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viernes, 4 de octubre de 2024

5 de octubre: Santa Faustina Kowalska



Elena Faustina Kowaslka nació en la aldea de Glogoviec, en Swinice Varckie, Polonia, el 25 de agosto de 1905. Fue bautizada dos días después con el nombre de Elena Kowalska, en la Iglesia de San Casimiro.

Sus padres tuvieron 8 hijos (Elena es la tercera), a quienes criaron con mucha disciplina, siendo gran ejemplo de vida espiritual. A muy temprana edad, Elena fue llamada a hablar con el cielo. Una indicación de este hecho fue un sueño que ella tuvo a la edad de 5 años. Su madre recuerda que en esa época Elena dijo a su familia. “Yo estuve caminando de la mano de la Madre de Dios en un jardín precioso”.

Muchas veces, aún antes de los siete años, la niña se despertaba durante la noche y se sentaba en la cama. Su mamá veía que estaba rezando, y le decía que regresara a dormir o terminaría perdiendo la cabeza. “Oh, no madre”, Elena le contestaba, “mi ángel guardián me debe haber despertado para rezar.”

Elena tenía aproximadamente 9 años cuando se preparó para recibir los sacramentos de la Confesión y la Comunión en la Iglesia de San Casimiro. Su madre recuerda que antes de dejar la casa en el día de su primera comunión, Elena besó las manos de sus padres para demostrar su pena por haberles ofendido. Desde aquél entonces, se confesaba todas las semanas; cada vez rogaba a sus padres perdón, besándoles las manos, siguiendo una costumbre polaca. Esto lo hacía a pesar de que sus hermanos y hermanas no le imitaban.

Vocación

Elena ayudaba en la casa con los quehaceres de la cocina, ordeñando las vacas, y cuidando de sus hermanos. Empezó a asistir al colegio cuando tenía 12 años de edad, debido a que las escuelas en Polonia estaban cerradas durante la ocupación rusa. Solo pudo completar tres trimestres, cuando en la primavera de 1919, se notificó a todos los estudiantes mayores, que salieran del colegio para dar cabida a los niños menores.

A los 15 años comenzó a trabajar como empleada doméstica y de nuevo sintió muy fuertemente el llamado a la vocación religiosa, pero al hablar con sus padres negaron el permiso. Varias veces pidió permiso a sus padres para entrar al convento. La misma santa relata una de estas ocasiones en el diario:

“El decimoctavo año de mi vida, insistente pedido a mis padres el permiso para entrar en un convento; una categórica negativa de los padres. Después de esa negativa me entregué a las vanidades de la vida sin hacer caso alguno a la voz de la gracia, aunque mi alma en nada encontraba satisfacción. Las continuas llamadas de la gracia eran para mí un gran tormento, sin embargo intenté apagarlas con distracciones. Evitaba a Dios dentro de mí y con toda mi alma me inclinaba hacia las criaturas, pero la gracia divina venció en mi alma”.

Durante ese mismo año tuvo una experiencia que marcó su vida. Fue invitada a una fiesta junto con su hermana Josefina, en la ciudad de Lodz:

“Una vez, junto con una de mis hermanas fuimos a un baile. Cuando todos se divertían mucho, mi alma sufría tormentos interiores. En el momento en que empecé a bailar, de repente vi a Jesús junto a mí. A Jesús martirizado, despojado de sus vestiduras, cubierto de heridas, diciéndome: '¿Hasta cuándo me harás sufrir, hasta cuándo me engañarás?' En aquel momento dejaron de sonar los alegres tonos de la música, desapareció de mis ojos la compañía en que me encontraba, nos quedamos Jesús y yo. Me senté junto a mi querida hermana, disimulando lo que ocurrió en mi alma con un dolor de cabeza. Un momento después abandoné discretamente a la compañía y a mi hermana y fui a la catedral de San Estanislao Kostka. Estaba anocheciendo, había poca gente en la catedral. Sin hacer caso a lo que pasaba alrededor, me postré en cruz delante del Santísimo Sacramento, y pedí al Señor que se dignara hacerme conocer qué había de hacer en adelante. Entonces oí esas palabras: 'Ve inmediatamente a Varsovia, allí entrarás en un convento.' Me levanté de la oración, fui a casa y solucioné las cosas necesarias. Como pude, le confesé a mi hermana lo que había ocurrido, le dije que me despidiera de mis padres, y con un solo vestido, sin nada más, llegué a Varsovia.”

Pidió a la Santísima Virgen que la guiara y le dejara saber dónde dirigirse. Así llegó a la Iglesia de Santiago Apóstol en las afueras de Varsovia y, al finalizar las misas, habló con un sacerdote que la envió donde la Sra. Lipzye, una señora muy católica, y se hospedó con ella. Durante su estancia con la familia Lipzye visitó varios conventos pero todas las puertas le fueron cerradas. Pidiéndole al Señor que no la dejara sola, buscaba una respuesta a su oración, pero el Señor quería enseñarle que Él siempre responde a nuestras oraciones solo en su tiempo, no en el nuestro.

Santa Faustina se dirigió a las puertas de la Casa Madre de la Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de la Misericordia en la calle Zytnia, en Varsovia, donde la Madre general la interrogó. Madre Micaela le dijo que fuera a preguntarle al Señor de la casa si Él la aceptaba. Santa Faustina se dirigió a la capilla y le preguntó al Señor si la aceptaba y escuchó en su corazón: "Yo te acepto; tú estás en mi corazón". Ella se dirigió donde la madre general y le dijo lo que había oído, la madre repuso, "si el Señor te acepta yo también te acepto, esta es tu casa".

La pobreza de Faustina fue su peor obstáculo pues necesitaba recoger dinero para el ajuar. La superiora le sugirió que siguiera trabajando hasta completarlo. Trabajó un año como doméstica para reunir todo el dinero. Durante ese tiempo tuvo muchos retos y obstáculos, pero se mantuvo firme en su decisión, y durante la Octava de Corpus Christi, el 25 de julio de 1925, hizo un voto de castidad perpetua al Señor.

Postulantado

El 2 de agosto de 1925, fiesta de Nuestra Señora de los Ángeles, entró en la Congregación como postulante. Pocas semanas después de haber entrado tuvo la tentación de irse del convento. Fue en busca de la madre superiora y al no encontrarla se fue a su celda. Estando en su cuarto tuvo una visión de Jesús, con su rostro destrozado y cubierto de llagas. Ella le preguntó "¿Jesús quién te ha herido tanto?" Jesús le contestó: "Esto es el dolor que me causarías si te vas de este convento. Es aquí donde te he llamado y no a otro; y tengo preparadas para ti muchas gracias." Ella comprendió que Dios realmente la quería ahí y a la mañana siguiente confesó a su director espiritual lo que le había ocurrido. Él le confirmó que realmente Dios la quería ahí.

Como postulante se familiarizó en sus ejercicios espirituales. Fue encargada de la cocina, de limpiar el cuarto de la madre Barkiewez y de cuidarla durante su enfermedad. A causa de sus conflictos interiores, su gran fervor espiritual, y el cambio de vida, la salud de santa Faustina empezó a decaer. Las superioras, alarmadas por el agotamiento que manifestaba, la enviaron a Skolimow, a la casa de descanso, en compañía de dos hermanas.

En los comienzos de 1926, fue enviada al noviciado en Józefów, en Cracovia-Lagiewniki, para terminar su postulantado y el 30 de abril tomó el hábito religioso como novicia y recibió su nombre de sor María Faustina. Durante la ceremonia le fue revelada la magnitud de sus sufrimientos futuros y a lo que se estaba comprometiendo. Esto duró poco, luego el Señor la llenó de una gran consolación. En este convento de Cracovia-Lagiewniki, Maria Faustina hizo su noviciado, pronunció sus primeros votos y los perpetuos, sirvió como cocinera, jardinera y portera, y pasó los últimos años de su vida terrenal.

En el transcurso de su noviciado un hecho que se conoce mucho es la historia de la escurrida de las papas. Debido a la gran debilidad que sufría, esta tarea se le dificultaba cada día más, entonces empezó a evadirla, pero al poco tiempo se empezó a notar. La madre superiora no comprendía que a pesar de su deseo, sor Faustina no podía hacerlo por su poca fuerza. Un día, cuando hizo su examen de conciencia se quejó al Señor de su debilidad. Escuchó estas palabras: "Desde hoy tendrás más facilidad, pues yo te fortaleceré". A la noche, confiada por lo que el Señor le había prometido, se apresuró a tomar la olla. La levantó con facilidad y la escurrió perfectamente. Cuando levantó la tapa para dejar salir el vapor, en vez de papas, ella vio ramos de rosas, las más hermosas que jamás hubiese visto. Tratando de comprender esta visión escuchó estas palabras: "Yo cambié tu trabajo tan duro en un ramillete de las más bellas flores, y su perfume sube a Mi Trono". Después de esto ella buscaba como hacer este trabajo diariamente aun cuando no le tocaba, porque comprendió que le agradaba al Señor.

Para quien la observara nada hubiera delatado su extraordinaria y rica vida mística. Cumplía sus deberes con fervor, observaba fielmente todas las reglas del convento, era recogida y piadosa, pero a la vez natural, y alegre, llena de amor benévolo y desinteresado al prójimo. Sus hermanas recuerdan que Faustina fue una grata compañía durante el noviciado y su conducta al orar provocaba en las otras novicias una gran reverencia a la majestad de Dios.

Toda su vida se concentraba en caminar con constancia hacia la cada vez más plena unión con Dios y en una abnegada colaboración con Jesús en la obra de la salvación de las almas. “Jesús mío - confeso en el diario – Tú sabes que desde los años más tempranos deseaba ser una gran santa, es decir, deseaba amarte con un amor tan grande como ningún alma Te amó hasta ahora”.

Durante su vida logró un alto grado de unión de su alma con Dios, pero también tuvo que esforzarse y luchar en duros combates en el camino hacia la perfección cristiana. El Señor la colmó de muchas gracias extraordinarias: los dones de contemplación y de profundo conocimiento del misterio de la Divina Misericordia, visiones, revelaciones, estigmas ocultos, los dones de profecía, de leer en las almas humanas, y desposorios místicos. Colmada de tantas gracias, escribió:

“Ni las gracias ni las revelaciones, ni los éxtasis, ni ningún otro don concedido al alma la hacen perfecta, sino la comunión interior del alma con Dios... Mi santidad y perfección consisten en una estrecha unión de mi voluntad con la voluntad de Dios."

La noche oscura del alma

Faustina sufrió la mayor parte de su noviciado constantes combates interiores. No podía meditar ni sentir la presencia de Dios. Sufrió fuertes tormentos y tentaciones, aún estando en la capilla. En más de una ocasión, estando en la Santa Misa, sintió que blasfemaba contra Dios, no sentía contento con nada. Hasta las verdades más simples sobre la fe le eran difícil de comprender.

Durante todo este tiempo Faustina no estuvo sola, tuvo la ayuda de su maestra de novicias, sor Joseph Brzoza quien veía en ella grandes gracias venidas de Dios. Aunque Faustina se sentía en ese momento totalmente abandonada por Dios, sor Joseph le decía: "Sepa querida hermana que Dios quiere tenerla bien cerca de El en el Cielo. Tenga gran confianza en Jesús."

Durante su tercer año de noviciado le fue revelado lo que era ser alma víctima. Anota ella en su diario: "El sufrir es una gracia grande; a través del sufrimiento el alma se hace como la del Salvador; en el sufrimiento el amor se cristaliza, mientras más grande el sufrimiento más puro el amor".

Sor Faustina se ofreció como víctima por los pecadores y con este propósito experimentó diversos sufrimientos para salvar las almas a través de ellos. Durante una hora particular de adoración, Dios le reveló a Faustina todo lo que ella tendría que sufrir: falsas acusaciones, la pérdida del buen nombre, y mucho más. Cuando la visión terminó, un sudor frío bañó su frente. Jesús le hizo saber que aún cuando ella no diere su consentimiento a esto, ella se salvaría y Él no disminuiría sus gracias y seguiría manteniendo una relación íntima con ella.

La generosidad de Dios no disminuiría para nada. Consciente de que todo el misterio dependía de ella, consintió libremente al sacrificio en completo uso de sus facultades. Luego escribió lo siguiente en su diario: “De repente, cuando había consentido a hacer el sacrificio con todo mi corazón y todo mi entendimiento; la presencia de Dios me cubrió, me parecía que me moría de amor a la vista de su mirada.”

Durante la Cuaresma de ese mismo año, 1933, experimentó en su propio cuerpo y corazón la Pasión del Señor, recibiendo invisiblemente los estigmas. Únicamente su confesor lo conoció. Ella lo narra así: "Un día durante la oración, vi una gran luz y de esta luz salían rayos que me envolvían completamente. De pronto sentí un dolor muy agudo en mis manos, en mis pies, y en mi costado, y sentí el dolor de la corona de espinas, pero esto fue sólo por un tiempo bien corto."

Tiempo más tarde, cuando Faustina se enfermó de tuberculosis, experimentó nuevamente los sufrimientos de la Pasión del Señor repitiéndose todos los Viernes y algunas veces cuando se encontraba con un alma que no estaba en estado de gracia. Aunque esto no era muy frecuente; los sufrimientos eran dolorosos y de corta duración, no los hubiera soportado sin una gracia especial de Dios.

Visión del purgatorio y el infierno

Mientras estaba en Skolimow, casi al final de su Postulantado, Faustina le preguntó al Señor por quién más debía orar y la noche siguiente tuvo esta visión. "Esa noche vi a mi ángel de la guarda, quien me pidió que lo siguiera. En un momento me vi en un lugar lleno de fuego y de almas sufrientes. Estaban orando fervientemente por sí mismas pero no era válido, solamente nosotras podemos ayudarlas. Las llamas que las quemaban no podían tocarme. Mi ángel de la guarda no me dejó sola ni un momento. Yo pregunté a las almas que es lo que más las hacía sufrir. Ellas me contestaron que era el sentirse abandonadas por Dios... Vi a nuestra Señora visitando a las almas del Purgatorio, la llamaban Estrella del Mar. Luego mi ángel guardián me pidió que regresáramos, al salir de esta prisión de sufrimiento, escuché la voz interior del Señor que decía: ‘Mi Misericordia no quiere esto, pero lo pide mi Justicia’".

Durante un retiro de ocho días en octubre de 1936, se le mostró a sor Faustina el abismo del infierno con sus varios tormentos, y por pedido de Jesús ella dejó una descripción de lo que se le permitió ver: "Hoy día fui llevada por un ángel al abismo del infierno. Es un sitio de gran tormento. ¡Cuán terriblemente grande y, extenso es! Las clases de torturas que vi:

La primera es la privación de Dios;
la segunda es el perpetuo remordimiento de conciencia;
la tercera es que la condición de uno nunca cambiará;
la cuarta es el fuego que penetra en el alma sin destruirla -un sufrimiento terrible, ya que es puramente fuego espiritual,-prendido por la ira de Dios.
La quinta es una oscuridad continua y un olor sofocante terrible. A pesar de la oscuridad, las almas de los condenados se ven entre ellos;
la sexta es la compañía constante de Satanás;
la séptima es una angustia horrible, odio a Dios, palabras indecentes y blasfemia.

Estos son los tormentos que sufren los condenados, pero no es el fin de los sufrimientos. Existen tormentos especiales destinados para almas en particular. Estos son los tormentos de los sentidos. Cada alma pasa por sufrimientos terribles e indescriptibles, relacionado con el tipo de pecado que ha cometido.

Existen cavernas y fosas de tortura donde cada forma de agonía difiere de la otra. Yo hubiera fallecido a cada vista de las torturas si la omnipotencia de Dios no me hubiera sostenido. Estoy escribiendo esto por orden de Dios, para que ninguna alma encuentre una excusa diciendo que no existe el infierno, o que nadie ha estado ahí y por lo tanto, nadie puede describirlo."

El Señor fue preparando de esta forma el corazón de santa Faustina para que por medio de su intercesión se salvaran muchas almas.

Visión del Cielo

El 27 de noviembre de 1936, cuando la debilidad la llevó a la cama, escribió la siguiente visión del cielo:

"Hoy día, estuve en el cielo en espíritu, y vi sus bellezas incomparables y la felicidad que nos espera para después de la muerte. Cómo todas las criaturas alaban y dan gracias a Dios sin cesar...Esta fuente de felicidad es invariable en su esencia, pero es siempre nueva, derramando felicidad para todas las criaturas. Dios me ha hecho entender que hay una cosa de un valor infinito a Sus ojos, y eso es, el amor a Dios; amor, amor y nuevamente amor, y nada puede compararse a un solo acto de amor a Dios.

Dios en su gran majestad, es adorado por los espíritus celestiales, de acuerdo a sus grados de gracias y jerarquías en que son divididas, no me causó temor ni susto; mi alma estaba llena de paz y amor; y mientras más conozco la grandeza de Dios, más me alegro de que Él sea El que es. Me regocijo inmensamente en Su grandeza y me alegro de que soy tan pequeña, ya que siendo tan pequeña, El me carga en Sus brazos y me aprieta a Su corazón".

Los siguientes años fueron un entrenamiento del Señor. Ella no sabía lo que Dios estaba haciendo en ella, pero su respuesta era firme e invariable: sí Señor, haz en mí tu voluntad. Algo que ella si veía en todo esto era que el Señor quería su obediencia. Santa Faustina siempre mantuvo una fuerte relación con Dios, sin saber de antemano el camino que Dios trazaba para ella.

Sus últimos días

En los últimos años de su vida aumentaron los sufrimiento interiores, la llamada noche pasiva del espíritu y las dolencias del cuerpo: se desarrolló la tuberculosis que atacó sus pulmones y sistema digestivo. A causa de ello dos veces fue internada en el hospital de Pradnik en Cracovia, por varios meses.

Extenuada físicamente por completo, pero plenamente adulta de espíritu y unida místicamente con Dios, falleció en olor de santidad, el 5 de octubre de 1938, a los 33 años, de los cuales 13 fueron vividos en el convento. Su funeral tuvo lugar dos días más tarde, en la Fiesta de Nuestra Señora del Rosario que aquel año fue primer viernes de mes. Su cuerpo fue sepultado en el cementerio de la Comunidad en Cracovia – Lagievniki, y luego, durante el proceso informativo en 1966, fue trasladado a la capilla.

Malentendidos y restablecimiento de la devoción

En el año 1935, Santa Faustina le escribió a su director espiritual:

"Llegará un momento en que esta obra que Dios tanto recomienda parecerá como [si fuera] en ruina completa, y entonces, la acción de Dios seguirá con gran poder, que dará testimonio de la verdad. Ella [la obra] será un nuevo esplendor para la Iglesia, aunque haya reposado en Ella desde hace mucho tiempo" (Diario 378).

De hecho, esto sí sucedió. El 6 de marzo de 1959, la Santa Sede, por información errónea que le fue presentada, prohibió "la divulgación de imagines y escritos que propagan la devoción a La Misericordia Divina en la manera propuesta por Santa Faustina". 

Como resultado, pasaron casi veinte años de silencio total. Entonces, el 15 de abril de 1978, la Santa Sede, tras un examen cuidadoso de algunos de los documentos originales previamente indisponibles, cambió totalmente su decisión y de nuevo permitió la práctica de La Devoción. El hombre primariamente responsable por la revocación de esta decisión fue el Cardenal Karol Wojtyla, el Arzobispo de Cracovia, diócesis en la que nació santa Faustina. 

El 16 de octubre de 1978, el mismo Cardenal Wojtyla fue elevado a la Sede de San Pedro bajo el título de "papa Juan Pablo II".

Proceso de Canonización

El 7 de marzo de 1992, se declararon "heroicas" las virtudes de sor Faustina; el 21 de diciembre de 1992, una curación por medio de su intercesión fue declarada "milagrosa"; y el 18 de abril de 1993, el papa Juan Pablo II tuvo el honor de declarar a la venerable sierva de Dios, sor Faustina Kowalska, "Beata".

En 1997 el papa Juan Pablo II hizo una peregrinación a la tumba de la beata Faustina en Polonia, le llamó "Gran apóstol de la Misericordia en nuestros días". El Papa dijo en su tumba "El mensaje de la Divina Misericordia siempre ha estado cerca de mi como algo muy querido..., en cierto sentido forma una imagen de mi pontificado."

El 10 de marzo del 2000, se anunció la fecha para la canonización después de ser aceptado el segundo milagro obtenido por su intercesión. El milagro fue la curación del Padre Pytel de una condición congénita del corazón, después de las oraciones hechas por miembros de la congregación de su parroquia el día del aniversario de la muerte de Santa Faustina, en Octubre 5 de 1995.

La Secretaria de la Misericordia de Dios fue elevada a los altares por el Santo Padre el 30 de abril del año 2000, el Domingo de la Divina Misericordia. Es la primera santa que fue canonizada en el año jubilar 2000 y en el milenio.

Al final de la Canonización de Santa Maria Faustina el Santo Padre declaró el segundo domingo de Pascua como el “Domingo de la Misericordia Divina”, estableciendo la Fiesta de la Divina Misericordia que Jesús tanto pedía a Santa Faustina. El Santo Padre dijo:

“En todo el mundo, el segundo domingo de Pascua recibirá el nombre de Domingo de la Divina Misericordia. Una invitación perenne para el mundo cristiano a afrontar, con confianza en la benevolencia divina, las dificultades y las pruebas que esperan al género humano en los años venideros”.

Y después de su visita a Polonia en junio del 2002, “para hacer que los fieles vivan con intensa piedad esta celebración, el mismo Sumo Pontífice ha establecido que el citado domingo se enriquezca con la indulgencia plenaria para que los fieles reciban con más abundancia el don de la consolación del Espíritu Santo, y cultiven así una creciente caridad hacia Dios y hacia el prójimo, y, una vez obtenido de Dios el perdón de sus pecados, ellos a su vez perdonen generosamente a sus hermanos.”

Fuente: Aciprensa


martes, 23 de julio de 2024

23 de julio: Santa Brígida, santa patrona de Europa, por Luis Antequera


Celebramos hoy a Santa Brígida de Siena, una de las tres santas mujeres a las que el también santo papa Juan Pablo II declaró patrona de Europa junto a Santa Catalina de Siena y a Teresa Benedicta de la Cruz el 1 de octubre del año 1999 mediante carta apostólica en forma motu proprio, engrosando así una nómina en la que ya militaban San Benito de Nursia y los hermanos San Cirilo y San Metodio.

Deja claro el papa el hecho de que la elección es personal: “El motivo que ha orientado específicamente mi opción por estas tres santas se halla en su vida misma”. Y destaca que se haya dirigido su elección hacia tres mujeres:

“Considero particularmente significativa la opción por esta santidad de rostro femenino, en el marco de la tendencia providencial que, en la Iglesia y en la sociedad de nuestro tiempo, se ha venido afirmando, con un reconocimiento cada vez más claro de la dignidad y de los dones propios de la mujer. En realidad, la Iglesia, desde sus albores, no ha dejado de reconocer el papel y la misión de la mujer, aun bajo la influencia, a veces, de los condicionamientos de una cultura que no siempre la tenía en la debida consideración”.

Por lo que hace a la que hoy festejamos, Brígida nace en Uppland 1303, en el seno de una aristocrática familia. Es su padre Birger Persson, gobernador de Uppland, pariente del rey y uno de los grandes terratenientes del país. Es su madre Ingeborg Bengtsdotter, a la que pierde a la temprana edad de doce años. Brígida recibe una piadosa educación que dirige su tía y que continuará toda su vida gracias al contacto con los hombres más importantes de su época y de su entorno, así el teólogo Nicolás Hermanni, después obispo de Linköping, así Matías, canónigo de Linköping, así Pedro de Alvastrâ o Pedro Magister, exhibiendo ya desde su infancia una acendrada religiosidad que le lleva a tener incluso apariciones. Tan pronto como a los trece años de edad, Brígida es unida en matrimonio con Ulf Gudmarsson, al que dará hasta ocho hijos, la cuarta de ellos nada menos que Santa Catalina de Suecia.

Trasladada a la corte de Magnus Eriksson, Brígida va a ejercer sobre el rey una gran influencia. Con unos cuarenta años, hace la peregrinación a Santiago de Compostela en compañía de su marido, que enferma durante la misma y morirá poco después, en 1344, en el monasterio cistercense de Alvastrâ en Gothland del este.

Una vez viuda, Brígida se da por entero a la vida religiosa. Se reiteran sus apariciones, entre las cuales la del mismísimo Jesucristo. Escribe las revelaciones que recibe, traducidas al latín por Matías Magister y el Prior Pedro. Y funda una congregación religiosa, las Brigitas u Orden del Santo Salvador, confirmada por el Papa Urbano V en 1370.

En 1349 viaja a Roma, donde va a residir ya hasta su muerte, no sin realizar una nueva peregrinación, esta vez a Tierra Santa, en 1373. A las gestiones de Brígida cabe atribuir buena parte del regreso del papado desde Avignon a Roma, en tiempos de Gregorio XI (1370-1378). 

Fallecida en 1373 a la edad de setenta años, Brígida no tardará en ser canonizada, cosa que lleva a cabo el 7 de octubre de 1391 el Papa Bonifacio IX.

Fuente: religionenlibertad.com

viernes, 14 de octubre de 2022

Teresa: vagamunda, mística y profeta (y 2), por Gema Juan



Seguimos recogiendo la sabiduría que se desprende del modo de vivir en el espíritu de Teresa de Jesús. De aquella mujer tildada de vagamunda e inquieta, que rompió un molde en el que no cabía y en el que –estaba convencida– no cabía el espíritu de Jesús, andariego como ella.

Místicos y profetas son dos identidades que nacen de la experiencia religiosa. Identidad entendida como un proceso vivo y siempre inacabado, como construcción de uno mismo. Por tanto, mística y profecía entendidas como progresiva transformación y no como algo estático.

Decía Carlos Domínguez que los místicos y los profetas tienen algo en común y es que «ambos son testigos de la irrupción de Otro que les trasciende y en cuyo contacto se transforman, modificando y estructurando su identidad personal». Y no solo eso, añadía que «ambos desencadenan por igual el recelo, la resistencia y el rechazo de quienes se relacionan con ellos».

De ambas identidades, es testigo Teresa de Jesús. Ella misma cuenta su profundo cambio ante la irrupción de Dios en su vida –característica mística–, el asalto amoroso que da un giro a su existencia. Y también confesará que ha recibido una palabra de Dios para comunicar, para crear algo nuevo –característica profética–. Teresa tiene certeza de que la renovación religiosa que emprende no es su obra, sino la obra de Dios a través de ella.

Teresa es mística por su honda experiencia, por ser buscadora de Dios, por vivir desde el hontanar. Y profeta por su inmersión en la iglesia y el mundo en que le toca vivir, provocando con sus acciones, que están destinadas a transformar la historia concreta en que se halla.

Se ganó a pulso el estar bajo sospecha y el ser mirada como rebelde, a pesar de su clara disposición para dar razón de su vida y de sus andanzas, y de ser una mujer amante de la iglesia, de la que se sentía hija y con vocación de fidelidad.

El solo hecho de poner en marcha un nuevo modo de vivir y de entender la relación con Dios y con los demás, marcado por la confianza, la transparencia y la igualdad, ya sería suficiente para estar en el punto de mira, porque desmontaba algunas ideas poco evangélicas que sostenían el entramado religioso de la época. Pero, además, Teresa no calló ante lo que le parecía mentira. No pudo o no quiso, o tal vez ambas cosas.

No calló ante el rey, nobles y gentes sometidas a la honra: a la necesidad de aparentar, de ser tenido en más y de prosperar sin miramiento. Decía que con Dios no se trataba así: puedo tratar como con amigo, aunque es Señor. Porque entiendo no es como los que acá tenemos por señores, que todo el señorío ponen en autoridades postizas. Y escribe, sin pudor, que a esos señores no les rodean quienes hablan verdades, sino quienes sostienen su mentira.

Destapó la falsa paz de la riqueza: si tienen bien lo que han menester y muchos dineros en el arca, como se guarden de hacer pecados graves, todo les parece está hecho. Gózanse de lo que tienen, dan una limosna de cuando en cuando; no miran que aquellos bienes no son suyos, sino que se los dio el Señor como a mayordomos suyos, para que partan a los pobres, y que les han de dar estrecha cuenta del tiempo que lo tienen sobrado en el arca, suspendido y entretenido a los pobres, si ellos están padeciendo.

Para una mujer que decía que orar es «estar con Él», no era admisible la pretensión de reducir la oración a ritos o a fórmulas hechas. Se levantó frente a quienes decían que bastaba eso y, sobre todo, que bastaba para las mujeres: ¿Qué es esto, cristianos, los que decís no es menester oración mental? ¿Entendéis os? Cierto, que pienso que no os entendéis, y así queréis desatinemos todos; ni sabéis cuál es oración mental, ni cómo se ha de rezar la vocal, ni qué es contemplación; porque si lo supieseis, no condenaríais por un cabo lo que alabáis por otro.

De igual manera, reaccionó a la corriente espiritual que invitaba a dejar de lado todo lo corpóreo… incluyendo la Humanidad de Cristo. El peligro no era pequeño, era apartarse del camino abierto por Jesús y de su manera de vivir. Teresa lo enfoca positivamente, sobre todo, mostrando el don que es Jesús: ¿Pensáis que es poco un tal amigo al lado?... es larga la vida y hay en ella muchos trabajos y hemos menester mirar a nuestro dechado, Cristo, cómo los pasó.

Reivindicó la capacidad de la mujer frente a los jueces del mundo, que como son hijos de Adán, y en fin, todos varones, no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa. Y animó a sus hermanas, dando argumentos, a no ceder ante las presiones de quienes decían que el camino espiritual no es para mujeres, que les podrán venir ilusiones, que mejor será que hilen, no han menester esas delicadezas…

Son solo algunas notas de la mujer profeta que habita en la mística Teresa y que, de nuevo, nos pregunta por nuestro modo de vivir en el Espíritu.

La palabra de Teresa nos proyecta hacia lo mejor de la experiencia auténtica de Dios: vivir de cara a los demás, como lo hace Él, buscando siempre el bien. Colaborar a que la verdad resplandezca, por un deseo anclado en Jesús, por la experiencia viva de que la verdad hace libres.


Autor: Gema Juan Herranz nació en Algemesí (Valencia) en 1970. Tiene estudios de Música y Farmacia. En 1991 entró en el monasterio de Carmelitas Descalzas de Puzol (Valencia). Ha sido priora y formadora entre sus hermanas. Ha colaborado con artículos y conferencias en diversas revistas de espiritualidad y foros, y en el libro de Cristianisme i justicia Mística y compromiso por la justicia. Con su comunidad, ha publicado una serie de antologías comentadas a las obras de santa Teresa: Una luz tan diferente, Juntos andemos, Comenzando siempre y Amor con amor.


SOBRE EL MISMO TEMA:


Teresa: vagamunda, mística y profeta (I), por Gema Juan



“Dicen que soy una vagamunda e inquieta”. Así le contaba Teresa de Jesús a un buen amigo lo que se decía de ella. Aludía, claramente, a unas palabras de Felipe Sega, nuncio en España de 1577 a 1581.

Felipe Sega llega a España cuando las fundaciones teresianas ya están muy avanzadas pero, al contrario que el nuncio anterior, no mira con buenos ojos el camino emprendido por Teresa. Lo que él había dicho de ella era lo siguiente:

“Fémina inquieta, andariega, desobediente y contumaz que a título de devoción inventaba malas doctrinas, andando fuera de la clausura, contra el orden del Concilio Tridentino, y prelados, enseñando como maestra, contra lo que san Pablo enseñó, mandando que las mujeres no enseñasen”.

Viniendo de un nuncio, no era ninguna tontería y Teresa se preocupó de sacar a luz la verdad: que no era desobediente ni andaba engañando. Más que por ella misma, por la causa, pues si andaba por los caminos fundando, si escribía, si enseñaba, era por sentir que era de Dios y no suya. Y por eso importaba aclarar la verdad: para que la obra de Dios no se perdiese.

A la vista de la actividad de Teresa, no resultan tan extrañas las palabras de Felipe Sega. De modo que, si no se saca a Teresa ni al nuncio de su contexto, ella se hace más grande y cercana. Podremos entrever, además, que aún hoy perdura algo de aquella visión misógina y reductora, y que la mística es más posible y fecunda de lo que solemos pensar.

Recorrer más de seis mil kilómetros, en las condiciones de aquella época –en las condiciones actuales, los kilómetros se multiplicarían. Comprar y vender casas, llevar la reforma material de las mismas. Tratar con grandes y pequeños, hombres y mujeres, gentes de iglesia y de mundo y hacerlo con tanta llaneza y deseo de bien como perspicacia.

Buscar compañeros, candidatos masculinos para la familia que acababa de fundar. Convertirse en su fundadora y formadora. Escribir libros, no solo para discernir su propio espíritu sino con la convicción de tener una palabra que decir, hasta comentar la Biblia ¡tan prohibido entonces!

Escribir, también, un sinfín de cartas: instruyendo, gobernando, acompañando, compartiendo, preocupándose… de las cuales guardamos apenas 500 y no son más que una muestra de la imponente actividad comunicativa de Teresa.

Si pensamos en una mujer del siglo XVI, monja además, hacer todo esto resulta sorprendente y hasta escandaloso para el corsé cultural del momento. Y parece comprensible que hubiera quienes no entendieran el camino que iniciaba Teresa y su forma de hacerlo.

Quizás lo más importante para nosotros ante esta Teresa, es recoger lo que se desprende de su modo de vivir en el espíritu: vagamundo para el nuncio y sus continuadores, místico y profético para la iglesia que iba a recoger su experiencia —iglesia que incluirá a quienes buscan la verdad sin reconocerla en Dios.

Teresa muestra un camino posible para la experiencia mística. Uno, consciente de que hay muchos caminos en este camino del espíritu. Y propone una experiencia no a pesar de las cosas que van sucediendo, sino a través de ellas, invita a gozar del cielo en la tierra.

El encuentro íntimo, la experiencia profunda, el acceso a ese otro mundo en este mundo, pide tiempo, inexcusablemente, requiere espacio y dedicación. Porque, como decía Juan de la Cruz no entendemos sino vías de carne y tiempo. Y para nosotros no hay mística que no se apoye en nuestra propia humanidad, que es carne y tiempo, y también circunstancia.

Pero es un camino que no se hace apartándose del raíl de la historia, ni en la sola quietud, ni en el replegarse. Se hace enfangándose en la espesura de lo cotidiano, en su vulgaridad también. Atendiendo a la necesidad próxima y distante, dedicando energías a resolver lo que la vida va trayendo, sean minucias o asuntos complejos. Los negocios y muchas cosas de las que hablaba Teresa, que decía: en ninguna manera dejéis de responder a su Majestad, aunque estéis ocupadas exteriormente.

A ella le llevó tiempo entender que era posible entre tanta barahúnda crecer el espíritu. Que se puede responder a su Majestad, gozar de estos toques de su amor, es decir, estar en contacto con lo más profundo y vivir la unión con Dios en todo, incluso en una actividad desbordante.

Escuchar hoy a Teresa, vagamunda y mística es entender así la experiencia mística: posible, real y comprometedora. Regaladora de una fuerza singular: la de la libertad del amor. Es comprender que lo más íntimo impulsa la actividad y la creatividad y crea la unidad. Es descubrir que Dios invita a recorrer un camino de solo amor, en el que su presencia se derrama y queda el alma con su Dios en aquel centro… atada por amor con Vos y Vos con ella.

Si ella está mucho con Él, como es razón, poco se debe de acordar de sí; toda la memoria se le va en cómo más contentarle, y en qué o por dónde mostrará el amor que le tiene. Para esto es la oración, hijas mías; de esto sirve este matrimonio espiritual: de que nazcan siempre obras, obras.



Autor: Gema Juan Herranz nació en Algemesí (Valencia) en 1970. Tiene estudios de Música y Farmacia. En 1991 entró en el monasterio de Carmelitas Descalzas de Puzol (Valencia). Ha sido priora y formadora entre sus hermanas. Ha colaborado con artículos y conferencias en diversas revistas de espiritualidad y foros, y en el libro de Cristianisme i justicia Mística y compromiso por la justicia. Con su comunidad, ha publicado una serie de antologías comentadas a las obras de santa Teresa: Una luz tan diferente, Juntos andemos, Comenzando siempre y Amor con amor.


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viernes, 15 de junio de 2012

MISTICA/ "La unión con Dios no aleja del mundo". Catequesis sobre la oración en las Cartas de San Pablo.

Benedicto XVI.
Audiencia General, Ciudad del Vaticano, miércoles 13 junio 2012.

Queridos hermanos y hermanas:

El encuentro diario con el Señor y la frecuencia a los sacramentos nos permiten abrir nuestra mente y nuestro corazón a su presencia, a sus palabras, a su acción.

La oración no es solamente el aliento del alma, sino, para usar una imagen, es también el oasis de paz en el que podemos sacar el agua que alimenta nuestra vida espiritual y transforma nuestra existencia. Y Dios nos atrae hacia sí, nos hace subir a la montaña de la santidad, para que estemos siempre más cerca de Él, ofreciéndonos a lo largo del camino luz y consuelo. Esta es la experiencia personal a la que san Pablo se refiere en el capítulo 12 de la Segunda Carta a los Corintios, en la que quiero detenerme hoy.

En contra de quien impugnaba la legitimidad de su apostolado, él no repasa tanto las comunidades que ha fundado, los kilómetros que ha recorrido; no se limita a recordar las dificultades y las oposiciones que ha enfrentado para anunciar el Evangelio, sino que señala su relación con el Señor, una relación tan intensa, también caracterizada de momentos de éxtasis, de contemplación profunda (cfr. 2 Cor. 12,1); por lo que no se jacta de lo que hizo, de su fuerza, de sus actividades y logros, sino de la acción que ha hecho Dios en él y a través de él.

Con gran moderación, cuenta el momento en que vive la experiencia particular de ser arrebatado hasta el cielo de Dios. Recuerda que catorce años antes del envío de la Carta "fue arrebatado –así dice–, hasta el tercer cielo" (v. 2).

Con el lenguaje y los modos con que cuenta lo que no se puede pronunciar, san Pablo habla del hecho incluso en tercera persona; afirma de un hombre raptado al "jardín" de Dios, en el paraíso. La contemplación es tan profunda e intensa, que el Apóstol no recuerda el contenido de la revelación recibida, pero tiene muy presente la fecha y las circunstancias en las que el Señor lo tomó totalmente, lo atrajo hacia sí, como lo había hecho en el camino de Damasco en el momento de su conversión (cf. Flp. 3,12).

San Pablo añade que, justamente, para no alzarse en soberbia por la grandeza de las revelaciones recibidas, él lleva sobre sí un "aguijón" (2 Cor. 12,7), un sufrimiento, y suplica al Resucitado de ser liberado del enviado del Diablo, de tal dolorosa espina en la carne.

Por tres veces, dice, oró fervientemente al Señor para que le quite esta prueba. Y es en esta situación que, en la profunda contemplación de Dios, durante la cual "oyó palabras inefables que no es permitido a nadie pronunciar" (v. 4), recibió respuesta a su súplica. El Resucitado le dirige una palabra clara y tranquilizadora: "Mi gracia te basta; que mi fuerza se realiza en la flaqueza" (v. 9).

El comentario de Pablo a estas palabras nos puede dejar sorprendidos, pero revela la forma en que él había entendido lo que significa realmente ser un apóstol del Evangelio. Exclama así: "Por tanto, con gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por eso me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones, y las angustias sufridas por Cristo; pues cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte" (v. 9b-10), es decir, no hace alarde de sus acciones, sino de la actividad de Cristo que actúa justamente en su debilidad.

Detengámonos ahora un momento en este hecho que se produjo durante los años en que san Pablo vivió en silencio y en contemplación, antes de comenzar a viajar al Occidente para anunciar a Cristo, porque esta actitud de profunda humildad y confianza frente a la manifestación de Dios, es fundamental también para nuestra oración y para nuestra vida, para nuestra relación con Dios y en nuestras debilidades.

En primer lugar, de cuáles debilidades habla el Apóstol? ¿Qué es este "aguijón" en la carne? No lo sabemos y no nos lo dice, pero su actitud nos hace comprender que todas las dificultades en el seguimiento de Cristo y en el testimonio de su Evangelio, puede ser superado abriéndose con confianza a la acción del Señor.

San Pablo es muy consciente de ser un "siervo inútil" (Lc. 17,10) –no es él quien ha hecho las grandes cosas, es el Señor–, un "vaso de barro" (2 Cor. 4,7), en el cual Dios pone la riqueza y el poder de su gracia.

En este momento de intensa oración contemplativa, san Pablo entiende claramente la forma de enfrentar y vivir cada hecho, sobretodo el sufrimiento, la dificultad, la persecución: cuando uno experimenta la propia debilidad, se manifiesta el poder de Dios, que no abandona, no te deja solo, sino que se convierte en apoyo y fuerza.

Por supuesto, Pablo hubiera preferido ser liberado de esta "espina", de este sufrimiento; pero Dios dice: "No, eso es para ti. Tendrás la gracia suficiente para resistir y hacer lo que debe hacerse". Esto también se aplica a nosotros. El Señor no nos libera de los males, más bien nos ayuda a madurar en los sufrimientos, en las dificultades, en las persecuciones.

La fe, por lo tanto, nos dice que si permanecemos en Dios, "mientras nuestro hombre exterior se va desmoronando –son muchas las dificultades–, el hombre interior se renueva, madura de día en día justamente en la prueba" (cfr. V. 16).

El Apóstol comunica a los cristianos de Corinto y también a nosotros que "el momentáneo, ligero peso de nuestra tribulación nos procura, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna" (v. 17).

En realidad, humanamente hablando, no era ligero el peso de las dificultades, era gravísimo; pero en comparación con el amor de Dios, con la grandeza del ser amados por Dios, es ligero, a sabiendas de que la cantidad de la gloria será incalculable. Así, en la medida en que crece nuestra unión con el Señor y se intensifica nuestra oración, también nosotros vamos a lo esencial y comprendemos que no es el poder de nuestros medios, de nuestras virtudes, de nuestras capacidades lo que realiza el Reino de Dios, sino es Dios que obra maravillas a través de nuestra debilidad, de nuestra insuficiencia a lo encomendado. Debemos, por tanto, tener la humildad para no confiar simplemente en nosotros mismos, sino de trabajar, con la ayuda del Señor, en la viña del Señor, confiándonos en Él como frágiles "vasos de barro".

San Pablo se refiere a dos revelaciones particulares que han cambiado radicalmente su vida. La primera –lo sabemos–, es la pregunta sobrecogedora en el camino de Damasco: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?" (Hch. 9,4), una pregunta que le llevó a descubrir y encontrar a Cristo vivo y presente, y a escuchar su llamado a ser apóstol del Evangelio.

La segunda son las palabras que el Señor le ha dirigido durante la experiencia de oración contemplativa sobre la que estábamos reflexionando: "Mi gracia te basta; que mi fuerza se realiza en la flaqueza".

Solo la fe, el confiar en la acción de Dios, en la bondad de Dios que no nos abandona, es la garantía de no trabajar en vano. Así la gracia del Señor ha sido la fuerza que acompañó a san Pablo en el enorme esfuerzo por difundir el Evangelio, y su corazón ha entrado en el corazón de Cristo, haciéndose capaz de dirigir a otros hacia Aquel que murió y resucitó por nosotros.

En la oración abrimos, por lo tanto, nuestro ánimo al Señor para que Él venga a habitar en nuestra debilidad, transformándola en fuerza para el Evangelio. Y es significativo también la palabra griega con que Pablo describe este habitar del Señor en su frágil humanidad; utiliza episkenoo, que podemos tomar como "poner su propia tienda". El Señor continúa poniendo su tienda en nosotros, en medio de nosotros: es el misterio de la Encarnación. El mismo Verbo divino, que vino a morar en nuestra humanidad, quiere vivir en nosotros, plantar en nosotros su tienda, para iluminar y transformar nuestra vida y el mundo.

La intensa contemplación de Dios experimentada por san Pablo recuerda aquella de los discípulos en el monte Tabor, cuando, viendo a Jesús transfigurarse y resplandecer de luz, Pedro le dijo: "Rabí, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías" (Mc. 9,5). "No sabía qué decir, porque estaban atemorizados", añade san Marcos (v. 6).

Contemplar al Señor es, al mismo tiempo, fascinante y tremendo: fascinante, porque nos atrae hacia él y rapta nuestro corazón hacia lo alto, llevándolo a su altura donde experimentamos la paz, la belleza de su amor; tremendo porque pone al descubierto nuestra debilidad humana, nuestra deficiencia, el esfuerzo para superar al Maligno que amenaza nuestras vidas, esa espina también clavada en nuestra carne.

En la oración, en la contemplación cotidiana del Señor, recibimos la fuerza del amor de Dios y sentimos que son verdaderas las palabras de san Pablo a los cristianos de Roma, donde está escrito: "Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni las potestades, ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro" (Rm. 8, 38-39).

En un mundo donde hay el riesgo de confiar únicamente en la eficiencia y el poder de los medios humanos, en este mundo estamos llamados a redescubrir y dar testimonio del poder de Dios que se comunica en la oración, con la que crecemos cada día en configurar nuestra vida a la de Cristo, el cual –como él mismo dice–, "fue crucificado en razón de su flaqueza, pero está vivo por la fuerza de Dios. Así también nosotros: somos débiles en él, pero viviremos con él por la fuerza de Dios sobre ustedes" (2 Cor. 13,4).

Queridos amigos, en el siglo pasado, Albert Schweitzer, teólogo protestante y premio Nobel de la Paz, afirmaba que "Pablo es un místico y nada más que un místico", en realidad un hombre verdaderamente enamorado de Cristo y tan unido a Él, hasta poder decir: Cristo vive en mí. La mística de san Pablo no se fundamenta solo sobre la base de los acontecimientos extraordinarios que experimentó, sino también en la cotidiana e intensa relación con el Señor, que siempre lo ha sostenido con su gracia.

La mística no lo ha alejado de la realidad, por el contrario, le dio la fuerza para vivir cada día para Cristo y para construir la Iglesia hasta el fin del mundo en ese momento. La unión con Dios no aleja del mundo, sino que nos da la fuerza para permanecer de tal modo, que se pueda hacer lo que se debe hacer en el mundo.

Incluso en nuestra vida de oración podemos, por lo tanto, tener momentos de especial intensidad, en los cuales quizás, sintamos más viva la presencia del Señor, pero es importante la constancia, la fidelidad en la relación con Dios, especialmente en las situaciones de aridez, de dificultad, de sufrimiento, de aparente ausencia de Dios.

Solo si estamos aferrados al amor de Cristo, estaremos en grado hacer frente a cualquier adversidad como Pablo, convencidos de que todo lo podemos en Aquel que nos fortalece (cf. Flp. 4,13). Así que, en la medida de que damos espacio a la oración, más veremos que nuestra vida cambiará y será animada por la fuerza concreta del amor de Dios.

Es lo que sucedió, por ejemplo, con la beata Madre Teresa de Calcuta, que en la contemplación de Jesús y, precisamente, también en tiempos de larga aridez encontraba la razón última y la fuerza increíble para reconocerlo en los pobres y en los abandonados, a pesar de su frágil figura.

La contemplación de Cristo en nuestras vidas nos es ajena --como lo he dicho--, de la realidad, sino más bien nos vuelve aún más partícipes de la experiencia humana, porque el Señor, atrayéndonos a sí en la oración, nos permite hacernos presentes y cercanos a cada hermano en su amor. Gracias.