jueves, 30 de junio de 2011

Domingo 14 del Tiempo Ordinario, año A: Mons. Francisco González, S.F.

Zacarias 9, 9-10
Salmo 144
Romanos 8,9.11-13
Mateo 11,25-30

He oído que grandes oradores cuando se les invita a dar una conferencia, ellos o sus agentes piden información sobre diferentes aspectos del evento al que han sido invitados, especialmente la composición de la audiencia y el número. Si la asistencia es pobre se sienten defraudados porque ellos no están “para perder el tiempo”. Grandes líderes políticos, militares, financieros y religiosos están siempre muy interesados en los números, en las fotos y en la posición de poder de su audiencia.

Dicho todo lo anterior, resulta interesante, muy interesante, leer que hoy se nos presenta la liturgia de la Palabra, tomada de Mateo, y que comienza diciendo que Jesús está agradecido al Padre. ¿Por qué? Sencillamente: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, dice Jesús, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños”. Algunos traducen: “Se lo has revelado a la gente sencilla”.

Da la impresión que Jesús se siente muy bien con esta situación, le alegra que su mensaje, el mensaje que trae del Padre sea aceptado por la gente sencilla, aunque no tenga la aprobación del Templo, de sus sacerdotes y maestros, de las fuerzas político religiosas como son la gente del Senado (Sanedrín) tanto fariseos como saduceos, los graduados de las distintas escuelas rabínicas. Jesús está con esos que forman el pueblo humilde, desheredado, que viven en la marginalidad, pero que su corazón se ensancha al oír la buena nueva que entienden y aceptan con actitud esperanzadora.

Los intelectuales de entonces y ahora parecen que saben más de Dios que él mismo, lo cual hace que prescindan de él. La primera parte de este capítulo 11 nos habla de una generación que tendrá que dar cuentas por sus actitudes y el rechazo que han manifestado contra Juan, de quien decían que estaba poseído por el demonio, y contra el mismo Jesús porque es amigo de pecadores. ¡Lo que uno tiene que oír! Gente así se quejarían de que los médicos pasan mucho tiempo con los enfermos, y la policía con criminales.

Jesús declara ser el camino al Padre. Ambos nos llevan el uno al otro.

Jesús en esta oración, reflexión que hace, nos dice unas palabras de lo más consoladoras que podríamos imaginar: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré”.

¿Qué es lo que nos agobia y oprime? En el tiempo de Cristo el pueblo tenía 613 preceptos o mandamientos. Para aquella gente sencilla que no entendía mucho de teologías o filosofías, eso era una carga pesadísima, lo mismo que puede suceder en nuestros días. La religión se convierte en momentos un agobio, en vez de una señal de liberación y salvación.

Pero no es esto sólo lo que agobia a la gente. Hay cosas como la falta de trabajo, la hipoteca de la casa, el hijo/a, drogadicto/a, el camino infernal para cruzar las fronteras en busca de una vida más humana, la falta de documentos, el querer negar a personas inocentes y decentes el avanzar de una forma factible en su educación superior.

Jesús nos invita no solamente el ir a él, pero al mismo tiempo cargar con su yugo, no con ese que otros han impuesto, pesado, injusto, opresor, desproporcionado.

La inmensa mayoría de la gente está dispuesta a hacer sacrificios por algo que valga la pena, por algo que nos de esperanza de futuro, por algo que de sentido a la vida, por más difícil que sea. Lo que nos impone el Señor se puede calificar de llevadero, de carga ligera porque se refiere a lo que vale la pena, a lo que es importante, esencial en nuestras vidas, a esas cargas que aún siendo pesadas las llevamos con gusto porque valen la pena.

Creo que todos ganaríamos si habláramos algo más de la sencillez de Jesús. Sería bonito ver a los cristianos trabajando para facilitar el camino hacia Cristo y proclamar y ser testigos de su misión de salvación en este mundo que a veces nos pesa tanto.

miércoles, 29 de junio de 2011

Solemnidad de san Pedro y san Pablo: ¿QUIÉN ES MÁS CATÓLICO, PEDRO O PABLO?

La fiesta/solemnidad de san Pedro y san Pablo nos ofrece la oportunidad para reflexionar sobre el “ministerio del lider” y el significado de la “autoridad” en la Iglesia, entre los seguidores de Cristo, y el mismo Jesús de Nazaret, en cuya persona hallamos la fuente de la fe y la tradición que celebramos hoy.

Cuando leemos los evangelios no debe pasarnos desapercibido que Jesús utiliza su peregrinación desde Galilea a Jerusalen para enseñar a sus discípulos, entre otras cosas, el verdadero significado de la autoridad y el poder.

Los gestos y las enseñanzas de Jesús ponen en evidencia los planes y las expectativas de sus discípulos más cercanos. Vemos que algunos discípulos le siguen cegados por la gloria, la autoridad, el poder, etc., de Jesús.

Ellos siguen al enviado (el Mesías, el Hijo de David, el Rey de reyes, el Hijo de Dios) en quien se cumplen las antiguas promesas. Y con él aspiran también ellos a reinar, a expulsar a sus enemigos, a ser el pueblo/nación que están llamados a ser, gobernando sobre los otros pueblos que se interpongan por el camino. “El Reino de Dios está cerca”, “el juicio está a las puertas”, es lo que creen muchos discípulos; por eso, acompañan, vigilantes y alerta, a Jesús en su camino hacia Jerusalén.

En más de una ocasión, Jesús se enoja con ellos porque los ha sorprendido discutiendo sobre “quién es el primero”; incluso la madre de Juan y Santiago pide para sus hijos un trato especial, pues, quién no es la madre que piensa que sus hijos merecen lo mejor?

Jesús tiene que recordar a los apóstoles que ellos no han sido llamados para gobernar como lo hacen los reyes de la tierra, pues el que quiere ser el primero está llamado a arrodillarse ante sus hermanos y lavarles los pies, a aceptar la humildad de los más pequenos, a ser de los últimos porque ellos son llamados a ser los primeros... en servir.

Las palabras y ejemplos de Jesús no terminan de entrar en la conciencia de los discípulos. Lo vemos en el episodio del huerto de Getsemani cuando Pedro, siendo el primero otra vez, saca la espada para defender a Jesús de sus perseguidores. Una vez más, Jesús recrimina la acción de Pedro porque esta no es la protección, la defensa, el liderazgo, que Jesús quiere para sus discipulos.

El origen del liderazgo y la autoridad de Jesús no es de este mundo, pero, aun así, Jesús ofrece su testimonio de liderazgo y autoridad entre los conflictos, problemas, luchas y divisiones de este mundo. Y es entre conflictos y divisiones donde vemos que el carisma de Jesús de Nazaret no es el carisma del juez, del guardian, del verdugo..., sino el carisma de quien conoce al pecador y se hace victima por él.

Si no entendemos esto es que todavía no hemos entendido el testimonio, hasta la muerte en cruz, de Jesús de Nazaret. La verdad y la justicia del Padre de Jesús vienen de la mano de la entrega misericordiosa de su Hijo. Este Hijo que, en lugar de condenarnos, prefiere derramar su sangre y dar su vida como sacrificio para el perdón de nuestros pecados. Muy lejos está de aquí la figura vigilante y punitiva del “Guardian”, al que muchos creyentes adoran para que el mundo recupere su pureza.

A Saulo le ocurre tres cuartos de lo mismo. El Saulo que persigue a muerte a los cristianos está convencido de que hace lo mejor para proteger la pureza de su religión y de su Dios. Saulo estaba haciendo carrera, es decir, dando los pasos necesarios para convertirse en un gran lider religioso... según los lideres religiosos de este mundo. Hasta aquí, la espiritualidad de Saulo es la espiritualidad del Juez, del Guardian, del Verdugo. Evidentemente esta no es la espiritualidad de los corrompidos cristianos. En el camino de Damasco, Saulo se convierte en Pablo y empezará a beber del cáliz de Jesús, es decir, de la espiritualidad de la víctima.

Los “choques” de Pedro con Jesús, y la “caída” del caballo de Pablo en el camino de Damasco, son necesarios para que Pedro y Pablo “puedan entenderse” más tarde. En el libro de los Hechos de los Apostoles estos dos grandes líderes y autoridades católicas “chocarán”. La pregunta retórica, o la tentación, consiste en preguntarnos “¿quién es el más católico de los dos?”

sábado, 25 de junio de 2011

HOMILIA DEL PAPA EN LA PROCESION DEL CORPUS CHRISTI

¡Queridos hermanos y hermanas!

La fiesta del Corpus Domini es inseparable a la del Jueves Santo, de la Misa de Caena Domini, en la que celebramos solemnemente la institución de la Eucaristía. Mientras que en la noche del Jueves Santo se revive el misterio de Cristo que se ofrece a nosotros en el pan partido o en el vino derramado, hoy, en la celebración del Corpus Domini, este misterio se ofrece a la adoración y a la meditación del Pueblo de Dios, y el Santísimo Sacramento es llevado en procesión por las calles de las ciudades y de los pueblos, para manifestar que Cristo resucitado camina en medio de nosotros y nos guía hacia el Reino de los Cielos.

Lo que Jesús nos ha dado en la intimidad del Cenáculo, hoy lo manifestamos abiertamente, porque el amor de Cristo no está reservado a algunos pocos, sino que está destinado a todos. En la Misa en Caena Domini del pasado Jueves Santo destaqué que en la Eucaristía sucede la transformación de los dones de esta tierra -el pan y el vino- con el fin de transformar nuestra vida e inaugurar así la transformación del mundo. Esta tarde quisiera retomar este perspectiva.

Todo parte, se podría decir, del corazón de Cristo, que en la Última Cena, en la vigilia de su pasión, agradeció y alabó a Dios y, de esta manera, con la potencia de su amor, transformó el sentido de la muerte a la que iba a enfrentarse.

El hecho de que el Sacramento del altar haya asumido el nombre de “Eucaristía” -“acción de gracias”- expresa esto: que la transformación de la sustancia del pan y del vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo, es fruto del don que Cristo ha hecho de sí mismo, don de un Amor más fuerte que la muerte, Amor Divino que lo ha hecho resucitar de entre los muertos. Esta es la razón por la que la Eucaristía es alimento de vida eterna, Pan de la vida. Del corazón de Cristo, desde su “oración eucarística” hasta la vigilia de la pasión, viene este dinamismo que transforma la realidad en sus dimensiones cósmicas, humanas e históricas. Todo procede de Dios, de la omnipotencia de su Amor Uno y Trino, encarnado en Jesús. En este Amor está inmerso el corazón de Cristo; por esto sabe agradecer y alabar a Dios incluso frente a la traición y a la violencia, y en este modo cambia las cosas, las personas y el mundo.

Esta transformación es posible gracias a una comunión más fuerte que la división, la comunión de Dios mismo. La palabra “comunión”, que nosotros usamos para designar la Eucaristía, reasume en sí mismo la dimensión vertical y la horizontal del don de Cristo. Es muy bella y elocuente la expresión “recibir la comunión” referida al hecho de comer el Pan eucarístico. Cuando realizamos este acto, entramos en comunión con la vida misma de Jesús, en el dinamismo de esta vida que se da a nosotros y por nosotros.

Desde Dios, a través de Jesús, hasta llegar a nosotros: una única comunión se transmite en la Santa Eucaristía. Lo hemos escuchado hace poco, en la Segunda Lectura, de las palabras del apóstol Pablo dirigidas a los cristianos de Corinto: “ La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan.(1 Cor 10,16-17).

San Agustín nos ayuda a comprender la dinámica de la comunión eucarística cuando hace referencia a una especie de visión que tuvo, en la que Jesús le dice: “Yo soy el alimento de los fuertes. Crece y me tendrás. Tú no me transformarás en ti, como el alimento del cuerpo, sino que será tú el transformado en mí” (Conf. VII, 10, 18).

Mientras que el alimento corporal es asimilado por nuestro organismo y contribuye a su sustento, en el caso de la Eucaristía se trata de un Pan diferente: no somos nosotros los que lo asimilamos, sino que nos asimila a sí, así nos convertimos conforme a Jesucristo, miembros de su cuerpo, una sola cosa con Él. Esta fase es decisiva. De hecho, exactamente porque es Cristo el que, en la comunión eucarística, nos transforma a sí, nuestra individualidad , en este encuentro, se abre, liberada de su egocentrismo y inscrita en la Persona de Jesús, que a su vez está inmerso en la comunión trinitaria.

Así la eucaristía, mientras que nos une a Cristo, nos abre a los demás, nos hace miembros los unos de los otros: ya no estamos divididos, sino que somo una sola cosa en Él. La comunión eucarística me une a la persona que tengo al lado, y con la que, quizás, ni siquiera tengo una buena relación, y también nos une a los hermanos que están lejos, en todas las partes del mundo. De aquí, de la Eucaristía, deriva, por tanto, el sentido profundo de la presencia social de la Iglesia, como testifican los grandes Santos sociales, que fueron siempre grandes almas eucarísticas.

Quien reconoce a Jesús en la Hostia Santa, lo reconoce en el hermano que sufre, que tiene hambre y sed, que es forastero, desnudo, enfermo, encarcelado; y está atento a todas las personas, se compromete, de modo concreto, por todos los que tienen necesidad.

Del don del amor de Cristo proviene, por tanto, nuestra especial responsabilidad de cristianos en la construcción de una sociedad solidaria, justa y fraterna. Especialmente en nuestra época, en la que la globalización nos hace, cada vez más, dependientes los unos de los otros, el Cristianismo puede y debe hacer que esta unidad no se construya sin Dios, es decir, si en el Verdadero Amor, lo que daría lugar a la confusión, al individualismo, y la opresión de todos contra todos.

El Evangelio mira desde siempre a la unidad de la familia humana, una unidad no impuesta por las alturas, ni por intereses ideológico o económicos, sino a partir del sentido de responsabilidad de los unos hacia los otros, porque nos reconocemos miembros de un mismo cuerpo, del cuerpo de Cristo, porque hemos aprendido y aprendemos constantemente por el Sacramento del Altar que la comunión, el amor es la vía de la verdadera justicia.

Volvemos ahora al acto de Jesús en la Última Cena. ¿Qué sucedió en ese momento? Cuando Él dijo: Este es mi cuerpo que he dado por vosotros, esta es mi sangre derramada por vosotros y por todos los hombres, ¿Qué sucede? Jesús en este gesto anticipa el suceso del Calvario. Él acepta por amor toda la pasión, con su sufrimiento y su violencia, hasta la muerte de cruz; aceptándola de este modo, la transforma en una acto de donación.

Esta es la transformación que el mundo necesita, porque lo redime desde el interior, lo abre a las dimensiones del Reino de los cielos.. Pero esta renovación del mundo, Dios quiere realizarla siempre a través de la misma vía seguida por Cristo, este camino, que es Él mismo. No hay nada de mágico en el Cristianismo. No hay atajos, sino que todo pasa a través de la lógica humilde y paciente de la semilla de grano que se parte para dar la vida, la lógica de la fe que mueve las montañas con el suave poder de Dios. Por esto quiere continuar renovando la humanidad, la historia y el cosmos, a través de esta cadena de transformaciones, de la que la Eucaristía es el sacramento. Mediante el pan y el vino consagrados, en los que están realmente presentes su Cuerpo y su Sangre, Cristo nos transforma, asimilándonos a Él: nos implica en su obra de redención, haciéndonos capaces, por la gracia del Espíritu Santo, de vivir según su misma lógica de donación, como semillas de grano unidos a Él y en Él. Así se siembran y van madurando en los surcos de la historia, la unidad y la paz, que son el fin al que tendemos, según el diseño de Dios.

Sin ilusiones, sin utopías ideológicas, nosotros caminamos por los caminos del mundo, llevando dentro de nosotros el Cuerpo del Señor, como la Virgen María en el misterio de la Visitación. Con la humildad de sabernos simples semillas de grano, custodiamos la firme certeza de que el amor de Dios, encarnado en Cristo, es más fuerte que el mal, que la violencia y que la muerte.

Sabemos que Dios prepara para todos los hombres, cielos nuevos y tierra nueva, en la que reinan la paz y la justicia, y en la fe entrevemos el mundo nuevo, que es nuestra verdadera patria. También esta tarde, mientras se pone el sol sobre nuestra amada ciudad de Roma, nosotros nos ponemos en camino: con nosotros está Jesús Eucaristía, el Resucitado, que dijo “yo estaré siempre con vosotros hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).

¡Gracias, Señor Jesús! Gracias por tu fidelidad, que sostiene nuestra esperanza. Quédate con nosotros, porque se hace de noche. Buen Pastor, verdadero Pan, ¡Oh Jesús! ¡Piedad de nosotros; aliméntanos, defiéndenos, llévanos a los bienes eternos, en la tierra de los vivos! Amén.

jueves, 23 de junio de 2011

Corpus Christi, Mons. Francisco Gonzalez, S.F., Obispo Auxiliar de Washington D.C.

Deuteronomio 8,2-3.14-16
Salmo 148
1 Corintios 10,16-17
Juan 6,51-59

Celebramos hoy la fiesta del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. Esta fiesta apareció o comenzó a celebrarse allá por el siglo XIII, fiesta que enfatiza la presencia real de Jesús en la Eucaristía. Fue como explosión de la profunda devoción del pueblo católico en contra de la frialdad, más bien la negación por parte de algunos grupos como los albigenses y valdenses, de esa misma presencia real. Esas bellas custodias, con sus carrozas llevando el Santísimo por las calles se lo debemos al Concilio de Trento. Todavía hoy se celebran en muchas partes del mundo, esa salida del Santísimo Sacramento por las calles de grandes y pequeñas ciudades, toda una manifestación de la fe en Jesús sacramentado.

La Eucaristía tiene su origen en la última cena que Jesús tiene con sus más cercanos colaboradores, sus más íntimos amigos: sus Apóstoles. El Concilio Vaticano II nos dice de este sacramento que es “la culminación de toda la vida cristiana” y algo más adelante en el mismo documento, Lumen Gentium, afirma que en el mismo “vive, se edifica y crece sin cesar la Iglesia de Dios”.

Los seres humanos estamos presentes en muchas formas: presencia física, en una conversación, al mirar la foto de dicha persona. Casiano Floristán, de feliz memoria, nos recordaba que Cristo también se hace presente en medio de nosotros cuando nos reunimos en su nombre, cuando practicamos la virtud de la caridad, en una forma muy en particular, cuando lo hacemos con los más necesitados. En la celebración de la eucaristía lo vemos concretizado al ser reunión de los creyentes y el altar/la mesa que nos recuerda la caridad. En ese precioso momento de la vida del Señor que seguimos llamando la Última Cena, Jesús distribuye a los comensales el pan, que es su cuerpo, y la sangre que es su sangre, o sea, su persona completa de un modo real, no meramente intencional. Cristo, de todas todas, está presente y activo.

Hoy es un momento precioso para celebrar esa presencia real de Jesús en la Eucaristía, y como así lo creemos, debemos insistir en el respeto con que debemos acercarnos a la misma: un alma limpia, un corazón de enamorado/a, unas actitudes externas respetuosas al acercarnos a recibir a Jesús en la Eucaristía.

Después de muchísimos años de distribuir la Santa Comunión, he visto formas muy edificantes de acercarse a recibirla, sin importar si la reciben en la boca o en la mano, tanto de pie como de rodillas. Pero también he visto, por desgracia, acercándose a la misma de una forma como se estuvieran haciendo cola para pagar en el mercado, vestidos/as de forma que no se atreverían a hacerlo cuando solicitan un trabajo, hablando y saludando a todo el mundo, e incluso masticando chiclé.

Necesitamos más catequesis, más formación en la fe. No sé como se podría hacer, pero sería bueno que se acercaran a la comunión solamente aquellas personas que se sienten preparadas, que verdaderamente creen, que lo desean y que nadie se sienta obligado/a a levantarse y ponerse en fila porque los ujieres van pasando por las bancas con la idea de mantener un cierto orden. Quedarse solo/a en la banca mientras los demás se acercan para recibir la comunión es un tanto vergonzoso para algunos, y así se suman a los demás. El Señor no se fuerza en nadie, incluso cuando llama a la puerta, espera a que le abran, sólo entra cuando es invitado y merece que se le trate como merece.

En nuestro mundo de hoy hay, podríamos decir una abundancia de hambre. Hambre de comida, hay millones que no pueden satisfacer esa necesidad vital. Hay otras hambres, que tal vez sean las causantes de esta primera: hambre de poder, de prestigio, de dinero, de ser consultado, de ser preferido. También hay otro hambre y que es de gran consolación pues da esperanza a un mundo un tanto desesperanzado y es ese hambre de Dios, de un querer estar cerca y más cerca de él. Jóvenes y no tan jóvenes buscan dar sentido a sus vidas, y como decía san Agustín: "Nos creaste Señor para ti, e inquieto estará nuestro corazón hasta que descanse en ti".

martes, 21 de junio de 2011

Benedicto XVI celebrará un encuentro con parejas de novios en septiembre

Por primera vez en sus viajes pastorales, el Papa Benedicto XVI tiene previsto un encuentro con parejas de jóvenes novios durante su visita pastoral a Ancona (Italia) el próximo 11 de septiembre.

Esta visita tiene por objeto la participación del Papa en la clausura del XXV Congreso Eucarístico de Italia, que se celebrará en los astilleros de Ancona. Tras la Misa de clausura del Congreso Eucarístico, el Pontífice rezará el Ángelus en el mismo astillero, y después se dirigirá al Centro Pastoral de Colle Ameno, donde almorzará con los obispos italianos presentes y con representantes de obreros en paro y de pobres asistidos por la Cáritas local.

Después, el Papa se dirigirá a la catedral de San Ciriaco de Ancona, para celebrar un encuentro con las familias y con los sacerdotes. Acto seguido, en la Piazza del Plebiscito (junto a la catedral), celebrará un encuentro con parejas de novios.

sábado, 18 de junio de 2011

Santisima Trinidad: Retrato de Familia, por Mons. Jesus Sanz Montes, OFM, Arzobispo de Oviedo.

Lo han intentado tantos artistas con sus pinceles, sus buriles, sus plumas y sus pentagramas. Cada cual ha querido plasmar artísticamente la belleza de Dios. Pero ¿cómo es Dios? Estamos ante una de las fiestas más importantes de nuestro credo cristiano, y sin embargo ante una de las más distantes y extrañadas.


La fiesta de este domingo, la Santa Trinidad, y las lecturas bíblicas de su misa, nos permiten reconocer algunos de los rasgos de la imagen de Dios a la cual debemos asemejarnos. En primer lugar, Dios no es solitariedad. El es comunión de Personas, Compañía amable y amante. Por eso no es bueno que el hombre esté solo: no porque un hombre solo se puede aburrir sino porque no puede vivirse y desvivirse a imagen de su Creador.

Lógicamente, esta comunión de vida no es un simple amontonamiento, ni un juntarse para extraños intereses, sino que la compañía que se refleja en Dios, modelo supremo para la nuestra, está llena de amor, para amar y para dejarse amar. Es lo que Pablo deseará a los cristianos de Corinto: que el amor de Dios y su paz esté siempre con ellos (2Cor 13,11). Por ello, el segundo rasgo que brilla en la Trinidad, es precisamente el amor. Nuestro Dios ha querido ser “vulnerable” al amor y por el amor. No es un Dios ausente, lejano, arrogante, inaccesible. Se nos ha revelado con entrañas de misericordia y rico en compasión (Ex 34,7).

Y el tercer rasgo de la imagen de Dios que aparece en esta fiesta, es lo que dice Jesús en el Evangelio, cuando nos explica hasta qué punto llegó el amor de Dios por los hombres, por cada hombre concreto: “tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna” (Jn 3,16). Lo que Dios quiere y desea, la razón por la que nos ha amado hasta la entrega doliente de su Hijo bienamado, el único, es para que nosotros podamos vivir, para siempre, sin perecer en ninguna forma de fracaso fatalista. Este tercer rasgo de Dios es el de la esperanza que se traduce en felicidad eterna.

Nuestra fe en el Dios en quien creemos no es la adhesión a una rara divinidad, tan extraña como lejana, sino que creyendo en Él creemos también en nosotros, porque nosotros –así lo ha querido Él– somos la difusión de su amor creador. Amarle a Él es amarnos a nosotros. Buscar apasionadamente hacer su voluntad, es estar realizando, apasionadamente también, nuestra felicidad. Desde que Jesús vino a nosotros y volvió al Padre, Dios está en nosotros y nosotros en Dios... como nunca y para siempre.

Mirar la Trinidad y mirarnos en Ella, como un gran retrato de familia, la familia de los hijos de Dios, haciendo un mundo y una historia que tengan el calor y el sabor de ese Hogar en el que eternamente habitaremos: en compañía llena de armonía y de concordia, en esperanza nunca violada ni traicionada, en amor grande y dilatado como el Corazón de Dios.

jueves, 16 de junio de 2011

Solemnidad de la Santisima Trinidad, por Mons. Francisco Gonzalez, S.F., Obispo Auxiliar de Washington.

Exodo 34, 4-6.8-9
Salmo 3, 52. 53. 54. 55. 56
2 Corintios 13, 11-13
Juan 3, 16-18

Hoy, como cada año, el domingo después de Pentecostés celebramos la Fiesta de la Santísima Trinidad. Esta celebración es como un doble, pues cada domingo celebramos la gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Hay sin embargo, la necesidad de dedicar un domingo especial al misterio por excelencia, el misterio de Dios mismo.

Hay una tentación muy común al hablar de este misterio: dejarlo pasar porque “es un misterio” imposible de explicarlo y entenderlo, superior a las fuerzas de la razón. Sin embargo podemos y debemos acercarnos a la Trinidad desde otro ángulo si verdaderamente queremos conocerla. La fórmula la tenemos en el saludo que recomienda San Pablo (2º lectura) a los hermanos y que el sacerdote da a la asamblea al comienzo de la Santa Misa: “La gracia de Nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo esté con vosotros”.

El amor del Padre. En la primera lectura vemos claramente el amor del Padre. Israel se ha apartado de Dios (Ex. 32), se han construido un becerro de oro, en él ponen su confianza, no se acuerdan de quien los sacó de Egipto y a pesar de este pecado de apostasía, Yavé renueva la Alianza, pues “El Señor, el Señor, es un Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en un amor verdadero, que mantiene su amor por mil generaciones”. Nosotros podemos conocer al Padre cuando nos damos cuenta de que sin mérito alguno por nuestra parte, él nos ama, él nos perdona, él camina con nosotros, aún en medio de nuestra rebeldía personal y comunitaria. ¡Eso sí que es amor!

Los que hemos sido bautizados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo tenemos en nuestras vidas una relación directa con la Trinidad, como nos dice San Pablo en la segunda lectura. La armonía y unidad que existen en Dios, la experimentamos en nosotros cuando “estando alegres, trabajamos para ser perfectos, animándonos unos a otros, teniendo un mismo sentir y viviendo en paz”.

Al Dios, que es amor, lo conocemos cuando nosotros vivimos ese amor, un amor cristiano sin fronteras, que no distingue entre colores de piel, no oye disonancias en las diferentes lenguas, ni aprecia diferencias divisivas en la multitud de culturas, sino que habla la lengua del corazón, se mueve al ritmo del corazón porque sabe que todos los corazones tienen el mismo color.
La vida cristiana, la vida de parroquia, la vida eclesial está llamada a ser una vida en común (común-unión) de todos los creyentes con Dios y entre sí, “pues hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo” (1 Cor. 12 – Fiesta de Pentecostés).

Para acercarnos al Dios que “habita en la luz inaccesible” es mucho más provechoso hacerlo desde la sencillez de un corazón humilde, las palabras no sirven mucho.

“Qué raramente comprendemos – decía Karl Rahner poco tiempo antes de morir -que todas nuestras palabras acerca de lo divino no son más que el último momento que precede a la bendita mudez que impregna incluso la nítida y celestial visión de Dios cara a cara”.

La mejor aula para hablar de la Trinidad, para “conocer” a Dios se encuentra en el alma limpia, que guiada por la luz del Espíritu, contempla la intimidad de Dios rebelada en Cristo.

“Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo”.

viernes, 3 de junio de 2011

Fiesta de la Ascension, por Mons. Francisco Gonzalez, S.F. Obispo Auxiliar de Washington, D.C.

Hechos 1,1-11
Salmo 46
Efesios 1,17-23
Mateo 28,16-20

Este domingo, que corresponde al séptimo de Pascua, celebramos la fiesta de la Ascensión del Señor. Después del Vaticano II han habido bastantes cambios en la liturgia, incluso mover ciertas fiestas de precepto, que caían durante la semana, al domingo. La de hoy es una de ellas.

Como nota un tanto curiosa, podemos recordar aquel canto popular: "Tres jueves hay en el año que relucen más que el sol, Jueves Santo, Corpus Christi y el Día de la Ascensión". Y aunque ya no podemos cantar a esos tres “jueves” brillantes, no por eso ha dejado de brillar la fiesta.

Dios se hizo hombre y acampó entre nosotros. Esa acampada del Señor duró, en su forma física, visible unos treinta y tres años. Hoy conmemoramos su retorno, su subida, su retorno al lugar de origen, y ocupar el lugar que le corresponde, “sentarse a la derecha del Padre”.

La primera lectura corresponde al comienzo del segundo libro de Lucas, en el cual se verá los principios de la Iglesia o continuación de la misión empezada por Jesús. Han pasado cuarenta días desde la Resurrección durante los cuales el Señor les ha ido instruyendo. Este pasaje hace referencia a esos cuarenta años de peregrinación hacia la Tierra prometida, de los cuarenta días de Moisés en el monte y otros. El Espíritu prometido nos recuerda al profeta Eliseo que en la subida de su maestro a los cielos recibe su espíritu.

Para celebrar ciertos aniversarios y tener un recuerdo más vivo de lo que se celebra, los que estuvieron presentes vuelven al lugar del acontecimiento o acontecimientos. En la lectura evangélica, que es la conclusión del evangelio de Mateo, vemos a los once volver a Galilea por mandato del Señor. Posiblemente les quiere recordar, después del triunfo de la Resurrección, donde todo empezó y cómo empezó. No quiere que se olviden de la historia. De hecho el pasaje que se nos presenta comienza con un recuerdo nefasto: los once discípulos fueron…Ya no son doce, falta uno, el traidor, el que vendió al Maestro. Claro que el que había sido traicionado y ejecutado, ahora vuelve a estar con ellos, y si aquella traición y muerte, algo que lo mostró débil y vulnerable, hoy les informa: “Dios me ha dado autoridad plena (toda autoridad), sobre el cielo y la tierra”.

El que les está hablando, y ante quien se han hincado en adoración, aunque algunos habían dudado, les habla del futuro, de que ahora ellos tendrán que continuar su misión, una misión evangelizadora, que tendrá como objetivo el “hacer discípulos a todos los pueblos y bautizarlos para consagrarlos al Padre, al Hijos y al Espíritu Santo”.

Lo primero y principal es hacer discípulos, o sea, gente que se sienta llamada por el Señor, para seguirle, cumpliendo con el plan o voluntad de Dios, incluso dispuestos a dar la vida como el mismo Maestro. A todos ellos se les ha de bautizar, para consagrarlo al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Esa es la razón para bautizar, ayer y hoy. En otras palabras el bautizado es reservado para Dios.

Y viendo los retos que les espera, el Señor les hace una promesa consoladora y fortalecedora: Yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos.

En este mundo tan secularizado y alejado de Dios, es posible que algunos de nosotros nos acerquemos a la celebración de la Eucaristía o al sagrario como únicos lugares de su presencia. Es verdad, ojalá no haya duda alguna en el corazón de los creyentes que Jesús está presente en la Eucaristía, realmente presente.

También está presente en la Palabra; está presente en la comunidad reunida, aunque sólo estén dos o tres; está en cada uno de nosotros cuando aceptamos sus preceptos y los cumplimos; está presente en el hambriento, el sediento, en el desnudo, en el enfermo, en el encarcelado a quienes nos acercamos a socorrer.

La fiesta de la Ascensión es podríamos decir, la fiesta de la esperanza, la razón para seguir esperando, la razón para no desmayarse ante tanta miseria y sufrimiento humano, es razón para no tener miedo y seguir adelante recordando y vivir la experiencia de sabernos consagrados a Dios por el Bautismo que hemos recibido, y fortalecidos para la presencia real, constante y consoladora de Jesús quien está con nosotros cada día.