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sábado, 24 de febrero de 2024

DOMINGO DE SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA, Ciclo B (Lecturas)

Génesis 22,1-2.9a.10-13.15-18
Salmo 115: Caminaré en presencia del Señor 
en el país de la vida
Romanos 8,31b-34
Marcos 9,2-10


En aquellos días Dios puso a prueba a Abrahán llamándole:
— ¡Abrahán!
Él respondió:
—  Aquí me tienes.
Dios le dijo:
—  Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac, y vete al país de Moria y ofrécemelo en sacrificio, sobre uno de los montes que yo te indicaré.
Cuando llegaron al sitio que le había dicho Dios, Abrahán levantó allí un altar y apiló la leña, luego ató a su hijo Isaac y lo puso en el altar, encima de la leña. Entonces Abrahán tomó el cuchillo para degollar a su hijo; pero el ángel del Señor gritó desde el cielo:
— ¡Abrahán, Abrahán!
Él contestó:
— Aquí me tienes.
Dios le ordenó:
— No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Ahora sé que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, a tu único hijo.
Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en sacrificio en lugar de su hijo. El ángel del Señor volvió a gritar a Abrahán desde el cielo:
— Juro por mí mismo —oráculo del Señor—: Por haber hecho eso, por no haberte reservado tu hijo, tu hijo único, te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistaran las puertas de las ciudades enemigas. Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia, porque me has obedecido.


Salmo 115: Caminaré en la presencia del Señor, 
en el país de la vida

Tenía fe, aun cuando dije:
“Qué desgraciado soy."
Mucho le cuesta al Señor
la muerte de tus fieles.
R.- Caminaré en la presencia del Señor, 
en el país de la vida

Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.
Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
R.- Caminaré en la presencia del Señor, 
en el país de la vida

Cumpliré al Señor mis votos,
en presencia de todo el pueblo;
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti Jerusalén.
R.- Caminaré en la presencia del Señor, 
en el país de la vida



Hermanos: Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros, ¿cómo no nos dará todo con Él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica, ¿Quién condenará? ¿Será acaso Cristo que murió, más aún, resucitó y está a la derecha de Dios, y que intercede por nosotros?



En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les apreció Elías y Moisés conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús:
— Maestro. ¡Qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
Estaban asustados y no sabía lo que decía. Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube:
—  Este es mi Hijo amado; escuchadlo.
De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos. Cuando bajaban de la montaña, Jesús los mandó:
— No contéis a nadie lo que habéis visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos.
Esto se les quedó grabado y discutían que querría decir aquello de resucitar de entre los muertos.

sábado, 18 de febrero de 2023

Marcos 9,2-10: Se transfiguró delante de ellos

Marcos 9,2-10 (Cf. Mt 17,1-9; Lc 9,28-36)
Sábado de la 6 Semana del Tiempo Ordinario, I y II

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les apreció Elías y Moisés conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús:
— Maestro. ¡Qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
Estaban asustados y no sabía lo que decía. Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube:
—  Este es mi Hijo amado; escuchadlo.
De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos. Cuando bajaban de la montaña, Jesús los mandó:
— No contéis a nadie lo que habéis visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos.
Esto se les quedó grabado y discutían que querría decir aquello de resucitar de entre los muertos.


SOBRE EL MISMO TEMA:

Imágenes del Evangelio:

sábado, 6 de agosto de 2022

La Transfiguración del Señor, Año B (lecturas de la misa)

Daniel 7,9-10.13-14
Salmo 96: El Señor reina altísimo sobre toda la tierra
2Pedro 1,16-19
Marcos 9,2-10


Daniel 7,9-10.13-14

Durante la visión, vi que colocaban unos tronos, y un anciano se sentó; su vestido era blanco como nieve, su cabellera como lana limpísima; su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas. Un río impetuoso de fuego brotaba delante de él. Miles y miles le servían, millones estaban a sus órdenes. Comenzó la sesión y se abrieron los libros. Mientras miraba, en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él. Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin.

Salmo 96:
El Señor reina altísimo sobre toda la tierra

El Señor reina, la tierra goza, 
se alegran las islas innumerables. 
Tiniebla y nube lo rodean, 
justicia y derecho sostienen su trono. 
R. El Señor reina altísimo sobre toda la tierra

Los montes se derriten como cera 
ante el dueño de toda la tierra; 
los cielos pregonan su justicia, 
y todos los pueblos contemplan su gloria. 
R. El Señor reina altísimo sobre toda la tierra

Porque tú eres, Señor, 
altísimo sobre toda la tierra, 
encumbrado sobre todos los dioses. 
R. El Señor reina altísimo sobre toda la tierra


Pedro 1,16-19

Cuando os dimos a conocer el poder y la última venida de nuestro Señor Jesucristo, no nos fundábamos en fábulas fantásticas, sino que habíamos sido testigos oculares de su grandeza. Él recibió de Dios Padre honra y gloria, cuando la Sublime Gloria le trajo aquella voz: «Éste es mi Hijo amado, mi predilecto.» Esta voz, traída del cielo, la oímos nosotros, estando con él en la montaña sagrada. Esto nos confirma la palabra de los profetas, y hacéis muy bien en prestarle atención, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día, y el lucero nazca en vuestros corazones.



En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, corno no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»  Estaban asustados, y no sabía lo que decía. Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube: «Éste es mi Hijo amado; escuchadlo.» De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.» Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de «resucitar de entre los muertos».

Fiesta de la Transfiguración del Señor, Año C (lecturas de la misa)

Daniel 7,9-10.13-14
Salmo 96: Reina el Señor, alégrese la tierra
2 Pedro 1,16-19
Lucas 9,28b-36


Daniel 7,9-10.13-14

Yo, Daniel, tuve una visión nocturna: Vi que colocaban unos tronos y un anciano se sentó. Su vestido era blanco como la nieve, y sus cabellos, blancos como lana. Su trono, llamas de fuego, con ruedas encendidas. Un río de fuego brotaba delante de él. Miles y miles lo servían, millones y millones estaban a sus órdenes. Comenzó el juicio y se abrieron los libros. Yo seguí contemplando en mi visión nocturna y vi a alguien semejante a un hijo de hombre, que venía entre las nubes del cielo. Avanzó hacia el anciano de muchos siglos y fue introducido a su presencia. Entonces recibió la soberanía, la gloria y el reino. Y todos los pueblos y naciones de todas las lenguas lo servían. Su poder nunca se acabará, porque es un poder eterno, y su reino jamás será destruido.
 

Salmo 96
R. (1a y 9a) Reina el Señor, alégrese la tierra

Reina el Señor, alégrese la tierra;
cante de regocijo el mundo entero.
Tinieblas y nubes rodean el trono del Señor
que se asienta en la justicia y el derecho. 
R. Reina el Señor, alégrese la tierra

Los montes se derriten como cera 
ante el Señor de toda la tierra.
Los cielos pregonan su justicia,
su inmensa gloria ven todos los pueblos. 
R. Reina el Señor, alégrese la tierra

Tú, Señor, altísimo,
estás muy por encima de la tierra
y mucho más en alto que los dioses. 
R. Reina el Señor, alégrese la tierra


2 Pedro 1,16-19

Hermanos: Cuando les anunciamos la venida gloriosa y llena de poder de nuestro Señor Jesucristo, no lo hicimos fundados en fábulas hechas con astucia, sino por haberlo visto con nuestros propios ojos en toda su grandeza. En efecto, Dios lo llenó de gloria y honor, cuando la sublime voz del Padre resonó sobre él, diciendo: “Éste es mi Hijo amado, en quien yo me complazco”. Y nosotros escuchamos esta voz, venida del cielo, mientras estábamos con el Señor en el monte santo. Tenemos también la firmísima palabra de los profetas, a la que con toda razón ustedes consideran como una lámpara que ilumina en la oscuridad, hasta que despunte el día y el lucero de la mañana amanezca en los corazones de ustedes.


En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían de sueño, y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús:
—«Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
No sabía lo que decía.
Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía:
—«Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle».
Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

lunes, 5 de julio de 2021

2 Corintios 3,12-18: La libertad apostólica

12 Animados con esta esperanza, nos comportamos con absoluta franqueza, 
13 y no como Moisés, que se cubría el rostro con un velo para impedir que los israelitas vieran 
     el fin de un esplendor pasajero. 
14 Pero se les oscureció el entendimiento, y ese mismo velo permanece hasta el día de hoy 
     en la lectura del Antiguo Testamento, porque es Cristo el que lo hace desaparecer. 
15 Sí, hasta el día de hoy aquel velo les cubre la inteligencia siempre que leen a Moisés. 
16 Pero al que se convierte al Señor, se le cae el velo. 
17 Porque el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad. 
18 Nosotros, en cambio, con el rostro descubierto, reflejamos, como en un espejo, la gloria del Señor, 
     y somos transfigurados a su propia imagen con un esplendor cada vez más glorioso, por la acción 
     del Señor, que es Espíritu.

sábado, 5 de agosto de 2017

Mateo 17,1-9: La Transfiguración del Señor


Mateo 17,1-9


En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías." Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: "Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo." Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: "Levantaos, no temáis." Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: "No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos."

SOBRE EL MISMO TEMA:

Mateo 17,1-9: Primicias de la gloria, por el P. Jorge González Guadalix

Mateo 17,1-9  

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías." Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: "Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo." Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: "Levantaos, no temáis." Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: "No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos."

— "Primicias de la gloria", por el P. Jorge González Guadalix

Todos los años leemos el evangelio de la transfiguración en el segundo domingo de cuaresma. El primer domingo es el de las tentaciones, seguro que recuerdan, donde vemos a Jesús triunfante ante las tentaciones del enemigo y aprendemos a enfrentarnos a las nuestras con las armas de Cristo: la Palabra de Dios.

El domingo segundo es el de la transfiguración. Cristo quiso llevar a los apóstoles más cercanos al monte Tabor, para transfigurarse ante ellos, ofrecerles la visión de un futuro de gloria, y enseñar, según escucharemos después en el prefacio, “que la pasión es el camino de la gloria”.

El día 6 de agosto es el día de la transfiguración. A veces cae en domingo y prevalece sobre la liturgia del domingo ordinario correspondiente.

La transfiguración es poner la mirada en el futuro y hacer que la gloria que se nos dará nos anime en el camino difícil de la vida. Lo podemos aplicar a la vida ordinaria. Esos opositores que no salen, trabajan y se esfuerzan para conseguir la meta. El atleta que sufre y llora trabajando cada día para arañar la décima o el centímetro que le faltan. La madre que soporta las penalidades de su embarazo soñando en un nuevo hijo.

No siempre es fácil la vida cristiana. Nunca lo ha sido, en lo personal y en lo que nos rodea. Si me permiten, hoy especialmente. El momento es complejo. La fe se desprecia, la iglesia, los templos, sufren ataques. En un mundo de supuestas libertades parece que todos tienen derecho a hablar y opinar, incluso otras religiones, menos los católicos. Los sacerdotes, los religiosos sufrimos desaires. Jamás me han agredido físicamente, insultos llevo unos cuantos. La doctrina de la Iglesia, que en muchas cosas es el simple derecho natural: respeto a la vida, sinceridad, no robar, no matar, se pone en solfa mientras se ensalzan las mayores aberraciones en aras de un falso respeto.

Difícil ser cristiano así. Si la vida cristiana nos supone un esfuerzo especial, complejo resulta mantener el buen espíritu cuando nos rodean el robo, la mentira, el placer, el materialismo, la laicidad inventada. Mucha gente me lo dice: te entran ganas de tirar la toalla, cuando nos miran a sacerdotes y los de más arriba y tienen la impresión de que no nos mojamos lo suficiente.

Para esto nos viene bien la transfiguración. Es como si Cristo nos tomara hoy de la mano y por un agujerito nos quisiera mostrar algunas cosas: Dios colocado en su trono (Daniel) recibiendo el honor de todos los pueblos; Dios Padre enseñándonos que Cristo es su Hijo, el amado, su palabra, la gloria que un día se nos entregará.

Hoy miramos a Cristo, su gloria, su vida. Miramos también a tantos que nos han precedido en la fe, los santos, los que nos educaron, los que levantaron este templo para gloria de Dios, los que nos transmitieron la fe, y nos decimos: dificultades sí, pero yo como ellos, yo de Cristo, yo fiel hasta el final, porque me sostiene su ejemplo y me sostiene el mismo Cristo con su gracia.

Cuando tengamos miedo, cuando la cosa se ponga difícil, cuando parezca que todo se nos pone en contra y no podemos más será el momento de subir al Tabor, contemplar las primicias de la gloria y seguir ascendiendo hasta que un día lleguemos a la meta.

Mateo 17,1-9: El riesgo de instalarse, por José Antonio Pagola

Mateo 17,1-9  

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías." Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: "Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo." Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: "Levantaos, no temáis." Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: "No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos."

— El riesgo de instalarse, por José Antonio Pagola

Tarde o temprano, todos corremos el riesgo de instalarnos en la vida, buscando el refugio cómodo que nos permita vivir tranquilos, sin sobresaltos ni preocupaciones excesivas, renunciando a cualquier otra aspiración.

Logrado ya un cierto éxito profesional, encauzada la familia y asegurado, de alguna manera, el porvenir, es fácil dejarse atrapar por un conformismo cómodo que nos permita seguir caminando en la vida de la manera más confortable.

Es el momento de buscar una atmósfera agradable y acogedora. Vivir relajado en un ambiente feliz. Hacer del hogar un refugio entrañable, un rincón para leer y escuchar buena música. Saborear unas buenas vacaciones. Asegurar unos fines de semana agradables...

Pero, con frecuencia, es entonces cuando la persona descubre con más claridad que nunca que la felicidad no coincide con el bienestar. Falta en esa vida algo que nos deja vacíos e insatisfechos. Algo que no se puede comprar con dinero ni asegurar con una vida confortable. Falta sencillamente la alegría propia de quien sabe vibrar con los problemas y necesidades de los demás, sentirse solidario con los necesitados y vivir, de alguna manera, más cerca de los maltratados por la sociedad.

Pero hay además un modo de «instalarse» que puede ser falsamente reforzado con «tonos cristianos». Es la eterna tentación de Pedro, que nos acecha siempre a los creyentes: «plantar tiendas en lo alto de la montaña». Es decir, buscar en la religión nuestro bienestar interior, eludiendo nuestra responsabilidad individual y colectiva en el logro de una convivencia más humana.

Y, sin embargo, el mensaje de Jesús es claro. Una experiencia religiosa no es verdaderamente cristiana si nos aísla de los hermanos, nos instala cómodamente en la vida y nos aleja del servicio a los más necesitados.

Si escuchamos a Jesús, nos sentiremos invitados a salir de nuestro conformismo, romper con un estilo de vida egoísta en el que estamos tal vez confortablemente instalados y empezar a vivir más atentos a la interpelación que nos llega desde los más desvalidos de nuestra sociedad.

Mateo 17, 1-9, LA TRANSFIGURACIÓN, por M. Dolors Gaja, M.N.

Mateo 17, 1-9

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:
— Señor, ¡qué hermoso es estar aquí! Si quieres, haré tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía:
— Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.
Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo:
— Levantaos, no temáis.
Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:
— No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.

- Icono cargado de alusiones teológicas, por M. Dolors Gaja, M.N.

Este es un evangelio especialmente querido por toda la comunidad cristiana, la de los inicios y la de ahora. No es un evangelio fácil porque te señala unos hechos para que no te quedes en ellos y mires a través de ellos el sentido profundo que revelan. Y no es propiamente el relato de unos hechos – como cuando se nos narra que Jesús cura un leproso- sino un icono cargado de alusiones teológicas.

UNA TEOFANÍA

Así se llaman las manifestaciones de Dios. En el evangelio Dios se manifiesta en el Bautismo de Jesús, en el relato de ahora, la transfiguración, y de forma total en la Resurrección de Jesús, que es obra del Padre. Cada vez que Dios se manifiesta afirma la Filiación de Jesús. Estamos pues ante el misterio Trinitario.

PEDRO, SANTIAGO Y JUAN.

Constituyen el círculo más íntimo de Jesús. De entre los 12 estos son los más cercanos, los que se citan ahora y también en Getsemaní. Pero hay otra intención en Mateo, judío de pies a cabeza: para cualquier hecho en el que se necesitaran testigos que validaran lo que uno decía bastaban, según la Ley, dos testigos (que, por supuesto, no podían ser mujeres). Pero si el hecho en sí mismo era excepcional, extraño o fuera de lo común se precisaban tres testigos. Mateo nos da el nombre de los tres. Pedro recordará toda su vida esta experiencia y la narrará en su segunda carta:

“Porque no les hicimos conocer el poder y la Venida de nuestro Señor Jesucristo basados en fábulas ingeniosamente inventadas, sino como testigos oculares de su grandeza. En efecto, él recibió de Dios Padre el honor y la gloria, cuando la Gloria llena de majestad le dirigió esta palabra: "Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección". Nosotros oímos esta voz que venía del cielo, mientras estábamos con él en la montaña santa.” (2 Pe, 1, 16-18)

LA MONTAÑA

La persona tiene sed de altura. Y siempre, en toda cultura y religión, los santuarios se colocaron en la cumbre de una montaña. Ir a Dios es subir, dejando atrás el hombre viejo. Y Dios se abaja hasta la cumbre. El encuentro se realiza a mitad de camino. La montaña alta, el Tabor, tiene unos 600m pero en la llana Galilea es montaña “alta”.

Jesús se los lleva con Él y sabemos por Lucas que comienza a orar y mientras estaba orando “se transfiguró”. No debería extrañarnos, no se trata de que Jesús se transformara o los vestidos cambiaran de color. La oración, cuando es verdadera, es un proceso de endiosamiento y transfigura toda persona. El rostro de Jesús resplandece pese a que sabemos por Lucas que en la oración hablaba de su próxima pasión. Y sus vestidos son blancos…porque el blanco en la Biblia es el color de Dios. Así entendemos que en el bautismo los catecúmenos se vistan de blanco: estar bautizado es estar revestido de Dios.

MOISÉS Y ELIAS

Son las dos grandes figuras del Antiguo Testamento. Pero ¿qué hacen aquí? Sabemos que Moisés sube a la montaña (el Sinaí) para hablar con Dios. Y lo mismo se nos dice de Elías. Los dos van a la montaña para encontrarse con Dios…y ahora también van a la montaña para encontrarse con Jesús, Dios y hombre verdadero. El Antiguo Testamento se postra ante el Nuevo. Es toda una declaración de la divinidad de Jesús.

INEFABLE PEDRO

Pedro el espontáneo, poco entiende…pero intuye. Quiere “apresar” el misterio y se ofrece a hacer tres chozas…olvidándose de las que ellos necesitarían. Hay una alusión a la Tienda que Israel construyó para el Arca de la Alianza, una Tienda que plantaban fuera del campamento. Se alude también a la fiesta de los Tabernáculos que rememoraba el tiempo de peregrinación de Israel por el desierto. Lucas subraya, con ironía, que Pedro no sabía lo que decía.

LA NUBE.

En el Antiguo Testamento la Nube o Shekiná representa la Presencia de Dios que acompaña a su pueblo; mientras peregrinan por el desierto, la Nube los acompaña siempre. Y en la Anunciación a María se dice claramente que “el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” en referencia a la Nube, pues María es el Nuevo Israel. Ahora, a través de la oración, entran en el ámbito de Dios, entran en la Nube. Y allí oyen hablar a Dios…

CAIDOS DE BRUCES EN TIERRA

Los discípulos experimentan la presencia de Dios. Y no tropiezan, se postran como signo de adoración. Sólo Jesús permanece de pie, pues Él es Dios.

SE ACERCÓ

En el evangelio es la gente, el pueblo, los seguidores, quienes, normalmente, se acercan a Jesús. Ahora – como en Getsemaní- es Jesús quien se acerca. Los toca y acompaña el gesto con la palabra, algo que nos puede recordar cualquier sacramento.  La orden es levantarse y se usa el mismo verbo con el que se relata la resurrección: anastasis, que significa levantarse. Así describieron los cristianos la resurrección: Jesús se levantó…

La otra orden es no tener miedo. ¿Cómo tener miedo si hemos resucitado con Cristo y Él va con nosotros?
Y entonces, al alzar la mirada – ahora postrado ante Jesús-Dios- le ven, le ven a Él solo. Ophte es el verbo griego ver, muy usado en los relatos de apariciones de Jesús con el sentido de “se hizo ver, se dejó ver”.

Estamos pues ante la pregustación de la gran Teofanía de Dios, la Resurrección. Pero se nos indica que nosotros hemos de resucitar – levantarnos- con Él. El cristiano ya está inmerso en la Resurrección de Jesús el cual tendiéndonos la mano “nos ha levantado” del pecado.

VUELTA A LA VIDA COTIDIANA.

Pedro quería quedarse allí, aunque fuera sin choza. Pero Jesús vuelve siempre, y nos hace volver, al hermano. Por eso toda experiencia de Dios debe transfigurarse en servicio al hermano.

Repito la afirmación inicial: es un evangelio para contemplar, para detenerse en cada símbolo, en cada alusión…Se nos pinta un bellísimo icono: contemplemos. 

LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR, Año A (Lecturas)

Daniel 7,9-10.13-14
Salmo 96: El Señor reina, altísimo sobre la tierra
2 Pedro 1,16-19
Mateo 17,1-9


Daniel 7,9-10.13-14

Durante la visión, vi que colocaban unos tronos, y un anciano se sentó; su vestido era blanco como nieve, su cabellera como lana limpísima; su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas. Un río impetuoso de fuego brotaba delante de él. Miles y miles le servían, millones estaban a sus órdenes. Comenzó la sesión y se abrieron los libros. Mientras miraba, en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él. Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin.

Salmo 96: El Señor reina, altísimo sobre la tierra

El Señor reina, la tierra goza,
se alegran las islas innumerables.
Tiniebla y nube lo rodean, justicia
y derecho sostienen su trono.
R. El Señor reina, altísimo sobre la tierra

Los montes se derriten como cera
ante el dueño de toda la tierra;
los cielos pregonan su justicia,
y todos los pueblos contemplan su gloria.
R. El Señor reina, altísimo sobre la tierra

Porque tú eres, Señor,
altísimo sobre toda la tierra,
encumbrado sobre todos los dioses.
R. El Señor reina, altísimo sobre la tierra


2 Pedro 1,16-19

Queridos hermanos: Cuando os dimos a conocer el poder y la última venida de nuestro Señor Jesucristo, no nos fundábamos en fábulas fantásticas, sino que habíamos sido testigos oculares de su grandeza. Él recibió de Dios Padre honra y gloria, cuando la Sublime Gloria le trajo aquella voz: "Éste es mi Hijo amado, mi predilecto." Esta voz, traída del cielo, la oímos nosotros, estando con él en la montaña sagrada. Esto nos confirma la palabra de los profetas, y hacéis muy bien en prestarle atención, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día, y el lucero nazca en vuestros corazones.



En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías." Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: "Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo." Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: "Levantaos, no temáis." Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: "No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos."

domingo, 21 de febrero de 2016

Lucas 9,28-36: Contexto de crisis

Lucas 9,28-36

En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: "Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías." No sabía lo que decía. Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: "Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle." Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

—  Clave de lectura, por la Orden Carmelita

Pocos días antes, Jesús había anunciado que Él, el Hijo del Hombre, debía ser rechazado y crucificado por las autoridades (Lc 9,22; Mc 8,31). Según el Evangelio de Marcos y Mateo, los discípulos, sobre todo Pedro, no entendieron el anuncio de Jesús y quedaron escandalizados por la noticia (Mt 16,22; Mc 8,32). Jesús reaccionó duramente y se dirigió a Pedro llamándolo Satanás (Mt 16,23; Mc 8,33). Y esto, porque las palabras de Jesús no respondían al ideal de Mesías glorioso que ellos tenían en su mente.

Lucas no habla de la reacción de Pedro y de la dura respuesta de Jesús, pero cuenta, como hacen los otros, el episodio de la Transfiguración, por él entendido como una ayuda por parte de Jesús, de modo que los discípulos puedan superar el escándalo y cambiar de idea respecto al Mesías (Lc 9,28-36).

Llevando consigo a los tres discípulos, Jesús sube a una montaña a rezar, y en la oración, se transfigura.

— Una división del texto para ayudar a leerlo

i) Lucas 9,28: El momento de crisis
ii) Lucas 9,29: El cambio producido en la oración
iii) Lucas 9,30-31: La aparición de dos hombres y su conversación con Jesús
iv) Lucas 9,32-34: La reacción de los discípulos
v) Lucas 9,35-36: La voz del Padre

—  El contexto del discurso de Jesús:

En los dos capítulos precedentes del Evangelio de Lucas, se impone la novedad traída por Jesús y crecen las tensiones entre el Nuevo y el Antiguo Testamento. Jesús se da cuenta que ninguno había entendido su propuesta y mucho menos su persona. La gente pensaba que fuese como Juan el Bautista, Elías o cualquiera de los Profetas (Lc 9,18-19). Los discípulos lo aceptaban como el Mesías, pero como un Mesías glorioso, según la propaganda del gobierno y de la religión oficial del Templo (Lc 9,20-21).

Jesús trató de explicar a los discípulos que el camino previsto por los profetas era un camino de sufrimiento, por el papel asumido hacia los marginados, y el discípulo podía ser tal, sólo si tomaba su cruz (Lc 9,22-26). Pero no tuvo mucho éxito. Y en este contexto de crisis, es cuando sucede la Transfiguración.

En los años treinta la experiencia de la Transfiguración tuvo un significado muy importante en la vida de Jesús y de los discípulos. Les ayudó a superar la crisis de fe y a cambiar los propios ideales respecto al Mesías. En los años ochenta, época en la que escribe Lucas para sus comunidades cristianas de Grecia, el significado de la Transfiguración se intensificó y se propagó. A la luz de la resurrección de Jesús y de la expansión de la Buena Nueva entre los paganos en casi todos los países, desde la Palestina hasta Italia, la experiencia de la Transfiguración comenzaba a ser vista como una confirmación de la fe de las Comunidades Cristianas en Jesús, Hijo de Dios.

Los dos significados están presentes en la descripción e interpretación de la Transfiguración, en el evangelio de Lucas.

Lucas 9,28: El momento de crisis

Varias veces Jesús había entrado en conflicto con las gentes y con las autoridades religiosas y civiles de la época (Lc 4,28-29; 5,20-21; 6,2-11; 7,30-39; 8,37; 9,9). Él sabía que no le permitían hacer aquello que estaba haciendo. Antes o después, lo detendrían.

Además, en aquella sociedad, el anuncio del Reino, como lo hacía Jesús, no estaba tolerado. ¡O daba marcha atrás, o le esperaba la muerte! No había otra alternativa. Pero Jesús no retrocede. Por esto en el horizonte aparece la cruz, no ya como una posibilidad, sino como una certeza (Lc 9,22).

Junto a la cruz aparece la tentación de continuar el camino del Mesías Glorioso y no el de Siervo Sufridor Crucificado, anunciado por el profeta Isaías (Mc 8,32-33). En esta hora difícil, Jesús sube a la montaña para orar, llevando consigo a Pedro, Santiago y Juan. En la oración encuentra la fuerza para no perder la dirección de su misión (cfr Mc 1, 35).

Lucas 9,29: El cambio que tiene lugar durante la oración 

Apenas Jesús ora, su aspecto cambia y aparece glorioso. Su rostro cambia de aspecto y su vestido aparece blanco y refulgente. Es la gloria que los discípulos imaginaban para el Mesías. Este cambio de aspecto les demostraba que Jesús, de hecho, era el Mesías que todos esperaban. Pero lo que sigue del episodio de la Transfiguración indicará que el camino hacia la gloria es muy diverso del que ellos imaginaban. La transfiguración será una llamada a la conversión.

Lucas 9,30-31: Dos hombres aparecen y hablan con Jesús 

Junto a Jesús, en la misma gloria aparecen Moisés y Elías, los dos mayores exponentes del Antiguo Testamento, que representaban la Ley y los Profetas. Hablan con Jesús del “éxodo” que debería llevar a cumplimiento en Jerusalén”.

Así, delante de sus discípulos, la Ley y los Profetas confirman que Jesús es verdaderamente el Mesías Glorioso, prometido en el Antiguo Testamento y esperado por todo el pueblo. Además confirman que el camino hacia la Gloria pasa por la vía dolorosa del éxodo. El éxodo de Jesús es su Pasión, Muerte y Resurrección. Por medio de su “éxodo” Jesús rompe el dominio de la falsa idea divulgada, sea por el gobierno como por la religión oficial y que mantenía a todos enmarcados en la visión de un Mesías glorioso nacionalista.

La experiencia de la Transfiguración confirmaba que Jesús con su opción de Mesías Siervo constituía una ayuda para liberarlos de sus ideas falsas sobre el Mesías y descubrir un nuevo significado del Reino de Dios.

Lucas 9,32-34: La reacción de los discípulos 

Los discípulos estaban profundamente dormidos. Cuando se despertaron, pudieron ver la gloria de Jesús y los dos hombres que estaban con Él. Pero la reacción de Pedro indica que no se dieron cuenta del significado de la gloria con la que Jesús aparecía delante de ellos. Como nos sucede también tantas veces, sólo nos damos cuenta de lo que nos interesa.

El resto escapa a nuestra atención. “Maestro, bueno es estarnos aquí”. ¡Y no queremos descender de la montaña! Cuando se habla de Cruz, tanto en el Monte de la Transfiguración, como en el Monte de los Olivos (Lc 22,45), ¡ellos duermen! ¡A ellos les gusta más la Gloria que la Cruz! No les agrada oír hablar de la cruz. Ellos desean asegurar el momento de la gloria en el Monte, y se ofrecen para construir tres tiendas. Pedro no sabía lo que decía.

Mientras Pedro habla, una nube desciende de lo alto y les envuelve con su sombra. Lucas dice que los discípulos tuvieron miedo cuando la nube los envolvió. La nube es un símbolo de la presencia de Dios. La nube acompañó a la muchedumbre en su camino por el desierto (Ex 40, 34-38; Num 10,11-12). Cuando Jesús subió al cielo, fue cubierto por una nube y no lo vieron más (Act 1,9). Una señal de que Jesús había entrado para siempre en el mundo de Dios.

Lucas 9,35-36: La voz del Padre

Una voz sale de la nube y dice: “Este es mi Hijo, mi Elegido, escuchadle”. Con esta misma frase el profeta Isaías había anunciado al Mesías–Siervo (Is 42,1). Después de Moisés y Elías, ahora es el mismo Dios quien presenta a Jesús como Mesías-Siervo, que llegará a la gloria mediante la cruz.

Y nos deja una advertencia final : “¡Escuchadle!”. En el momento en el que la voz celeste se hace sentir, Moisés y Elías desaparecen y queda Jesús solo. Esto significa, que de ahora en adelante es sólo Él, el que interpreta las Escrituras y la Voluntad de Dios. Es Él la Palabra de Dios para los discípulos: “¡Escuchadle!”

La afirmación “Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle” era muy importante para las comunidades de finales de los años ochenta. Por medio de esta afirmación, Dios Padre confirmaba la fe de los cristianos en Jesús como Hijo de Dios.

En el tiempo de Jesús, o sea, hacia los años 30, la expresión Hijo del Hombre indicaba una dignidad y una misión muy elevada. Jesús mismo relativizaba el término y decía que todos son hijos de Dios (cfr Jn 10,33-35). Pero para pocos el título de Hijo de Dios se convirtió en el resumen de todos los títulos, más de ciento, que los primeros cristianos dieron a Jesús en la segunda mitad del siglo primero. En los siglos siguientes, fue en este título de Hijo de Dios, donde la Iglesia concentró toda su fe en la persona de Jesús.

La Transfiguración se narra en los tres evangelios: 
Mateo (Mt 17,1-9), Marcos (Mc 9,2-8) y Lucas (Lc 9,28-36)

Señal de que este episodio recogía un mensaje muy importante. Como hemos dicho, se trató de una ayuda muy grande para Jesús, para sus discípulos y para las primeras comunidades. Confirmó a Jesús en su misión en cualidad de Mesías-Siervo. Ayudó a los discípulos a superar la crisis que la cruz y el sufrimiento les causaban. Llevaba a las comunidades a profundizar en su fe en Jesús, Hijo de Dios, Aquél que reveló el Padre y que se convirtió en la nueva clave para interpretar la Ley y los Profetas.

La Transfiguración continúa siendo una ayuda para superar las crisis que el sufrimiento y la cruz nos producen hoy. Los discípulos soñolientos son el espejo de todos nosotros. La voz del Padre se dirige a ellos, como a nosotros: “¡Este es mi Hijo, mi Elegido, escuchadle!”

Transfiguración y agonía en el Huerto de los Olivos

El evangelio de Lucas muestra una gran semejanza entre la Transfiguración (Lc 9,28-36) y la escena de la Agonía de Jesús en el Huerto de los Olivos (Lc 22,39-46)

Se puede percibir lo siguiente: en los dos episodios, Jesús sube a una Montaña para orar y lleva consigo a sus tres discípulos, Pedro, Santiago y Juan.

En las dos ocasiones, Jesús cambia de aspecto y se transfigura delante de ellos: glorioso en la Transfiguración, sudando sangre en el Huerto de los Olivos.

Las dos veces aparecen figuras celestiales para confortarlo, Moisés y Elías y un ángel del cielo.

Y tanto en la Transfiguración como en el Huerto, los discípulos duermen, se muestran extraños al hecho y parece que no entienden nada.

Al final de los dos episodios, Jesús se reúne de nuevo con sus discípulos.

Sin duda alguna, Lucas tuvo la intención de acentuar la semejanza de estos episodios.

A modo de conclusión

Hay momentos en la vida en los que el sufrimiento es tan grande que una persona llega a pensar: ¡Dios me ha abandonado! Y de improviso la persona descubre que Él jamás se ha alejado, sino que la persona tenía los ojos vendados y no se daba cuenta de la presencia de Dios. Entonces todo cambia y se transfigura. ¡Es la Transfiguración! Sucede cada día en nuestra vida.

Lucas 9,28b-36: Subió al monte a orar, por Raniero Cantalamessa


Lucas 9,28-36

Cristo debía antes sufrir y morir para que se entendiera qué tipo de Mesías era. Es sintomático que la única vez que Jesús se proclama Él mismo Mesías es mientras se encuentra encadenado ante el Sumo Sacerdote, a punto de ser condenado a muerte, ya sin posibilidades de equívocos.

Subió al monte a orar

El Evangelio del domingo relata el episodio de la Transfiguración. Lucas, en su evangelio, dice también el motivo por el que Jesús aquel día «subió al monte»: lo hizo «para orar». Fue la oración la que hizo su vestido blanco como la nieve y su rostro resplandeciente como el sol. Parto de este episodio para examinar el lugar que ocupa en toda la vida de Cristo la oración y qué nos dice ésta sobre la identidad de su persona.

Dios y hombre

Alguien dijo: «Jesús es un hombre judío que no se siente idéntico a Dios. No se reza de hecho a Dios si se piensa que se es idéntico a Dios». Dejando de lado por el momento el problema de qué pensaba Jesús de sí mismo, esta afirmación no tiene en cuenta una verdad elemental: Jesús es también hombre, y es como hombre que ora. Dios tampoco podría tener hambre y sed, o sufrir, pero Jesús tiene hambre y sed, y sufre, porque también es hombre.

Al contrario, veremos que es precisamente la oración de Jesús la que nos permite echar un vistazo al misterio profundo de su persona. Es un hecho históricamente comprobado que Jesús, en su oración, se dirigía a Dios llamándole Abbà, esto es, querido padre, padre mío, y hasta mi papá. Este modo de dirigirse a Dios, aún no del todo ignorado antes de Él, es tan característico de Cristo que obliga a admitir una relación única entre Él y el Padre celestial.

Escuchemos una de estas oraciones de Jesús, recogida por Mateo: «En aquel tiempo, Jesús dijo: "Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar"» (Mt 11, 26-27). Entre Padre e Hijo existe, como se ve, una reciprocidad total, «una estrecha relación familiar». También en la parábola de los viñadores homicidas emerge claramente la relación única, como de hijo a padre, que Jesús tiene con Dios, diferente a la de todos los demás que son llamados «siervos» (Mc 12, 1-10).

Hijo de Dios e hijo del hombre

En este punto surge en cambio una objeción: ¿por qué entonces Jesús no se atribuyó jamás abiertamente el título de Hijo de Dios durante su vida, sino que habló siempre de sí como del «hijo del hombre»? El motivo es el mismo por el que Jesús no dice nunca que es el Mesías, y cuando otros le llaman con este nombre se muestra reticente, o incluso prohíbe que lo digan. La razón de esta forma de comportarse es que aquellos títulos los entendía la gente en un sentido preciso que no correspondía a la idea que Jesús tenía de su misión.

Hijo de Dios eran llamados un poco todos: los reyes, los profetas, los grandes hombres; por Mesías se entendía al enviado de Dios que habría combatido militarmente a los enemigos y reinaría sobre Israel. Era la dirección en la que buscaba empujarle el demonio con sus tentaciones en el desierto... Sus propios discípulos no habían comprendido esto y continuaban soñando con un destino de gloria y de poder. Jesús no intentaba ser este tipo de Mesías. «No he venido -decía- para ser servido, sino para servir». Él no ha venido para quitar a nadie la vida, sino para «dar la vida en rescate de muchos».

Cristo debía antes sufrir y morir para que se entendiera qué tipo de Mesías era. Es sintomático que la única vez que Jesús se proclama Él mismo Mesías es mientras se encuentra encadenado ante el Sumo Sacerdote, a punto de ser condenado a muerte, ya sin posibilidades de equívocos: «¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios Bendito?», le pregunta el Sumo Sacerdote, y Él responde: «¡Yo soy!» (Mc 14,61 s.).

Todos los títulos y las categorías dentro de las cuales los hombres, amigos y enemigos, intentan situar a Jesús durante su vida aparecen estrechas, insuficientes. Él es un maestro, «pero no como los demás maestros», enseña con autoridad y en nombre propio; es hijo de David, pero es también Señor de David; es más que un profeta, más que Jonás, más que Salomón. La cuestión que la gente se planteaba: «¿Quién es éste?» expresa bien el sentimiento que reinaba en torno a Él como de un misterio, de algo que no se conseguía explicar humanamente.

El intento de ciertos críticos de reducir a Jesús a un judío normal de su tiempo, que no dijo ni hizo nada especial, choca completamente con los datos históricos más ciertos que poseemos sobre Él y se explica sólo con el rechazo por prejuicios de admitir que algo trascendente pueda aparecer en la historia humana. Entre otras cosas, no explica cómo un ser tan normal se convirtiera (según los mismos críticos) en «el hombre que cambió el mundo».

La transfiguración del cuerpo

Volvamos ahora al episodio de la Transfiguración para sacar de él alguna enseñanza práctica. También la Transfiguración es un misterio «para nosotros», nos contempla de cerca. San Pablo, en la segunda lectura, dice: «El Señor Jesucristo transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo». El Tabor es una ventana abierta a nuestro futuro; nos asegura que la opacidad de nuestro cuerpo un día se transformará también en luz; pero es también un reflector que apunta a nuestro presente; evidencia lo que ya es ahora nuestro cuerpo, por encima de sus míseras apariencias: el templo del Espíritu Santo.

El cuerpo no es para la Biblia un apéndice prescindible del ser humano; es parte integrante de él. El hombre no tiene un cuerpo, es cuerpo. El cuerpo ha sido creado directamente por Dios, asumido por el Verbo en la encarnación y santificado por el Espíritu en el bautismo. El hombre bíblico se queda encantado ante el esplendor del cuerpo humano: «Me has tejido en el vientre de mi madre. Prodigio soy, prodigios son tus obras» (Sal 139). El cuerpo está destinado a compartir eternamente la misma gloria del alma: «Cuerpo y alma, o serán dos manos juntas en eterna adoración, o dos muñecas esposadas por una maldad eterna» (Ch. Péguy). El cristianismo predica la salvación del cuerpo, no la salvación a partir del cuerpo, como hacían, en la antigüedad, las religiones maniqueas y gnósticas y como hacen aún hoy algunas religiones orientales.

¿Pero qué decir a quien sufre? ¿A quien debe asistir a la «desfiguración» de su propio cuerpo o de un ser querido? Para ellos es tal vez el mensaje más consolador de la Transfiguración: «Él transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo». Serán rescatados los cuerpos humillados en la enfermedad y en la muerte. También Jesús, de ahí en poco tiempo, será «desfigurado» en la pasión, pero resurgirá con un cuerpo glorioso, con el que vive eternamente, con quien la fe nos dice que iremos a reunirnos después de la muerte. 

sábado, 20 de febrero de 2016

Lucas 9,28b-36: La transfiguración de Jesús

Lucas 9,28b-36


En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: "Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías." No sabía lo que decía. Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: "Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle." Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.


SOBRE EL MISMO TEMA:

sábado, 28 de febrero de 2015

EVANGELIO EN IMÁGENES: La Transfiguración, por Giovanni Bellini. 1487 (Marcos 9,2-10)

Giovanni Bellini, 1487
Museo Nazionale di Capodimonte, Nápoles

EVANGELIO EN IMÁGENES: La Transfiguración, por Giovanni Bellini, 1455 (Marcos 9,2-10)


Giovanni Bellini, 1455.
Museo Correr, Venecia.

EVANGELIO EN IMÁGENES: La Transfiguración (Marcos 9,2-10)

Marcos 9,2-10

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les apreció Elías y Moisés conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús:
— Maestro. ¡Qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
Estaban asustados y no sabía lo que decía. Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube:
—  Este es mi Hijo amado; escuchadlo.
De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos. Cuando bajaban de la montaña, Jesús los mandó:
— No contéis a nadie lo que habéis visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos.
Esto se les quedó grabado y discutían que querría decir aquello de resucitar de entre los muertos.

miércoles, 6 de agosto de 2014

8 de agosto: Sorpresa, por Celestino Hueso, S.F.



Jesús también tenía sus enchufados. Se llamaban Pedro, Santiago y Juan. Cada vez que el Señor va a realizar algo importante se marcha a un lugar apartado en compañía de estos tres.

Hoy les ha invitado a subir con Él al monte Tabor. Ya sabéis que, en la Biblia, la montaña es el trono de Dios, el lugar del encuentro con Él. Recordad a Moisés, todas las veces que sube a la montaña se encuentra con Dios y Dios le da algún encargo importante, como los Mandamientos, por ejemplo.

Y efectivamente, una vez arriba, los apóstoles se encuentran con Dios, lo que no esperaban de ninguna de las maneras es que Dios sea el mismísimo Jesús que ha subido con ellos. Se llevan una sorpresa mayúscula pero agradable. Tan agradable que ya no quieren volver a bajar. “Hagamos tres tiendas” dicen. Pero no.
La Transfiguración no es un espejismo, es la muestra de que Dios está con nosotros y cumple su Palabra, por eso antes de la gloria del cielo hay que bajar de la montaña y pasar la Pasión. Jesús así lo hace y nos invita a nosotros a no tener miedo y aceptar nuestra propia pasión, esa que viene con la vida y que debemos afrontar con alegría y entereza para poder llegar a la Resurrección.

Hoy celebramos la Transfiguración del Señor, la certeza de que en la montaña, más allá de la muerte, tenemos una choza que durará eternamente junto a Dios, nuestro Padre.

viernes, 6 de agosto de 2010

La transfiguración: "Hablaban de su partida que Jesús iba a cumplir en Jerusalén"

Lucas 9:28-36

Jesús tomó a Pedro, a Juan y Santiago, y subió al monte a orar. Mientras oraba, la apariencia de su rostro cambió y su vestido se volvió blanco y resplandeciente. Y dos varones hablaban con él, los cuales eran Moisés y Elías. Estos aparecieron rodeados de gloria; y hablaban de su partida, que Jesús iba a cumplir en Jerusalén. Pedro y los que lo acompañaban estaban rendidos de sueño; pero, permaneciendo despiertos, vieron la gloria de Jesús y a los dos varones que estaban con él. Y sucedió que, mientras estos se alejaban de él, Pedro dijo a Jesús:
– Maestro, bueno es para nosotros estar aquí. Hagamos tres tiendas, una para ti, una para Moisés y una para Elías.
Pero no sabía lo que decía. Mientras él decía esto, vino una nube que los cubrió; y tuvieron temor al entrar en la nube. Y vino una voz desde la nube, que decía:
– Este es mi Hijo amado; escuchadlo.
Cuando cesó la voz, Jesús se encontraba solo. Ellos callaron, y por aquellos días no dijeron nada a nadie de lo que habían visto.

- Comentario de Julio González, S.F.

En el misal y en la mayoría de los comentarios que he consultado la idea predominante es que Pedro, Juan y Santiago, vieron la gloria de Jesús.

Sin embargo, Lucas quiere que sepamos que Pedro (al igual que Juan y Santiago) no había entendido el misterio que había presenciado: "No sabía lo que decía", "ellos callaron y no dijeron nada a nadie de lo que habían visto". Por tanto, me parece importante que nos preguntemos qué es lo que Pedro había entendido y por qué otro discípulo, el evangelista Lucas, dice que Pedro no sabía lo que decía.

Pedro dice: "Maestro, bueno es para nosotros estar aquí. Hagamos tres tiendas..." Lucas explica que mientras "decía esto", "vino una nube que los cubrió; y tuvieron temor al entrar en la nube". En la tradición del Antiguo Testamento la "nube" guía al pueblo por el desierto. Por una parte, Dios es el que abre el camino de su pueblo y, por otra, la palabra de Dios (la ley), está en medio del pueblo de día y de noche (en la "tienda" o Tabernaculo). "Entrar en la nube" significa entrar en la presencia de Dios, lo cual para los adoradores del Dios de las alturas, escondido, desconocido, justiciero... era como ponerse a las puertas de la muerte y sentían "temor de Dios".

Hasta aquí, hemos descubierto en clave del Antiguo Testamento el misterio de la Transfiguración. Pedro, Juan y Santiago sienten el "temor de Dios" que nos introduce en la adoración, es decir, el momento de hincarse de rodillas y con los brazos extendidos reconocer esta presencia sagrada a través la adoración. Entonces Pedro hace lo que cualquier persona piadosa haría: levantar un pedestal, o una capilla, o un templo para adorar a Dios.

Pedro no ha podido escuchar la conversación entre Jesús, Moisés y Elías. Hablaban de la partida de Jesús. Lucas utiliza la palabra éxodo (salida, marcha). Otros evangelistas dicen que Jesús hablaba con Moisés y Elías sobre lo que le iba a ocurrir en Jerusalén: su pasión, muerte y resurreción. De modo que este no es el mejor momento para actos piadosos, adoraciones o devociones. Jesús desoye a Pedro porque este es el momento de ponerse de pie (no de arrodillarse) y andar el camino que uno debe andar.

Los autores que resaltan en este episodio la gloria de Dios explican la aparición de Moisés y Elías, diciendo que son las dos personas más importantes de la Antigua Alianza. Los autores que entienden la Transfiguración como el momento culminante en donde se nos revela la misión de Jesús, dicen que Moisés y Elías aparecen junto a Jesús porque ellos también sufrieron la incomprensión, la rebeldía, la persecución y la violencia de su pueblo.

El cuarto evangelista, Juan, nos dirá que la gloria de Dios se nos muestra en la cruz de Jesús; que el trono de Jesús es la cruz; que la corona de Jesús es de espinas. Por eso, debemos ser prudentes cuando decimos que la Transfiguración muestra la gloria de Jesús a estos apóstoles escogidos de entre los Doce, Pedro, Juan y Santiago. Ellos no entendieron entonces el significado de lo que habían visto y por eso no dijeron nada.