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viernes, 29 de octubre de 2010

Que el mal no te ponga triste (1)


Mientras a unos la malicia y la maldad les produce ira y enfado, a otros les produce tristeza. La tristeza es un sentimiento menos provocativo pero mas misterioso que el enfado. La persona con ira tiende a manifestarse, mientras que la persona triste prefiere la retirada y el recogimiento.

La tristeza toma el relevo del enfado cuando se ha logrado apaciguar el orgullo. La tristeza viene a ser la compañera en esta segunda etapa (en la primera etapa había sido la ira) del crecimiento emocional y espiritual de la persona. Tarde o temprano nos damos cuenta de que la ira no es buena consejera. Las decisiones que se toman en un momento de ira, separan, dividen y destruyen; por otra parte, la persona entristecida tampoco está en condiciones de tomar decisiones. Así pues, algunos de nosotros, cuando percibimos la malicia y la maldad a nuestro alrededor o dentro de nosotros, nos enfadamos y escandalizamos, y otros nos ponemos tristes. Después de la ira y la tristeza, ¿hay algo más?

No reemplazamos la ira con la tristeza porque este sea siempre el camino de nuestro crecimiento emocional. Hay muchas personas que permanecen en la etapa de la ira, sin mas remedio que convivir con sus emociones. No pasamos de la ira a la tristeza de una manera inconsciente.

La persona entristecida por la maldad aprende a reconocerla en sus múltiples maneras y formas. Al finalizar esta etapa, la malicia y la maldad no son vistas como una fuerza sino como una debilidad. Al mismo tiempo, comprendemos que no es algo que afecte sólo a los demás cuando estamos convencidos de que son la causa de nuestro mal, sino a cada uno de nosotros. Es en este momento, cuando empezamos a sentir y comprender la malicia y la maldad de una nueva manera y la tristeza que sentimos comienza a transformarse.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Que el mal no te haga mal (y 2)



Algunas personas llegan a darse cuenta que no son tan buenas como ellas creían, sobre todo, cuando son heridas en su orgullo. Cuando escucho a estas personas no puedo evitar una sonrisa de esperanza que casi siempre alivia un poco la tensión que sienten.

El mal, la ofensa, la humillación, nos duele y a menudo desata en nosotros una pequeña bestia (por llamarla de alguna manera) que no nos gusta y que sería capaz de casi todo si la dejáramos suelta. El primer paso para controlar a esa fierecilla es reconocerla como es, sin excusarla, sin justificarla, pero sin condenarla; en lugar de eso, contradícela, porque te ayudará a conocerte mucho mejor.

Algunas personas no se dan cuenta de que ellos no son esa bestia, por eso, cuando sienten su presencia se ven a si mismos de una manera muy diferente: hinchados de poder y energía devastadora. Esta experiencia puede alterar de tal manera nuestra personalidad herida y debilitada por las propias contradicciones y fracasos que nos sentimos bien e incluso satisfechos en compañía de la fiera que se despierta dentro de nosotros cuando nos sentimos ofendidos.

Pero hay muchas personas que saben reconocer a ese animal y aunque no sepan qué hacer con el, son capaces de decir: no quiero ser así. En tal caso, les digo, el mal en lugar de aniquilar tu personalidad es una ayuda pues te sirve a reconocer algo que no eres y que, sin embargo, está en ti.