entonces que fueran numerosos los fieles, mujeres y hombres, que elegían ser acompañados en el camino cristiano por frailes Franciscanos y Dominicos, directores espirituales y confesores buscados y apreciados. Nacieron así asociaciones de fieles laicos que se inspiraban en la espiritualidad de san Francisco y santo Domingo, adaptada a su estado de vida. Se trata de la Orden Tercera, tanto franciscana como dominicana. En otras palabras, la propuesta de una "santidad laical" conquistó a muchas personas. Como recordó el concilio ecuménico Vaticano II, la llamada a la santidad no está reservada a algunos, sino que es universal (cf. Lumen gentium, 40). En todos los estados de vida, según las exigencias de cada uno de ellos, es posible vivir el Evangelio. También hoy cada cristiano debe tender a la "medida alta de la vida cristiana", sea cual sea el estado de vida al que pertenezca.

Así la importancia de las Órdenes Mendicantes creció tanto en la Edad Media que instituciones laicales como las organizaciones de trabajo, las antiguas corporaciones y las propias autoridades civiles, recurrían a menudo a la consulta espiritual de los miembros de estas Órdenes para la redacción de sus reglamentos y, a veces, para solucionar sus conflictos internos y externos. 

Los Franciscanos y los Dominicos se convirtieron en los animadores espirituales de la ciudad medieval. Con gran intuición, pusieron en marcha una estrategia pastoral adaptada a las transformaciones de la sociedad. Dado que muchas personas se trasladaban del campo a las ciudades, ya no colocaron sus conventos en zonas rurales, sino en las urbanas. Además, para llevar a cabo su actividad en beneficio de las almas, era necesario trasladarse según las exigencias pastorales. 

Con otra decisión totalmente innovadora, las Órdenes Mendicantes abandonaron el principio de estabilidad, clásico del monaquismo antiguo, para elegir otra forma. Frailes Menores y Predicadores viajaban de un lugar a otro, con fervor misionero. En consecuencia, se dieron una organización distinta respecto a la de la mayor parte de las Órdenes monásticas. En lugar de la tradicional autonomía de la que gozaba cada monasterio, dieron mayor importancia a la Orden en cuanto tal y al superior general, como también a la estructura de las provincias. Así los mendicantes estaban más disponibles para las exigencias de la Iglesia universal. Esta flexibilidad hizo posible el envío de los frailes más adecuados para el desarrollo de misiones específicas, y las Órdenes Mendicantes llegaron al norte de África, a Oriente Medio y al norte de Europa. Con esta flexibilidad se renovó el dinamismo misionero.

Otro gran desafío eran las transformaciones culturales que estaban teniendo lugar en ese periodo. Nuevas cuestiones avivaban el debate en las universidades, que nacieron a finales del siglo XII. Frailes Menores y Predicadores no dudaron en asumir también esta tarea y, como estudiantes y profesores, entraron en las universidades más famosas de su tiempo, erigieron centros de estudio, produjeron textos de gran valor, dieron vida a auténticas escuelas de pensamiento, fueron protagonistas de la teología escolástica en su mejor período e influyeron significativamente en el desarrollo del pensamiento. 
Los más grandes pensadores, santo Tomás de Aquino y san Buenaventura, eran mendicantes, trabajando precisamente con este dinamismo de la nueva evangelización, que renovó también la valentía del pensamiento, del diálogo entre razón y fe.

También hoy hay una "caridad de la verdad y en la verdad", una "caridad intelectual" que ejercer, para iluminar las inteligencias y conjugar la fe con la cultura. El empeño puesto por los Franciscanos y los Dominicos en las universidades medievales es una invitación, queridos fieles, a hacerse presentes en los lugares de elaboración del saber, para proponer, con respeto y convicción, la luz del Evangelio sobre las cuestiones fundamentales que afectan al hombre, su dignidad, su destino eterno. Pensando en el papel de los Franciscanos y de los Dominicos en la Edad Media, en la renovación espiritual que suscitaron, en el soplo de vida nueva que infundieron en el mundo, un monje dijo:  "En aquel tiempo el mundo envejecía. Pero en la Iglesia surgieron dos Órdenes, que renovaron su juventud, como la de un águila" (Burchard d'Ursperg, Chronicon).

Queridos hermanos y hermanas, precisamente al inicio de este año invoquemos al Espíritu Santo, eterna juventud de la Iglesia: que él haga que cada uno sienta la urgencia de dar un testimonio coherente y valiente del Evangelio, para que nunca falten santos, que hagan resplandecer a la Iglesia como esposa siempre pura y bella, sin mancha y sin arruga, capaz de atraer irresistiblemente el mundo hacia Cristo, hacia su salvación.

martes, 4 de octubre de 2016

Francisco y el retorno al evangelio, por el P. Raniero Cantalamessa, OFMCap.



¿Si no quiso ser un reformador entonces qué quiso ser Francisco? También sobre esto contamos con la suerte de tener un testimonio directo de Francisco en su Testamento:

«Y después que el Señor me dio hermanos, nadie me mostraba qué debía hacer, sino que el Altísimo mismo me reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio. Y yo lo hice escribir en pocas palabras y sencillamente y el señor papa me lo confirmó».

Este fragmento alude al momento en el cual, durante una misa, escuchó la frase del Evangelio donde Jesús envía a sus discípulos: «Les mando anunciar el reino de Dios y a curar a los enfermos. Y le dijo: «No lleves nada para el viaje: ni bastón, ni bolsa, ni pan, ni dinero, y no tengáis una túnica de recambio». (Lc 9,2-3)[1].

Fue una revelación fulgurante de esas que orienta toda una vida. Desde aquel día fue clara su misión: un regreso simple y radical al evangelio real, el que vivió y predicó Jesús. Recuperar en el mundo la forma y estilo de vida de Jesús y de los apóstoles descrito en los evangelios. Escribiendo la regla para sus hermanos iniciará así: «La regla y la vida de los frailes menores es esta, o sea observar el santo Evangelio del Señor nuestro Jesucristo».

Francisco teorizó este descubrimiento suyo, haciendo el programa para la reforma de la iglesia. Él realizó en sí la reforma y con ello indicó tácitamente a la iglesia la única vía para salir de la crisis: acercarse nuevamente al evangelio y a los hombres, en particular, a los pobres y humildes.

Este retorno al evangelio se refleja sobre todo en la predicación de Francisco. Es sorprendente pero todos lo han notado: el Pobrecillo habla casi siempre de «hacer penitencia». A partir de entonces, narra el Celano, con gran fervor y exultación comenzó a predicar la penitencia, edificando a todos con la simplicidad de su palabra y la magnificencia de su corazón. Adonde iba Francisco decía, recomendaba, suplicaba que hicieran penitencia.

¿Qué quería decir Francisco con esta palabra que amaba tanto? Sobre esto hemos caído (al menos yo he caído por mucho tiempo) en un error. Hemos reducido el mensaje de Francisco a una simple exhortación moral, a un golpearse el pecho, a afligirse y mortificarse para expiar los pecados, mientras esto es mucho mas profundo y tiene toda la novedad del Evangelio de Cristo. Francisco no exhortaba a hacer «penitencias», sino a hacer «penitencia» (¡en singular!) que, como veremos, es otra cosa.

El Pobrecillo, salvo los pocos casos que conocemos, escribía en latín. Y qué encontramos en el texto latino de su Testamento, cuando escribe: «El Señor me dio, de esta manera, a mí el hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia». Encontramos la expresión «poenitentiam agere». A él se sabe, le gustaba expresarse con las mismas palabras de Jesús. Y aquella palabra – hacer penitencia– es la palabra con la cual Jesús inició a predicar y que repetía en cada ciudad y pueblo al que iba.

«Después que Juan fue puesto en la prisión Jesús fue a Galilea, predicando el evangelio de Dios y diciendo: El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca , convertíos y creed en el evangelio» (Mc 1,15).

La palabra que hoy se traduce por «convertíos» o «arrepentíos», en el texto de la Vulgata usado por el Pobrecillo, sonaba «poenitemini» y en Hechos 2, 37 aún más literalmente «poenitentiam agite», hagan penitencia. Francisco no hizo otra cosa que relanzar la gran llamada a la conversión con la cual se abre la predicación de Jesús en el Evangelio y la de los apóstoles en el día de Pentecostés. Lo que él quería decir con «conversión» no necesitaba que se lo explique: su vida entera lo mostraba.

Francisco hizo en su momento aquello que en la época del concilio Vaticano II se entendía con la frase «abatir los bastiones»: Romper el aislamiento de la iglesia, llevarla nuevamente al contacto con la gente. Uno de los factores de oscurecimiento del Evangelio era la transformación de la autoridad entendida como servicio y la autoridad entendida como poder, lo que había producido infinitos conflictos dentro y fuera de la Iglesia. Francisco por su parte resuelve el problema en sentido evangélico. En su orden los superiores se llamarán ministros o sea siervos, y todos los otros frailes, o sea hermanos.

Otro muro de separación entre la Iglesia y el pueblo era la ciencia y la cultura de la cual el clero y los monjes tenían en práctica el monopolio. Francisco lo sabe y por lo tanto toma la drástica posición que sabemos sobre este punto. El no está contra la ciencia-conocimiento, sino contra la ciencia-poder, aquella que privilegia a quien sabe leer sobre quien no sabe leer y le permite mandar con alteridad al hermano: «¡Traedme el breviario!». Durante el famoso capítulo de las esteras, en el cual algunos de sus hermanos querían empujarlo a adecuarse a la actitud de las órdenes cultas del tiempo, responde con palabras de fuego que dejan a los frailes llenos de temor:

«Hermanos, hermanos míos, Dios me ha llamado a caminar en la vía de la simplicidad y me la ha mostrado. No quiero por lo tanto que me nombren otras reglas, ni la de San Agustín, ni la de San Bernardo o de San Benedicto. El señor me ha revelado cuál es su querer, que sea un loco en el mundo: esta es la ciencia a la cual Dios quiere que nos dediquemos. Él les confundirá por medio de vuestra misma ciencia».[2]

Siempre la misma actitud coherente. Él quiere para sí y para sus hermanos la pobreza más rígida, pero en la Regla escribe: «Amonesto y exhorto a todos ellos a que no desprecien ni juzguen a quienes ven que se visten de prendas muelles y de colores y que toman manjares y bebidas exquisitos; al contrario, cada uno júzguese y despréciese a sí mismo».[3]

Elige ser un iletrado, pero no condena la ciencia. Una vez que se ha asegurado de que la ciencia no extingue «el espíritu de la santa oración y devoción», será él mismo el que permita a Fray Antonio (el futuro santo Antonio de Padua) que se dedique a la enseñanza de la teología y san Buenaventura no creerá que traiciona el espíritu del fundador, abriendo la orden a los estudios en las grandes universidades.

Yves Congar ve en esto una de las condiciones esenciales para la «verdadera reforma» en la Iglesia, la reforma, es decir, que se mantiene como tal y no se transforma en cisma: a saber la capacidad de no absolutizar la propia intuición, sino permanecer solidariamente con el todo que es la Iglesia.[4] La convicción, dice el papa Francisco, en su exhortación apostólica Evangelii gaudium, que «el todo es superior a la parte».

Raniero Cantalamessa, ofmcap. es predicador de la Casa Pontificia
NOTAS:
[1] Leyenda de los tres compañeros, VIII.
[2] Leyenda Perusina 114.
[3] Segunda Regla, cap. II.
[4] Congar, op. cit. pp. 177 ss.

Francisco y la reforma de la Iglesia, por el P. Raniero Cantalamessa, OFM



¿Cómo ocurrió que de un acontecimiento tan íntimo y personal como fue la conversión del joven Francisco, comience un movimiento que cambió en su tiempo el rostro de la Iglesia y ha influido tan fuertemente en la historia, hasta nuestros días?

Es necesario mirar la situación de aquel tiempo. En la época de Francisco la reforma de la Iglesia era una exigencia advertida más o menos por todos. El cuerpo de la Iglesia vivía tensiones profundas.

Por una parte estaba la Iglesia institucional –papa, obispos, alto clero– desgastada por sus continuos conflictos y por sus estrechas alianzas con el imperio. Una Iglesia percibida como lejana, comprometida en asuntos demasiado más allá de los intereses de la gente. Estaban además las grandes órdenes religiosas, a menudo prósperas por cultura y espiritualidad después de las varias reformas del siglo XI, entre éstas la Cisterciense, pero identificadas con grandes propietarios de terrenos, los feudales del tiempo, cercanos y al mismo tiempo lejanos, por problemas y niveles de vida, del pueblo común.

Había también fuertes tensiones que cada uno buscaba aprovechar para su propio beneficio. La jerarquía buscaba responder a estas tensiones mejorando la propia organización y reprimiendo los abusos, tanto en su interior (lucha contra la simonía y el concubinato de los sacerdotes) como en el exterior, en la sociedad. Los grupos hostiles intentaban sin embargo hacer explotar las tensiones, radicalizando el contraste con la jerarquía dando origen a movimientos más o menos cismáticos. Todos izaban contra la Iglesia el ideal de la pobreza y sencillez evangélica haciendo de esto un arma polémica, más que un ideal espiritual para vivir en la humildad, llegando a poner en discusión también el ministerio ordenado de la Iglesia, el sacerdocio y el papado.

Estamos acostumbrados a ver a Francisco como el hombre providencial que capta estas demandas populares de renovación, las libera de cualquier carga polémica y las pone en práctica en la Iglesia en profunda comunión y sometida a esta. Francisco es, por tanto, como una especie de mediador entre los heréticos rebeldes y la Iglesia institucional. En un conocido manual de historia de la Iglesia así se presenta su misión:

«Dado que la riqueza y el poder de la Iglesia aparecían con frecuencia como una fuente de males graves y los herejes de la época aprovechaban este argumento como una de las principales acusaciones contra ella, en algunas almas piadosas se despertó el noble deseo de restaurar la vida pobre de Jesús y de la Iglesia primitiva, para poder así influir de manera más efectiva en el pueblo con la palabra y con el ejemplo» [1].

Entre estas almas es colocada en primer lugar, junto con santo Domingo, Francisco de Asís. El historiador protestante Paul Sabatier ha vuelto casi canónica entre los historiadores y no solamente entre laicos y protestantes, la tesis según la cual el cardenal Ugolino (el futuro Gregorio IX) habría querido capturar a Francisco para la Curia, neutralizando la carga crítica y revolucionaria de su movimiento. Es decir, se intenta hacer de Francisco un precursor de Lutero, o sea un reformador por la vía de la crítica y no por la vía de la santidad.

No se si esta intención se pueda atribuir a alguien de los grandes protectores y amigos de Francisco. Me parece difícil atribuirla al cardenal Ugolino y aún menos a Inocencio III, del que es conocida la acción reformadora y el apoyo dado a las diversas formas nuevas de vida espiritual que nacieron en su tiempo, incluidos los frailes menores, los dominicos, los humillados milaneses. Una cosa es segura: aquella intención nunca había rozado la mente de Francisco. Él no pensó nunca haber sido llamado a reformar la Iglesia

Hay que tener cuidado de no sacar conclusiones equivocadas de las famosas palabras del Crucifico de San Damián. «Ve Francisco y repara mi Iglesia, que como ves se está cayendo a pedazos». Las fuentes mismas nos aseguran que él entendía estas palabras en el sentido modesto de tener que reparar materialmente la iglesita de San Damián. Fueron los discípulos y biógrafos que interpretaron –y es necesario decirlo, de manera correcta– estas palabras como referidas a la Iglesia institución y no sólo a la iglesia edificio. Él se quedó siempre en la interpretación literaria y de hecho siguió reparando otras iglesitas de los alrededores de Asís que estaban en ruinas.

También el sueño en el cual Inocencio III habría visto al Pobrecillo sostener con su hombro la iglesia tambaleante del Laterano no agrega nada nuevo. Suponiendo que el hecho sea histórico (un episodio análogo se narra también sobre santo Domingo), el sueño fue del papa y no de Francisco. Él nunca se vio como lo vemos nosotros hoy en el fresco del Giotto. Esto significa ser reformador por la vía de la santidad, serlo sin saberlo.

Raniero Cantalamessa, ofmcap. es predicador de la Casa Pontificia
NOTAS:
[1] Bihhmeyer – Tuckle, II, p. 239.

sábado, 17 de octubre de 2015

El Papa asegura que el camino de la sinodalidad es el que Dios se espera de la Iglesia


En un Iglesia sinodal, el Sínodo de los Obispos es la manifestación más evidente de un dinamismo de comunión que inspira todas las decisiones eclesiales. Lo ha recordado el papa Francisco en el discurso que ha pronunciado durante la ceremonia de conmemoración del 50ª aniversario del Sínodo de los Obispos, que ha tenido lugar esta mañana en el Aula Pablo VI.

El Santo Padre aseguró que el mundo en el que vivimos, y que estamos llamados a amar y a servir también en sus contradicciones, “exige de la Iglesia el fortalecimiento de las sinergias en todos los ámbitos de su misión”. Precisamente --indicó-- el camino de la sinodalidad es el camino que Dios se espera de la Iglesia del tercer milenio.

Lo que el Señor nos pide, en un cierto sentido, está ya todo incluido en la palabra Sínodo. Caminar juntos --laicos, pastores, Obispo de Roma-- es un concepto fácil de expresar en palabras, pero no tan fácil de poner en práctica, advirtió.

Reconociendo el propio “olfato” del Rebaño para discernir los nuevos caminos que el Señor abre a la Iglesia, el Papa aseguró que esta convicción le guió cuando quiso que el Pueblo de Dios fuera consultado en la preparación de la doble cita sinodal sobre la familia. ¿Pero cómo habría sido posible hablar de familia sin interpelar a las familias, escuchando sus alegrías y sus esperanzas, sus dolores y sus angustias? Se preguntó Francisco.

Además, quiso subrayar que una Iglesia sinodal “es una Iglesia de la escucha, en la conciencia de que escuchar ‘es más que oír’”. El Papa explicó que el camino sinodal “empieza escuchando al Pueblo”, prosigue “escuchando a los Pastores”  y finalmente “culmina en la escucha del Obispo de Roma, llamado a pronunciarse como Pastor y Doctor de todos los cristianos”,  pero “no a partir de sus convicciones personales”.

Es más, indicó que el hecho de que el Sínodo actúe siempre cum Petro et sub Petro -con Pedro y bajo Pedro- no es una limitación de la libertad, sino una garantía de la unidad.

Por otro lado, el Santo Padre indicó que “la sinodalidad, como dimensión constitutiva de la Iglesia, nos ofrece el marco interpretativo más adecuado para comprender el mismo ministerio jerárquico”.

El Pontífice recordó que “para los discípulos de Jesús, ayer, hoy y siempre, la única autoridad es la autoridad del servicio, el único poder es el poder de la cruz”. Del mismo modo, subrayó que el primer nivel del ejercicio de la sinodalidad se realiza en las Iglesias particulares –haciendo referencia al Sínodo diocesano y los organismos de comunión– aseguró que solamente en la medida en la que estos organismos permanecen conectados con el “bajo” y parten de la gente, de los problemas de cada día, puede comenzar a tomar una forma de Iglesia sinodal.

El Papa precisó que el segundo nivel es el de las Provincias y las Regiones Eclesiásticas, de los Concilios Particulares y de forma especial de las Conferencias Episcopales. Al respecto, el Santo Padre indicó que “debemos reflexionar para realizar aún más, a través de estos organismos, las instancias intermedias de la colegialidad, quizá integrando y actualizando algunos aspectos del antiguo orden eclesiástico”.

Y así, recordó que el último nivel es el de la Iglesia universal. “Aquí el Sínodo de los Obispos, representado el episcopado católico, se convierte en expresión de la colegialidad episcopal dentro de una iglesia sinodal”, explicó.

También aseguró que “el compromiso de edificar una Iglesia sinodal –misión a la cual estamos todos llamados, cada uno en el rol que el Señor le confía– está cargado de implicaciones ecuménicas”. Y añadió que está convencido de que, en una Iglesia sinodal, también el ejercicio del primado petrino podrá recibir mayor luz. “El Papa no está solo, por encima de la Iglesia; sino dentro de ella como Bautizado entre Bautizados y dentro del Colegio episcopal como Obispo entre los Obispos, llamado al mismo tiempo –como sucesor del apóstol Pedro– a guiar la Iglesia de Roma que preside en el amor a todas las Iglesias”.

Asimismo, reiteró la necesidad y la urgencia de pensar en “una conversión del papado” mientras citaba unas palabras de su predecesor Juan Pablo II en la encíclica Ut Unum Sint: “Estoy convencido de tener al respecto una responsabilidad particular, sobre todo al constatar la aspiración ecuménica de la mayor parte de las Comunidades cristianas y al escuchar la petición que se me dirige de encontrar una forma de ejercicio del primado que, sin renunciar de ningún modo a lo esencial de su misión, se abra a una situación nueva”.            

Para finalizar, aseguró que nuestra mirada se extiende también a la humanidad. “Una Iglesia sinodal es como estandarte alzado entre las naciones de una forma que --aun invocando participación, solidaridad y transparencia en la administración de lo público-- entrega a menudo el destino de poblaciones enteras en las manos codiciosas de pequeños grupos de poder”, advirtió en su discurso.

Como Iglesia que “camina junto” a los hombres, partícipe de las tribulaciones de la historia, cultivamos el sueño que el descubrimiento de la dignidad inviolable de los pueblos y de la función de servicio de la autoridad podrán ayudar también a la sociedad civil a edificarse en la justicia y en la fraternidad, generando un mundo más bello y más digno del hombre para las generaciones que vendrán después.

Fuente: zenit.org

viernes, 29 de noviembre de 2013

La alegría del Evangelio, en L’Osservatore Romano



Conversión pastoral y misionera de la Iglesia

El Papa Francisco tiene «un sueño». El de una Iglesia encaminada sin demora por el camino «de una conversión pastoral y misionera»: una actitud personal y comunitaria «capaz de transformar» en lo profundo costumbres, estilos, lenguajes, estructuras, orientándolos hacia la evangelización más bien que hacia «la autopreservación».

Ese «sueño» está en el centro de la exhortación apostólica Evangelii gaudium, presentada el martes 26 de noviembre, en la Sala de prensa de la Santa Sede. Un documento de 224 páginas, en cinco capítulos, que recoge los frutos del Sínodo de los obispos sobre «La nueva evangelización para la transmisión de la fe» que tuvo lugar en el Vaticano del 7 al 28 de octubre de 2012. Pero es evidente que la intención del Pontífice va más allá de la sencilla recepción de las indicaciones de los padres sinodales. Porque lo que se ofrece a toda la comunidad cristiana es un texto denso y arduo, que —subrayado de no poco valor— «tiene un sentido programático y consecuencias importantes».

«Quiero dirigirme a los fieles cristianos —escribe el Papa Francisco— para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por esa alegría, e indicar caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años». Al Pontífice le interesa que cada bautizado lleve a los demás con nuevo dinamismo el amor de Jesús, viviendo en «estado permanente de misión».

Esta invitación a «recuperar la frescura original del Evangelio» implica a todo fiel, porque «el sueño misionero» del Obispo de Roma es «llegar a todos». Y «dado que estoy llamado a vivir lo que pido a los demás —puntualiza— también debo pensar en una conversión del papado», para que lo haga «más fiel al sentido que Jesucristo quiso darle y a las necesidades actuales de la evangelización». Es necesaria, en este sentido, «una saludable descentralización», orientada también a un estatuto de las Conferencias episcopales «que las conciba como sujetos de atribuciones concretas, incluyendo también alguna auténtica autoridad doctrinal». En todo caso, no hay que tener miedo de rever costumbres de la Iglesia «no directamente ligadas al núcleo del Evangelio», incluso en el caso de que resultasen «muy arraigadas a lo largo de la historia». El llamamiento es a ser siempre «libres y creativos», abandonando una vez por todas «el cómodo criterio pastoral del “siempre se ha hecho así”».

"En la predicación hay que evitar algunos acentos doctrinales o morales que oscurecen 
el mensaje de amor del Evangelio"

A partir de este prefacio el documento propone las líneas de un itinerario donde se encuentran muchos de los temas más apreciados por el magisterio pastoral del Papa Bergoglio. Entre estos, la invitación a redescubrir la misericordia como «la más grande de las virtudes», evitando que en la predicación «algunos acentos doctrinales o morales»  que oscurezcan excesivamente el mensaje de amor del Evangelio. Y la necesidad de abrir las puertas de la Iglesia para «salir hacia los demás» y llegar a «las periferias humanas» de nuestro tiempo.

Fuerte es el juicio del Pontífice sobre los actuales órdenes económico-financieros mundiales, que multiplican desigualdades y exclusión social: «esa economía mata» denuncia, apuntando nuevamente el dedo contra «la cultura del descarte» y «la idolatría del dinero». No por casualidad todo un capítulo se detiene en la «dimensión social de la evangelización», con penetrantes subrayados sobre la necesidad del desarrollo integral de los más necesitados —«para la Iglesia la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica», recuerda— y de la promoción del diálogo y de la paz.

El núcelo central del documento está dedicado expresamente a quienes en la Iglesia trabajan al servicio del anuncio evangélico. Para destacar en ello potencialidad e iniciativa, pero también alertar sobre las «tentaciones» recurrentes de la «acedia egoísta», del «pesimismo estéril», de la «mundanidad espiritual». En este sentido, gran importancia el Papa atribuye a la «fuerza evangelizadora de la piedad popular» y a la atención de la predicación por parte de los sacerdotes.

jueves, 28 de noviembre de 2013

La Alegría del Evangelio, n. 27: Opción misionera y reforma de la Iglesia

La Alegría del Evangelio 
(Exhortación Apostólica del papa Francisco)
24 de noviembre, 2013

Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación. La reforma de estructuras que exige la conversión pastoral sólo puede entenderse en este sentido: procurar que todas ellas se vuelvan más misioneras, que la pastoral ordinaria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta, que coloque a los agentes pastorales en constante actitud de salida y favorezca así la respuesta positiva de todos aquellos a quienes Jesús convoca a su amistad. Como decía Juan Pablo II a los Obispos de Oceanía, «toda renovación en el seno de la Iglesia debe tender a la misión como objetivo para no caer presa de una especie de introversión eclesial»

lunes, 28 de mayo de 2012

REFORMA DE LA IGLESIA/ La reforma debe venir desde dentro


Monseñor Juan del Río Martín
Arzobispo castrense de España,
Solemnidad de Pentecostés (2012)

La solemnidad de Pentecostés nos recuerda, año tras año, el envío del Espíritu Santo sobre los apóstoles y primeros discípulos de Jesús. Ese acontecimiento constituye la fuerza y el "alma" que impulsa permanente el peregrinar evangelizador de la Iglesia. Este nuevo pueblo de Dios no surgió por consensos humanos, ni por el impulso de una mística ideológica, como tampoco fue fruto de privilegios de raza o nación. Su origen está en la cruz, en el costado abierto de su Señor.

Ella es, ante todo, el misterio del amor de Dios a los hombres. Es el cuerpo de Cristo encarnado en la historia, que camina entre "consolaciones divinas y persecuciones de los hombres" (s. Agustín), hasta que vuelva su Redentor. Por eso mismo la Iglesia es visible y espiritual, divina y humana, santa y compuesta de pecadores. Su ser y misión se descubren únicamente desde el amor que nace de la fe en Jesucristo, Hijo de Dios vivo. Cuando falta este anhelo, todo queda reducido a mera estructura de poder. Por eso, frente el déficit de eclesialidad que sufrimos en el catolicismo, hace falta intensificar el amor y la pasión por la Iglesia, el sentirse orgulloso de ser miembro de ese cuerpo, de vivir y morir como un hijo en el seno de esta Santa Madre.

Nadie duda de que los tiempos que corren sean buenos. Nunca ha habido épocas ideales, siempre han existido"el trigo y la cizaña", los creyentes y los adversarios de la religión. En la actualidad, el cristianismo es la religión más perseguida del planeta. La Iglesia Católica sufre en su carne, en tantos países, el desprecio de su derecho a la libertad religiosa, llegando en algunos casos a producirse el triste fenómeno de la cristofobia.

Sin embargo, los enemigos no están únicamente fuera. También el "humus de Satanás" (Pablo VI) se ha filtrado en el seno de nuestras comunidades, produciendo una secularización de la vida cristiana, donde el disenso interno hace mella a todos los niveles. Se está tensando "la túnica inconsútil", y los extremismos de uno y otro signo quieren convertirse en paladines de la autenticidad. Mientras, los hostiles a la Iglesia se frotan las manos, viendo como los católicos se pelean entre sí. La gente sencilla, de fe, ve con asombro los escándalos de diversos tipos. La ignorancia religiosa crece día a día en todos los sectores. Diríamos en palabras del próximo nuevo Doctor de la Iglesia: "muchos son los frentes y muy gastada está la cristiandad" (S. Juan de Ávila).

Estas "turbulencias", internas y externas, que afronta la nave de Pedro sólo se superan recuperando la primacía de Dios en la vida de los cristianos, sobre todo a la hora de organizar las estructuras pastorales. Con razón dijo en su día el Cardenal Ratzinger: "lo que necesitamos no es una Iglesia más humana, sino una Iglesia más divina; sólo entonces será también verdaderamente humana". No se evangeliza acomodándose a la mentalidad del mundo, sino siendo luz, sal y fermento en medio de la sociedad que nos ha tocado vivir. El mero cambio de las organizaciones, sin la transformación de las personas, conduce a la predicación de un evangelio descafeinado y a una Iglesia sin solidez.

La verdadera reforma de la Iglesia es desde dentro hacia fuera. Nace de un corazón convertido a Jesucristo y de una mente bien formada. Los santos y los mártires son los artífices de la auténtica reforma. Si el sarmiento no está unido a la vid, no puede dar frutos, pero la Viña no es propiedad de aquéllos que se sienten seguros y poderosos, sino únicamente de Dios. Es Él quien en cada momento la cuida, la protege y manda obreros para que trabajen en ella. En estos tiempos de profundos cambios, el Señor no ha abandonado a su Iglesia. Ha puesto al frente de ella a Benedicto XVI, un Papa sabio y santo, que nos muestra dónde encontrar la Verdad y en qué consiste lo esencial de la fe en Jesucristo. Como ya dijo Jean Guitton hace muchos años: "la condición previa de esta nueva "reevangelización" es que sepamos qué es lo esencial de la fe católica… Nosotros, laicos, pedimos más que nunca a nuestros jefes espirituales que nos digan sin ambigüedades cuál es la fe, y por qué en caso de persecución habría que aceptar morir".

jueves, 4 de noviembre de 2010

Benedicto XVI propone el ejemplo de san Carlos Borromeo para empezar por uno mismo la necesaria reforma de la Iglesia

Benedicto XVI instó a reformar la Iglesia empezando por uno mismo y detalló unas indicaciones para llevar a cabo esta necesaria purificación proponiendo el ejemplo de san Carlos Borromeo.

Lo hizo en un mensaje dirigido al arzobispo de Milán, el cardenal Dionigi Tettamanzi, con motivo del cuarto centenario de la canonización del santo. “En tiempos oscurecidos por numerosas pruebas para la comunidad cristiana, con divisiones y confusiones doctrinales, con el empañamiento de la pureza de la fe y de las costumbres y con el mal ejemplo de varios ministros sagrados, Carlos Borromeo no se limitó a deplorar o a condenar, ni simplemente a auspiciar el cambio en los demás, sino que empezó a reformar su propia vida”, destacó el Papa.

En concreto, abandonó las riquezas y las comodidades y llenó su vida de oración, penitencia y dedicación amorosa a su pueblo, y vivió de manera heroica la pobreza, la humildad y la castidad, en un continuo camino de purificación ascética y de perfección cristiana. "Este santo “era consciente de que una reforma seria y creíble debía empezar precisamente por los pastores, para que tuviera efectos beneficiosos y duraderos en todos el Pueblo de Dios”.

ACCION DE REFORMA



“En esa acción de reforma supo recurrir a las fuentes tradicionales y siempre vivas de la santidad de la Iglesia católica”, continuó. Y enumeró esas fuentes:

- La centralidad de la Eucaristía.
- La espiritualidad de la cruz.
- Frecuentar los sacramentos.
- La Palabra de Dios meditada, leída e interpretada en la Tradición y el amor y devoción al Papa.

El Pontífice también subrayó que la conversión de cada miembro de la Iglesia a Dios es la “exigencia primera y más urgente en la Iglesia” en todas las épocas. Reconoció de nuevo que hoy la comunidad eclesial “se muestra necesitada de purificación y reforma” y que no le faltan “pruebas ni sufrimientos”.

Y en este sentido, auspició “que el ejemplo de san Carlos nos impulse a empezar siempre desde un serio compromiso de conversión personal y comunitaria, a transformar los corazones, creyendo con firme certeza en el poder de la oración y de la penitencia”.

De los presbíteros y diáconos, el Papa deseó especialmente “una fe limpia y una vida sobria y pura” y les instó a “a hacer de su vida un valiente camino de santidad, a no temer la exaltación de ese amor confiado en Cristo por el que el obispo Carlos estuvo dispuesto a olvidarse a sí mismo y a dejarlo todo”.

En su mensaje, Benedicto XVI destacó que “la extraordinaria obra de reforma que san Carlos realizó en las estructuras de la Iglesia” nacía de su vida santa y conformada cada vez más a Cristo. “Admirable fue su obra de guía del pueblo de Dios, de meticuloso legislador, de genial organizador”, señaló. También recordó que durante su episcopado, su diócesis “se sintió contagiada por una corriente de santidad que se propagó a todo el pueblo. “Donde existe la experiencia viva del amor, se revela el rostro profundo de Dios que nos atrae y nos hace suyos”, afirmó el Papa.

Benedicto XVI invitó a a hacer “de la Eucaristía el verdadero centro de nuestras comunidades” y concluyó su mensaje renovando su llamada a los jóvenes a la santidad: “Vosotros, queridos jóvenes, no sois sólo la esperanza de la Iglesia; ¡vosotros ya formáis parte de su presente! Y si tenéis la audacia de creer en la santidad, seréis el tesoro más grande de vuestra Iglesia ambrosiana, que se ha edificado sobre santos”.

Fuente: zenit.org