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lunes, 7 de noviembre de 2022

¿Qué es una organización jerárquica?

La jerarquía es un modo de organización en el que se aplica una subordinación de los elementos respecto del peldaño superior, es decir, es una estructura en la que cada elemento se encuentra subordinado al anterior. Cualquier estructura que se rija por la noción de jerarquía puede ser considerada una organización jerárquica.

La palabra “jerarquía” proviene de los vocablos griegos “hierós” (“sagrado” o “divino”) y “arkhei” (“orden” o “mando”). Inicialmente se entendía como el mandato divino, o sea, al poder que ejercían los clérigos encargados de los ritos sagrados de la antigua religión griega. Sin embargo, la noción de jerarquía no nació en ese entonces, sino que está presente en las organizaciones e ideas humanas desde el inicio de los tiempos: es una forma de entender el orden, que subordina algunos elementos a otros.
Así, por ejemplo, la organización jerárquica se puso en práctica a la hora de construir sociedades en las que un jefe, un caudillo, un faraón, un emperador, o un consejo de ancianos, gozaba de poder y autoridad política por encima del resto de los pobladores.

También se utiliza al clasificar los materiales conocidos, yendo del más al menos puro, o a la hora de clasificar a los animales, en lo que hoy en día conocemos como el árbol evolutivo de las especies. Quizá el caso más natural de jerarquía sea el surgido en el seno de la familia, en el que los padres vinieron antes y ejercen autoridad sobre los hijos.

La jerarquía forma parte de todos los ámbitos de nuestra vida y se pone en práctica constantemente, ya sea como un orden natural de las cosas o, por el contrario, como una forma de organización humana.

Jerarquía de valores

En el ámbito personal, una jerarquía de valores o escala de valores es la clasificación de los intereses individuales entre más y menos importantes; por ejemplo, una persona puede valorar a su familia por encima del dinero y el ocio, mientras que otras pueden considerar el dinero como lo más importante en sus vidas.

Toda jerarquía de valores comprende un conjunto de elementos que deben ordenarse de acuerdo a las consideraciones morales, afectivas, intelectuales o incluso ideológicas de una persona o de una colectividad. Así se establece una clasificación respecto a qué es prioritario y qué secundario, o sea, qué cosas tienen jerarquía sobre las demás.

Jerarquía social

Una jerarquía social es aquella que organiza a los miembros de la sociedad. Este orden determina y es determinado por el lugar que cada individuo tiene en los procesos productivos, o bien en el poder político. Puede ser más o menos rígido, dependiendo de si permite que los subordinados asciendan al rol de sus superiores, o si entiende la sociedad como una clasificación inmóvil.

Las clases sociales de la sociedad industrial, por ejemplo, constituyen un orden jerárquico móvil, en el que (por difícil que pueda ser) una clase puede ascender (o descender) a otros peldaños. En cambio, la sociedad estamental y de castas que existió durante el Medioevo europeo estaba fuertemente jerarquizada, distinguiendo a la nobleza de los plebeyos de acuerdo a su nacimiento y sin permitir movilidad entre castas.

La jerarquía social es inmanente al orden social y a la estructura de las sociedades, y no podemos pensar la vida sin ella. Sin embargo, no necesariamente de un único tipo: puede haber jerarquías más justas e igualitarias, o jerarquías brutales y verticales.

Jerarquía en las empresas

De manera similar a las sociedades, las empresas y organizaciones tienden a regirse a lo interno por una jerarquía organizacional, es decir, por una estructura que establece jefaturas y subordinados para cada área productiva de la empresa. Dicha estructura tiende a ser piramidal, ganando autoridad y responsabilidades a medida que se asciende hacia la cima, en donde están los CEO o gerentes generales.

Así, las tareas y responsabilidades son repartidas de una manera específica. Además, se sectoriza la autoridad para que, a medida que se asciende hacia la cima, la perspectiva de la empresa pueda ser más general y se enfrasque menos en los detalles.

Sin embargo, esto no quiere decir que todos los estilos de gerencia y jefatura deban ser iguales. Por ejemplo, una jerarquía que sea tenida por desigual o injusta, que incomunique a los distintos sectores de la empresa o que fomente un clima de trabajo opresivo y policial, será un factor perjudicial para el bienestar de la organización.

Hoy en día, muchas empresas apuestan por la innovación en materia gerencial y jerárquica, es decir, por estructuras suaves y dinámicas que propicien el diálogo y el sentido de pertenencia en el equipo de trabajo, en lugar de la sensación de que se va a acatar las órdenes de un tiránico capataz.

Fuente: https://concepto.de/

Los miembros no sacerdotes de órdenes y congregaciones también podrán ser superiores

Vida religiosa masculina:
Los miembros no sacerdotes de órdenes y congregaciones 
también podrán ser superiores


El Papa concedió a la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica la facultad de autorizar, discrecionalmente y en casos individuales, a los miembros no clérigos, el otorgar el oficio de Superior Mayor en los Institutos Religiosos Clericales de Derecho Pontificio y en las Sociedades Clericales de Vida Apostólica de Derecho Pontificio de la Iglesia latina y dependientes de ella.

El Dicasterio que se ocupa de la vida religiosa en la Iglesia católica en todo el mundo dio a conocer el miércoles 18 de mayo (2022) un cambio significativo en la disciplina de la vida religiosa masculina que reservaba a los miembros sacerdotes de una orden, congregación u asociación católica análoga, la facultad de ser elegidos superiores mayores, sea superiores generales o provinciales.

La autorización ha venido directamente del Papa. Esto significa que, en adelante, los religiosos no sacerdotes de órdenes, congregaciones u asociaciones con miembros donde hay tanto clérigos como no clérigos, podrían ser elegidos superiores. Nótese el “podrían”, pues se ha reservado a la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica (CIVCSVA) el nombramiento “después de haber obtenido una licencia escrita de la Congregación”. Los pasos serían los siguientes:

Presupuesto: la CIVCSVA goza de la facultad de autorizar discrecionalmente y en casos individuales

Paso 1: Es nombrado después de haber obtenido una licencia escrita de la CIVCSVA
Paso 2: Se requiere confirmar con licencia escrita
Paso 3: CIVCSVA se reserva el derecho de evaluar el caso y las razones

Rescripto donde se comunica este cambio que afecta a no pocas congregaciones masculinas en el mundo.

Rescriptum ex audientia: 
Rescripto del Santo Padre Francisco sobre la derogación del can. 588 §2 CIC

El Santo Padre Francisco, en la Audiencia del pasado 11 de febrero al infrascrito Cardenal Prefecto y Arzobispo-Secretario concedió a la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica la facultad de autorizar, discrecionalmente y en casos individuales, a los miembros no clérigos, el otorgar el oficio de Superior Mayor en los Institutos Religiosos Clericales de Derecho Pontificio y en las Sociedades Clericales de Vida Apostólica de Derecho Pontificio de la Iglesia latina y dependientes de ella, en derogación del can. 588 §2 CIC y el derecho propio del Instituto de Vida Consagrada o de la Sociedad de Vida Apostólica, quedando firme el c. 134 §1.

El miembro no clérigo de un Instituto de Vida Consagrada o Sociedad de Vida Apostólica Clerical de Derecho Pontificio es nombrado Superior local por el Moderador Supremo con el consentimiento de su Consejo.

El miembro no clérigo de un Instituto de Vida Consagrada o de una Sociedad clerical de Vida Apostólica de Derecho Pontificio es nombrado Superior Mayor, después de haber obtenido una licencia escrita de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica a petición del Moderador Supremo con el consentimiento del Consejo.

El miembro no clérigo de un Instituto de Vida Consagrada o de una Sociedad clerical de Vida Apostólica de Derecho Pontificio que sea elegido Moderador Supremo o Superior Mayor, según las modalidades previstas por el derecho propio,requiere la confirmación -por licencia escrita-de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica.

En los casos previstos en los §§2-3, la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólicase reserva el derecho de evaluar el caso individual y las razones dadas por el Moderador Supremo o el Capítulo General.

El Santo Padre ha ordenado también que este Rescripto se publique en L’Osservatore Romano, y posteriormente en el comentario oficial del Acta Apostolicae Sedis, que entra en vigor hoy.

Vaticano, 18 de mayo de 2022

João Braz Card. de Aviz
Prefetto

José Rodríguez Carballo, O.F.M.
Arcivescovo Segretario

domingo, 6 de noviembre de 2022

No todos tienen la misma responsabilidad



Lo primero que hay que dejar claro es que la Iglesia Católica es jerárquica; no puede no serlo porque así salió de las manos de su Maestro y Señor, Jesucristo. Así la quiso Él, y así ha pervivido durante más de 2000 años ya: que no está nada mal. Está en la entraña de su ser. Como está en la entraña del ser de la persona humana, por ejemplo, su capacidad de conocer y de amar. 

Jesucristo fundó su Iglesia sobre los Apóstoles y sus sucesores: el Papa y los obispos. Y a ellos se suman los sacerdotes, formando el presbiterio que ayuda en todo a sus respectivos pastores. Y esto, a pesar de los pesares: a pesar de los vaivenes de la historia -interna y externa a Ella misma-, los ataques perpetrados contra Ella desde todos los ángulos -también desde dentro-, más los pecados de todos los que somos la Iglesia Católica, generación tras generación y que no han conseguido doblegarla: ahí está.

Y está como toda obra en la tierra, con sus luces y sus sombras: los claroscuros de toda tarea que, aún naciendo de Dios mismo, aún asistida por el Espíritu Santo, y aún no faltándole nunca la verdad de la Presencia Real del mismo Cristo en su seno -la Misa y el Sagrario-, está hecha por hombres. Y hombres pecadores: lo somos todos.

La Iglesia, por tanto, está en manos de Dios. Y, a la vez y por institución divina, está también en nuestras manos, en las de todos: desde su misma Cabeza en la tierra, el Papa, hasta el último bautizado con uso de razón.

Lógicamente, el peso -y la responsabilidad- que recae sobre todos los miembros de la Iglesia no es la misma hijo a hijo. No tienen la misma responsabilidad un sacerdote que un laico, un obispo que una monja, el Papa o cualquier otro hijo de la Iglesia Católica. Ni siquiera dos hijos de la Iglesia con el mismo estatus “jurídico": dos laicos, o dos religiosos. Lógica y evidentemente.

Por eso, cada uno ha de tener muy claro su papel, el “peso” -mi yugo es suave y mi carga ligera, nos dirá Jesús, y hemos de creernoslo- y la “responsabilidad” -el celo de tu casa me consume- que el Señor deposita en el alma y el corazón de cada uno.

A este respecto es muy llamativo -e ilustrativo- lo que nos escribió el papa Benedicto XVI, en el año 2000, refiriéndose precisamente a su “oficio” en la Iglesia: 

“El papa no es un monarca absoluto (desde Gregorio Magno se llama el ’siervo de los siervos de Dios’), sino que debería -suelo decirlo así- ser la garantía de la obediencia, de que la Iglesia no haga lo que quiera. Ni siquiera el propio pontífice puede decir: ‘¡La Iglesia soy yo!, o ¡yo soy la tradición!’; sino que, por el contrario, está obligado a obedecer y encarna ese compromiso de la Iglesia".

Y añadía a renglón seguido para aviso de navegantes a todos los niveles: “Si en la Iglesia surgen las tentaciones de hacer las cosas de manera diferente y más cómoda, él [se refiere en primer lugar al Sumo Pontífice; pero con el mismo Papa, a todos, desde cardenales para abajo hasta el último sacerdote recién Ordenado] tiene que preguntarse: ¿podemos hacerlo?".

Esta es la pregunta que, da la impresión por declaraciones y por acciones de aquí y de allá, no todos los miembros de la Jeraquía -cada uno en y desde su sitio- se hacen, nos hacemos. Porque el desbarajuste no es que esté más que servido, es que está al orden del día.

¿Cuál es la forma y el ámbito del ejercicio del ministerio jerárquico en la Iglesia Católica? No he encontrado otra fórmula que la que le da el mismo Jesucristo a Pedro, momentos antes de su partida. Por otro lado es una de las escenas de la vida del Señor -si no la primera- más conmovedoras de todas las que nos relatan los Evangelios.

Se dirige Jesús a Pedro, al que ha cogido aparte, y le dice: -¿Pedro, me amas? Por tres veces le insistirá el Señor, la última incluso con una connotación especial y específica: -¿Me amas más que estos? Y no estaba dejando en mal lugar a nadie, que conste.

Y ante las respuestas afirmativas de Pedro -"su Roca", sobre la que edifica su Iglesia hasta el fin del mundo- le apremiará: -Apacienta mis corderos. Apacienta mis ovejas. 

Para un miembro de la Jerarquía Católica - para ser “buen Pastor", a imitación de Cristo- lo primero ha de ser su trato de amistad, su cariño a Jesús. Es decir, su intimidad personal con Él, sin lo que no se puede servir a Él ni a las almas. A nadie. Desde el Papa hasta el último sacerdote, cada uno debe responder, cara a cara, a Su anhelante: ¿me amas?

Y solo después, y a la vez, pero con esta ineludible e inexcusable premisa, podrá hacerse cargo del mandato divino: Apacienta mis corderos. Apacienta mis ovejas. Y nunca “antes". O “en lugar de".

Aquí es donde viene a cuento la esencial y clarificadora pregunta que hacía Benedicto XVI: “¿Podemos hacerlo?"; o dicho de otra manera: “¿Debemos hacerlo?” Porque ¿qué “autoridad” puede aducir un miembro de la Jerarquía para autorizarse -o autorizar- a hacer algo que “ni podemos ni debemos” hacer? Ni siquiera razones supuestamente “pastorales", que serían más falsas que Judas al pretender pasar -pisotear- por encima de lo que Cristo mismo nos dejó dicho y hecho; es decir, establecido.

Precisamente, es en la oración personal, y delante del Sagrario siempre que se pueda, donde daremos curso a la cuestión de que se trate. Y lo haremos en diálogo con Jesús -hablar con Dios: oración personal- que es precisamente lo que hace que nuestro “hablar” con Él sea verdaderamente oración. Y de ese modo, tendremos “luces": las que nos vendrán de Dios. Y “fuerzas": las que nos dará Él…, para hacer -entonces sí- lo que debamos y tengamos que hacer.

De otro modo estaremos perdidos: los pastores y las ovejas. Porque ni acertaremos al enfocar las cosas, ni podremos hacer lo que deberíamos hacer. Nos quedaríamos solos y a solas. Y, finalmente, nos podrá el mundo con sus engaños y sus máximas…, y con las personales miserias, que también las tenemos. Y perderíamos -echaríamos a perder- a la misma Iglesia Católica.

Todos los hijos de Dios en su Iglesia vamos a pedir por ellos y por ello: es nuestra obligación en conciencia. Fuertemente. Porque hace falta con gran urgencia.

Autor: P. José Luis Aberasturi

¿Pero hay que ser cura para ser cardenal?

Pues no me voy a andar con remilgos y voy a empezar el artículo con la respuesta. Sí, hay que ser cura para ser cardenal. Con toda claridad se expresa en ese sentido el artículo 351 § 1 del Código de Derecho Canónico aprobado en el año 2005:
 
“Para ser promovidos a Cardenales, el Romano Pontífice elige libremente entre aquellos varones que hayan recibido al menos el presbiterado y que destaquen notablemente por su doctrina, costumbres, piedad y prudencia en la gestión de asuntos”.
 
Lo que por otro lado quiere decir que la decisión de elevar a alguien al cardenalato es una decisión del Romano Pontífice y nada más que de él.
 
A esta pregunta todavía cabría añadir una segunda: “y obispo… ¿es necesario ser obispo para ser cardenal?” Donde la respuesta es algo menos taxativa: sí y no. El propio artículo 351 § 1 del Código de Derecho Canónico nos aclara el asunto:
 
“…pero los que aún no son Obispos deben recibir la consagración episcopal”.
 
Lo que quiere decir que para ser elegido para el cardenalato no es preciso ser obispo, pero para “ser” cardenal sí, un obstáculo que no deja de ser removible mediante la consagración inmediata y previa a la creación como cardenal, según explica con claridad el Código de Derecho Canónico. 

Ya el Concilio de Trento en su sesión 24 establecía esta condición del cardenalato, que el papa Juan XXIII, en el documento “Cum gravissima” confirma en 1962.

Aunque ni siquiera está previsto en el Código de Derecho Canónico, se ha llegado a dar, sin embargo, el caso de cardenal que no es obispo por especial exención del papa, y no, por cierto, hace demasiado tiempo, en 2001. Tal es el caso del teólogo jesuita Avery Dulles, profesor de la Universidad de Fordham en Nueva York, que sólo era presbítero en el momento de su elevación a cardenal diácono de Santi Nomi di Gesù e Maria in via Lata. El Padre Dulles solicitó de Juan Pablo II la dispensa de la consagración episcopal debido a su avanzada edad, pues había alcanzado ya 80 años de edad, y el Papa se la concedió.
 
¿Fue esto siempre así? Ah, eso es ya otra cuestión, porque en tiempos pasados se creó cardenal a personas sin el orden sacerdotal. Son muchos los casos que se pueden citar: en 1618 por ejemplo, el papa Paulo V concede el capelo cardenalicio al Duque de Lerma, y eso que hasta un año después, el viudo Lerma no sería ordenado sacerdote. El último caso similar fue el de Teodolfo Mertel, cardenal diácono de San Eustachio y posteriormente de San Lorenzo in Damaso y protodiácono, que fue nombrado en 1858 y murió en 1899 sin haber recibido la ordenación sacerdotal.

Autor: Luis Antequera

Así es la constitución jerárquica de la Iglesia católica

La Iglesia católica tiene una organización jerárquica, pero no se trata de un ejercicio de la autoridad al uso, como el que se puede dar en cualquier empresa o institución. La misión esencial de cualquier católico, desde el último bautizado hasta el propio Papa, es siempre la misma, el anuncio del Evangelio y el ejercicio de la caridad.

Dentro de la Iglesia hay una diversidad de ministerios, cuyas responsabilidades y tareas están reguladas por el Código de Derecho Canónico en el libro que se refiere al «Pueblo de Dios», en concreto, la sección II sobre «La constitución jerárquica de la Iglesia».

1. El Papa

Elegido por los cardenales electores durante el cónclave, en el Papa permanece la función que el Señor encomendó a Pedro, primero entre los apóstoles. Además es la cabeza del colegio de obispos, que le prestan su cooperación de distintas maneras, al igual que los cardenales.

2. Los cardenales

Son «creados» por el Papa. Los que tienen menos de 80 años de edad pueden votar al nuevo Pontífice en caso de que se celebre el cónclave. Asisten al Papa tanto colegialmente, cuando son convocados para tratar juntos cuestiones de más importancia, como personalmente, mediante los distintos oficios que desempeñan, ayudando al Pontífice sobre todo en su gobierno cotidiano de la Iglesia. Para poder ser nombrado cardenal basta con ser sacerdote, aunque el candidato deberá recibir la ordenación episcopal antes de recibir el anillo y la birreta de manos del Santo Padre.

3. Los obispos

Ejercen una triple misión: enseñar, santificar y gobernar una porción de la Iglesia con un criterio propio, como cada uno de los sucesores de los Apóstoles. Ningún obispo, aunque haya sido nombrado cardenal, tiene autoridad sobre otro, sino que cada uno depende directamente del Papa.

En sus respectivas diócesis, son responsables de atender a sus presbíteros; cuidar de que cumplan debidamente las obligaciones propias de su estado, y de que dispongan de aquellos medios e instituciones que necesitan para el incremento de su vida espiritual e intelectual.

Ayudados por los presbíteros, sus colaboradores, y por los diáconos, los obispos tienen la misión de enseñar auténticamente la fe, de celebrar el culto, sobre todo la Eucaristía, y de dirigir su Iglesia como verdaderos pastores.

Para poder ser nombrado obispo se requiere que el interesado sea: linsigne por la firmeza de su fe, tenga buenas costumbres, buena fama y cuente con al menos treinta y cinco años. También tiene que llevar al menos cinco años de presbítero y ser doctor o al menos licenciado en Sagrada Escritura, teología o derecho canónico, o al menos verdaderamente experto en esas disciplinas.

4. Los párrocos

Es el pastor propio de la parroquia que se le confía, y ejerce el cuidado pastoral de la comunidad que le está encomendada bajo la autoridad del obispo diocesano. Entre sus tareas está la de conocer a los fieles que se le encomiendan. Para ello, visita las familias, a los enfermos, especialmente a los moribundos, fortaleciéndoles con la administración de los sacramentos. También está pendiente de los pobres y de aquellos que sufren especiales dificultades.

5. Los fieles laicos

Son los encargados de descubrir o de idear los medios para impregnar de vida cristianas las realidades sociales, políticas y económicas. Están llamados a ser testigos de Cristo en todas las cosas, también en el interior de la sociedad.