lunes, 3 de octubre de 2016

Lucas 10,25-37: Practicar la misericordia, por Mons. Francisco González, S.F.



Lucas 10,25-37

En aquel tiempo, se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba:
— Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?
Él le dijo:
— ¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?
Él contestó:
— Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo.
Él le dijo:
— Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.
Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús:
— ¿Y quién es mi prójimo?
Jesús dijo:
— Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él, y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: "Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta." ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?
Él contestó:
— El que practicó la misericordia con él.
Díjole Jesús:
— Anda, haz tú lo mismo.

Comentario por Mons. Francisco González, SF
"Practicar la misericordia"  

Al leer esta parábola, la del buen samaritano, debemos decir que es una preciosidad. Creo que es una buena forma de calificarla, aunque cuando pasamos de la lectura a la aplicación de su enseñanza, tal vez nos parece que puede perder parte de esa belleza.

Un letrado, o sea, un experto de la ley hace a Jesús una pregunta capciosa: “¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”

Jesús, que ve y oye más allá de lo que es aparente, le contesta haciéndole reflexionar sobre la pregunta misma, y haciéndole ver la inutilidad de la misma ya que él es experto en la Ley y por eso se la devuelve con gran acierto y posiblemente acompañado de una sonrisa: “¿Qué dice la Ley? Tú tienes que saberlo”.

El letrado, haciendo gala de su conocimiento responde correctamente: “Amar a Dios sobre todo, por encima de todo, o sea, con todo tu ser (corazón, alma, fuerza y mente). La segunda parte, amar al prójimo como a ti mismo”.

Jesús aplaude la respuesta, pues es la correcta y para que no queden dudas le añade: “Haz esto y tendrás la vida acerca de la cual estas preguntando”. Jesús le está diciendo que no es suficiente con conocer la ley, es necesario practicarla; no es suficiente conocer bien el Catecismo de la Iglesia, hay que seguirlo; no es suficiente citar capítulo y versículo del santo evangelio, hay que seguir e imitar al Señor; no es suficiente memorizar infinidad de oraciones y repetirlas frecuentemente, es necesario ser hombre/mujer de oración.

El letrado está empeñado en no quedar mal y así hace una segunda pregunta: “¿Quién es mi prójimo?”

Y como respuesta el Maestro le presenta, nos presenta una maravilla de cuentecito que nos hace reflexionar, pues a Él no le gusta imponer, sino darnos lo necesario para que seamos nosotros los que hagamos nuestra conclusión y nuestra decisión. Dios nos creó libres, a su imagen y semejanza.

Camino de Jerusalén a Jericó, bastante peligroso. Un hombre es atacado por unos bandoleros quienes le dejan destrozado. Poco después pasan por allí un sacerdote y un levita, oficiales del templo, que pasaron sin mirarlo. Otro hombre también paso por allí, un samaritano, o sea un extranjero, casi enemigo pues no se entienden con los judíos y podría ser que lo remate. No sucede así, se acerca, le venda las heridas, le monta en su propia cabalgadura, le lleva a una posada, y paga todos los gastos, además de prometer que volvería por la posada para verle de nuevo y si fuera necesario pagar cualquier otro gasto.

Al final del cuentecito, mejor llamarlo parábola, el Señor pregunta al letrado: “¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?”

El letrado contestó: “El que practicó la misericordia”. Y la enseñanza termina con las palabras de Jesús: “Anda, haz tú lo mismo”.

¿Quién es mi prójimo? Los que carecen de lo necesario, los que no encuentran trabajo, los sin papeles y sin muchas esperanzas, los que piden limosna en los cruces de las calles, los enfermos sin seguro, los que caminan dando más pasos de los necesarios por causa de la batalla dentro de la bolsa de papel…

El Señor con el ejemplo que nos presenta para explicarnos quien es nuestro prójimo, no se anda con discusiones bizantinas, o exposiciones filosóficos/teológicas, simplemente nos presenta al ser humano, común y corriente, tirado en tierra, sin poderse moverse, cubierto de sangre, molido a palos y abandonado hasta por personas religiosas. No es cuestión de teorías, sino de realidades. El extranjero, el samaritano “sintió compasión”, lo cual lo llevo a ofrecer al necesitado lo que pudo, que no fue solamente vendajes, vino y aceite para las heridas, su montura para el viaje y su dinero para los gastos. Fue algo y mucho más, se ofreció a sí mismo, posiblemente hasta cambió su itinerario, se jugó la vida en camino tan peligroso, se comprometió a regresar para ver a la víctima.

Compartir lo que tenemos es algo grande, pero darnos a los demás en su servicio es mucho más. ¿Quién es mi prójimo?

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