miércoles, 23 de diciembre de 2015

lunes, 21 de diciembre de 2015

jueves, 17 de diciembre de 2015

domingo, 13 de diciembre de 2015

Las obras de misericordia espirituales

Cliquea en la imagen para agrandarla

1) Enseñar al que no sabe

Consiste en enseñar al ignorante en cualquier materia: también sobre temas religiosos. Esta enseñanza puede ser a través de escritos o de palabra, por cualquier medio de comunicación o directamente. Como dice el libro de Daniel, «los que enseñan la justicia a la multitud, brillarán como las estrellas a perpetua eternidad» (Dan. 12, 3b).

2) Dar buen consejo al que lo necesita

Uno de los dones del espíritu Santo es el don de consejo. Por ello, quien pretenda dar un buen consejo debe, primeramente, estar en sintonía con Dios, ya que no se trata de dar opiniones personales, sino de aconsejar bien al necesitado de guía.

3) Corregir al que se equivoca

Esta obra de misericordia se refiere sobre todo al pecado. De hecho, otra manera de formular esta obra es: Corregir al pecador. La corrección fraterna es explicada por el mismo Jesús en el evangelio de Mateo: »Si tu hermano peca, vete a hablar con él a solas para reprochárselo. Si te escucha, has ganado a tu hermano». (Mt 19, 15-17)

Debemos corregir a nuestro prójimo con mansedumbre y humildad. Muchas veces será difícil hacerlo pero, en esos momentos, podemos acordarnos de los que dice el apóstol Santiago al final de su carta: «El que endereza a un pecador de su mal camino, salvará su alma de la muerte y consigue el perdón de muchos pecados»(St. 5, 20).

4) Perdonar las injurias

En el Padrenuestro decimos: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden» y el mismo Señor aclara: «si perdonáis las ofensas de los hombres, también el Padre Celestial os perdonará. En cambio, si no perdonáis las ofensas de los hombres, tampoco el Padre os perdonará a vosotros (Mt 6,14-15).

Perdonar las ofensas significa superar la venganza y el resentimiento. Significa tratar amablemente a quien nos ha ofendido. El mejor ejemplo de perdón en el Antiguo Testamento es el de José, que perdonó a sus hermanos el que hubieran tratado de matarlo y luego venderlo. »Ahora pues, no os entristezcáis ni os pese el haberme vendido aquí; pues para preservar vidas me envió Dios delante de vosotros» (Gen. 45, 5).

Y el mayor perdón del Nuevo Testamento es el de Cristo en la Cruz, que nos enseña que debemos perdonar todo y siempre: »Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». (Lc. 23, 34).

5) Consolar al triste

El consuelo para el triste, para el que sufre alguna dificultad, es otra obra de misericordia espiritual. Muchas veces, se complementará con dar un buen consejo, que ayude a superar esas situación de dolor o tristeza. Acompañar a nuestros hermanos en todos los momentos, pero sobre todo en los más difíciles, es poner en práctica el comportamiento de Jesús que se compadecía del dolor ajeno.

Un ejemplo viene recogido en el evangelio de Lucas. Se trata de la resurrección del hijo de la viuda de Naím: «Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda, a la que acompañaba mucha gente de la ciudad. Al verla el Señor, tuvo compasión de ella, y le dijo: No llores. Y, acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon, y él dijo: Joven, a ti te digo: Levántate. El muerto se incorporó y se puso a hablar, y él se lo dio a su madre.»

6) Sufrir con paciencia los defectos de los demás

La paciencia ante los defectos ajenos es virtud y es una obra de misericordia. Sin embargo, hay un consejo muy útil: cuando el soportar esos defectos causa más daño que bien, con mucha caridad y suavidad, debe hacerse la advertencia.

7) Orar por vivos y difuntos

San Pablo recomienda orar por todos, sin distinción, también por gobernantes y personas de responsabilidad, pues «El quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad». (ver 1 Tim 2, 2-3).

Los difuntos que están en el Purgatorio dependen de nuestras oraciones. Es una buena obra rezar por éstos para que sean libres de sus pecados. (ver 2 Mac. 12, 46).

Fuente: OpusDei.es

Las obras de misericordia corporales

Cliquea en la imagen para agrandarla

San Mateo recoge la narración del Juicio Final: Mt 25,31-46:

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Cuando venga el Hijo del hombre, rodeado de su gloria, acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria. Entonces serán congregadas ante él todas las naciones, y él apartará a los unos de los otros, como aparta el pastor a las ovejas de los cabritos, y pondrá a las ovejas a su derecha y los cabritos a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de derecha: ‘Vengan, benditos de mi Padre; tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo; porque estuve hambriento y me disteis de comer, sediento y me disteis de beber, era forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, encarcelado y fuisteis a verme’. Los justos le contestarán entonces: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o encarcelado y te fuimos ver?’. Y el rey les dirá: Os aseguro que, cuando lo hicisteis con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicisteis. Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos; id al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles; porque estuve hambriento y no me disteis de comer, sediento y no me disteis de beber, era forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y encarcelado y no me visitasteis. Entonces ellos le responderán: Señor ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de forastero o desnudo, enfermo o encarcelado y no te asistimos?’ Y él les replicará: Os aseguro que, cuando no lo hicisteis con uno de aquellos más insignificante, tampoco lo hicisteis conmigo. Entonces irán éstos al castigo eterno y los justos a la vida eterna”.

1) Dar de comer al hambriento y 2) dar de beber al sediento

Estas dos primeras se complementan y se refieren a la ayuda que debemos procurar en alimento y otros bienes a los más necesitados, a aquellos que no tienen lo indispensable para poder comer cada día.

En la carta de Santiago se nos anima a ser generosos: «Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: «Id en paz, calentaos o hartaos», pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve?» (St 2, 15-16).

3) Dar posada al peregrino

En la antigüedad el dar posada a los viajeros era un asunto de vida o muerte, por lo complicado y arriesgado de las travesías. No es el caso hoy en día. Pero, aún así, podría tocarnos recibir a alguien en nuestra casa, no por pura hospitalidad de amistad o familia, sino por alguna verdadera necesidad.

4) Vestir al desnudo

Esta obra de misericordia se dirige a paliar otra necesidad básica: el vestido. Muchas veces, se nos facilita con las recogidas de ropa que se hacen en Parroquias y otros centros. A la hora de entregar nuestra ropa es bueno pensar que podemos dar de lo que nos sobra o ya no nos sirve, pero también podemos dar de lo que aún es útil.

Jesús, según recoge el evangelio de san Lucas recomienda: «El que tenga dos túnicas que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer que haga lo mismo» (Lc 3, 11).

5) Visitar al enfermo

Se trata de una verdadera atención a los enfermos y ancianos, tanto en el aspecto físico, como en hacerles un rato de compañía. El mejor ejemplo de la Sagrada Escritura es el de la Parábola del Buen Samaritano, que curó al herido y, al no poder continuar ocupándose directamente, confió los cuidados que necesitaba a otro a quien le ofreció pagarle. (ver Lc. 10, 30-37).

6) Visitar a los encarcelados

Consiste en visitar a los presos y prestarles no sólo ayuda material sino una asistencia espiritual que les sirva para mejorar como personas, enmendarse, aprender a desarrollar un trabajo que les pueda ser útil cuando terminen el tiempo asignado por la justicia, etc.

Significa también rescatar a los inocentes y secuestrados. En la antigüedad los cristianos pagaban para liberar esclavos o se cambiaban por prisioneros inocentes.

7) Enterrar a los difuntos

Cristo no tenía lugar sobre el que reposar. Un amigo, José de Arimatea, le cedió su tumba. Pero no sólo eso, sino que tuvo valor para presentarse ante Pilato y pedirle el cuerpo de Jesús. También participó Nicodemo, quien ayudó a sepultarlo. (Jn. 19, 38-42)

Enterrar a los muertos parece un mandato superfluo, porque –de hecho- todos son enterrados. Pero, por ejemplo, en tiempo de guerra, puede ser un mandato muy exigente. ¿Por qué es importante dar digna sepultura al cuerpo humano? Por que el cuerpo humano ha sido alojamiento del Espíritu Santo. Somos «templos del Espíritu Santo (1 Cor 6, 19).

Fuente: OpusDei.es

jueves, 10 de diciembre de 2015

Mateo 11,11-15: "No ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él"

Mateo 11,11-15
Jueves de la Segunda Semana de Adviento

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: "Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él. Desde los días de Juan, el Bautista, hasta ahora se hace violencia contra el reino de Dios, y gente violenta quiere arrebatárselo. Los profetas y la Ley han profetizado hasta que vino Juan; él es Elías, el que tenía que venir, con tal que queráis admitirlo. El que tenga oídos que escuche."

SOBRE EL MISMO TEMA:
por la Orden Carmelitana
por Julio González, S.F.

Jueves de la 2 Semana de Adviento

Cliquea en la imagen para acceder 
al Jueves de la 2 Semana de Adviento

lunes, 7 de diciembre de 2015

Lunes de la 2 Semana de Adviento

Cliquea en la image para acceder
al Lunes de la 2 Semana de Adviento

Diciembre 7: San Ambrosio de Milán, doctor de la Iglesia, por Luis Antequera

SAN AMBROSIO
por Vicente Macip, 1520



















— Uno de los forjadores de Europa

Hoy 7 de diciembre es la festividad de San Ambrosio de Milán, un personaje histórico que más allá de su condición de santo, milita por derecho propio entre los forjadores de Europa, entre los grandes responsables de que nuestra historia sea como es y no de otra manera.

— Primeros años

Ambrosio nace en el año 340, si bien no está claro si lo hace en Tréveris, en Arles o en Lyon, en una familia romana cristiana que contaba ya con mártires entre sus miembros.

Su padre, Ambrosio como él, era prefecto en la Galia. El menor de tres hijos, son sus hermanos Sátiro y Marcelina, que recibe el velo de las vírgenes de manos del Papa Liberio. A la muerte de su padre, cuando Ambrosio tiene catorce años, la familia vuelve a Roma, donde se dedica al estudio del derecho.

— Obispo de Milán

Ancius Probuslo lo nombrará gobernador consular de Liguria y Emilia, con residencia en Milán, ciudad en la que cuando el obispo arriano Auxencio muere en 374, Ambrosio es elegido por aclamación su sucesor.

Se da la circunstancia de que Ambrosio era catecúmeno, es decir, que aunque se formaba para ser bautizado, todavía no lo estaba –el bautismo de infantes no era aún la regla general-, y en consecuencia, no era elegible para el episcopado. Pero ante la confirmación del nombramiento por el Emperador Valentiniano, Ambrosio recibe el sacramento que le inicia en la Iglesia y ocho días después, el 7 de diciembre, día en que celebramos su fiesta, es consagrado obispo.

A partir de ese momento lleva a cabo una vida muy austera. Se despoja de todos sus bienes terrenales, come frugalmente, gana gran reputación como predicador, y sus sermones, pronunciados sin guión previo, son escuchados por multitudes.

— Influencia

Como obispo, a Ambrosio toca enfrentar tres grandes procesos:

a) dentro de la propia Iglesia, la formulación del dogma y la lucha contra las herejías, que no son pocas: el novacianismo, contra el que escribe “Sobre la penitencia”; el macedonismo; o Joviniano, a quien condena en el sínodo de obispos que convoca en 390. Pero por encima de todas, el arrianismo que, como se sabe, cerca estuvo de convertirse en la fórmula prevaleciente del cristianismo y dominó la corte de muchos de los emperadores con los que Ambrosio hubo de convivir, así Justina, así Valentiniano II, aunque también, gracias precisamente a su influencia, también convivió con otros clasificables como católicos, así Graciano, así Teodosio.

b) Por otro lado, la lucha contra el paganismo y la definitiva cristianización del Imperio, algo para lo que cuenta con la colaboración de un emperador español, Teodosio, que es, más aún que Constantino, el verdadero cristianizador de la vida romana. Ambrosio ataca de plano los centros en los que aún se hace fuerte el paganismo: en 384 consigue la retirada de la Estatua de la Victoria del senado; en 393 obtiene de Teodosio la prohibición de los Juegos Olímpicos.
 
c) En tercer lugar, se implica de lleno en el proceso que domina la época, la lucha por la primacía entre el poder temporal y el poder religioso que, gracias en buena medida a su labor, se inclina hacia éste último.

San Ambrosio impide la entrada
del emperador Teodosio en la catedral
de Milán, por Anton Van Dick (1620)




















En el 382 consigue que el Emperador Graciano deje de utilizar el título Pontifex Maximus, que pasará a la Iglesia. Pero el momento estelar en esta batalla viene marcado por la excomunión que impone a su por otro lado amigo, el Emperador Teodosio, a causa de la represión sobre los ciudadanos de Tesalónica -algunas fuentes hablan de siete mil muertos- por destruir una sinagoga, la cual no le levantará hasta que el emperador haga pública penitencia de su pecado. Un proceso éste de superposición del poder religioso sobre el poder civil que puede parecer escandaloso mirado con los ojos contemporáneos, pero que tuvo su sentido en un Imperio que procedía a su definitiva cristianización y que no dejará de tener muy positivas consecuencias para el mismo y para la civilización grecorromana, como por ejemplo, cuando ante las invasiones barbáricas del s. V, toda la resistencia romana se despliegue desde el papado, ante la descomposición del poder imperial.

— Escritor

Ambrosio deja escrita una amplia obra exegética, si bien la mayor parte de ella son homilías y comentarios orales llevados a escrito por sus oyentes. Así, nos han llegado una serie de comentarios al Antiguo Testamento, un “Comentario sobre San Lucas” (“Expositio in Lucam”) que seguramente acompañó a un comentario sobre cada uno de los evangelistas, y un llamado “Ambrosiater”, comentario sobre trece epístolas de San Pablo, que sin embargo, parece ser un apócrifo.

Entre las de tipo moral destaca “De officiis ministrorum” inspirada en Cicerón, y “Sobre las vírgenes” para su hermana Marcelina, virgen ella misma como ya se ha dicho.

Sobre los sacramentos escribe “De mysteriis”.

Son famosos sus discursos como “De excessu fratris sui Satyri” (378) a la muerte de su hermano Sátiro, sus discursos funerarios sobre Valentiniano II (392) y sobre Teodosio el Grande (395), o su “Discurso contra el intruso arriano, Auxencio” (“Contra Auxentium de basilicis tradendis”), al que como hemos dicho arriba, sucedió en la sede episcopal milanense.

Junto a todo ello, los llamados “Dieciocho himnos ambrosianos”, y aunque su autoría ambrosiana ha sido puesta en entredicho, al Obispo de Milán se le atribuye la creación del género de la himnología.

La primera edición de los trabajos de Ambrosio saldrá de la imprenta de Froben en Basilea, en 1527, bajo la supervisión de Erasmo de Rotterdam. En 1580, el Cardenal Montalto, futuro Sixto V, realiza una nueva edición más completa.

— Hombre que marca una época

Ambrosio tendrá una relación muy cercana con los grandes personajes de su época. De hecho, es él quien bautiza a San Agustín. Con el Emperador Teodosio su relación es tan próxima que se halla junto a él en su lecho de muerte.

Tumba de san Ambrosio junto
a los santos Gervasio y Protasio













Poco tiempo le sobrevivió, pues dos años después, el viernes santo del 4 de abril de 397, fallecía a la edad de 57 años. Será enterrado en su basílica, al lado de los santos mártires Gervasio y Protasio, cuyas reliquias había descubierto él. En el año 835 las reliquias de los tres santos son colocadas por uno de sus sucesores, Angilberto, en un sarcófago bajo el altar, donde son descubiertas en 1864.

San Ambrosio fue un hombre respetadísimo en la Iglesia de su tiempo, tanto como el propio Papa tal vez. Su “Vida” será escrita al poco de su muerte por su secretario, Paulino, a sugerencia de San Agustín. Más adelante le dedica también una biografía el importante historiador de la Iglesia, Baronio. De él dice San Agustín que “era una de esas personas que dice la verdad, la dice bien, juiciosamente, agudamente, y con belleza y fuerza de expresión” (De doct. christ., 4, 21).

Cátedra de San Pedro sostenida por los santos
Ambrosio, Agustín, Juan Crisóstomo y Atanasio










Junto a San Agustín, San Jerónimo y San Gregorio forma parte del cuarteto de primeros doctores de la Iglesia nombrados por el Papa Bonifacio VIII (1294-1303), y junto con San Agustín, San Juan Crisóstomo y San Atanasio, sostiene la Cátedra del Príncipe de los Apóstoles en la tribuna de San Pedro, en Roma.

Fuente: Religionenlibertad.com

SOBRE EL MISMO TEMA:
Discurso de san Ambrosio  
Primer encuentro entre Agustín y Ambrosio  
Discusión entre Ambrosio y Agustín  

sábado, 28 de noviembre de 2015

Lucas 21,34-36: Claves de lectura

Lucas 21,34-36
Sábado de la 34 Semana del Tiempo Ordinario I y II

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir y manteneros en pie ante el Hijo del hombre.»

— Claves de lectura

Estamos llegando al final del largo discurso apocalíptico y también al final del año litúrgico. Jesús da un último consejo convocándonos a la vigilancia (Lc 21,34-35) y a la oración (Lc 21,36).

• Lucas 21,34-35: Cuidado para no perder la conciencia crítica

“Cuidad que no se emboten vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida y venga aquel Día de improviso sobre vosotros, como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra”.

Un consejo similar Jesús lo había dado ya cuando le preguntaron sobre la llegada del Reino (Lc 17,20-21). El responde que la llegada del Reino acontece como un relámpago. Viene de repente, sin previo aviso. Las personas han de estar atentas y preparadas, siempre (Lc 17,22-27). Cuando la espera es larga, corremos el peligro de quedar desatentos y no prestar más atención a los acontecimientos “los corazones se embotan por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida”.

Hoy, las muchas distracciones nos vuelven insensibles y la propaganda puede hasta pervertir en nosotros el sentido de la vida. Ajenos a los sufrimientos de tanta gente del mundo, no percibimos las injusticias que se cometen.

• Lucas 21,36: La oración como fuente de conciencia crítica y de esperanza

“Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza, logréis escapar y podáis manteneros en pie delante del Hijo del hombre".

La oración constante es un medio muy importante para no perder la presencia de espíritu. La oración nos ayuda a profundizar en nosotros la conciencia de la presencia de Dios en medio de nosotros y, así, sacar fuerza y luz para aguantar los malos días y crecer en la esperanza.

• Resumen del Discurso Apocalíptico (Lc 21,5-36)

Hemos pasado cinco días, desde el martes hasta hoy sábado, meditando y profundizando sobre el significado del Discurso Apocalíptico para nuestras vidas. Los tres evangelios sinópticos traen este discurso de Jesús, cada uno a su manera. Vamos a ver de cerca la versión que nos ofrece el evangelio de Lucas.

Todo el Discurso Apocalíptico es un intento para ayudar a las comunidades perseguidas a situarse dentro del conjunto del plan de Dios y así tener esperanza y valor para seguir firme por el camino. En el caso del Discurso Apocalíptico del evangelio de Lucas, las comunidades perseguidas vivían en el año 85. Jesús hablaba en el año 33. Su discurso describe las etapas o las señales o de la realización del plan de Dios. En todo son 8 señales o periodos desde Jesús hasta el final de los tiempos.

Leyendo e interpretando su vida a la luz de las señales dadas por Jesús, las comunidades descubrían en qué medida estaban realizando el plan. Las siete primeras señales habían acontecido ya. Pertenecían todas al pasado. Pero sobre todo en la 6ª y en la 7ª señal (persecución y destrucción de Jerusalén) las comunidades encuentran la imagen o el espejo de lo que estaba ocurriendo en el presente.

He aquí las siete señales:

Introducción al Discurso (Lc 21,5-7)
1a señal: los falsos mesías (Lc 21,8);
2a señal: guerras y revoluciones (Lc 21,9);
3a señal: nación contra otra nación, un reino contra otro reino, (Lc 21,10);
4a señal: terremotos en varios lugares (Lc 21,11);
5a señal: hambre, peste y señales en el cielo (Lc 21,11);
6ª señal: la persecución de los cristianos y la misión que deben realizar (Lc 21,12-19) + Misión
7ª señal: la destrucción de Jerusalén (Lc 21,20-24)

Al llegar a esta última señal, las comunidades concluyen: “Estamos en la 6ª y en la 7ª señal”. Y aquí viene la pregunta más importante: “¿Cuánto falta para que llegue el fin?” A aquel que está siendo perseguido no le importa el futuro distinto, quiere saber si estará vivo el día siguiente o si tendrá la fuerza para aguantar la persecución hasta el día siguiente. La respuesta a esta pregunta inquietante la tenemos en la octava señal:

8ª señal: cambios en el sol y en la luna (Lc 21,25-26) que anuncian la llegada del Hijo del Hombre. (Lc 21,27-28).

Conclusión: falta poco, todo está conforme con el plan de Dios, todo es dolor de parto, Dios está con nosotros. Nos da fuerza para aguantar. Vamos a testimoniar la Buena Noticia de Dios traída por Jesús. En definitiva, Jesús confirma todo con su autoridad (Lc 21,29-33).

Fuente: ocarm.org

viernes, 27 de noviembre de 2015

Lucas 21,29-33: Clave de lectura

Lucas 21,29-33   

En aquel tiempo, puso Jesús una parábola a sus discípulos: "Fijaos en la higuera o en cualquier árbol: cuando echan brotes, os basta verlos para saber que el verano está cerca. Pues, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios. Os aseguro que antes que pase esta generación todo eso se cumplirá. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán."

— Clave de lectura

El evangelio de hoy nos trae las recomendaciones finales del discurso apocalíptico. Jesús insiste en dos puntos:

(a) en la atención que hay que dar a los signos de los tiempos (Lc 21,29-31)
(b) en la esperanza, fundada en la palabra de Jesús, que expulsa el miedo y la desesperanza (Lc 21,32-33).

• Lucas 21,29-31: Mirad la higuera y todos los árboles

Jesús manda mirar la naturaleza: "Mirad la higuera y todos los demás árboles. Cuando veis que echan brotes, sabéis que el verano está ya cerca. Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que el Reino de Dios está cerca”.

Jesús pide que la gente contemple los fenómenos de la naturaleza para aprender de ellos cómo leer e interpretar las cosas que están aconteciendo en el mundo. Los brotes en la higuera son una señal evidente de que el verano está llegando. Así también aquellas siete señales son la prueba de que “¡el Reino de Dios está cerca!” Hacer este discernimiento no es fácil.

Una persona sola no se da cuenta del mensaje. Es reflexionando juntos en comunidad que la luz aparece. Y la luz es ésta: experimentar en todo lo que acontece una llamada a no encerrarse en el momento presente, sino mantener el horizonte abierto y percibir en todo una flecha que apunta más allá, hacia el futuro.

Pero la hora exacta de la llegada del Reino nadie la sabe. En el evangelio de Marcos, Jesús llega a decir: "Cuanto a ese día o a esa hora, nadie la conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre." (Mc 13,32).

• Lucas 21,32-33: “Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”

Esta palabra de Jesús evoca la profecía de Isaías que decía: "Toda carne es hierba y toda su gloria como flor del campo. Sécase la hierba, marchítase la flor cuando pase sobre ella el soplo de Yahvé. Sécase la hierba, marchítase la flor, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre” (Is 40,7-8). La palabra de Jesús es la fuente de nuestra esperanza. ¡Lo que dice acaecerá!

• La venida del Mesías y el fin del mundo

Mucha gente vive preocupada con el fin del mundo. Algunos se basan en una lectura errada y fundamentalista del Apocalipsis de Juan, y llegan a calcular la fecha exacta del fin del mundo. En el pasado, a partir de los “mil años” mencionados en el Apocalipsis (Ap 20,7), la gente solía repetir: “¡El año 1000 pasó, pero el 2000 no pasará!” Por esto, en la medida en que se iba acercando el año 2000, muchos quedaban preocupados. Pero el año 2000 pasó y ¡el fin del mundo no llegó!

La misma problemática estaba viva en las comunidades cristianas de los primeros siglos. Ellas vivían en la expectativa de la venida inminente de Jesús. Jesús vendría a realizar el Juicio Final para terminar con la historia injusta del mundo acá abajo e inaugura una nueva fase de la historia, la fase definitiva del Nuevo Cielo y de la Nueva Tierra.

Pensaban que esto ocurriría dentro de una o dos generaciones. Mucha gente estaría con vida todavía cuando Jesús iba a aparecer glorioso en el cielo (1Ts 4,16-17; Mc 9,1). Y había hasta personas que habían dejado de trabajar, porque pensaban que la venida fuera cosa de pocos días o de semanas (2Tes 2,1-3; 3,11). Así pensaban.

Pero hasta ahora, la venida de Jesús ¡todavía no ha ocurrido! ¿Cómo entender esta demora? En las calles de la ciudad, la gente ve pintadas en las paredes las palabras ¡Jesús volverá! ¿Viene o no viene? ¿Y cómo será su venida? Muchas veces la afirmación “Jesús volverá” es usada para dar miedo a las personas y obligarlas a ir a una determinada iglesia.

En el Nuevo Testamento, el retorno de Jesús es siempre motivo de alegría y de paz. Para los explotados y oprimidos, la venida de Jesús es una Buena Noticia. ¿Cuándo vendrá? Entre los judíos, las opiniones eran muy variadas. Los saduceos y los herodianos decían: “¡Los tiempos mesiánicos llegaron ya!” Pensaban que su bienestar durante el gobierno de Herodes fuera expresión del Reino de Dios. Por esto, no querían cambio y estaban en contra de la predicación de Jesús que convocaba a la gente para cambiar y convertirse.

Los fariseos decían: “¡La llegada del Reino va a depender de nuestro esfuerzo en la observancia de la ley!” Los esenios decían: “El Reino prometido llegará sólo cuando hayamos purificado el país de todas las impurezas”.

Entre los cristianos había la misma variedad de opiniones. Algunos de la comunidad de Tesalónica en Grecia, apoyándose en la predicación de Pablo, decían: “¡Jesús volverá!” (1 Tes 4,13-18; 2 Tes 2,2). Pablo responde que no era tan simple como se lo imaginaban. Y a los que habían dejado de trabajar decía: “¡Quien no quiere trabajar, que no coma!” (2Tes 3,10).

Probablemente se trataba de gente que a la hora del almuerzo iba a mendigar comida a casa del vecino. Los cristianos opinaban que Jesús volvería después que el evangelio fuera anunciado al mundo entero (Hechos 1,6-11). Y pensaban que cuanto mayor fuera el esfuerzo de evangelizar, más rápidamente vendría el fin del mundo. Otros, cansados de esperar, decían: “¡No volverá!” (2 Pd 3,4). Otros basándose en las palabras de Jesús, decían con acierto: “¡Ya está en medio de nosotros!” (Mt 25,40).

Hoy pasa lo mismo. Hay gente que dice: “Como van las cosas, está bien tanto en la Iglesia como en la sociedad”. No quieren cambios. Otros esperan el retorno inmediato de Jesús. Otros piensan que Jesús volverá por medio de nuestro trabajo y anuncio. Para nosotros, Jesús está en medio de nosotros (Mt 28,20). El ya está de nuestro lado en la lucha por la justicia, por la paz, por la vida. Pero la plenitud no ha llegado todavía. Por esto, esperamos con firme esperanza la liberación total de la humanidad y de la naturaleza (Rom 8,22-25).

Fuente: ocarm.org

jueves, 26 de noviembre de 2015

Lucas 21,20-28: "Alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación"

Lucas 21,20-28
Jueves de la 34 Semana del Tiempo Ordinario I y II

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "Cuando veáis a Jerusalén sitiada por ejércitos, sabed que está cerca su destrucción. Entonces, los que estén en Judea, que huyan a la sierra; los que estén en la ciudad, que se alejen; los que estén en el campo, que no entren en la ciudad; porque serán días de venganza en que se cumplirá todo lo que está escrito. ¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días! Porque habrá angustia tremenda en esta tierra y un castigo para este pueblo. Caerán a filo de espada, los llevarán cautivos a todas las naciones, Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que a los gentiles les llegue su hora. Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues los astros se tambalearán. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y majestad. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación."

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Lucas 21,12-19: Claves de lectura

Lucas 21,12-19

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas."

— Claves de lectura

En el evangelio de hoy, que es la continuación del discurso iniciado ayer, Jesús enumera una señal más para ayudar las comunidades a situarse en los hechos y a no perder la fe en Dios, ni el valor para resistir contra los embates del imperio romano. Repetimos las cinco primeras señales del evangelio de ayer:

1a señal: los falsos mesías (Lc 21,8);
2a señal: guerras y revoluciones (Lc 21,9);
3a señal: nación contra otra nación, un reino contra otro reino, (Lc 21,10);
4a señal: terremotos en varios lugares (Lc 21,11);
5a señal: hambre, peste y señales en el cielo (Lc 21,11);

Hasta aquí el evangelio de ayer. Ahora, en el evangelio de hoy, hay una señal más:

6a señal: la persecución de los cristianos (Lc 21,12-19)

— Lucas 21,12. La sexta señal: la persecución

Varias veces Jesús avisó a los discípulos de que iban a ser perseguidos. Aquí, en el último discurso, repite lo mismo y hace saber que hay que tener en cuenta la persecución a la hora de discernir los signos de los tiempos: "Pero, antes de todo esto, os echarán mano y os perseguirán, os entregarán a las sinagogas y cárceles y os llevarán ante reyes y gobernadores por mi nombre; esto os sucederá para que deis testimonio”.

Y de estos acontecimientos, aparentemente tan negativos, Jesús había dicho: “No os aterréis; porque es necesario que sucedan primero estas cosas, pero el fin no es inmediato. " (Lc 21,9).

El evangelio de Marcos añade que todas estas señales son "¡apenas el comienzo de los dolores de parto!" (Mc 13,8) Ahora bien, los dolores de parto, aún siendo muy dolorosos para la madre, no son señal de muerte, sino de vida. ¡No son motivos de temor, sino de esperanza! Esta manera de leer los hechos daba mucha tranquilidad a las comunidades perseguidas.

Leyendo u oyendo estas señales, profetizadas por Jesús en el año 33, los lectores de Lucas de los años ochenta podían concluir: "Todas estas cosas están aconteciendo según el plan previsto y anunciado por Jesús. por tanto, la historia no se escapó de las manos de Dios. ¡Dios está con nosotros!

— Lucas 21,13-15: La misión de los cristianos en la época de la persecución

La persecución no es una fatalidad, ni puede ser motivo de desaliento o de desesperación, sino que hay que considerarla como una oportunidad, ofrecida por Dios, para que las comunidades lleven a cabo la misión de testimoniar con valor la Buena Noticia de Dios. Jesús dice: “esto os sucederá para que deis testimonio. Proponed, pues, en vuestro corazón no preparar la defensa, porque yo os daré una elocuencia y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios.”.

Por medio de esta afirmación, Jesús anima a los cristianos perseguidos que vivían angustiados. Hace saber que, aunque perseguidos, ellos tenían que cumplir una misión, a saber: dar testimonio de la Buena Noticia de Dios y así, ser una señal del Reino (Hechos 1,8). El testimonio valiente llevaría a la gente a repetir lo que dijeron los magos de Egipto ante las señales y el valor de Moisés y Aarón: “¡Aquí está la mano de Dios!” (Ex 8,15).

Conclusión: si las comunidades no deben preocuparse, si todo está en las manos de Dios, si todo estaba ya previsto por Dios, si todo no es que dolor de parto, entonces no hay motivo para quedarse preocupados.

— Lucas 21,16-17: Persecución dentro de la familia

“Seréis entregados por padres, hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros.”. La persecución no viene de fuera, de parte del imperio, sino que viene de dentro, de la familia misma. En una misma familia, unos aceptaban la Buena Noticia, otros no. El anuncio de la Buena Noticia producía divisiones en la misma familia. Había personas que, basándose en la Ley de Dios, llegaban a denunciar y a matar a sus propios familiares que se declaraban seguidores de Jesús (Dt 13,7-12).

— Lucas 21,18-19: La fuente de esperanza y de resistencia

“Pero no perecerá ni un cabello de vuestra cabeza. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”. Esta observación final de Jesús recuerda la otra palabra que Jesús había dicho: “¡ni un cabello de vuestra cabeza caerá!” (Lc 21,18). Esta comparación era una llamada fuerte a no perder la fe y a seguir firme en la comunidad. Confirma lo que Jesús había hecho en otras ocasiones: “Quien quiere salvar su vida, la pierde, pero aquel que pierde su vida por causa mía, la salvará” (Lc 9,24).

Fuente: ocarm.org

martes, 24 de noviembre de 2015

Lucas 21,5-19, por M. Dolors Gaja, MN

Lucas 21,5-19

En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo: "Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido."Ellos le preguntaron: "Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?"Él contesto: "Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: "Yo soy", o bien: "El momento está cerca; no vayáis tras ellos.Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico.Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida."Luego les dijo: "Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre.Habrá también espantos y grandes signos en el cielo.Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio.Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro.Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía.Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas."

Comentario de M. Dolors Gaja, MN

UNA MIRADA PROFUNDA

El Templo de Jerusalén era el orgullo de todo judío. Y una maravilla para todos. Pero frente a la majestuosidad, la imponente construcción y la gloria Jesús va más allá. Nada humano, ni el Templo con todo lo que significa, puede convertirse en referente total y absoluto de la persona. Porque Absoluto solo es Dios.

Hemos visto morir grandes civilizaciones, personas que eran el centro de un país, genios y artistas. Hace una generación todo el mundo conocía la sentencia: “sic transit gloria mundi” (así pasa la gloria del mundo). Pero resulta muy fácil encandilarse, buscar seguridades falsas (una persona, un movimiento religioso, un partido político…). El evangelio de hoy nos pide la libertad de tener como único referente en nuestra vida a Dios.

UN DISCERNIMIENTO

Oirás cantos de sirena. No los sigas. Seguir, sólo a Jesús. Para eso hay que tener un corazón atento y capacidad de discernimiento. Reflexionar y distinguir la verdad de la apariencia de verdad. “No os dejéis engañar”. Y ¿cómo distinguir?

La voz de Dios, dicen los santos, produce paz, alegría, sosiego. Aun cuando pueda ser muy exigente y hacer llorar el alma…queda un trasfondo de paz. Esa es la auténtica señal: el gozo. El resto son cantos de sirena.

DEL CAOS AL ORDEN

Confusión, guerra, terremotos, persecuciones…que el cristiano debe atravesar sin miedo, con la confianza puesta en Dios, abandonado a su amor. Porque ni un solo cabello nuestro perecerá…Dios es Dios de vida, todo lo que es muerte no viene de Él. Pongamos la mirada en Él.

LA PERSEVERANCIA SALVARÁ…EL ALMA.

Jesús vino a regalarnos la esperanza. Basta perseverar, ser constantes y tenaces. ¿En qué? Tan sólo en amar. Dios no quiere mis obras sino mi corazón.

Si lo pongo en sus manos…ya estoy salvado.  

Cristo Rey, por Hilari Raguer


Leían a Carlomagno el relato de la Pasión del Señor, y el emperador interrumpió la lectura diciendo: “¡Si hubiera estado yo allí con mis valientes soldados francos, Jesús no habría muerto!” El clérigo lector le contestó: “Entonces no estaríamos aún redimidos…”. Jesús recibió una doble sentencia de muerte: un tribunal judío lo condenó por considerarse Hijo de Dios y un tribunal romano por proclamarse rey.

Si ante los judíos se hubiese proclamado rey, no solo lo habrían absuelto sino que lo habrían reconocido como Mesías, tal como más de una vez habían intentado hacerlo. Si ante el tribunal romano se hubiese declarado Hijo de Dios, lo habrían absuelto por loco. Pero Jesús lo hizo todo al revés, se proclamó Hijo de Dios en el proceso judío y rey en el proceso político, y así ambos le condenaron a muerte.

El diálogo de Jesús ante Pilato según san Juan es de una gran riqueza doctrinal. Parece, a primera vista, que Jesús da una respuesta evasiva a la pregunta de si es el rey de los judíos: “¿Sale de ti, lo que me preguntas, o son otros los que te lo han dicho de mí?”. Pero es que la pregunta tenía un alcance muy distinto según de quien viniera.

En boca de los judíos, había que entenderla en el sentido religioso que tenían las profecías mesiánicas; en boca de Pilato, preguntaba por una soberanía política y militar, y en este sentido Jesús no era rey, y por esto precisa: “Mi realeza no es de este mundo”; si lo fuera, tendría un ejército que lo defendería. Ya en Getsemaní, cuando fue detenido, Jesús había dicho a Pedro, que trataba de defenderle con la espada: “¿Crees acaso que no podría yo pedir ayuda a mi Padre? Ahora mismo me enviaría más de doce legiones de ángeles”.

En cambio, en el sentido religioso sí que era rey. Por eso cuando Pilato insiste en preguntarle si es rey, Jesús responde que, en efecto, lo es, pero que su reino no es de este mundo y no consiste en conquistar pueblos por las armas e imponerles tributos, sino en dar testimonio de la verdad, y que sus súbditos no son tales por derecho de conquista, sino porque los que son de la verdad escuchan su voz. Su reino se extenderá por la fuerza de la verdad, no por la fuerza de legiones armadas. Jesús triunfa no matando sino muriendo, y sus apóstoles esparcen el evangelio por todo el mundo del mismo modo, dando testimonio de la verdad hasta la muerte.

Más de una vez ha caído la Iglesia (sobre todo en siglos pasados) en la tentación en entender el reino de Dios en aquella forma que Jesús rechazó expresamente ante Pilato y ha apelado a la fuerza de las armas para imponer el cristianismo. En tiempos más recientes, sin llegar a una contradicción tan flagrante, se ha caído en una tentación más sutil: confiar en el poder político y servirse del aparato del Estado y de sus recursos, en vez de poner la confianza en la fuerza del evangelio. El Vaticano II tuvo que recordar, tal como ya afirmaba la teología clásica, que la fe no puede ser auténtica si no es libre, y que por tanto no hay fe auténtica si no se respeta la libertad religiosa; no solo la nuestra, sino también la de los creyentes de otras religiones. El Papa Francisco, en Bolivia, pidió perdón por los crímenes de la conquista, aunque ésta fuera instrumento de la evangelización.

León XIII promulgó en 1882 la encíclica Cum multa tratando (sin éxito) de poner fin a las luchas entre los católicos españoles integristas y los liberales. Aquel Papa (el primero que afrontó valientemente el mundo contemporáneo salido de la Revolución francesa y repudió la secular alianza del trono y el altar) condenaba dos errores opuestos sobe el modo de entender la relación entre religión y política: el de los liberales, que las separaban totalmente, y el de los integristas, que las confundían. Dijo que así como hay que evitar el “impío error” de querer gobernar una nación sin tener en cuenta a Dios, “así también hay que huir de la equivocada opinión de los que mezclan y casi identifican la religión con un determinado partido político, hasta el punto de tener por separados del catolicismo a los que pertenecen a otro partido” (por eso los integristas llamaban “mestizos” a los católicos liberales).

Que el reino de Cristo no sea de este mundo no significa que no tenga nada que ver con él. Contra una espiritualidad desencarnada, el Magisterio de la Iglesia enseña que el cristianismo, además de transformar las personas, ha de redundar en la sociedad humana y en sus estructuras e instituciones. Tal es el sentido específico de la solemnidad de Cristo Rey, instituida por Pío XI (el Papa de la Acción Católica) en 1925.

Sin recaer en la tentación medieval de pretender un poder político directo o indirecto (las tres coronas de la tiara pontificia querían simbolizar su potestad espiritual directa sobre la Iglesia, la también directa sobre los estados pontificios y la indirecta sobre todos los reinos y estados), Pío XI proclamaba con esta fiesta que los cristianos no se han de encerrar en una concepción individualista y meramente espiritualista de la religión, sino que tienen el deber de contribuir a reformar la sociedad a fin de que se vuelva más justa, fraterna y solidaria, tal como ha explicado el Magisterio más reciente en encíclicas y otros documentos. Es lo que se ha llamado el “reinado social” de Cristo.

El magnífico prefacio de esta fiesta precisa muy bien a qué nivel se sitúa el Reino de Cristo: “Reino de verdad y de vida, Reino de santidad y de gracia, Reino de justicia, de amor y de paz”. He aquí los cuatro grandes valores que Juan XXIII, en su inmortal encíclica Pacem in terris, propuso a los cristianos, y también “a todos los hombres de buena voluntad”, como condición para alcanzar la verdadera paz: verdad, justicia, libertad y (sobre todo) amor.

+ SOBRE CRISTO REY

SOBRE EL AUTOR: Hilari Raguer nació en Madrid en 1928 de padres catalanes que regresaron a Barcelona en 1929. Licenciado en Derecho en la Universidad de Barcelona el 1950. Siendo estudiante perteneció al Grup Torras i Bages, de universitarios católicos, nacionalistas y antifranquistas, al que pertenecieron los que más tarde serían líderes políticos Jordi Pujol y Joan Reventós. Fue detenido en la huelga de tranvías de 1951 y estuvo preso en el castillo de Montjuïc siete meses y medio. En 1954 ingresó en el monasterio de Montserrat, donde fue ordenado sacerdote en 1960. En Montserrat ha sido profesor de Sagrada Escritura, Historia contemporánea de la Iglesia y otras materias. Estuvo en el monasterio benedictino de Envigado-Medellín (Colombia) en 1962-1964 y allí fue maestro de novicios, profesor de Sagrada Escritura y de Liturgia en el Seminario Mayor, en la Facultad de Teología de la Universidad Bolivariana y en el Instituto de Liturgia Pastoral del CELAM, así como encargado del Secretariado Nacional de Liturgia de Colombia. Es miembro del equipo internacional , dirigido por Giuseppe Alberigo, que ha editado una historia monumental del Concilio Vaticano II en cinco volúmenes.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Lucas 21,1-4 por fr. Domenico Sprecacenere, O.P.

Lucas 21,1-4
Lunes de la 34 Semana del Tiempo Ordinario, Año I

En aquel tiempo, alzando Jesús los ojos, vio unos ricos que echaban donativos en el arca de las ofrendas; vio también una viuda pobre que echaba dos reales, y dijo: "Sabed que esa pobre viuda ha echado más que nadie, porque todos los demás han echado de lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir."

— Estudio

Este relato evangélico cuenta con unos paralelos en Marcos 12,41-44 y en Lucas 21,1-4. En el paralelo de Marcos, se nos narra que la multitud echaba monedas en el Tesoro del Templo (gazofilacio). Este era el lugar donde se conservaban las riquezas que serían usadas para financiar las necesidades del templo y de los sacerdotes como de los pobres y las viudas.

En el Antiguo Testamento ser rico era considerado como un valor positivo. Era una condición establecida por la posesión de rebaños, descendencia y servidumbre, que eran dones de Dios, pero todo ello en un contexto donde la diferencia social entre ricos y pobres no constituía todavía un problema.

Es en el Nuevo Testamento donde el termino “rico” se comienza a identificar con una categoría de persona que posee bienes materiales y que ha concentrado la propia vida tras ellos, viviendo el gran riesgo de ser alejado de la escucha de Dios.

En el mismo evangelio de Lucas en el capítulo 18 dice: 25 Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja, que para un rico entrar en el Reino de Dios.

El término viuda en el Antiguo Testamento viene usado para indicar la mujer “privada” de su marido. Una mujer que vive en condiciones de indigencia. Son contadas entre los miembros del pueblo necesitados de protección, equiparadas en los textos con los niños y los extranjeros.

En el Nuevo Testamento la figura de la viuda continua siendo considerada del mismo modo, tanto que la comunidad asumirá la responsabilidad por ellas. De hecho encontramos lo siguiente al comienzo de la carta de Santiago 1, 27: La religión pura e intachable ante Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en su tribulación y conservarse incontaminado del mundo.

— Meditación

La mujer, habiendo depositado las dos monedas, se entregó de hecho toda ella en las manos de Dios. Toda sí misma, todo aquello que tenía para vivir. Puede ser útil traer a la mente el fragmento donde Jesús, en Marcos 8, 35, dice: “…quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”.

Contrario a esto, los ricos dan solo lo que para ellos es superfluo, teniendo siempre cerca lo necesario para vivir. Pensemos de nuevo en el fragmento de Mateo 19, 16-23: “16 Maestro ¿Qué he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna?”……21 Jesús le dijo: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos, luego sígueme”. 22 Al oír estas palabras, el joven se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes.

Pienso que nuestra “meditatio” pueda y deba concentrarse sobre la diferencia entre los dos modos de proceder. Aquel del que es atraído por el Señor, pero que permanece con el corazón ligado a los bienes materiales y entonces no logra dar todo de sí mismo, y aquél del que no es solo atraído del Señor, sino que hace de él la propia riqueza y la propia seguridad. Total confianza en él y en su providencia.

Añado solo un punto más sobre el que se podría reflexionar. Mateo 5, 3 nos dice: Felices los pobres en espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. ¡Quienes son estos pobres en espíritu sino aquellos que renuncian no solo a los propios bienes, sino también a una voluntad propia, llegando a hacer de la voluntad divina la propia! Creo poder afirmar que esto es lo máximo que cada de nosotros pueda “depositar” en nuestro gazofilacio cotidiano.

— Oración

Dios Padre, te suplicamos en nombre de Jesucristo que nos enseñes a vencer el miedo de morir a nosotros mismos, el miedo de desprendernos de los bienes materiales, para así poder dar aquel paso más hacia la verdad. Concédenos saber perseverar en el camino hacia la vida eterna confiando cada una de nuestras necesidades a tu divina Providencia, que jamás nos permitirá faltar de nada. En íntima unidad con tu Hijo, danos hoy cada cosa por la intercesión de María Santísima y de todos los santos.

Lucas 21,1-4 Claves de lectura

Lucas 21,1-4
Lunes de la 34 Semana del Tiempo Ordinario, Año I

En aquel tiempo, alzando Jesús los ojos, vio unos ricos que echaban donativos en el arca de las ofrendas; vio también una viuda pobre que echaba dos reales, y dijo: "Sabed que esa pobre viuda ha echado más que nadie, porque todos los demás han echado de lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir."

— Claves de lectura, por la Orden Carmelitana

En el Evangelio de hoy, Jesús elogia a una viuda pobre que sabe compartir más que los ricos. Muchos pobres de hoy hacen lo mismo. La gente dice: “El pobre no deja morir de hambre al pobre”. Pero a veces, ¡ni esto es posible! Doña Cícera que vivía en el interior de Paraíba, Brasil, se fue a vivir a la ciudad y decía: “En el campo, la gente era pobre, pero siempre había una cosita para dividirla con el pobre que llamaba a la puerta. ¡Ahora que estoy aquí, en la ciudad, cuando veo a un pobre que llama a la puerta, me escondo de vergüenza porque no tengo nada en casa para darle!” De un lado: gente rica que tiene todo, pero que no quiere compartir. Por el otro: gente pobre que no tiene casi nada, pero que quiere compartir lo poco que tiene.

Al comienzo de la Iglesia, las primeras comunidades cristianas, eran de gente pobre (1 Cor 1,26). Poco a poco fueron entrando también personas más ricas, lo cual trajo consigo varios problemas. Las tensiones sociales, que marcaban al imperio romano, empiezan a marcar también la vida de las comunidades. Esto se manifestaba, por ejemplo, cuando se reunían para celebrar la cena (1Cor 11,20-22), o cuando tenían reuniones (Santiago 2,1-4). Por esto, la enseñanza del gesto de la viuda era muy actual, tanto para ellos, como para nosotros hoy.

Lucas 21,1-2: La limosna de la viuda

Jesús estaba ante el arca del Templo y observaba cómo la gente iba echando su limosna. Los pobres echaban pocos centavos, los ricos monedas de gran valor. Los cofres del Templo recibían mucho dinero. Todos echaban algo para la manutención del culto, para el sustento del clero y la conservación del edificio. Parte de este dinero era usada para ayudar a los pobres, pues en aquel tiempo no había seguridad social. Los pobres vivían de la caridad pública. Las personas más necesitadas eran los huérfanos y las viudas. Dependían en todo de la caridad de los demás, pero así mismo, trataban de compartir con otros lo poco que poseían. Así, una viuda bien pobre, pone su limosna en el arca del Templo. ¡Nada más que dos centavos!

Lucas 21,3-4: El comentario de Jesús

¿Qué vale más: los pocos centavos de la viuda o las muchas monedas de los ricos? Para la mayoría, las monedas de los ricos eran mucho más útiles para hacer la caridad que los pocos centavos de la viuda. Los discípulos, por ejemplo, pensaban que el problema de la gente podía resolverse sólo con mucho dinero. Cuando la multiplicación de los panes, ellos habían sugerido comprar pan para dar de comer a la gente (Lc 9,13; Mc 6,37). Felipe llegó a decir: “¡Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno reciba un pedacito!” (Jn 6,7). De hecho, para aquel que piensa de esa manera, los dos centavos de la viuda no sirven para nada. Pero Jesús dice: “De verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que nadie”.

Jesús tiene criterios diferentes. Al llamar la atención de los discípulos hacia el gesto de la viuda, les enseña a ellos y a nosotros dónde debemos procurar ver la manifestación de la voluntad de Dios, a saber, en los pobres y en el compartir. Y un criterio muy importante es el siguiente: “Porque todos éstos han echado como donativo de lo que les sobra, ésta en cambio ha echado de lo que necesita, de todo lo que tiene para vivir.»

— Limosna, compartir, riqueza

La práctica de dar limosnas era muy importante para los judíos. Era considerada una “buena obra”, pues la ley del Antiguo Testamento decía: “Nunca dejará de haber pobres en la tierra; por esto te doy este mandamiento: abrirás tu mano a tu hermano, al necesitado y al pobre de tu tierra”. (Dt 15,11).

Las limosnas, colocadas en el arca del Templo, sea para el culto, sea para los necesitados, los huérfanos o las viudas, eran consideradas como una acción agradable a Dios (Eclo 35,2; cf. Eclo 17,17; 29,12; 40,24). Dar limosna era una manera de reconocer que todos los bienes y dones pertenecen a Dios y que nosotros no somos que administradores de esos dones. Pero la tendencia a la acumulación sigue muy fuerte. La conversión es necesaria siempre. Por eso Jesús dijo al joven rico: “Va, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres” (Mc 10,21). La misma exigencia se repite en los otros evangelios: “Vended vuestros bienes y dadlos en limosna: haceos bolsas que no se gastan, un tesoro inagotable en los cielos, adonde ni el ladrón llega ni la polilla roe” (Lc 12,33-34; Mt 6,9-20).

La práctica del compartir y de la solidaridad es una de las características que el Espíritu de Jesús quiere realizar en las comunidades. El resultado de la efusión del Espíritu en el día de Pentecostés fue éste: “No había entre ellos indigentes, pues cuantos eran dueños de haciendas o casas las vendían y llevaban el precio de lo vendido y lo depositaban a los pies de los apóstoles” (Hechos 4,34-35ª; 2,44-45).

Estas limosnas colocadas a los pies de los apóstoles no se acumulaban, sino que “y a cada uno se le repartía según su necesidad” (Hechos 4,35b; 2,45). La entrada de los ricos en las comunidades cristianas posibilitó, por un lado, una expansión del cristianismo, al ofrecer mejores condiciones para los viajes misioneros. Pero por otro lado la tendencia a la acumulación bloqueaba el movimiento de la solidaridad y del compartir.

Santiago ayudaba a las personas a que tomaran conciencia del camino equivocado: “Y vosotros los ricos, llorad a gritos por las desventuras que os van a sobrevenir. Vuestra riqueza está podrida; vuestros vestidos, consumidos por la polilla; vuestro oro y vuestra plata, comidos de orín.” (Sant 5,1-3). Para aprender el camino del Reino, todos debemos volvernos alumnos de aquella pobre viuda, que compartió con los demás hasta lo necesario para vivir (Lc 21,4).

Fuente: ocarm.org

domingo, 22 de noviembre de 2015

Juan 18,33b-37 Claves de lectura

Juan 18,33b-37   

En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús:
— ¿Eres tú el rey de los judíos?
Jesús le contestó:
— ¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?
Pilato replicó:
— ¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?
Jesús le contestó:
— Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.
Pilato le dijo:
— Conque, ¿tú eres rey?
Jesús le contestó:
— Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.

— Para situar el episodio en su contexto:

Estos pocos versículos nos ayudan a entrar más profundamente todavía en el relato de la Pasión y nos conducen a un lugar cerrado, apartado, donde Jesús se encuentra solo, cara a cara con Pilato: el pretorio. Aquí es interrogado, responde, pregunta, continúa revelando su misterio de salvación. Jesús se muestra como rey y como pastor.

El pasaje forma parte de una sección más amplia, comprendida entre los versículos 28-40 y relata el proceso de Jesús ante el Gobernador.

Después de una noche de interrogatorios, de golpes, desprecios y traiciones, Jesús es entregado al poder romano y condenado a muerte, pero precisamente en esta muerte se revela Rey y Señor, Aquel que ha venido a dar la vida, justo por nosotros injustos, inocente por nosotros pecadores.

— vv. 33-34: Pilato entra en el pretorio e interroga a Jesús: ¿Eres tú el rey de los judíos? Jesús no responde directamente sino que obliga a Pilato a poner en claro lo que tal realeza significa. Rey de los Judíos significa Mesías y es en cuanto Mesías como Jesús será juzgado y condenado.

— v. 35: Pilato parece responder con desprecio a lo que piden los judíos, quienes aparecen como acusadores de Jesús, los sumos sacerdotes y el pueblo, cada uno con su responsabilidad, como se lee en el prólogo: “Vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron” (Jn 1,11) Sigue después la segunda pregunta de Pilato a Jesús; “¿Qué has hecho?, pero no tendrá respuesta.

— v. 36: Jesús responde a la primera pregunta de Pilato y por tres veces usa la expresión: “Mi reino”. Aquí nos ofrece una explicación sobre lo que pueda ser el reino y la realeza de Jesús: no es de este mundo, sino del mundo venidero, no tiene guardias o ministros para la lucha, sino la entrega amorosa de la vida en las manos del Padre.

— v. 37: El interrogatorio vuelve a la pregunta inicial, a la que Jesús sigue dando respuesta afirmativa: “Yo soy rey”, pero explicando su origen y su misión. Jesús ha nacido para nosotros, ha sido enviado para nosotros, para revelarnos la verdad del Padre.

— Jesús, el Rey atado y entregado

Un verbo gramatical emerge con fuerza de estas líneas rebotando ya desde los primeros versículos del relato de la Pasión: el verbo entregar, pronunciado aquí primero por Pilato y después por Jesús.

La “entrega del Cristo” es una realidad teológica de extrema importancia. Puede ser útil recorrerlo de nuevo, buscándolo en los signos a través de las páginas de la Escritura. Ante todo, parece que es el mismo Padre quien entrega a su Hijo Jesús, como un don para todos y para siempre.

Leo en Rom. 8, 32: “ Dios, que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos ha de dar con Él todas las cosas?” Al mismo tiempo, sin embargo, veo que es Jesús mismo, en la suprema libertad de su amor, quien se entrega por nosotros; dice San Pablo: “Cristo nos ha amado y se ha entregado a sí mismo por nosotros”.(Ef 5, 2. 25), pero me acuerdo también de estas palabras de Jesús: “Yo ofrezco mi vida por las ovejas; ninguno me la quita, sino que yo la ofrezco por mi mismo” (Jn 10,18). Por tanto, esta entrega es voluntaria: de amor y de donación.

En los relatos evangélicos aparece enseguida la entrega malvada por parte de Judas, llamado por esto el traidor, el que dice a los sumos sacerdotes: “¿Cuánto queréis darme para que os lo entregue?” (Mt 26, 15; Jn 12, 4; 18, 2.5).

Después son los Judíos los que entregan Jesús a Pilato: “Si no fuese un malhechor no te lo hubiéramos entregado” (Jn 18,30.35) y Pilato representa a los gentiles, como Él había ya anunciado: “El Hijo del Hombre.... será entregado a los paganos” (Mc 10,33).

Finalmente Pilato lo entrega de nuevo a los judíos, para que sea crucificado (Jn 19, 16).

— Jesús, el Rey Mesías: el diálogo de Jesús con Pilato

Pilato primero llama a Jesús “el rey de los judíos” y después sólo “rey”, como si fuese un camino, una comprensión cada vez más plena y verdadera de Jesús.

“Rey de los Judíos” es una fórmula usada con gran riqueza de significado por el pueblo hebreo y reúne en sí el núcleo de la fe y de la esperanza de Israel: significa claramente el Mesías. Jesús es interrogado y juzgado poniéndose en el punto de mira si es o no es el Mesías. Jesús es el Mesías, el Siervo, enviado al mundo para realizar en su persona las palabras dichas por los profetas por la ley y por los salmos.

Es un rey atado, un rey entregado, arrojado fuera, despreciado; es un rey ungido para la batalla, pero ungido para perder, para ser sacrificado, para ser crucificado, inmolado como un cordero. Este es el Mesías: el rey que tiene como trono la cruz, como púrpura su sangre derramada, como palacio el corazón de los hombres.

— Jesús Rey mártir

“He venido para dar testimonio de la verdad”, dice Jesús, usando un término muy fuerte, que contiene en sí el significado de martirio, en griego. El testigo es un mártir, el que afirma con la vida, con la sangre, con todo lo que es y lo que tiene, la verdad en la cree. Jesús atestigua la verdad, que es la palabra del Padre (Jn 17,17).

Fuente: ocarm.org

sábado, 21 de noviembre de 2015

Imágenes de Cristo Rey








Monumentos a Cristo Rey

Monumento a Cristo Rey
Sunland Park, New Mexico (USA)


Monumento a Cristo Rey
Santuario de Cristo Rey
Cerro del Cubilete, Guanajuato (México)


Monumento a Cristo Rey
Pachuca de Soto, México

Monumento a Cristo Rey
Almada, Portugal

Monumento a Cristo Rey
Cali, Colombia

Monumento a Cristo Rey
Sahuayo de Morelos, Michoacán (México)

Monumento a Cristo Rey
Swiebodzin, Polonia

Monumento a Cristo Rey
Veganzones, Segovia (España)


Juan 18,33b-37: "¿Eres tú el rey de los judíos?"

Juan 18,33b-37
Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Año B

En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús:
— ¿Eres tú el rey de los judíos?
Jesús le contestó:
— ¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?
Pilato replicó:
— ¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?
Jesús le contestó:
— Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.
Pilato le dijo:
— Conque, ¿tú eres rey?
Jesús le contestó:
— Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.

SOBRE EL MISMO TEMA:
Claves de lectura
Cristo Rey en la liturgia y el arte cristianos
Francisco González, SF.,
José Antonio Pagola
Julio César Rioja

Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, Año B, por Julio César Rioja

Daniel 7,13-14
Salmo 92,1-2.5
Apocalipsis 1,5-8
Juan 18,33b-37

Daniel 7,13-14

Mientras miraba, en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él. Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin.

Salmo 92,1-2.5: El Señor reina, vestido de majestad

El Señor reina, vestido de majestad,
el Señor, vestido y ceñido de poder.
R. El Señor reina, vestido de majestad

Así está firme el orbe y no vacila.
Tu trono está firme desde siempre,
y tú eres eterno.
R. El Señor reina, vestido de majestad

Tus mandatos son fieles y seguros;
la santidad es el adorno de tu casa,
Señor, por días sin término.
R. El Señor reina, vestido de majestad

Apocalipsis 1,5-8

Jesucristo es el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra. Aquel que nos ama, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén. Mirad: Él viene en las nubes. Todo ojo lo verá; también los que lo atravesaron. Todos los pueblos de la tierra se lamentarán por su causa. Sí. Amén. Dice el Señor Dios: «Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que viene, el Todopoderoso.»

Juan 18,33b-37

En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús:
— ¿Eres tú el rey de los judíos?
Jesús le contestó:
— ¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?
Pilato replicó:
— ¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?
Jesús le contestó:
— Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.
Pilato le dijo:
— Conque, ¿tú eres rey?
Jesús le contestó:
— Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.

— Comentario por  Julio César Rioja, cmf

Acabamos el año litúrgico y la Iglesia nos invita a hacer un resumen de todo este tiempo, proclamando a Jesucristo como Rey, el centro de nuestra fe. Es verdad que en Viernes Santo, en la Pascua, en la Ascensión y sobre todo en cada Eucaristía, sentimos a Jesús como el Señor de nuestra vida. Pero hoy queremos evidenciar que él es el que da sentido a la historia, el universo, la comunidad y nuestra propia existencia.

Jesús no es un rey, ni tiene poder político, no es un escriba, ni un sacerdote. Lo suyo no es enseñar una doctrina religiosa, ni explicar la ley de Dios, ni asegurar el culto de Israel. Es un profeta itinerante de Galilea, que anuncia un acontecimiento, algo que está ocurriendo y que pide ser escuchado y atendido, pues lo puede cambiar todo. Él lo está experimentando e invita a todos a compartir esta experiencia.

Dios está tratando de introducirse en la historia humana. Hay que cambiar y vivirlo todo de manera diferente: “El Reino está cerca. Cambiad de manera de pensar y creed en esa Buena Noticia”. A esto Jesús lo llamó el Reino de Dios y es el corazón de su mensaje y la pasión que animó toda su vida. Este es el sentido del Reino.

Pero esto no lo entiende Pilato, ni nosotros aún hoy, el se resistió siempre a ser proclamado rey por sus partidarios y les exigirá a los apóstoles que no sean como los reyes y gobernantes, que hacen sentir su autoridad, sino que se comporten como los servidores de todos. El cartel de la cruz INRI (Jesús Nazareno, rey de los judíos), es una ironía. Podemos decir que su reino es la vida tal como la quiere construir Dios. Y a nosotros nos parece más importante, saber que hemos de pensar de Dios, cómo cumplir sus mandatos, cómo ofrecerle un culto agradable. Jesús, por su parte, sólo buscaba una cosa: que hubiera en la tierra hombres y mujeres, que comenzaran a actuar como actúa Dios. ¿Cómo sería la vida, si la gente, el mundo, el universo, la historia se pareciera más a como Dios la imagino y creo?

Jesús le confirma a Pilato que su reinado es de otro estilo: “Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos”. Por lo tanto, Jesús es rey, pues: “Para esto he nacido y para esto he venido al mundo”. Pero la palabra “rey” tiene en sus labios un significado completamente distinto. En efecto, para él ser rey significa: “Dar testimonio de la verdad”. Y sus súbditos son quienes escuchan su palabra de verdad, la Verdad del Padre.

A partir de este rey coronado de espinas, burlado por los soldados y asesinado en una cruz de esclavos. No nos avergoncemos de un Cristo perseguido y muerto por ser testigo de la Verdad: “la Verdad nos hará libres”. “Todo el que es de la Verdad, escucha mi voz”, el que con corazón sincero mira a este rey tan singular y acepta su camino de humildad y renuncia, pertenece a su reino. “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y lo demás se os dará por añadidura”, cuanto entretenimiento en las añadiduras, en pensar que el reino lo acaparamos nosotros, o la Iglesia. El reino es universal, consiste en la soberanía del amor y engendra una nueva raza de hombres basada en la misericordia y la compasión.

Este es también el resumen, de todas las homilías que os he ido transmitiendo durante todo este ciclo litúrgico, algunos han podido pensar que recurrir al reino es escaparse, pero si lo miráis bien es mucho más exigente.

Celebremos este domingo con sencillez, sabiendo que el amor vencerá sobre el odio, la paz a la guerra, la humildad sobre el orgullo, el servicio fraterno sobre el individualismo. Y recemos con la segunda lectura del Apocalipsis: “A Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra. A aquel que nos amó, nos ha liberado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre, a Él, la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén”.