viernes, 30 de marzo de 2012

DOMINGO DE RAMOS, ciclo B


Isaías 50,4-7
Salmo 21: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Filipenses 2:6-11
Marcos 14:1-15:47


Isaías 50,4-7

En aquel entonces, dijo Isaías: "El Señor me ha dado una lengua experta, para que pueda confortar al abatido con palabras de aliento. Mañana tras mañana, el Señor despierta mi oído, para que escuche yo, como discípulo. El Señor Dios me ha hecho oír sus palabras y yo no he opuesto resistencia ni me he echado para atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban de la barba. No aparté mi rostro de los insultos y salivazos. Pero el Señor me ayuda, por eso no quedaré confundido, por eso endurecí mi rostro como roca y sé que no quedaré avergonzado".

Salmo responsorial (21):
R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Todos los que me ven, de mí se burlan;
me hacen gestos y dicen:
"Confiaba en el Señor, pues que él lo salve;
si de veras lo ama, que lo libre".
R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Los malvados me cercan por doquiera
como rabiosos perros,
Mis manos y mis pies han taladrado
y se pueden contar todos mis huesos.
R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Reparten entre sí mis vestiduras
y se juegan mi túnica a los dados.
Señor, auxilio mío, ven y ayúdame,
no te quedes de mí tan alejado.
R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Contaré tu fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré.
Fieles del Señor, alábenlo; glorifícalo,
linaje de Jacob; témelo, estirpe de Israel.
R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Filipenses 2:6-11

Cristo, siendo Dios, no consideró que debía aferrarse a las prerrogativas de su condición divina, sino que, por el contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres. Así, hecho uno de ellos, se humilló a sí mismo y por obediencia aceptó incluso la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todas las cosas y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre, para que, al Nombre de Jesús, todos doblen la rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y todos reconozcan públicamente que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.

Marcos 14:1-15:47

C. Faltaban dos días para la fiesta de pascua y de los panes Azimos. Los sumos sacerdotes y los escribas andaban buscando una manera de apresar a Jesús a traición y darle muerte, pero decían:

S. "No durante las fiestas, porque el pueblo podría amotinarse".

C. Estando Jesús sentado a la mesa, en casa de Simón el leproso, en Betania, llegó una mujer con un frasco de perfume muy caro, de nardo puro; quebró el frasco y derramó el perfume en la cabeza de Jesús. Algunos comentaron indignados:

S. "¿A qué viene este derroche de perfume? Podía haberse vendido por más de trescientos denarios para dárselos a los pobres".

C. Y criticaban a la mujer; pero Jesús replicó:

+ "Déjenla. ¿Por qué la molestan? Lo que ha hecho conmigo está bien, porque a los pobres los tienen siempre con ustedes y pueden socorrerlos cuando quieran; pero a mí no me tendrán siempre. Ella ha hecho lo que podía. Se ha adelantado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura. Yo les aseguro que en cualquier parte del mundo donde se predique el Evangelio, se recordará también en su honor lo que ella ha hecho conmigo".

C. Judas Iscariote, uno de los Doce, se presentó a los sumos sacerdotes para entregarles a Jesús. Al oírlo, se alegraron y le prometieron dinero; y él andaba buscando una buena ocasión para entregarlo. El primer día de la fiesta de los panes Azimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le preguntaron a Jesús sus discípulos:

S. "¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?"

+ "Vayan a la ciudad. Encontrarán a un hombre que lleva un cántaro de agua; síganlo y díganle al dueño de la casa en donde entren: 'El Maestro manda preguntar: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?' Él les enseñará una sala en el segundo piso, arreglada con divanes. Prepárennos allí la cena".

C. Los discípulos se fueron, llegaron a la ciudad, encontraron lo que Jesús les había dicho y prepararon la cena de Pascua. Al atardecer, llegó Jesús con los Doce. Estando a la mesa, cenando, les dijo:

+ "Yo les aseguro que uno de ustedes, uno que está comiendo conmigo, me va a entregar".

C. Ellos, consternados, empezaron a preguntarle uno tras otro:

S. "¿Soy yo?"

C. Él respondió:

+ "Uno de los Doce; alguien que moja su pan en el mismo plato que yo. El Hijo del hombre va a morir, como está escrito: pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre! ¡Más le valiera no haber nacido!

C. Mientras cenaban, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a sus discípulos, diciendo:

+ "Tomen: esto es mi cuerpo".

C. Y tomando en sus manos una copa de vino, pronunció la acción de gracias, se la dio, todos bebieron y les dijo:

+ "Esta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos. Yo les aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios".

C. Después de cantar el himno, salieron hacia el monte de los Olivos y Jesús les dijo:

+ "Todos ustedes se van a escandalizar por mi causa, como está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas; pero cuando resucite, iré por delante de ustedes a Galilea".

C. Pedro replicó:

S. "Aunque todos se escandalicen, yo no".

C. Jesús le contestó:

+ "Yo te aseguro que hoy, esta misma noche, antes de que el gallo cante dos veces, tú me negarás tres".

C. Pero él insistía:

S. "Aunque tenga que morir contigo, no te negaré".

C. Y los demás decían lo mismo. Fueron luego a un huerto, llamado Getsemaní, y Jesús dijo a sus discípulos:

+ "Siéntense aquí mientras hago oración".

C. Se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan; empezó a sentir terror y angustia, y les dijo:

+ "Tengo el alma llena de una tristeza mortal. Quédense aquí, velando".

C. Se adelantó un poco, se postró en tierra y pedía que, si era posible, se alejara de él aquella hora. Decía:

+ "Padre, tú lo puedes todo: aparta de mí este cáliz. Pero que no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres".

C. Volvió a donde estaban los discípulos, y al encontrarlos dormidos, dijo a Pedro:

+ "Simón, ¿estás dormido? ¿No has podido velar ni una hora? Velen y oren, para que no caigan en la tentación. El espíritu está pronto, pero la carne es débil".

C. De nuevo se retiró y se puso a orar, repitiendo las mismas palabras. Volvió y otra vez los encontró dormidos, porque tenían los ojos cargados de sueño; por eso no sabían qué contestarle. Él les dijo:

+ "Ya pueden dormir y descansar. ¡Basta! Ha llegado la hora. Miren que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense! ¡Vamos! Ya está cerca el traidor".

C. Todavía estaba hablando, cuando se presentó Judas, uno de los Doce, y con él, gente con espadas y palos, enviada por los sacerdotes, los escribas y los ancianos. El traidor les había dado una contraseña, diciéndoles:

S. "Al que yo bese, ése es. Deténgalo y llévenselo bien sujeto".

C. Llegó, se acercó y le dijo:

S. "Maestro".

C. Y lo besó. Ellos le echaron mano y lo apresaron. Pero uno de los presentes desenvainó la espada y de un golpe le cortó la oreja a un criado del sumo sacerdote. Jesús tomó la palabra y les dijo:

+ "¿Salieron ustedes a apresarme con espadas y palos, como si se tratara de un bandido? Todos los días he estado entre ustedes, enseñando en el templo y no me han apresado. Pero así tenía que ser para que se cumplieran las Escrituras".

C. Todos lo abandonaron y huyeron. Lo iba siguiendo un muchacho, envuelto nada más con una sábana, y lo detuvieron; pero él soltó la sabana y se les escapó desnudo. Condujeron a Jesús a casa del sumo sacerdote y se reunieron todos los pontífices, los escribas y los ancianos. Pedro lo fue siguiendo de lejos, hasta el interior del patio del sumo sacerdote y se sentó con los criados, cerca de la lumbre, para calentarse. Los sumos sacerdotes y el sanedrín en pleno buscaban una acusación contra Jesús para condenarlo a muerte y no la encontraban. Pues, aunque muchos presentaban falsas acusaciones contra él, los testimonios no concordaban. Hubo unos que se pusieron de pie y dijeron:

S. "Nosotros lo hemos oído decir: 'Yo destruiré este templo, edificado por hombres, y en tres días construiré otro, no edificado por hombres'".

C. Pero ni aun en esto concordaba su testimonio. Entonces el sumo sacerdote se puso de pie y le preguntó a Jesús:

S. "¿No tienes nada que responder a todas esas acusaciones?"

C. Pero él no le respondió nada. El sumo sacerdote le volvió a preguntar:

S. "¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios bendito?,"

C. Jesús contestó:

+ "Sí lo soy. Y un día verán cómo el Hijo del Hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y cómo viene entre las nubes del cielo".

C. El sumo sacerdote se rasgó las vestiduras exclamando:

S. "¿Qué falta hacen ya más testigos? Ustedes mismos han oído la blasfemia. ¿Qué les parece?"

C. Y todos lo declararon reo de muerte. Algunos se pusieron a escupirle, y tapándole la cara, lo abofeteaban y le decían:

S. "Adivina quién fue".

C. Los criados también le daban de bofetadas. Mientras tanto, Pedro estaba abajo, en el patio. Llegó una criada del sumo sacerdote, y al ver a Pedro calentándose, lo miró fijamente y le dijo:

S. "Tú también andabas con Jesús Nazareno".

C. Él lo negó, diciendo:

S. "Ni sé ni entiendo lo que quieres decir".

C. Salió afuera hacia el zaguán, y un gallo cantó. La criada, al verlo, se puso de nuevo a decir a los presentes:

S. "Ese es uno de ellos".

C. Pero él lo volvía a negar. Al poco rato, también los presentes dijeron a Pedro:

S. "Claro que eres uno de ellos, pues eres galileo".

C. Pero él se puso a echar maldiciones y a jurar:

S. "No conozco a ese hombre del que hablan".

C. En seguida cantó el gallo por segunda vez. Pedro se acordó entonces de las palabras que le había dicho Jesús: 'Antes de que el gallo cante dos veces, tú me habrás negado tres', rompió a llorar. Luego que amaneció, se reunieron los sumos sacerdotes con los ancianos, los escribas y el sanedrín en pleno, para deliberar. Ataron a Jesús, se lo llevaron y lo entregaron a Pilatos. Este le preguntó:

S. "¿Eres tú el rey de los judíos?"

C. Él respondió:

+ "Sí lo soy".

C. Los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilatos le preguntó de nuevo:

S. "¿No contestas nada? Mira de cuántas cosas te acusan".

C. Jesús ya no le contestó nada, de modo que Pilatos estaba muy extrañado. Durante la fiesta de Pascua, Pilato solía soltarles al preso que ellos pidieran. Estaba entonces en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que habían cometido un homicidio en un motín. Vino la gente y empezó a pedir el indulto de costumbre. Pilatos les dijo:

S. "¿Quieren que les suelte al rey de los judíos?"

C. Porque sabía que los Sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia. Pero los sumos sacerdotes incitaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás. Pilatos les volvió a preguntar:

S. "¿Y qué voy a hacer con el que llaman rey de los judíos?"

C. Ellos gritaron más fuerte:

S. "¡Crucifícalo!"

C. Pilatos, queriendo dar gusto a la multitud, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de mandarlo azotar, lo entregó para que lo crucificaran. Los soldados se lo llevaron al interior del palacio, al pretorio, y reunieron a todo el batallón. Lo vistieron con una manto de color púrpura, le pusieron una corona de espinas que habían trenzado, y comenzaron a burlarse de él, dirigiéndole este saludo:

S. "¡Viva el rey de los judíos!".

C. Le golpeaban la cabeza con una caña, le escupían y, doblando las rodillas, se postraban ante él. Terminadas las burlas, le quitaron aquel manto de color púrpura, le pusieron su ropa y lo sacaron para crucificarlo. Entonces forzaron a cargar la cruz a un individuo que pasaba por ahí de regreso del campo, Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, y llevaron a Jesús al Gólgota (que quiere decir "lugar de la Calavera"). Le ofrecieron vino con mirra, pero él no lo aceptó. Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echando suertes para ver qué le tocaba a cada uno. Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: "El rey de los judíos". Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. Así se cumplió la Escritura que dice: Fue contado entre los malhechores. Los que pasaban por ahí lo injuriaban meneando la cabeza y gritándole:

S. "Anda" Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo y baja de la cruz".

C. Los sumos sacerdotes se burlaban también de él y le decían:

S. "Ha salvado a otros, pero a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos"

C. Hasta los que estaban crucificados con él también lo insultaban. Al llegar el mediodía, toda aquella tierra se quedó en tinieblas hasta las tres de la tarde. Y a las tres, Jesús gritó con voz potente:

+ "Eloí, Eloí, ¿lamá sabactaní?"

C. Que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Algunos de los presentes, al oírlo, decían:

S. "Miren, está llamando a Elías".

C. Uno corrió a empapar una esponja en vinagre, la sujetó a un carrizo y se la acercó para que bebiera, diciendo:

S. "Vamos a ver si viene Elías a bajarlo".

C. Pero Jesús, dando un fuerte grito, expiró. Entonces el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El oficial romano que estaba frente a Jesús, al ver cómo había expirado, dijo:

S. "De veras este hombre era Hijo de Dios".

C. Había también ahí unas mujeres que estaban mirando todo desde lejos; entre ellas, María Magdalena, María (la madre de Santiago el menor y de José) y Salomé, que cuando Jesús estaba en Galilea, lo seguían para atenderlo; y además de ellas, otras muchas que habían venido con él a Jerusalén. Al anochecer, como era el día de la preparación, víspera del sábado, vino José de Arimatea, miembro distinguido del sanedrín, que también esperaba el Reino de Dios. Se presentó con valor ante Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Pilato se extrañó de que ya hubiera muerto, y llamando al oficial, le preguntó si hacía mucho tiempo que había muerto. Informado por el oficial, concedió el cadáver a José. Este compró una sábana, bajó el cadáver, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro excavado en una roca y tapó con una piedra la entrada del sepulcro. María Magdalena y María, la madre de José, se fijaron en dónde lo ponía.

Comentario de Mons. Francisco González, S.F.,
Obispo Auxiliar de Washington, D.C.

Entramos hoy en la Semana Santa, la semana grande, la semana en que celebramos los grandes acontecimientos en la vida de Jesús y que tuvieron lugar durante la última semana de su vida según nos lo presentan los evangelios sinópticos. Este año la lectura de la Pasión del Señor para el Domingo de Ramos está tomada del evangelio de San Marcos.

La primera lectura, parte del conocido tercer cántico del Siervo de Yahvé, se nos presenta como el siervo que escucha, el siervo que sufre, el siervo que no pierde la esperanza. Él presenta su espalda para que lo golpeen y su mejilla para los que le hieren, al mismo tiempo que no oculta su rostro de los insultos y salivazos que le llegan. Pero él ha escuchado la palabra del Señor y por eso se siente con la fuerza de afrentar todo lo que le echen encima, pues el Señor le ayuda y así saldrá triunfante.

Todo esto ahora nos recuerda, y parece una descripción con lo que Jesús se va a enfrentar en estos últimos días de su vida: rechazo, golpes, insultos, salivazos.

En la segunda lectura nos encontramos con lo que Pablo relata a los filipenses en el que vemos cómo Jesús acepta la gran humillación y que ningún otro ser la puede igualar, pues Él "no hace alarde de su categoría de Dios…se despoja de su rango…toma la condición de esclavo…se somete a la muerte, una muerte en la cruz".

En la lectura evangélica para la Bendición de los Ramos encontramos esa práctica de la humildad por parte del Señor.

Dicen algunos historiadores que en ese momento de la historia de Israel había una particular expectación sobre la venida del Mesías, del Enviado de Dios. ¿Cómo iba a ser ese Mesías? Poderoso como un gran guerrero, al estilo de David, quien los libraría del goliat romano, que les conseguiría la libertad, la independencia, que cancelaría todos esos impuestos que en esos entonces tenían que mandar a Roma.

Sí, el Mesías había llegado a la Ciudad Santa, a Jerusalén, el centro de todo: religioso, político y militar donde se hacían las decisiones que afectaban la vida diaria del pueblo judío. Y este Mesías esperado entra en la ciudad montado en un borrico, un animal que no inspira elegancia, poder y esplendor, todo lo contrario de un caballo, montura de reyes, de conquistadores y famosos militares y de entradas triunfales en sus ciudades después de grandes batallas.

Jesús el Mesías, que se había vaciado de todo poder y gloria entra en la Ciudad Sagrada, pero también la ciudad donde residen sus enemigos, montado en un animal de poca gracia, que si lo hubiera hecho andando tal vez hubiera resultado más triunfante.

No han salido a recibirlo las autoridades, sino que es acompañado por sus discípulos y toda aquella gente que se acercaba a Jerusalén para celebrar la Pascua, esa fiesta que les recordaba su salida de Egipto, su escapada del poder del Faraón, de su liberación de la esclavitud.

La Pascua cuando Jerusalén se llenaba de toda clase de gente, momento propicio de un pueblo descontento para expresar su disgusto, para levantar los ánimos de los que querían su independencia, de los que esperaban ver al gran libertador, al Mesías Davídico según sus esperanzas.

Durante esos días la autoridad romana estaba muy alerta pues había un grupo de gente conocido como los zelotas que aprovechaban cualquier manifestación, tumulto o aglomeración de gente para incluso matar y propagar su ideología nacionalista.

En medio de todo esto Jesús llega y va directamente al templo. En el camino la gente va tirando sus mantos para que pase el Señor, otro signo de que viene, en la mente de toda esa gente es rey y Mesías.

Al llegar al lugar sagrado del templo, nos dice el evangelio, "dio un vistazo a todo alrededor…y se marchó a Betania con los Doce".

El estaba consciente de lo que se avecinaba, lo había anunciado, había llegado al lugar señalado, pero todavía no era el momento preciso y por eso se va a donde están sus amigos.

El momento crítico se acerca, sus enemigos no descansan, los amigos no acaban de entender, él sabe lo que va a suceder, pero el Siervo sufriente no abandona su camino, y aunque el Viernes de Dolor está a la esquina, Jesús sabe que ese día no es el último, que no es el fin…

jueves, 22 de marzo de 2012

5 DOMINGO DE CUARESMA, B


Jeremías 31,31-34
Salmo 50,3-4.12-15
Hebreos 5,7-9
Juan 12,20-33


Lectura del libro del profeta Jeremías (31, 31-34)

"Se acerca el tiempo, dice el Señor, en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva. No será como la alianza que hice con los padres de ustedes, cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto. Ellos rompieron mi alianza y yo tuve que hacer un escarmiento con ellos. Esta será la alianza nueva que voy a hacer con la casa de Israel: Voy a poner mi ley en lo más profundo de su mente y voy a grabarla en sus corazones. Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Ya nadie tendrá que instruir a su prójimo ni a su hermano, diciéndole: ‘Conoce al Señor’, porque todos me van a conocer, desde el más pequeño hasta el mayor de todos, cuando yo les perdone sus culpas y olvide para siempre sus pecados".

Salmo 50: Crea en mí, Señor, un corazón puro.

Por tu inmensa compasión y misericordia,
Señor, apiádate de mí y olvida mis ofensas.
Lávame bien de todos mis delitos
y purifícame de mis pecados.
R. Crea en mí, Señor, un corazón puro.

Crea en mí, Señor, un corazón puro,
un espíritu nuevo para cumplir tus mandamientos.
No me arrojes, Señor, lejos de ti,
ni retires de mí tu santo espíritu.
R. Crea en mí, Señor, un corazón puro.

Devuélveme tu salvación, que regocija,
y mantén en mí un alma generosa.
Enseñaré a los descarriados
tus caminos y volverán a ti los pecadores.
R. Crea en mí, Señor, un corazón puro.

Lectura de la carta a los Hebreos (5, 7-9)

Hermanos: Durante su vida mortal, Cristo ofreció oraciones y súplicas, con fuertes voces y lágrimas, a aquel que podía librarlo de la muerte, y fue escuchado por su piedad. A pesar de que era el Hijo, aprendió a obedecer padeciendo, y llegado a su perfección, se convirtió en la causa de la salvación eterna para todos los que lo obedecen.

Lectura del santo Evangelio según san Juan (12, 20-33)

Entre los que habían llegado a Jerusalén para adorar a Dios en la fiesta de Pascua, había algunos griegos, los cuales se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le pidieron: "Señor, quisiéramos ver a Jesús". Felipe fue a decírselo a Andrés; Andrés y Felipe se lo dijeron a Jesús y él les respondió: "Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado. Yo les aseguro que si el grano de trigo, sembrado en la tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde;el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, para que donde yo esté, también esté mi servidor. El que me sirve será honrado por mi Padre. Ahora que tengo miedo, ¿le voy a decir a mi Padre: ‘Padre, líbrame de esta hora’? No, pues precisamente para esta hora he venido. Padre, dale gloria a tu nombre". Se oyó entonces una voz que decía: "Lo he glorificado y volveré a glorificarlo". De entre los que estaban ahí presentes y oyeron aquella voz, unos decían que había sido un trueno; otros, que le había hablado un ángel. Pero Jesús les dijo: "Esa voz no ha venido por mí, sino por ustedes. Está llegando el juicio de este mundo; ya va a ser arrojado el príncipe de este mundo. Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí". Dijo esto, indicando de qué manera habría de morir.

Comentario de Mons. Francisco Gonzalez, S.F.
Obispo Auxiliar de Washington D.C.

Unos días más y entraremos en la "semana de las semanas", la Semana Santa. Los eventos que narra el evangelio de hoy suceden después de haber entrado Jesús en Jerusalén. Faltan unos poquitos días para celebrar la Pascua, y la ciudad está llenándose de gente que ha venido para dicha fiesta. Entre ellos se encuentran unos griegos procedentes de Betsaida de Galilea. Betsaida es una ciudad donde se dan toda clase de creencias, y estos griegos son del grupo denominado "los que creen en Dios", o sea, simpatizantes de la religión judía. Ellos se acercan a Felipe, su paisano, con una petición: "Quisiéramos ver a Jesús".

Felipe comunica dicho deseo a Andrés y ambos se acercan a Jesús a quien informan de este grupo de paganos que le quiere ver.

No sabemos si Jesús les dio cita o no, pero sí podemos ver que Jesús aprovecha la ocasión para de nuevo explicar cómo va a suceder su "glorificación."

La afirmación "ha llegado la hora" podría indicar para algunos, el gran triunfo de Jesús que acaba de entrar en Jerusalén entre las aclamaciones de gran parte de los ciudadanos y de extranjeros que estaban en la ciudad de Jerusalén por esos días.

"La hora" no es ese momento de cambio de gobierno, de transferencia de poderes políticos, sino más bien de cumplimiento de la voluntad del Padre acerca del misterio de la Redención, y por eso, no habrá corona de laurel y oro, sino más bien un arrastre por el camino de la amargura; no habrá manto real de púrpura y brocado, sino más bien la completa y vergonzosa desnudez; no habrá trono real donde sentarse y recibir la pleitesía de todos los vasallos, sino una cruz donde será colgado entre criminales para risa de algunos, perplejidad de otros, dolor de la madre y de los amigos verdaderos y de salvación para todo el que le busca. ¡Quisiéramos ver a Jesús!

"La hora" es un momento crucial en nuestras vidas. En el nuevo testamento se refiere principalmente a la muerte y resurrección del Señor, y aunque es parte del momento en que Jesús muere, lo es también de su gloriosa resurrección, ambas van juntas lo mismo que para que el grano de trigo dé fruto, debe morir antes.

El Señor habla de su muerte fecunda y se compara a sí mismo con un grano de trigo. Es necesario que para dar fruto Él se entregue a sí mismo, que se hunda en la tierra y que explote como el grano. Sólo así podrá dar paso a una nueva vida, podrá producir "fruto abundante", fruto de redención para la humanidad entera, fruto de vida eterna para todos los que crean en Él.

El evangelio lo dice y la vida lo confirma: el que sólo piensa en sí mismo está condenado a que pierda el valor de su propia vida por no haberla querido compartir. El egoísmo hace la vida estéril, infecunda, árida.

El que "busca a Jesús" y lo busca desde lo más profundo del propio ser, tiene que darse cuenta que podrá "estar siempre con Jesús", con el Jesús resucitado y triunfador, pero también con el Jesús cuya alma "está agitada y que presenta sus oraciones con gritos y lágrimas" (2ª lectura), con el Jesús aclamado por la gente en su entrada a Jerusalén y con el Jesús abucheado en su salida de la misma ciudad camino del Calvario.

"La hora" del triunfo para Jesús, es su crucifixión y su resurrección. Si verdaderamente "queremos ver a Jesús" necesitamos buscarlo en su obediencia al Padre, una obediencia basada en el sufrimiento y que lo llevó a la consumación, y por la que se convirtió "en autor de nuestra salvación" (2º lectura).

¡Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias! (Sal. 50)

lunes, 19 de marzo de 2012

¿Qué es una Visita Ad Limina? por Mons. Michael J. Sheehan, Arzobispo de Santa Fe (USA)
















Esta visita a la Santa Sede es realizada por cada Obispo a cargo de una diócesis. Esta costumbre data desde el tiempo del Papa San León III en los años 800’s.

Esta visita históricamente ha sido requerida cada cinco años; pero desde el tiempo del Papa Benedicto XVI esto ha cambiado a cada ocho años. Los Ordinarios de una Región realizan juntos la Visita Ad Limina. La Arquidiócesis de Santa Fe es parte de la Región XIII y su visita Ad Limina ha sido programada desde el lunes 30 de abril hasta el domingo 6 de mayo del 2012. Además de la Arquidiócesis de Santa Fe, la Región XIII incluye la Arquidiócesis de Denver, y las Diócesis de Cheyenne, Colorado Springs, Gallup, Las Cruces, Phoenix, Pueblo y Tucson.

La Visita Ad Limina consiste de tres partes.

1. La primera parte consiste en una visita personal a las tumbas de San Pedro y San Pablo, que se registra por escrito. Esta es una parte especial de inspiración y gran espiritualidad de la Visita Ad Limina ya que conecta a los actuales sucesores de los apóstoles (obispos, arzobispos y cardenales) con los dos apóstoles principales acreditados con la propagación de la fe. Ellos reciben fortaleza y renovación de esta visita a las tumbas. Ad Limina es el término en latín que significa el umbral de los apóstoles.

2. La segunda parte es una visita y entrevista con el Santo Padre. Con los Papas anteriores había una visita personal, pero el Papa Benedicto XVI ha cambiado esta costumbre a una visita de grupo durante la cual los obispos, arzobispos o cardenales renuevan sus votos de obediencia y lealtad al Papa, reciben su instrucción en una alocución y rinden reportes orales sobre la situación en sus respectivas diócesis. Esto permite a los obispos, arzobispos y cardenales la oportunidad de escuchar lo que sus homólogos están llevando a cabo y lo que pudiera ser útil para sus propias diócesis.

3. La tercera parte es un reporte escrito que es presentado a la Secretaría de Estado, la Congregación de Obispos y otras oficinas de la Curia Romana. A cada diócesis se le envía un cuestionario de la información requerida por el Vaticano. Este reporte proporciona estadísticas y descripciones por escrito de todos los sacerdotes, diáconos, religiosos y laicos que sirven en la diócesis; el estado de la vida sacramental de la diócesis; la salud financiera de la diócesis en general; los tipos de programas que son ofrecidos pueden ir desde el ministerio en las prisiones, a la evangelización para la vida familiar, hasta el ecumenismo; el proceso de la educación en las escuelas católicas y en las parroquias; los esfuerzos de evangelización hacia los católicos activos, inactivos y aquellos que no cuentan con una iglesia; y el estado actual de nuestras vocaciones sacerdotales. Este reporte presenta los logros y los desafíos desde el último reporte presentado.

La última visita Ad Limina fue en el año 2004 y el reporte escrito cubrió el periodo de enero de 1999 hasta diciembre del 2003 – se llamó Reporte Quinquenal porque cubrió cinco años y fue coordinado por la Hermana Nancy Kazik, OSF, Vice Canciller en ese tiempo. Este año el reporte escrito de la Visita Ad Limina cubre el período de enero del 2004 hasta diciembre del 2011 lo que suma ocho años y fue coordinado por mi Asistente Executiva: Dolores K. Cordova.

Les pido sus oraciones para que todo salga bien en mi próxima Visita Ad Limina y que ésta sea fructífera. Les prometo mis oraciones por ustedes durante mi visita a las tumbas de los Santos Pedro y Pablo en Roma.

sábado, 17 de marzo de 2012

4 DOMINGO DE CUARESMA, B


2 Cronicas 36,14-16.19-23
Salmo 136
Efesios 2,4-10
Juan 3,14-21



Lectura del segundo libro de las Crónicas (36, 14-16. 19-23)

En aquellos días, todos los sumos sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, practicando todas las abominables costumbres de los paganos, y mancharon la casa del Señor, que él se había consagrado en Jerusalén. El Señor, Dios de sus padres, los exhortó continuamente por medio de sus mensajeros, porque sentía compasión de su pueblo y quería preservar su santuario. Pero ellos se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus advertencias y se mofaron de sus profetas, hasta que la ira del Señor contra su pueblo llegó a tal grado, que ya no hubo remedio. Envió entonces contra ellos al rey de los caldeos. Incendiaron la casa de Dios y derribaron las murallas de Jerusalén, pegaron fuego a todos los palacios y destruyeron todos sus objetos preciosos. A los que escaparon de la espada, los llevaron cautivos a Babilonia, donde fueron esclavos del rey y de sus hijos, hasta que el reino pasó al dominio de los persas, para que se cumpliera lo que dijo Dios por boca del profeta Jeremías: Hasta que el país haya pagado sus sábados perdidos, descansará de la desolación, hasta que se cumplan setenta años. En el año primero de Ciro, rey de Persia, en cumplimiento de las palabras que habló el Señor por boca de Jeremías, el Señor inspiró a Ciro, rey de los persas, el cual mandó proclamar de palabra y por escrito en todo su reino, lo siguiente: "Así habla Ciro, rey de Persia: El Señor, Dios de los cielos, me ha dado todos los reinos de la tierra y me ha mandado que le edifique una casa en Jerusalén de Judá. En consecuencia, todo aquel que pertenezca a este pueblo, que parta hacia allá, y que su Dios lo acompañe".

Salmo Responsorial 136:
"Tu recuerdo, Señor, es mi alegría"

Junto a los ríos de Babilonia
nos sentábamos a llorar de nostalgia;
de los sauces que estaban
en la orilla colgamos nuestras arpas.
R. Tu recuerdo, Señor, es mi alegría

Aquellos que cautivos nos tenían
pidieron que cantáramos.
Decían los opresores:
"Algún cantar de Sión, alegres, cántennos".
R. Tu recuerdo, Señor, es mi alegría

Pero, ¿cómo podríamos cantar un himno
al Señor en tierra extraña?
¡Que la mano derecha se me seque,
si de ti, Jerusalén, yo me olvidara!
R. Tu recuerdo, Señor, es mi alegría

¡Que se me pegue al paladar la lengua,
Jerusalén, si no te recordara,
o si, fuera de ti,
alguna otra alegría yo buscara!
R. Tu recuerdo, Señor, es mi alegría

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (2, 4-10)

Hermanos: La misericordia y el amor de Dios son muy grandes; porque nosotros estábamos muertos por nuestros pecados, y él nos dio la vida con Cristo y en Cristo. Por pura generosidad suya, hemos sido salvados. Con Cristo y en Cristo nos ha resucitado y con él nos ha reservado un sitio en el cielo. Así, en todos los tiempos, Dios muestra, por medio de Jesús, la incomparable riqueza de su gracia y de su bondad para con nosotros. En efecto, ustedes han sido salvados por la gracia, mediante la fe; y esto no se debe a ustedes mismos, sino que es un don de Dios. Tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir, porque somos hechura de Dios, creados por medio de Cristo Jesús, para hacer el bien que Dios ha dispuesto que hagamos.

Lectura del santo Evangelio según san Juan (3, 14-21)

En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: "Así como levantó Moisés la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios. La causa de la condenación es ésta: habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo aquel que hace el mal, aborrece la luz y no se acerca a ella, para que sus obras no se descubran. En cambio, el que obra, el bien conforme a la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios".

Comentario de Monseñor Francisco Gonzalez, S.F.
Obispo Auxiliar de Washington D.C.

En la primera lectura encontramos cómo Dios aguantó, y aguantó las maldades de su pueblo. No quería castigarlos pues los amaba. Les mandó avisos frecuentes para que dejaran su mal camino y volvieran a Él, pero ellos se resistieron y siguieron el estilo de vida, "las costumbres abominables" de los gentiles, nos dice el libro y llegó el momento que Dios ya no pudo resistir y les castigó. Perdieron muchos la vida a manos de los caldeos, el Templo fue destruido, y los que no murieron, los conquistadores se los llevaron como esclavos.

También vemos en la segunda parte de esta lectura como las cosas cambian y podemos apreciar que si el destierro fue castigo de Dios, también ese mismo tiempo les sirvió como penitencia que les llevó a la purificación.

Pablo, el Apóstol de los gentiles nos habla del amor de Dios, de que estando nosotros en el destierro, en el de esta vida, aunque muertos por el pecado Él nos resucita en Cristo. Esta resurrección es gracia, pura y simple. No hemos resucitado por nuestras propias obras, sino por la misericordia, el amor, el sacrificio de Cristo.

El salir del pecado no es algo que conseguimos por nuestros propios méritos o poder, sino por la extraordinaria bondad del Señor. Cuando hemos hecho penitencia y nos hemos purificado es el momento que llegamos a abrirnos a la presencia del Señor, y no sólo en nuestra familia o entorno, sino en nosotros mismos.

Por culpa de nuestras acciones, las basadas en nuestro egoísmo, vamos al exilio, lejos de Dios, pero una vez que volvemos nuestros ojos a ese Dios, una vez que tratamos de seguir sus indicaciones, entonces aceptamos su perdón, creemos en él, en su amor y volvemos de ese destierro o alejamiento, a la casa del Padre, como hace el hijo pródigo.

Así pasamos del pecado a la gracia, de la muerte a la resurrección, de la lejanía o destierro a la casa paterna.

Y así con estos pensamientos pasamos a la tercera lectura, al evangelio de San Juan. Su tercer capítulo está centrado en el diálogo entre Jesús y Nicodemo.

Me da la impresión que, posiblemente, seamos muchos que como Nicodemo buscamos y buscamos, queremos dar sentido a la vida, queremos ser felices, deseamos disfrutar de una paz interior que nos ayude a vivir serenamente nuestra vida, indagamos por aquí y por allá, vamos en busca de las promesas que nos hacen tanto charlatán, que hay en el mundo, con voces bonitas pero corazones vacíos.

Finalmente decidimos acercarnos al Maestro, pero lo hacemos de noche, no queremos que nos vean, nos da miedo que nos señalen con el dedo, o que se rían… pero finalmente vamos y ahí nos encontramos con el que da vida.

Sí, empezamos el diálogo con unos piropos, o tal vez excusas, pero el Señor va inmediatamente al grano: "En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo, no puede ver el reino de Dios".

El reino de Dios no es fácil de alcanzar y es necesario ese "nacer de nuevo". Algo que nos puede dejar atónitos, pero que sin embargo este mismo evangelio nos trae todas esas enseñanzas y promesas que aleja nuestros miedos y nos llena de esperanza:

"…Así el Hijo del hombre tiene que ser elevado para que todo el que cree en Él tenga vida eterna"; "…tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna"; "…porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él".

Cuaresma, cuarenta días que aprovechamos para salir de la esclavitud y llegar a la liberación, que salimos de nuestro yo para centrarnos en el Dios que es amor, que es salvación, que es vida eterna.

jueves, 8 de marzo de 2012

3 DOMINGO DE CUARESMA, B


Exodo 20,1-17
Salmo 18,8-11
1 Corintios 1,22-25
Juan 2,13-25



Exodo 20,1-17


En aquellos días, el Señor promulgó estos preceptos para su pueblo en el monte Sinaí, diciendo: "Yo soy el Señor, tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto y de la esclavitud. No tendrás otros dioses fuera de mí; no te fabricarás ídolos ni imagen alguna de lo que hay arriba, en el cielo, o abajo, en la tierra, o en el agua, y debajo de la tierra. No adorarás nada de eso ni le rendirás culto, porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso, que castiga la maldad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de aquellos que me odian; pero soy misericordioso hasta la milésima generación de aquellos que me aman y cumplen mis mandamientos. No harás mal uso del nombre del Señor, tu Dios, porque no dejará el Señor sin castigo a quien haga mal uso de su nombre. Acuérdate de santificar el sábado. Seis días trabajarás y en ellos harás todos tus quehaceres; pero el día séptimo es día de descanso, dedicado al Señor, tu Dios. No harás en él trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tus animales, ni el forastero que viva contigo. Porque en seis días hizo el Señor el cielo, la tierra, el mar y cuanto hay en ellos, pero el séptimo, descansó. Por eso bendijo el Señor el sábado y lo santificó. Honra a tu padre y a tu madre para que vivas largos años en la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar. No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No darás falso testimonio contra tu prójimo. No codiciarás la casa de tu prójimo, ni a su mujer, ni a su esclavo, ni a su esclava, ni su buey, ni su burro, ni cosa alguna que le pertenezca".

Salmo 18: Tú tienes, Señor, palabras de vida eterna.


La ley del Señor es perfecta del todo
y reconforta el alma;
inmutables son las palabras del Señor
y hacen sabio al sencillo.
R. Tú tienes, Señor, palabras de vida eterna.


En los mandamientos del Señor
hay rectitud y alegría para el corazón;
son luz los preceptos del Señor
para alumbrar el camino.
R. Tú tienes, Señor, palabras de vida eterna.


La voluntad de Dios es santa
y para siempre estable;
los mandamientos del Señor
son verdaderos y enteramente justos.
R. Tú tienes, Señor, palabras de vida eterna.


Que te sean gratas las palabras de mi boca
y los anhelos de mi corazón.
Haz, Señor, que siempre te busque,
pues eres mi refugio y salvación.
R. Tú tienes, Señor, palabras de vida eterna.


1 Corintios 1,22-25


Hermanos: los judíos exigen señales milagrosas y los paganos piden sabiduría. Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos y locura para los paganos; en cambio, para los llamados, sean judíos o paganos, Cristo es la fuerza y la sabiduría de Dios. Porque la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza de los hombres.

Juan 2:13-25


Cuando se acercaba la Pascua de los judíos, Jesús llegó a Jerusalén y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas con sus mesas. Entonces hizo un látigo de cordeles y los echó del templo, con todo y sus ovejas y bueyes; a los cambistas les volcó las mesas y les tiró al suelo las monedas; y a los que vendían palomas les dijo: "Quiten todo de aquí y no conviertan en un mercado la casa de mi Padre". En ese momento, sus discípulos se acordaron de lo que estaba escrito: El celo de tu casa me devora. Después intervinieron los judíos para preguntarle: "¿Qué señal nos das de que tienes autoridad para actuar así?" Jesús les respondió: "Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré". Replicaron los judíos: "Cuarenta y seis años se ha llevado la construcción del templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?" Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Por eso, cuando resucitó Jesús de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho aquello y creyeron en la Escritura y en las palabras que Jesús había dicho. Mientras estuvo en Jerusalén para las fiestas de Pascua, muchos creyeron en él, al ver los prodigios que hacía. Pero Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba que nadie le descubriera lo que es el hombre, porque él sabía lo que hay en el hombre.

Comentario de Mons. Francisco Gonzalez, SF.
Obispo Auxiliar de Washington, D.C.


La primera lectura está tomada del libro del Éxodo donde encontramos el pasaje conocido por el ‘Decálogo’, o sea, los diez mandamientos.

Este pasaje de la Sagrada Escritura tiene que ver con la alianza que Dios hace con su pueblo, concretizada en el estilo de vida. Habrá gente que al leer estos versículos del capítulo 20 los pueden tomar como algo agobiante, unos mandatos que sirven sólo para quitar la libertad de acción. Sin embargo, la realidad es todo lo contrario, pues como "palabra" de Dios, nos traen vida. El mismo Señor se los dice: "Yo soy el que os saqué de Egipto", en otras palabras, "Yo soy el que os ha sacado de la esclavitud de Egipto", y para que verdaderamente podáis ser libres, aquí tenéis la forma de serlo.

Hermano, lee detenidamente esta primera lectura e imagínate, aunque sólo sea por un momento, que todos viviéramos de acuerdo con esta "palabra" de Dios: no habría opresión de unos por otros, no habría violencia, ni racismo, no habrían ladrones, ni asesinos, ni familias destrozadas. Imperarían unas relaciones basadas en el respeto y amor a Dios y a los seres que nos rodean. Esa sí que sería libertad, pero en mayúscula.

En la segunda lectura nos encontramos con que entre los Corintios había ya gente que pensaba mucho como algunos de hoy en día. No es difícil encontrar gente que busca los grandes portentos, milagros y toda clase de ideologías con gancho. Encuentran o encontramos fuerza en el éxito de los números: ¿cuántos se han inscrito?, ¿cuántos asistieron?, ¿vino la prensa?, ¿salimos en la televisión?

Con todo y con eso, las palabras de Pablo tienen que ser de actualidad, no podemos cambiarlas: "Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para unos y necedad para otros, pero para nosotros cristianos, es fuerza y sabiduría de Dios".

Si pasamos ya al Evangelio de este tercer domingo de Cuaresma, vemos a Jesús "purificando" el templo "Él fue al Templo y encontró a la gente comprando y vendiendo. Con látigo les echó fuera". El templo es común a todas las religiones, aunque se le llame de diferentes formas. En ese lugar sagrado la comunidad de creyentes, presidida muchas veces por sus líderes religiosos, se acerca a la divinidad.

Jesús en esta ocasión, con una acción un tanto violenta y de seguro innovadora, no solamente quiere limpiar la "casa de oración" de todo abuso y comercialidad, sino que también quiere purificar la misma oración, el culto que se ofrece: Dios no escucha de acuerdo con el peso del becerro o la cantidad de monedas, Dios escucha porque nos ama, y su generosidad no tiene fronteras.

Jesús no pudo permitir que la casa de su Padre fuera una especie de mercado. Por eso no podemos nosotros tener una relación con Dios, como si fuera una transacción religiosa/financiera: "yo te digo unos Padre-Nuestros y tú, mi Dios, me das la salud"; "yo te rezo unos Ave-Marías y tú, mi Dios, me encuentras trabajo; "yo te pago una misa y tú, mi Dios, me dices el número de la lotería". ¿Orar? Sí. ¿Dar culto a Dios? Sí, pero de una forma auténtica, en espíritu y en verdad. (Jn. 4,23)

El Señor nos pide, nos exige autenticidad. El discípulo del Señor no puede conformarse con un culto de simples ritos, por muy bonitos que sean. Nuestra conversión tiene que ser radical, desde lo más profundo de nuestro ser.

Señor, tú tienes palabras de vida eterna. (Sal. 18)

martes, 6 de marzo de 2012

Significado de la palabra "sincera"

El origen de la palabra proviene de la época del renacimiento, concretamente en España. Los escultores españoles cuando cometian algun error mientras tallaban estatuas de mármol caras, disimulaban los defectos con cera. Así, una estatua que no tenia ningún defecto y no necesitaba retoques era reconocida como una "escultura sin cera". Con el tiempo la definición evolucionó hasta la conclusión de que quien no oculta nada, es una persona sincera.

sábado, 3 de marzo de 2012

2 DOMINGO DE CUARESMA, B


Génesis 22,1-2.9a.10-13.15-18
Salmo 115
Romanos 8 31-24
Marcos 9,1-9



Génesis 22, 1-2.9-13.15-18

En aquellos días Dios puso a prueba a Abrahán llamándole:
— ¡Abrahán!
Él respondió:
— Aquí me tienes.
Dios le dijo:
— Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac, y vete al país de Moria y ofrécemelo en sacrificio, sobre uno de los montes que yo te indicaré.
Cuando llegaron al sitio que le había dicho Dios, Abrahán levantó allí un altar y apiló la leña, luego ató a su hijo Isaac y lo puso en el altar, encima de la leña. Entonces Abrahán tomó el cuchillo para degollar a su hijo; pero el ángel del Señor gritó desde el cielo:
— ¡Abrahán, Abrahán!
Él contestó:
— Aquí me tienes.
Dios le ordenó:
— No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Ahora sé que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, a tu único hijo.
Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en sacrificio en lugar de su hijo. El ángel del Señor volvió a gritar a Abrahán desde el cielo:
— Juro por mí mismo —oráculo del Señor—: Por haber hecho eso, por no haberte reservado tu hijo, tu hijo único, te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistaran las puertas de las ciudades enemigas. Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia, porque me has obedecido.

Salmo 115: "Caminaré en la presencia del Señor, en el país de la vida"


Tenía fe, aun cuando dije:
"Qué desgraciado soy."
Mucho le cuesta al Señor
la muerte de tus fieles.
R.- Caminaré en la presencia del Señor, en el país de la vida


Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.
Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
R.- Caminaré en la presencia del Señor, en el país de la vida


Cumpliré al Señor mis votos,
en presencia de todo el pueblo;
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti Jerusalén.
R.- Caminaré en la presencia del Señor, en el país de la vida


Romanos 8, 31b-34


Hermanos: Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros, ¿cómo no nos dará todo con Él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica, ¿Quién condenará? ¿Será acaso Cristo que murió, más aún, resucitó y está a la derecha de Dios, y que intercede por nosotros?

Marcos 9, 2, 10


En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les apreció Elías y Moisés conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús:
— Maestro. ¡Qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
Estaban asustados y no sabía lo que decía. Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube:
— Este es mi Hijo amado; escuchadlo.
De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos. Cuando bajaban de la montaña, Jesús los mandó:
— No contéis a nadie lo que habéis visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos.
Esto se les quedó grabado y discutían que querría decir aquello de resucitar de entre los muertos.

Comentario por Mons. Francisco Gonzalez, SF.
Obispo Auxiliar de Washington, D.C.


Seguimos caminando y adentrándonos en la Cuaresma camino de la Pascua. Los cuarenta días de Jesús en el desierto donde, en nuestro esfuerzo de ser mejores, de ser lo mejor que podemos ser, nos enfrentamos como Jesús con las tentaciones que el diablo nos manda, con las dificultades e impedimentos que nos pone para que caigamos en su trampa, para que nos desanimemos, para que dejemos nuestros intentos de conversión.

Cuando nos enfrentamos a todo eso, debemos sentirnos bien, pues el diablo no tienta a los pecadores, pues ya los tiene, sino a los que todavía no son suyos. Así lo vemos en el desierto, que como leíamos el domingo pasado, es el mismo Espíritu quien empuja a Jesús al desierto "para dejarse tentar por el demonio", y para darnos el ejemplo de que el demonio no es el rey del universo, el todopoderoso, sino que esos títulos le pertenecen sólo a Dios y a su Hijo que nos ha mandado para nuestra salvación.

Estos son los momentos para entregarnos, para ponernos completamente en las manos de Dios, para exclamar desde lo más profundo del corazón y con la voz más fuerte: "Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad".

Abrahán, nuestro padre en la fe, es el gran ejemplo de la esperanza y confianza puesta en Dios, que aunque le pide el sacrificio de su "único hijo, a quien quieres", le dice, el patriarca con un corazón destrozado pero confiando en Dios, y posiblemente sin comprender del todo, no sabe decir otra cosa que "aquí me tienes, Señor". Y el hijo que iba a ser sacrificado, Isaac, se convierte, por la fe, en el cimiento de la promesa de un pueblo fecundo.

Abrahán se pone a disposición de Dios: "aquí estoy". Abrahán escucha a Dios.

Leyendo este pasaje del Génesis nos hace pensar en el escuchar, algo no muy común en nuestros días. Todos tenemos algo que decir, y en muchas ocasiones, algo que no tiene sentido. Creo haber oído en una ocasión que si sólo dijéramos lo que es importante, reinaría sobre el mundo un gran silencio. Parece que todos estos nuevos aparatos y tecnología de comunicación es para que yo diga, pero muy poco para que yo escuche.

En el evangelio de hoy nos encontramos con el relato de la transfiguración del Señor. Después de presentarnos a Jesús, quien se llevó consigo a tres de sus discípulos, que algunos piensan eran los más predilectos, y otros dicen que los más necesitados por oponerse a la subida de Cristo a Jerusalén, vemos que junto al Señor, aparecen Moisés, (la Ley) y Elías (la profecía). Jesús queda transformado, glorificado. Y en ese momento se oye una voz, una voz que sale de la nube (la presencia de Dios): ¡Este es mi Hijo amado; escuchadle!

Escuchar a Jesús. Eso me recuerda la elección de los apóstoles en este mismo evangelio, en su capítulo tercero, donde la primera razón por las que les llama es para que estén con Él. La predicación, los milagros y todas las demás cosas vendrán después. Pero lo primero y principal y "estar con Jesús", lo cual nos indica que si alguien te llama es porque te quiere decir algo, o sea, para que le escuches: ¡Este es mi Hijo amado; escuchadle!

Pedro, Santiago, Juan y los demás parece que no escucharon bien a Jesús, ya desde un principio. El primero no quería que subiera a Jerusalén, que le valió la reprimenda del Maestro que incluso lo llamó Satanás. Los otros dos, no habían escuchado bien el mensaje del Señor, pues estaban emperrados que querían ser "los más importantes, hasta el punto de querer sentarse a la inmediata derecha e izquierda de su trono cuando lo consiguiera. No entendían eso del "Reino de Dios".

¿Escuchamos al Señor? Hemos a veces llegado a tener una relación muy académica, una relación litúrgica bellísima, una relación histórica tradicional. Todo lo cual es bueno, pienso yo. Sin embargo, yo me pregunto: ¿estoy embarcado en una relación personal con Él, con mi Cristo, con mi Dios?

En esta Santa Cuaresma, entre todos esos sacrificios que hacemos, mortificaciones de un tipo u otro, asistencia a celebraciones litúrgicas, incluso dádivas a los necesitados, todavía sigue en pie el mandado del Dios de la nube: ¡Este es mi Hijo amado; escuchadle!