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martes, 20 de septiembre de 2022

Sobre los "hermanos de Jesús"




Un asunto polémico es si Jesús tuvo o no hermanos carnales, hijos de María. Los ortodoxos y católicos dicen que no; entre los protestantes abunda más el sí. El tema no es de poca importancia. Para católicos, ortodoxos y algunas otras denominaciones, el hecho de que Jesús tuviera hermanos complicaría la creencia de que María no sólo era virgen cuando quedó embarazada de Jesús (eso hubiera bastado para cumplir la profecía), sino que lo siguió siendo después: “María siempre virgen”. Para muchos protestantes, demostrar que un dogma católico-ortodoxo es falso sería una gran oportunidad para deslegitimizar ambas iglesias.

Por eso, para creer que Jesús tuvo hermanos no bastan opiniones, se necesitan pruebas sólidas como para echar por tierra la creencia tradicional. El ambiente está caldeado puesto que para muchos se trata de un asunto muy polémico. 

Veremos qué dice la Biblia y la historia sobre el tema, pero antes vamos a ver cuáles son las diferentes posturas al respecto.

LAS DIFERENTES POSICIONES

Iglesia Ortodoxa:

María es la siempre virgen, los hermanos de Jesús eran hijos de un matrimonio anterior de José, por tanto eran "legalmente" hermanos de Jesús, aunque no compartían con él ni padre (el Espíritu Santo) ni madre (la Virgen María).

Iglesia Católica:

María es la siempre virgen, los hermanos de Jesús en realidad eran parientes, no “hermanos” en el sentido literal del término.

Iglesias protestantes:

Muchas iglesias y asociaciones protestantes consideran que los hermanos de Jesús eran sus hermanos carnales, pero no hay unanimidad. En realidad, serían medio-hermanos por parte de María (hijos de ella y de José, pero no del Espíritu Santo, como en el caso de Jesús).

Es importante destacar que en la época de la Reforma se aceptaba la idea tradicional de que María permaneció siempre virgen, sin embargo, en épocas posteriores se fue extendiendo entre los protestantes la idea de que estos hermanos eran también hijos de María. 

Los grandes reformadores (Lutero, Calvino y John Wesley) creían en María la siempre virgen y negaban que hubiera tenido más hijos.

Iglesia anglicana:

La Iglesia Alta coincide con la postura católica, y la Iglesia Baja coincide con la protestante. En la Iglesia Episcopaliana y en la Luterana observamos la misma división de opiniones.

Ateos interesados en el tema:

Los estudiosos bíblicos ateos no encuentran en la Biblia datos concluyentes en uno u otro sentido, así que generalmente consideran que si se les llaman “hermanos de Jesús” probablemente lo serían (bien como hijos de José y María o sólo como hijos de José), aunque la interpretación de “parientes” también es posible.


ESTOS SON LOS HECHOS O LAS FUENTES QUE UTILIZAN UNOS Y OTROS:

1- Textos bíblicos:

Los hermanos (y hermanas) de Jesús son mencionados en varias ocasiones. Los encontramos en los cuatro evangelistas. Veamos algunos ejemplos:

Lucas 8,19 “Entonces la madre y los hermanos de Jesús llegaron a donde él estaba, 
                     pero no podían acercarse a él debido al gentío.”

Marcos 6,3 “¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas 
                    y de Simón? ¿No están sus hermanas aquí con nosotros?». 
                    Y Jesús era para ellos un motivo de escándalo.”

Juan 2,12 “Después de esto Jesús bajó a Capernaúm con su madre, sus hermanos y sus discípulos; 
                   pero no se quedaron allí muchos días.”

Mateo 28,10 “Entonces Jesús les dijo: No temáis. 
                       Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea, y allí me verán.”

Hechos 15,13 “Cuando terminaron de hablar, Jacobo, hermano de Jesús, tomó la palabra y dijo…”

Gálatas 1,19 “No vi a ningún otro Apóstol, sino solamente a Santiago, el hermano del Señor.”

En los Evangelios y en Hechos se habla de los hermanos de Jesús, aunque sólo en Hechos se habla de “Santiago (= Jacobo), hermano de Jesús”, que además es identificado como el obispo de Jerusalén. La mayoría opina que no está claro en Hechos si este obispo, hermano de Jesús, es el apóstol Santiago (el Menor) o una persona diferente.

2- Texto judío del siglo I:

En el año 93, el historiador judío-fariseo Flavio Josefo menciona la muerte de Santiago de esta manera: “Ananías era un saduceo sin alma. Convocó astutamente al Sanedrín en el momento propicio. El procurador Festo había fallecido. El sucesor, Albino, todavía no había tomado posesión. Hizo que el sanedrín juzgase a Santiago, hermano de Jesús, quien era llamado Cristo, y a algunos otros. Los acusó de haber transgredido la ley y los entregó para que fueran apedreados.” (los historiadores fechan este martirio en el año 62)

4- Arqueología:

A finales del siglo XX es hallado en Jerusalén un osario de piedra con la inscripción aramea: “Ya’aqob bar Yosef ajui di Yeshúa” (Jacob, hijo de José, hermano de Jesús)”. Los expertos datan el osario como del año 63 (lo que más o menos coincide con la fecha que dan los historiadores para la muerte de Santiago).

Nota: Expliquemos que “Yaaqob” se transcribe en latín como “Iacobus”, que dio en castellano “Jacobo” (inglés James, italiano Giacomo, francés Jacques). En catalán dio “Jaume” que pasó luego también al castellano como “Jaime”. En leonés dio “Yago” y al apóstol se le conocía pues como “Sant Yago”, lo que acabó por considerarse un solo nombre, “Santiago” (por eso decimos “San Pedro” o “San Juan”, pero no “San Santiago”, pues el “san” lo lleva ya incluido). En otras zonas se dividió mal y nos dio “San Tyago”, y de ahí viene el antiguo nombre “Tiago” y su forma castellanizada “Diego”. Así que en la mayoría de las traducciones bíblicas en español se nos habla de “Santiago”, pero algunas usan la más fiel de “Jacob” (por eso al Camino de Santiago se le llama también la Ruta Jacobea).

Vistos estos datos parece lógico pensar que Jesús tenía hermanos, uno de los cuales era Santiago, el que lideró la iglesia de Jerusalén tras su muerte.


ARGUMENTOS A FAVOR Y EN CONTRA

1- María y Juan

Este argumento es, en mi opinión, difícil de refutar, sobre todo si conocemos bien el comportamiento social de la época. Cuando Jesús está muriendo por asfixia en la cruz, tiene que luchar por cada bocanada de aire apoyando todo su cuerpo en la herida del clavo de los pies. Cada palabra de las pocas que dijo le supuso un esfuerzo casi inimaginable.

“Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre». Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.” (Juan 19:25-27)

María era viuda (José sólo aparece en la infancia de Jesús). Si no tenía más hijos y estaba a punto de perder a Jesús, se quedaría sin nadie y sin sustento. Por eso, Jesús le pide a Juan que se ocupe de ella. Si Jesús tenía hermanos (especialmente el famoso “Santiago, hermano de Jesús” que fue obispo de Jerusalén) hubiera resultado incomprensible que Jesús pusiera empeño en asegurar el futuro de su madre con un amigo suyo: María se habría ido a vivir con uno de sus hijos o hijas.

La tradición judía establecía que si el hijo que se hacía cargo de una viuda moría, el siguiente hermano en orden de nacimiento tenía la obligación de hacerse cargo de ella. Hubiera sido una intromisión por parte de Jesús hacer planes para su madre. El hermano o hermanos de Jesús habrían tenido el derecho de invalidar la decisión de Jesús. Y todo esto suponiendo que Jesús fuera el mayor de los hermanos, porque si hubiera hermanos mayores que Jesús (por ejemplo, anteriores hijos de José), no sería asunto de Jesús opinar sobre el tema pues la custodia estaría en manos del hermano mayor.

Algunos argumentan que Jesús, siendo el hermano mayor, optó por Juan porque sus hermanos aún no creían en él, y prefería que su madre viviera con un creyente... Al defender esta idea se está usando una mentalidad moderna. En la sociedad semita de la época, enviar a una viuda a vivir con un amigo sería una humillación para la madre y un desprecio público hacia los hermanos. Se  podría alegar que aunque sus hermanos aún no creían en él, Jesús quizás ya sabía que días más tarde sí creerían, tal como vemos en Hechos 1:14. Pero aunque no lo supiera, tras resucitar hizo muchas disposiciones, bien podría haber rectificado entonces su postura al comprobar que sus hermanos se unían a los discípulos. Ya no tendría sentido perseverar en su decisión de enviar a su madre con Juan.

Además, si suponemos que por alguna extraña razón María se llevaba mal con todos sus hijos e hijas y, por eso, Jesús prefirió encomendarla a Juan, entonces el admirado Santiago, líder de la iglesia de Jerusalén, hubiera tenido un prestigio social muy dañado por ser un mal hijo (algo terrible en aquella época).

En fin, que si este argumento no imposibilita la existencia de otros hermanos de Jesús, en la práctica lo hace muy improbable por razones lógicas, históricas y sociales. 

Pero para que este argumento sea sólido hay que demostrar primero que “hermano” puede significar también “pariente”, con lo cual Santiago podría ser primo de Jesús sin que ello suponga un error en las Escrituras.

2- El vocabulario arameo y griego

El castellano tiene una antigüedad de unos 1000 años. El idioma de Jesús y sus discípulos, el arameo, tiene 4000 años de antigüedad; aún así, en ningún momento y en ningún dialecto, y menos aún en el dialecto palestino del siglo I, encontramos en arameo una palabra que signifique “primo”; en su lugar sencillamente se utiliza el término “hermano”, que también puede utilizarse genéricamente en el sentido de “pariente”.

En las sociedades semitas el concepto familiar es amplio y en la Biblia vemos que se llama “hermanos” a los que provienen de un mismo abuelo: a los primos, tíos y sobrinos (y creemos que Santiago era “primo” de Jesús, hijo de alguna hermana o prima de la Virgen). En la  Biblia se lee, por ejemplo, que Abraham llamaba “hermano” a Lot:

“Abram dijo a Lot: «No quiero que haya altercados entre nosotros dos, ni tampoco entre tus pastores y los míos, porque somos hermanos.” (Gen 13,8)

Pero luego vemos claramente que Lot no era “hermano” sino sobrino de Abraham:

“Esta es la descendencia de Téraj: Téraj fue padre de Abram, Najor y Harán. Harán fue padre de Lot…”(Gen 11,27).

Así que el decir que alguno era “hermano” de Jesús no significa necesariamente que fueran hermanos carnales, sino que estos llamados “hermanos”, eran simplemente familiares: primos, etc. Esta es la tradición que mantiene la Iglesia Católica: Jesús y Santiago (y sus otros “hermanos”), eran en realidad parientes, no hermanos.

Pero el asunto lingüístico no es tan sencillo. Es cierto que Jesús y sus discípulos hablaban arameo, pero el Nuevo Testamento está escrito en griego, y en griego sí hay un término para “primo”. El griego “adelphos” significa “hermano” (igual puede referirse a hermano de padre y madre, o hermanastro de sólo padre/madre o hermano adoptivo por adopción de ambos padres o medio-hermano por venir de un matrimonio anterior), y el término “anepsios” significa “primo”. Así pues, cuando los evangelistas nos hablan de “Santiago, el hermano de Jesús”, nos lo están diciendo en griego, no en arameo, y usan el vocablo “adelphos”, así que será que realmente querían decir “hermano”.

Ante este argumento recordaremos primero que la Iglesia Ortodoxa tradicionalmente considera que san José era viudo y traía hijos de su matrimonio anterior, y que por tanto serían “hermanos de Jesús”, pero no hijos de María. Este argumento apareció por primera vez en el siglo II en el evangelio apócrifo llamado “Protoevangelio de Santiago”, o sea, cuando todavía vivía gente que había conocido a María, así que parece un argumento sólido, y de hecho fue muy popular hasta principios del siglo V.

Los estudiosos actuales creen que ese mal llamado protoevangelio fue escrito por un cristiano procedente del paganismo (desconoce las costumbres judías) y que ignoraba el hebreo, pues utilizó como fuente la Septuaginta (la Biblia griega de los Setenta). Es muy probable que utilizara también como fuentes los evangelios de Mateo y Lucas. Aunque recogiera tradiciones orales fidedignas en más de un asunto, no tendría nada de extraño que, al ser de origen pagano, malinterpretara el término “hermano de Jesús” y buscase una explicación lógica para que esa “anomalía” no entrase en contradicción con la idea de que Jesús era hijo único. 

Como contrapartida, también histórica, tenemos un texto de Papías (que veremos más adelante), discípulo de Juan, y que con anterioridad al llamado Protoevangelio de Santiago nos dejó dicho que esos “hermanos de Jesús” eran sus primos.

Hay que señalar que el griego koiné usado en la Biblia no es igual que el griego clásico, ni siquiera igual que el griego popular nativo, pues está plagado de “sabor” arameo. Los escritos traducidos del arameo (al menos uno de los evangelios, el de Mateo, parecer haber sido redactado en arameo aunque sólo conservamos la traducción griega) tienen todo el influjo lógico que el idioma original imprime en su traducción.

La versión bíblica usada por la mayoría de los cristianos fue la ya mencionada Septuaginta (siglo III-II a.C.), traducida del hebreo y el arameo al griego usado como lingua franca en el Imperio Romano Oriental. No es algo forzado suponer que si los primos bíblicos son llamados “adelphos” en la Septuaginta, los cristianos usasen igualmente el término griego con ese sentido bíblico en sus escritos. Veamos un ejemplo de este manierismo recuperando la cita anterior:

“Abram dijo a Lot: «No quiero que haya altercados entre nosotros dos, ni tampoco entre sus pastores y los míos, porque somos hermanos.” (Gen 13,8)

Ya hemos visto que la propia Biblia aclara que Abraham no es hermano de sangre, sino tío de Lot, o sea, pariente. Veamos ahora cómo se redactó la frase “porque somos hermanos” en el hebreo original y en la traducción griega de la Septuaginta:

Español: “Porque somos hermanos”

Hebreo: “ki anasim ahim" (pronunciación)

Griego bíblico: “oti anthropoi adelphoi emeis esmen” (transcripción del griego)

Vulgata latina: “et pastores tuos fratres enim sumus”

El hebreo, refiriéndose a “parientes” usa la palabra “ahim” (plural de “ahu” = hermanos, primos, parientes).

El griego bíblico, a pesar de que tiene una palabra para decir tío, sobrino o parientes, utiliza un calco del original hebreo y usa la palabra “adelphoi” (= hermanos de de padre y/o madre) y lo mismo hacen la versión latina y española. 

Por lo tanto, cuando los evangelistas se pusieron a escribir sus libros sobre Jesús, incluso si los redactaron en griego ya tenían en su cabeza una “manera bíblica” de expresarse, en la que “adelphoi” significaba “hermanos” pero también “parientes”. Si a esto añadimos que incluso Lucas, que sin duda escribió en griego, leería la Septuaginta y aprendió la vida de Jesús a través de sus seguidores judíos, entonces él traducía las historias arameas al griego, con lo cual también aquí nos encontramos con el influjo del arameo y el griego bíblico. Si el tal Santiago era conocido popularmente como “Santiago, el hermano de Jesús” (en el sentido arameo del término), es normal que Lucas usara la expresión bíblica con “adelphos” manteniendo el epíteto original. Y si los evangelistas mantienen el epíteto de “hermano de Jesús”, con mayor razón lo haría el mencionado historiador judío Flavio Josefo, que sólo narra los acontecimientos de oídas y lo mismo si lo toma de fuentes en griego como de fuentes en arameo se encontraría con la misma expresión: “Santiago el hermano de Jesús”, y así lo reporta él.

Del mismo modo, aunque la Iglesia Católica siempre ha mantenido que ese “hermano” se refiere a “primo”, la versión oficial en latín (la Vulgata) no tuvo ningún problema en traducir ese “ahim” por el latin “fratres” (= hermanos), a pesar de que también el latín tiene vocabulario más específico. Podríamos decir sencillamente que todo este asunto se trata de una mala traducción (en el caso de Abraham, de Santiago y de muchos otros en la Biblia), pero se traduce así no por error, sino por ser fieles a una “manera histórica” de traducir.

Una objeción muy repetida es que si bien en el Antiguo Testamento abunda el uso de “adelphos” (hermano) para traducir el término semita de “pariente” (ahu), en el Nuevo Testamento eso no ocurre ni una sola vez, y por ejemplo se refiere a Isabel como “parienta” de María (“suggenís”) no como hermana al estilo semita; por tanto, cuando usa “adelphos” para con Jesús, lo está usando en sentido griego literal. Pero esta objeción es errónea. Se me ocurre al menos un ejemplo en el que clarísimamente se utiliza en el Nuevo Testamento el término griego “adelphos” en el estilo semita para referirse a un pariente, no a un hermano:

“Junto a la cruz de Jesús estaba su madre y la hermana de su madre,
María esposa de Cleofás, y María Magdalena” (Jn 19,25)

En este caso el texto griego original para “y la hermana de su madre” dice “kai e adelphé tes metros autou”. Vemos que utiliza el griego “adelphé” (literalmente “hermana”) para referirse a María esposa de Cleofás. Pero esta María no podía ser realmente “hermana de su madre” porque entonces tendríamos dos hermanas con el mismo nombre, y eso es absurdo. Así que si “la hermana de María” no es hermana sino parienta, lo mismo podría ocurrir con los llamados “hermanos de Jesús”. Y no olvidemos que estamos hablando de Juan, que probablemente escribió su evangelio directamente en griego.


3- La Tradición de la Iglesia Primitiva

Los protestantes sólo pueden apoyarse en lo que ven en las Escrituras para sacar sus conclusiones, pero los católicos tienen, además, la tradición de los primeros cristianos. Es evidente que no todas las enseñanzas de Jesús, ni todos sus hechos ni toda la información que los rodea fue recogida en los cuatro evangelios. La misma Biblia lo reconoce:

“Hay también otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales, si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir,” Juan 21,25.

Esas cosas se hicieron ante testigos que las trasmitieron oralmente. Sólo posteriormente parte de la tradición oral se recogió por escrito en los Evangelios. Así que mucha información de todo tipo (doctrinal e incluso anecdótica) fue transmitida a los primeros cristianos por parte de los testigos directos (los apóstoles y la gente que conoció directamente a Jesús y a los hechos).

Por eso, esa primera comunidad de fieles estaba en una posición muchísimo mejor que la nuestra para interpretar lo que los Evangelios cuentan. Ellos tenían datos y contextos que en las Escrituras no aparecen. Esa tradición, que las iglesias católica y ortodoxa han conservado en parte, es de suma importancia.

Así pues, tenemos el testimonio de Papías, un obispo que Hierápolis (moderna Turquía) de principio del siglo II (nacido por tanto en el siglo I), o sea, de la segunda generación, los cuales eran hijos de los contemporáneos de Jesús.

Papías escribió un tratado de cinco libros titulado “Explicación de los dichos del Señor” donde comenta los evangelios aclarando dudas y ambigüedades a la luz de la tradición oral que le han contado de primera y segunda mano a él. Desgraciadamente los libros no han sobrevivido, pero conservamos algunas citas de ellos, y esta cita de Eusebio de Cesárea (Hist. Ecl. III, 39,3-4) nos muestra parte de su prólogo:

“No dudaré en ofrecerte, ordenadas juntamente con mis interpretaciones, cuantas noticias un día aprendí y grabé bien en mi memoria, seguro como estoy de su verdad. Porque no me complacía yo, como hacen la mayor parte, en los que mucho hablan, sino en los que dicen la verdad; ni en los que recuerdan mandamientos ajenos, sino en los que recuerdan los que fueron mandados por el Señor a nuestra fe y proceden de la verdad misma. Y si se daba el caso de venir alguno de los que habían seguido a los presbíteros, yo trataba de discernir los discursos de los presbíteros: qué había dicho Andrés, qué Pedro, qué Felipe, qué Tomás o Santiago, o qué Juan o Mateo o cualquier otro de los discípulos del Señor; igualmente, lo que dice Aristión y el anciano Juan, discípulos del Señor. Porque no pensaba yo que los libros pudieran serme de tanto provecho como lo que viene de la palabra viva y permanente”

San Ireneo (siglo II) dice que Papías fue discípulo de Juan, y en verdad, según este fragmento de su libro, así parece, pues de todos los apóstoles él habla de “qué había dicho X” como cosas del pasado que le han contado otros, pero luego menciona de nuevo a Juan diciendo “lo que dice Aristión y el anciano Juan, discípulos del Señor” en presente y como si aún hablara con ellos. Y en verdad que Juan era el de menor edad y el único apóstol que llegó a muy anciano; se cree que murió en el 110, con lo que probablemente aún vivía cuando Papías escribió su exégesis. Sabemos también que las hijas del apóstol Felipe vivían en Hierápolis en esa misma época, así que es de suponer que Papías, obispo de esa ciudad, hablara con ellas sobre estos temas. Así pues, si Papías conoció a Juan, el mismo que cuidó de la Virgen, bien podría tener información sobre la familia de ésta. Y así es. Uno de los fragmentos que conservamos de su obra dice:

“María, la esposa de Cleofás o Alfeo […] fue la madre de Santiago, obispo y apóstol, de Simón, Tadeo y un tal José” (Papías fragmento 10)

Según la lógica católica, si un cristiano del siglo I de la segunda generación biológica nos dice que los llamados “hermanos de Jesús” son hijos de María la mujer de Cleofás, entonces no tiene sentido darle demasiadas vueltas al asunto, a menos que los Evangelios estuviesen claramente en contra de tal idea, pero no lo están, es sólo un asunto de ambigüedad que podemos ver aclarado en el testimonio de Papías.

4- A vueltas con el osario de Santiago

Algunos autores de documentales y libros sensacionalistas en torno al mencionado osario con la inscripción de “Santiago, hijo de José y hermano de Jesús”, dicen que si Santiago era primo y no hermano hubieran usado el término arameo para “primo”, pero ninguno menciona qué termino sería ese porque no existe.

El revuelo que se formó en torno al famoso osario quedó al final en papel mojado cuando tiempo después los expertos dictaminaron unánimemente que era una falsificación. Así lo declaró Shuka Dorfman, director de antigüedades de Israel, quien anunció el 18 de junio de 2003: “El osario es real. Pero la inscripción es falsa. Lo que significa que alguien tomó una caja real y labró la escritura en ella, probablemente para darle una importancia religiosa”.

El comité también descubrió que la piedra caliza del osario era más típica del norte de Siria que de Israel. Según los expertos de la Autoridad de Antigüedades de Israel, las letras de la inscripción están inmersas en un residuo gris que no se debe a la pátina del tiempo, sino a una pasta de fabricación doméstica aplicada a las letras para que parezcan más antiguas. El análisis de isótopos de oxígeno indica que  las palabras fueron inscritas en tiempos modernos. Además, la dura pátina marrón que cubre la caja no se encontró en la inscripción, en la que se aplicó una especie de pasta blanda y grisácea para imitar el desgaste. Tras los análisis realizados por Yuval Goren no cabe la menor duda de que la inscripción del osario es una falsificación. El responsable de la falsificación es Oded Golan, el cual fue detenido en el verano del 2003. Oded Golan es también responsable de otra falsificación: de la falsa tabla de piedra del rey Salomón. Al parecer el juez le absolvió; no por considerar que el osario fuese auténtico, sino por no tener pruebas judiciales suficientes para demostrar sin duda alguna que fuese falso. Por tanto para algunos la polémica sigue abierta, pero en un asunto arqueológico, si el criterio de un juez se opone (judicialmente) al criterio de todo un comité de expertos arqueólogos, es difícil dar más crédito al juez, que además se limita a que no tiene pruebas suficientes para condenar a Oden Golan.

5- Más hermanos

“¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿No están sus hermanas aquí con nosotros?». Y Jesús era para ellos un motivo de escándalo.” Mc 6,3.

Veamos quiénes son el padre y la madre de los hermanos de Jesús: José, Santiago, Judas y Simón; Estudiaremos el caso de dos de los hermanos, Santiago y José, pues de ellos tenemos más de un dato:

“[en la crucifixión] Unas mujeres miraban de lejos. Entre ellas, María Magdalena, María la madre de Santiago el menor y de José, y Salomé”, Mc 15,40, cf Mc 16,1.

“[en el sepulcro] María Magdalena y María, la madre de José, miraban dónde lo habían puesto,” Mc 15,47.

“Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena,” Jn 19,25.

“Los nombres de los doce Apóstoles son: en primer lugar, Simón, de sobrenombre Pedro, y su hermano Andrés; luego, Santiago, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo,” Mt 10,2-3.

El apóstol llamado “Santiago el Mayor” (el patrón de España) se nos dice que es hijo de Zebedeo y hermano de Juan. El otro apóstol Santiago, llamado “el Menor”, vemos en Marcos que es hijo de una tal María, madre también de José, que aparece en la crucifixión y también en el entierro.

De las tres Marías que acompañaron a Jesús durante su muerte, además de Salomé, una es la Virgen, la otra María Magdalena, y la otra es la comúnmente llamada “la otra María” (así la llama Mateo en 28,1). Marcos, también en la cruz, nos la identifica como “María la madre de Santiago el menor y de José”, y en el sepulcro la identifica simplemente como “María la madre de José”; Juan la identifica como “María, mujer de Cleofás”. Por lo tanto parece claro que “la otra María” es esposa de Cleofás y madre de Santiago el Menor y de José.

Ahora bien, Juan nos añade otro dato, María de Cleofás es “la hermana de su madre [de Jesús]”, por lo tanto es tía de Jesús. Eso significa que su hijo Santiago es primo de Jesús, o sea, dicho en sentido bíblico Santiago es “hermano de Jesús”. En realidad, podemos hacer la otra deducción lógica antes mencionada: Dos hermanas no pueden llevar el mismo nombre, sería absurdo y confuso, así que cuando Juan dice “la hermana de su madre, María”, debe de referirse en realidad a una prima de María, no a una hermana carnal. Esto convierte a Santiago el Menor en primo segundo de Jesús, lo cual sigue siendo “hermano” en sentido bíblico.

Ya tenemos un Santiago, apóstol, que puede con toda razón ser conocido en la Biblia como “el hermano de Jesús”. Aún así, algunos dicen que este Santiago el Menor no es el mismo que el Santiago llamado “Santiago, el hermano de Jesús” (podría tener un primo llamado Santiago y también un hermano llamado Santiago). No es imposible, desde luego. Pero es que hemos visto que Marcos nos añade otro dato familiar: Santiago, el hijo de María de Cleofás, tiene un hermano llamado José. Por tanto Jesús tiene dos primos llamados José y Santiago. Pensar que también tenía además dos hermanos carnales llamados también José y Santiago, como nos ha dicho igualmente Marcos anteriormente, sería ya excesiva coincidencia.

Ya casi parece que podemos zanjar el asunto, pero hay un pequeño problema: Mateo, como hemos visto, identifica a dos apóstoles llamados Santiago, a uno lo llama “hijo de Zebedeo” (que sabemos que es Santiago el Mayor), y al otro, a Santiago el Menor, lo llama “hijo de Alfeo”. Si Marcos dice que la madre de Santiago el Menor es María, que sabemos por Juan que es la mujer de Cleofás, y Mateo nos dice que la madre de Santiago el Menor es hijo de Alfeo, entonces nos encontramos con que los padres de “Santiago, el hermano de Jesús” y de José son Alfeo y María la mujer de Cleofás. Esto no sería demasiado sorprendente si Santiago fuera un neoyorquino del siglo XXI, pero las familias de la época no tenían semejantes desbarajustes. La esposa de Alfeo no puede ser al mismo tiempo la mujer de Cleofás. ¿Se trata de un error en las Escrituras? Muchos no creyentes dicen que sí, pero no es así y veremos por qué.

Ya hemos explicado cómo el nombre hebreo “Yaakob” se puede traducir en español por Jacob o por Santiago. También el hebreo “Yeshua” es traducido en griego por “Josué” en el Antiguo Testamento, pero por “Jesús” en el Nuevo. El “Yosef” hebreo se traduce en la Biblia por “José”, pero el historiador Yosef ben Matityahu es conocido como “Claudio Josefo”, y mucha gente bilingüe (como sigue ocurriendo hoy) usa un nombre diferente para su segundo idioma. Lo mismo ocurre con el griego. Cuando los evangelistas escriben en griego, traducen los nombres hebreos/arameos al idioma griego. No tuvieron que inventarse traducciones, las traducciones ya existían y, al igual que pasa en español, no siempre son unánimes. En esa época en Palestina se hablaba arameo, pero se usaba ampliamente el griego al igual que en todo el imperio oriental, así que los nombres eran helenizados cuando se hablaba en griego. También teníamos ya desde hacía tiempo la Biblia traducida al griego (la Septuaginta), así que existía una traducción bíblica de nombres hebreos.

Todo esto hace, que tal como ocurre en español, también en griego haya a veces varias traducciones de un mismo nombre y también que haya algunos nombres que por la razón que sea se traduzcan habitualmente por un nombre aparentemente bien distinto, como pasa en español con Jacob y Santiago o en griego cuando leemos que en unos evangelios Simón fue llamado “Petros” (Pedro: piedra en griego) y en otros que fue llamado “Kephas” (Cefás: piedra en arameo), pero tanto Pedro como Cefás son la misma persona. Según los lingüistas, el nombre hebreo “Kleopa” era frecuentemente traducido por “Alfeo”, aunque si se heleniza el original directamente tendremos “Kleophas” (nuestro “Cleofás”). En tal caso, Alfeo y Cleofás serían la misma persona, es sólo que los distintos evangelistas han usado diferentes equivalencias del nombre (a menudo se le identifica con el Cleofás que se encuentra con Jesús en el camino de Emaús en Lucas 24,18, siendo el otro discípulo tal vez su esposa María). Por tanto la María prima de la Virgen y madre de Santiago sería esposa de Alfeo-Cleofás. Todo encaja.


6- Santiago, el hermano de Jesús

Los hay que afirman que aún así, ese “Santiago, hermano de Jesús” no es ninguno de los dos apóstoles ni es hijo de María de Cleofás, sino otro Santiago, “Santiago el Justo” (sobrenombre que usa por primera vez el historiador cristiano Egésipo en el siglo II al referirse al obispo Santiago llamado “hermano de Jesús”). Este tercer o cuarto Santiago sería el que fue primer obispo de Jerusalén y autor de la epístola de Santiago. Esta visión es más popular entre los protestantes, aunque hay de todo.

También hay que tener en cuenta que el Nuevo Testamento no es siempre consistente en la manera de llamar a los personajes. Por ejemplo, a “María, la de Alfeo” también la llama en otra ocasión “María, la madre de Santiago” y hemos visto que también “María, la madre de José”, por lo tanto no habría nada extraño en que el llamado “Santiago, hijo de Alfeo” fuera en otras ocasiones llamado “Santiago, hermano de Jesús” (en el sentido de primo). Por eso aunque el número de Santiagos que hubo queda abierto, no se puede utilizar como argumento suficiente. Como Santiago, el hijo de Alfeo, era hijo de la prima de María, tiene mucho sentido que le llamaran también “hermano de Jesús”, pero en el caso de que ese “hermano” fuese un tercer Santiago, seguimos teniendo el problema de que “hermano” puede ser también pariente, con lo cual no hay nada concluyente. Y aquí creo conveniente recordar al lector el valioso testimonio histórico que nos ha dado Papías, discípulo de Juan, a principios del siglo II:

“María, la esposa de Cleofás o Alfeo […] fue la madre de Santiago, obispo y apóstol, de Simón, Tadeo y un tal José” (Papías fragmento 10)

Para Papías, que era además obispo de Hierápolis, donde vivían las hijas del apóstol Felipe, no debía de ser ningún misterio las relaciones familiares de Jesús. En su testimonio nos aclara en una sola frase todas las polémicas actuales que tanta tinta hacen correr y nos dice: que María es la mujer de Cleofás, que Cleofás y Alfeo son la misma persona, que María y Cleofás son los padres de Santiago, que ese Santiago es el apóstol (Santiago el Menor) y también el obispo de Jerusalén (por tanto “Santiago el Justo” es “Santiago el Menor, no un tercer Santiago), y que todos los citados en el evangelio como los hermanos de Jesús (Santiago, Simón, Tadeo y José), son hijos de María la de Cleofás. Lo único que le falta por decir en esta frase es que María de Cleofás es prima de la Virgen, pero eso ya los sabemos por los evangelios.

También san Pablo nos menciona una vez a este obispo Santiago en un contexto que puede resultar ambiguo:

“Tres años más tarde, fui desde allí a Jerusalén para visitar a Pedro, y estuve con él quince días. No vi a ningún otro apóstol, sino solamente a Santiago, el hermano del Señor.” (Gálatas 1,18-19)

Algunos interpretan este pasaje como que vio a Pedro y no vio a ningún otro apóstol, pero además de ver a Pedro, a la única persona que vio fue a Santiago. Por tanto, Santiago no era el apóstol. Sin embargo, por enésima vez, nos encontramos con que estos temas tan delicados no pueden discutirse leyendo nuestras traducciones bíblicas (de ahí el peligro de intentar interpretar uno mismo el significado de la Biblia sin la formación adecuada). Una vez más tenemos que irnos al versículo original en griego para aclarar qué nos dice realmente Pablo:

Ese “sino solamente a Santiago” está escrito como “mè Yakobon” (transcripción). La palabra “µη” establece una excepción, una negación sobre lo que anteriormente se ha afirmado. Por tanto la traducción más clara y exacta sería (como aparece en muchas versiones modernas):

“Tres años más tarde, fui desde allí a Jerusalén para visitar a Pedro, y estuve con él quince días. No vi a ningún otro apóstol excepto a Santiago, el hermano del Señor.”

En esta cita resulta bastante evidente que solo vio a dos apóstoles: Pedro y Santiago, al que llama “el hermano del Señor”. Por tanto Pablo nos dice que “Santiago, hermano del Señor”, el que fue obispo de Jerusalén, es Santiago el Menor, no un tercer Santiago. Y por otras citas ya hemos demostrado que Santiago el Menor es primo de Jesús, no su hermano carnal.


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Otros argumentos

7- En Lucas 2:41ss vemos la familia de Nazaret: Jesús, María y José. Aquí no se habla de otros hijos. En ningún relato de la infancia de Jesús aparece ningún otro hijo (ni en la huída a Egipto, ni cuando Jesús se pierde y es encontrado en el Templo). Esto hace improbable que José se hubiese casado con María trayendo ya hijos al matrimonio (como creen los ortodoxos) y también que José y María tuviesen más hijos después de tener a Jesús.

8- En Marcos 6 se dice “El hijo de María” no “uno de los hijos de María”; tampoco se menciona nunca a Jesús como el más importante de los hijos. Siempre es singular la relación de Jesús con María, Jesús nunca aparece como el mejor, el predilecto o el más piadoso o popular, simplemente es él y nadie más. Son los otros los que reciben el título de “hermanos de Jesús”. Al ser Jesús tan relevante, es lógico que sus parientes sean conocidos por su relación con él. No olvidemos además que el sentido de la familia es mucho más amplio en las sociedades semitas de la época que entre los europeos, y no digamos si los comparamos con nosotros.

9- Algunos protestantes dicen que puesto que Jesús es el “primogénito” (= el primer nacido, Mt 1,25), eso implica que fue el primero de más hermanos. Esto no tiene tampoco ninguna base lingüística, pues en la Biblia se llama “primogénito” al primero que nace, independientemente de que después vengan más hermanos o no. Es un título honorífico que designa al hijo que heredará ciertos derechos especiales de su padre tal como vemos en Génesis 25,33.

En tiempos de Jesús, cuando nacía el primer hijo (no el resto), la ley ordenaba “rescatar al primogénito” con un par de tórtolas (si era pobre), tal como vemos hacer a José en el templo. Jesús fue de ese modo rescatado al nacer como primogénito que era, independientemente de que luego pudieran o no nacer más hermanos. Este sacrificio no se hacía cuando nacían más hermanos. Otro argumento en contra de la idea de que José traía hijos de un matrimonio anterior, pues según la ley judía el sacrificio de las dos tórtolas lo hacían los padres pobres al tener a su primogénito, y si José tuviera ya otros hijos Jesús no sería su primogénito (aunque lo fuese de María).

“Ocho días después, llegó el tiempo de circuncidar al niño y se el puso el nombre de Jesús, nombre que le había sido dado por el Angel antes de su concepción. Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: “Todo varón primogénito será consagrado al Señor”. También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor,” Lc 2,21-22.


Conclusión

En el fondo de toda esta polémica se halla el dogma de María siempre Virgen. Pero no olvidemos que la cuestión no es que no podemos pensar que Jesús tuviera hermanos porque eso chocaría con el dogma mariano, más bien fue al contrario, el dogma mariano se declaró oficialmente en aquella época porque los cristianos estaban convencidos de que Jesús era el único hijo de María.

No fue hasta tiempo después de la Reforma protestante cuando comienza a extenderse la idea de que Jesús pudiera tener hermanos carnales. No me parece demasiado sensato que cristianos del siglo XVII o XVIII se atrevan a contradecir lo que los cristianos del siglo II decían. Esos cristianos primitivos también contaban con los mismos escritos que nosotros, pero además contaban con el testimonio de gente que había conocido a la familia de Jesús directamente o de oídas. Incluso aún vivían los descendientes directos de esa familia de Jesús.

A pesar de todos los datos, siempre puede encontrar uno un resquicio por el que meterse para rechazar las pruebas que haya en contra de su creencia previa. Esto es lo normal, sobre todo cuando los investigadores no se atreven a dar un veredicto histórico claro. Pero ateniéndonos a las leyes de la probabilidad, me parece claro que con toda esta información una conclusión adquiere mucha fuerza frente a las demás.

Mi conclusión personal es que Jesús no tuvo hermanos, todo parece apuntar en esa dirección. Sin embargo, para un protestante el tema solo tiene una importancia anecdótica, casi una simple curiosidad que nada cambia, excepto en caso de que quieran usar este asunto como arma contra la Iglesia.

Para un ortodoxo (igual que para un católico), lo importante es confirmar que María no tuvo más hijo que Jesús, así no se pone en duda el antiguo dogma de su eterna virginidad, pero de qué manera se explique eso (que eran primos o que eran medio-hermanos) no es relevante. Si a mí me parece importante la conclusión de que esos llamados “hermanos” eran en realidad primos segundos y no medio-hermanos es simplemente por amor a la verdad histórica, y porque cualquier detalle que podamos descubrir sobre Jesús me parece fascinante ¿Cuál es tu conclusión?

Fuente: Apologia 2.1

Los hermanos de Jesús, por el P. Paulo Dierckx y el P. Miguel Jordá


En la Biblia leemos que los habitantes de Nazaret, hablando de Jesús, decían:

“Este es el Hijo del Carpintero y su Madre es María, 
es hermano de Santiago, José, Simón y Judas, 
y sus hermanas también viven aquí entre nosotros”.

En otra parte de la Biblia leemos:

“Un día Jesús estaba predicando
y los que estaban sentados alrededor de él le dijeron: 
Tu madre y tus hermanos están afuera y te buscan”. 

y, también:

“¿No es éste el carpintero, el hijo de María, 
hermano de Santiago y José y Judas y Simón? 
Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?”

Los que no conocen bien la Biblia sacan de estos textos la precipitada y errónea conclusión de que María tuvo más hijos y que por tal razón no pudo haber quedado virgen, como creen los católicos. Muchos hermanos evangélicos hablan así, al parecer, no por amor a la verdad, sino para desorientar a los católicos. En esta carta quiero explicarles cuán equivocadas están estas personas que piensan que Jesús tuvo más hermanos en el sentido estricto.

“Hermanos y hermanas” en el sentido bíblico

Es verdad que en los evangelios se habla de “los hermanos y hermanas de Jesús”. Pero eso no quiere decir que sean hermanos "de sangre" de Jesús, o "hijos e hijas" de la Virgen María.

Jesús, en su tiempo, hablaba el idioma arameo (un dialecto del hebreo) y en las lenguas arameas y hebreas se usaba la misma palabra para expresar los distintos grados de parentesco cercano, como "primo, hermano, tío, sobrino, primo segundo..." Y para indicar estos grados de parentesco, usaban la palabra "hermano o hermana". Por ejemplo: Abraham llama hermano a Lot cuando, en realidad, Lot es su sobrino (Gén 13,8 y Gén 14,14-16). Labán llama hermano a su sobrino Jacob, Gén 29,15.

Es decir, en la Biblia no se usan las palabras “tío o sobrino”. A los descendientes de un mismo abuelo se les llama hermanos.

Ahora bien, para evitar las confusiones, la Biblia usa varios modismos. Por ejemplo: si se trataba de hermanos verdaderos, hijos de una misma madre, se usaba la expresión: "Tu madre y los hijos de tu madre. Esta era la única manera correcta de expresarse. En Mateo16,17 se utiliza la expresión "Simón, hijo de Jonás” para decir que el papá de Simón es Jonás.

En ningún lugar del Evangelio se habla de los hermanos de Jesús en sentido estricto, como “hijos de María” porque, en la Biblia, no aparece ningún hermano de Jesús según la carne.

En el Evangelio de Lucas leemos que Jesús subió a Jerusalén junto con María y José. El niño Jesús tenía 12 años. Este relato no menciona ningún hermano de Jesús en sentido estricto. Así el texto nos hace entender que Jesús es el hijo único de María. (Lc 2,41-52).

Al momento de morir, Jesús confió su madre María al apóstol Juan, hijo de Zebedeo, precisamente porque María quedaba sola, sin hijos propios y sin esposo. Para los judíos una mujer que se quedaba sola era signo de maldición; por eso, Jesús confía María a Juan y Juan a María.

“Cuando Jesús vio a su madre, y de pie junto a ella al discípulo a quien él quería mucho, Jesús dijo a su madre: Madre, ahí tienes a tu hijo. Luego le dijo al discípulo: Ahí tienes a tu madre. Y desde entonces ese discípulo la recibió en su casa”, Jn 19,26-27.

¿Quiénes son “estos hermanos de Jesús”?

La Biblia nombra a cuatro “hermanos” de Jesús. En Mt 13,55-56 encontramos los nombres de cuatro hermanos de Jesús: Santiago (o Jacobo), José, Simón y Judas. De los cuatro hermanos de Jesús mencionados, dos eran apóstoles: Santiago “el hermano del Señor” (Gál 1,19) es el apóstol Santiago “el Menor” (Mc 15,40), y Judas, “servidor de Jesucristo y hermano de Santiago”. La madre del apóstol Santiago, el Menor, se llama María y esta María, madre de Santiago y José, estaba junto a la cruz de Jesús (Mc 15,40) y era “hermana de María la Madre de Jesús” (Jn 19,25) y tía de Jesús. Es la que el Evangelista llama María de Cleofás (Jn 19,25)

Comparando los textos bíblicos entre sí, está claro que ni Santiago ni los otros tres “hermanos de Jesús” eran hijos de la Virgen María y José, sino primos hermanos de Jesús. Hagamos el árbol genealógico de las dos familias:

«Padre» + madre = hijo (José + María =Jesús)
Alfeo o Cleofás + María = hijos: Santiago, José, Simón y Judas.

Jesús es el hijo primogénito de María

Otros dicen que la Biblia nombra a Jesús como el “primogénito” o sea “el primer hijo de María” y eso es señal de que María tuvo más hijos.

El hecho de que Jesús sea “primer hijo” no significa que la Virgen María tuviera más hijos después de Jesús; de ninguna manera quiere decir eso el Evangelio. “Y dio a luz a su primer hijo” (Lc 2,7) quiere decir que “antes de nacer Jesús, la Virgen no había tenido otro hijo”.

Y esto era muy importante para los judíos, porque siendo Jesús el primogénito, o sea, el primer hijo, quedaba consagrado completamente a Dios (Ex 13,2). Y es que la Ley del Señor mandaba que el primer hijo fuera consagrado u ofrecido totalmente a Dios (Ex 13,12 y Ex 34,19). Jesús, por ser el primogénito o primer hijo, ya desde su nacimiento quedaba ofrecido y consagrado totalmente al servicio de Dios.

Esto, y no otra cosa, es lo que enseña el Evangelio al decir que Jesús fue el “primer hijo” (Primogénito) de la Virgen María. En ningún caso quiere decir "el primero entre otros hermanos".

El uso de la palabra “hermano” en el sentido religioso

“Un día preguntó Jesús a sus discípulos: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y mirando a los que estaban en torno a él añadió: Aquí están mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de Dios ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”, Mt 12,49-50.

Jesús fue el primero en utilizar la palabra “hermano” no en sentido carnal, sino en sentido figurado.

En el Evangelio de Juan 20,17, Jesús llama a sus discípulos y apóstoles “mis hermanos”, y en la carta a los Hebreos 2,11 todos los redimidos por Cristo son “sus hermanos”. Cristo es “el Primogénito de estos hermanos”, Rom 8, 29.

En este sentido aparece la palabra “hermano” 160 veces en las cartas apostólicas del Nuevo Testamento. “Hermanos” pues, en este sentido, hoy como ayer, son todos los que creen y aceptan a Jesús. Y en esto los hermanos evangélicos son muy inconsecuentes porque en sus sermones usan a cada rato la expresión “hermanos” en sentido figurado (todo el mundo entiende que no se trata de hermanos carnales) Pero cuando se trata de interpretar esta palabra en el Nuevo Testamento, dicen que hay que entenderla en sentido carnal, de verdaderos hermanos según la sangre.

La Iglesia Católica, al igual que las iglesias Evangélicas, tiene ahora también la costumbre de llamar a sus fieles “hermanos y hermanas”. ¿Significa esto que todos somos hermanos según la carne? De ninguna manera, sino que utilizamos la palabra “hermanos” en sentido figurado. ¿Por qué, entonces, los evangélicos tienen tanto empeño en interpretar la palabra “hermano” sólo en sentido literal para concluir que la Virgen tuvo otros hijos? ¿No será que se utilizan estos textos tan sólo como un pretexto para confundir a los católicos poco familiarizados con la Biblia?

Ojalá que las palabras “hermano y hermana” no sean para nosotros palabras conflictivas. Hermanos según la carne son los hijos de unos mismos padres. Hermanos según el espíritu somos todos los seres humanos, mayormente los que son miembros de una misma comunidad o familia religiosa.

Creo que estas explicaciones bastan para aclarar el sentido bíblico de la expresión “hermanos y hermanas de Jesús”. Que nadie los venga a molestar ahora con discursos erróneos y a decirles que María tenía muchos hijos... 

Los que hablan así son personas que no conocen bien la Biblia; es gente que interpreta la Palabra de Dios a su propio gusto y quiere solamente sembrar dudas y mentiras. ¿No dijo el apóstol Pedro que debemos ser prudentes con nuestras interpretaciones privadas de la Biblia? (2 Pedro 1,20).

Y por último, queridos hermanos, yo también los nombro con la palabra hermanos, les pido que no hagan caso de palabrerías, sino que sean realmente capaces de vivir este gran sueño de Jesucristo que es construir el Reino de Dios en que todos los hombres volverán a ser hermanos.

Fuente: Catholic.net

Marcos 3,31-35: La locura de Jesús, por D. Carlos José Romero Mensaque, O.P.


Llegan su madre y sus hermanos y, quedándose fuera, le envían a llamar. Estaba mucha gente sentada a su alrededor. Le dicen: «¡Oye!, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan.» Él les responde: «¿Quién es mi madre y mis hermanos?» Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice: «Estos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.» Marcos 3,31-35


Comentario de D. Carlos José Romero Mensaque, O.P.
Fraternidad Fray Bartolomé de las Casas, Sevilla, España

“La locura de Jesús”

El concepto de “casa” hay que relacionarlo necesariamente con la del grupo de los que siguen a Jesús, con quien el Reino se está haciendo presente. Jesús ha ido por los caminos en busca de las personas, pero ahora son ellas los que quieren escucharle también en “la” casa, el punto de partida de la acción salvífica, porque buscan un ámbito nuevo y unas palabras nuevas.

También a esta casa vienen los de “su” casa, la familia, pero no para escucharle. Ellos no quieren escucharlo. Al contrario, su intención es hacerlo callar. Creen que ya lo conocen y lo consideran algo suyo, alguien a quien encajan dentro de sus intereses. Por eso no pueden aceptar la novedad del Reino, un Reino que está por encima de lazos familiares o de tribu y cuyos intereses son los de Dios. Para ellos, todo ya está dicho de Dios. La religión es como una rutina enraizada en sus costumbres, pero no en su vida. Piensan que Jesús no sabe ni lo que hace ni lo que dicen y quieren que vuelva con ellos a la rutina de la religión.

Pero Jesús no se deja encasillar en unos moldes tradicionales ni familiares. Su Palabra es libre y, desde esa libertad, comprometida con Dios y su Reino, anuncia un Reino abierto a todos los hombres, un Reino de esperanza, un Reino de Amor más allá de un concepto exclusivista.

El Evangelio de hoy es una llamada a todos los que, en este mundo teóricamente plural, buscan un sentido nuevo a todo lo que nos pasa. Jesús nos invita a ir a “la” casa del Reino, a hacer vida sus Palabras y seguirle en su bendita “locura”.

Marcos 3,31-35: Las familias no pueden encerrarse en sí mismas, por la Orden Carmelitana


Llegan su madre y sus hermanos y, quedándose fuera, le envían a llamar. Estaba mucha gente sentada a su alrededor. Le dicen: «¡Oye!, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan.» Él les responde: «¿Quién es mi madre y mis hermanos?» Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice: «Estos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.» Marcos 3,31-35

Comentario por la Orden Carmelitana
"Las familias no pueden encerrarse en sí mismas"

Los parientes llegan a la casa donde se encuentra Jesús. Probablemente venían de Nazaret. De allí hasta Cafarnaún hay unos 40 km. Su madre estaba con él. No entran, pero envían un recado: ¡Tu madre, tus hermanos y tus hermanas, están afuera y preguntan por ti!

La reacción de Jesús es firme: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y él mismo responde apuntando hacia la multitud: ¡Aquí están mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre! 

Para entender bien el significado de esta respuesta conviene mirar la situación de la familia en el tiempo de Jesús.

En el antiguo Israel, el clan, es decir la gran familia (la comunidad) era la base de la convivencia social. Era la protección de las familias y de las personas, la garantía de la posesión de la tierra, el cauce principal de la tradición, la defensa de la identidad. Era la manera concreta que la gente tenía de encarnar el amor de Dios en el amor al prójimo. Defender el clan era lo mismo que defender la Alianza.

En Galilea, en el tiempo de Jesús, a causa del sistema implantado durante los largos gobiernos de Herodes Magno (37 aC a 4 a.C.) y de su hijo Herodes Antipas (4 a.C. a 39 d.C.), el clan se estaba debilitando. Había que pagar impuestos tanto al gobierno como al Templo y la deuda pública crecía. Al mismo tiempo dominaba la mentalidad individualista de la cultura helenista, había frecuentes amenazas de represión violenta de parte de los romanos, la obligación de acoger a los soldados y de hospedarles, los problemas cada vez mayores de supervivencia, todo esto llevaba las familias a encerrarse en sus propias necesidades.

Esta cerrazón se veía reforzada por la religión de la época. Por ejemplo, quienes dedicaban su herencia al Templo, podían dejar a sus padres sin ayuda. Esto debilitaba el cuarto mandamiento que era el gozne del clan (Mc 7,8-13). Además de esto, la observancia de las normas de pureza era factor de marginalización para mucha gente: mujeres, niños, samaritanos, extranjeros, leprosos, endemoniados, publicanos, enfermos, mutilados, paralíticos.

Y así, la preocupación por los problemas de la propia familia impedía que las personas se unieran en comunidad. Ahora, para que el Reino de Dios pudiera manifestarse en la convivencia comunitaria de la gente, las personas tenían que superar los límites estrechos de la pequeña familia y abrirse, nuevamente, a la gran familia, a la Comunidad. Jesús nos da el ejemplo. Cuando su familia trató de apoderarse de él, reaccionó cambiando la comprensión de lo que la familia era para muchos: “¿Quién es mi made, quiénes son mis hermanos?” Y él mismo da la respuesta apuntando hacia la multitud alrededor: ¡Aquí están mi madre y mis hermanos! ¡Porque todo el que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre! (Mc 3,33-35). Creó comunidad.

Jesús pedía lo mismo a todos los que querían seguirlo. Las familias no podían encerrarse en sí mismas. Los excluidos y los marginados debían ser acogidos dentro de la convivencia y, así, sentirse acogidos por Dios (cf. Lc 14,12-14). Este era el camino para alcanzar el objetivo de la Ley que decía: “No debe de haber pobres en medio de ti” (Dt 15,4).

Como los grandes profetas del pasado, Jesús procura reforzar la vida comunitaria en las aldeas de Galilea. El retoma el sentido profundo del clan, de la familia, de la comunidad, como expresión de la encarnación del amor de Dios en el amor hacia el prójimo.

lunes, 6 de junio de 2022

Hechos de los Apóstoles 1,12-14

Hechos de los Apóstoles 1,12-14

Después de la ascensión de Jesús a los cielos, los apóstoles regresaron a Jerusalén desde el monte de los Olivos, que dista de la ciudad lo que se permite caminar en sábado. Cuando llegaron a la ciudad, subieron al piso alto de la casa donde se alojaban, Pedro y Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago (el hijo de Alfeo), Simón el Cananeo y Judas, el hijo de Santiago. Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con María, la madre de Jesús, con los parientes de Jesús y algunas mujeres.
 

domingo, 12 de agosto de 2018

Jn 6,41-51: Atraídos por el Padre hacia Jesús

Juan 6,41-51

En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían: «¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?» Jesús tomó la palabra y les dijo: «No critiquéis. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: "Serán todos discípulos de Dios." Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre. Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»

Atraídos por el Padre hacia Jesús
por José Antonio Pagola

Según el relato de Juan, Jesús repite cada vez de manera más abierta que viene de Dios para ofrecer a todos un alimento que da vida eterna. La gente no puede seguir escuchando algo tan escandaloso sin reaccionar. Conocen a sus padres. ¿Cómo puede decir que viene de Dios?

A nadie nos puede sorprender su reacción. ¿Es razonable creer en Jesucristo? ¿Cómo podemos creer que en ese hombre concreto, nacido poco antes de morir Herodes el Grande y conocido por su actividad profética en la Galilea de los años treinta, se ha encarnado el Misterio insondable de Dios?

Jesús no responde a sus objeciones. Va directamente a la raíz de su incredulidad: «No sigáis murmurando». Es un error resistirse a la novedad radical de su persona obstinándose en pensar que ya saben todo acerca de su verdadera identidad. Les indicará el camino que pueden seguir.

Jesús presupone que nadie puede creer en él si no se siente atraído por su persona. Es cierto. Tal vez, desde nuestra cultura, lo entendemos hoy mejor. No nos resulta fácil creer en doctrinas o ideologías. La fe y la confianza se despiertan en nosotros cuando nos sentimos atraídos por alguien que nos hace bien y nos ayuda a vivir.

Pero Jesús les advierte de algo muy importante: «Nadie puede aceptarme si el Padre, que me ha enviado, no se lo concede». La atracción hacia Jesús la produce Dios mismo. El Padre que lo ha enviado al mundo despierta nuestro corazón para que nos acerquemos a Jesús con gozo y confianza, superando dudas y resistencias.

Por eso hemos de escuchar la voz de Dios en nuestro corazón y dejarnos conducir por él hacia Jesús. Dejarnos enseñar dócilmente por ese Padre, Creador de la vida y Amigo del ser humano: «Todo el que escucha al Padre y recibe su enseñanza me acepta a mí».

La afirmación de Jesús resulta revolucionaria para aquellos judíos. La tradición bíblica decía que el ser humano escucha en su corazón la llamada de Dios a cumplir fielmente la Ley. El profeta Jeremías había proclamado así la promesa de Dios: «Yo pondré mi Ley dentro de vosotros y la escribiré en vuestro corazón».

Las palabras de Jesús nos invitan a vivir una experiencia diferente. La conciencia no es solo el lugar recóndito y privilegiado en el que podemos escuchar la Ley de Dios. Si en lo íntimo de nuestro ser nos sentimos atraídos por lo bueno, lo hermoso, lo noble, lo que hace bien al ser humano, lo que construye un mundo mejor, fácilmente nos sentiremos invitados por Dios a sintonizar con Jesús.

martes, 23 de enero de 2018

Marcos 3,31-35: Sobre la familia de Jesús



Marcos 3,31-35
Cf. Mateo 12,46-50, Lucas 8,19-21
Martes de la 3 Semana del Tiempo Ordinario, Año I y II

En aquel tiempo, llegaron la madre y los hermanos de Jesús y desde fuera lo mandaron llamar. La gente que tenía sentada alrededor le dijo: "Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan." Les contestó: "¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?" Y, paseando la mirada por el corro, dijo: "Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre."

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miércoles, 22 de noviembre de 2017

Mc 6,3: ¿Quiénes eran los hermanos de Jesús?

Buena parte de mi niñez y adolescencia estuve rodeado de familiares protestantes quienes solían cuestionar mi fe católica. Recuerdo la primera vez en la que un tío me preguntó: ¿Quiénes eran los hermanos de Jesús?

Al ver mi expresión de asombro me mostró el siguiente pasaje bíblico:

“¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?” Marcos 6,3

¿Alguna vez te han dicho lo mismo? Hoy te enseñaré a dar respuesta a esta clásica pregunta.


La Biblia nos muestra muchas veces que la palabra hermano/a era usada para referirse a los primos (Lv 10,4), tíos (Lv 13,8), compatriotas (2 Samuel 19,12), etc. Sin embargo, hoy analizaremos el origen de cada uno de estos supuestos hermanos de Jesús.

Santiago

“No vi a ningún otro Apóstol,
sino solamente a Santiago,
el hermano del Señor“
(Gálatas 1,19)

De este pasaje podemos deducir que este Santiago era uno de los 12 apóstoles. Aquí surge el primer problema para los protestantes ya que entre los apóstoles solo habían dos Santiagos: “Santiago, hijo de Zebedeo…Santiago, hijo de Alfeo” (Mateo 10, 2-3). Ninguno de los dos era hijo de José el carpintero, así que Santiago queda descartado como hermano carnal de Jesús.

José

En la cultura judía de la época no era costumbre que los padres le pusieran su nombre a sus hijos. Eso hace improbable que José, haya tenido un hijo llamado también José. De hecho, en toda la Biblia no existen los “juniors”.

Judas

“Judas, servidor de Jesucristo,
hermano de Santiago…” Judas 1,1

Aquí tenemos un Judas hermano de Santiago, por lo cual podemos deducir que se tratan de los mismos Judas y Santiago hermanos y apóstoles de Jesús. Solo habían dos Judas entre los apóstoles: el traidor y el hijo de Santiago (Hechos 1,13). Ninguno de los dos era hijo de José el carpintero, así que también queda descartado como hermano carnal de Jesús.

Simón

Sobre él se sabe muy poco, pero muchos historiadores coinciden en que se trata del apóstol Simón ya que en todos los listados de los apóstoles (Mateo 10,2-4; Marcos 3,16-19; Lucas 6,13-16; Hechos 1,13) aparece junto a Santiago y Judas (también llamados “hermanos” de Jesús) y por lo tanto tuvieron entre los tres algún tipo de conexión. Este Simón era cananeo, por lo tanto tampoco pudo ser hermano carnal de Jesús.

DATO EXTRA:

Cuando Jesús estaba en la cruz le encargó a Juan el cuidado de su Madre. Si Jesús hubiera tenido hermanos de sangre ellos se habrían encargado de cuidarla.

martes, 11 de octubre de 2016

Lucas 11,27-28: "Dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen"

Lucas 11,27-28
Sábado de la 27 Semana del Tiempo Ordinario, Año I y II
12 de octubre: Ntra. Sra. del Pilar


En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a las gentes, una mujer de entre el gentío levantó la voz, diciendo: "Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron." Pero él repuso: "Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen."


SOBRE EL MISMO TEMA:

martes, 15 de marzo de 2016

Juan 8,31-42: La verdad os hará libres

Juan 8,31-42  

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos que habían creído en él: "Si os mantenéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres." Le replicaron: "Somos linaje de Abrahán y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: "Seréis libres"?" Jesús les contestó: "Os aseguro que quien comete pecado es esclavo. El esclavo no se queda en la casa para siempre, el hijo se queda para siempre. Y si el Hijo os hace libres, seréis realmente libres. Ya sé que sois linaje de Abrahán; sin embargo, tratáis de matarme, porque no dais cabida a mis palabras. Yo hablo de lo que he visto junto a mi Padre, pero vosotros hacéis lo que le habéis oído a vuestro padre." Ellos replicaron: "Nuestro padre es Abrahán." Jesús les dijo: "Si fuerais hijos de Abrahán, haríais lo que hizo Abrahán. Sin embargo, tratáis de matarme a mí, que os he hablado de la verdad que le escuché a Dios, y eso no lo hizo Abrahán. Vosotros hacéis lo que hace vuestro padre." Le replicaron: "Nosotros no somos hijos de prostitutas; tenemos un solo padre: Dios." Jesús les contestó: "Si Dios fuera vuestro padre, me amaríais, porque yo salí de Dios, y aquí estoy. Pues no he venido por mi cuenta, sino que él me envió."

— Comentario por Reflexiones Católicas  
"La verdad os hará libres"

La verdad os hará libres. La frase de Jesús produce sorpresa y extrañeza. ¿Cómo pude ser liberado uno que es libre? Y la extrañeza se produjo entre los judíos que habían creído en él. ¿Por qué?

Como es muy frecuente en este cuarto evangelio es preciso distinguir dos niveles de profundidad. Uno refleja lo ocurrido entre Jesús y sus oyentes; el otro lo ocurrido entre el cristianismo y el judaísmo después de su ruptura definitiva. Esta pequeña sección nos ofrece un buen ejemplo de ello.

Supongamos que un judío había creído en Jesús. ¿Qué añadía esta fe a lo que los judíos ya tenían? ¿Podía admitirse que la religión judía debía ser completada por algo radicalmente nuevo que Jesús introdujese en ella? Según la mentalidad judía, la herencia recibida era mucho más importante y preciosa que cualquier enseñanza que Jesús pudiera impartir.

Partiendo de estos presupuestos, se explica perfectamente que la frase de Jesús «la verdad os hará libres», los escandalizase. La respuesta surgió inmediatamente: “Somos descendientes de Abraham”. Era la premisa fundamental de la superioridad de los judíos.

Abraham había sido un hombre de una fe, una piedad y un mérito extraordinarios. Dios le había hecho grandes promesas en relación con sus descendientes, en virtud de las cuales —fuese lo que fuese del resto de la humanidad— ellos tenían asegurada una plaza en el nuevo orden de cosas que Dios crearía.

Es cierto que los judíos no pensaban que las promesas hechas a Abraham serían aplicadas de una manera mágica y mecánica. Estaban convencidos de la necesidad de la integridad personal y de la justicia, sin las cuales nadie tendría acceso a la salvación. Sin embargo, partían de un presupuesto profundamente arraigado en el pueblo y que podría formularse así: el hecho de ser judío será el factor más importante que Dios tendrá en cuenta en el juicio último.

El Nuevo Testamento ofrece múltiples pasajes en los que se acentúa esta mentalidad del privilegio judío: “Somos descendientes de Abraham”. Las circunstancias políticas habían humillado muchas veces al pueblo judío. En el tiempo de Cristo vivían también en estado de humillación, de sumisión a Roma. A pesar de todo conservaban un sentido profundo de superioridad.

Una vez más los judíos no comprendieron las palabras de Jesús. La verdad que engendra la libertad no puede en modo alguno identificarse con determinados privilegios ni con la lealtad, honradez o fidelidad a unos principios, ni con cualquier tipo de esfuerzo humano. La verdad es Dios mismo manifestado y comunicado al hombre. Un principio de liberación que le viene al hombre de fuera de sí mismo. La verdad total es la que el Hijo declara y que consiste, en última instancia, en la relación armónica con Dios, que sólo Dios puede crear. Jesús mismo es la verdad.

En relación con Dios no existen privilegios. Dios no admite la acepción de personas. Pero Jesús va más allá en su argumentación. Llega a negar que sus oponentes sean hijos-descendientes de Abraham. Porque ellos entendían la descendencia en sentido físico. Ahora bien, las promesas vinculadas a Abraham no lo estaban a la pertenencia físico-generacional. La pertenencia a la familia de Abraham se obtiene, más bien, por el camino teológico-moral (el apóstol Pablo en romanos y Gálatas expondrá con toda a densidad teológica que le caracteriza este problema). Camino de fe, de justicia, de auto-dominio, de abertura a Dios, de aceptación de su testimonio y sobre todo de Aquél a quien él ha enviado.

Si fuesen hijos de Abraham, se parecerían a su padre. Ahora bien, el intento de matar a un inocente, cuyo único crimen ha sido decir la verdad, no se halla dentro del «parecido» con Abraham.

Cuando faltan las razones, se acude a los insultos. “Nosotros no somos nacidos de fornicación”. Implícitamente tenemos la acusación de que Jesús había nacido así. Una calumnia que esparcieron los judíos y que, posteriormente, divulgaron cuanto pudieron. Era utilizada en la propaganda anti-cristiana en los tiempos en que Juan escribió su evangelio y tal vez ya antes.

Finalmente, los judíos no son hijos de Dios. Si lo fuesen, amarían a su Hijo. Porque el Hijo no tiene pretensiones de independencia frente al Padre. Únicamente acentúa que ha sido enviado por el Padre, que cumple su voluntad, que habla de lo que ha visto y oído... El no recibir al Hijo supone rechazar al Padre. Por eso son hijos, no de Abraham ni de Dios, sino del diablo. Por eso buscan matarlo. 

sábado, 30 de enero de 2016

2 Samuel 12,1-7a.10-17: La familia de Jesús, por Fray Manuel Santos Sánchez

2 Samuel 12,1-7a.10-17

En aquellos días, el Señor envió a Natán a David. Entró Natán ante el rey y le dijo: "Había dos hombres en un pueblo, uno rico y otro pobre. El rico tenía muchos rebaños de ovejas y bueyes; el pobre sólo tenía una corderilla que había comprado; la iba criando, y ella crecía con él y con sus hijos, comiendo de su pan, bebiendo de su vaso, durmiendo en su regazo: era como una hija. Llegó una visita a casa del rico, y no queriendo perder una oveja o un buey, para invitar a su huésped, cogió la cordera del pobre y convidó a su huésped." David se puso furioso contra aquel hombre y dijo a Natán: "Vive Dios, que el que ha hecho eso es reo de muerte. No quiso respetar lo del otro; pues pagará cuatro veces el valor de la cordera." Natán dijo a David: "¡Eres tú! Pues bien, la espada no se apartará nunca de tu casa; por haberme despreciado, quedándote con la mujer de Urías, el hitita, y matándolo con la espada amonita. Así dice el Señor: "Yo haré que de tu propia casa nazca tu desgracia; te arrebataré tus mujeres y ante tus ojos se las daré a otro, que se acostará con ellas a la luz del sol que nos alumbra. Tú lo hiciste a escondidas, yo lo haré ante todo Israel, en pleno día."" David respondió a Natán: "¡He pecado contra el Señor!" Natán le dijo: "El Señor ha perdonado tu pecado, no morirás. Pero, por haber despreciado al Señor con lo que has hecho, el hijo que te ha nacido morirá." Natán marchó a su casa. El Señor hirió al niño que la mujer de Urías había dado a David, y cayó gravemente enfermo. David pidió a Dios por el niño, prolongó su ayuno y de noche se acostaba en el suelo. Los ancianos de su casa intentaron levantarlo, pero él se negó, ni quiso comer nada con ellos.

— Comentario por Fray Manuel Santos Sánchez, Real Convento de Predicadores, Valencia, España.

Una expresión popular, al referirse a tal persona, dice que es de “buena familia”. Se refiere a que las personas de esa familla son buenas, su proceder es honrado.

A la vista de lo que las lecturas de ayer y de hoy nos han relatado del comportamiento indigno de David, del que se arrepintió y pidió perdón al Señor, no se puede afirmar que Jesús sea de buena familia, pues su familia es la de David.

Hay que reconocer que María, José eran buenas personas, pero en la amplia familia que Jesús creó después ha habido de todo y sigue habiendo de todo. A ella pertenece Judas, el que le traicionó, Pedro, el que le negó y luego se arrepintió, Pablo, el gran predicador, pero que tuvo que separarse de Bernabé porque no se entendía con él y, dando un salto muy grande, también nosotros pertenecemos a la familia de Jesús y somos buenos y pecadores.

Siempre se ha dicho que la familia de Jesús es santa y pecadora a la vez. No es que unos sean santos y otros pecadores. No, todos, a la vez, somos santos y pecadores, aunque con distinta intensidad. A pesar de todo, fundamentalmente somos de buena familia, porque tenemos a al ser más bueno del mundo que es Dios, que es nuestro Padre, que nos acoge, que nos perdona nuestras faltas, que nos regala a su Hijo con su luz y su amor.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Jesús y su familia en los evangelios: "El modelo de Jesús es la alternativa a la familia patriarcal", por Evaristo Villar

En la cultura y espiritualidad cristina domina, en general, el monolitismo referente a la familia. Se habla de la "familia cristiana" como institución que prolonga la familia modélica de Jesús. Pero, a la luz de los evangelios, ¿fue tan modélica la familia de Jesús?

1. El conflicto en la familia de Jesús

Entre la extrañeza por las obras que hace y el poco aprecio de sus paisanos por la humildad de su origen, los tres evangelios sinópticos dejan constancia de la familia de Jesús:

"¿No es este el carpintero [Mt 13,55 dice "el hijo del carpintero, y Lc 4, 22, del "hijo de José"], el hijo de María y hermano de Santiago y José, de Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas con nosotros", Mc 6,3?1

Como atestigua Lucas en el libro de los Hechos 1,14, parte de esta familia se encuentra en la naciente Iglesia después de la pascua. Santiago, a quien se conoce como "hermano del Señor" (Gal 1,9), presidió la Iglesia madre de Jerusalén (Hch 15,13), y, junto a Pedro y Juan, "dio la mano" a Pablo y Bernabé cuando tuvieron que acudir a Jerusalén para dar cuenta de su predicación entre los gentiles (Gal 2,9). Este dato se mantiene también durante el s. II en la tradición extracanónica.

Pero, contrariamente a esta aparente "armonía familiar", los evangelios sinópticos, más pegados al tiempo real de Jesús, dan algunas noticias sobre el comportamiento de la familia de Jesús antes de la pascua. Y no son precisamente apologéticas. Reflejan grandes tensiones entre Jesús y sus familiares. Una relación nada armónica que va desde el escepticismo que refleja el evangelio de Juan ("es que ni siquiera sus hermanos creían en él", Jn 7,5) hasta el conflicto, como veremos a continuación. El modo extraño de comportarse Jesús acaba rompiendo la armonía de la familia que llega a pensar que padece "trastorno mental".

La escena que cuenta Marcos 3,21-31, seguido de Mateo y de Lucas, es paradigmática. Jesús está en casa de Pedro y una multitud, descontenta con el sistema ("no podían ni comer") se apiña a su entorno. Pero "al enterarse los suyos se pusieron en camino para echarle mano, pues decían que había perdido el juicio... Llegó su madre con sus hermanos y, quedándose fuera, lo mandaron llamar".

La fama de la familia, en especial de María, su madre, está en entredicho. "El hijo sensato, como rezaba el refrán popular, es alegría del padre, pero el hijo necio es pena para la madre" (Prov 10,1). En una sociedad agraria como aquella, el reconocimiento de la madre está en el número y valía de hijos varones; pero el fracaso de estos acarrea también el fracaso de la madre. Por esta razón han venido su madre y sus hermanos para retornarlo a la cordura familiar.

Entre la multitud, sentada en semicírculos a los pies de Jesús, alguien le pasa el aviso: "Tu madre y tus hermanos te buscan ahí fuera". Ni siquiera entran para no hacerse cómplices de sus extravíos. Sin inmutarse, Jesús reacciona con una pregunta: "¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?" A nadie, y menos a su madre, le podía dejar buen estómago esta respuesta. Si no fuera por la aclaración que, después de observar la reacción del auditorio, él mismo hace, cabría pensar en una grave desconsideración con su familia y hasta de una humillación pública de su madre. Pero no parece ser esa la intención de Jesús. En su respuesta deja claro que lo que más profundamente vincula a los seres humanos no es el origen, sino la participación en el mismo proyecto. "Mi madre y mis hermanos, dice, son quienes se ponen en camino para hacer lo que Dios anhela". La participación en el Reino de Dios, viene a decir, no se funda tanto en la sangre o la carne, representada allí por su madre, cuanto en el proyecto de fraternidad que constituye a la gente por igual en hermanos y hermanas.

Reforzando esta escena emblemática de la casa de Pedro -pero ahora sin la presencia de los familiares directos- está esta otra que narra exclusivamente Lucas 11, 27-28. Para todo el mundo es notorio que el establishment judío no soporta de buen grado la transformación física y mental de la gente que sigue y oye los discursos de Jesús. El poder oficial le acusa de magia por la terapia que practica y le exige señales del cielo para acreditar el origen divino de sus poderes. En estas, una mujer que lo viene siguiendo y conoce perfectamente la esperanza que infunde en las masas, grita mirando a Jesús y contra la ceguera de los dirigentes: "Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron". Jesús no la desmiente, pero aclara en seguida que la dicha, aun de esa madre afortunada, no está tanto en la vinculación natural con él, sino en la fidelidad de ambos al proyecto global de Dios: "Dichosos, mejor, los que escuchan el mensaje de Dios y lo cumplen".

Mantener estos datos conflictivos, contra la tendencia de esa primera época cristiana a convertir a Jesús en leyenda y objeto de culto es, a juicio de Gerd Theissen, profesor de Nuevo testamento en Heidelberg, un buen indicio de su historicidad.

2. Apuntando directamente a las causas

El extraño comportamiento de Jesús con su madre y sus hermanos apunta directamente a las causas: su modelo de familia, como luego veremos, no coincide con el que ellos representan. El de Jesús es justamente la alternativa a la familia patriarcal. Frente a la dependencia y sumisión de la primera, Jesús apuesta abiertamente por la autonomía y la igualdad en las funciones y en los sexos. Veamos algunos ejemplos paradigmáticos:

— El referente a la paz y la espada (Lc 12:51-53)

"¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? Os digo que paz no, sino división. Porque, de ahora en adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; se dividirá padre contra hijo e hijo contra padre, madre contra hija e hija contra madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra la suegra".

La decisión a favor o en contra de Jesús está causando, en las comunidades de Lucas, una división profunda en el seno de las familias. No hay paz, sino guerra porque, en el fondo, se están enfrentando dos proyectos alternativos, el de la verticalidad patriarcal y el de horizontalidad del proyecto de Jesús. Y todo esto se manifiesta tanto en el conflicto generacional que enfrenta a los hijos con los padres como en el conflicto de género que rompe la dependencia de las mujeres frente a los varones.

— Odiar a la propia familia (Lc 14, 26)

La expresión, para nuestra sensibilidad, resulta hiriente. No nos está permitido odiar a nadie y menos a la propia familia. Tampoco, así como suena, encaja bien en el pensamiento real de Jesús. Este aparece más certeramente expresado en este dicho a propósito de los enemigos: "Os han enseñado que se mandó: amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos" (Mt 5, 43).

Los paralelismos con otros lugares del Antiguo y Nuevo Testamento han inclinado a los exégetas a traducir el verbo griego "miseo" (odiar) por "amar menos" o "amar más" (como en Mt 10,37). Las nuevas Biblias castellanas entienden adecuadamente la opción alternativa por el seguimiento de Jesús al traducir este semitismo por "preferir": "Si uno quiere ser de los míos y no me prefiere a su padre y a su madre...".

Superado este semitismo, estamos, como en el dicho anterior sobre la paz y la espada, ante la doble ruptura generacional y de género. Ante el peligro de convertir la familia en gueto privilegiado y clasista, excluyente de los extraños y frecuente foco de egoísmo colectivo y posesivo, Jesús ofrece un proyecto de familia abierta, levantada sobre la gratuidad y la universalidad

— El divorcio o la igualdad del hombre y la mujer (Mc 10,11; Mt 19,8; Lc 16,18)

Los tres evangelios sinópticos reflejan este dicho de Jesús. Pero, mientras Marcos lo acomoda a la mentalidad grecorromana, más liberal, Lucas se mantiene más pegado a la tradición androcéntrica judía: "Todo el que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio; y el que se casa con una repudiada comete adulterio".

Jesús no se opone a la legislación judía que convierte al divorcio en privilegio del varón. En este contexto jurídico, contra el que Jesús reacciona, se rompe el proyecto ideal del Génesis 2, 24 que apunta a la constitución, desde el amor, de un solo ser sin sometimientos ni dominios en la pareja. La ley judía está siendo injusta porque deshumaniza a la mujer y a toda la familia sometiéndolos al dominio del patriarca. El conflicto, una vez más, surge entre la igualdad que propugna el Reino y el sometimiento que vige en la familia patriarcal, reflejo, a su vez, del dominio de la clase dominante sobre el pueblo.

3. La alternativa de Jesús o la familia Dei

El tipo de familia que propone Jesús es en definitiva una respuesta crítica y, a la vez, una propuesta alternativa al modelo patriarcal vigente. Surge como reacción espontánea a la provocación ética que está generando la realidad sociopolítica y religiosa de la Galilea de su tiempo. Una realidad impuesta desde el poder que está dejando fuera de las instituciones oficiales a mucha gente. No podía ser nunca bueno un sistema que ignora y excluye a la mayoría social. Y la familia androcéntrica y patriarcal, que reproduce en el espacio doméstico este mismo desajuste social, es, por este motivo, rechazable.

La alternativa de Jesús apuesta por una forma de articulación social que, invirtiendo el (des)orden establecido por las instituciones oficiales del imperio y del templo, comienza desde abajo, desde las víctimas que estas mismas instituciones están creando. Su propuesta o tipo de familia que Jesús propone y pone él mismo en marcha se concentra en lo que él mismo consideraba la familia Dei.

En esquema, se reduce a las dos claves siguientes:

Frente a la familia patriarcal fundada sobre la propiedad de los bienes y de las personas que se convierte en un sistema cerrado, excluyente y posesivo, el nuevo proyecto se levanta sobre la sociabilidad y la gratuidad de los bienes y las personas, abierto a la inclusión y la universalidad. Y frente a la verticalidad que se impone desde arriba y reproduce el viejo (des)orden de autarquía y sumisión, Jesús propone un nuevo tipo desde abajo que se levanta desde la autonomía e igualdad de todos los miembros. Al poder monárquico y absoluto de la figura del padre que todo lo somete y domina se opone la toma de conciencia de la igual dignidad desde la que todas y todos son hermanos: "Vosotros, en cambio, no llaméis a nadie "padre" vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro "Padre": el del cielo" (Mt 23, 9).

De entre la multitud de gente que lo seguía, algunas personas se comprometen con el nuevo modelo. Provienen des distintas situaciones. Un colectivo amplio lo constituyen los que nada tienen, víctimas del sistema; otros lo hacen por vocación.

El primer grupo lo constituyen los que Holl calificó de "malas compañías", es decir, los pobres y mendigos, los sin hogar y sin tierra, desarraigados y siempre en camino. Entre los segundos se cuentan los que, por opción, han dejado casa, hacienda o familia. Unos y otros van creando en torno a Jesús círculos de pertenencia de forma espontánea, desde los "meros oidores de su palabra" y los discípulos y discípulas que lo siguen de forma itinerante entre las aldeas hasta los mismos labradores que ponen su casa y sus bienes a disposición de lo que anuncia un nuevo estilo de vida, el del Reino de Dios.

4. Una reflexión final

Pretender trasladar la realidad de hoy al evangelio y querer descubrir en él la presencia explícita de todos y cada uno de los tipos de convivencia que hoy se dan, es, quizás, demasiado artificial. Pero tampoco sería correcto dejar tanta vida fuera del evangelio.

Hay, a mi modo de ver, dos instancias desde las que todos estos tipos de familia entran por la puerta grande en la nueva Familia de Jesús o Familia Dei: desde la situación de exclusión, rechazo y marginación de la que-si no jurídicamente en algunos países- están siendo objeto sociopolítica y religioso-culturalmente en la "buena sociedad" y en las viejas iglesias. Son ellos hoy aquellas "malas compañías" de las que quiso rodearse Jesús en su día. Esto en primer lugar. Y, luego, desde el principio del amor, omnipresente en todos los rincones de los evangelios. También hoy se puede oír la propuesta de Jesús: "Amadlos como yo los he amado".

Fuente: religiondigital.com