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domingo, 1 de octubre de 2023

Mateo 21,28-32: Parábola de los dos hijos

Mateo 21,28-32


En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: "Hijo, ve hoy a trabajar en la viña." Él le contestó: "No quiero." Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: "Voy, señor." Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?» Contestaron: «El primero.»  Jesús les dijo: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis.»

COMENTARIOS:

Mateo 21, 28-32: Las prostitutas en el Reino

Mateo 21,28-32

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Llegándose al primero le dijo: “Hijo, vete hoy a trabajar en la viña”. Y él respondió: “No quiero”, pero después se arrepintió y fue. Llegándose al segundo, le dijo lo mismo. Y él respondió: “Voy, Señor”, y no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?». «El primero», le dicen. Díceles Jesús: «En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas llegan antes que vosotros al Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros por camino de justicia, y no creísteis en él, mientras que los publicanos y la prostitutas creyeron en él. Y vosotros ni viéndolo os arrepentisteis después para creer en él».

Comentario del P. Raniero Cantalamessa:

En la parábola, el hijo que dice sí y no obedece representa a aquellos que conocían a Dios y seguían su Ley, pero después en la práctica, cuando se ha tratado de acoger a Cristo, que era «el fin de la Ley», se han echado atrás. El hijo que dice no y obedece representa a los que en un tiempo vivían fuera de la Ley y de la voluntad de Dios, pero después, ante Jesús, se han arrepentido y han acogido el Evangelio. Leída hoy, la parábola de los dos hijos dice que para Dios las palabras y las promesas cuentan poco si no se siguen de las obras.

Sin embargo, explicado el contenido central de la parábola, es necesario aclarar la extraña conclusión que Jesús saca de ella: «Los publicanos y las prostitutas llegan antes que vosotros al Reino de Dios»

De ninguna expresión de Cristo se ha abusado más que de ésta. Se ha acabado por crear a veces una especie de aura evangélica en torno a la categoría de las prostitutas, idealizándolas y oponiéndolas a los llamados juiciosos, que serían todos, indistintamente, escribas y fariseos hipócritas. 

La literatura está llena de prostitutas «buenas». ¡Basta con pensar en la Traviata de Verdi, o en la apacible Sonia de Crimen y castigo de Dostojevski! Pero hay un terrible malentendido. Jesús pone un caso límite, como para decir: «Hasta las prostitutas –que lo dice todo– os precederán en el Reino de Dios». No nos damos cuenta, además, de que idealizando la categoría de las prostitutas se llega a idealizar también a la de los publicanos que siempre la acompaña en el Evangelio, esto es, la de los usureros.

Sería trágico si esa parábola del Evangelio hiciera a los cristianos menos atentos a combatir el fenómeno degradante de la prostitución. Jesús tenía demasiado respeto por la mujer como para no sufrir, Él primero, viéndola reducida a prostituta. Si la aprecia no es por su manera de vivir, sino por su capacidad de cambiar y de poner al servicio del bien la propia capacidad de amar. El Evangelio no empuja pues a campañas moralistas contra las prostitutas, pero tampoco a bromear con el fenómeno, como si fuera cosa de nada.

Hoy, entre otras cosas, la prostitución se presenta bajo una forma nueva que logra hacer dinero a manos llenas, sin los riesgos que siempre han corrido las pobres mujeres en la calle. Esta forma consiste en ver el propio cuerpo con la tranquilidad de estar tras una máquina fotográfica o una videocámara. Lo que la mujer hace –o es obligada a hacer– cuando se presta a la pornografía y a ciertos excesos de la publicidad es vender el propio cuerpo. Es una forma de prostitución peor, en cierto sentido, que la tradicional, porque no respeta la libertad y los sentimientos de la gente, imponiéndose a menudo públicamente, sin que nos podamos defender de ello.

Fenómenos así suscitarían hoy en Cristo la misma cólera que mostraba por los hipócritas de su tiempo. Porque se trata precisamente de hipocresía. Fingir que todo está en su sitio, que es inocuo, que no existe trasgresión alguna, ni peligro para nadie, dándose hasta un cierto –estudiado– aire de inocencia e ingenuidad al arrojar el propio cuerpo al pasto de la concupiscencia de otros.

Pero traicionaría el espíritu del Evangelio si no sacara a la luz la esperanza que esa parábola de Cristo ofrece a las mujeres que por las circunstancias más diversas (frecuentemente por desesperación) se han visto en las calles, víctimas la mayoría de las veces de explotadores sin escrúpulos. El Evangelio es «evangelio», esto es, buena noticia, anuncio de rescate, de esperanza, también para las prostitutas. Es más, tal vez primero que nada para ellas. Jesús ha querido que fuera así.


sábado, 18 de febrero de 2023

Mateo 5,38-48: Amor a los enemigos

"Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pues yo os digo: no resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra: al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto; y al que te obligue a andar una milla vete con él dos. A quien te pida da, y al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda. "Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo  y odiarás a tu enemigo.  Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan,  para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos?  Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial.

SOBRE EL MISMO TEMA:
por Adsis


Imágenes del Evangelio:




domingo, 30 de octubre de 2022

Sobre los publicanos

 



Sobre Mateo, el publicano:

Zaqueo, el publicano:

Parábola del fariseo y el publicano:



Lucas 18,9-14: Parábola del fariseo y el publicano

Lucas 18,9-14


9 Y refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, 
   dijo también esta parábola: 
10 "Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano. 
11 El fariseo, de pie, oraba en voz baja: 
     "Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, 
     que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. 
12 Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas". 
13 En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, 
     no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, 
     sino que se golpeaba el pecho, diciendo: 
     "¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!"
14 Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. 
     Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado".


SOBRE EL MISMO TEMA:

Lucas 5,27-32: Jesús llama a Leví

Lucas 5,27-32 

En aquel tiempo, Jesús vio a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: "Sígueme." Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. Leví ofreció en su honor un gran banquete en su casa, y estaban a la mesa con ellos un gran número de publicanos y otros. Los fariseos y los escribas dijeron a sus discípulos, criticándolo: "¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?" Jesús les replicó: "No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan."

Mateo 9,9-13: Jesús llama a Mateo



Mateo 9,9-13

Viernes de la 13 Semana del Tiempo Ordinario, Año III
21 de septiembre: San Mateo, Apóstol y Evangelista

En aquel tiempo vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: "Sígueme". El se levantó y lo siguió. Y estando en la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos. Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: "¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?" Jesús lo oyó y dijo: "No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa "misericordia quiero y no sacrificios": que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores".

SOBRE EL MISMO TEMA

sábado, 29 de octubre de 2022

¿Quiénes son los publicanos en el Nuevo Testamento?

Publicano, en los Evangelios, se deriva de publicanus de la Vulgata, y hace referencia a un miembro o empleado de las compañías financieras que arrendaban a los romanos la recolección de impuestos. 

Desde el tiempo de la República el estado romano se solucionó el problema de cobrar los impuestos en las provincias usando el método de ponerlos en subasta. El licitador más alto recibía autorización para exigir la suma de la provincia en cuestión. Tal sistema originaba oportunidades para las actividades corruptas de la compañía encargada de recaudar los impuestos y sus oficiales. 

Debido al odio natural e impotente de los judíos a los invasores romanos, aquellos judíos que se lucraban sirviendo a los gobernantes extranjeros eran objeto de la repulsa de sus paisanos. 

En los relatos evangélicos, los publicanos forman un grupo unido al de los “pecadores” y a los “paganos”. La actitud de Jesús hacia ellos, así como hacia otros grupos despreciados, es la de empatía. Un reproche que hacían a Jesús los escribas y fariseos, era su amistad y asociación con publicanos y pecadores. 

Consistentemente con esta conducta, Jesús llamó a Leví, o Mateo, el Publicano, para unirse al grupo de los apóstoles (Mt 9,9).

Los publicanos en los Evangelios

Mateo 9,10: Jesús llama a Mateo. Come en su casa y los fariseos se escándalizan ante los discípulos de Jesus porque come con publicanos y pecadores.

Mateo 21,31: “Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de los Cielos. Porque vino a vosotros Juan y no le creísteis; pero los publicanos y las rameras le creyeron; y vosotros, viendo esto, no os arrepentisteis después para creerle”.

Lucas 7:34: "Vino Juan el Bautista, que ni comía ni bebía, y dijisteis que tenía un demonio; vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: Mirad qué comilón y qué borracho, amigo de publicanos y pecadores".

Lucas 18,9-14: Parábola del fariseo y el publicano.


Lucas 19,1-10: La salvación de Zaqueo, por el papa Francisco


Jesús entró en Jericó e iba atravesando la ciudad. Vivía en ella un hombre rico llamado Zaqueo, jefe de los que cobraban impuestos para Roma. Quería conocer a Jesús, pero no conseguía verle, porque había mucha gente y Zaqueo era de baja estatura. Así que, echando a correr, se adelantó, y para alcanzar a verle se subió a un árbol junto al cual tenía que pasar Jesús.
Al llegar allí, Jesús miró hacia arriba y le dijo:
— Zaqueo, baja en seguida porque hoy he de quedarme en tu casa.
Zaqueo bajó aprisa, y con alegría recibió a Jesús. Al ver esto comenzaron todos a criticar a Jesús, diciendo que había ido a quedarse en casa de un pecador.  Pero Zaqueo, levantándose entonces, dijo al Señor:
— Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes; y si he robado algo a alguien, le devolveré cuatro veces más.
Jesús le dijo:
— Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque este hombre también es descendiente de Abraham. Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que se había perdido.

Comentario por el papa Francisco
"La salvación de Zaqueo"

El papa Francisco, como cada domingo, se ha asomado a la ventana del estudio en el Palacio Apostólico del Vaticano, para rezar el ángelus con los fieles y los peregrinos reunidos en la plaza de San Pedro. Estas son las palabras del Santo Padre para introducir la oración mariana:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de hoy nos presenta un hecho sucedido en Jericó, cuando Jesús llegó a la ciudad y fue acogido por la multitud (cfr Lc 19,1-10). En Jericó vivía Zaqueo, el jefe de los “publicanos”, es decir, de los recaudadores de impuestos.

Zaqueo era un colaborador rico de los odiados ocupantes romanos, un explotador de su pueblo. También él, por curiosidad, quería ver a Jesús, pero su condición de pecador público no le permitía acercarse al Maestro; aún más, era de baja estatura; por eso sube a un árbol, una higuera, en el camino por donde Jesús tenía que pasar.

Cuando llega cerca de ese árbol, Jesús levanta la mirada y le dice: Zaqueo, baja en seguida porque hoy he de quedarme en tu casa” (v. 5). ¡Podemos imaginar el estupor de Zaqueo!

¿Pero por qué Jesús dice ‘he de quedarme en tu casa’? ¿De qué deber se trata? Sabemos que su deber supremo es realizar el diseño del Padre sobre la humanidad, que se cumple en Jerusalén con su condena a muerte, la crucifixión y, al tercer día, la resurrección. Es el diseño de salvación de la misericordia del Padre. Y en este diseño está también la salvación de Zaqueo, un hombre deshonesto y despreciado por todos, y por eso necesitado de conversión. De hecho, el Evangelio dice que, cuando Jesús lo llamó, “comenzaron todos a criticar a Jesús, diciendo que había ido a quedarse en casa de un pecador” (v. 7).

El pueblo ve en él un villano, que se ha enriquecido a costa del prójimo. Y si Jesús hubiera dicho “baja tú, explotador, traidor del pueblo y ven a hablar conmigo para hacer cuentas’ seguro el pueblo hubiera aplaudido. Pero aquí comenzaron a murmurar (=escándalo). Jesús va a su casa, el pecador, el explotador.

Pero Jesús, guiado por la misericordia, le buscaba precisamente a él. Y cuando entra en casa de Zaqueo dice: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque este hombre también es descendiente de Abraham. Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que se había perdido” (vv. 9-10).

La mirada de Jesús va más allá de los pecados y los prejuicios; y esto es importante  y debemos aprenderlo. Jesús ve a la persona con los ojos de Dios, que no se detiene en el mal pasado, sino que ve el bien futuro; no se detiene a las apariencias, sino que mira al corazón. Y aquí ha mirado el corazón herido de este hombre, herido del pecado, la avaricia, cosas feas que había hecho Zaqueo y mira este corazón herido y va ahí.

A veces tratamos corregir y convertir a un pecador reprochándole, echándole en cara sus errores y su comportamiento injusto. La actitud de Jesús con Zaqueo nos indica otro camino: el de mostrar a quien se equivoca su valor, ese valor que Dios continúa viendo a pesar de todo. A pesar de todos sus errores. Esto puede provocar una sorpresa positiva, que enternece el corazón y empuja a la persona a sacar lo bueno que tiene. Es el dar confianza a las personas que le hace crecer y cambiar.

Así se comporta Dios con todos nosotros: no está bloqueado por nuestro pecado, sino que lo supera con el amor y nos hace sentir la nostalgia del bien. Y esto, todos hemos sentido esta nostalgia del bien después de un error. Y así hace nuestro Padre Dios, así hace Jesús. No existe una persona que no tiene algo bueno. Esto mira Dios para sacarlo del mal.

Lucas 19,1-10: Escandalizar a la multitud, por Julio González, SF.


Jesús llegó a Jericó y comenzó a cruzar la ciudad. Resulta que había allí un hombre llamado Zaqueo, jefe de los recaudadores de impuestos, que era muy rico. Estaba tratando de ver quién era Jesús, pero la multitud se lo impedía, pues era de baja estatura. Por eso se adelantó corriendo y se subió a un árbol para poder verlo, ya que Jesús iba a pasar por allí.
Llegando al lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo:
—Zaqueo, baja en seguida. Tengo que quedarme hoy en tu casa.
Así que se apresuró a bajar y, muy contento, recibió a Jesús en su casa.
Al ver esto, todos empezaron a murmurar:
- Ha ido a hospedarse con un pecador.
Pero Zaqueo dijo resueltamente:
—Mira, Señor: Ahora mismo voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si en algo he defraudado a alguien, le devolveré cuatro veces la cantidad que sea.
—Hoy ha llegado la salvación a esta casa —le dijo Jesús—, ya que éste también es hijo de Abraham. Porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.

Comentario de Julio González, S.F:
Escandalizar a la multitud

En este episodio Jesús escandaliza no solamente a los fariseos y escribas (maestros de la ley) sino también a la multitud, al ciudadano de a pie. Cuando Jesús se "autoinvitó" a la casa de Zaqueo, jefe de los recaudadores de impuestos, los ciudadanos explotados se sintieron defraudados y ofendidos. Jesús iba a la "guarida" de Zaqueo. Para algunos, entrar en la casa de Zaqueo, significaba reconocer el modo de vida de este indeseable.

Zaqueo era odiado por el pueblo. Jesús sabía que comer en su mesa era un gesto incomprensible para la mayoría. Además, Zaqueo podía malinterpretar aquella comida.

Ahora no me preocupa que muchos se escandalizaran del comportamiento de Jesús en aquel tiempo; lo que me preocupa es que todavía hoy algunos hijos e hijas de la Iglesia sigan escandalizándose de esos gestos. En el gesto de entrar en la casa de un pecador y comer con él, siempre habrá un misterio que no podemos comprender del todo. Porque Jesús no llama a Zaqueo para recriminarle su manera de vivir y oír su confesión. ¡Claro que Zaqueo puede está contento! La presencia de Jesús en su casa le trae honra (¿justificación?) y, por eso, los ciudadanos explotados se escandalizan.

Pero Zaqueo está de buenas y habla utilizando el corazón en vez de la cabeza: "Mira, Jesús, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes y si en algo he defraudado a alguien, le devolveré cuatro veces la cantidad".

Ahora nos podemos hacer una idea de la riqueza de Zaqueo. Dar cuatro veces la cantidad que ha defraudado nos muestra que Zaqueo era inmensamente rico. Los recaudadores eran profesionales en sacar provecho de los impuestos a los ciudadanos, pues vivían de eso. Y Zaqueo era el jefe.

Este episodio me hace imaginar que las mil familias más ricas del planeta dan la mitad de sus fortunas a los pobres y cuatro veces la cantidad que han esquilmado a los trabajadores de sus industrias, empresas y mercados. Entonces, me digo, un mundo mejor es posible para los pobres. Sin embargo, la respuesta de Jesús no va en esa dirección, sino que otra vez se centra en Zaqueo y en su familia: "Hoy ha llegado la salvación a esta casa".


sábado, 22 de octubre de 2022

DOMINGO DE LA 30 SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo C (Lecturas)

Eclesiástico 35:12-14.16-18 
Salmo 34: Si el afligido invoca al Señor, El lo escucha
2 Timoteo 4:6-8,16-18
Lucas 18:9-14


Eclesiástico 35, 12-14.16-18

El Señor es un Dios justo, que no puede ser parcial; no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido; no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja; sus penas consiguen su favor, y su grito alcanza las nubes; los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansan; no ceja hasta que Dios le atiende, y el juez justo le hace justicia.

Salmo 33: Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren.
R. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha

El Señor se enfrenta con los malhechores,
para borrar de la tierra su memoria.
Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias.
R. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha

El Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos.
El Señor redime a sus siervos,
no será castigado quien se acoge a él.
R. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha


2 Timoteo 4,6-8.16-18

Querido hermano: Yo estoy a punto de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida. La primera vez que me defendí, todos me abandonaron, y nadie me asistió. Que Dios los perdone. Pero el Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. Él me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.


En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: "Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: "¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo. "El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador. "Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido."

sábado, 15 de octubre de 2022

Mateo 18,15-20: La corrección fraterna

Mateo 18,15-20 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»

jueves, 13 de octubre de 2022

Lucas 18,9-14: Oración del fariseo y el publicano; el templo y Reino de Dios



La parábola del publicano y el fariseo viene a reforzar la idea central de la parábola del buen samaritano. La llegada del buen samaritano al lugar donde yace la persona malherida (lugar teológico del Evangelio y de la vocación) cuestiona la mentalidad y comprensión del Reino de Dios de los contemporáneos de Jesús. Lo mismo ocurre en la parábola del publicano y el fariseo, cuya oración repite casi literalmente oraciones de la época: "Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano".

El publicano (recaudador de impuestos) forma parte de un grupo de hombres rechazado por los guardianes del templo (sacerdotes) y de la ley mosaica (fariseos). Se “mantenía a distancia” porque se sabía excluido. El lugar desde donde el publicano reza no es una muestra de humildad sino en un reconocimiento de su pecado.

Tanto el fariseo como el publicano asumen un comportamiento acorde a lo que se espera de ellos: el fariseo está cómodo y confiado en el espacio que ocupa en el templo, mientras que el publicano “se golpeaba el pecho”, diciendo: "¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!"

Jesús finaliza la parábola de una manera sorprendente: “Les aseguro que este último (publicano) volvió a su casa justificado, pero no el primero (fariseo).” Estas palabras debieron escandalizar a muchos oyentes. Cuando Jesús llama al también publicano Zaqueo, sabemos que restituyó con creces el dinero de sus conciudadanos, sin embargo, esta parábola finaliza sin que el recaudador de impuestos haya pensado en cómo restituir lo robado. La enseñanza de la parábola se muestra entonces en toda su claridad: el Reino de Dios no se hace presente en un Templo donde los fariseos se sienten cómodos y los pecadores imploran piedad.

Fuente: Thomas Keating O.C.S.O, Meditaciones sobre las Parábolas de Jesús.

miércoles, 12 de octubre de 2022

Lucas 18:9-14: La actitud del que ora, por M. Dolors Gaja, M.N.



Comentario por M. Dolors Gaja, MN

Lucas insiste a lo largo de todo el evangelio en la necesidad de orar. Y en este relato se nos dice, además, cómo debemos orar, qué actitud es precisa para orar de verdad.

Tradicionalmente se llama a este fragmento “parábola del fariseo y el publicano”; no obstante, no se trata de una parábola (una realidad de la tierra que nos habla de una del cielo) sino de un “relato ejemplar”. En los relatos ejemplares se suelen presentar parejas opuestas (bueno-malo) y los rasgos se exageran para poner de relieve el mensaje. Es lo que hace Jesús.

La intención

Jesús es Maestro por excelencia. Tiene un mensaje claro pero sabe adaptarlo al público que tiene delante. Y en este momento habla a un grupo que se tiene por justo, por santo, por recto... Y como consecuencia inmediata de tanta seguridad, ese grupo desprecia a todos los que no piensan como ellos, los que no hacen como ellos, los que no son como ellos. Se han convertidos en poseedores de la verdad. Y a mí me recuerda que esa corriente también existe en la Iglesia, que hay grupos potentes “más papistas que el Papa”, y gente que siempre tiene una receta para todo. Leamos esta “parábola” identificándonos con el fariseo.

El fariseo

Cumplidor de la Ley hasta el extremo sube al Templo a orar. Pero su mirada no se dirige a Dios sino a él mismo: da gracias por no ser como el otro, los otros, da gracias por todo lo que hace.

Repito que Jesús exagera y Lucas incluso subraya maliciosamente que oraba “de pie” cuando en el mundo judío es una postura normal. Pero Lucas lo subraya porque lo que estaba erguido era el corazón

Quizá no nos identificamos mucho con el fariseo porque la exageración parece que no va con nosotros. Pero atendamos la mirada y preguntémonos si cuando oramos nuestro corazón se centra en Dios o si es un momento para hablar – y sólo hablar – de mis problemas, mis deseos, mis miedos, mis éxitos, mis buenos propósitos, mi vocación, mi matrimonio…mi…mi…

El fariseo es un nuevo Narciso que no alaba a Dios porque ya se alaba a sí mismo. Y no olvidemos que nuestra sociedad fomenta el narcisismo, así que alerta. Por otra parte, el fariseo parece entender que la bondad o santidad dependen del cumplimiento de una serie de leyes y eso le aleja de Dios.

El publicano

No es, desde luego, “el bueno”. Usurero, injusto, ladrón (encima parece que era adúltero pues lo más seguro es que el fariseo supiera la vida y milagros del publicano), todo lo que dice el fariseo era lo habitual en los publicanos. Además eran colaboracionistas romanos, traidores a la patria etc etc.

Pero la gran diferencia es que el publicano tiene conciencia de su pecado. Y “conoce” lo suficiente a Dios como para pedirle que se compadezca de Él. Su inteligencia emocional, diríamos hoy, es bastante más sana que la del fariseo. Este publicano sabe cómo es él y cómo es Dios; el fariseo ni se conoce a sí mismo ni conoce a Dios. Es por tanto incapaz de orar. En cambio el publicano es apto para orar porque parte de su realidad…y no se preocupa de los otros. Conocerse a sí mismo es el principio de toda sabiduría. Si el publicano es elogiado no lo es, desde luego, por el mal que hace, pero sí por su capacidad de reconocerlo y sentir dolor por ello.

Me temo que estamos formando muchos fariseos. Queriendo privar a los niños de un sentimiento de culpa (que puede ser muy sano) los hemos casi convencido de que todo está bien. A lo sumo, cometen errores. Son muchas las personas – niños y adultos – que no saben de qué confesarse. Si es así, uno mismo se coloca en el lugar del fariseo. La Palabra de Dios es tajante en ese sentido. Ante Dios uno sólo puede sentirse pecador…y pecador amado. Los cristianos no somos otra cosa que pecadores con vocación de santos.

El evangelio termina con una sentencia que recuerda el Magnificat de María: “Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes”. María y este publicano coincidían. ¿Coincido yo y tengo esa misma relación con Dios? 

Lucas 18:9-14: Estar seguro de uno mismo, por Hilari Raguer OSB


Comentario por Hilari Raguer, OSB

El publicano bajaba de la colina del Templo justificado, es decir, consciente de que había llegado a ser amigo de Dios. Bajaba alegre, mirando al cielo y saludando hasta a los desconocidos. Era el prototipo del hombre que acaba de recibir la buena noticia del evangelio, y que se la ha creído. Aquella noche no durmió de la alegría.

El fariseo bajaba de la colina del Templo desconcertado. No entendía la lógica de Dios. Él siempre había tenido horror al puro ritualismo. Estaba convencido de que las ofrendas en el Templo no serían gratas a Dios si no cumplía sus mandamientos o si ofendía a un hermano. Había subido al Templo con la ilusión de presentar a Dios, junto con el sacrificio litúrgico del cordero ritual, el sacrificio existencial de su buen comportamiento personal, familiar y profesional. No había pedido ningún favor egoísta. Ni siquiera había hecho ostentación de sus buenas obras, como si le hicieran merecedor de grandes recompensas, sino que, teniéndolas todas por don de Dios, había empezado diciéndole: “Oh Dios, te doy gracias…”. Aquella noche no pudo dormir de la tristeza.

Amaneció un nuevo día. El segundo día es, a veces, más delicado que el primero. El fariseo y el publicano subieron de nuevo al templo a orar.

El fariseo continuaba desconcertado. La noche de insomnio no le había aclarado las ideas. Tenía profundamente arraigado el temor de Dios, y por eso estaba desconsolado por la sentencia condenatoria del día anterior. No paraba de pensar dónde podía radicar el fallo de su sistema religioso. Aquel día no empezó a orar diciendo: “Oh Dios, te doy gracias…”, sino: “Oh Dios: ¡No te entiendo!”.

El publicano había subido al Templo con la euforia típica de los recién convertidos. Como ya era amigo de Dios, entró como si fuera su propia casa. Ya no tenía porqué quedarse al fondo de todo, y menos aún golpearse el pecho. A empujones y a codazos se abrió paso hasta la primera fila y, con los ojos levantados al cielo y alzando los brazos en actitud de oración oró así: “Oh Dios, te doy gracias porque me has hecho tan humilde, y no orgulloso, como este fariseo, que desconoce tu misericordia y presume de sus buenas obras. Le estuvo muy bien lo que le dijiste ayer. Ahora ya no hace falta que continúe implorando tu misericordia, porque sería como dudar de tu perdón. Es cierto que había acumulado muchas riquezas con los impuestos indebidamente recaudados, pero daré la mitad a los pobres y restituiré el cuádruplo de lo que había defraudado. Te aseguro que mi conversión hará gran impacto en Jerusalén”.

Pero el Señor dijo: “Yo os aseguro que la forma más refinada de fariseísmo es querer hacerse pasar por publicano. Y todo el que se sienta demasiado satisfecho de haberse arrepentido se tendrá que arrepentir de haberse sentido demasiado satisfecho”.

Aquella noche ni el fariseo ni el publicano pudieron dormir, de la preocupación.

Amaneció el tercer día. El tercer día es a veces el decisivo. El fariseo y el publicano ya se habían hecho amigos, y subieron juntos al Templo, conversando. Se quedaron los dos a una prudente distancia y, sin alzar demasiado la vista, dijeron a coro: “Oh Dios, explícanos de una vez que es lo que hace y que es lo que impide que uno quede justificado”.

Entonces el Señor les respondió: “Lo que impide quedar justificado es dedicarse a catalogar a los demás dividiéndolos en fariseos y publicanos. Lo que justifica es que, habiendo descubierto que tienes dentro de ti un fariseo y a la vez un publicano, estrangules al fariseo para dejar que yo pueda convertir y salvar al publicano".

El fariseo ya casi lo había entendido, pero aún se atrevió a hacer una última pregunta: “Así, pues, para estar yo seguro…”. Pero el Señor lo atajó diciéndole: “Hijo mío, esto es precisamente lo que has de evitar: estar seguro de ti mismo”.

Aquella noche el fariseo y el publicano tenían mucho sueño y durmieron de un tirón, como niños.

Lucas 18:9-14: ¿Cómo debe ser la verdadera práctica religiosa?, por Jesús Espeja, OP


Comentario por Jesús Espeja, OP

En tiempo de Jesús y en aquella sociedad judía, un fariseo era ejemplo del religioso muy cumplidor, mientras un publicano encargado de recaudar impuestos para el imperio romano era religiosamente mal visto. Pero los dos van al templo para orar. Así que la cuestión planteada no es religión sí o religión no. Lo que se plantea es cómo debe ser la verdadera práctica religiosa. Y se diseñan dos modelos.

Primer modelo es el fariseo:

Piensa que es perfecto porque cumple con todo lo que prescribe la religión. Se considera mejor que los demás y por supuesto mejor que el publicano que religiosamente es impuro porque anda metido en cobros y cambios de dinero. Este fariseo piensa que él es centro absoluto, ha fabricado una divinidad a su medida, cumple con todo lo prescrito y esa divinidad tiene que estar satisfecha y concederle todo lo que pida. Le importa sobre todo su seguridad, y eso es lo que busca cuando sube al templo para orar.

Segundo modelo es el publicano:

Reconoce que él es frágil, humano; “humus” en latín significa tierra. Tampoco tiene fabricada una divinidad a su medida. Pero intuye, “sin levantar los ojos”, mirando a su intimidad y escuchando la voz de su conciencia, que Dios, único centro absoluto, es misericordia. Ese amor que se hace cargo de nuestra miseria y desde dentro de nosotros nos fortalece para con nosotros salir adelante.. Más que buscar seguridades el publicano respira confianza. Se deja inundar por esa Presencia de amor, y sale del templo “justificado”, es decir revestido y transformado por la justicia de Dios que endereza todo lo torcido.

¿A qué modelo te apuntas? La respuesta es importante para juzgar sobre la verdad de nuestra práctica religiosa.

jueves, 23 de junio de 2022

Lucas 15,1-32: Parábolas de la misericordia de Dios

Parábolas de la misericordia de Dios

1 Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo.
2 Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: 
   "Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos".
3 Jesús les dijo entonces esta parábola:
4 "Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo 
   y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla?
5 Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría,
6 y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: 
   "Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido".
7 Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador 
   que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse".

La moneda perdida y encontrada
Jueves de la 31 Semana del Tiempo Ordinario I y II

8 Y les dijo también: "Si una mujer tiene diez dracmas y pierde una, 
   ¿no enciende acaso la lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla?
9 Y cuando la encuentra, llama a sus amigas y vecinas, y les dice: 
   "Alégrense conmigo, porque encontré la dracma que se me había perdido".
10 Les aseguro que, de la misma manera, se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador 
     que se convierte".

SOBRE EL MISMO TEMA:


Parábola del padre misericordioso

11 Jesús dijo también: "Un hombre tenía dos hijos.
12 El menor de ellos dijo a su padre: "Padre, dame la parte de herencia que me corresponde". 
     Y el padre les repartió sus bienes.
13 Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, 
     donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa.
14 Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, 
     y comenzó a sufrir privaciones.
15 Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo 
     para cuidar cerdos.
16 Él hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, 
     pero nadie se las daba.
17 Entonces recapacitó y dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, 
     y yo estoy aquí muriéndome de hambre!
18 Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y contra ti;
19 ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros".
20 Entonces partió y volvió a la casa de su padre.
     Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente; 
     corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó.
21 El joven le dijo: "Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo".
22 Pero el padre dijo a sus servidores: "Traigan en seguida la mejor ropa y vístanlo, 
     pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies.
23 Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos,
24 porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado". 
     Y comenzó la fiesta.
25 El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música 
     y los coros que acompañaban la danza.
26 Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó qué significaba eso.
27 Él le respondió: "Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, 
     porque lo ha recobrado sano y salvo".
28 Él se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara,
29 pero él le respondió: "Hace tantos años que te sirvo, sin haber desobedecido jamás 
     ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos.
30 ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, 
     haces matar para él el ternero engordado!"
31 Pero el padre le dijo: "Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo.
32 Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, 
     estaba perdido y ha sido encontrado"".

viernes, 15 de diciembre de 2017

Mateo 11:16-19: Hemos tocado la flauta y no habéis bailado..., por Julio González, SF.

Mateo 11:16-19

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: ¿A quién se parece esta generación? Se parece a los niños sentados en la plaza, que gritan a otros: “Hemos tocado la flauta, y no habéis bailado; hemos cantado lamentaciones, y no habéis llorado”. Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: “Tiene un demonio.” Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: “Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores.” Pero los hechos dan razón a la sabiduría de Dios.

— Comentario por el P. Julio González, SF.

Hay gente que nunca está contenta o, tal vez, debería decir: hay gente que solamente está contenta cuando les va bien a ellos.

Un médico le explicaba a una mamá la apatía de su hijo:

“El niño está sano. El problema de su hijo no es que nunca esté contento, su problema (de la madre) es que le pone tanta atención que el niño no puede disfrutar de los demás, de la naturaleza y de las cosas cotidianas, porque está absorbido por sí mismo”.

“Y eso ¿se cura?”, pregunta la madre.

“Por supuesto, motive a su hijo para que dirija su atención sobre las vivencias de otras personas y verá que el niño comienza a mostrar interés por algo”.

Este ejemplo sirve para explicar que la espiritualidad del Adviento no puede ser apreciada por personas que solamente están interesadas en ellas mismas, en cómo les va a ellos.

Jesús no habla de unas personas sino de toda una “generación”, poniendo en evidencia una mentalidad y un estilo de vida.

“Hemos tocado la flauta y no habéis bailado; hemos cantado lamentaciones y no habéis llorado”, ¿Cómo pueden bailar o llorar por lo que otros hacen si solamente tienen ojos y oidos para sí mismos?

La espiritualidad del Adviento es la espiritualidad del caminante; por eso, los sabios que vienen que oriente, los pastores, Abraham, Moisés, los profetas, Juan el Bautista, María y José, pueden ayudarnos a llenar de significado y propósito nuestra espera.

A través de Zacarías, Isabel, José, Herodes y sus consejeros, descubrimos que ese peregrinaje pone a prueba no solamente nuestra resistencia física sino también nuestra resistencia a cambiar, a ver a los demás sin temor, como una buena noticia.

Los episodios del Evangelio que meditamos durante el Adviento muestran que quienes se preocupan por mantener su bienestar y privilegios, no solamente no se alegran con la llegada del mesías sino que le ven como una amenaza.

Mateo 11:16-19: "¿A quién se parece esta generación?"

Mateo 11:16-19
Viernes de la 2 Semana de Adviento

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: ¿A quién se parece esta generación? Se parece a los niños sentados en la plaza, que gritan a otros: “Hemos tocado la flauta, y no habéis bailado; hemos cantado lamentaciones, y no habéis llorado”. Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: “Tiene un demonio.” Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: “Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores.” Pero los hechos dan razón a la sabiduría de Dios.

SOBRE EL MISMO TEMA:
por la Orden Carmelitana
Hemos tocado la flauta y no habéis bailado   

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Mateo 9,9-13: Relaciones humanas por encima del culto


En aquel tiempo, vio Jesús al pasar a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo:
— Sígueme.
Él se levantó y lo siguió. Y, estando en la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos. Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos:
— ¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?
Jesús lo oyó y dijo:
— No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa "misericordia quiero y no sacrificios": que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.

Comentario por Reflexiones Católicas
"Relaciones humanas por encima del culto"

Este es un "relato de controversia" entre Jesús y los fariseos en el marco de la vocación de Mateo. El relato describe un encuentro casual con un hombre llamado Mateo que tiene como profesión ser recaudador de impuestos o tasas. El hecho de hallarse sentado en el despacho de impuestos, indica que es un empleado subalterno. Los recaudadores subalternos eran frecuentemente judíos y en Galilea estaban al servicio de la administración romana. Su nacionalidad judía los hacía doblemente odiosos a sus compatriotas, quienes los consideraban instrumentos de dominación de los romanos y antipatriota por traicionar a su pueblo colaborando con el poder imperial invasor.

La profesión de recaudador era considerada deshonesta, pues sus agentes aparecían ávidos de dinero, interesados y explotadores, renegados religiosa y políticamente. No se cuidaban ni poco ni mucho de la ley religiosa y, por otra parte, tenían trato frecuente con paganos, considerados pecadores e impuros. Por todo eso, los observantes de la ley los tachaban de pecadores; como a los paganos, los creían rechazados por Dios y los relegaban con sus familias, tratándolos de impuros.

Jesús invita a Mateo a que lo siga y de esta manera abre una nueva brecha en la discriminación religiosa y social, invitando a su grupo a un hombre de pésima reputación, a un indeseable excluido de la sociedad y del amor de Dios. Mateo es el prototipo de los pecadores o impuros que están fuera de Israel, y sin embargo es llamado por Jesús para que haga parte del reino de Dios.

Con su llamado empieza la puesta en marcha del mensaje de la universalidad del Reino. Mateo se levantó y le siguió dejando su profesión, es decir, asumiendo la nueva condición de vida que le propone Jesús. Con su gesto, Mateo cumple la condición para el seguimiento, la ruptura con el pasado, manifiesta en la adhesión a Jesús que lo libera del pecado y le da la posibilidad de comenzar una nueva vida.

En los vv. 10-13 se narra la hospitalidad de Mateo y su invitación a Jesús a una comida de despedida con amigos "publicanos" y "pecadores". Sabemos que el Judaísmo farisaico evitaba el contacto con gentiles y judíos que no observaran la ley; estos eran los rechazados sociales de la comunidad y ningún rabino consentiría en juntarse con ellos.

Los fariseos, al ver como Jesús se sentaba a la mesa con publicanos y pecadores, se sorprendieron de tal manera que no pudieron ocultar su hostilidad, lo cual provoca una respuesta tajante de Jesús. "No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal". 

Jesús pone, por encima del culto y de la mera observancia de una forma externa de vida, las relaciones humanas. El texto expresa la compasión de Jesús hacia los pecadores, pero al mismo tiempo se enfrenta y ataca la justicia de los fariseos. Por tanto, los que no se reconocen enfermos no llaman al médico ni lo reciben; no tienen curación posible. Nadie puede acercarse a Jesús, a menos que se confiese pecador. Jesús es el médico; si cura al enfermo, al paralítico, es para simbolizar que también sana la enfermedad del pecado.