martes, 29 de octubre de 2019

28 de abril: Santa Gianna Beretta Molla

"Santa de la familia": La hija de Gianna Beretta Molla relata la santidad con la que sus padres vivieron el matrimonio


Santa Gianna Beretta Molla fue beatificada (1994) y canonizada (2004) por San Juan Pablo II. Médico y pediatra, entregó su vida por salvar la de la hija que esperaba, renunciando al adecuado abordaje quirúrgico del fibroma que le detectaron en el útero al final del segundo mes de embarazo.

Murió una semana después de dar a luz por cesárea a Gianna Emanuela, quien explica que la santidad de su madre floreció en un matrimonio vivido junto a su esposo Pietro Molla como "camino hacia el Paraíso". E incluso antes, en unas vidas entrelazadas y llenas de amor por el Señor, que siempre ocupaba el primer lugar.

Pietro Molla (1912-2010) pudo asistir a la beatificación y a la canonización de su esposa Gianna Beretta (1922-1962).


Muchos conocen a Santa Gianna Beretta Molla por ese extraordinario gesto de amor que permitió que su hija naciera, al precio de su propia vida. Menos conocido, en cambio, es el hecho de que este sacrificio fue el sello a toda una vida santa y, sobre todo, a un matrimonio realmente santo.

Es la propia hija, Gianna Emanuela Molla, la que no duda en definir a sus padres como dos "santos progenitores", pues está íntimamente convencida de que su amado padre era el "dignísimo esposo de una santa esposa". Al hacerlo no quiere en absoluto anticipar un juicio que la Iglesia no ha expresado, sino que sencillamente pone voz al pensamiento que su madre, cuando vivía, habría manifestado en más de una ocasión.

Hoy queremos, por tanto, conocer y amar la vida de esta "santa de la familia" bajo esta luz especial de la santidad matrimonial; santa en cuya proclamación la Iglesia ha demostrado, de nuevo, su naturaleza profética. ¿En qué momento histórico ha sido la familia más acosada y humillada que en el actual? ¿Hay acaso hoy testimonio más providencial que éste, en el que se presenta la cotidianidad del matrimonio como una auténtica vía de santidad?

Familia, cuna de santidad

Nacida en Magenta, provincia de Milán, el 4 de octubre de 1922, festividad de San Francisco de Asís, Gianna, además del don de la vida, recibe del Señor unos padres profundamente cristianos, Maria De Micheli y Alberto Beretta, ambos terciarios franciscanos. Bautizada como Giovanna Francesca, es la décima de trece hijos, cinco de los cuales mueren en tierna edad. Otros tres se consagran a Dios.

Gracias a estos primeros datos se comprende que el contexto de su familia de procedencia es profundamente religioso. En una carta del 22 de abril de 1955 a su prometido Pietro, Gianna habla así de su madre y su padre: "Mis santos padres, tan rectos y sabios, con esa sabiduría que es reflejo de su alma buena, justa y temerosa de Dios".

Se comprende que para la santa la primera experiencia auténtica de Iglesia fue su familia, y la catequista más experta fue precisamente su madre: fue ella quien la introdujo en el conocimiento y el amor por el Señor, centro único de toda la vida, dentro y fuera del hogar.

La pequeña Gianna acoge de inmediato el don de la fe, al que se adhiere plenamente: "Con cinco años y medio -cuenta Gianna Emanuela-, recibe por primera vez la Santa Comunión y a partir de ese momento, junto a su madre, va todas las mañanas a misa para recibir el que rápidamente considera 'el alimento indispensable de cada día'". Así, la ferviente amistad con el Señor, que la niña Gianna respira en su familia, crece convirtiéndose en un amor profundo y personal junto a la mujer Gianna y, después, a la médico Gianna. Mientras tanto, nace en ella la urgencia de conocer su llamada personal en el plan de amor de Dios...

Vocación a la felicidad

"De seguir bien nuestra vocación depende nuestra felicidad terrena y eterna". Con esta profundidad de conciencia e igual serenidad de espíritu, Gianna sigue rezando, y hace rezar, por su vocación. "Mi madre -cuenta Gianna Emanuela- deseaba conocer la voluntad de Dios para ella para así poder servirLe mejor. Pero no tuvo prisa, siguió rezando hasta que estuvo segura de la vocación a la que Dios la llamaba".

En esta fase de elección vocacional, como durante toda su vida, la oración fue para Gianna mucho más que fundamental: "Siempre rezó mucho -sigue su hija-, dando ejemplo a sus jóvenes de Acción Católica. Les decía: 'Recordemos que el apostolado se hace, sobre todo y ante todo, de rodillas'. Cada día rezaba el rosario porque, como había aprendido de pequeña en su familia, 'sin la ayuda de la Virgen no se va al Paraíso'".

En principio, precisamente por este amor que siente y que la hace poner a Dios siempre en el primer puesto, se consolida en Gianna el deseo de unirse a su hermano, el padre Alberto, médico misionero capuchino en Brasil, para ayudarle como médico y dedicarse plenamente a la vocación misionera. Pero el camino que el Señor ha preparado para esta joven no es este: Gianna no tiene salud para soportar el calor tropical de esas tierras. "Esto significa que el Señor te quiere para otra cosa", le repite su director espiritual, que la anima a formar una familia sana, siguiendo el ejemplo de sus padres.

"Así, sintiéndose llamada por el Señor a la vocación del matrimonio, mi madre la abrazó con toda su alegría y entusiasmo". ¿Y qué hace la joven santa, que aún no tiene prometido? "En junio de 1954, con casi 32 años de edad, mi madre viaja a Lourdes para rezar a la Virgen y pedirle que le haga conocer al hombre que debería ser su esposo, el que el Señor había dispuesto para ella desde la eternidad".

Un encuentro deseado desde Arriba

En este entramado de santidad, que se transmite de familia a familia como un valioso tesoro, se introduce perfectamente la figura del ingeniero Pietro Molla, es decir, del hombre que la Providencia sugerirá a Gianna como marido.

Nacido el 1 de  julio de 1912 en Mesero, un municipio cercano a Magenta, también Pietro Molla,  el cuarto de ocho hijos, recibe el don de dos padres profundamente cristianos. "Cuando conoció a mi madre -continúa Gianna Emanuela-, a la que le llevaba diez años, mi padre era un hombre de gran fe y virtudes extraordinarias. Pero sobre todo, como ella, había puesto al Señor en el centro de su vida desde que era muy joven. Puedo decir que mi padre sentía, por un lado, una gran dedicación por el trabajo y, por el otro, se sentía llamado por el Señor a la vocación del matrimonio y deseaba profundamente tener una familia. Precisamente por esto iba cada día a 'su' pequeña iglesia de Ponte Nuovo (Magenta) para pedirle a la Virgen del Buen Consejo que le hiciera conocer 'una madre santa para sus hijos'".

"El Señor estaba llamando realmente a mis padres a la vocación del matrimonio como ellos pensaban: de hecho, la Virgen María escuchó sus oraciones y, aunque ya se conocían desde hacía cinco años, fue gracias a la Virgen que, por fin, sus hermosos corazones y almas se encontraron". A partir de ese momento empieza el noviazgo como un "tiempo de gracia", vivido con gran alegría y gratitud hacia el Señor y la Virgen María, y con la incansable oración de encomendar a la nueva familia que estaba naciendo.

El santo matrimonio

Gianna Beretta y el ingeniero Pietro Molla se casan el 24 de septiembre de 1955 en la Basílica de San Martín, en Magenta (Milán). Pero, ¿qué significa para los dos enamorados celebrar el sacramento del matrimonio y formar una familia?

Esto es lo que escribe Gianna en su Pedrin d'or, diez días antes de la boda: "Amadísimo Pietro, gracias por todo. Me gustaría decirte todo lo que siento y tengo en mi corazón, pero no soy capaz de hacerlo. Tú, que ya conoces bien mis sentimientos, sabrás comprenderme. Amadísimo Pietro, estoy segura de que siempre me harás feliz como lo soy ahora, y que el Señor responderá a tus oraciones, porque han sido pedidas por un corazón que siempre le ha amado y servido con santidad. Pietro, ¡cuánto tengo que aprender de ti! Eres realmente un ejemplo para mí y por ello te doy las gracias. Así, con la ayuda y la bendición de Dios, haremos todo para que nuestra nueva familia sea un pequeño cenáculo en el que Jesús reine por encima de todos nuestros afectos, deseos y acciones. Pedro mío, faltan pocos días y me siento tan conmovida por el hecho de acercarme a recibir el Sacramento del Amor: convirtámonos en colaboradores de Dios en la creación, dándoLe hijos que le amen y le sirvan. Pietro, ¿seré capaz de ser la esposa y madre que tú siempre has deseado? Lo deseo precisamente porque te lo mereces y porque te amo tanto. Te beso y te abrazo con todo mi afecto. Tuya, Gianna".

Y del mismo modo, Pietro le escribe antes del gran día: "Gianna amadísima, ... con la certeza de que Dios nos quería unidos, tú y yo hemos emprendido nuestra nueva vida. Estos meses han sido un crescendo de comprensión y afecto. Ahora nuestra comprensión es perfecta porque el Cielo es nuestra luz y la Ley Divina nuestra guía... Ahora nuestro afecto es pleno porque somos un sólo corazón y una sola alma, un único sentimiento y un único afecto, porque nuestro amor sabe esperar, fuerte y puro, la bendición del Cielo".

La hija Gianna Emanuela cuenta así la santa unión entre sus padres: "Leyendo y transcribiendo durante meses las cartas de mi padre a mi madre para su publicación, he comprendido que su amor podía ser tan grande, tan profundo y tan verdadero porque el Señor y la Madre Celestial estaban verdaderamente presentes y eran parte integrante de este amor, como de toda su vida. Hay aspectos que me iluminan y me conmueven en lo más hondo: su fe profunda y su ilimitada confianza en la Divina Providencia, su profunda humildad, su inmenso amor recíproco -que les daba mayor serenidad y fortaleza-, su amor inconmensurable por nosotros, sus hijos, su gran estima recíproca, su continua comunicación y apoyo mutuo, sus intensas y constantes oraciones de agradecimiento al Señor y la Virgen María, su amor y caridad hacia el prójimo. Vivieron verdaderamente el Sacramento del Matrimonio como vocación y camino a la santidad".

Y será exactamente en este terreno fértil y fecundo de santidad donde, en sólo seis años y medio de matrimonio, Gianna y Pietro acogerán a seis hijos: dos irán al cielo mientras aún estaban en el seno de su madre, Mariolina a la edad de seis años, dos años después de la muerte de Gianna, mientras que la última será la gracia que permitirá a ambos sellar, aunque de forma muy distinta, su vocación común: dar la vida por amor.

+ SOBRE SANTA GIANNA BERETTA MOLLA  

miércoles, 23 de octubre de 2019

24 de octubre: San Antonio María Claret (1807-1870)

23 de octubre: SAN JUAN DE CAPISTRANO

Vida de San Juan de Capistrano


Nace en Capistrano, pueblo de los Abruzzos, reino de Nápoles, el año 1386. Ingresa en la Orden franciscana a los treinta años de edad. Ocupa dos veces el cargo de vicario general de la Orden. Sucumbe a los estragos de la peste, en el campamento de los cruzados de Eslovenia, el 23 de octubre de 1456. Ha sido llamado, "El Santo de Europa".

1453, los turcos conquistan Constantinopla

1453 es un año clave en la historia y consta como tal en todos los manuales. Los turcos, capitaneados por el sultán Mahomed II, tras un siglo de ocupación de tierra europea en los Balcanes, conquistan Constantinopla, afianzando así el imperio del Islam en el Asia Menor, sobre las ruinas del Oriente cristiano, y amenazando a toda la cristiandad de Occidente. Se presiente un trágico fin para la catolicidad medieval.

Roma y los pueblos tiemblan ante la impotencia de los príncipes cristianos, divididos entre sí. Pero Dios tiene preparados sus instrumentos: el Soldado, el Pontífice y el Santo. El caudillo húngaro Huniades, el papa Calixto III, que sucede en la sede de Pedro a Nicolás V en el mismo año 1453, y Juan de Capistrano, fraile minovita, reformador de los pueblos cristianos y de sus hermanos religiosos.

Conversión de Juan

La actividad apostólica de Juan se inicia paralelamente a los principios del siglo xv, el siglo del difícil tránsito entre dos edades tan distintas de la historia. Quedaban atrás en su vida las solicitudes por lo terreno, lo falaz. Tomó parte en conjuraciones políticas y, derrotado, había sido hecho prisionero, encerrado en unos sótanos inmundos, de los que creyó imposible salir con vida. Allí, encadenado a un poste, rodeado de ratas, con el agua hasta las rodillas, desengañado, reza a san Francisco y hace voto de entrar en su Orden. El voto le salva, y la ciudad de Perusa, donde cursaba sus estudios de jurisconsulto, es testigo de su conversión total, hasta espectacular en su externidad.

Reformador

Corría el año 1416. Ya franciscano, el de Capistrano se entrega en cuerpo y alma a la reforma espiritual del pueblo cristiano por medio de la predicación popular. Sigue las huellas y las enseñanzas de su hermano en religión, san Bernardino de Siena. Lleva su mismo gorro e invocándole hará sus maravillosas curaciones.

Va de pueblo en pueblo, acompañado de cuarenta caballeros, reúne a las multitudes en las plazas, pues no caben en los templos, y llega alguna vez a reunir el número de 20 000 oyentes. Así predica a Jesús, pero más con su figura que con las palabras. Pequeño, enjuto, apenas piel y huesos, vista corta, gesto austero, mas a la vez dulce y caritativo, semblante encendido, además sobrio y cálido.

Aunque predicaba casi siempre en latín, sus oyentes no daban tiempo al intérprete y pedían a gritos confesión, prometiendo cambiar de vida, encendiendo hogueras con los objetos de sus pecados: dados, naipes, afeites, etc.

Su característica era despertar vocaciones religiosas entre la juventud: en Leipzig 120 estudiantes siguen sus huellas, en Cracovia 130. Acabamos de nombrar dos ciudades no italianas, y es que lo extraordinario de la predicación de Juan de Capistrano, aquello en que supera a sus hermanos franciscanos misioneros como él, es su universalidad europea.

En veinte años misiona por Alemania, Austria, Hungría, Polonia, Moravia y hasta por Saboya, Borgoña y Flandes. Esta fue su lenta pero fundamental cooperación al mantenimiento de la unidad católica europea en el siglo XV.

Poseía dotes extraordinarias para la diplomacia. Trabajó en unir entre sí a los príncipes, recibió importantes misiones de cuatro Papas consecutivos, impugnó la naciente herejía husita, se relacionó con los griegos para tratar su unión con la Iglesia Romana, intervino en contener los perniciosos efectos del cisma de Basilea. Extendió la reforma de los "observantes" por los conventos de toda Europa, fundando muchos de ellos en Alemania.

Cruzada con el turco

Mas la ocasión culminante de su vida de "Santo de Europa" fue la Cruzada contra el turco, que empieza a predicar en el año 1453. El Papa Calixto III, español, de la familia Borja, le anima y le concede facultades omnímodas. Los príncipes cristianos no responden al llamamiento del Papa. El Papa nombra al cardenal español Juan de Carvajal su legado en Hungría.

El rey de Hungría huye, y tiene que ser Juan de Capistrano quien recluta a los campesinos húngaros para la Cruzada. Llegan a juntar a 7 000 cruzados. Mahomed ataca con 150 000 hombres y 300 cañones. Capistrano ha improvisado unos estandartes con la cruz y las figuras de San Francisco, San Antonio y San Bernardino. Anima a todos a la lucha al conjuro del nombre de Jesús, hace desistir a Huniades de su propósito de huir en retirada. Belgrado está rodeado por los turcos, y, contra toda previsión, los cruzados, animados por Capistrano desde la orilla, con la cruz, obtienen una victoria completa.

A los pocos días Mahomed vuelve al asalto con toda la rabia del león herido. Juan corre por las murallas, cuando la infantería turca escala el foso, y grita a los valientes húngaros que en sus manos está la cristiandad. Alzaba sus brazos a Dios, clamando misericordia por Europa. La derrota del turco fue completa.

Más admirable que la victoria en las armas, fue la victoria en los espíritus, que obtuvo Juan, convirtiendo a los cruzados en novicios. A diario celebraban misa él y sus frailes, y muchos soldados comulgaban. Políticamente no tuvo grandes consecuencias la victoria de Belgrado, pero quedaba el valor ejemplar de la conducta de un santo entregado a la defensa de la cristiandad.

Muerte

Una peste declarada en el campamento de los cruzados acabará con la vida, ya agotada, de aquel campeón. El mensaje de Juan de Capistrano quedaba escrito en la Historia.

Fuente: aciprensa.com

+ SOBRE SAN JUAN DE CAPISTRANO

sábado, 19 de octubre de 2019

DOMINGO DE LA 29 SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO, Ciclo C (Lecturas)

Exodo 17:8-13
Salmo 121: El Auxilio me viene del Señor 
que hizo el cielo y la tierra
2Timoteo 3:14-4:2
Lucas 18:1-8

Exodo 17:8-13

Los amalecitas vinieron a Refidín y atacaron a los israelitas. Entonces Moisés le ordenó a Josué:
— Escoge algunos de nuestros hombres y sal a combatir a los amalecitas. Mañana yo estaré en la cima de la colina con la vara de Dios en la mano.
Josué siguió las órdenes de Moisés y les presentó batalla a los amalecitas. Por su parte, Moisés, Aarón y Jur subieron a la cima de la colina. Mientras Moisés mantenía los brazos en alto, la batalla se inclinaba en favor de los israelitas; pero cuando los bajaba, se inclinaba en favor de los amalecitas. Cuando a Moisés se le cansaron los brazos, tomaron una piedra y se la pusieron debajo para que se sentara en ella; luego Aarón y Jur le sostuvieron los brazos, uno el izquierdo y otro el derecho, y así Moisés pudo mantenerlos firmes hasta la puesta del sol. Fue así como Josué derrotó al ejército amalecita a filo de espada.

Salmo 120: El auxilio me viene del Señor, 
que hizo el cielo y la tierra

Levanto mis ojos a los montes:
¿de dónde me vendrá el auxilio?
El auxilio me viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.
R. El auxilio me viene del Señor, 
que hizo el cielo y la tierra

No permitirá que resbale tu pie,
tu guardián no duerme;
no duerme ni reposa el guardián de Israel.
R. El auxilio me viene del Señor, 
que hizo el cielo y la tierra

El Señor te guarda a su sombra,
está a tu derecha;
de día el sol no te hará daño,
ni la luna de noche.
R. El auxilio me viene del Señor, 
que hizo el cielo y la tierra

El Señor te guarda de todo mal,
él guarda tu alma;
el Señor guarda tus entradas y salidas,
ahora y por siempre.
R. El auxilio me viene del Señor, 
que hizo el cielo y la tierra

2 Timoteo 3:4–4:2

Pero tú, permanece firme en lo que has aprendido y de lo cual estás convencido, pues sabes de quiénes lo aprendiste. Desde tu niñez conoces las Sagradas Escrituras, que pueden darte la sabiduría necesaria para la salvación mediante la fe en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia, a fin de que el siervo de Dios esté enteramente capacitado para toda buena obra. En presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de venir en su reino y que juzgará a los vivos y a los muertos, te doy este solemne encargo: Predica la Palabra; persiste en hacerlo, sea o no sea oportuno; corrige, reprende y anima con mucha paciencia, sin dejar de enseñar.

Lucas 18:1-8

Jesús les contó a sus discípulos una parábola para mostrarles que debían orar siempre, sin desanimarse. Les dijo:
— Había en cierto pueblo un juez que no tenía temor de Dios ni consideración de nadie. En el mismo pueblo había una viuda que insistía en pedirle: "Hágame usted justicia contra mi adversario." Durante algún tiempo él se negó, pero por fin concluyó: "Aunque no temo a Dios ni tengo consideración de nadie, como esta viuda no deja de molestarme, voy a tener que hacerle justicia, no sea que con sus visitas me haga la vida imposible."
Continuó el Señor:
— Tengan en cuenta lo que dijo el juez injusto. ¿Acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará mucho en responderles? Les digo que sí les hará justicia, y sin demora. No obstante, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?

SOBRE LAS LECTURAS DE ESTE DOMINGO:
Escuchar a Dios
Perseverancia en la oración  

19 de octubre: SAN PABLO DE LA CRUZ


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19 de octubre: San Pedro de Alcántara, San Pablo de la Cruz

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jueves, 17 de octubre de 2019

18 de octubre: SAN LUCAS, Evangelista


Lecturas de la Misa
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17 de octubre: SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA

17 de Octubre: San Ignacio de Antioquía, por Celestino Hueso SF


Ser católico hoy resulta complicado porque es nadar contra corriente. El mundo de hoy tiene otros dioses que arrastran por los caminos del desenfreno, la violencia y la barbarie. El Dios de la paz, la misericordia, el perdón, el diálogo y la verdadera libertad que tumba muros y rompe todas las fronteras, el Dios cristiano no interesa.

El dios de hoy es la tableta y el celular. La gente vive pendiente de ellos. Ser católico es ir contra corriente.

En los primeros siglos fue mas dificil aún. A San Ignacio lo hicieron obispo de Antioquía a finales del siglo I; enseguida llegó la persecución de Trajano y a Ignacio se lo llevaron para el circo romano como uno de los invitados especiales. Iba a participar en la función como alimento de los leones. Y todo por ser cristiano.

Ignacio era un valiente. En el viaje desde Antioquía escribió siete bellas cartas, aceptando el martirio. Entre otras cosas nos dijo: “Soy trigo de Cristo y necesito ser molido por los dientes de las fieras”. ¡Eso es valentía y lo demás son cuentos chinos! Lo tenemos en el Reino de Dios.

También se celebra hoy a San Oseas, un profeta como la copa de un pino que, para echar en cara al pueblo su falta de fe y su infidelidad para con Dios, se casó con una prostituta que lo abandonó, como era de esperar. Y para mostrar el amor y la fidelidad de Dios, volvió a recibirla dándole todo su amor, cuando ella volvió a él pobre y arrepentida.

Exactamente lo mismo que hace Cristo con su pueblo.

+ SOBRE SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA  

miércoles, 16 de octubre de 2019

Benedicto XVI presenta a san Ignacio como el “Doctor de la unidad”

Prosiguiendo la catequesis sobre los padres apostólicos, Benedicto XVI habló en la audiencia general de san Ignacio de Antioquia.

San Ignacio fue obispo de Antioquia del año 70 al 107 de nuestra era y en esa ciudad “fue donde por primera vez -dijo el Papa- los discípulos recibieron el nombre de cristianos“. Condenado a ser devorado por las fieras, fue trasladado a Roma para que esa sentencia se ejecutase y en el camino aprovechó de su paso por diferentes ciudades para reafirmar la fe de los cristianos que habitaban allí.

“Ningún padre de la Iglesia ha expresado con la intensidad de Ignacio el anhelo de unión con Cristo y a la vida en El”, observó el Papa, explicando que en san Ignacio confluyen “dos corrientes espirituales: la de Pablo, que tiende a la unión con Cristo y la de Juan, concentrada en la vida en El. A su vez, estas dos corrientes se unen en la imitación de Cristo“.

“La irresistible tensión de Ignacio hacia la unión con Cristo funda una verdadera y propia mística de la unidad“, prosiguió Benedicto XVI, y recordó que en las siete cartas que el obispo antioqueno escribió durante su viaje hacia Roma repite a menudo que “Dios existiendo en tres personas es Uno en absoluta unidad” y dice a los cristianos que “la unidad que tienen que realizar en esta tierra no es más que una imitación, lo más conforme posible al arquetipo divino”.

“Se advierte en (…) Ignacio una dialéctica constante y fecunda entre dos aspectos característicos de la vida cristiana: por una parte la estructura jerárquica de la comunidad eclesial, y por otra la unidad fundamental que liga entre sí a todos los fieles en Cristo. Por lo tanto, los roles no se pueden contraponer. Al contrario, la insistencia de la comunión de los creyentes entre ellos mismos y sus pastores, se refuerza constantemente mediante (…) analogías” tomadas de la música, como “la cítara, las cuerdas, (…) la sinfonía”.

“Es evidente la responsabilidad peculiar de los obispos, de los presbíteros y los diáconos en la edificación de la comunidad. Para ellos es válido ante todo el llamamiento al amor y la unidad”.

“Con razón Ignacio es llamado “doctor de la unidad” -exclamó el Papa-, y (…) en definitiva su “realismo” invita a los fieles de ayer y hoy a realizar una síntesis progresiva entre configuración con Cristo (…) y compromiso con su Iglesia (unidad con el obispo y apertura al mundo) (…) entre comunión de la Iglesia en su interno y misión, que es la proclamación del Evangelio a los demás”.

Fuente: primeroscristianos.com

+ SOBRE SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA

Temas principales en los escritos de San Ignacio de Antioquia

La vuelta del emperador Trajano a Roma, tras la conquista de la Dacia —la actual Rumanía—, fue celebrada con ciento veintitrés días de espectáculos. Diez mil gladiadores perecieron en los juegos circenses. También fueron devorados por las fieras muchos condenados, por el mero hecho de ser cristianos. Entre ellos el obispo de Antioquía, Ignacio. Detenido y juzgado, el prisionero abandonó la gran metrópoli de Siria hacia Roma, encadenado y escoltado por un pelotón de diez soldados de la cohorte Lepidania. Corría probablemente el año 106, o principios del 107.

Ignacio era el segundo o tercer sucesor del apóstol San Pedro en la sede de Antioquía, pues los testimonios no son unánimes. Según un documento del s. IV/V fue discípulo del apóstol Juan. Ante todo era un pastor de almas, enamorado de Cristo y preocupado de custodiar el rebaño que le había sido confiado.

Su mejor retrato nos lo proporciona él mismo en las siete cartas que escribió a varias comunidades cristianas mientras era llevado a Roma. Cuatro fueron escritas desde Esmirna a las Iglesias de Éfeso, Magnesia, Tralles y Roma; las otras tres las escribió desde Tróade: a la Iglesia de Filadelfia, a la de Esmirna y al obispo de ésta, Policarpo, en la que le da unos consejos sobre la manera de desempeñar sus deberes de obispo.

Por su contenido, estas cartas tienen un gran interés doctrinal, por el que San Ignacio es uno de los Padres de la Iglesia. Es en ellas donde encontramos por vez primera la expresión “Iglesia católica” para referirse al conjunto de los cristianos.

Sobre la divinidad y humanidad del Hijo de Dios

Bastantes de los temas que tratan vienen determinados por la polémica contra las herejías más difundidas, especialmente el docetismo, que negaba la realidad de la encarnación del Verbo. San Ignacio afirma con energía la verdadera divinidad y la verdadera humanidad del Hijo de Dios.

Iglesia, Cuerpo de Cristo

Otro punto importante es la doctrina sobre la Iglesia. San Ignacio considera que el ser de la Iglesia está profundamente anclado en la Trinidad y, a la vez, expone la doctrina de la Iglesia como Cuerpo de Cristo. Su unidad se hace visible en la estructura jerárquica, sin la cual no hay Iglesia y sin la que tampoco es posible celebrar la Eucaristía.

La jerarquía aparece constituida por obispos, presbíteros y diáconos. Se trata de un testimonio precioso, por su claridad y su antigüedad.

Toda la comunidad debe obedecer al obispo, que representa a Dios, el obispo invisible. Al obispo deben someterse el presbiterio y los diáconos hasta el punto de que, si alguien obra algo a margen de la jerarquía, dice, “no es puro en su conciencia”.

Sobre este mismo punto, refiriéndose a su martirio, llega a afirmar en una de las cartas: “Yo me ofrezco como rescate por quienes se someten al obispo, a los presbíteros y a los diáconos. ¡Y ojalá que con ellos se me concediera entrar a la parte de Dios!”.

Ignacio muestra ser un hombre de gran corazón. Agradece emocionado la finura de la fraternidad de los primeros cristianos, que —apenas conocer su cautiverio— se prodigan con él, le proporcionan lo necesario para el viaje, se ofrecen a acompañarle y a compartir su suerte. Corren a confortarle desde las ciudades vecinas, pero son ellos quienes tornan removidos y contagiados del amor a Dios.

Gracias a su intensa vida interior, San Ignacio intenta hacer el mayor bien posible en los lugares por donde pasa, abriendo a los demás el tesoro de los dones que el Espíritu Santo le ha concedido. Con una gran humildad afirma: “no os doy órdenes como si fuese alguien”, pero su caridad sabe usar tonos enérgicos cuando es necesario: no esquiva corregir aunque duela, ni denunciar la herejía o la desviación disciplinar.

Fuente: primeroscristianos.com

+ SOBRE SAN IGNACIO DE ANTIOQUIA

¿Qué significan los nombres hebreos de la Sagrada Familia? ¿De dónde vienen los nombres de Jesús, María, José, Joaquín y Ana, además del título de Mesías o Cristo?

La Sagrada Familia de Nazaret está formada por Jesucristo, su madre María y su padre adoptivo José, así como por sus abuelos maternos Joaquín y Ana. Desafortunadamente, el nombre de los padres de San José no nos ha llegado. Aquí está el origen y el significado de estos nombres:

JESÚS

Del latín Iésus, que deriva del hebreo Yeshua, variación de Yehoshua (del que también deriva el nombre Josué). Significa “Dios salva”.

Cristo (o Mesías): Del latín Christus, versión del griego Christós, traducción del hebreo Mashiakh. Significa “Ungido”. No es parte del nombre propio de Jesús, sino un título reconocido para él.

MARÍA

Del latín Maria, derivado del arameo Maryam o Mariam, cuya versión hebrea es Myrhiàm. María significa “La elegida por dios” proviene del hebreo מִרְיָם (Miryam) que significa “Excelsa”.

JOSÉ

Del latín Ioseph, derivato del hebreo Yosef. Existe también la versión latinizada Iosephus. Tiene dos significados: en el primer caso significa ‘Yavhé ha borrado’ y en el segundo ‘que Yavhé añada’.

La Biblia interpreta de este nombre a partir de las frases de Raquel recogidas en el Génesis al dar a luz al patriarca José cuando dice: ”Dios ha borrado mi afrenta” y llamó a su hijo José, “que me añada Yahvé otro hijo”.

JOAQUÍN

Del latín Ioachim, derivado del hebreo Yəhôyāqîm. Significa “Aquel que ha sido preparado por Dios”. San Joaquín, marido de Santa Ana, era el padre de la Virgen María, y por tanto el abuelo de Jesús.

ANA

Del latín Anna, deriva del hebreo  annāh. Significa “Gracia”. Santa Ana, mujer de San Joaquín, era la madre de la Virgen María, y así, la abuela de Jesús.

Fuente: Aleteia

"Un cristiano que no sabe acusarse a sí mismo no es un buen cristiano"

Lecturas del martes de la 28 semana del Tiempo Ordinario. Año II

Jesús no tolera la hipocresía y llama a los fariseos «sepulcros blanqueados». Lo recordó el Santo Padre en su homilía en la misa de esta mañana celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta. Debemos curarnos de la hipocresía y la medicina es saber acusarse a sí mismo ante Dios. Quien no sabe cómo hacerlo «no es un buen cristiano», dijo Francisco

La hipocresía fue el tema que abordó el Papa en su homilía de la Misa matutina. Y comenzó a partir de la sugerencia del pasaje evangélico del día, en el que se relata que Jesús, invitado a comer por un fariseo, fue criticado por el dueño de casa porque, antes de ponerse a la mesa, no había hecho las abluciones rituales.

Francisco comentó al respecto: «Hay una actitud que el Señor no tolera: la hipocresía. Y esto es lo que leemos en el Evangelio. Invitan a Jesús a comer, pero para juzgarlo, no para hacer amistad». A lo que añadió que “la hipocresía es precisamente presentarse de un modo y ser de otro». Es pensar en secreto de manera diferente a como uno se presenta.

Jesús no soporta la hipocresía. Y a menudo llama a los fariseos “hipócritas”, “sepulcros blanqueados”. Pero no es un insulto de Jesús, “es la verdad”. «Desde afuera eres perfecto”, es más, “almidonado” – reafirmó Francisco – precisamente “siendo correcto”, pero “dentro eres otra cosa». Y afirmó que «la actitud hipócrita nace del gran mentiroso, el diablo». Él es el «gran hipócrita» y los hipócritas son sus «herederos».

La hipocresía es el lenguaje del diablo, es el lenguaje del mal que entra en nuestro corazón y es sembrado por el diablo. No se puede convivir con gente hipócrita, pero existe. A Jesús le gusta desenmascarar la hipocresía. Él sabe que será ciertamente esta actitud hipócrita la que lo llevará a la muerte, porque el hipócrita no piensa si utiliza medios lícitos o no, va adelante: con la calumnia. «Calumniemos, ¿el falso testigo?”… «Busquemos un falso testigo”.

El Papa prosiguió diciendo que alguien podría objetar «que no existe tal hipocresía” en el propio entorno. Sin embargo, añadió, “pensar esto es un error”:

El lenguaje hipócrita, no diré que sea normal, pero es común, es de todos los días. El hecho de presentarse de un modo y ser de otro. En la lucha por el poder, por ejemplo, las envidias, los celos, te hacen parecer con una forma de ser y desde dentro hay veneno para matar, porque la hipocresía siempre mata, siempre, tarde o temprano mata.

Es necesario sanar de esta actitud. Pero ¿cuál es la medicina? se preguntó el Papa. Y la respuesta es decir «la verdad, ante Dios». Es acusarse a sí mismo:

Debemos aprender a acusarnos a nosotros mismos: «He hecho esto, yo pienso así, malamente…. Tengo envidia, me gustaría destruir aquello…», lo que está dentro, lo nuestro, y decirlo ante Dios. Este es un ejercicio espiritual que no es común, no es habitual, pero tratamos de hacerlo: acusarnos a nosotros mismos, vernos en el pecado, en las hipocresías y en la maldad que hay en nuestro corazón. Porque el diablo siembra la maldad y decirle al Señor: «¡Mira, Señor, cómo soy!», y decirlo con humildad.

Aprendemos a acusarnos a nosotros mismos, reafirmó el Papa, a la vez que añadió textualmente:

“Una cosa tal vez demasiado fuerte, pero es así: un cristiano que no sabe acusarse a sí mismo no es un buen cristiano y corre el riesgo de caer en la hipocresía”.

Y concluyó recordando la oración de Pedro cuando dijo al Señor: «Aléjate de mí porque soy un hombre pecador”. «Aprendamos – dijo Francisco – a acusarnos a nosotros mismos».

Carrera hacia el martirio de san Ignacio de Antioquia


Tercer obispo de Antioquia, doctor de la unidad, denominado Theophoros (portador de Dios), murió mártir por amor a Cristo bajo las fauces de los leones en el anfiteatro Flavio.

«Permitid que sirva de alimento a las bestias feroces para que por ellas pueda alcanzar a Dios. Soy trigo de Cristo y quiero ser molido por los dientes de las fieras para convertirme en pan sabroso a mi Señor Jesucristo. Animad a las bestias para que sean mi sepulcro, para que no dejen nada de mi cuerpo, para que cuando esté muerto, no sea gravoso a nadie […]. Si no quieren atacarme, yo las obligaré. Os pido perdón. Sé lo que me conviene. Ahora comienzo a ser discípulo. Que ninguna cosa visible o invisible me impida llegar a Jesucristo […]. Poneos de mi lado y del lado de Dios. No llevéis en vuestros labios el nombre de Jesucristo y deseos mundanos en el corazón. Aún cuando yo mismo, ya entre vosotros os implorara vuestra ayuda, no me escuchéis, sino creed lo que os digo por carta. Os escribo lleno de vida, pero con anhelos de morir».

Son palabras de la epístola que este apasionado y valeroso atleta de Cristo, Padre Apostólico, discípulo de los apóstoles san Juan y san Pablo, sospechando el glorioso fin que le aguardaba, dirigió a los cristianos de Roma. Y ciertamente fue condenado por el emperador Trajano a morir en el circo bajo las fauces de las fieras.

Los datos conocidos de su vida arrancan del momento en que los apóstoles Pedro y Pablo lo designaron sucesor de Evodio (que dejó este mundo hacia el año 69 d.C.) para ocupar como obispo la sede de Antioquia. Ésta era entonces una ciudad populosa, de gran importancia dentro del Imperio Romano, mosaico de creencias y vía de paso de gran atractivo para muchas personas. Greco-paganos, judeocristianos helenistas, judíos ortodoxos, entre otros, junto a la nutrida comunidad cristiana conformaban el paisaje social de este núcleo gordiano «de las Iglesias de la gentilidad», con el que tuvo que lidiar san Ignacio. Y no le resultó fácil, como se percibe en sus ímprobos esfuerzos y llamamientos a la unidad.

Fue un pastor excepcional. Transmitió con fidelidad la doctrina heredada de los primeros apóstoles y defendió bravamente la fe contra herejías como el docetismo.

En las siete epístolas que dirigió a las distintas Iglesias (algunas redactadas mientras viajaba para ser martirizado), no dejó de exhortar a los cristianos a dar la vida por Cristo, a ser fieles a las enseñanzas recibidas, a mantenerse firmes frente a los que pretendían socavarlas, así como a vivir la caridad y unidad entre todos.

Cuando supieron que había sido hecho prisionero y viajaba para ser ajusticiado, como tantos mártires, iban saliéndole al encuentro (entre otros, san Policarpo); él los bendecía con paternal ternura, orando por ellos y por la Iglesia. Eusebio de Cesarea, al historiar ese momento, haciéndose eco del discurrir de Ignacio, puso de manifiesto el ardor apostólico del santo que no perdía ocasión para dar a conocer a Cristo.

En las ciudades que atravesó se ocupó de fortalecer a los fieles recordándoles el mensaje evangélico, animándoles a vivir la santidad. Tras de sí dejaba la huella de la unidad entre las Iglesias, después de haber alertado contra las herejías que irrumpían con fuerza buscando la confusión y la ruptura con el magisterio eclesial que de ellas se deriva.

Particularmente relevante fue su paso por Esmirna, sede de san Policarpo, que había bebido las fuentes primigenias del cristianismo de manos de san Juan. El edificante y rico legado de san Ignacio que amasó en ese lugar, además de las bendiciones que su presencia proporcionó a los cristianos de la ciudad, ha llegado a nuestros días. Se compone de una serie de cartas dirigidas a sus hermanos de Éfeso, Magnesia, Trales y Roma, a través de las cuales dejaba oír la poderosa voz de la fe que inundaba sus entrañas.

A la comunidad romana le había dicho: «Trigo soy de Dios, molido por los dientes de las fieras, y convertido en pan puro de Cristo». No finalizó con estas misivas su encendida catequesis.

En Tróada, su siguiente escala, escribió a la comunidad de Filadelfia, a la de Esmirna, y a Policarpo. En estos textos vivos, pujantes de gozo –porque sabía que iba camino de su martirio y ansiaba derramar su sangre por Cristo, ya que de este modo se abrazaría a Él por toda la eternidad–, se percibe cuánto le urgía dejar bien sentadas las bases de la comunión apostólica, recordando las claves del seguimiento, coronadas siempre por la caridad.

La lucha, el esfuerzo, la entrega incesante, la fraternidad, el espíritu de familia, el ir todos a una, y ponerse a merced unos de otros, siempre mirando a quien presidía la comunidad, sin celos, rivalidades y envidias, alumbraron a los fieles a quienes las dirigió y a las sucesivas generaciones.

El potente eco de su voz se abre paso en nuestras vidas y nos insta a seguir el camino hasta el fin, recordándonos el valor de la gracia que recibimos cuando nos afiliamos a la Iglesia: «¡Vuestro bautismo ha de permanecer como vuestra armadura, la fe como un yelmo, la caridad como una lanza, la paciencia como un arsenal de todas las armas!».

El 20 de diciembre del año 107, aunque este extremo no está confirmado, compareció ante el prefecto. Fue un trámite fugaz, inútil, ya que todo estaba decidido de antemano, y sin dilación fue conducido al anfiteatro Flavio. Allí unos leones dieron fin a su vida.

Las Actas de los mártires reflejan este cruento sacrificio del gran prelado de Antioquia, cuyo sobrenombre de «Theophoros» (portador de Dios) sintetiza el acontecer de ese testigo de Cristo que derramó su sangre por Él.

Había sido el primero en denominar «católica» a la Iglesia, en utilizar la palabra «Eucaristía» refiriéndose al Santísimo Sacramento, y en escribir sobre el parto virginal de María. Ha dejado obras excepcionales mostrando que la doctrina eclesial procede de Cristo por medio de los apóstoles. Sus restos fueron llevados a Antioquia.

Fuente: Isabel Orellana Vilches

+ SOBRE SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA 

16 de octubre: SANTA MARGARITA MARÍA ALACOQUE

San Claudio y Santa Margarita de Alacoque

“Es necesario ser santo para hacer santos”
San Claudio de la Colombiere


Nacido en las cercanías de Lyon en el seno de una familia de notarios y magistrados, San Claudio fue capaz de colocar al servicio de su obra evangelizadora el conocimiento y los contactos a los que había accedido por su acomodada cuna.

San Claudio y Santa Margarita de Alacoque

Ingresó en la Compañía de Jesús y, como superior de su comunidad, fue nombrado confesor de las religiosas de la Visitación de Paray-le-Monial. Allí entró en contacto con Santa Margarita María de Alacoque, receptora de visiones del Sagrado Corazón de Jesús. San Claudio disipó los temores de la religiosa de que aquellas experiencias místicas fueran obra demoniaca y encauzó y dio forma a las revelaciones de Santa Margarita. Juntos fueron los principales impulsores de la devoción al Sagrado Corazón y juntos fueron representados en este óleo que figura en la capilla sepulcral del santo, en Paray-le-Monial.

¡San Claudio de la Colombiere, Santa Margarita de Alacoque, rogad por nosotros!

martes, 15 de octubre de 2019

15 de octubre: Santa Teresa de Jesús


SOBRE SANTA TERESA DE JESÚS:   
Lecturas de la fiesta de Santa Teresa de Jesús, virgen y doctora
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Vagamunda, mística y profeta (1)
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  A propósito del emprendimiento   

Primer milagro de santa Teresa de Ávila


Cuando santa Teresa se encontraba preparando la casa que iba a acoger su primer convento reformado en Ávila recibió la noticia del fallecimiento de su sobrino, Gonzalo Ovalle. Corría el año 1561. Ante la tragedia, Santa Teresa se dirigió a la casa familiar y se recogió en oración ante el cadáver del niño. Tras las plegarias de la santa, el pequeño volvió a la vida, en lo que está considerado el primer milagro de la santa.

La escena es plasmada por Luis de Madrazo con el estilo grandilocuente y teatral de las pinturas de historia del siglo XIX. La obra pertenece a los fondos del Museo del Prado de Madrid.

¡Santa Teresa de Jesús, ruega por nosotros!

+ SOBRE SANTA TERESA DE ÁVILA

lunes, 14 de octubre de 2019

14 de octubre: Calixto I, Papa y mártir

14 de Octubre: San Calixto, por Celestino Hueso SF


Al hombre que presento hoy podrían tenerlo como patrón los banqueros. No era un ricachón de la época. No; sino todo lo contrario, era un esclavo, pero un esclavo con un corazón tan grande que su amo lo nombró administrador de sus bienes.

La cosa pintó en bastos y perdió media fortuna de su dueño. Y, como era de esperar, fue a dar con sus huesos en la cárcel. Cuando salió consiguió recuperar todo lo perdido y su dueño Carpóforo le dio la libertad y se convirtió en un gran administrador de todo lo que se puso en sus manos. Y en un gran creyente y administrador de la fe.

Lo nombraron Papa y se convirtió en el Papa Francisco del siglo III. Lo que el alma es para el cuerpo fue Calixto para el mundo. Por eso lo odiaban los gerifaltes y quienes tenían ínfulas de grandeza.

Tertuliano e Hipólito (los sabihondos de la época) lo condenaron por perdonar a los adúlteros arrepentidos. Finalmente los enemigos de la fe y las buenas obras lo arrojaron de cabeza a un pozo. Lo que no sabían es que en el fondo había una escalera que iba derechita al cielo. Por ella subió San Calixto.

+ SOBRE SAN CALIXTO I