Mostrando entradas con la etiqueta Homosexualidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Homosexualidad. Mostrar todas las entradas

martes, 18 de octubre de 2022

Papa Francisco: sobre si las parejas homosexuales tienen derecho a estar cubiertos legalmente

 Sobre si las parejas homosexuales tienen derecho a estar cubiertos legalmente

Homosexualidad

 



Documentos:


Opinión:

La homosexualidad en el Catecismo de la Iglesia Católica

2357 La homosexualidad designa las relaciones entre hombres o mujeres que experimentan una atracción sexual, exclusiva o predominante, hacia personas del mismo sexo. Reviste formas muy variadas a través de los siglos y las culturas. Su origen psíquico permanece en gran medida inexplicado. Apoyándose en la Sagrada Escritura que los presenta como depravaciones graves (cf Gn 19,1-29; Rm 1,24-27; 1 Co 6,10; 1 Tm 1,10), la Tradición ha declarado siempre que “los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Persona humana, 8). Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso.

2358 Un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas. Esta inclinación, objetivamente desordenada, constituye para la mayoría de ellos una auténtica prueba. Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición.

2359 Las personas homosexuales están llamadas a la castidad. Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de una amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana.


De la palabra "exacta" con la que San Pablo se refirió a los homosexuales, por Luis Antequera

La transcripción de las palabras de Pablo por lo que a la homosexualidad se refiere desde la Vulgata (que como se sabe es la traducción realizada por San Jerónimo de los textos originales griegos al latín y elevada a versión oficial de la Biblia por el Concilio de Trento en el año 1546 aunque su utilización práctica como tal sea muy anterior) hasta las versiones en nuestra lengua contiene muchas cuestiones importantes que no debemos dejar pasar por alto.

Ante todo, veamos los dos textos concernidos por la cuestión que nos ocupa. El primero, por su orden cronológico, la Carta a los Corintios:

“¡No os engañéis! Ni impuros, ni idólatras, ni adúlteros, ni afeminados, ni homosexuales, ni ladrones, ni avaros, ni borrachos, ni ultrajadores, ni explotadores heredarán el Reino de Dios” (1Co. 6,8-9)

Traducida del siguiente texto en el latín de San Jerónimo:

“Nolite errare: Neque fornicarii, neque idolis servientes, neque adulteri, neque molles, neque masculorum concubitores, neque fures, neque avari, neque ebriosi, neque maledici, neque rapaces regnum Dei possidebunt”.

El segundo, la Primera Carta a Timoteo:

“Sí, ya sabemos que la Ley es buena, con tal que se la tome como ley, teniendo bien presente que la ley no ha sido instituida para el justo, sino para los prevaricadores y rebeldes, para los impíos y pecadores, para los irreligiosos y profanadores, para los parricidas y matricidas, para los asesinos, adúlteros, homosexuales, traficantes de esclavos, mentirosos, perjuros y para todo lo que se opone a la sana doctrina” (1 Tim. 1,8-10).

Traducida a su vez, del siguiente texto en el latín de San Jerónimo:

“Sciens hoc quia lex justo non est posita, sed injustis, et non subditis, impiis, et peccatoribus, sceleratis, et contaminates, parricidis, et matricidis, homicidis, fornicariis, masculorum concubitoribus, plagiariis, mendacibus et perjuris, et si quid aliud sanae doctrinae adversatur”.

La palabra que la Biblia Vulgata pone en boca de San Pablo para referirse a los homosexuales es, en ambos casos “masculorum concubitoribus”, que literalmente significaría y significa “abusadores de hombres” (hombre en su sentido de “varón” no de “ser humano”).

Lo que ya suscita de entrada una cuestión importante, cual es la de que San Pablo, a pesar de que en su mención de la Carta a los Romanos (cfr. Ro. 1, 24-27) sí toma en consideración la homosexualidad femenina contrariamente a lo que, como también vimos, se hace en el Antiguo Testamento, aquí, a la hora de mencionar a aquéllos –o algunos de aquellos- para los que está hecha la Ley (Carta a Timoteo) o que no heredarán el Reino de Dios (Carta a los Corintios), sólo piensa en -y menciona- la homosexualidad masculina, volviendo así al criterio imperante en el Antiguo Testamento.

Con todo no es ésta la única cuestión. Pues existe todavía otra no menos importante sobre la locución latina “masculorum concubitoribus” de la Vulgata, que tiene que ver, ahora, con la palabra a la que se la vierte en sus traslados al español. Y así, si en las traducciones más antiguas -y aún en algunas de las modernas como la de la Universidad de Navarra-, se la vierte como “sodomita”, en las más modernas como la muy reputada de la Biblia de Jerusalén se la vierte como “homosexual”.

Parece bastante evidente que la razón de la progresiva transición desde la palabra “sodomita” hasta la palabra “homosexual” está estrechamente relacionada con las connotaciones peyorativas que recaen sobre la primera y de las que se halla exenta, hasta la fecha, la segunda. Ahora bien, al así hacerlo se ha desprovisto a las palabras de Pablo de una parte importante de su significado. Y es que aunque una cuestión de oportunidad, de justicia, de neutralidad, de piedad, de misericordia, llámese como se quiera, pueda invitar al uso de otra palabra distinta, lo cierto es que mientras “sodomita” es sólo el que lleva a la práctica conductas sodomitas independientemente de cuáles sean sus sentimientos o sus inclinaciones (incluso, llevando el argumento al límite, sin ser propiamente homosexual), “homosexual”, por el contrario, se puede ser sin ejecutar acción o comportamiento alguno de tipo sodomita.

De lo que de la traducción de la Vulgata realizada por la Biblia de Jerusalén y otras resulta que Pablo condena a las penas de la Ley y a no heredar el Reino de Dios a todos los homosexuales, aunque no practiquen, mientras que de las versiones más antiguas y de la de la Universidad de Navarra resulta que Pablo sólo sentencia con dichas condenas a los que siendo (o no) homosexuales, practican (además) la homosexualidad. Importante matiz.

Y sin más por hoy que estas reflexiones con las que apenas espero haberles hecho reparar en lo importante que puede ser –y es- una traducción, -cuanto más la de un libro de la relevancia de la Biblia-, me despido de Vds. por hoy, deseándoles como siempre, que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos.

Fuente: religionenlibertad.com

De la homosexualidad en el Nuevo Testamento, por Luis Antequera

De los ocho autores que componen el Nuevo Testamento, a saber, Mateo, Marcos, Lucas, Juan, Pedro, Santiago (el Menor), Judas y Pablo, sólo dos tratan el tema de la homosexualidad, Judas y Pablo, si bien aquél se limita a una breve reseña en forma de referencia al episodio bíblico de Sodoma que le sirve para ratificarse en el tratamiento que al tema da la Ley mosaica:

“Y lo mismo Sodoma y Gomorra y las ciudades vecinas, que como ellos fornicaron y se fueron tras una carne diferente, padeciendo la pena de un fuego eterno, sirven de ejemplo” (Jud. 7).

El gran tratadista neotestamentario de la homosexualidad es, sin embargo, Pablo, que la trata, eso sí, expresando siempre su propia opinión, lo que quiere decir que por lo que sabemos y queda escrito sobre él, Jesús jamás se pronuncia sobre el tema, ni en una dirección ni en otra. Y eso que no han faltado quienes han querido encontrar alguna alusión en el pasaje que recoge Mateo en el que dice Jesús “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne” (Mt. 19,5).

Más allá de que no son palabras cuya autoría corresponda a Jesús, quien se limita aquí a citar el Génesis (cfr. Gn. 2,24), cabe oponer a dicha posición dos objeciones: primero, la de que se trata de una afirmación meramente positiva, sin condena de la posición contraria; segundo, la de que Jesús no la utiliza en un alegato contra la homosexualidad, sino en un argumento por la indisolubilidad que reza, completo, de la siguiente manera:

“¿No habéis leído que el Creador, desde el comienzo, los hizo varón y hembra, y que dijo: ‘Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne?’ De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre” (Mt. 19,4-6).

San Pablo, como decimos, sí que se moja en lo relativo al tema. Así, en su Carta a los Romanos, entre las muchas faltas que atribuye a los gentiles desconocedores de la ley, les reprocha ésta también:

“Por eso Dios los entregó a las apetencias de su corazón hasta una impureza tal que deshonraron entre sí sus cuerpos; a ellos que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en vez del Creador, que es bendito por los siglos. Amén. Por eso los entregó Dios a pasiones infames; pues sus mujeres invirtieron las relaciones naturales por otras contra la naturaleza; igualmente los hombres, abandonando el uso natural de la mujer, se abrasaron en deseos los unos por los otros, cometiendo la infamia de hombre con hombre, recibiendo en sí mismos el pago merecido de su extravío” (Ro. 1,24-27).

Donde llama la atención la alusión expresa a la homosexualidad femenina -“pues sus mujeres invirtieron las relaciones naturales por otras contra la naturaleza”- una alusión que no recoge en ningún momento el Antiguo Testamento.

Pablo incluso refiere la pena que la Ley divina prevé para el caso:

“Aunque conocedores del veredicto de Dios que declara dignos de muerte a los que tales cosas practican, no solamente las practican, sino que aprueban a los que las cometen” (Ro. 1,32).

Se refiere sin duda a lo que dicta el Levítico cuando dice:

“Si un varón se acuesta con otro varón, como se hace con una mujer, ambos han cometido una abominación: han de morir; su sangre sobre ellos” (Lv. 20,13).

Una nueva alusión a lo que la Ley recoge para los homosexuales recoge Pablo cuando en la que es una de sus últimas cartas, la primera de las dos que dirige a Timoteo, vuelve a decir:

“Sí, ya sabemos que la Ley es buena, con tal que se la tome como ley, teniendo bien presente que la ley no ha sido instituida para el justo, sino para los prevaricadores y rebeldes, para los impíos y pecadores, para los irreligiosos y profanadores, para los parricidas y matricidas, para los asesinos, adúlteros, homosexuales, traficantes de esclavos, mentirosos, perjuros y para todo lo que se opone a la sana doctrina, según el Evangelio de la gloria de Dios bienaventurado, que se me ha confiado” (1 Tim. 1,8-11).

No es la única consecuencia aneja a las conductas que comentamos, sino que otra, en el pensamiento de Pablo aún más terrible, espera a los homosexuales, como con toda claridad expone en su Carta a los Corintios:

“¡No os engañéis! Ni impuros, ni idólatras, ni adúlteros, ni afeminados, ni homosexuales, ni ladrones, ni avaros, ni borrachos, ni ultrajadores, ni explotadores heredarán el Reino de Dios” (1 Co. 6,9-10).

Y sin más por hoy, queridos amigos, sino desearles como siempre que hagan mucho bien y no reciban menos, me despido de Vds. una vez más, con la promesa de estar de nuevo mañana por aquí salvo caso fortuito o fuerza mayor, como diría un abogado.

Fuente: religionenlibertad.com

De la homosexualidad en el Antiguo Testamento, por Luis Antequera

Son varias las referencias existentes en el Antiguo Testamento, y más concretamente dentro de él, en el Pentateuco según lo llamamos los cristianos, la Torah, según lo llaman los judíos, a la homosexualidad.

La primera, en el propio libro del Génesis, está relacionada con la destrucción de Sodoma, si bien no es propiamente la causa de dicha destrucción, decidida de antemano por Yahveh por haber cometido “un pecado gravísimo” que no especifica.

“El clamor de Sodoma y de Gomorra es grande; y su pecado gravísimo. Así que voy a bajar personalmente, a ver si lo que han hecho responde en todo al clamor que ha llegado hasta mí, y si no, he de saberlo” (Gn. 18,20-21)

Cuando para castigar ese pecado, Dios manda a la ciudad dos ángeles, que se encuentran con Lot, esto es lo que ocurre:

“Los dos ángeles llegaron a Sodoma por la tarde […] Al verlos, Lot se levantó a su encuentro y, postrándose rostro en tierra, dijo: «Os ruego, señores, que vengáis a la casa de este servidor vuestro. Hacéis noche, os laváis los pies, y de madrugada seguiréis vuestro camino.» […] Tanto porfió con ellos, que al fin se hospedaron en su casa […] No bien se habían acostado, cuando los hombres de la ciudad, los sodomitas, rodearon la casa […]. Llamaron a voces a Lot y le dijeron: «¿Dónde están los hombres que han venido adonde ti esta noche? Sácalos, para que abusemos de ellos.»” (Gn. 19,1-5).

La cosa parece de tal escándalo a Lot, que fíjense Vds. la solución “de compromiso” que llega a proponer a sus vecinos:

“Lot salió donde ellos a la entrada, cerró la puerta detrás de sí, y dijo: «Por favor, hermanos, no hagáis esta maldad. Mirad, aquí tengo dos hijas que aún no han conocido varón. Os las sacaré y haced con ellas como bien os parezca; pero a estos hombres no les hagáis nada, que para eso han venido al amparo de mi techo.»” (Gn. 19,6-8).

No será el caso. Los ángeles alojados en casa de Lot deslumbran los ojos de los atacantes, capeando de momento la situación. Y al día siguiente, Lot escapa a la ciudad de Soar con su entera familia, y por lo que respecta a Sodoma (y también sobre Gomorra), esto es lo que ocurre:

“Entonces Yahvé hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego de parte de Yahvé. Y arrasó aquellas ciudades y toda la redonda con todos los habitantes de las ciudades y la vegetación del suelo” (Gn. 19,24-25).

Del relato lo que ciertamente queda es la definitiva asociación de la ciudad de Sodoma con el acto homosexual, que no en balde, será conocido en adelante como “sodomía” y a sus practicantes como “sodomitas” (ver Gn. 19,4).

Además de este relato, existen en el Pentateuco, al menos, dos condenas explícitas de la homosexualidad, ambas en el Levítico. La primera:

“No te acostarás con varón como con mujer: es una abominación” (Lv. 18,22).

Versículo que se limita a condenar la conducta sin imponerle pena alguna.

“Guardad mis preceptos y mis normas, y no cometáis ninguna de esas abominaciones, ni los de vuestro pueblo ni los forasteros que residen entre vosotros. Porque todas estas abominaciones han cometido los hombres que habitaron el país antes que vosotros, y por eso el país se ha contaminado” (Lv. 18,26-27).

La segunda, mucho más explícita y severa:

“Si un varón se acuesta con otro varón, como se hace con una mujer, ambos han cometido una abominación: han de morir; su sangre sobre ellos” (Lv. 20,13)

Dos curiosidades. Primero, en el Pentateuco la homosexualidad sólo se entiende masculina: no existe referencia alguna a la homosexualidad femenina. Segundo, en cuanto a la ejecución del homosexual, no se especifica la manera de consumarla, como sí se hace, en cambio, con otros pecados reseñados en el mismo capítulo del mismo libro, así por ejemplo, casarse con una madre y con su hija, penado con la hoguera (Lv. 18,14), o practicar espiritismo o adivinación, penado con la lapidación (Lv. 18, 23).

Fuente: religionenlibertad.com

sábado, 22 de julio de 2017

Romanos 1,24-32: La corrupción y el castigo de los paganos

Romanos 1,24-32

1:24 Por eso, dejándolos abandonados a los deseos de su corazón, Dios los entregó a una impureza que deshonraba sus propios cuerpos,
1:25 ya que han sustituido la verdad de Dios por la mentira, adorando y sirviendo a las criaturas en lugar del Creador, que es bendito eternamente. Amén.
1:26 Por eso, Dios los entregó también a pasiones vergonzosas: sus mujeres cambiaron las relaciones naturales por otras contrarias a la naturaleza.
1:27 Del mismo modo, los hombres, dejando la relación natural con la mujer, ardieron en deseos los unos por los otros, teniendo relaciones deshonestas entre ellos y recibiendo en sí mismos la retribución merecida por su extravío.
1:28 Y como no se preocuparon por reconocer a Dios, él los entregó a su mente depravada para que hicieran lo que no se debe.
1:29 Están llenos de toda clase de injusticia, iniquidad, ambición y maldad; colmados de envidia, crímenes, peleas, engaños, depravación, difamaciones.
1:30 Son detractores, enemigos de Dios, insolentes, arrogantes, vanidosos, hábiles para el mal, rebeldes con sus padres,
1:31 insensatos, desleales, insensibles, despiadados.
1:32 Y a pesar de que conocen el decreto de Dios, que declara dignos de muerte a los que hacen estas cosas, no sólo las practican, sino que también aprueban a los que las hacen.