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sábado, 8 de octubre de 2022

Salvación universal y agradecimiento, por Mons. Francisco González, S.F.


Comentario por Mons. Francisco González SF

Domingo vigésimo octavo del Tiempo Ordinario. Entramos en la tercera etapa del camino de Jesús a Jerusalén. De hecho el evangelio de hoy comienza con la frase: “En aquel tiempo, de camino a Jerusalén”. Si tuviera que resumir el mensaje de este domingo en pocas palabras serían salvación universal y agradecimiento.

Era común, principalmente entre los líderes del Pueblo Elegido que ellos y sólo ellos se iban a salvar, pues Yavé Dios los había escogido como pueblo suyo. 

Mirando la primera lectura vemos que un extraño, un extranjero recibe la sanación (salvación) en Israel. Naamán, el sirio, siguiendo las instrucciones del profeta Eliseo, se baña en el río Jordán y queda limpio de su enfermedad. Tan agradecido está por esta curación que hasta se lleva tierra de Israel para construir con dicha tierra el altar donde desde ahora en adelante ofrecerá sacrificios al verdadero Dios.

En el evangelio leemos cómo el Señor sana a diez hombres. Forman un grupo heterogéneo, judíos y samaritanos. El hecho de que están en el pueblo, puede muy bien indicar que tienen una mentalidad nacionalista, que no quieren saber de los demás. Debido a su enfermedad están legalmente marginados, están fuera de la comunidad. Las leyes no están para salvarlos, sino para oprimirlos y cuando han conseguido ser sanados, uno sólo se da cuenta y reconoce que la salvación viene de Jesús y no del templo, uno sólo vuelve para dar gracias y lo extraño del caso es, que el mismo Jesús lo menciona, el agradecido no pertenece a los que se sientan cercanos a Dios, sino un samaritano, un extranjero/un inmigrante.

El samaritano y el sirio nos ofrecen prueba palpable de que la salvación es para todos. Que estamos llamados a evangelizar a todos. La Buena Nueva se ha de anunciar, la Buena Nueva de que Dios quiere la salvación de todos, se debe proclamar a todo el mundo y en todo el mundo.

El agradecimiento que el samaritano muestra a Jesús, es la actitud que debe tener todo cristiano, ante la vida en sí y ante la salvación. El cristiano tiene que siempre estar con Jesús, y cuando ha habido una separación, debe volver a Jesús. Nuestra fe nos dice que Él es el único camino por el que llegaremos a la salvación: Si perseveramos con Él, reinaremos con Él.

Sufrir por sufrir no tiene sentido, sin embargo vivimos una vida imperfecta y el sufrimiento es parte de la misma. Cristo Jesús, recuerda Pablo a Timoteo ha sufrido y muerto antes que nosotros, pero también ha resucitado. Si acompañamos al Señor en el sufrimiento y muerte, también le acompañaremos en la resurrección.

Después de una lectura/oración de la Palabra de Dios en este domingo, el camino es claro: reconocer que el llamado a la salvación es para todos, que si Dios no discrimina, tampoco debemos hacerlo nosotros y que el agradecimiento, cuando sale del corazón agrada a Dios.

Bueno será recordar que la eucaristía es acción de gracias, y cuando asistimos a la Santa Misa estamos celebrando una acción de gracias a Dios por todo lo que nos ha dado, especialmente su Hijo Jesucristo.

sábado, 9 de julio de 2022

Sobre los samaritanos

La región de los samaritanos: Samaria






Los samaritanos en la Biblia:






   

Para saber más:

Lucas 10,25-37: "¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?"

Lucas 10,25-37
Lunes de la 27 Semana del Tiempo Ordinario, Año I y II

En aquel tiempo, se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: "Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?" Él le dijo: "¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?" Él contestó: "Amarás al Señor, tu, Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo." Él le dijo: "Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida." 

Pero el maestro de la Ley queriendo justificarse, preguntó a Jesús: "¿Y quién es mi prójimo?" Jesús le dijo: "Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó en una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: "Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta." ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?" Él contestó: "El que practicó la misericordia con él." Díjole Jesús: "Anda, haz tu lo mismo."

SOBRE EL MISMO TEMA:

¿Quiénes eran los samaritanos y porqué eran enemigos de los judíos?

Lucas 10,25-37

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Lucas 17,11-19: Sanación de los diez leprosos

Lucas 17,11-19
Miércoles de la 32 Semana del Tiempo Ordinario I y II

En aquel tiempo, yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: "Jesús, maestro, ten compasión de nosotros". Al verlos, les dijo: "Id a presentaros a los sacerdotes". Y mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos, y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Este era un samaritano. Jesús tomó la palabra y dijo: "¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?" Y le dijo: "Levántate, vete; tu fe te ha salvado".


SOBRE EL MISMO TEMA:

sábado, 20 de mayo de 2017

Hechos 8,5-8.14-17: Felipe predica a los samaritanos


En aquellos días, Felipe bajo a la ciudad de Samaría y predicaba allí a Cristo. El gentío escuchaba con aprobación lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacia, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se lleno de alegría. Cuando los apóstoles, que estaban en Jerusalén, se enteraron de que Samaría había recibido la palabra de Dios, enviaron a Pedro y a Juan; ellos bajaron hasta allí y oraron por los fieles, para que recibieran el Espíritu Santo; aún no había bajado sobre ninguno, estaban sólo bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.

Comentario por Reflexiones Católicas
"Felipe predica a los samaritanos"

La primera lectura, tomada del libro de los Hechos, nos presenta a Felipe, no el apóstol sino el diácono, predicando a los samaritanos en su capital. Es una noticia inusitada si tenemos en cuenta la enemistad tradicional entre judíos y samaritanos, tan presente en los evangelios, en pasajes como la parábola del buen samaritano (Lc 10,29-37), o la conversación de Jesús con la samaritana (Jn 4,1-42) o en otros pasajes más breves (Mt 10,5; Lc 9,51-56; 17,16; Jn 8,48).

Los judíos consideraban a los samaritanos como herejes y extranjeros (Cfr. 2Re 17,24-41) pues, aunque adoraban al único Dios y vivían de acuerdo con su ley, no querían rendir culto en Jerusalén, ni aceptaban ninguna revelación ni otras normas que las contenidas en el Pentateuco.

Los samaritanos pagaban a los judíos con la misma moneda pues los habían hostigado en los períodos de su poderío y habían llegado a destruir su templo en el monte Garizim. Por todo esto nos parece sorprendente encontrar a Felipe predicando entre ellos, en su propia capital, y con tanto éxito como testimonia el pasaje que hemos leído, hasta concluir con un hermoso final: que su ciudad, la de los samaritanos, "se llenó de alegría".

Esta obra evangelizadora que rompe fronteras nacionales, que supera odios y rivalidades ancestrales, provocando en cambio la unidad y la concordia de los creyentes, es obra del Espíritu Santo, como comprueban los apóstoles Pedro y Juan, que con su presencia en Samaria confirman la labor de Felipe. Se trata de una especie de Pentecostés, de venida del Espíritu Santo sobre estos nuevos cristianos procedentes de un grupo tan despreciado por los judíos. Para el Espíritu divino, no hay barreras ni fronteras. Es Espíritu de unidad y de paz. 

sábado, 18 de marzo de 2017

Juan 4,1-42: Encuentro de Jesús con la samaritana



4:1 Cuando Jesús se enteró de que los fariseos habían oído decir que él tenía más discípulos y bautizaba más que Juan
4:2 —en realidad él no bautizaba, sino sus discípulos—
4:3 dejó la Judea y volvió a Galilea.
4:4 Para eso tenía que atravesar Samaría.

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía. Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice:
— Dame de beber.
Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice:
— ¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?
Porque los judíos no se tratan con los samaritanos. Jesús le contestó:
— Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva.
La mujer le dice:
— Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?
Jesús le contestó:
— El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.
La mujer le dice:
— Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla.
Él le dice:
— Anda, llama a tu marido y vuelve.
La mujer le contesta:
— No tengo marido.
Jesús le dice:
— Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad.
La mujer le dice:
— Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén.
Jesús le dice:
— Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad.
La mujer le dice:
— Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo.
Jesús le dice:
— Soy yo, el que habla contigo.
En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo:
— ¿Qué le preguntas o de qué le hablas?
La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente:
— Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que ha hecho; ¿será éste el Mesías?
Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto sus discípulos le insistían:
— Maestro, come.
Él les dijo:
— Yo tengo por comida un alimento que vosotros no conocéis.
Los discípulos comentaban entre ellos:
— ¿Le habrá traído alguien de comer?
Jesús les dice:
— Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: Uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis sudado. Otros sudaron, y vosotros recogéis el fruto de sus sudores.
En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: "Me ha dicho todo lo que he hecho." Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer:
— Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.

SOBRE EL MISMO TEMA:  



lunes, 3 de octubre de 2016

Lucas 10,25-37: Practicar la misericordia, por Mons. Francisco González, S.F.




En aquel tiempo, se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba:
— Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?
Él le dijo:
— ¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?
Él contestó:
— Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo.
Él le dijo:
— Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.
Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús:
— ¿Y quién es mi prójimo?
Jesús dijo:
— Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él, y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: "Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta." ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?
Él contestó:
— El que practicó la misericordia con él.
Díjole Jesús:
— Anda, haz tú lo mismo.

Comentario por Mons. Francisco González, SF
"Practicar la misericordia"  

Al leer esta parábola, la del buen samaritano, debemos decir que es una preciosidad. Creo que es una buena forma de calificarla, aunque cuando pasamos de la lectura a la aplicación de su enseñanza, tal vez nos parece que puede perder parte de esa belleza.

Un letrado, o sea, un experto de la ley hace a Jesús una pregunta capciosa: “¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”

Jesús, que ve y oye más allá de lo que es aparente, le contesta haciéndole reflexionar sobre la pregunta misma, y haciéndole ver la inutilidad de la misma ya que él es experto en la Ley y por eso se la devuelve con gran acierto y posiblemente acompañado de una sonrisa: “¿Qué dice la Ley? Tú tienes que saberlo”.

El letrado, haciendo gala de su conocimiento responde correctamente: “Amar a Dios sobre todo, por encima de todo, o sea, con todo tu ser (corazón, alma, fuerza y mente). La segunda parte, amar al prójimo como a ti mismo”.

Jesús aplaude la respuesta, pues es la correcta y para que no queden dudas le añade: “Haz esto y tendrás la vida acerca de la cual estas preguntando”. Jesús le está diciendo que no es suficiente con conocer la ley, es necesario practicarla; no es suficiente conocer bien el Catecismo de la Iglesia, hay que seguirlo; no es suficiente citar capítulo y versículo del santo evangelio, hay que seguir e imitar al Señor; no es suficiente memorizar infinidad de oraciones y repetirlas frecuentemente, es necesario ser hombre/mujer de oración.

El letrado está empeñado en no quedar mal y así hace una segunda pregunta: “¿Quién es mi prójimo?”

Y como respuesta el Maestro le presenta, nos presenta una maravilla de cuentecito que nos hace reflexionar, pues a Él no le gusta imponer, sino darnos lo necesario para que seamos nosotros los que hagamos nuestra conclusión y nuestra decisión. Dios nos creó libres, a su imagen y semejanza.

Camino de Jerusalén a Jericó, bastante peligroso. Un hombre es atacado por unos bandoleros quienes le dejan destrozado. Poco después pasan por allí un sacerdote y un levita, oficiales del templo, que pasaron sin mirarlo. Otro hombre también paso por allí, un samaritano, o sea un extranjero, casi enemigo pues no se entienden con los judíos y podría ser que lo remate. No sucede así, se acerca, le venda las heridas, le monta en su propia cabalgadura, le lleva a una posada, y paga todos los gastos, además de prometer que volvería por la posada para verle de nuevo y si fuera necesario pagar cualquier otro gasto.

Al final del cuentecito, mejor llamarlo parábola, el Señor pregunta al letrado: “¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?”

El letrado contestó: “El que practicó la misericordia”. Y la enseñanza termina con las palabras de Jesús: “Anda, haz tú lo mismo”.

¿Quién es mi prójimo? Los que carecen de lo necesario, los que no encuentran trabajo, los sin papeles y sin muchas esperanzas, los que piden limosna en los cruces de las calles, los enfermos sin seguro, los que caminan dando más pasos de los necesarios por causa de la batalla dentro de la bolsa de papel…

El Señor con el ejemplo que nos presenta para explicarnos quien es nuestro prójimo, no se anda con discusiones bizantinas, o exposiciones filosóficos/teológicas, simplemente nos presenta al ser humano, común y corriente, tirado en tierra, sin poderse moverse, cubierto de sangre, molido a palos y abandonado hasta por personas religiosas. No es cuestión de teorías, sino de realidades. El extranjero, el samaritano “sintió compasión”, lo cual lo llevo a ofrecer al necesitado lo que pudo, que no fue solamente vendajes, vino y aceite para las heridas, su montura para el viaje y su dinero para los gastos. Fue algo y mucho más, se ofreció a sí mismo, posiblemente hasta cambió su itinerario, se jugó la vida en camino tan peligroso, se comprometió a regresar para ver a la víctima.

Compartir lo que tenemos es algo grande, pero darnos a los demás en su servicio es mucho más. ¿Quién es mi prójimo?

Lucas 10:25-37: Y, ¿quién es el prójimo? por M. Dolors Gaja, MN




Comentario por M. Dolors Gaja, MN
"Y, ¿quién es el prójimo?"

Este fragmento del Evangelio de Lucas siempre ha fascinado a la comunidad cristiana. ¿Quién, por poco que conozca el evangelio, ignora la parábola del buen samaritano. Subrayaremos, por tanto, sólo algunos aspectos:

Un maestro ante el Maestro 

Jesús no era Rabbí. No había estudiado en Jerusalén la Torah, como lo hará, por ejemplo, Pablo. La gente le dio espontáneamente el título de rabbí y Él lo asumió como propio, como uno de los “títulos” que le gustaban. Pero sorprende que un maestro” auténtico” de la Ley le dé el nombre de “rabbí” a menos que entendamos que lo hace, como dice el texto, para probarlo, para provocarlo; su tono debía ir cargado de ironía y quizá, desprecio. Trataba de desenmascararlo, no de aprender.

Jesús le responde en el mismo tono de ironía con una pregunta que obliga al maestro de la Ley a responder: ¿Tú eres maestro y no sabes esto?  La respuesta es el texto de  Deuteronomio y Levítico, un fragmento que conocen hasta los más niños. Jesús parece haber terminado de prestar atención al maestro de la Ley con su exhortación a vivir lo mandado cuando éste lanza una pregunta nueva: ¿y quién es mi prójimo?

Esta es una pregunta que ya no contestaría un niño porque para los judíos conservadores no eran “prójimos” todos. Se excluía de este concepto al pagano, al pecador público, al leproso... Y ahora Jesús acepta el envite.

La parábola del buen samaritano 

Los Santos Padres han visto en este hombre que baja de Jerusalén a Jericó la representación simbólica de la humanidad entera o, si queremos, la figura de Adán. Jerusalén, cuyo nombre significa ciudad de paz, es el Paraíso. Y Jericó, ciudad rodeada por murallas, el mundo. La humanidad pues, ha sido expulsada de la paz del paraíso y el pecado ha apaleado a la persona hasta dejarla medio muerta.

Pasan cerca de esta humanidad derrumbada  un sacerdote y un levita. No se trata de que ambos mantengan posturas inmisericordes (que también) sino de una manera de Jesús de decirnos que la Ley de Moisés, que ambos representan, no tiene capacidad para salvar a la humanidad. La Ley carece de fuerza para sanar la profunda herida que el pecado ha infligido en el corazón humano. La Ley, dirá San Pablo, es sólo una nodriza que ha acompañado al pueblo de Israel en su minoría de edad. Llegada la plenitud de los tiempos, aparece Cristo, representado por sí mismo en la figura del buen samaritano.

Sabemos lo que hace ese samaritano. Pero es preciso subrayar lo que siente: “se compadeció”. Y sólo después actúa. Jesús subraya nuevamente el valor de la interioridad y la necesidad de tener “un corazón de carne” y no de piedra.

El samaritano se acerca al hombre herido. También Dios se acerca a mí, a mis heridas, a mi sufrimiento, a mi pecado. Sobre mí derrama “vino y aceite”, elementos que algunos comentaristas ven como prefiguraciones del sacramento del bautismo y la eucaristía. El samaritano venda heridas (un corazón quebrantado, tú no lo desprecias…) y carga al hombre en su cabalgadura.

Una iglesia pobre para los pobres 

Siguiendo los comentarios, tan valiosos, de los Padres, vamos a ver en este hostal  la imagen de la Iglesia. Allí el hombre herido sanará, allí será cuidado, alimentado. Allí será devuelto a la vida. Ojalá todos fuéramos buenos samaritanos que, con nuestras obras, llevamos a las personas marginales, heridas, desheredadas y rechazadas a una Iglesia misericordiosa que se preocupa como madre por ellos y los cuida y atiende hasta el regreso del Señor.

El samaritano da dos denarios al hostalero. El denario era el sueldo de un día y por tanto se prevé una ausencia de dos días porque “al tercer día” volverá. Clara alusión a la resurrección de Cristo.
Y mientras Cristo no vuelve, queda clara la misión de la Iglesia: salvar, sanar, cuidar. Atender a cuantos van heridos por el camino.

Cristo no se ha desentendido de la humanidad, como hizo Caín. Cristo anda por los caminos llevando a todos los heridos a esa casa de sanación que Él llamó Iglesia.

Anda y haz tú lo mismo 

Al maestro no le queda otro remedio que reconocer que prójimo es aquel que obra con misericordia. Y Jesús sentencia: “Anda y haz tú lo mismo”. Con lo cual da respuesta a la pregunta inicial del maestro de la Ley: ¿Qué tengo que hacer para heredar la Vida Eterna?”

Indicar a un maestro de la Ley que haga lo mismo que un samaritano no deja de ser, en el fondo, una muestra del sentido del humor de Jesús. Un humor cargado de amor, un humor que invita a no sentirse poseedor de la Verdad, un humor que derriba murallas (incluidas las altísimas de Jericó) y acerca personas. Un humor que es expresión de vida fecunda, de capacidad de sanación. Un humor que nos hace algo de falta en la Iglesia, la verdad.

jueves, 6 de noviembre de 2014

¿Por qué los samaritanos eran tan odiados por los judíos?, por Luis Antequera

Uno de esos conocimientos que tiene el menos versado de los lectores del Evangelio es el que se refiere al odio que destilan los judíos por sus vecinos samaritanos de los que, sin embargo, no se puede decir que no sean judíos como ellos tanto desde el punto de vista étnico, como desde el punto de vista religioso.

El Nuevo Testamento nos brinda no pocas pruebas de esa rivalidad que para mejor entendernos, podríamos comparar a rivalidades semejantes existentes en nuestro propio país (España) como la que cultivan vizcaínos y guipuzcoanos, o gijoneneses y ovetenses, y de la que son buenos exponentes pasajes como éste de Juan, cuando los judíos insultan a Jesús:

“Los judíos le respondieron: ‘¿No decimos, con razón, que eres samaritano y que tienes un demonio?’” (Jn. 8,48)

O éste de Mateo donde Jesús envía a sus discípulos a predicar la palabra y les advierte:
“No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos” (Mt. 10,5).

O éste de Lucas en el que narra lo que le pasa a esos mismos discípulos cuando, contrariando las instrucciones recibidas, entran efectivamente en “un pueblo de samaritanos”.

“Envió, pues, mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de  samaritanos para prepararle posada; pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén” (Lc. 9,52-54).

Una rivalidad sobre la que Jesús transciende en una de sus más celebradas parábolas privativa del relato lucano, en el que explica a su interlocutor quién es su verdadero prójimo:

“Jesús respondió: “Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de salteadores que, después de despojarle y darle una paliza, se fueron, dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión. Acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y le montó luego sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al posadero, diciendo: `Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva.' ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?” Él dijo: ‘El que practicó la misericordia con él’. Díjole Jesús: ‘Vete y haz tú lo mismo’” (Lc.10,29-37).

Las referencias a la impiedad de los samaritanos no son menos en el Antiguo Testamento. Esto nos cuenta el Libro de los Reyes:

“Uno de los sacerdotes deportados de Samaría fue a establecerse en Betel y les enseñó cómo dar culto a Yahvé. Sin embargo, cada uno de aquellos pueblos paganos continuaba fabricando sus propios dioses y los instalaban en los altozanos que habían hecho los samaritanos […] Hasta el día de hoy han seguido practicando sus ritos antiguos” (2Re. 17,28-34).

Así se expresa el profeta Miqueas:

“¿Cuál es el delito de Jacob? ¿No es Samaría?” (Miq.1, 5).

Para continuar con las amenazas de Yaveh a la región:

“Voy a convertir a Samaría en un campo de ruinas, en un plantío de viñas. Haré rodar sus piedras por el valle, dejaré desnudos sus cimientos. Todos sus ídolos serán machacados, todas sus ganancias quemadas en el fuego, aniquilaré todas sus imágenes, porque con ganancias de prostitución las reunió y a ganancias de prostitución tornarán” (Miq. 1,6-7)

Pero ninguna revela tan bien como la que recoge el Libro de Esdrás el origen y la razón del desencuentro entre unos judíos, los de Judea, y otros, los samaritanos. Nos lo cuenta así:

“Cuando los enemigos de Judá y de Benjamín se enteraron de que los deportados estaban edificando un santuario a Yahvé, Dios de Israel, se presentaron a Zorobabel, a Josué y a los cabezas de familia, y les dijeron: «Vamos a edificar junto con vosotros, porque, como vosotros, buscamos a vuestro Dios y le sacrificamos, desde los tiempos de Asaradón, rey de Asiria, que nos trajo aquí.» Zorobabel, Josué y los restantes cabezas de familia israelitas les contestaron: «No podemos edificar juntos nosotros y vosotros un templo a nuestro Dios: a nosotros solos nos toca construir para Yahvé, Dios de Israel” (Esd. 4,1-3).

A lo que los samaritanos responden construyendo su propio templo en el monte Garizim, de cuya existencia en tiempos de Jesús existen muchos testimonios históricos, -también en la obra de Flavio Josefo-, de todos los cuales nos quedamos, sin salir del propio Evangelio, con este que recoge el propio evangelista Juan cuando relata la conversación que tiene Jesús con la pecadora samaritana y ésta le dice:

“Le dice la mujer: ‘Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar’. Jesús le dice: ‘Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre’”. (Jn. 4.19-21).

Fuente: religionenlibertad.com