martes, 27 de noviembre de 2012

PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO, Año C

Jeremías 33:14-16
Salmo 25
1 Tesalonicenses 3:12-4:2
Lucas 21:25-28,34-36


Jeremías 33:14-16

Mirad que días vienen-oráculo de Yahveh- en que confirmaré la buena palabra que dije a la casa de Israel y a la casa de Judá. En aquellos días y en aquella sazón haré brotar para David un Germen justo, y practicará el derecho y la justicia en la tierra. En aquellos días estará a salvo Judá, y Jerusalén vivirá en seguro. Y así se la llamará: "Yahveh, justicia nuestra."

Salmo 25: A ti, Señor, levanto mi alma.

Señor, enséñame tus caminos,
instrúyeme en tus sendas,
haz que camine con lealtad;
enséñame porque tú eres mi Dios y Salvador.
R. A ti, Señor, levanto mi alma.

El Señor es bueno y recto,
y enseña el camino a los pecadores;
hace caminar a los humildes con rectitud,
enseña su camino a los humildes.
R. A ti, Señor, levanto mi alma.

Las sendas del Señor son misericordia y lealtad,
para los que guardan su alianza y sus mandatos.
El Señor se confía con sus fieles
y les da a conocer su alianza.
R. A ti, Señor, levanto mi alma.

1 Tesalonicenses 3:12-4:2

Hermanos: Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos, lo mismo que nosotros os amamos, y que así os fortalezca internamente; para que cuando Jesús nuestro Señor vuelva acompañado de sus santos, os presentéis santos e irreprensibles ante Dios nuestro Padre. Para terminar, hermanos, por Cristo Jesús os rogamos y exhortamos: Habéis aprendido de nosotros cómo proceder para agradar a Dios: pues proceded así y seguid adelante. Ya conocéis las instrucciones que os dimos en nombre del Señor Jesús.

Lucas 21:25-28,34-36

"Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustias de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas. Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación." "Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por la preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improvisto sobre vosotros, como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra. Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza y escapéis a todo lo que está para venir, y podáis estar en pie delante del Hijo del hombre."

Comentario por Mons. Francisco González, S.F.
Obispo Auxiliar de Washington, D.C.

Hoy damos comienzo al nuevo año litúrgico, Ciclo C. Durante la mayoría de los domingos, aunque no todos, la liturgia nos irá ofreciendo la lectura del Evangelio según San Lucas, un evangelio cuya proclamación, lectura, reflexión nos ayuda a acercarnos más y más al Señor.

Estamos viviendo un auge en la evangelización, Nueva se le llama, y es de esperar que nos vayamos comprometiendo, o por lo menos, que expresemos en nuestras vidas una apertura más y mejor hacia Jesús, para convertirnos en verdaderos discípulos de Él. Tal vez algunos nos hayamos contentado con ser sus admiradores, y eso aunque no está mal y puede ser un principio, no es suficiente, debemos convertirnos en discípulos, imitadores, seguidores del Maestro.

Durante el Adviento, tiempo propio para prepararnos a la celebración de la Navidad, también nos vamos a encontrar que la Palabra ofrece para nuestra reflexión otros temas: la fidelidad de Dios y la infidelidad del ser humano, la salvación, las dos venidas del Señor.

La primera lectura nos ofrece una nota, una promesa para la esperanza: “En aquellos días y en aquella hora, dice el Señor, suscitaré a David un vástago legítimo que hará justicia y derecho en la tierra”.

Ahí está la promesa que nos debe dar esperanza, y para que esa esperanza se vaya convirtiendo en realidad, el apóstol Pablo les dice que debemos estar preparados para que cuando venga el Señor nos presentemos “santos e irreprensibles”. El apóstol les ha dado el ejemplo, y les ruega que lo imiten para que ese futuro encuentro sea glorioso y salvífico.

La lectura evangélica está tomada del evangelio de Lucas. Ya ha entrado en Jerusalén y vamos viendo algunas de sus actividades en la Ciudad Santa. El pasaje de hoy es parte del discurso escatológico, donde se anuncian los acontecimientos que van a suceder, cosas tan extraordinarias que la gente se verá envuelta en gran angustia y enloquecida por algo parecido a esos tsunamis que están azotando a partes de nuestro mundo en tiempos recientes. No es de extrañar por tanto, la figura que describe el evangelio: “Los hombres quedarán sin aliento por el miedo por lo que se le viene encima al mundo…”

Todo esto anunciando que el Hijo del Hombre viene sobre una nube, pero esta vez, no como lo hizo la primera, en la oscuridad de una noche, en medio del rechazo de los hombres, en una cueva. No, esta vez viene “con gran poder y gloria”.

Sin embargo, Dios no se olvida de la Promesa, esa salvación que nos había anunciado, y así leemos: “Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación”.

Para que esta liberación se convierta en realidad, nos llama la atención, para que no nos distraigamos con las cosas que nos pueden atraer, pero que nos separarán de dicha liberación como son los vicios, la bebida, la preocupación por el dinero, o sea, todo eso que no viene de arriba, sino que es consecuencia de aquella primera separación que produjo el ser humano al querer quitar el puesto a Dios, que no es otra cosa que el pecado.

¿Qué hacer? Orar. Hacer oración, esa oración que nos mantiene en constante unión con el Señor, de quien nos viene todo lo que necesitamos para superar las tentaciones y todas las llamadas que nos hace la carne.

El final, como nos lo describe el evangelio, van a ser momentos difíciles, de desastres de proporciones cósmicas, pero el centro es Cristo, a quien se le ha entregado todo el poder en el cielo y la tierra, y viene para darnos la liberación. ¿Qué más podemos pedir?

Jesús es nuestra esperanza, y nosotros sus seguidores, estamos llamados a ser esperanza para los demás, especialmente los más necesitados. Parece que todavía no hemos llegado al final del mundo, pero catástrofes siguen habiendo, como el escándalo, el hambre, la violencia, el deseo de dinero, el vicio de toda clase. Eso no es liberación.

Nosotros, hermanas y hermanos, estamos llamados a ser testigos de Cristo para la liberación de todos. Él nos encargó que proclamáramos y cumpliéramos todo lo que Él nos había enseñado, y le siguiéramos en todo lo que Él había dado ejemplo. ¡Benditos los que son causa de esperanza para los demás, ellos están viendo la faz del Señor!

domingo, 4 de noviembre de 2012

Benedicto XVI: "Se debe amar a todos, incluso a quien no se lo merece"

Reflexión durante el rezo del Ángelus, Vaticano, 4 noviembre 2012.

¡Queridos hermanos y hermanas!

El evangelio de este domingo (XXI del año B; Mc. 12,28-34) nos propone la enseñanza de Jesús sobre el mandamiento más importante: el mandamiento del amor, que es doble: amar a Dios y amar al prójimo.

Los santos, que acabamos de celebrar juntos en una única fiesta solemne, son aquellos que, confiando en la gracia de Dios, tratan de vivir de acuerdo a esta ley fundamental. De hecho, el mandamiento del amor lo puede aplicar plenamente quien vive en una relación profunda con Dios, así como el niño se hace capaz de amar a partir de una buena relación con su madre y su padre.

San Juan de Ávila, a quien recientemente he proclamado Doctor de la Iglesia, escribe así al inicio de su Tratado del Amor de Dios:

"La razón, dice, que empuja mayormente nuestro corazón al amor de Dios, es el considerar profundamente el amor que Él tuvo por nosotros... Esto, además de los beneficios, mueve el corazón a amar; porque el que hace al otro un beneficio, le da algo que tiene; pero el que ama, se entrega a sí mismo con todo lo que tiene, sin que le quede algo más para dar." 

Antes de ser un mandato -el amor no es un mandato-, es un regalo que Dios nos hace conocer y experimentar, de modo que, como una semilla pueda también germinar dentro de nosotros, y desarrollarse en nuestra vida.

Si el amor de Dios ha echado raíces profundas en una persona, esta es capaz de amar incluso a quien no lo merece, así como Dios hace con nosotros. El padre y la madre no quieren a sus hijos solo cuando se lo merecen: lo aman siempre, aunque es natural que le hacen entender cuando se equivocan.

De Dios, aprendemos a querer siempre y solamente el bien y nunca mal. Aprendemos a mirar al otro no solo con nuestros ojos, sino con la mirada de Dios, que es la mirada de Jesucristo. Una mirada que sale del corazón y no se detiene en lo superficial, va más allá de las apariencias y captura los más profundos anhelos del otro: de ser escuchado, de una atención gratuita; en una palabra: de amor.

Pero también se produce en la dirección opuesta: que abriéndome al otro tal como es, yendo hacia él, haciéndome disponible, me abro también para conocer a Dios, para sentir que está allí y que es bueno. Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables y están en relación recíproca.
Jesús no inventó ni lo uno ni lo otro, pero reveló que son, después de todo, un solo mandamiento, y lo hizo no solo con la palabra, sino sobre todo con su testimonio: la persona misma de Jesús y todo su misterio encarnan la unidad del amor de Dios y del prójimo, como los dos brazos de la Cruz, vertical y horizontal.

En la Eucaristía, Él nos da este doble amor, dándose a Sí mismo, porque, alimentados de este Pan, nos amamos los unos a otros como Él nos ha amado.

Queridos amigos, por intercesión de la Virgen María, oramos a fin de que todo cristiano sepa mostrar su fe en el Dios único y verdadero con un claro testimonio de amor al prójimo.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Noviembre 30: San Andrés, Apóstol


Noviembre 23: San Columbano, Abad


Noviembre 23: San Clemente I, Papa


Noviembre 22: Santa Cecilia


Noviembre 17: Santa Isabel de Hungría


Noviembre 16: Santa Gertrudis


Noviembre 15: San Alberto Magno


Noviembre 13: San Leandro de Sevilla


viernes, 2 de noviembre de 2012

31 DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, B

Deuteronomio 6,2-6
Salmo 17: Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza
Hebreos 7,23-28:
Marcos 12,28b-34

Deuteronomio 6,2-6

En aquellos días, habló Moisés al pueblo, diciendo: «Teme al Señor, tu Dios, guardando todos sus mandatos y preceptos que te manda, tú, tus hijos y tus nietos, mientras viváis; así prolongarás tu vida. Escúchalo, Israel, y ponlo por obra, para que te vaya bien y crezcas en número. Ya te dijo el Señor, Dios de tus padres: "Es una tierra que mana leche y miel." Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria.»

Salmo 17: Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;
Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.
R. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.

Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío,
mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza
y quedo libre de mis enemigos.
R. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.

Viva el Señor, bendita sea mi Roca,
sea ensalzado mi Dios y Salvador.
Tú diste gran victoria a tu rey,
tuviste misericordia de tu Ungido.
R. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.

Hebreos 7,23-28

Ha habido multitud de sacerdotes del antiguo Testamento, porque la muerte les impedía permanecer; como éste, en cambio, permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa. De ahí que puede salvar definitivamente a los que por medio de él se acercan a Dios, porque vive siempre para interceder en su favor. Y tal convenía que fuese nuestro sumo sacerdote: santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y encumbrado sobre el cielo. Él no necesita ofrecer sacrificios cada día «como los sumos sacerdotes, que ofrecían primero por los propios pecados, después por los del pueblo,» porque lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo. En efecto, la Ley hace a los hombres sumos sacerdotes llenos de debilidades. En cambio, las palabras del juramento, posterior a la Ley, consagran al Hijo, perfecto para siempre.

Marcos 12,28b-34

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó:
¿Qué mandamiento es el primero de todos?
Respondió Jesús:
El primero es: "Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser." El segundo es éste: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." No hay mandamiento mayor que éstos.
El escriba replicó:
Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.
Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo:
No estás lejos del reino de Dios. Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Comentario de Mons. Francisco González, S.F.
Obispo Auxiliar de Washington, D.C.

En momentos en que todo el mundo dice querer ser libre, todo lo que huele a ley no es bien recibido. Vivimos en el país de los derechos. Se habla mucho de lo que es mío, de lo que yo puedo hacer, de lo que tú me tienes que dar. Vamos construyendo ese ídolo que soy yo. En este proceso, toda ley que viene de otro, la tomo como si quisieran arrebatarme mi libertad personal, que cuando la llamamos por su nombre, lo que temo me impidan hacer lo que me dé la gana.

En la primera lectura de esta liturgia dominical se nos habla de la Ley, de los mandamientos que Dios ha dado a su pueblo. Moisés, habla al pueblo sobre la necesidad de cumplir con la voluntad de Dios y de esa forma permanecerán en su amistad, la Alianza con Dios florecerá.

¿Qué sería de nuestra sociedad si no hubiera leyes? Nosotros como comunidad de fe tenemos unas leyes o mandamientos que nos vienen del Antiguo Testamento y del Nuevo. Moisés al recordar a su pueblo la importancia de la Ley de Dios, añade que al cumplirla serán dichosos. Sinónimos de dichoso son encantado, satisfecho contento, feliz.

Así pues el cumplimiento de la Ley de Dios nos va a proporcionar estados de ánimo que verdaderamente dan sentido a nuestra vida.

En esta misma línea encontramos la enseñanza de Jesús en la lectura evangélica de este XXXI domingo del tiempo ordinario de este fin de semana. Es verdad que tenemos una Ley y esta Ley contiene una variedad de mandamientos. No todos tienen el mismo valor o importancia, entre otras razones porque algunos de ellos provienen de los hombres, quienes en ocasiones los han querido equiparar a la Ley de Dios, incluso sobrepasarla.

Un experto de la Ley le pregunta a Jesús: ¿Cuál es el mandamiento principal? Jesús le responde citando la primera lectura “Escucha, Israel, el Señor nuestro es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas”.

Seguro que el letrado quedó satisfecho con la respuesta, lo que tal vez no se esperaba es que Jesús continuó. El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, algo que también sabía muy bien el interlocutor. La puntilla estuvo en que Jesús concluyo afirmando: “No hay otro mandamiento mayor que éstos”.

Al escuchar todo lo que Jesús decía, el escriba replicó: "Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.”

Es Jesús quien une, por decirlo así, los dos mandamientos, amor a Dios y amor al prójimo, los hace inseparables, hasta el punto que San Juan llega a asegurar que quien afirma cumplir uno sólo de los dos, es un mentiroso.

Nuestro verdadero amor a Dios y al prójimo nos ayuda a salir del legalismo. El quedarnos simplemente con la letra de la ley sin buscar su espíritu es condenarnos a una esterilidad paralizante.

¿En qué medida debemos amar? Tal vez nos podría servir de guía lo que la beata Teresa de Calcuta decía en referencia al dar: “Da hasta que duela”. El amor sin sacrificio no es verdadero amor y así lo confirma Cristo, quien en otro pasaje les recuerda a los discípulos “amarse unos a los otros como él nos ha amado”, dándose completamente por el bien nuestro, incluyo entregándose la propia vida.

En este Año de la fe que hemos iniciado, hagamos un examen conciencia para anunciar, y pronto, un esfuerzo general para volver lo antes posible a la sencillez del evangelio, reponiendo a Dios como el centro de nuestras vidas, quitando del mismo todas esas cosas, actitudes, deseos de gloria y triunfalismo, costumbres, tradiciones que nos empobrecen y amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos...

¿Actuamos como hijos de Dios? ¿Vivimos con los demás como hermanos y hermanas?