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sábado, 8 de abril de 2023

"Creo en la vida eterna" (Catecismo de la Iglesia Católica)

1 parte: La profesión de fe
2 sección: La profesión de fe cristiana
Capítulo 3: Creo en el Espíritu Santo

ARTÍCULO 12: "CREO EN LA VIDA ETERNA"

1020 El cristiano que une su propia muerte a la de Jesús ve la muerte como una ida hacia Él y la entrada en la vida eterna. Cuando la Iglesia dice por última vez las palabras de perdón de la absolución de Cristo sobre el cristiano moribundo, lo sella por última vez con una unción fortificante y le da a Cristo en el viático como alimento para el viaje. Le habla entonces con una dulce seguridad:

«Alma cristiana, al salir de este mundo, marcha en el nombre de Dios Padre Todopoderoso, que te creó, en el nombre de Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que murió por ti, en el nombre del Espíritu Santo, que sobre ti descendió. Entra en el lugar de la paz y que tu morada esté junto a Dios en Sión, la ciudad santa, con Santa María Virgen, Madre de Dios, con san José y todos los ángeles y santos [...] Te entrego a Dios, y, como criatura suya, te pongo en sus manos, pues es tu Hacedor, que te formó del polvo de la tierra. Y al dejar esta vida, salgan a tu encuentro la Virgen María y todos los ángeles y santos [...] Que puedas contemplar cara a cara a tu Redentor» (Rito de la Unción de Enfermos y de su cuidado pastoral, Orden de recomendación de moribundos, 146-147).

I. El juicio particular

1021 La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo (cf. 2 Tm 1, 9-10). El Nuevo Testamento habla del juicio principalmente en la perspectiva del encuentro final con Cristo en su segunda venida; pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de cada uno como consecuencia de sus obras y de su fe. La parábola del pobre Lázaro (cf. Lc 16, 22) y la palabra de Cristo en la Cruz al buen ladrón (cf. Lc 23, 43), así como otros textos del Nuevo Testamento (cf. 2 Co 5,8; Flp 1, 23; Hb 9, 27; 12, 23) hablan de un último destino del alma (cf. Mt 16, 26) que puede ser diferente para unos y para otros.

1022 Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación (cf. Concilio de Lyon II: DS 856; Concilio de Florencia: DS 1304; Concilio de Trento: DS 1820), bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo (cf. Concilio de Lyon II: DS 857; Juan XXII: DS 991; Benedicto XII: DS 1000-1001; Concilio de Florencia: DS 1305), bien para condenarse inmediatamente para siempre (cf. Concilio de Lyon II: DS 858; Benedicto XII: DS 1002; Concilio de Florencia: DS 1306).

«A la tarde te examinarán en el amor» (San Juan de la Cruz, Avisos y sentencias, 57).

II. El cielo

1023 Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven "tal cual es" (1 Jn 3, 2), cara a cara (cf. 1 Co 13, 12; Ap 22, 4):

«Definimos con la autoridad apostólica: que, según la disposición general de Dios, las almas de todos los santos [...] y de todos los demás fieles muertos después de recibir el Bautismo de Cristo en los que no había nada que purificar cuando murieron [...]; o en caso de que tuvieran o tengan algo que purificar, una vez que estén purificadas después de la muerte [...] aun antes de la reasunción de sus cuerpos y del juicio final, después de la Ascensión al cielo del Salvador, Jesucristo Nuestro Señor, estuvieron, están y estarán en el cielo, en el Reino de los cielos y paraíso celestial con Cristo, admitidos en la compañía de los ángeles. Y después de la muerte y pasión de nuestro Señor Jesucristo vieron y ven la divina esencia con una visión intuitiva y cara a cara, sin mediación de ninguna criatura» (Benedicto XII: Const. Benedictus Deus: DS 1000; cf. LG 49).

1024 Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama "el cielo" . El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha.

1025 Vivir en el cielo es "estar con Cristo" (cf. Jn 14, 3; Flp 1, 23; 1 Ts 4,17). Los elegidos viven "en Él", aún más, tienen allí, o mejor, encuentran allí su verdadera identidad, su propio nombre (cf. Ap 2, 17): «Pues la vida es estar con Cristo; donde está Cristo, allí está la vida, allí está el reino» (San Ambrosio, Expositio evangelii secundum Lucam 10,121).

1026 Por su muerte y su Resurrección Jesucristo nos ha "abierto" el cielo. La vida de los bienaventurados consiste en la plena posesión de los frutos de la redención realizada por Cristo, quien asocia a su glorificación celestial a aquellos que han creído en Él y que han permanecido fieles a su voluntad. El cielo es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados a Él.

1027 Este misterio de comunión bienaventurada con Dios y con todos los que están en Cristo, sobrepasa toda comprensión y toda representación. La Escritura nos habla de ella en imágenes: vida, luz, paz, banquete de bodas, vino del reino, casa del Padre, Jerusalén celeste, paraíso: "Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman" (1 Co 2, 9).

1028 A causa de su transcendencia, Dios no puede ser visto tal cual es más que cuando Él mismo abre su Misterio a la contemplación inmediata del hombre y le da la capacidad para ello. Esta contemplación de Dios en su gloria celestial es llamada por la Iglesia "la visión beatífica": «¡Cuál no será tu gloria y tu dicha!: Ser admitido a ver a Dios, tener el honor de participar en las alegrías de la salvación y de la luz eterna en compañía de Cristo, el Señor tu Dios [...], gozar en el Reino de los cielos en compañía de los justos y de los amigos de Dios, las alegrías de la inmortalidad alcanzada» (San Cipriano de Cartago, Epistula 58, 10).

1029 En la gloria del cielo, los bienaventurados continúan cumpliendo con alegría la voluntad de Dios con relación a los demás hombres y a la creación entera. Ya reinan con Cristo; con Él "ellos reinarán por los siglos de los siglos" (Ap 22, 5; cf. Mt 25, 21.23).

III. La purificación final o purgatorio

1030 Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo.

1031 La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados. La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al purgatorio sobre todo en los Concilios de Florencia (cf. DS 1304) y de Trento (cf. DS 1820; 1580). La tradición de la Iglesia, haciendo referencia a ciertos textos de la Escritura (por ejemplo 1 Co 3, 15; 1 P 1, 7) habla de un fuego purificador:

«Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquel que es la Verdad, al decir que si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado ni en este siglo, ni en el futuro (Mt 12, 31). En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro (San Gregorio Magno, Dialogi 4, 41, 3).

1032 Esta enseñanza se apoya también en la práctica de la oración por los difuntos, de la que ya habla la Escritura: "Por eso mandó [Judas Macabeo] hacer este sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado" (2 M 12, 46). Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico (cf. DS 856), para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos:

«Llevémosles socorros y hagamos su conmemoración. Si los hijos de Job fueron purificados por el sacrificio de su padre (cf. Jb 1, 5), ¿por qué habríamos de dudar de que nuestras ofrendas por los muertos les lleven un cierto consuelo? [...] No dudemos, pues, en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos» (San Juan Crisóstomo, In epistulam I ad Corinthios homilia 41,5).

IV. El infierno

1033 Salvo que elijamos libremente amarle no podemos estar unidos con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra Él, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos: "Quien no ama permanece en la muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él" (1 Jn 3, 14-15). Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de Él si no omitimos socorrer las necesidades graves de los pobres y de los pequeños que son sus hermanos (cf. Mt 25, 31-46). Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra "infierno".

1034 Jesús habla con frecuencia de la "gehenna" y del "fuego que nunca se apaga" (cf. Mt 5,22.29; 13,42.50; Mc 9,43-48) reservado a los que, hasta el fin de su vida rehúsan creer y convertirse , y donde se puede perder a la vez el alma y el cuerpo (cf. Mt 10, 28). Jesús anuncia en términos graves que "enviará a sus ángeles [...] que recogerán a todos los autores de iniquidad, y los arrojarán al horno ardiendo" (Mt 13, 41-42), y que pronunciará la condenación:" ¡Alejaos de mí malditos al fuego eterno!" (Mt 25, 41).

1035 La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, "el fuego eterno" (cf. DS 76; 409; 411; 801; 858; 1002; 1351; 1575; Credo del Pueblo de Dios, 12). La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira.

1036 Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión: "Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran" (Mt 7, 13-14):

«Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente en vela. Para que así, terminada la única carrera que es nuestra vida en la tierra mereceremos entrar con Él en la boda y ser contados entre los santos y no nos manden ir, como siervos malos y perezosos, al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde "habrá llanto y rechinar de dientes"» (LG 48).

1037 Dios no predestina a nadie a ir al infierno (cf DS 397; 1567); para que eso suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (un pecado mortal), y persistir en él hasta el final. En la liturgia eucarística y en las plegarias diarias de los fieles, la Iglesia implora la misericordia de Dios, que "quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión" (2 P 3, 9):

«Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, ordena en tu paz nuestros días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos (Plegaria eucarística I o Canon Romano, 88: Misal Romano)

V. El Juicio final

1038 La resurrección de todos los muertos, "de los justos y de los pecadores" (Hch 24, 15), precederá al Juicio final. Esta será "la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz [...] y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación" (Jn 5, 28-29). Entonces, Cristo vendrá "en su gloria acompañado de todos sus ángeles [...] Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda [...] E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna." (Mt 25, 31. 32. 46).

1039 Frente a Cristo, que es la Verdad, será puesta al desnudo definitivamente la verdad de la relación de cada hombre con Dios (cf. Jn 12, 49). El Juicio final revelará hasta sus últimas consecuencias lo que cada uno haya hecho de bien o haya dejado de hacer durante su vida terrena:

«Todo el mal que hacen los malos se registra y ellos no lo saben. El día en que "Dios no se callará" (Sal 50, 3) [...] Se volverá hacia los malos: "Yo había colocado sobre la tierra —dirá Él—, a mis pobrecitos para vosotros. Yo, su cabeza, gobernaba en el cielo a la derecha de mi Padre, pero en la tierra mis miembros tenían hambre. Si hubierais dado a mis miembros algo, eso habría subido hasta la cabeza. Cuando coloqué a mis pequeñuelos en la tierra, los constituí comisionados vuestros para llevar vuestras buenas obras a mi tesoro: como no habéis depositado nada en sus manos, no poseéis nada en Mí"» (San Agustín, Sermo 18, 4, 4).

1040 El Juicio final sucederá cuando vuelva Cristo glorioso. Sólo el Padre conoce el día y la hora en que tendrá lugar; sólo Él decidirá su advenimiento. Entonces Él pronunciará por medio de su Hijo Jesucristo, su palabra definitiva sobre toda la historia. Nosotros conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último. El Juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte (cf. Ct 8, 6).

1041 El mensaje del Juicio final llama a la conversión mientras Dios da a los hombres todavía "el tiempo favorable, el tiempo de salvación" (2 Co 6, 2). Inspira el santo temor de Dios. Compromete para la justicia del Reino de Dios. Anuncia la "bienaventurada esperanza" (Tt 2, 13) de la vuelta del Señor que "vendrá para ser glorificado en sus santos y admirado en todos los que hayan creído" (2 Ts 1, 10).

VI. La esperanza de los cielos nuevos y de la tierra nueva

1042 Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del Juicio final, los justos reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado:

La Iglesia [...] «sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo [...] cuando llegue el tiempo de la restauración universal y cuando, con la humanidad, también el universo entero, que está íntimamente unido al hombre y que alcanza su meta a través del hombre, quede perfectamente renovado en Cristo» (LG 48).

1043 La sagrada Escritura llama "cielos nuevos y tierra nueva" a esta renovación misteriosa que trasformará la humanidad y el mundo (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1). Esta será la realización definitiva del designio de Dios de "hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra" (Ef 1, 10).

1044 En este "universo nuevo" (Ap 21, 5), la Jerusalén celestial, Dios tendrá su morada entre los hombres. "Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado" (Ap 21, 4; cf. 21, 27).

1045 Para el hombre esta consumación será la realización final de la unidad del género humano, querida por Dios desde la creación y de la que la Iglesia peregrina era "como el sacramento" (LG 1). Los que estén unidos a Cristo formarán la comunidad de los rescatados, la Ciudad Santa de Dios (Ap 21, 2), "la Esposa del Cordero" (Ap 21, 9). Ya no será herida por el pecado, las manchas (cf. Ap 21, 27), el amor propio, que destruyen o hieren la comunidad terrena de los hombres. La visión beatífica, en la que Dios se manifestará de modo inagotable a los elegidos, será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión mutua.

1046 En cuanto al cosmos, la Revelación afirma la profunda comunidad de destino del mundo material y del hombre:

«Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios [...] en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción [...] Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior [...] anhelando el rescate de nuestro cuerpo» (Rm 8, 19-23).

1047 Así pues, el universo visible también está destinado a ser transformado, "a fin de que el mundo mismo restaurado a su primitivo estado, ya sin ningún obstáculo esté al servicio de los justos", participando en su glorificación en Jesucristo resucitado (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses 5, 32, 1).

1048 "Ignoramos el momento de la consumación de la tierra y de la humanidad, y no sabemos cómo se transformará el universo. Ciertamente, la figura de este mundo, deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará y superará todos los deseos de paz que se levantan en los corazones de los hombres"(GS 39).

1049 "No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva familia humana, que puede ofrecer ya un cierto esbozo del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente el progreso terreno del crecimiento del Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en la medida en que puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa mucho al Reino de Dios" (GS 39).

1050 "Todos estos frutos buenos de nuestra naturaleza y de nuestra diligencia, tras haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y según su mandato, los encontraremos después de nuevo, limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal" (GS 39; cf. LG 2). Dios será entonces "todo en todos" (1 Co 15, 22), en la vida eterna:

«La vida subsistente y verdadera es el Padre que, por el Hijo y en el Espíritu Santo, derrama sobre todos sin excepción los dones celestiales. Gracias a su misericordia, nosotros también, hombres, hemos recibido la promesa indefectible de la vida eterna» (San Cirilo de Jerusalén, Catecheses illuminandorum 18, 29).

Resumen

1051 Al morir cada hombre recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular por Cristo, juez de vivos y de muertos.

1052 "Creemos que las almas de todos aquellos que mueren en la gracia de Cristo [...] constituyen el Pueblo de Dios después de la muerte, la cual será destruida totalmente el día de la Resurrección, en el que estas almas se unirán con sus cuerpos" (Credo del Pueblo de Dios, 28).

1053 "Creemos que la multitud de aquellas almas que con Jesús y María se congregan en el paraíso, forma la Iglesia celestial, donde ellas, gozando de la bienaventuranza eterna, ven a Dios como Él es, y participan también, ciertamente en grado y modo diverso, juntamente con los santos ángeles, en el gobierno divino de las cosas, que ejerce Cristo glorificado, como quiera que interceden por nosotros y con su fraterna solicitud ayudan grandemente a nuestra flaqueza" (Credo del Pueblo de Dios, 29).

1054 Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su salvación eterna, sufren una purificación después de su muerte, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en el gozo de Dios.

1055 En virtud de la "comunión de los santos", la Iglesia encomienda los difuntos a la misericordia de Dios y ofrece sufragios en su favor, en particular el santo sacrificio eucarístico.

1056 Siguiendo las enseñanzas de Cristo, la Iglesia advierte a los fieles de la "triste y lamentable realidad de la muerte eterna" (DCG 69), llamada también "infierno".

1057 La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien solamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las cuales ha sido creado y a las cuales aspira.

1058 La Iglesia ruega para que nadie se pierda: "Jamás permitas [...] Señor, que me separe de ti" (Oración antes de la Comunión, 132: Misal Romano). Si bien es verdad que nadie puede salvarse a sí mismo, también es cierto que "Dios quiere que todos los hombres se salven" (1 Tm 2, 4) y que para Él "todo es posible" (Mt 19, 26).

1059 "La misma santa Iglesia romana cree y firmemente confiesa que [...] todos los hombres comparecerán con sus cuerpos en el día del juicio ante el tribunal de Cristo, para dar cuenta de sus propias acciones (DS 859; cf. DS 1549).

1060 Al fin de los tiempos, el Reino de Dios llegará a su plenitud. Entonces, los justos reinarán con Cristo para siempre, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo material será transformado. Dios será entonces "todo en todos" (1 Co 15, 28), en la vida eternal.


La Resurrección según el Catecismo de la Iglesia Católica (el sentido de la muerte cristiana)

PRIMERA PARTE: LA PROFESIÓN DE LA FE

SEGUNDA SECCIÓN:
LA PROFESIÓN DE LA FE CRISTIANA

CAPÍTULO TERCERO: CREO EN EL ESPÍRITU SANTO

ARTÍCULO 11:
"CREO EN LA RESURRECCIÓN DE LA CARNE"

988 El Credo cristiano —profesión de nuestra fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y en su acción creadora, salvadora y santificadora— culmina en la proclamación de la resurrección de los muertos al fin de los tiempos, y en la vida eterna.

989 Creemos firmemente, y así lo esperamos, que del mismo modo que Cristo ha resucitado de entre los muertos, y que vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado y que Él los resucitará en el último día (cf. Jn 6, 39-40). Como la suya, nuestra resurrección será obra de la Santísima Trinidad:

«Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros (Rm 8, 11; cf. 1 Ts 4, 14; 1 Co 6, 14; 2 Co 4, 14; Flp 3, 10-11).

990 El término "carne" designa al hombre en su condición de debilidad y de mortalidad (cf. Gn 6, 3; Sal 56, 5; Is 40, 6). La "resurrección de la carne" significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros "cuerpos mortales" (Rm 8, 11) volverán a tener vida.

991 Creer en la resurrección de los muertos ha sido desde sus comienzos un elemento esencial de la fe cristiana. "La resurrección de los muertos es esperanza de los cristianos; somos cristianos por creer en ella" (Tertuliano, De resurrectione mortuorum 1, 1):

«¿Cómo andan diciendo algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe [...] ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron» (1 Co 15, 12-14. 20).

I. La Resurrección de Cristo y la nuestra
Revelación progresiva de la Resurrección

992 La resurrección de los muertos fue revelada progresivamente por Dios a su Pueblo. La esperanza en la resurrección corporal de los muertos se impuso como una consecuencia intrínseca de la fe en un Dios creador del hombre todo entero, alma y cuerpo. El creador del cielo y de la tierra es también Aquél que mantiene fielmente su Alianza con Abraham y su descendencia. En esta doble perspectiva comienza a expresarse la fe en la resurrección. En sus pruebas, los mártires Macabeos confiesan: «El Rey del mundo, a nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitará a una vida eterna» (2 M 7, 9). «Es preferible morir a manos de los hombres con la esperanza que Dios otorga de ser resucitados de nuevo por él» (2 M 7, 14; cf. 2 M 7, 29; Dn 12, 1-13).

993 Los fariseos (cf. Hch 23, 6) y muchos contemporáneos del Señor (cf. Jn 11, 24) esperaban la resurrección. Jesús la enseña firmemente. A los saduceos que la niegan responde: "Vosotros no conocéis ni las Escrituras ni el poder de Dios, vosotros estáis en el error" (Mc 12, 24). La fe en la resurrección descansa en la fe en Dios que "no es un Dios de muertos sino de vivos" (Mc 12, 27).

994 Pero hay más: Jesús liga la fe en la resurrección a la fe en su propia persona: "Yo soy la resurrección y la vida" (Jn 11, 25). Es el mismo Jesús el que resucitará en el último día a quienes hayan creído en Él (cf. Jn 5, 24-25; 6, 40) y hayan comido su cuerpo y bebido su sangre (cf. Jn 6, 54). En su vida pública ofrece ya un signo y una prenda de la resurrección devolviendo la vida a algunos muertos (cf. Mc 5, 21-42; Lc 7, 11-17; Jn 11), anunciando así su propia Resurrección que, no obstante, será de otro orden. De este acontecimiento único, Él habla como del "signo de Jonás" (Mt 12, 39), del signo del Templo (cf. Jn 2, 19-22): anuncia su Resurrección al tercer día después de su muerte (cf. Mc 10, 34).

995 Ser testigo de Cristo es ser "testigo de su Resurrección" (Hch 1, 22; cf. 4, 33), "haber comido y bebido con él después de su Resurrección de entre los muertos" (Hch 10, 41). La esperanza cristiana en la resurrección está totalmente marcada por los encuentros con Cristo resucitado. Nosotros resucitaremos como Él, con Él, por Él.

996 Desde el principio, la fe cristiana en la resurrección ha encontrado incomprensiones y oposiciones (cf. Hch 17, 32; 1 Co 15, 12-13). "En ningún punto la fe cristiana encuentra más contradicción que en la resurrección de la carne" (San Agustín, Enarratio in Psalmum 88, 2, 5). Se acepta muy comúnmente que, después de la muerte, la vida de la persona humana continúa de una forma espiritual. Pero ¿cómo creer que este cuerpo tan manifiestamente mortal pueda resucitar a la vida eterna?

— Cómo resucitan los muertos

997 ¿Qué es resucitar? En la muerte, separación del alma y el cuerpo, el cuerpo del hombre cae en la corrupción, mientras que su alma va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo glorificado. Dios en su omnipotencia dará definitivamente a nuestros cuerpos la vida incorruptible uniéndolos a nuestras almas, por la virtud de la Resurrección de Jesús.

998 ¿Quién resucitará? Todos los hombres que han muerto: "los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación" (Jn 5, 29; cf. Dn 12, 2).

999 ¿Cómo? Cristo resucitó con su propio cuerpo: "Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo" (Lc 24, 39); pero Él no volvió a una vida terrenal. Del mismo modo, en Él "todos resucitarán con su propio cuerpo, del que ahora están revestidos" (Concilio de Letrán IV: DS 801), pero este cuerpo será "transfigurado en cuerpo de gloria" (Flp 3, 21), en "cuerpo espiritual" (1 Co 15, 44):

«Pero dirá alguno: ¿cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vuelven a la vida? ¡Necio! Lo que tú siembras no revive si no muere. Y lo que tú siembras no es el cuerpo que va a brotar, sino un simple grano..., se siembra corrupción, resucita incorrupción [...]; los muertos resucitarán incorruptibles. En efecto, es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad; y que este ser mortal se revista de inmortalidad (1 Cor 15,35-37. 42. 53).

1000 Este "cómo ocurrirá la resurrección" sobrepasa nuestra imaginación y nuestro entendimiento; no es accesible más que en la fe. Pero nuestra participación en la Eucaristía nos da ya un anticipo de la transfiguración de nuestro cuerpo por Cristo:

«Así como el pan que viene de la tierra, después de haber recibido la invocación de Dios, ya no es pan ordinario, sino Eucaristía, constituida por dos cosas, una terrena y otra celestial, así nuestros cuerpos que participan en la eucaristía ya no son corruptibles, ya que tienen la esperanza de la resurrección» (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 4, 18, 4-5).

1001 ¿Cuándo? Sin duda en el "último día" (Jn 6, 39-40. 44. 54; 11, 24); "al fin del mundo" LG 48). En efecto, la resurrección de los muertos está íntimamente asociada a la Parusía de Cristo:

«El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar» (1 Ts 4, 16).

— Resucitados con Cristo

1002 Si es verdad que Cristo nos resucitará en "el último día", también lo es, en cierto modo, que nosotros ya hemos resucitado con Cristo. En efecto, gracias al Espíritu Santo, la vida cristiana en la tierra es, desde ahora, una participación en la muerte y en la Resurrección de Cristo: «Sepultados con él en el bautismo, con él también habéis resucitado por la fe en la acción de Dios, que le resucitó de entre los muertos [...] Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios» (Col 2, 12; 3, 1).

1003 Unidos a Cristo por el Bautismo, los creyentes participan ya realmente en la vida celestial de Cristo resucitado (cf. Flp 3, 20), pero esta vida permanece "escondida [...] con Cristo en Dios" (Col 3, 3) "Con él nos ha resucitado y hecho sentar en los cielos con Cristo Jesús" (Ef 2, 6). Alimentados en la Eucaristía con su Cuerpo, nosotros pertenecemos ya al Cuerpo de Cristo. Cuando resucitemos en el último día también nos "manifestaremos con él llenos de gloria" (Col 3, 4).

1004 Esperando este día, el cuerpo y el alma del creyente participan ya de la dignidad de ser "en Cristo"; donde se basa la exigencia del respeto hacia el propio cuerpo, y también hacia el ajeno, particularmente cuando sufre: «El cuerpo es [...] para el Señor y el Señor para el cuerpo. Y Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros mediante su poder. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? [...] No os pertenecéis [...] Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo» (1 Co 6, 13-15. 19-20).

II. Morir en Cristo Jesús

1005 Para resucitar con Cristo, es necesario morir con Cristo, es necesario "dejar este cuerpo para ir a morar cerca del Señor" (2 Co 5,8). En esta "partida" (Flp 1,23) que es la muerte, el alma se separa del cuerpo. Se reunirá con su cuerpo el día de la resurrección de los muertos (cf. Credo del Pueblo de Dios, 28).

— La muerte

1006 "Frente a la muerte, el enigma de la condición humana alcanza su cumbre" (GS 18). En un sentido, la muerte corporal es natural, pero por la fe sabemos que realmente es "salario del pecado" (Rm 6, 23; cf. Gn 2, 17). Y para los que mueren en la gracia de Cristo, es una participación en la muerte del Señor para poder participar también en su Resurrección (cf. Rm 6, 3-9; Flp 3, 10-11).

1007 La muerte es el final de la vida terrena. Nuestras vidas están medidas por el tiempo, en el curso del cual cambiamos, envejecemos y como en todos los seres vivos de la tierra, al final aparece la muerte como terminación normal de la vida. Este aspecto de la muerte da urgencia a nuestras vidas: el recuerdo de nuestra mortalidad sirve también para hacernos pensar que no contamos más que con un tiempo limitado para llevar a término nuestra vida: «Acuérdate de tu Creador en tus días mozos [...], mientras no vuelva el polvo a la tierra, a lo que era, y el espíritu vuelva a Dios que es quien lo dio» (Qo 12, 1. 7).

1008 La muerte es consecuencia del pecado. Intérprete auténtico de las afirmaciones de la Sagrada Escritura (cf. Gn 2, 17; 3, 3; 3, 19; Sb 1, 13; Rm 5, 12; 6, 23) y de la Tradición, el Magisterio de la Iglesia enseña que la muerte entró en el mundo a causa del pecado del hombre (cf. DS 1511). Aunque el hombre poseyera una naturaleza mortal, Dios lo destinaba a no morir. Por tanto, la muerte fue contraria a los designios de Dios Creador, y entró en el mundo como consecuencia del pecado (cf. Sb 2, 23-24). "La muerte temporal de la cual el hombre se habría liberado si no hubiera pecado" (GS 18), es así "el último enemigo" del hombre que debe ser vencido (cf. 1 Co 15, 26).

1009 La muerte fue transformada por Cristo. Jesús, el Hijo de Dios, sufrió también la muerte, propia de la condición humana. Pero, a pesar de su angustia frente a ella (cf. Mc 14, 33-34; Hb 5, 7-8), la asumió en un acto de sometimiento total y libre a la voluntad del Padre. La obediencia de Jesús transformó la maldición de la muerte en bendición (cf. Rm 5, 19-21).

— El sentido de la muerte cristiana

1010 Gracias a Cristo, la muerte cristiana tiene un sentido positivo. "Para mí, la vida es Cristo y morir una ganancia" (Flp 1, 21). "Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con él, también viviremos con él" (2 Tm 2, 11). La novedad esencial de la muerte cristiana está ahí: por el Bautismo, el cristiano está ya sacramentalmente "muerto con Cristo", para vivir una vida nueva; y si morimos en la gracia de Cristo, la muerte física consuma este "morir con Cristo" y perfecciona así nuestra incorporación a El en su acto redentor: «Para mí es mejor morir en (eis) Cristo Jesús que reinar de un extremo a otro de la tierra. Lo busco a Él, que ha muerto por nosotros; lo quiero a Él, que ha resucitado por nosotros. Mi parto se aproxima [...] Dejadme recibir la luz pura; cuando yo llegue allí, seré un hombre» (San Ignacio de Antioquía, Epistula ad Romanos 6, 1-2).

1011 En la muerte, Dios llama al hombre hacia sí. Por eso, el cristiano puede experimentar hacia la muerte un deseo semejante al de san Pablo: "Deseo partir y estar con Cristo" (Flp 1, 23); y puede transformar su propia muerte en un acto de obediencia y de amor hacia el Padre, a ejemplo de Cristo (cf. Lc 23, 46):

«Mi deseo terreno ha sido crucificado; [...] hay en mí un agua viva que murmura y que dice desde dentro de mí "ven al Padre"» (San Ignacio de Antioquía, Epistula ad Romanos 7, 2).

«Yo quiero ver a Dios y para verlo es necesario morir» (Santa Teresa de Jesús, Poesía, 7).

«Yo no muero, entro en la vida» (Santa Teresa del Niño Jesús, Lettre (9 junio 1987).

1012 La visión cristiana de la muerte (cf. 1 Ts 4, 13-14) se expresa de modo privilegiado en la liturgia de la Iglesia: «La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo. (Misal Romano, Prefacio de difuntos).

1013 La muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo de gracia y de misericordia que Dios le ofrece para realizar su vida terrena según el designio divino y para decidir su último destino. Cuando ha tenido fin "el único curso de nuestra vida terrena" (LG 48), ya no volveremos a otras vidas terrenas. "Está establecido que los hombres mueran una sola vez" (Hb 9, 27). No hay "reencarnación" después de la muerte.

1014 La Iglesia nos anima a prepararnos para la hora de nuestra muerte ("De la muerte repentina e imprevista, líbranos Señor": Letanías de los santos), a pedir a la Madre de Dios que interceda por nosotros "en la hora de nuestra muerte" (Avemaría), y a confiarnos a san José, patrono de la buena muerte:

«Habrías de ordenarte en toda cosa como si luego hubieses de morir. Si tuvieses buena conciencia no temerías mucho la muerte. Mejor sería huir de los pecados que de la muerte. Si hoy no estás aparejado, ¿cómo lo estarás mañana?» (De imitatione Christi 1, 23, 1).

«Y por la hermana muerte, ¡loado mi Señor!
Ningún viviente escapa de su persecución;
¡ay si en pecado grave sorprende al pecador!
¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!»

(San Francisco de Asís, Canticum Fratris Solis)

Resumen

1015 Caro salutis est cardo ("La carne es soporte de la salvación") (Tertuliano, De resurrectione mortuorum, 8, 2). Creemos en Dios que es el creador de la carne; creemos en el Verbo hecho carne para rescatar la carne; creemos en la resurrección de la carne, perfección de la creación y de la redención de la carne.

1016 Por la muerte, el alma se separa del cuerpo, pero en la resurrección Dios devolverá la vida incorruptible a nuestro cuerpo transformado reuniéndolo con nuestra alma. Así como Cristo ha resucitado y vive para siempre, todos nosotros resucitaremos en el último día.

1017 "Creemos [...] en la verdadera resurrección de esta carne que poseemos ahora" (DS 854). No obstante, se siembra en el sepulcro un cuerpo corruptible, resucita un cuerpo incorruptible (cf. 1 Co 15, 42), un "cuerpo espiritual" (1 Co 15, 44).

1018 Como consecuencia del pecado original, el hombre debe sufrir "la muerte corporal, de la que el hombre se habría liberado, si no hubiera pecado" (GS 18).

1019 Jesús, el Hijo de Dios, sufrió libremente la muerte por nosotros en una sumisión total y libre a la voluntad de Dios, su Padre. Por su muerte venció a la muerte, abriendo así a todos los hombres la posibilidad de la salvación.

"Al tercer día resucitó de entre los muertos" (Catecismo de la Iglesia Católica)

PRIMERA PARTE LA PROFESIÓN DE LA FE

SEGUNDA SECCIÓN:
LA PROFESIÓN DE LA FE CRISTIANA

CAPÍTULO SEGUNDO:
CREO EN JESUCRISTO, HIJO ÚNICO DE DIOS

ARTÍCULO 5:
"JESUCRISTO DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS,
AL TERCER DÍA RESUCITÓ DE ENTRE LOS MUERTOS"

Párrafo 2
AL TERCER DÍA RESUCITÓ DE ENTRE LOS MUERTOS
638 "Os anunciamos la Buena Nueva de que la Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús (Hch 13, 32-33). La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, creída y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central, transmitida como fundamental por la Tradición, establecida en los documentos del Nuevo Testamento, predicada como parte esencial del Misterio Pascual al mismo tiempo que la Cruz:

Cristo ha resucitado de los muertos,
con su muerte ha vencido a la muerte.
Y a los muertos ha dado la vida.
(Liturgia bizantina: Tropario del día de Pascua)

I. El acontecimiento histórico y transcendente
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).

El sepulcro vacío
640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).

Las apariciones del Resucitado
641 María Magdalena y las santas mujeres, que iban a embalsamar el cuerpo de Jesús (cf. Mc 16,1; Lc 24, 1) enterrado a prisa en la tarde del Viernes Santo por la llegada del Sábado (cf. Jn 19, 31. 42) fueron las primeras en encontrar al Resucitado (cf. Mt 28, 9-10; Jn 20, 11-18). Así las mujeres fueron las primeras mensajeras de la Resurrección de Cristo para los propios Apóstoles (cf. Lc 24, 9-10).

Jesús se apareció en seguida a ellos, primero a Pedro, después a los Doce (cf. 1 Co 15, 5). Pedro, llamado a confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22, 31-32), ve por tanto al Resucitado antes que los demás y sobre su testimonio es sobre el que la comunidad exclama: "¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!" (Lc 24, 34).

642 Todo lo que sucedió en estas jornadas pascuales compromete a cada uno de los Apóstoles —y a Pedro en particular— en la construcción de la era nueva que comenzó en la mañana de Pascua. Como testigos del Resucitado, los Apóstoles son las piedras de fundación de su Iglesia. La fe de la primera comunidad de creyentes se funda en el testimonio de hombres concretos, conocidos de los cristianos y de los que la mayor parte aún vivían entre ellos. Estos "testigos de la Resurrección de Cristo" (cf. Hch 1, 22) son ante todo Pedro y los Doce, pero no solamente ellos: Pablo habla claramente de más de quinientas personas a las que se apareció Jesús en una sola vez, además de Santiago y de todos los Apóstoles (cf. 1 Co 15, 4-8).

643 Ante estos testimonios es imposible interpretar la Resurrección de Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo como un hecho histórico. Sabemos por los hechos que la fe de los discípulos fue sometida a la prueba radical de la pasión y de la muerte en cruz de su Maestro, anunciada por Él de antemano (cf. Lc 22, 31-32). La sacudida provocada por la pasión fue tan grande que los discípulos (por lo menos, algunos de ellos) no creyeron tan pronto en la noticia de la resurrección.

Los evangelios, lejos de mostrarnos una comunidad arrobada por una exaltación mística, nos presentan a los discípulos abatidos ("la cara sombría": Lc 24, 17) y asustados (cf. Jn 20, 19). Por eso no creyeron a las santas mujeres que regresaban del sepulcro y "sus palabras les parecían como desatinos" (Lc 24, 11; cf. Mc 16, 11. 13). Cuando Jesús se manifiesta a los once en la tarde de Pascua "les echó en cara su incredulidad y su dureza de cabeza por no haber creído a quienes le habían visto resucitado" (Mc 16, 14).

644 Tan imposible les parece la cosa que, incluso puestos ante la realidad de Jesús resucitado, los discípulos dudan todavía (cf. Lc 24, 38): creen ver un espíritu (cf. Lc 24, 39). "No acaban de creerlo a causa de la alegría y estaban asombrados" (Lc 24, 41). Tomás conocerá la misma prueba de la duda (cf. Jn 20, 24-27) y, en su última aparición en Galilea referida por Mateo, "algunos sin embargo dudaron" (Mt 28, 17). Por esto la hipótesis según la cual la resurrección habría sido un "producto" de la fe (o de la credulidad) de los apóstoles no tiene consistencia. Muy al contrario, su fe en la Resurrección nació —bajo la acción de la gracia divina— de la experiencia directa de la realidad de Jesús resucitado.

El estado de la humanidad resucitada de Cristo
 
645 Jesús resucitado establece con sus discípulos relaciones directas mediante el tacto (cf. Lc 24, 39; Jn 20, 27) y el compartir la comida (cf. Lc 24, 30. 41-43; Jn 21, 9. 13-15). Les invita así a reconocer que él no es un espíritu (cf. Lc 24, 39), pero sobre todo a que comprueben que el cuerpo resucitado con el que se presenta ante ellos es el mismo que ha sido martirizado y crucificado, ya que sigue llevando las huellas de su pasión (cf Lc 24, 40; Jn 20, 20. 27).

Este cuerpo auténtico y real posee sin embargo al mismo tiempo, las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso: no está situado en el espacio ni en el tiempo, pero puede hacerse presente a su voluntad donde quiere y cuando quiere (cf. Mt 28, 9. 16-17; Lc 24, 15. 36; Jn 20, 14. 19. 26; 21, 4) porque su humanidad ya no puede ser retenida en la tierra y no pertenece ya más que al dominio divino del Padre (cf. Jn 20, 17). Por esta razón también Jesús resucitado es soberanamente libre de aparecer como quiere: bajo la apariencia de un jardinero (cf. Jn 20, 14-15) o "bajo otra figura" (Mc 16, 12) distinta de la que les era familiar a los discípulos, y eso para suscitar su fe (cf. Jn 20, 14. 16; 21, 4. 7).

646 La Resurrección de Cristo no fue un retorno a la vida terrena como en el caso de las resurrecciones que él había realizado antes de Pascua: la hija de Jairo, el joven de Naím, Lázaro. Estos hechos eran acontecimientos milagrosos, pero las personas afectadas por el milagro volvían a tener, por el poder de Jesús, una vida terrena "ordinaria". En cierto momento, volverán a morir. La Resurrección de Cristo es esencialmente diferente. En su cuerpo resucitado, pasa del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio. En la Resurrección, el cuerpo de Jesús se llena del poder del Espíritu Santo; participa de la vida divina en el estado de su gloria, tanto que san Pablo puede decir de Cristo que es "el hombre celestial" (cf. 1 Co 15, 35-50).

La Resurrección como acontecimiento transcendente
647 "¡Qué noche tan dichosa —canta el Exultet de Pascua—, sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos!". En efecto, nadie fue testigo ocular del acontecimiento mismo de la Resurrección y ningún evangelista lo describe. Nadie puede decir cómo sucedió físicamente. Menos aún, su esencia más íntima, el paso a otra vida, fue perceptible a los sentidos. Acontecimiento histórico demostrable por la señal del sepulcro vacío y por la realidad de los encuentros de los Apóstoles con Cristo resucitado, no por ello la Resurrección pertenece menos al centro del Misterio de la fe en aquello que transciende y sobrepasa a la historia. Por eso, Cristo resucitado no se manifiesta al mundo (cf. Jn 14, 22) sino a sus discípulos, "a los que habían subido con él desde Galilea a Jerusalén y que ahora son testigos suyos ante el pueblo" (Hch 13, 31).

II. La Resurrección obra de la Santísima Trinidad
648 La Resurrección de Cristo es objeto de fe en cuanto es una intervención transcendente de Dios mismo en la creación y en la historia. En ella, las tres Personas divinas actúan juntas a la vez y manifiestan su propia originalidad. Se realiza por el poder del Padre que "ha resucitado" (Hch 2, 24) a Cristo, su Hijo, y de este modo ha introducido de manera perfecta su humanidad —con su cuerpo— en la Trinidad. Jesús se revela definitivamente "Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos" (Rm 1, 3-4). San Pablo insiste en la manifestación del poder de Dios (cf. Rm 6, 4; 2 Co 13, 4; Flp 3, 10; Ef 1, 19-22; Hb 7, 16) por la acción del Espíritu que ha vivificado la humanidad muerta de Jesús y la ha llamado al estado glorioso de Señor.

649 En cuanto al Hijo, él realiza su propia Resurrección en virtud de su poder divino. Jesús anuncia que el Hijo del hombre deberá sufrir mucho, morir y luego resucitar (sentido activo del término) (cf. Mc 8, 31; 9, 9-31; 10, 34). Por otra parte, él afirma explícitamente: "Doy mi vida, para recobrarla de nuevo ... Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo" (Jn 10, 17-18). "Creemos que Jesús murió y resucitó" (1 Ts 4, 14).

650 Los Padres contemplan la Resurrección a partir de la persona divina de Cristo que permaneció unida a su alma y a su cuerpo separados entre sí por la muerte: "Por la unidad de la naturaleza divina que permanece presente en cada una de las dos partes del hombre, las que antes estaban separadas y segregadas, éstas se unen de nuevo. Así la muerte se produce por la separación del compuesto humano, y la Resurrección por la unión de las dos partes separadas" (San Gregorio de Nisa, De tridui inter mortem et resurrectionem Domini nostri Iesu Christi spatio; cf. también DS 325; 359; 369; 539).

III. Sentido y alcance salvífico de la Resurrección
651 "Si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe"(1 Co 15, 14). La Resurrección constituye ante todo la confirmación de todo lo que Cristo hizo y enseñó. Todas las verdades, incluso las más inaccesibles al espíritu humano, encuentran su justificación si Cristo, al resucitar, ha dado la prueba definitiva de su autoridad divina según lo había prometido.

652 La Resurrección de Cristo es cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento (cf. Lc 24, 26-27. 44-48) y del mismo Jesús durante su vida terrenal (cf. Mt 28, 6; Mc 16, 7; Lc 24, 6-7). La expresión "según las Escrituras" (cf. 1 Co 15, 3-4 y el Símbolo Niceno-Constantinopolitano. DS 150) indica que la Resurrección de Cristo cumplió estas predicciones.

653 La verdad de la divinidad de Jesús es confirmada por su Resurrección. Él había dicho: "Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy" (Jn 8, 28). La Resurrección del Crucificado demostró que verdaderamente, él era "Yo Soy", el Hijo de Dios y Dios mismo. San Pablo pudo decir a los judíos: «La Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros [...] al resucitar a Jesús, como está escrito en el salmo primero: "Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy"» (Hch 13, 32-33; cf. Sal 2, 7). La Resurrección de Cristo está estrechamente unida al misterio de la Encarnación del Hijo de Dios: es su plenitud según el designio eterno de Dios.

654 Hay un doble aspecto en el misterio pascual: por su muerte nos libera del pecado, por su Resurrección nos abre el acceso a una nueva vida. Esta es, en primer lugar, la justificación que nos devuelve a la gracia de Dios (cf. Rm 4, 25) "a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos [...] así también nosotros vivamos una nueva vida" (Rm 6, 4). Consiste en la victoria sobre la muerte y el pecado y en la nueva participación en la gracia (cf. Ef 2, 4-5; 1 P 1, 3). Realiza la adopción filial porque los hombres se convierten en hermanos de Cristo, como Jesús mismo llama a sus discípulos después de su Resurrección: "Id, avisad a mis hermanos" (Mt 28, 10; Jn 20, 17). Hermanos no por naturaleza, sino por don de la gracia, porque esta filiación adoptiva confiere una participación real en la vida del Hijo único, la que ha revelado plenamente en su Resurrección.

655 Por último, la Resurrección de Cristo —y el propio Cristo resucitado— es principio y fuente de nuestra resurrección futura: "Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron [...] del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo" (1 Co 15, 20-22). En la espera de que esto se realice, Cristo resucitado vive en el corazón de sus fieles. En Él los cristianos "saborean [...] los prodigios del mundo futuro" (Hb 6,5) y su vida es arrastrada por Cristo al seno de la vida divina (cf. Col 3, 1-3) para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos" (2 Co 5, 15).

Resumen
656 La fe en la Resurrección tiene por objeto un acontecimiento a la vez históricamente atestiguado por los discípulos que se encontraron realmente con el Resucitado, y misteriosamente transcendente en cuanto entrada de la humanidad de Cristo en la gloria de Dios.

657 El sepulcro vacío y las vendas en el suelo significan por sí mismas que el cuerpo de Cristo ha escapado por el poder de Dios de las ataduras de la muerte y de la corrupción . Preparan a los discípulos para su encuentro con el Resucitado.

658 Cristo, "el primogénito de entre los muertos" (Col 1, 18), es el principio de nuestra propia resurrección, ya desde ahora por la justificación de nuestra alma (cf. Rm 6, 4), más tarde por la vivificación de nuestro cuerpo (cf. Rm 8, 11).

Jesucristo descendió a los infiernos: desglose de términos

JESUCRISTO DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS


— ¿Qué infierno?

Contrario a lo que muchos pueden pensar, Jesús no fue al infierno de los condenados. Lo que sucede es que el término “infiernos” (que no el Infierno), se ha usado para significar el lugar donde estaban los muertos. Nos estamos refiriendo a  las almas de los muertos que habían muerto antes de la redención.

— ¿Dónde estaban las almas de los que vivieron antes de nuestra salvación en Jesucristo?

Cristo abrió las puertas del Cielo (eso es lo más importante de la redención) con su muerte y resurrección. Pero, ¿dónde estaban las almas buenas que merecían el Cielo, pero que no podían entrar a éste porque no había sucedido la redención. ¿Dónde estaba el alma de san José, por ejemplo, que murió antes que Jesús?  ¿el alma de Abraham, de Moisés y de los profetas del Antiguo Testamento?

¿Cómo se llama ese lugar de espera en que estaban las almas de los santos fallecidos antes de la Muerte y Resurrección de Cristo? Tiene varios nombres: uno de ellos, “seno de Abraham”, según lo denomina el mismo Jesucristo en la parábola del hombre rico y el pobre Lázaro (Lc 16,22). Otros usan el nombre de “limbo”, para significar que allí no se sufre, pero tampoco se goza de la presencia y visión de Dios.

En algunas traducciones del Credo, en idiomas diferentes al español, se dice así: descendió al lugar de los muertos o descendió a los muertos.

— ¿El porqué del nombre “infiernos”?

En la antigüedad se llamaba Cielo a todo lo de arriba: ámbito donde Dios vivo reina. Y se llamaba Infierno a todo lo de abajo, donde se creía que los difuntos estaban bajo la influencia de la muerte. Esos difuntos no podían estar en el Cielo, es decir, “arriba”, pues estaban en los Infiernos, es decir, “abajo”.

Ese término “infierno” no era lo que se llama en otras partes de la Biblia: “sheol” o “gehena” o “fuego eterno”, sino simplemente el lugar donde estaban las almas de los muertos, que no estaban en el sitio de fuego eterno que nosotros conocemos como el infierno.

— ¿Qué fue a hacer Jesús al lugar de los muertos?

Nos queda por responder aún la pregunta ¿Qué fue a hacer Jesús allí al lugar de los muertos? Fue a anunciarles la Redención. Por eso, dice san Pedro: “Hasta a los muertos ha sido anunciada la Buena Nueva...”  (1 Pe 4, 6).

— ¿Por qué decimos que la visita fue del alma de Jesús y no de Jesús Resucitado?

Fíjense bien... ¿cómo vienen enunciados en el Credo esos acontecimientos del momento de nuestra Redención? Fue crucificado, muerto y sepultado. Descendió a los Infiernos. Y al tercer día, resucitó de entre los muertos.

O sea que la visita al lugar de las almas de los salvados, fue antes de la Resurrección.  Es decir que lo que vieron fue el alma de Jesucristo. Cuando Jesús resucitó, entonces ya pasaron al Cielo, porque el Cielo se abrió realmente con la Resurrección del Señor.

Fuente: buenanueva.net

domingo, 2 de octubre de 2022

El Credo Niceno (325)



En aquella época el emperador había escapado de la influencia de Eusebio de Nicomedia y estaba bajo la de Osio, a quien, junto con san Atanasio, se puede atribuir una influencia preponderante en la formulación del símbolo del Primer Concilio Ecuménico, del cual se presenta a continuación una traducción literal:

Creemos en un solo Dios, Padre Todopoderoso, 
Creador de todas las cosas visibles e invisibles; 

y en un solo Señor Jesucristo, el unigénito del Padre, 
esto es, de la sustancia [‘’ek tes ousias’’] del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, 
Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, 
de la misma naturaleza del Padre [‘’homoousion to patri’’], 
por quien todo fue hecho, en el cielo y en la tierra; 
que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, 
se encarnó y se hizo hombre, padeció y resucitó al tercer día, 
subió a los cielos y volverá para juzgar a vivos y a muertos. 

Y en el Espíritu Santo. 
Aquellos que dicen: hubo un tiempo en el que Él no existía, 
y Él no existía antes de ser engendrado; 
y que Él fue creado de la nada (‘’ex ouk onton’’);
o quienes mantienen que Él es de otra naturaleza o de otra sustancia [que el Padre], 
o que el Hijo de Dios es creado, o mudable, o sujeto a cambios, 
[a ellos] la Iglesia Católica los anatematiza.

La adhesión fue general y entusiasta. Todos los obispos, excepto cinco, se declararon prestos a suscribir dicha fórmula, convencidos de que contenía la antigua fe de la Iglesia Apostólica. Los oponentes quedaron pronto reducidos a dos, Teonas de Marmárica y Segundo de Tolemaida, quienes fueron exilados y anatematizados. 

Arrio y sus escritos fueron también marcados con el anatema, sus libros fueron quemados y él fue exiliado a Iliria. Las listas de los firmantes han llegado hasta nosotros muy mutiladas, desfiguradas por los errores de los copistas. Sin embargo, dichas listas pueden ser consideradas auténticas. Las listas reconstruidas contienen respectivamente 220 y 218 nombres. Con la información derivada de una u otra fuente, se puede construir una relación de 232 ó 237 padres que se sabe estuvieron presentes.


sábado, 4 de junio de 2022

Credo Niceno-Constantinopolitano en latín y español

 CREDO NICENO-CONSTANTINOPOLITANO EN LATÍN Y ESPAÑOL

Credo in unum Deum, Patrem omnipoténtem, factórem caeli et terrae,
visibílium óminum et invisíbilium.
Et in unum Dóminum Iesum Chrustum Filium Dei unigénitum.
Et ex Patre natum ante ómnia saécula. Deum de Deo, lumen de lúmine, 
Deum verum de Deo vero.
Géntium, non factum, consubtantialem Patri: per quem ómnia facta sunt.
Qui propter nos hómines et propter nostram salútem descéndit de caelis
Et incarnatus est de Spíritu Sancto ex María Vírgine et homo factus est.
Crucifixus étiam pro nobis: sub Póntio Piláto passus et sepúltus est.
Et resurréxit tértia die, secúndum scripturas. Et ascédit in caelum: sedet ad déxtram Patris.
Et íterum ventúrus est cum glória inducáre vivos et mortuos: cuius regni non erit finis.
Et in Spíritum Sanctum, Dóminum et vivificántem: qui ex Patre et Filióque prócedit.
Qui cum Patre et Filio simul adorátur et conglorificátur; qui locútus est per Prophétas.
Et unam sanctam catholicam et apostólicam Ecclésiam.
Confíteor unum baptisma in remissiónem peccatórum.
Et exspécto resurrectiónem mortuórum. Et venturi saéculi.

Credo Niceno-constantinopolitano (Castellano)

Creo en un solo Dios; Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra,
de todo lo visible y lo invisible.
Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos:
Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero,
engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; 
que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación, bajó del cielo,
y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre;
y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado,
y resucitó al tercer día, según las Escrituras,
y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre;
y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.
Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo,
que con el Padre y el Hijo, recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas.
Creo en la Iglesia, que es una santa, católica y apostólica.
Confieso que hay un solo Bautismo para el perdón de los pecados.
Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amén.

El Credo de los Apóstoles en latín y español

 EL CREDO DE LOS APÓSTOLES EN LATÍN Y ESPAÑOL


Credo in Deum, Patrem omnipotentem, Creatorem caeli et terrae.
Creo en Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. 

Et in Iesum Christum, Filium eius unicum, Dominum nostrum:
Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, 

qui conceptus est de Spiritu Sancto, natus ex Maria Virgine,
que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen,

passus sub Pontio Pilato, crucifixus, mortuus, et sepultus,
padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado,

descendit ad inferos,
descendió a los infiernos,

tertia die resurrexit a mortuis,
al tercer día resucitó de entre los muertos,

ascendit ad caelos, sedet ad dexteram Dei Patris omnipotentis,
subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso,

inde venturus est iudicare vivos et mortuos.
Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.

Credo in Spiritum Sanctum,
Creo en el Espíritu Santo, 

sanctam Ecclesiam catholicam,
la santa Iglesia católica,

sanctorum communionem,
la comunión de los santos,

remissionem peccatorum,
el perdón de los pecados,

carnis resurrectionem,
la resurrección de la carne 

vitam aeternam. Amén.
la vida eterna. Amén

¿Qué significa "creer en la Iglesia"?

 ¿QUÉ SIGNIFICA CREER (EN) LA IGLESIA?
Por dominicos.org


Imbuido del espíritu eclesial ignaciano: “sentir en y con la iglesia”, el sacerdote jesuita Santiago Madrigal, profesor de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid, fue desgranando de forma pausada y rigurosa el sentido y alcance de esta cláusula eclesiológica incorporada al credo cristiano tal como aparece en el Símbolo Apostólico (credo corto) y en el Símbolo Niceno-constantinopolitano (credo largo).

¿Podemos creer “en” la Iglesia? 

Sólo Dios (los misterios nucleares de la Trinidad, encarnación y deificación del ser humano) es objeto directo de nuestra fe. La iglesia es un misterio derivado. De ahí que en el título de la conferencia aparezca el “en” entre paréntesis haciendo referencia al credo ecclesiam (creo y confieso la Iglesia) que aparece en los credos primitivos cristianos, apoyados en el soporte bíblico de los grandes himnos cristológicos de las cartas a los Colosenses y Efesios.

Ahora bien, si el acto de fe está reservado solo para Dios: credo in Deum (creo en Dios), ¿cuál es el alcance teológico de esa cláusula sobre la iglesia? La iglesia no es Dios, en quien depositamos la fe, pero sí confesamos por la fe los dones que ella ha recibido como depositaria del Espíritu. Se explica así la formulación tradicional: creo en el Espíritu Santo, la santa iglesia católica. Creemos en la iglesia en cuanto vinculada con el Espíritu, origen de su santidad. Una iglesia en la que confluye nuestra fe en Dios Uno y Trino como llamada a la comunión en Dios Padre (1 Cor 1,9), en Jesucristo (1 Jn 1, 1-3) y en el Espíritu (2 Cor 13,13). En otras palabras, la aproximación a la iglesia como objeto de reflexión teológica requiere la fe como misterio derivado, pues la iglesia es de Dios y para Dios. Es así como reconocemos el puesto privilegiado que ocupa dentro del credo.

La comunicación histórica de Dios en Jesucristo que dio origen a sus primeros seguidores dentro de la historia de la salvación se prolonga ahora en la iglesia. Así lo confirman las imágenes alusivas a la estructura comunitaria del Reino de Dios en los relatos evangélicos. La iglesia, sacramento de Dios, nos muestra la salvación universal ofrecida por Jesucristo, ya que “a Dios nadie le ha visto jamás; el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, él lo ha contado” (Jn 1,18). Si éste es el legado que ha recibido, no puede ser otra su razón de ser, consciente de que es la iglesia “santa” de los pecadores, “la pobre iglesia de los pecadores” (K. Rahner).

El tono un tanto académico y magistral de la exposición no fue obstáculo para que los presentes captaran lo fundamental de este artículo de la fe cristiana. Delimitación y clarificación que agradecieron.

+ Sobre "Creo en la Iglesia Católica"

Creo en la Iglesia que es una, santa, católica y apóstolica


CREO EN LA IGLESIA, QUE ES UNA, SANTA, CATÓLICA

+ Sobre el Credo

"Creo en la Iglesia Católica" CIC 748-750

 


“CREO EN LA SANTA IGLESIA CATÓLICA” 
CIC 748-750

748 "Cristo es la luz de los pueblos. Por eso, este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea vehementemente iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia (LG1), anunciando el Evangelio a todas las criaturas". Con estas palabras comienza la "Constitución dogmática sobre la Iglesia" del Concilio Vaticano II. Así, el Concilio muestra que el artículo de la fe sobre la Iglesia depende enteramente de los artículos que se refieren a Cristo Jesús. La Iglesia no tiene otra luz que la de Cristo; ella es, según una imagen predilecta de los Padres de la Iglesia, comparable a la luna cuya luz es reflejo del sol.

749 El artículo sobre la Iglesia depende enteramente también del que le precede, sobre el Espíritu Santo. "En efecto, después de haber mostrado que el Espíritu Santo es la fuente y el dador de toda santidad, confesamos ahora que es Él quien ha dotado de santidad a la Iglesia" (Catecismo Romano, 1,10,1). La Iglesia, según la expresión de los Padres, es el lugar "donde florece el Espíritu" (San Hipólito Romano, Traditio apostolica, 35).

750 Creer que la Iglesia es "Santa" y "Católica", y que es "Una" y "Apostólica" (como añade el Símbolo Niceno-Constantinopolitano) es inseparable de la fe en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. En el Símbolo de los Apóstoles, hacemos profesión de creer que existe una Iglesia Santa (Credo [...] Ecclesiam), y no de creer en la Iglesia para no confundir a Dios con sus obras y para atribuir claramente a la bondad de Dios todos los dones que ha puesto en su Iglesia (cf. Catecismo Romano, 1, 10, 22).

+ Creo en la Iglesia Católica

sábado, 14 de julio de 2018

¿Eres “nestoriano” o “monofisita”? por Hilari Raguer, OSB

Ese credo que recitamos de corrido lo forjaron los primeros concilios ecuménicos a martillazos, condenando herejes a derecha y a izquierda.

A veces los que habían triunfado en un concilio se excedían en su interpretación y otro concilio tenía que dar un golpe de timón en sentido contrario. Esto no son “cuestiones bizantinas”, sino que tiene mucha actualidad, como trataré de explicar.

El primer concilio ecuménico, el de Nicea del 325 proclamó la fe en un solo Dios en tres personas y condenó la herejía de Arrio, que negaba la divinidad de Jesucristo, que él tenía por una criatura de Dios (“engendrado, no creado”, decimos en el credo).

El Concilio I de Constantinopla (381) reafirmó la condena de Nicea al arrianismo pero también el error opuesto, de Sabelio, que sostenía que Padre, Hijo y Espíritu Santo no son tres personas, sino tres aspectos o modalidades del único Dios. De estos dos primeros concilios procede el credo “nicenoconstantinopolitano” que decimos en la misa.

El Concilio de Éfeso del 431 tuvo por protagonista al patriarca de Alejandría, Cirilo, que proclamaba a María Madre de Dios (“theotókos” en griego, “Dei genitrix” en latín), y condenó al patriarca de Constantinopla Nestorio, que creía que María era solo madre de la humanidad de Jesucristo, y por lo tanto no era Madre de Dios.

Al reconocer a María como verdadera Madre de Dios, Éfeso afirmaba que en Jesucristo hay dos naturalezas pero una sola persona humano-divina, y María, al ser madre de la única persona de Jesucristo, es madre de Jesucristo hombre y Dios.

Eutiques, archimandrita (=superior) de un monasterio de Constantinopla, era ferviente seguidor de Cirilo de Alejandría, y por lo tanto de la doctrina de la “theotókos”, María Madre de Dios, pero se excedió en esta dirección y sostenía que, después de la unión de las dos naturalezas en la única persona de Jesucristo, la naturaleza humana había quedado absorbida por la divina y por lo tanto solo quedaba una naturaleza, la divina, y así Jesucristo no sería propiamente humano. Era el “monofisismo”, “mia physis”, una naturaleza. El sucesor de Cirilo en Alejandría, el patriarca Dióscuro, logró con sus intrigas que el emperador Teodosio II convocara otro sínodo, también en Éfeso, que aprobó su tesis. Por los procedimientos ilegítimos aquella asamblea no fue reconocida y se la conoce como “el latrocinio de Éfeso”.

El Concilio de Calcedonia (451) puso las cosas en su sitio. Fue el más participado (unos 600 obispos) y el mejor documentado. De occidente solo estuvieron los cinco legados pontificios, pero el papa san León el Grande exigió que se les confiriera la presidencia y envió un documento, el “tomus ad Flavianum”, que precisaba la recta doctrina, con la subsistencia de ambas naturalezas en un única persona.

En la actual Liturgia de las Horas se conservan, en la solemnidad de María, Madre de Dios, unas antífonas de estilo oriental de gran inspiración poética y a la vez profundidad teológica, que resumen la doctrina de los cuatro primeros concilios.

La del cántico de Zacarías, en las Laudes, dice: “Hoy se nos ha manifestado un gran misterio: en Cristo se han unido dos naturalezas, Dios se ha hecho hombre y, sin dejar de ser lo que era, ha asumido lo que no era, sin sufrir mezcla ni división”. En latín: “non commixtionem passus neque divisionem”. “Sin mezcla”, contra los monofisitas; “sin división”, contra los nestorianos.

León XIII recordó la doctrina de su predecesor san León I en un delicado momento político del catolicismo español. Superando la práctica secular de “la unión del trono y el altar”, apoyó a la monarquía liberal de la Restauración y concertó con ella el concordato del 1851. Los católicos españoles se dividieron entonces entre los que querían mantener la “integridad” (y por eso se llamaron integristas) de la tradicional identificación de la religión con la monarquía absoluta y los que se abrían a la democracia constitucional y parlamentaria, y por eso los primeros los tachaban de “mestizos” o medio infieles. De esta división vinieron las tres guerras carlistas.

En 1882 León XIII trató de poner paz con su encíclica “Cum multa”, que sigue siendo actual. Condenó dos errores opuestos en el modo de entender la relación de la religión y la política: el de los que las separaban totalmente (liberales) y el de los que las confundían (integristas). Aplicando la doctrina de los cuatro primeros concilios, resumida en aquella antífona antes citada, decía que así como hay que evitar “el impío error” de querer gobernar una nación sin tener en cuenta a Dios, “así también hay que huir de la equivocada opinión de los que mezclan y casi identifican la religión con algún partido político, hasta el punto de tener poco menos que por separados del catolicismo a los que pertenecen a otro partido”. León XIII fracasó entonces en España: cada bando sostuvo que la encíclica les daba la razón.

Terminaré con una aplicación de la doctrina de los cuatro grandes concilios a la vida cristiana de todos los tiempos; también al nuestro. Sin caer en ninguna de las herejías opuestas condenadas, los cristianos pueden adoptar estilos de piedad y de actividad que insistan más en la divinidad de Jesús o en su humanidad. Pueden ser más “espirituales” y dedicarse intensamente a la contemplación, o más “humanos” y trabajar más por las implicaciones temporales del evangelio, pero siempre han de mantener un mínimo esencial de la otra tendencia.

En la vida religiosa se habla de congregaciones de vida contemplativa y de vida activa, pero todas son algo mixtas. Un cartujo, dado a la contemplación, ha de tener un mínimo de caridad, hacia sus hermanos de comunidad y hacia los que se le acerquen; no puede despacharlos diciendo que le estorban en sus oraciones. Y un sacerdote o una religiosa entregados al servicio de los más desvalidos han de tener un mínimo de oración. Lo mismo un sacerdote de gran actividad pastoral: no podrá hablar “de” Dios” si no habla “con” Dios.

En el Vaticano II la minoría conservadora o inmovilista se aferraba a las verdades eternas y se oponía a las reformas (“monofisitas”), mientras la mayoría en la línea de Juan XXIII insistía en la necesidad de adaptarse a la mentalidad y los problemas de nuestro tiempo y se tradujo en le “opción preferencial por los pobres” (“nestorianos”). La asamblea del CELAM de Medellín del 1968, aplicando y ampliando la doctrina del Vaticano II, hizo pasar a la Iglesia de América Latina de la tendencia tradicional “monofisita” a la “nestoriana”. De ahí nació la teología de la liberación. Pero el padre de esta escuela, Gustavo Gutiérrez, en su libro emblemático “Teología de la liberación” (1972), insiste en la necesidad de la contemplación y la mística (dimensión divinizante o “monofisita”).

Finalmente, hablando siempre en sentido amplio de aquellas herejías, me atreveré preguntar si la Virgen María era “monofisita” o “nestoriana”. Ella tuvo un perfecto equilibrio, porque si con su total dedicación a su Hijo tendía a “monofisita”, en el cántico que resume su espiritualidad, el Magníficat, se declara esclava del Señor pero opta plenamente por los pobres.

Nuestra devoción mariana puede seguir una u otra tendencia. Una devoción mariana “monofisita” la espiritualiza tanto que casi hace de María un extraterrestre, un cromo, sin relación alguna con la Iglesia y el mundo (pienso en cierta imaginería y en algún medio de comunicación mariano). En cambio la devoción “nestoriana” extrema no insiste en su virginidad y aun la niega, y ve a María como la mujer fuerte, que comparte los problemas del pueblo; como una mujer palestina de Gaza.
Y tú: ¿te sientes “nestoriano” o “monofisita”?

lunes, 29 de mayo de 2017

SOBRE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

¿Qué significa “Cristo subió al cielo”?

El cielo no es un lugar al que vamos sino una situación en la que seremos transformados si vivimos en el amor y en la gracia de Dios. El cielo de las estrellas y de los viajes espaciales de los astronautas y el cielo de nuestra fe no son idénticos. Por eso, cuando rezamos el Credo y decimos que “Cristo subió a los cielos” no queremos decir que Él, anticipándose a la ciencia moderna, emprendiera un viaje sideral.

En el cielo de la fe no existe el tiempo, la dirección, la distancia ni el espacio. El cielo de la fe es Dios mismo de quien las Escrituras dicen: "Habita en una luz inaccesible" (1 Tim 6,16).

Del mismo modo, la subida de Cristo al cielo no es igual a la subida de nuestros cohetes; éstos se trasladan constantemente de un espacio a otro, se encuentran constantemente dentro del tiempo y nunca pueden salir de estas coordenadas por más lejanos que viajen por espacios indefinidos. La subida de Cristo al cielo es también un "pasar" del tiempo a la eternidad, de lo visible a lo invisible, de la inminencia a la transcendencia, de la opacidad del mundo a la luz divina, de los seres humanos a Dios.

Con su “ascensión al cielo” Cristo entró en un mundo que escapa a nuestras posibilidades. Nadie sube hasta allí si no ha sido elevado por Dios (cfr. Lc 24,51; Hch 1,9). Él vive ahora con Dios, en la absoluta perfección, presencia, ubicuidad, amor, gloria, luz, felicidad, una vez alcanzada la meta que toda la creación está llamada a lograr. Cuando proclamamos que Cristo subió al cielo pensamos en todo eso.

¿Qué decir entonces de la narración de san Lucas al final de su evangelio (24,50-53) y al comienzo de los Hechos de los Apóstoles (1,9-11) donde cuenta con algunos detalles la subida de Cristo a los cielos hasta que una nube lo oculto de los ojos de los espectadores?

Si la ascensión de Cristo no significa una subida física al cielo estelar, ¿por qué entonces san Lucas la describió así? ¿Qué pretendía decir? Para dar respuesta a esto tenemos que comprender una serie de datos acerca del estilo y género literario de la literatura antigua.

La ascensión, ¿fue visible o invisible?

En primer lugar constatemos el hecho de que es Lucas el único que narra el acontecimiento de la ascensión en términos de una ocultación palpable y de un desaparecer visible de Cristo en el cielo, cuarenta días después de la Resurrección.

Marcos sólo dice: «El Señor Jesús, después de hablar con ellos, fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios» (16,19). Sabemos que el final de Marcos (16,9-20) es un añadido posterior y que este fragmento depende del relato de Lucas.

Mateo no conoce ninguna escena de ocultamiento de Jesús; termina así su evangelio: «Jesús les dijo: se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra... Yo estaré con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos» (28,18-20). Para san Mateo, Jesús ya ascendió al cielo al resucitar. El que dice «todo poder me ha sido dado en el cielo y en la tierra» ya ha sido investido de ese poder; ya está a la derecha de Dios en los cielos.

Para san Juan, la muerte de Jesús significó ya su pasar al Padre (Jn 3,13): «Dejo el mundo y voy al Padre» (16,28). Cuando dice: «Recibid el Espíritu Santo», según la teología de Juan eso significa que Jesús ya está en el cielo y envía desde allá su Espíritu (Jn 7,39; 16,7).

Para Pablo la resurrección significaba siempre elevación en poder junto a Dios (Rom 1,3-4; Flp 2,9-11).

Pedro habla también de Jesucristo «que subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios» (1 Pe 3, 22).

1 Tim 3,16 habla de su exaltación a la gloria.

En todos estos pasajes la ascensión no es un acontecimiento visible para los apóstoles, sino invisible y en conexión inmediata con la resurrección. Esta perspectiva que contemplaba conjuntamente resurrección y ascensión se mantuvo, a pesar del relato de Lucas, hasta el siglo IV, como atestiguan los Padres como Tertuliano, Hipólito, Eusebio, Atanasio, Ambrosio, Jerónimo y otros.

San Jerónimo, por ejemplo, predicaba: «El domingo es el día de la resurrección, el día de los cristianos, nuestro día. Por eso se llama el día del Señor, porque en este día Nuestro Señor subió, victorioso, al Padre» (Corpus Christianorum, 78,550).

De igual manera la liturgia celebró hasta el siglo V como fiesta única la pascua y la ascensión. Sólo a partir de entonces, con la historificación del relato lucano, se desmembró la fiesta de la ascensión en cuanto fiesta propia.

El sentido de la ascensión era el mismo que el de la resurrección: Jesús no fue revivificado ni volvió al modelo de vida humana que poseía antes de morir. Fue entronizado en Dios y constituido Señor del mundo y juez universal, viviendo la vida divina en la plenitud de su humanidad.

Y aquí se impone la pregunta: si la ascensión no es ningún hecho narrable sino una afirmación acerca del nuevo modelo de vivir de Jesús junto a Dios, ¿porqué Lucas la transformó en una narración?

Finalmente, ¿estaba él interesado en comunicar sobre todo hechos históricos externos? ¿o es que a través de semejante narración nos quiere transmitir una comprensión más profunda de Jesús y de la continuidad de su obra en la tierra? Creemos que esta última pregunta ha de transformarse en una respuesta.

La ascensión, esquema literario

Veamos en primer lugar los textos. Al final de su evangelio nos cuenta:

«Condujo a los discípulos cerca de Betania y alzando las manos, los bendijo. Y sucedió que mientras los bendecía se separó de ellos y era elevado al cielo. Y ellos, después de postrarse ante él volvieron a Jerusalén con gran alegría y estaban continuamente en el templo bendiciendo a Dios» (24,50-53).

En los Hechos se nos cuenta:

«Y dicho esto, se elevó mientras ellos miraban y una nube lo ocultó a sus ojos. Y según estaban con los ojos fijos en el cielo mientras él partía, he aquí que se presentaron ante ellos dos varones con vestiduras blancas que les dijeron: Galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este Jesús elevado de entre vosotros al cielo volverá tal como lo habéis visto ir al cielo» (1,9-11).

En estos dos relatos se trata realmente de una escena de ascensión visible y de ocultamiento. Escenas de ocultamiento y de ascensión no eran desconocidas en el mundo antiguo greco-romano y judío. Era una forma narrativa de la época para realzar el fin glorioso de un gran hombre.

Se describe una escena con espectadores; el personaje famoso dirige sus últimas palabras al pueblo, a sus amigos o discípulos; en ese momento es arrebatado al cielo. La ascensión se describe en términos de nubes y oscuridad para caracterizar su numinosidad y transcendencia.

Así, por ejemplo, Tito Livio en su obra histórica sobre Rómulo, primer rey de Roma, narra lo siguiente: Cierto día Rómulo organizó una asamblea popular junto a los muros de la ciudad para arengar al ejército. De repente irrumpe una fuerte tempestad. El rey se ve envuelto en una densa nube. Cuando la nube se disipa, Rómulo ya no se encontraba sobre la tierra; había sido arrebatado al cielo. El pueblo al principio quedó perplejo; después comenzó a venerar a Rómulo como nuevo dios y como padre de la ciudad de Roma («Livius», I,16).

Otras ascensiones se narraban en la antigüedad, tales como las de Heracles, Empédocles, Alejandro Magno y Apolonio de Tiana. Todas siguen el mismo esquema arriba expuesto.

El Antiguo Testamento cuenta el arrebato de Elías descrito por su discípulo Eliseo (2 Re 2,1-18) y hace una breve referencia a la ascensión de Henoc (Gen 5,24). Es interesante observar cómo el libro eslavo de Henoc, escrito judío del siglo primero después de Cristo, describe la «ascensio Henoch»:
«Después de haber hablado Henoc al pueblo, envió Dios una fuerte oscuridad sobre la tierra que envolvió a todos los hombres que estaban con Henoc. Y vinieron los ángeles y cogieron a Henoc y lo llevaron hasta lo más alto de los cielos. Dios lo recibió y lo colocó ante su rostro para siempre. Desapareció la oscuridad de la tierra y se hizo la luz. El pueblo asistió a todo pero no entendió cómo había sido arrebatado Henoc al cielo. Alabaron a Dios y volvieron a casa los que tales cosas habían presenciado» (Lohfink, G., «Die Himmelfahrt Jesu», 11-12).

Los paralelos entre la narración de Lucas y las demás narraciones saltan a la vista. No cabe duda de que el paso de Jesús del tiempo a la eternidad, de los hombres a Dios, está descrito según una historia de ocultamiento, forma literaria conocida y común en la antigüedad. No que Lucas haya imitado una historia de ocultamiento anterior a él. Hizo uso de un esquema y de un modelo narrativo que estaban a su disposición en aquel tiempo.

Nosotros hacemos lo mismo cuando en la catequesis empleamos el sicodrama, el teatro o aun el género novelístico para comunicar una verdad revelada y cristiana a nuestros oyentes de hoy. Al hacerlo nos movemos dentro de un esquema propio de cada género sin que con ello perdamos o deformemos la verdad cristiana que pretendemos comunicar o testimoniar. La Biblia está llena de recursos como éste. Nos alargaríamos si quisiéramos presentar más ejemplos. Existe una amplia literatura científica y de divulgación referente a este asunto.

Como conclusión podemos mantener que la verdad dogmática de que «Cristo subió al cielo» (1 Pe 3,22) o que «fue exaltado a la gloria» (1 Tim 3,16) fue historificada muy probablemente por el mismo Lucas.

¿Qué quiso decir Lucas con la ascensión?

¿Por qué historificó Lucas la verdad de la glorificación de Jesucristo junto a Dios? Analizando su evangelio descubrimos en él no sólo un gran teólogo sino también un escritor refinado que sabe crear la «punta» en una narración y sabe cómo comenzar y concluir de forma perfecta un libro.
En ese sentido se entienden las dos narraciones de la ascensión, una al concluir el evangelio y otra abriendo los Hechos de los Apóstoles.

En cuanto conclusión del evangelio cobra una gran fuerza de expresión porque utiliza un género que se prestaba exactamente para exaltar el fin glorioso de un gran personaje. Jesús era mucho mayor que todos ellos pues era el mismo Hijo de Dios que retornaba al lugar del que había venido, el cielo. A eso le añade motivos más que destacan quién era Jesús: en el Evangelio lucano Jesús nunca había bendecido a los discípulos; ahora lo hace; nunca había sido adorado por ellos y ahora es adorado por vez primera. Queda así claro que con su subida al cielo la historia de Jesús alcanzó su plena perfección; con la ascensión los discípulos comprenden la dimensión y profundidad del acontecimiento.

Pero, ¿por qué se relata la ascensión dos veces y con formas diversas? En los Hechos, además de los motivos literarios presentes en el evangelio lucano, entran también motivos teológicos. Sabemos que la comunidad primitiva esperaba para pronto la venida del Cristo glorioso y el fin del mundo. En la liturgia recitaban con frecuencia la oración «Marana tha», ¡Ven Señor! Pero el fin no llegaba.

Cuando Lucas escribió su evangelio y los Hechos, la comunidad y principalmente Lucas, se dan cuenta de ese retraso de la Parusía. Muchos fieles ya habían muerto y Pablo había extendido la misión Mediterráneo adelante. Esto exigía una aclaración teológica: ¿Por qué no ha llegado el fin? Lucas intenta dar una respuesta a esa cuestión angustiosa y frustrante.

Ya en su evangelio reelabora los pasajes que hablaban muy directamente de la próxima venida del Señor. Así, cuando el Jesús de Marcos dice ante el Sanedrín: «Veréis al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Poder y venir sobre las nubes del cielo» (14,62), Lucas hace decir a Jesús únicamente: «Desde ahora, el Hijo del Hombre estará a la derecha del poder de Dios» (22,69).

Para Lucas la venida de Cristo y el fin del mundo ya no son inminentes, aprendió la lección de la historia y ve en ello el designio de Dios. El tiempo que ahora se inaugura es el tiempo de la misión, de la Iglesia y de la historia de la Iglesia. Esa constatación, Lucas la pone en el frontispicio de los Hechos y se contiene igualmente en la narración de la ascensión de Jesús al cielo. Cristo no viene como esperaban; se va. Volverá otra vez un día, pero al fin de los tiempos.

Lucas intenta decir a sus lectores: el hecho de que Jesús haya resucitado no significa que la historia haya llegado a su fin, ni que la venida de Jesús en gloria sea inminente. Por el contrario, la pascua significa exactamente que Dios crea un espacio y un tiempo para que la Iglesia se desarrolle, partiendo de Jerusalén, Judea y Samaría, hasta los confines de la tierra. Por eso es erróneo quedarse ahí parado y mirar para el cielo. Sólo quien dé testimonio de Jesús ha entendido correctamente la pascua. Jesús vendrá. ¿Cuándo? Eso es asunto reservado a Dios.

Tal como dice acertadamente el exegeta católico Gerhard Lohfink, al que seguimos en toda esta exposición: «El tema de Hch 1,6-11 (la ascensión) es el problema de la parusía. Lucas intenta decir a sus lectores: el hecho de que Jesús haya resucitado no significa que la historia haya llegado a su fin, ni que la venida de Jesús en gloria sea inminente. Por el contrario, la pascua significa exactamente que Dios crea un espacio y un tiempo para que la Iglesia se desarrolle, partiendo de Jerusalén, Judea y Samaría, hasta los confines de la tierra. Por eso es erróneo quedarse ahí parado y mirar para el cielo. Sólo quien dé testimonio de Jesús ha entendido correctamente la pascua. Jesús vendrá. ¿Cuándo? Eso es asunto reservado a Dios. La tarea de los discípulos está en constituirse ahora en el mundo en cuanto Iglesia» (53-54).

En otras palabras eso es lo que Lucas intentó con el relato de la ascensión en los Hechos.

Comparando las dos narraciones, la del evangelio con la de los Hechos, se perciben notables diferencias. Las nubes y los ángeles del relato de Hechos no aparecen en el evangelio. En éste, Jesús se despide con una bendición solemne; en los Hechos ésta falta totalmente. Las palabras de despedida en el evangelio y en Hechos difieren profundamente. Esas diferencias se comprenden porque Lucas no pretendía hacer el relato de un hecho histórico. Quiso enseñar una verdad, como ya dijimos arriba, y a tal fin debían servir los diversos motivos introducidos.

La verdad del relato no está en si hubo o no bendición, en si Jesús dijo o no dijo tal frase, si aparecieron o no dos ángeles o si los apóstoles estaban o no estaban en el monte de los Olivos mirando al cielo. Quien busque este tipo de verdad no busca la verdad de la fe, sino únicamente una verdad histórica que hasta un ateo puede constatar.

El que quiera saber si la historia de la ascensión de Jesús al cielo es verdadera, y eso es lo que intenta saber nuestra fe, deberá preguntar: ¿Es cierta la interpretación teológica que Lucas da de la historia después de la resurrección? ¿Es verdad que Dios ha dejado un tiempo entre la resurrección y la parusía para la misión y para la Iglesia? ¿Es cierto que la Iglesia en razón de esto no debe sólo mirar hacia el cielo sino también hacia la tierra?

Pues bien, ahora estamos en mejor situación para responder de lo que estaban los contemporáneos de Lucas, pues tenemos detrás de nosotros una historia de casi dos mil años de cristianismo. Podemos con toda seguridad y toda fe decir: Lucas tenía la verdad. Su narración sobre la ascensión de Jesús a los cielos en Hechos, además de interpretar correctamente la historia de su tiempo, era una profecía para el futuro; y se realizó y todavía se está realizando. Jesucristo penetró en aquella dimensión que ni ojo vio ni oído oyó (cfr 1 Cor 2,9). El, que durante su vida tuvo poco éxito y murió miserablemente en la cruz, fue constituido por la resurrección en Señor del mundo y de la historia. Sólo es invisible pero no es un ausente.

Sobre “la nube”

Lucas lo dice en el lenguaje de la época: «se elevó mientras ellos miraban, y una nube lo ocultó a sus ojos» (Hch 1,9). Esa nube no es un fenómeno meteorológico; es el símbolo de la presencia misteriosa de Dios. Moisés en el Sinaí experimenta la proximidad divina dentro de una nube: «Cuando Moisés subía a la montaña las nubes envolvían toda la montaña; la gloria de Yahvé bajó sobre el monte Sinaí y las nubes lo cubrieron por seis días» (Ex 25,15).

Era la proximidad de Dios. Cuando el arca de la alianza fue entronizada en el templo de Salomón se dice que «una nube llenó la casa de Yavé Los sacerdotes no podían dedicarse al servicio a causa de la nube, pues la gloria de Yahvé llenaba toda la casa» (1 Re 8,10).

La nube, por consiguiente, significa que Dios o Jesús está presente, aunque de forma misteriosa. No se le puede tocar y sin embargo está ahí, a la vez revelado y velado. La Iglesia es su signo-sacramento en el mundo, los sacramentos lo hacen visible bajo la fragilidad material de algunos signos, la Palabra le permite hablar en nuestra lengua invitando a los hombres a una adhesión a su mensaje que, una vez vivido, los llevará hacia aquella dimensión en la que él existe ahora, al cielo.

Todo esto está presente en la teología de la ascensión de Jesús al cielo. Esta es la verdad del relato que Lucas, hoy todavía, nos quiere transmitir, para que «nos postremos ante él, Jesús, y volvamos a nuestra Jerusalén llenos de una gran alegría» (cfr. Lc 24,52).

Nota: El presente texto es un extracto de las páginas 185 -194, del libro "Hablemos de la Otra Vida" del teólogo Leonardo Boff, publicado en 1978 por la editorial española Sal Terrae. La publicación original es en portugés y se titula "Vida para Além da Morte" de la editorial Vozes en Petrópolis, Brasil.

* Teólogo brasileño, ex-sacerdote franciscano, filósofo, escritor, profesor y ecologista. Durante 22 años fue profesor de Teología Sistemática y Ecuménica en el Instituto Teológico Franciscano de Petrópolis, profesor de Teología y Espiritualidad en varios centros de estudio y universidades de Brasil y del exterior, y profesor visitante en las universidades de Lisboa (Portugal), Salamanca (España), Harvard (EUA), Basilea (Suiza) y Heidelberg (Alemania).