martes, 25 de noviembre de 2014

Lucas 21,5-11: "En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos".

Lucas 21,5-11
Domingo de la 33 Semana del Tiempo Ordinario C,
Martes de la 34 Semana del Tiempo Ordinario II,

En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo: "Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido." Ellos le preguntaron: "Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?" Él contestó: "Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: "Yo soy", o bien: "El momento está cerca", no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida."  Luego les dijo: "Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre. Habrá también espantos y grandes signos en el cielo.

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lunes, 24 de noviembre de 2014

Tres consejos del Papa a los novios

En el día de san Valentín, el Papa celebró  un encuentro con 10.000 parejas de novios en la Plaza de San Pedro. Francisco respondió a 3 preguntas sobre: el miedo al “para siempre”; el estilo de la vida matrimonial; y el tipo de celebración del matrimonio. Recordamos sus palabras  en estas fechas en las que suele haber muchos planes de parejas que piensan en el matrimonio.

Murió con 20 años y su funeral fue una fiesta.

No se entiende la vida sin la muerte. Aunque esta posea un aguijón afilado, tenerla presente impide estrellarnos por sorpresa ante el final...

¿Es correcto rezar a la Virgen? Católicos de México dudan, ¡protestantes de Argentina lo aprueban!, por P.J.Ginés

En los países que tienen a la Virgen de Luján como patrona -Argentina, Uruguay y Paraguay- hasta los protestantes son bastante marianos

El reciente estudio “Creencias religiosas latinoamericanas 2014” de Pew Forum sobre las creencias de católicos y protestantes en Hispanoamérica ha dado resultados curiosos sobre muchos temas, pero uno de los más peculiares es el de la pregunta referida a la Virgen María.

A los encuestados de 19 países latinoamericanos se les preguntó si consideraban que rezar (u orar o pedir) a la Virgen María es aceptable en la fe cristiana.

Los católicos responden "sí", pero...

La mayoría de los encuestados que se declaraban católicos dijeron que sí era aceptable, y siempre en porcentajes superiores al 80 por ciento. Pero con diferencias extrañas según el país.

Por ejemplo, los países donde los católicos tenían más claro que es aceptable orar a la Virgen son, según este sondeo, Paraguay (97% lo ve aceptable),Argentina (96% lo ve aceptable), Guatemala, Brasil y Puerto Rico (en estos tres países, un 93% lo ve aceptable).

Por el contrario, los países donde menos católicos veían aceptable orar a la Virgen María fueron Panamá (sólo un 81% de católicos lo aprobaban), México y Honduras (sólo un 82% de católicos lo aceptaban) y Bolivia y Chile (con un 85 y 86% a favor).

Lo que enseña el catolicismo

Por supuesto, la doctrina católica enseña que orar a María (y a otros santos del Cielo) no sólo es aceptable sino conveniente y loable.

El Catecismo enseña que María, “con su asunción a los cielos, no abandonó su misión salvadora, sino que continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna; por eso la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora" (CIC 969).

También explica el Catecismo que “todo el influjo de la Santísima Virgen en la salvación de los hombres... brota de la sobreabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, depende totalmente de ella [de la mediación de Cristo] y de ella [de la mediación de Cristo] saca toda su eficacia" (CIC 970). Y añade que “desde los tiempos más antiguos, se venera a la Santísima Virgen con el título de Madre de Dios, bajo cuya protección se acogen los fieles suplicantes en todos sus peligros y necesidades” (CIC 971). 

El beato Pablo VI, en “Marialis Cultus”, asegura que María es “Madre amantísima” y señala “su incesante y eficaz intercesión mediante la cual, aún habiendo sido asunta al cielo, sigue cercanísima a los fieles que la suplican, aún a aquellos que ignoran que son hijos suyos”.

Aparte de estos elogios a María como intercesora, la clave en la propuesta católica es que igual que podemos pedir intercesión a un amigo de nuestra parroquia o a un pariente, también podemos pedirla a los que ya murieron y están vivos en el Cielo ante Dios.

El Catecismo enseña (en el párrafo 956) que “por el hecho que los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad... no dejan de interceder por nosotros ante el Padre”.

Que los santos interceden ante Dios en el cielo se puede ver por ejemplo en la Biblia, en Jeremías 15,1 cuando Dios mismo explica o da por cosa sabida que a veces se le ponen por delante Moisés y Samuel (con peticiones en el cielo, se entiende… aunque en esta ocasión concreta Dios no estaría dispuesto a cumplir su petición).

Algunos protestantes sí imploran a María

Pese a que la intercesión de los santos y el culto a María que incluye pedir cosas a María en oración ha sido práctica común de siempre de los cristianos de Oriente y Occidente, en el siglo XVI nació el protestantismo que no admite la petición de intercesión a los santos… en teoría, porque en la práctica cada grupo protestantes puede tener su propia doctrina (contradiciendo unos grupos a otros). Por ejemplo, algunos anglicanos y algunos luteranos “tradicionales” (sobre todo los que siguen cierto calendario litúrgico, con sus fiestas de santos “nacionales” como San Jorge o San Olaf) creen que es correcto pedir la intercesión de los santos… y eso debería incluir a María.

Pero en Hispanoamérica hay pocos anglicanos y luteranos “litúrgicos”, y la mayoría de los protestantes son pentecostales.

Con todo, el estudio de Pew Forum demuestra que muchos protestantes ven correcto orar a María: son uno de cada cuatro protestantes argentinos, uno de cada cinco protestantes de Paraguay y hasta un 38% de los protestantes uruguayos.

Así, los protestantes “más marianos” de América Latina son: los uruguayos (un 38% ven bien orar a la Virgen), los argentinos (un 26% lo aprueban), los paraguayos (un 19% lo aprueban), los chilenos (un 14% lo aprueban), los mexicanos y puertorriqueños (un 13% lo aprueban).

Es curioso que los 3 países con protestantes "más marianos" compartan como patrona a la Virgen de Luján.

Los “menos marianos” son los guatemaltecos y bolivianos (sólo un 7% aprueban orar a la Virgen).

México, país del que se dice que es más guadalupano que católico, es según la estadística de los menos marianos: ¡sólo un 82% de católicos ven bien rezar a la Virgen, cuando por doctrina debería ser el cien por cien!

En cambio, Argentina sería el país más mariano de América, pese a tener fama de ser de los países más liberales de Hispanoamérica: muestra una devoción mariana del 96% entre católicos y del 26% entre protestantes… sería el país más mariano de América.

Los países donde católicos y protestantes están más divididos en su devoción mariana serían Guatemala (86 puntos separan la devoción mariana de los católicos de la de los protestantes), Venezuela (84 puntos), Brasil y El Salvador (ambos con 83 puntos de separación.

Fuente: religionenlibertad.com

sábado, 22 de noviembre de 2014

¿Qué pasa cuando los familiares ponen pegas a la unción del enfermo?

La Unción de los enfermos no es sólo para el peligro de muerte inminente y es mejor recibirla con tiempo, confesión y estando consciente ...

Del leccionario, o el método para la elección de las lecturas en cada misa

Una de las preguntas que se formulan muchos de los que van a misa está relacionada con el criterio que se sigue para la elección de las diversas lecturas...

viernes, 21 de noviembre de 2014

VIERNES DE LA 33 SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO, Año II (Lecturas)

Apocalípsis 10,8-11
Salmo 118: ¡Qué dulce al paladar tu promesa!
Lucas 19,45-48

Apocalípsis 10,8-11

Yo, Juan, oí cómo la voz del cielo que había escuchado antes se puso a hablarme de nuevo, diciendo: "Ve a coger el librito abierto de la mano del ángel que está de pie sobre el mar y la tierra." Me acerqué al ángel y le dije: "Dame el librito." Él me contestó: "Cógelo y cómetelo; al paladar será dulce como la miel, pero en el estómago sentirás ardor." Cogí el librito de mano del ángel y me lo comí; en la boca sabía dulce como la miel, pero, cuando me lo tragué, sentí ardor en el estómago. Entonces me dijeron: "Tienes que profetizar todavía contra muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes."

Salmo 118: ¡Qué dulce al paladar tu promesa!

Mi alegría es el camino de tus preceptos,
más que todas las riquezas.
R. ¡Qué dulce al paladar tu promesa!

Tus preceptos son mi delicia,
tus decretos son mis consejeros.
R. ¡Qué dulce al paladar tu promesa!

Más estimo yo los preceptos de tu boca
que miles de monedas de oro y plata.
R. ¡Qué dulce al paladar tu promesa!

¡Qué dulce al paladar tu promesa:
más que miel en la boca!
R. ¡Qué dulce al paladar tu promesa!

Tus preceptos son mi herencia perpetua,
la alegría de mi corazón.
R. ¡Qué dulce al paladar tu promesa!

Abro la boca y respiro,
ansiando tus mandamientos.
R. ¡Qué dulce al paladar tu promesa!

Lucas 19,45-48

En aquel tiempo entró Jesús en el templo y se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: "Escrito está: "Mi casa es casa de oración"; pero vosotros la habéis convertido en una "cueva de bandidos"". Todos los días enseñaba en el templo. Los sumos sacerdotes, los letrados y los senadores del pueblo intentaban quitarlo de en medio; pero se dieron cuenta de que no podían hacer nada, porque el pueblo entero estaba pendiente de sus labios.

jueves, 20 de noviembre de 2014

JUEVES DE LA 33 SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO, Año II (Lecturas)

Apocalípsis 5,1-10
Salmo 149: Has hecho de nosotros para nuestro Dios 
un reino de sacerdotes
Lucas 19,41-44

Apocalípsis 5,1-10

Yo, Juan, a la derecha del que estaba sentado en el trono vi un rollo escrito por dentro y por fuera, y sellado con siete sellos. Y vi a un ángel poderoso, gritando a grandes voces: "¿Quién es digno de abrir el rollo y soltar sus sellos?" Y nadie, ni en el cielo ni en la tierra ni debajo de la tierra, podía abrir el rollo y ver su contenido. Yo lloraba mucho, porque no se encontró a nadie digno de abrir el rollo y de ver su contenido. Pero uno de los ancianos me dijo: "No llores más. Sábete que ha vencido el león de la tribu de Judá, el vástago de David, y que puede abrir el rollo y sus siete sellos. " Entonces vi delante del trono, rodeado por los seres vivientes y los ancianos, a un Cordero en pie; se notaba que lo habían degollado, y tenía siete cuernos y siete ojos-son los siete espíritus que Dios ha enviado a toda la tierra-. El Cordero se acercó, y el que estaba sentado en el trono le dio el libro con la mano derecha. Cuando tomó el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron ante él; tenían cítaras y copas de oro llenas de perfume-son las oraciones de los santos-. Y entonaron un cántico nuevo: "Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos, porque fuiste degollado y con tu sangre compraste para Dios hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación; y has hecho de ellos para nuestro Dios un reino de sacerdotes, y reinan sobre la tierra."

Salmo 149: Has hecho de nosotros para nuestro Dios 
un reino de sacerdotes

Cantad al Señor un cántico nuevo,
resuene su alabanza en la asamblea de los fieles;
que se alegre Israel por su Creador,
los hijos de Sión por su Rey.
R. Has hecho de nosotros para nuestro Dios 
un reino de sacerdotes

Alabad su nombre con danzas,
cantadle con tambores y cítaras;
porque el Señor ama a su pueblo
y adorna con la victoria a los humildes.
R. Has hecho de nosotros para nuestro Dios 
un reino de sacerdotes

Que los fieles festejen su gloria
y canten jubilosos en filas:
con vítores a Dios en la boca;
es un honor para todos sus fieles.
R. Has hecho de nosotros para nuestro Dios 
un reino de sacerdotes

Lucas 19,41-44

En aquel tiempo, al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad, le dijo llorando: "¡Si al menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz! Pero no: está escondido a tus ojos. Llegará un día en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco, te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no reconociste el momento de mi venida".

martes, 18 de noviembre de 2014

Apocalípsis 3,1-6.14-22

Apocalipsis 3, 1-6.14-22
Martes de la 33 Semana del Tiempo Ordinario II,

Yo, Juan, oí cómo el Señor me decía: "Al ángel de la Iglesia de Sardes escribe así: "Esto dice el que tiene los siete espíritus de Dios y las siete estrellas: Conozco tus obras; tienes nombre como de quien vive, pero estás muerto. Ponte en vela, reanima lo que te queda y está a punto de morir. Pues no he encontrado tus obras perfectas a los ojos de mi Dios. Acuérdate, por tanto, de cómo recibiste y oíste mi palabra: guárdala y arrepiéntete. Porque, si no estás en vela, vendré como ladrón, y no sabrás a qué hora vendré sobre ti. Ahí en Sardes tienes unos cuantos que no han manchado su ropa; ésos irán conmigo vestidos de blanco, pues se lo merecen. El que salga vencedor se vestirá todo de blanco, y no borraré su nombre del libro de la vida, pues ante mi Padre y ante sus ángeles reconoceré su nombre. Quien tenga oídos, oiga lo que dice el Espíritu a las Iglesias." Al ángel de la Iglesia de Laodicea escribe así: "Habla el Amén, el testigo fidedigno y veraz, el principio de la creación de Dios: Conozco tus obras, y no eres frío ni caliente. Ojalá fueras frío o caliente, pero como estás tibio y no eres frío ni caliente, voy a escupirte de mi boca. Tú dices: 'Soy rico, tengo reservas y nada me falta'. Aunque no lo sepas, eres desventurado y miserable, pobre, ciego y desnudo. Te aconsejo que me compres oro refinado en el fuego, y así serás rico; y un vestido blanco, para ponértelo y que no se vea tu vergonzosa desnudez; y colirio para untártelo en los ojos y ver. A los que yo amo los reprendo y los corrijo. Sé ferviente y arrepiéntete. Estoy a la puerta llamando: si alguien oye y me abre, entraré y comeremos juntos. Al que salga vencedor lo sentaré en mi trono, junto a mí; lo mismo que yo, cuando vencí, me senté en el trono de mi Padre, junto a él. Quien tenga oídos, oiga la que dice el Espíritu a las Iglesias.""

sábado, 15 de noviembre de 2014

Mateo 25,14-30: Arriesga tu talento, por M. Dolors Gaja, MN

Mateo 25,14-30

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue en seguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo volvió el señor de aquellos empleados y se puso a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: "Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco." Su señor le dijo: "Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor." Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: "Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos." Su señor le dijo: "Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor." Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y dijo: "Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder mi talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo." El señor le respondió: "Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Con que sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese empleado inútil echadle fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes."»

— Comentario por M. Dolors Gaja, MN.

ARRIESGA TU TALENTO

La parábola de los talentos es, quizá, una de las más conocidas. Vamos a acercarnos a ella como nos acercamos a algo ya conocido que, no obstante, siempre nos sorprende. Es lo que nos ocurre cada día con las personas, con un camino de montaña, unas flores en el patio o un poema mil veces leído.

El amo se ausenta:

Ese Señor que se ausenta es, para las primeras comunidades cristianas, el Jesús que se ha ido pero al que se espera con cierta inmediatez. Es, para nosotros, el Dios que nos ha dado todo un mundo para gestionar según nuestras capacidades. Lo importante no es ser más o menos capaz sino ser fiel a tus capacidades y desarrollarlas al máximo. El hecho de que el amo vuelva al cabo de mucho tiempo no puede hacernos perder de vista que trabajamos para Alguien que no soy yo; ni puede inducirnos a creer que lo que tenemos es nuestro pues somos simples administradores.

La gestión:

Los dos primeros siervos se ponen a trabajar con diligencia en aquello que se les ha confiado. Conocen lo suficiente a su señor como para saber que no quiere el dinero parado y toman lo de su amo como propio: son, simplemente, responsables. El tercer siervo, sobre el cual se focaliza la parábola está definido por su desconocimiento de su señor. Le tiene miedo. Y el miedo lo paraliza y le lleva a enterrar el talento.

Habrá que subrayar dos aspectos: la imagen que tenemos de Dios es tan poderosa que va a determinar nuestra manera de vivir la fe. Los dos primeros siervos no temen a su señor y, por lo mismo, son capaces de correr riesgos.  Una fe que no se arriesga no es, en realidad, fe. Miremos cómo Jesús vive permanentemente en el riesgo…en el límite…

Otro aspecto es el miedo. El tercer siervo esconde cuanto ha recibido. No es una cuestión de pereza, es que si arriesgo los talentos recibidos mi vida ya no va a estar bajo mi control.

Rendición de cuentas:

Cuando por fin llega el Señor – imaginemos el día en que me encuentre cara a cara con Dios- la sentencia va  a tener un único criterio: sólo es condenado el pecado de omisión. El siervo perezoso no ha hecho nada malo. No se ha jugado el talento, no se ha fugado con él. Sólo que no ha hecho nada con él. Tiene las manos vacías. Su vida carece de sentido pues se ha limitado a guardar…y sobrevivir.

Una mala catequesis de la confesión nos ha hecho remarcar aquello que hemos hecho mal. Pero deberíamos poner el acento ene se pecado que corroe el mundo y que todos cometemos sin darle mayor importancia: el de omisión, el de todo el bien que podría haber hecho y no hice.

Los santos son aquellos que arriesgan y hacen. Sienten como propios los intereses del Señor. Pueden equivocarse, “perder” incluso. Pero son fieles en lo poco, no se quedan de brazos cruzados.

Pensemos hoy, simplemente, en un juicio final distinto al que, quizá, he imaginado. No se proyectará ante mis ojos lo que hice bien y lo que hice mal. Se proyectará aquello que estaba llamado a hacer y quedó sin hacer…

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33 DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, Año A (Lecturas)

Proverbios 31,10-13.19-20.30-31
Salmo 127,1-2.3.4-5:
Dichoso el que teme al Señor
1Tesalonicenses 5,1-6
Mateo 25,14-30

Proverbios 31,10-13.19-20.30-31

Una mujer hacendosa, ¿quién la hallará? Vale mucho más que las perlas. Su marido se fía de ella, y no le faltan riquezas. Le trae ganancias y no pérdidas todos los días de su vida. Adquiere lana y lino, los trabaja con la destreza de sus manos. Extiende la mano hacia el huso, y sostiene con la palma la rueca. Abre sus manos al necesitado y extiende el brazo al pobre. Engañosa es la gracia, fugaz la hermosura, la que teme al Señor merece alabanza. Cantadle por el éxito de su trabajo, que sus obras la alaben en la plaza.

Salmo 127,1-2.3.4-5: 
Dichoso el que teme al Señor

Dichoso el que teme al Señor
y sigue sus caminos.
Comerás del fruto de tu trabajo,
serás dichoso, te irá bien.
R. Dichoso el que teme al Señor

Tu mujer, como parra fecunda,
en medio de tu casa; tus hijos,
como renuevos de olivo,
alrededor de tu mesa.
R. Dichoso el que teme al Señor

Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida.
R. Dichoso el que teme al Señor

1 Tesalonicenses 5,1-6

En lo referente al tiempo y a las circunstancias no necesitáis, hermanos, que os escriba. Sabéis perfectamente que el día del Señor llegará como un ladrón en la noche. Cuando estén diciendo: «Paz y seguridad», entonces, de improviso, les sobrevendrá la ruina, como los dolores de parto a la que está encinta, y no podrán escapar. Pero vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas, para que ese día no os sorprenda como un ladrón, porque todos sois hijos de la luz e hijos del día; no lo sois de la noche ni de las tinieblas, Así, pues, no durmamos como los demás, sino estemos vigilantes y despejados.

Mateo 25,14-30

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue en seguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo volvió el señor de aquellos empleados y se puso a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: "Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco." Su señor le dijo: "Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor." Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: "Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos." Su señor le dijo: "Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor." Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y dijo: "Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder mi talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo." El señor le respondió: "Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Con que sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese empleado inútil echadle fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes."»

miércoles, 12 de noviembre de 2014

MIÉRCOLES DE LA 32 SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO, Año II (Lecturas)

Tito 3,1-7
Salmo 22: El Señor es mi pastor, nada me falta
Lucas 17,11-19

Tito 3,1-7

Querido hermano: Recuérdales que se sometan al gobierno y a las autoridades, que los obedezcan, que estén dispuestos a toda forma de obra buena, sin insultar ni buscar riñas; sean condescendientes y amables con todo el mundo. Porque antes también nosotros, con nuestra insensatez y obstinación, íbamos fuera de camino; éramos esclavos de pasiones y placeres de todo género, nos pasábamos la vida fastidiando y comidos de envidia, éramos insoportables y nos odiábamos unos a otros. Mas cuando ha aparecido la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor al hombre, no por las obras de justicia que hayamos hecho nosotros, sino que según su propia misericordia nos ha salvado: con el baño del segundo nacimiento y con la renovación por el Espíritu Santo; Dios lo derramó copiosamente sobre nosotros por medio de Jesucristo, nuestro Salvador. Así, justificados por su gracia, somos, en esperanza, herederos de la vida eterna.

Salmo 22: El Señor es mi pastor, nada me falta

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas.
R. El Señor es mi pastor, nada me falta

Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan.
R. El Señor es mi pastor, nada me falta

Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa.
R. El Señor es mi pastor, nada me falta

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término.
R. El Señor es mi pastor, nada me falta

Lucas 17,11-19

En aquel tiempo, yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: "Jesús, maestro, ten compasión de nosotros". Al verlos, les dijo: "Id a presentaros a los sacerdotes". Y mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos, y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Este era un samaritano. Jesús tomó la palabra y dijo: "¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?" Y le dijo: "Levántate, vete; tu fe te ha salvado".

viernes, 7 de noviembre de 2014

¿Pero quien demonios es el Angel Exterminador?, por Luis Antequera

Y nunca mejor dicho “quién demonios”, porque el Angel Exterminador no es otro que, precisamente, el demonio. ¿Pero de dónde viene la expresión? ¿Está en la Biblia? ¿Es frecuente en ella?

Pues bien, estar, lo que es estar, está en la Biblia, pero es cualquier cosa menos frecuente, pues en realidad es utilizada muy pocas veces (Ex. 12,23; 1Co. 10,10), y con el sentido del que nos vamos a ocupar aquí sólo una (Ap. 9,11), una vez que, por cierto, no encontrará Vd. en todas las biblias, sino en una muy concreta: la Vulgata, que la incluye en el Apocalipsis, donde dice:

“Et habebant super se regem angelum abyssi cui nomen hebraice Abaddon graece autem Apollyon et latine habet nomen ‘Exterminans’” (Ap. 9,11).

Traducible como:

“Y tenían sobre sí al ángel rey del abismo, cuyo nombre hebreo es ‘Abaddon’, en griego ‘Apollyon’ y en latín tiene el nombre de ‘el Exterminador’”.

La Biblia Vulgata es, como se sabe, la traducción al latín que de la Biblia en griego hace Jerónimo de Estridón, San Jerónimo (340-420), a finales del s. IV, a petición del Papa Dámaso I, convertida en texto oficial de la Biblia por el Concilio de Trento en 1546.

El caso es que, en su trabajo, San Jerónimo, al llegar al versículo en cuestión del Apocalipsis, se siente en la obligación de añadir de su cosecha la traducción latina a un término que en la versión griega que él maneja, sólo aparecía en hebreo, “Abaddon”, y en griego, “Apollyon”, creando de este modo la famosa locución, tantas veces utilizadas en el lenguaje cotidiano, de “el Angel Exterminador” (un comentarista asiduo de esta columna firma así). La traducción, por otro lado, se ajusta bastante bien a las palabras presentes en el texto griego que traduce Jerónimo, pues “Apollyon” proviene del verbo griego “apollymi” o “apollyo” y significa “destruir”; y “Abbadon” parece provenir de la raíz hebrea “ABD” (las palabras hebreas carecen de vocales) y significaría “echar a perder, arruinar”.

En cuanto al papel que en el Apocalipsis desempeña Abbadon, el Angel Exterminador en definitiva, ha sido objeto de controversia en el plano de los estudios bíblicos. Pero se trata, inconfundiblemente, de un papel negativo, ya se trate del Anticristo, ya se trate del mismo Satanás en persona, ya se trate de un lugarteniente de Satanás. Es, en cualquier caso, el rey de unas langostas muy especiales, con poder para torturar al Hombre durante el extraño plazo de “cinco meses” (Ap. 9,5), y con una particularísima morfología:

“La apariencia de estas langostas era parecida a caballos preparados para la guerra; sobre sus cabezas tenían como coronas que parecían de oro; sus rostros eran como rostros humanos; tenían cabellos como cabellos de mujer, y sus dientes eran como de león; tenían corazas como corazas de hierro, y el ruido de sus alas como el estrépito de carros de muchos caballos que corren al combate; tienen colas parecidas a las de los escorpiones, con aguijones” (Ap. 9,7-10)

En el Antiguo Testamento existen algunas referencias al “abbadon”, pero no se trata de un ser personalizado como en el Apocalipsis, sino más bien, de un lugar o de una situación. La Biblia de Jerusalén (que muchos de Vds. tendrán en sus hogares, una de las más precisas y mejor iluminadas versiones que existen de la Biblia) traduce el término como “perdición”. Dichas menciones se encuentran en tres libros: el Libro de Job, Proverbios y los Salmos.

En Proverbios encontramos:

“Yahvé vigila Abismo y Perdición [abbadon]: ¡cuánto más el corazón humano!” (Prov. 15,11)

“Abismo y perdición [abbadon] son insaciables, como insaciables son los ojos del hombre” (Prov. 27,20)

En el Salmo 88 se lee:

“¿Se habla en la tumba de tu amor, de tu lealtad en el lugar de perdición [abbadon]?” (Sal. 88,12).

Pero quizás la más interesante sea la recogida en el Libro de Job:

“El seol [lugar en el que según los judíos yacen los difuntos en una situación similar al letargo, son los “infiernos” a los que Jesús habría descendido entre su muerte y su resurrección] está desnudo ante él, la Perdición [abbadon] se halla al descubierto” (Job, 26,6).

Donde la sustitución de “perdición” por “Abbadon” bien podría haber iniciado el interesante proceso de conversión de “la Perdición” en un ser personal, por demás el maléfico jefe de los infiernos. Y si no veamos:

“El infierno está desnudo ante él, Abbadon se halla al descubierto”.

Fuente: religionenlibertad.com

De los ángeles en los evangelios, por Luis Antequera

Los ángeles desempeñan un papel preponderante en los evangelios. Se puede establecer que suman más de medio centenar las alusiones existentes en ellos a los angélicos personajes, de las que más de un 80%, sólo en los de Mateo y Lucas. No por casualidad, Mateo es representado en la iconografía cristiana como un ángel, algo que debe al protagonismo que en su Evangelio corresponde a las celestiales criaturas.

Repasando los evangelios y siguiendo un orden cronológico, un ángel, en este caso con nombre y apellido, Gabriel, es el que anuncia al sumo sacerdote Zacarías que va a ser padre de Juan Bautista. Y ello a pesar de ser su mujer estéril y vieja, y él mismo, viejo (Mt. 1,7):

“Se le apareció el ángel del Señor, de pie, a la derecha del altar del incienso. Al verle Zacarías, se sobresaltó, y el temor se apoderó de él. El ángel le dijo: «No temas, Zacarías, porque tu petición ha sido escuchada; Isabel, tu mujer, te dará un hijo, a quien pondrás por nombre Juan; será para ti gozo y alegría y muchos se gozarán en su nacimiento, porque será grande ante el Señor; no beberá vino ni licor; estará lleno de Espíritu Santo ya desde el seno de su madre, y convertirá al Señor su Dios a muchos de los hijos de Israel e irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos y a los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto.» Zacarías dijo al ángel: «¿En qué lo conoceré? Porque yo soy viejo y mi mujer de avanzada edad.» El ángel le respondió: «Yo soy Gabriel, el que está delante de Dios, y he sido enviado para hablarte y anunciarte esta buena noticia. Mira, por no haber creído mis palabras, que se cumplirán a su tiempo, vas a quedar mudo y no podrás hablar hasta el día en que sucedan estas cosas.»” (Lc. 1,11-20)

El mismo ángel Gabriel anuncia a María su milagrosa maternidad a pesar de “no conocer varón” (Lc. 1, 34):

“Al sexto mes envió Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y, entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» Ella se conturbó por estas palabras y se preguntaba qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande, se le llamará Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.» María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y se le llamará Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez y este es ya el sexto mes de la que se decía que era estéril, porque no hay nada imposible para Dios.» Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y el ángel, dejándola, se fue” (Lc. 1,26-38).

A partir de ahora, ningún ángel vuelve a tener nombre en el Evangelio, lo que no quita para que sigan desfilando uno tras otro en los distintos episodios que jalonan la vida de Jesús. Así, cuando San José repara en el embarazo de María en el que él no ha tenido participación alguna, un ángel se le presenta en sueños para confortarle:

“Su marido José, que era justo, pero no quería infamarla, resolvió repudiarla en privado. Así lo tenía planeado, cuando el ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.»” (Mt. 1,19-20).

Cuando nace Jesús, un nuevo ángel se encarga de proclamar la buena nueva a los pastores:

“Había en la misma comarca unos pastores, que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño. Se les presentó el ángel del Señor, la gloria del Señor los envolvió en su luz y se llenaron de temor. El ángel les dijo: «No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.» Y de pronto se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial que alababa a Dios diciendo: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace.»” (Lc. 2,8-14)

Curiosamente, a los magos de oriente no es un ángel ni el que les informa del nacimiento del rey en Belén, ni el que los conduce a la pequeña ciudad de Judea para rendirle honores.

Si es un ángel, en cambio, el que se presenta de nuevo ante José para darle la instrucción de huir a Egipto, y así salvar a Jesús de las iras de Herodes que, como se sabe, anda buscando al niño para matarle:

“Cuando ellos se retiraron, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; y estáte allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al niño para matarle.» Él se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se retiró a Egipto” (Mt. 2,13-14).

Mientras está en Egipto, es otra vez un ángel el que le informa, una vez más en sueños, de que Herodes ha muerto y de que puede volver a Palestina:

“Muerto Herodes, el ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y vete a la tierra de Israel, pues ya han muerto los que buscaban la vida del niño.» Él se levantó, tomó consigo al niño y a su madre, y entró en tierra de Israel” (Mt. 2, 19-21).

Esta capacidad onírica de José para entrar en contacto con los ángeles tiene dos importantes connotaciones. Por un lado, convierte al José de Mateo, que es siempre el evangelista que refiere los sueños, en el José más activo de los cuatro evangelios. Mateo de hecho, menciona siete veces a José, cinco de las cuales tienen que ver con sus revelaciones angélico-oníricas.

A los efectos, no está de más señalar que el evangelista Marcos, por ejemplo, no menciona a José ni una sola vez por su nombre, y que las dos veces que lo hace Juan, es sólo para dar a apellido a Jesús, “Jesús el hijo de José” (Jn. 1,45 y Jn. 6,42).

Lucas sí lo menciona, cosa que hace en hasta cinco ocasiones, y al igual que Mateo, lo trata como personaje autónomo con vida propia. Y al mismo tiempo, nos hace pensar en otro célebre José famoso por interpretar sueños, el veterotestamentario José hijo de Jacob, bien que con una pequeña diferencia entre los dos: que los sueños que interpreta éste son siempre ajenos (los del faraón, los de los dos cortesanos), en tanto que los que interpreta el padre de Jesús son los propios.

Volviendo a nuestros ángeles, cuando el diablo termina de tentar a Jesús en el desierto esto es lo que ocurre:

“Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían [a Jesús]” (Mt. 4,11; Mc. 1,13).

El evangelista Juan nos dice qué es lo que pasa en la piscina de Betzatá, una piscina en la que en tiempos de Jesús se producían milagrosas curaciones:

“Hay en Jerusalén una piscina Probática que se llama en hebreo Betzatá, que tiene cinco pórticos. En ellos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos, esperando la agitación del agua. Porque el ángel del Señor se lavaba de tiempo en tiempo en la piscina y agitaba el agua; y el primero que se metía después de la agitación del agua, recobraba la salud de cualquier mal que tuviera” (Jn. 5,2-4)

Jesús en persona explica la relación existente entre ángeles y niños:

“Guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños; porque yo os digo que sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos” (Mt. 18,10).

Una mención por cierto, en la que cabe encontrar la base escriturística del ángel de la guarda, por lo menos por lo que a los niños se refiere.

Nos cuenta también Jesús aquello que es lo que más alegría produce entre los ángeles:

“Pues os digo que, del mismo modo, hay alegría entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta” (Lc. 15,10)

Un ángel conforta a Jesús cuando en el huerto de Getsemaní, éste espera angustiado a que procedan a su detención y dé comienzo su pasión:

“Se apartó de ellos como un tiro de piedra, y puesto de rodillas oraba diciendo: «Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.» Entonces se le apareció un ángel venido del cielo que le confortaba” (Lc. 22,41-43).

Todo un ejército de ángeles podría haberle liberado de su fatídico final de no ser porque el mismo forma parte del plan de salvación trazado de antemano por Dios:

“Entonces aquéllos se acercaron, echaron mano a Jesús y le prendieron. En esto, uno de los que estaban con Jesús echó mano a su espada, la sacó e, hiriendo al siervo del Sumo Sacerdote, le llevó la oreja. Dícele entonces Jesús: «Vuelve tu espada a su sitio, porque todos los que empuñen espada, a espada perecerán. ¿O piensas que no puedo yo rogar a mi Padre, que pondría al punto a mi disposición más de doce legiones de ángeles? Mas, ¿cómo se cumplirían las Escrituras de que así debe suceder?»” (Mt 26,50-54)

Y un ángel del Señor es igualmente el encargado de anunciar a las santas mujeres que Jesús ha resucitado:

“El ángel se dirigió a las mujeres y les dijo: «Vosotras no temáis, pues sé que buscáis a Jesús, el Crucificado; no está aquí, ha resucitado, como lo había dicho. Venid, ved el lugar donde estaba. Y ahora id enseguida a decir a sus discípulos: `Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis.´ Ya os lo he dicho.» Ellas partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos” (Mt. 28, 5-8; similar en Mc. 16, 5-7; Lc. 24,4-7; Jn. 20,12-13).

Un ángel del que habría mucho que hablar, pues mientras en Mateo es explícitamente un ángel, y también lo es en Juan, aunque los ángeles sean dos (Jn. 20,12), en Marcos (Mc. 16,4) es "un joven con una túnica blanca" y en Lucas “dos hombres con vestidos resplandecientes” (Lc. 24,4).

Son varias las ocasiones en las que Jesús explica el papel que corresponderá a los ángeles cuando llegue la hora del fin del mundo. Así lo hace explicando la parábola de la cizaña:

“De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes” (Mt. 10,42).

Al salir del templo lo explica así:

“Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del hombre; y entonces se golpearán el pecho todas las razas de la tierra y verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria. Él enviará a sus ángeles con sonora trompeta, y reunirán de los cuatro vientos a sus elegidos, desde un extremo de los cielos hasta el otro” (Mt. 24,30-31).

De manera aún más explícita lo relata Lucas:

“Yo os digo: ‘Por todo el que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios. Pero el que me niegue delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios’” (Lc. 12,8-9)

Todo lo cual no es óbice para que “de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles de los cielos, ni el Hijo, sino sólo el Padre” (Mt. 24,36; Mc. 13,32).

Y eso que, de hecho, son los ángeles los que conducen al justo a la gloria de Dios, como nos cuenta Jesús en la parábola del pobre Lázaro y el rico Epulón:

“Sucedió, pues, que murió el pobre y los ángeles le llevaron al seno de Abrahán” (Lc. 16,22)

 El cielo está lleno de ángeles, como con claridad le explica Jesús a Natanael:

“En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre” (Jn. 1,51).

De hecho, la de convertirse en ángel o algo parecido, es la suerte que espera al hombre que alcance el cielo:

«Los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios por ser hijos de la resurrección” (Lc. 20,34-36; similar en Mt. 22,29-30; Mc. 12,24-25)

 Lo que en modo alguno, debe interpretarse como que en el infierno vayan a librarse los que vayan de departir con ángeles:

“Entonces dirá también a los de su izquierda: ‘Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles’” (Mt. 25,41)

Fuente: religionenlibertad.com

Del famoso debate sobre el sexo de los ángeles, por Luis Antequera

La del sexo de los ángeles es la cuestión bizantina por excelencia, y nada tiene de particular que sea así, pues es precisamente en Bizancio donde se sitúa la leyenda según la cual, filósofos, teólogos, políticos y hasta el entero vulgo, se hallarían encelados en tan trivial cuestión mientras a las puertas de la ciudad los turcos hacían cola para comenzar a repartirse lo que quedaba de la otrora orgullosa capital del cristianismo universal, cosa que acontecía un malhadado 29 de mayo de 1453. Una cuestión tan baladí que de hecho es muy posible que, contrariamente a lo que acostumbra a creerse, nunca mereciera excesivo interés por parte ni de la magistratura ni de la doctrina eclesiásticas, y que toda la historia se enmarque en el ámbito de lo puramente legendario.

Todo lo cual, sin embargo, no obsta para que en las páginas del Antiguo Testamento nos encontremos a los ¿ángeles? enfrascados en algunas de las más humanas disquisiciones, como ocurre en el pasaje del Génesis que relata el pecado que terminó decidiendo a Dios a enviar al mundo el diluvio universal:

“Cuando la humanidad comenzó a multiplicarse sobre la faz de la tierra y les nacieron hijas, vieron los hijos de Dios [ojo a la expresión] que las hijas de los hombres les venían bien y tomaron por mujeres a las que preferían de entre todas ellas” (Gn. 6,1-2).

Y bien, ¿quiénes eran esos "hijos de Dios"? Se han propuesto múltiples interpretaciones: los hijos de Set, tercer hijo, a su vez, de Adán y Eva; unos gigantes no humanos… Lo cierto es que la propia Biblia, en otros pasajes, usa la expresión en lo que parece ser un sinónimo de ángeles, tal cual sucede, por ejemplo, cuando dice el Libro de Job:

“Un día en que los hijos de Dios fueron a presentarse ante Yahvé, apareció también entre ellos el Satán” (Lob 1,6)

El propio Judas Tadeo, en su única Carta canónica, parece referirse al episodio que dio lugar al Diluvio cuando afirma:

“Y además que a los ángeles, que no mantuvieron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada, los tiene guardados con ligaduras eternas bajo tinieblas para el juicio del gran Día” (Jud. 1,6).

Estrechamente asociados diluvio universal y pecado de los ángeles nos los volvemos a encontrar en las dos cartas de Pedro, y sobre todo en la segunda, en la que podemos leer:

“Pues si Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que, precipitándolos en los abismos tenebrosos del Tártaro, los entregó para ser custodiados hasta el Juicio; si no perdonó al antiguo mundo, aunque preservó a Noé, heraldo de la justicia, y a otros siete, cuando hizo venir el diluvio sobre un mundo de impíos” (2Pe 2,4-5)

No es la única referencia al sexo de los ángeles en los textos bíblicos, pues ni más ni menos que el mismísimo Jesús se refiere, siquiera de pasada, a la cuestión. Ocurre cuando preguntado por los saduceos, apenas unos días antes de ser crucificado, con quien estaría casada una mujer que en el mundo lo hubiera estado con siete hermanos, responde:

“En la resurrección, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, sino que serán como ángeles en el cielo” (Mt. 22,30).

De donde no cabe otra interpretación que la de que, digan lo que digan los bizantinos, diga lo que diga el autor del Génesis, los ángeles no están sometidos a apetito sexual de ningún tipo, por lo que no parece lógico que tengan sexo.

Episodio que es, por cierto, en lo que consiste la famosa “trampa saducea” -la que le ponen los saduceos a Jesús en Mt. 22,23-30 para ver si conseguían alguna causa por la que condenarle- que popularizara en su día ese político español de la Transición llamado Torcuato Fernández Miranda, a la que tantas veces hacemos referencia en el lenguaje cotidiano con la misma frecuencia y desconocimiento con el que nos referimos a las "cuestiones bizantinas", sin saber, ni en un caso ni en otro, en qué consistieron.

Helas pues aquí, las dos unidas, "cuestiones bizantinas" y "trampas saduceas", y gracias las dos… ¡¡¡al sexo de los ángeles!!!

Fuente: religionenlibertad.com

De los ángeles en el Antiguo Testamento, por Luis Antequera

Pues bien, los ángeles (del griego angelos (άγγeλος)=mensajero, raíz etimológica que da también "evangelio", de eu (eύ)=buen y angelion (αγγέλιον)=mensaje, el buen mensaje, la buena nueva), también llamados en el Antiguo Testamento malak (hebreo que significa delegado, embajador), o beney Elohim (“Hijos de Dios”, cfr. Gn. 6,1-2; Job. 1,6), son, en el entorno judeo-cristiano, seres espirituales, sin cuerpo pues, aunque a veces se manifiesten bajo formas visibles; que no están sometidos a las leyes de la corrupción; y que no se relacionan sexualmente ni se multiplican.

El concepto semítico de ángel bien podría estar emparentado con el de los sukalli, suerte de espíritus mensajeros de la deidad babilónica, o con el de los amesha spentas que cita el Avesta, libro sagrado del mazdeísmo persa, religiones ambas, la babilónica y la persa, con las que en un momento u otro entraron en contacto los israelitas.

El primer problema que plantea la teoría de los ángeles es el de su creación. Y es que cuando el primero de los libros del Antiguo Testamento, el Génesis, relata cómo Dios crea el mundo, no los menciona entre sus creaturas. Y sin embargo, bien pronto aparecen en el mismo libro, ya que “habiendo expulsado al hombre [por causa de su desobediencia al comer el fruto del árbol prohibido] puso [Dios] delante del jardín del Edén querubines [del hebreo kerubim=los próximos, derivado, a su vez, del asirio karibú] para guardar el camino del árbol de la vida” (Gn. 3, 24). A estos querubines de tan temprana mención en los textos del Antiguo Testamento, vuelve a referirse éste cuando nos los presenta custodiando el Arca de la Alianza (Ex. 25,18).

Precisamente un terrible pecado en el que participan hombres y ángeles, denominados aquí “los hijos de Dios”, muy poco conocido, por cierto, y emplazado al inicio del Génesis justo delante del episodio del Diluvio universal, es el que da lugar al terrible castigo por el que Dios pone límite a los días del hombre en ciento veinte años (los patriarcas antediluvianos, anteriores también al pecado del que hablamos, vivían hasta un milenio circa, caso de Matusalén v.gr.).

“Cuando la humanidad comenzó a multiplicarse sobre la faz de la tierra y les nacieron hijas, vieron los hijos de Dios que las hijas de los hombres les venían bien, y tomaron por mujeres a las que preferían de entre todas ellas. Entonces dijo Yahvé: «No permanecerá para siempre mi espíritu en el hombre, porque no es más que carne; que sus días sean ciento veinte años.» Los nefilim existían en la tierra por aquel entonces (y también después), cuando los hijos de Dios se unían a las hijas de los hombres y ellas les daban hijos: éstos fueron los héroes de la antigüedad, hombres famosos” (Gn. 6,1-4)

Relatos todos los cuales de los que sólo cabe extraer una de dos conclusiones: o los ángeles no han sido creados sino que existen desde toda la eternidad; o, de haber sido creados, lo fueron antes que el mundo.

La realidad es que aunque el Génesis orille la cuestión, de otros textos veterotestamentarios sí se puede concluir que los ángeles fueron creados. Un Salmo al menos, así lo corrobora:

“¡Alabadle, ángeles suyos todos, todas sus huestes, alabadle! [...] Alaben todos el nombre de Yahveh, pues él ordenó y fueron creados” (Sl. 148,2-5).

El IV Concilio de Letrán (1215), undécimo de los ecuménicos, en su decreto Firmitery en la misma línea que luego seguirá el Concilio Vaticano I en su decreto Dei Filius, se pronuncia claramente sobre la cuestión:

“[Dios] creó de la nada a una y otra criatura, la espiritual y la corporal, es decir, la angélica y la mundana, y después la humana, compuesta de espíritu y de cuerpo”.

La otra gran cuestión que se suscita en el Antiguo Testamento es el del número de ángeles. Pues bien, el Antiguo Testamento los cuantifica en “millares de miríadas” (Sl. 68,18); el profeta Daniel, no menos entusiasta, habla de “miríadas de miríadas” (Dn. 7,10). La misma denominación de Dios como Yahveh Sebaot ("el Dios de las huestes"), tan frecuente en el Antiguo Testamento, no hace referencia sino a su condición de jefe de los innumerables ejércitos angelares.

Aunque trataremos el tema en un artículo expresamente dedicado al Nuevo Testamento, podemos anticipar aquí que dentro de él, persiste la idea de las grandes poblaciones angélicas. Así, Mateo, que escribe el que podríamos denominar  "el evangelio de los ángeles", - recuérdese por ejemplo, el papel del ángel en toda la infancia de Jesús, las apariciones a San José... no por casualidad se representa a Mateo como un ángel-, es el propio Jesús el que nos da una pista sobre su número cuando, en el momento de ser prendido, reprende a Pedro por intentar defenderle a espada al son de estas palabras:

“¿O piensas que no puedo yo rogar a mi Padre, que pondría al punto a mi disposición más de doce legiones de ángeles?” (Mt. 26,53)

No menos explícito se muestra Juan en su Apocalipsis, cuando explicando una de sus visiones nos dice:

“Y en la visión oí la voz de una multitud de ángeles alrededor del trono, de los Vivientes y de los Ancianos. Su número era miriadas de miriadas y millares de millares” (Ap. 5,11).

Fuente: religionenlibertad.com

De las funciones de los ángeles, por Luis Antequera

Las funciones que desempeñan los ángeles son de tres tipos: adorar a Dios en el Cielo, proteger a las naciones y proteger a la Iglesia.

Por lo que se refiere a la primera de ellas, la de adorar a Dios en el cielo, dice Isaías:

“Unos serafines se mantenían erguidos por encima de Él [...]. Y se gritaban el uno al otro: “santo, santo, santo, Yahveh Sebaot; llena está toda la tierra de su gloria” (Is. 6,3).

            Añade Jesús:

“[Contemplan] constantemente el rostro de mi Padre que está en los cielos” (Mt 18,10).

El Libro de Tobías confirma que hay “siete ángeles que están siempre presentes y tienen entrada a la gloria del Señor” (Tb. 12,15). Angeles que, por cierto, son los mismos que contempla San Juan:

“Vi entonces a los siete ángeles que están en pie delante de Dios” (Ap. 8,2).

La segunda de las funciones angelicales es la de proteger a las naciones, y por encima de todas, una, claro está, la nación elegida de Dios, Israel. Con toda claridad lo expresa el Libro del Exodo:

“Se puso en marcha el ángel de Yahveh que iba al frente del ejército de Israel” (Éx. 14,19).

Pero la de Israel no es la única nación que tiene ángel. Ya hemos visto como cuando San Miguel, ángel protector de la nación israelí, actúa en el ejercicio de lo que es su alta magistratura, se enfrenta al Príncipe de Persia, ángel protector de las naciones contrarias a Israel (Dan. 10,13). Con claridad meridiana lo explica el Deuteronomio:

“Cuando el Altísimo repartió las naciones, cuando distribuyó a los hijos de Adán, fijó las fronteras de los pueblos según el número de los hijos de Dios [los ángeles]” (Dt. 32,8).

En cuanto a la tercera de las funciones de los ángeles, la de proteger a la Iglesia, ya se refiere a ella el Apocalipsis de Juan:

“La explicación del misterio de las siete estrellas que has visto en mi mano derecha y de los siete candeleros de oro es ésta: las siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias, y los siete candeleros son las siete iglesias [Efeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia y Laodicea]” (Ap. 1,20).

Pero por encima de todas las citadas, hay una función que la tradición cristiana atribuye con especial esmero a los ángeles: se trata de la protección de los seres humanos. Ya en el Antiguo Testamento se dan testimonios abundantes en tal sentido. Angeles son quienes protegen a Lot (Gn. 19,1 y ss. ), auxilian en el desierto a Agar y a su hijo Ismael (Gn. 16,7), conducen al pueblo de Dios (Ex. 23,23) o asisten a los profetas (1Re. 19,5). Abraham, al enviar a su siervo a buscarle una esposa a Isaac, le dice:

“Él enviará su ángel delante de ti” (Gn. 24,7).

Judith proclama:

“Vive el Señor, cuyo ángel ha sido mi guardián” (Jd. 13,20).

Ya en el Nuevo Testamento, el propio Jesús anticipa este rol angelical, al menos en lo que se refiere a los niños cuando habla de “sus ángeles [los de los niños]”. (Mt. 18,10). San Pablo define a los ángeles como “espíritus servidores, enviados para ayudar a aquellos que han de heredar la salvación [es decir, los hombres]” (Hb. 1,14).

En la primera literatura cristiana, Orígenes afirma que “el ángel particular de cada cual [...] une su oración a la nuestra y colabora, según su poder, a favor de lo que pedimos”.

San Basilio que “cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducirlo a la vida”.

San Ambrosio que “debemos rezarle a los ángeles que nos son dados como guardianes”.

Santo Tomás de Aquino dedica un largo artículo de su Suma Teológica al tema. Y el Catecismo de la Iglesia Católica declara: “Desde su comienzo hasta la muerte, la vida humana está rodeada de su custodia y de su intercesión [la de los ángeles custodios]” (Cat. 336).

Fuente: religionenlibertad.com

De los ángeles en los escritos de San Pablo, por Luis Antequera

Probablemente el primer estudio sobre los ángeles en el seno del cristianismo lo aborde San Pablo, cuyos escritos, a expensas de lo que nuevas investigaciones puedan llegar a determinar, pasan por ser los primeros del cristianismo, anteriores incluso a los de los primeros evangelistas.

De hecho, ya en la primera carta que escribe, la que dirige a los tesalonicenses, que puede considerarse cronológicamente hablando como el primero de los textos canónicos, realiza esta mención que se puede considerar como la más antigua mención estrictamente cristiana a los ángeles:

“El mismo Señor bajará del cielo con clamor, en voz de arcángel y trompeta de Dios, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar” (1Te. 3,16)

Los grandes tratados angélicos de Pablo son sin embargo otros dos: la Primera a los Corintios y la Carta a los Hebreos. Existen menciones al tema también en las cartas que dirige a los Romanos, la Segunda a los corintios, la de los Gálatas, la de los Colosenses, la Segunda a los tesalonicenses y una de las que dirige a Timoteo, lo que da para todo un tratado.

Para San Pablo, que el demonio es un ángel está fuera de toda duda:

“Y nada tiene de extraño: que el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz” (2Co. 11,14)

Pablo reconoce al menos, dos tipos de ángeles, príncipes y potestades:

“Porque en él reside toda la plenitud de la divinidad corporalmente, y vosotros alcanzáis la plenitud en él, que es la cabeza de todo principado y de toda potestad” (Col. 2, 9-15; similar en Ro, 8, 38-39).

Aunque habla también de unos terceros, los querubines:

“Encima del arca, los querubines de la gloria que cubrían con su sombra el propiciatorio” (Hb. 9,5)

Entra también en la vieja cuestión de su número:

“Vosotros, en cambio, os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial, y a miriadas de ángeles, reunión solemne” (Hb. 12,22)

Y están más cerca de lo que acostumbramos a creer:

“No olvidéis la hospitalidad; gracias a ella, algunos, sin saberlo, hospedaron a ángeles” (Hb. 13,2).

Pero si algo debió de preocupar a Pablo en lo relativo a los ángeles, fue el culto desmesurado que se produjo en algunas de las primeras iglesias, por lo menos en la de Colosas al sudoeste de Asia Menor:

“Que nadie os arrebate el premio por ruines prácticas y el culto de los ángeles, obsesionado por lo que vio, vanamente hinchado por su mente carnal” (Col. 2,18)

Y también en la de Galacia:

“Pero aun cuando nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciara un evangelio distinto del que os hemos anunciado, ¡sea maldito!” (Gal. 1,8)

La cuestión no es baladí, y Pablo dedica toda buena parte de su literatura a establecer el rango de los ángeles. Primero respecto de Jesucristo, cosa que hace en la Carta a los Hebreos. Tras manifestar una duda inicial:

“En efecto, ¿a qué ángel dijo alguna vez: Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy; y también: Yo seré para él un padre, y él será para mí un hijo? Y nuevamente al introducir a su Primogénito en el mundo dice: Y adórenle todos los ángeles de Dios. Y de los ángeles dice: Hace de los vientos sus ángeles, y de las llamas de fuego sus ministros. Pero del Hijo: Tu trono, ¡oh Dios!, por los siglos de los siglos; y: El cetro de tu realeza, cetro de equidad. Amaste la justicia y aborreciste la iniquidad; por eso te ungió, ¡oh Dios!, tu Dios con óleo de alegría entre tus compañeros. Y también: Tú al comienzo, ¡oh Señor!, pusiste los cimientos de la tierra, y obra de tu mano son los cielos. Ellos perecerán, mas tú permaneces; todos como un vestido envejecerán; como un manto los enrollarás, como un vestido, y serán cambiados. Pero tú eres el mismo y tus años no tendrán fin. Y ¿a qué ángel dijo alguna vez: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por escabel de tus pies? ¿Es que no son todos ellos espíritus servidores con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación?” (Hb. 1,5-14)

Dentro del mismo tema del rango de los ángeles, toca también Pablo su relación con los hombres, lo que hace por lo menos en dos ocasiones. Bastante claro aparece en la aseveración que realiza a los corintios:

“¿No sabéis que hemos de juzgar a los ángeles? Y ¡cómo no las cosas de esta vida!” (1Co. 6,3)

Más aún en la que realiza a los hebreos:

¿Es que no son todos ellos [los ángeles] espíritus servidores con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación [los hombres]?” (Hb. 1,14)

Fuente: religionenlibertad.com

VIERNES DE LA 31 SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO, Año II (Lecturas)

Filipenses 3,17-4,1
Salmo 121: Vamos alegres a la casa del Señor
Lucas 16,1-8

Filipenses 3,17-4,1

Seguid mi ejemplo, hermanos, y fijaos en los que andan según el modelo que tenéis en nosotros. Porque, como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos, hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas. Sólo aspiran a cosas terrenas. Nosotros, por el contrario, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo. Así, pues, hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona, manteneos así, en el Señor, queridos.

Salmo 121: Vamos alegres a la casa del Señor

¡Qué alegría cuando me dijeron:
"Vamos a la casa del Señor"!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.
R. Vamos alegres a la casa del Señor

Allá suben las tribus,
las tribus del Señor,
según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David.
R. Vamos alegres a la casa del Señor

Lucas 16,1-8

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: "Un hombre rico tenía un administrador y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: "¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido". El administrador se puso a echar sus cálculos: "¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa". Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo, y dijo al primero: "¿Cuánto debes a mi amo?" Este respondió: "Cien barriles de aceite". El le dijo: "Aquí está tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta". Luego dijo a otro: "Y tú, ¿cuánto debes?" El contestó: "Cien fanegas de trigo". Le dijo: "Aquí está tu recibo, escribe ochenta". Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz".

jueves, 6 de noviembre de 2014

De la homosexualidad en el Antiguo Testamento, por Luis Antequera

Son varias las referencias existentes en el Antiguo Testamento, y más concretamente dentro de él, en el Pentateuco según lo llamamos los cristianos, la Torah, según lo llaman los judíos, a la homosexualidad.

La primera, en el propio libro del Génesis, está relacionada con la destrucción de Sodoma, si bien no es propiamente la causa de dicha destrucción, decidida de antemano por Yahveh por haber cometido “un pecado gravísimo” que no especifica.

“El clamor de Sodoma y de Gomorra es grande; y su pecado gravísimo. Así que voy a bajar personalmente, a ver si lo que han hecho responde en todo al clamor que ha llegado hasta mí, y si no, he de saberlo” (Gn. 18,20-21)

Cuando para castigar ese pecado, Dios manda a la ciudad dos ángeles, que se encuentran con Lot, esto es lo que ocurre:

“Los dos ángeles llegaron a Sodoma por la tarde […] Al verlos, Lot se levantó a su encuentro y, postrándose rostro en tierra, dijo: «Os ruego, señores, que vengáis a la casa de este servidor vuestro. Hacéis noche, os laváis los pies, y de madrugada seguiréis vuestro camino.» […] Tanto porfió con ellos, que al fin se hospedaron en su casa […] No bien se habían acostado, cuando los hombres de la ciudad, los sodomitas, rodearon la casa […]. Llamaron a voces a Lot y le dijeron: «¿Dónde están los hombres que han venido adonde ti esta noche? Sácalos, para que abusemos de ellos.»” (Gn. 19,1-5).

La cosa parece de tal escándalo a Lot, que fíjense Vds. la solución “de compromiso” que llega a proponer a sus vecinos:

“Lot salió donde ellos a la entrada, cerró la puerta detrás de sí, y dijo: «Por favor, hermanos, no hagáis esta maldad. Mirad, aquí tengo dos hijas que aún no han conocido varón. Os las sacaré y haced con ellas como bien os parezca; pero a estos hombres no les hagáis nada, que para eso han venido al amparo de mi techo.»” (Gn. 19,6-8).

No será el caso. Los ángeles alojados en casa de Lot deslumbran los ojos de los atacantes, capeando de momento la situación. Y al día siguiente, Lot escapa a la ciudad de Soar con su entera familia, y por lo que respecta a Sodoma (y también sobre Gomorra), esto es lo que ocurre:

“Entonces Yahvé hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego de parte de Yahvé. Y arrasó aquellas ciudades y toda la redonda con todos los habitantes de las ciudades y la vegetación del suelo” (Gn. 19,24-25).

Del relato lo que ciertamente queda es la definitiva asociación de la ciudad de Sodoma con el acto homosexual, que no en balde, será conocido en adelante como “sodomía” y a sus practicantes como “sodomitas” (ver Gn. 19,4).

Además de este relato, existen en el Pentateuco, al menos, dos condenas explícitas de la homosexualidad, ambas en el Levítico. La primera:

“No te acostarás con varón como con mujer: es una abominación” (Lv. 18,22).

Versículo que se limita a condenar la conducta sin imponerle pena alguna.

“Guardad mis preceptos y mis normas, y no cometáis ninguna de esas abominaciones, ni los de vuestro pueblo ni los forasteros que residen entre vosotros. Porque todas estas abominaciones han cometido los hombres que habitaron el país antes que vosotros, y por eso el país se ha contaminado” (Lv. 18,26-27).

La segunda, mucho más explícita y severa:

“Si un varón se acuesta con otro varón, como se hace con una mujer, ambos han cometido una abominación: han de morir; su sangre sobre ellos” (Lv. 20,13)

Dos curiosidades. Primero, en el Pentateuco la homosexualidad sólo se entiende masculina: no existe referencia alguna a la homosexualidad femenina. Segundo, en cuanto a la ejecución del homosexual, no se especifica la manera de consumarla, como sí se hace, en cambio, con otros pecados reseñados en el mismo capítulo del mismo libro, así por ejemplo, casarse con una madre y con su hija, penado con la hoguera (Lv. 18,14), o practicar espiritismo o adivinación, penado con la lapidación (Lv. 18, 23).

Fuente: religionenlibertad.com

De la homosexualidad en el Nuevo Testamento, por Luis Antequera

De los ocho autores que componen el Nuevo Testamento, a saber, Mateo, Marcos, Lucas, Juan, Pedro, Santiago (el Menor), Judas y Pablo, sólo dos tratan el tema de la homosexualidad, Judas y Pablo, si bien aquél se limita a una breve reseña en forma de referencia al episodio bíblico de Sodoma que le sirve para ratificarse en el tratamiento que al tema da la Ley mosaica:

“Y lo mismo Sodoma y Gomorra y las ciudades vecinas, que como ellos fornicaron y se fueron tras una carne diferente, padeciendo la pena de un fuego eterno, sirven de ejemplo” (Jud. 7).

El gran tratadista neotestamentario de la homosexualidad es, sin embargo, Pablo, que la trata, eso sí, expresando siempre su propia opinión, lo que quiere decir que por lo que sabemos y queda escrito sobre él, Jesús jamás se pronuncia sobre el tema, ni en una dirección ni en otra. Y eso que no han faltado quienes han querido encontrar alguna alusión en el pasaje que recoge Mateo en el que dice Jesús “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne” (Mt. 19,5).

Más allá de que no son palabras cuya autoría corresponda a Jesús, quien se limita aquí a citar el Génesis (cfr. Gn. 2,24), cabe oponer a dicha posición dos objeciones: primero, la de que se trata de una afirmación meramente positiva, sin condena de la posición contraria; segundo, la de que Jesús no la utiliza en un alegato contra la homosexualidad, sino en un argumento por la indisolubilidad que reza, completo, de la siguiente manera:

“¿No habéis leído que el Creador, desde el comienzo, los hizo varón y hembra, y que dijo: ‘Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne?’ De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre” (Mt. 19,4-6).

San Pablo, como decimos, sí que se moja en lo relativo al tema. Así, en su Carta a los Romanos, entre las muchas faltas que atribuye a los gentiles desconocedores de la ley, les reprocha ésta también:

“Por eso Dios los entregó a las apetencias de su corazón hasta una impureza tal que deshonraron entre sí sus cuerpos; a ellos que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en vez del Creador, que es bendito por los siglos. Amén. Por eso los entregó Dios a pasiones infames; pues sus mujeres invirtieron las relaciones naturales por otras contra la naturaleza; igualmente los hombres, abandonando el uso natural de la mujer, se abrasaron en deseos los unos por los otros, cometiendo la infamia de hombre con hombre, recibiendo en sí mismos el pago merecido de su extravío” (Ro. 1,24-27).

Donde llama la atención la alusión expresa a la homosexualidad femenina -“pues sus mujeres invirtieron las relaciones naturales por otras contra la naturaleza”- una alusión que no recoge en ningún momento el Antiguo Testamento.

Pablo incluso refiere la pena que la Ley divina prevé para el caso:

“Aunque conocedores del veredicto de Dios que declara dignos de muerte a los que tales cosas practican, no solamente las practican, sino que aprueban a los que las cometen” (Ro. 1,32).

Se refiere sin duda a lo que dicta el Levítico cuando dice:

“Si un varón se acuesta con otro varón, como se hace con una mujer, ambos han cometido una abominación: han de morir; su sangre sobre ellos” (Lv. 20,13).

Una nueva alusión a lo que la Ley recoge para los homosexuales recoge Pablo cuando en la que es una de sus últimas cartas, la primera de las dos que dirige a Timoteo, vuelve a decir:

“Sí, ya sabemos que la Ley es buena, con tal que se la tome como ley, teniendo bien presente que la ley no ha sido instituida para el justo, sino para los prevaricadores y rebeldes, para los impíos y pecadores, para los irreligiosos y profanadores, para los parricidas y matricidas, para los asesinos, adúlteros, homosexuales, traficantes de esclavos, mentirosos, perjuros y para todo lo que se opone a la sana doctrina, según el Evangelio de la gloria de Dios bienaventurado, que se me ha confiado” (1 Tim. 1,8-11).

No es la única consecuencia aneja a las conductas que comentamos, sino que otra, en el pensamiento de Pablo aún más terrible, espera a los homosexuales, como con toda claridad expone en su Carta a los Corintios:

“¡No os engañéis! Ni impuros, ni idólatras, ni adúlteros, ni afeminados, ni homosexuales, ni ladrones, ni avaros, ni borrachos, ni ultrajadores, ni explotadores heredarán el Reino de Dios” (1 Co. 6,9-10).

Y sin más por hoy, queridos amigos, sino desearles como siempre que hagan mucho bien y no reciban menos, me despido de Vds. una vez más, con la promesa de estar de nuevo mañana por aquí salvo caso fortuito o fuerza mayor, como diría un abogado.

Fuente: religionenlibertad.com

De la palabra "exacta" con la que San Pablo se refirió a los homosexuales, por Luis Antequera

La transcripción de las palabras de Pablo por lo que a la homosexualidad se refiere desde la Vulgata (que como se sabe es la traducción realizada por San Jerónimo de los textos originales griegos al latín y elevada a versión oficial de la Biblia por el Concilio de Trento en el año 1546 aunque su utilización práctica como tal sea muy anterior) hasta las versiones en nuestra lengua contiene muchas cuestiones importantes que no debemos dejar pasar por alto.

Ante todo, veamos los dos textos concernidos por la cuestión que nos ocupa. El primero, por su orden cronológico, la Carta a los Corintios:

“¡No os engañéis! Ni impuros, ni idólatras, ni adúlteros, ni afeminados, ni homosexuales, ni ladrones, ni avaros, ni borrachos, ni ultrajadores, ni explotadores heredarán el Reino de Dios” (1Co. 6,8-9)

Traducida del siguiente texto en el latín de San Jerónimo:

“Nolite errare: Neque fornicarii, neque idolis servientes, neque adulteri, neque molles, neque masculorum concubitores, neque fures, neque avari, neque ebriosi, neque maledici, neque rapaces regnum Dei possidebunt”.

El segundo, la Primera Carta a Timoteo:

“Sí, ya sabemos que la Ley es buena, con tal que se la tome como ley, teniendo bien presente que la ley no ha sido instituida para el justo, sino para los prevaricadores y rebeldes, para los impíos y pecadores, para los irreligiosos y profanadores, para los parricidas y matricidas, para los asesinos, adúlteros, homosexuales, traficantes de esclavos, mentirosos, perjuros y para todo lo que se opone a la sana doctrina” (1 Tim. 1,8-10).

Traducida a su vez, del siguiente texto en el latín de San Jerónimo:

“Sciens hoc quia lex justo non est posita, sed injustis, et non subditis, impiis, et peccatoribus, sceleratis, et contaminates, parricidis, et matricidis, homicidis, fornicariis, masculorum concubitoribus, plagiariis, mendacibus et perjuris, et si quid aliud sanae doctrinae adversatur”.

La palabra que la Biblia Vulgata pone en boca de San Pablo para referirse a los homosexuales es, en ambos casos “masculorum concubitoribus”, que literalmente significaría y significa “abusadores de hombres” (hombre en su sentido de “varón” no de “ser humano”).

Lo que ya suscita de entrada una cuestión importante, cual es la de que San Pablo, a pesar de que en su mención de la Carta a los Romanos (cfr. Ro. 1, 24-27) sí toma en consideración la homosexualidad femenina contrariamente a lo que, como también vimos, se hace en el Antiguo Testamento, aquí, a la hora de mencionar a aquéllos –o algunos de aquellos- para los que está hecha la Ley (Carta a Timoteo) o que no heredarán el Reino de Dios (Carta a los Corintios), sólo piensa en -y menciona- la homosexualidad masculina, volviendo así al criterio imperante en el Antiguo Testamento.

Con todo no es ésta la única cuestión. Pues existe todavía otra no menos importante sobre la locución latina “masculorum concubitoribus” de la Vulgata, que tiene que ver, ahora, con la palabra a la que se la vierte en sus traslados al español. Y así, si en las traducciones más antiguas -y aún en algunas de las modernas como la de la Universidad de Navarra-, se la vierte como “sodomita”, en las más modernas como la muy reputada de la Biblia de Jerusalén se la vierte como “homosexual”.

Parece bastante evidente que la razón de la progresiva transición desde la palabra “sodomita” hasta la palabra “homosexual” está estrechamente relacionada con las connotaciones peyorativas que recaen sobre la primera y de las que se halla exenta, hasta la fecha, la segunda. Ahora bien, al así hacerlo se ha desprovisto a las palabras de Pablo de una parte importante de su significado. Y es que aunque una cuestión de oportunidad, de justicia, de neutralidad, de piedad, de misericordia, llámese como se quiera, pueda invitar al uso de otra palabra distinta, lo cierto es que mientras “sodomita” es sólo el que lleva a la práctica conductas sodomitas independientemente de cuáles sean sus sentimientos o sus inclinaciones (incluso, llevando el argumento al límite, sin ser propiamente homosexual), “homosexual”, por el contrario, se puede ser sin ejecutar acción o comportamiento alguno de tipo sodomita.

De lo que de la traducción de la Vulgata realizada por la Biblia de Jerusalén y otras resulta que Pablo condena a las penas de la Ley y a no heredar el Reino de Dios a todos los homosexuales, aunque no practiquen, mientras que de las versiones más antiguas y de la de la Universidad de Navarra resulta que Pablo sólo sentencia con dichas condenas a los que siendo (o no) homosexuales, practican (además) la homosexualidad. Importante matiz.

Y sin más por hoy que estas reflexiones con las que apenas espero haberles hecho reparar en lo importante que puede ser –y es- una traducción, -cuanto más la de un libro de la relevancia de la Biblia-, me despido de Vds. por hoy, deseándoles como siempre, que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos.

Fuente: religionenlibertad.com

De los 4 Herodes evangélicos: Herodes el Grande, Herodes Antipas, Herodes Filipo y Herodes Agripa, por Luis Antequera

Son los cuatro Herodes del Nuevo Testamento e independientemente de que dediquemos a cada uno de ellos su entrada correspondiente, no está de más que para empezar, aprendamos a distinguir entre cada uno de ellos y los emplacemos en su adecuado contexto.

Herodes el Grande

El primero en el tiempo y en el Nuevo Testamento es Herodes el Grande. Lo mencionan tanto Mateo como Lucas, en general, los evangelistas de la infancia, no haciéndolo en cambio ni Marcos ni Juan. Ambos lo sitúan en el entorno del nacimiento de Jesús, lo que, no poco importante, nos da un dato de primera magnitud para situar dicho nacimiento, que como ya vimos en su día, no pudo producirse después del año -4 en que se produce la muerte de Herodes el Grande según sabemos por el Quinto Evangelio, (disculpen Vds. la alusión en modo alguno provocativa), la obra de Flavio Josefo.

Herodes Antipas

Vamos ahora a por el segundo, Herodes Antipas. A la muerte de Herodes el Grande, se reparten el reino cuatro de sus hijos supervivientes (a los efectos no está de más señalar que Herodes el Grande había hecho asesinar a por lo menos, otros cuatro de sus hijos), a saber, Arquelao, que hereda la parte del león, Judea e Idumea, aunque será rápidamente destronado por Roma para colocar la provincia bajo sus órdenes directas; Filipo que hereda Iturea y Traconítida, al que nos referimos a continuación; Herodes Antipas, el que ahora nos interesa, que hereda Galilea; y Lisanias, que hereda Abilene. Todo ello según refiere con precisión Lucas (ver Lc. 3, 1) perfectamente de acuerdo con Flavio Josefo.

Las menciones a la persona de Herodes Antipas son continuas en el Evangelio, la mayoría de las que se refieren a alguno de los Herodes, y muy interesantes, a las cuales aún cabe añadir alguna otra del máximo interés en los Hechos de los Apóstoles. A este Herodes Antipas se refieren tres de los cuatro evangelistas, a saber, todos menos Juan. Reinó, como decimos, sobre la Galilea en la que Jesús pasa su infancia y realiza la mayor parte de su ministerio, no en cambio sobre el Jerusalén en el que acaba sus días sobre la tierra, y lo hizo entre los años 4 a. C. y 36 d. C., abarcando pues la práctica totalidad de la vida de Jesús, todos menos algún día en su primara infancia. Un largo reinado de cuarenta años en los que supo navegar en aguas procelosas, aunque un movimiento inesperado en sus últimos años le llevará a perder el trono.

Herodes Filipo

A Herodes Filipo también existen referencias en el Evangelio, aunque expresas sólo en el de Lucas -las hay indirectas en los de Mateo y Marcos-, que se limita a citarlo como uno de los herederos de su padre según hemos visto arriba, si bien nunca lo llama Herodes Filipo, sino simplemente Filipo. Jesús llegará a pisar su territorio.

Herodes Agripa

En cuanto a Herodes Agripa, por último, sólo existen alusiones en los Hechos de los Apóstoles. Su reinado coincide pues con el período apostólico, pero no con la vida de Jesús. De él sabemos que es hijo de Aristóbulo, a su vez hijo de Herodes el Grande, lo que le convierte en nieto de éste; que consigue reponer el reino de Israel a dimensiones muy parecidas a las que disfrutara el primero de los Herodes que estudiamos aquí, su abuelo, y que su reinado no será excesivamente largo, durando apenas tres años, entre el 41 y el 44 d.C.

Fuente: religionenlibertad.com

De ese Sanedrín que juzgará a Jesús esta noche al amanecer, por Luis Antequera

El sanedrín es, como se sabe, la institución –la llamaremos “institución” más que “tribunal”, pues sus funciones probablemente transcienden, según veremos, lo meramente judicial- que juzga a Jesús. Algo en lo que existe entre los evangelistas un acuerdo mayoritario, aunque no unánime. Y es que sólo los tres sinópticos - los cuales utilizan la palabra en hasta cinco ocasiones- recogen el juicio de Jesús ante el sanedrín. En tanto que en Juan lo que existe es una especie de instrucción previa en casa del ex sumo sacerdote Anás, de donde Jesús es enviado a casa de Caifás, de donde, a su vez, es enviado a Pilatos, en una versión del juicio que se antoja, a decir verdad, menos verosímil que la de los sinópticos.

Así las cosas, la pregunta que nos formulamos hoy es: ¿qué era esta institución del sanedrín a la que se refieren los tres evangelistas sinópticos?

El Sanedrín judío es el heredero del Consejo de ancianos que Dios ordena a Moisés constituir con setenta miembros más él mismo.

“Yahvé respondió a Moisés: ‘Reúneme setenta ancianos de Israel, de los que te consta que son ancianos y escribas del pueblo. Llévalos a la Tienda del Encuentro y que estén allí contigo’” (Nu. 11, 16).

Aunque es posible que existiera ya hacia el s. V a.C., se lo menciona por primera vez con el nombre de “gerousía” (=consejo de ancianos en griego) en tiempos de Antíoco III de Siria (223-187). Con el nombre “sanedrín” aparece ya en el reinado de Hircano II (63-40).

Compuesto de tres estamentos, sumos sacerdotes, escribas y ancianos, y con sede en las dependencias del Templo, es el más importante órgano de gobierno de los judíos: elige al Rey, gobierna en su ausencia, autoriza la declaración de guerra, etc.. Tan importante que, según relata Flavio Josefo, se enfrentará a Herodes, el cual ejecuta nada menos que a cuarenta y cinco de sus miembros, esto es, más de la mitad.

Producida la dominación romana de la provincia de Judea tras el destronamiento de Arquelao en el año 6 d. C., cabe establecer dos hipótesis por lo que al sanedrín se refiere. La primera, que la institución cayera en decadencia, conservando apenas funciones de tipo judicial y no sin limitaciones, ya que a los judíos no les es dado condenar a muerte, como nos informa evangelista Juan, en un nueva expresión de esa fuente histórica de primer orden que son los evangelios:

“Pilato replicó: “tomadle vosotros y juzgadle según vuestra ley. Los judíos replicaron: ‘nosotros no podemos dar muerte a nadie’” (Jn. 18,31).

Una limitación, la de dar muerte a nadie, que confirman también otras fuentes, como tendremos ocasión de ver en esta columna algún día, pues es un tema muy interesante.

Si bien cabe establecer también, -a mi humilde entender con mayor criterio- una segunda hipótesis, cual es la de que bajo la égida romana el sanedrín adquiriera funciones menores de gobierno que hasta ese momento ejercía directamente la despótica dinastía herodiana, y que la autoridad romana, mucho más pragmática y menos autoritaria después de todo, habrían preferido dejar en manos de las propias instituciones judías.

En este sentido abunda el hecho de que esté dotada de hasta una policía propia, según cabe extraer también de los propios evangelios. De Marcos y de Mateo con claridad discutible:

“Acompañado de un grupo numeroso con espadas y palos, de parte de los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo” (Mt. 26, 47 muy similar en Mc. 14,43).

De Juan con mayor claridad:

“Judas, pues, llega allí con la cohorte y los guardias enviados por los sumos sacerdotes y fariseos, con linternas, antorchas y armas” (Jn. 18,3)

Y de Lucas con mayor aún:

“Dijo Jesús a los sumos sacerdotes, a los jefes de la guardia del Templo y a los ancianos que habían venido contra él” (Lc. 22,52).

En cualquier caso, en tiempos de Jesús el sanedrín está presidido por el sumo sacerdote Caifás, que nombrado por el procurador Valerio Grato, ejercerá el cargo entre los años 18 y 36 d.C., -algo que conocemos bien gracias a Flavio Josefo- longevidad inusual en una época en la que los sumos sacerdotes apenas duran un año, lo que da a entender las cordiales relaciones que debió mantener con el poder romano.

A modo de curiosidad, vale la pena reseñar que, según todos los indicios, la tumba de este Caifás es una de las halladas en el fabuloso descubrimiento de 1990 en la necrópolis de Talpiot en Jerusalén.

Fuente: religionenlibertad.com

¿Sabe Vd. por qué los samaritanos eran tan odiados por los judíos?, por Luis Antequera

Uno de esos conocimientos que tiene el menos versado de los lectores del Evangelio es el que se refiere al odio que destilan los judíos por sus vecinos samaritanos de los que, sin embargo, no se puede decir que no sean judíos como ellos tanto desde el punto de vista étnico, como desde el punto de vista religioso.

El Nuevo Testamento nos brinda no pocas pruebas de esa rivalidad que para mejor entendernos, podríamos comparar a rivalidades semejantes existentes en nuestro propio país como la que cultivan vizcaínos y guipuzcoanos, o gijoneneses y ovetenses, y de la que son buenos exponentes pasajes como éste de Juan, cuando los judíos insultan a Jesús:

“Los judíos le respondieron: ‘¿No decimos, con razón, que eres samaritano y que tienes un demonio?’” (Jn. 8, 48)

O éste de Mateo donde Jesús envía a sus discípulos a predicar la palabra y les advierte:

“No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos” (Mt. 10, 5).

O éste de Lucas en el que narra lo que le pasa a esos mismos discípulos cuando, contrariando las instrucciones recibidas, entran efectivamente en “un pueblo de samaritanos”.

“Envió, pues, mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de  samaritanos para prepararle posada; pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén” (Lc. 9, 52-54).

Una rivalidad sobre la que Jesús transciende en una de sus más celebradas parábolas privativa del relato lucano, en el que explica a su interlocutor quién es su verdadero prójimo:

“Jesús respondió: “Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de salteadores que, después de despojarle y darle una paliza, se fueron, dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión. Acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y le montó luego sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al posadero, diciendo: `Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva.' ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?” Él dijo: ‘El que practicó la misericordia con él’. Díjole Jesús: ‘Vete y haz tú lo mismo’” (Lc.10,29-37).

Las referencias a la impiedad de los samaritanos no son menos en el Antiguo Testamento. Esto nos cuenta el Libro de los Reyes:

“Uno de los sacerdotes deportados de Samaría fue a establecerse en Betel y les enseñó cómo dar culto a Yahvé. Sin embargo, cada uno de aquellos pueblos paganos continuaba fabricando sus propios dioses y los instalaban en los altozanos que habían hecho los samaritanos […] Hasta el día de hoy han seguido practicando sus ritos antiguos” (2Re. 17,28-34).

Así se expresa el profeta Miqueas:

“¿Cuál es el delito de Jacob? ¿No es Samaría?” (Miq.1, 5).

Para continuar con las amenazas de Yaveh a la región:

“Voy a convertir a Samaría en un campo de ruinas, en un plantío de viñas. Haré rodar sus piedras por el valle, dejaré desnudos sus cimientos. Todos sus ídolos serán machacados, todas sus ganancias quemadas en el fuego, aniquilaré todas sus imágenes, porque con ganancias de prostitución las reunió y a ganancias de prostitución tornarán” (Miq. 1,6-7)

Pero ninguna revela tan bien como la que recoge el Libro de Esdrás el origen y la razón del desencuentro entre unos judíos, los de Judea, y otros, los samaritanos. Nos lo cuenta así:

“Cuando los enemigos de Judá y de Benjamín se enteraron de que los deportados estaban edificando un santuario a Yahvé, Dios de Israel, se presentaron a Zorobabel, a Josué y a los cabezas de familia, y les dijeron: «Vamos a edificar junto con vosotros, porque, como vosotros, buscamos a vuestro Dios y le sacrificamos, desde los tiempos de Asaradón, rey de Asiria, que nos trajo aquí.» Zorobabel, Josué y los restantes cabezas de familia israelitas les contestaron: «No podemos edificar juntos nosotros y vosotros un templo a nuestro Dios: a nosotros solos nos toca construir para Yahvé, Dios de Israel” (Esd. 4,1-3).

A lo que los samaritanos responden construyendo su propio templo en el monte Garizim, de cuya existencia en tiempos de Jesús existen muchos testimonios históricos, -también en la obra de Flavio Josefo-, de todos los cuales nos quedamos, sin salir del propio Evangelio, con este que recoge el propio evangelista Juan cuando relata la conversación que tiene Jesús con la pecadora samaritana y ésta le dice:

“Le dice la mujer: ‘Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar’. Jesús le dice: ‘Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre’”. (Jn. 4.19-21).

Fuente: religionenlibertad.com

¿Quiénes eran esos esenios a los que según algunos, perteneció Jesús?, por Luis Antequera

Los esenios formaron un grupo algo menor que el de los fariseos, unos cuatro mil según nos informa una vez más Flavio Josefo. Consta su radicación en el Qumram, a unos treinta kilómetros de Jerusalén, en el desierto de Judea, en el extremo noroeste del Mar Muerto, aunque pudo haber otras comunidades esenias en otros lugares de Israel. Y aunque buena parte del conocimiento que de ellos tenemos es gracias al hallazgo del Qumram, tampoco es el primer testimonio que sobre ellos tenemos, sino que ya sabíamos no poco de ellos a través de los escritos de Filón de Alejandría (n.h.20 a.C.-m.50 d.C.), Plinio el Viejo (n.23-m.79) y Flavio Josefo (n.37-m.100).

Filón de Alejandría intenta hallar el origen de la palabra que les da nombre en el término “hosioi”, santo en griego. Si sí como si no, los esenios se veían a sí mismos como especie de santos que habían concertado con Yahveh una nueva alianza, una especie de “pueblo elegido dentro del pueblo elegido”, al que estaba contraindicado toda suerte de contacto con los que llaman “hombres del foso”, esto es, todos aquéllos que no eran esenios, y donde por lo tanto, no cabía forma alguna de proselitismo, algo por otro lado muy judío, pues ese concepto de “pueblo elegido” hace banal a los judíos toda forma de proselitismo.

En cuanto al origen de los esenios, está relacionado, como el de los fariseos, con el acceso a la dignidad de sumo sacerdote del asmoneo Jonatán, al que los documentos esenios llaman el Sacerdote Impío, contra el cual se rebela un anónimo personaje del que sólo sabemos que pertenece a la familia de Sadoq, -el sumo sacerdote del Rey David que da lugar a un linaje que gobierna el Templo hasta la llegada de los sirio-seleúcidas-, y que se hace llamar el Maestro de Justicia. Nos hallamos hacia el año 150 a.C.

Constituyen los esenios una especie de comunidad monástica que convive en un complejo monasterial; fuertemente jerarquizada; con formas desarrolladas de propiedad en común e igualitarismo, y exaltación de la pobreza y de la austeridad. Lo que no es óbice para que uno de los documentos esenios hallados en Qumram, el llamado “Rollo de cobre”, contenga un inventario fabuloso de inacabables tesoros escondidos por todo el país.

Las palabras de Plinio según las cuales, “vivían sin mujeres ni dinero”, hace pensar que practicaban formas de celibato, y así debía de ser efectivamente en el monasterio de Qumram. Pero junto a la comunidad monástica, existían células “seglares” no muy lejanas, en las que consta que algunos esenios optaban por el matrimonio, eso sí, indefectiblemente monógamo (como ya hemos señalado algunas veces, la poligamia, aunque en desuso, no estaba proscrita en la Ley mosaica). Una de esas comunidades no monásticas podría estar establecida en la actual Ain Fesja.

Desde el punto de vista religioso, amén de la defensa de una estricta concepción de la Ley que incluía la estricta observancia de todas las normas de pureza ritual, al modo de los fariseos, les caracteriza su fe ciega en la providencia, que incluso les lleva a una especie de teoría de la predestinación de los seres humanos a su salvación o a su condena; su creencia en la inmortalidad del alma -concepto por cierto, ajeno al acervo judío, cuya idea escatológica discurre más bien por la senda de la resurrección de la carne-; y su esperanza en la existencia de un paraíso para las almas buenas y un infierno para las malas.

En lo relativo al mesianismo, los esenios creen en un doble mesiazgo, el del mesías sacerdotal o de Aarón, que necesariamente habría de ser un esenio, y el del mesías político o de Israel, subordinado a aquél, que podría ser alguien ajeno a la comunidad.

Otra importante originalidad de la secta qumránica es la sustitución del calendario lunar de los judíos por un calendario solar, lo que de paso, suscitó el interés de los esenios por la astronomía, curiosidad presente en muchos de los textos que de ellos conocemos.

Los esenios desaparecen de manera repentina y definitiva a finales del año 68, dentro de la campaña de Vespasiano y Tito destinada a liquidar de una vez por todas, la resistencia judía contra el Imperio romano, la cual culminará, como sabemos, con la destrucción de Jerusalén y notablemente del Templo.

Aunque los esenios no estaban preparados para hacer la guerra, parece que supieron presentar algún tipo de resistencia, lo que atestiguan las investigaciones arqueológicas realizadas en la zona en la que se desenvolvieron. Todo lo cual no quita para que no llegaran a tiempo de esconder en las cuevas del desierto el preciado tesoro que, descubierto en 1947, ha representado para la secta una especie de renacer en las páginas de la Historia.

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