martes, 29 de noviembre de 2011

Primer jueves de Adviento: "No todo el que me dice "Señor, Señor" entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre".

Primer miercoles de Adviento
Primer viernes de Adviento

Isaías 26,1-6
Salmo 117
Mateo 7,21.24-27

A veces parece que hemos convertido la fe y la religión cristiana en una colección de doctrinas, pero ser cristiano no consiste en decir "Señor, Señor" o "Sí, creo".

Jesús no creó ni perteneció a una escuela filosófica. Las parábolas y su conocimiento de la ley no pueden encasillarse en una ideología, o en tal o cual escuela filosófica o teológica.

Otra cosa distinta es que algunos de nosotros necesitemos de la filosofía y de la teología para comprender a Jesús. Aunque estas herramientas son necesarías deberíamos prestar atención a san Francisco de Asís, quien nos avisó de que las elucubraciones teológicas nos pueden apartar de Dios. A san Francisco debemos una gran máxima cristiana: "Predica y, si es necesario, utiliza palabras".

Jesús dice "sígueme". Para seguir a Jesús es necesario creer en El, pero el seguimiento no es tanto una doctrina como una manera de ser y estar con los demás, de crecer y madurar como persona; de ahí, que la esencia del cristianismo se muestra mucho más en la vida que llevamos que en las palabras que decimos.

Los discípulos, sin duda, creían en él. Santiago, Juan, Pedro, Andrés..., lo dejaron todo y lo siguieron porque creían que Jesús era el mesías. Sin embargo, los evangelios son claros al respecto: no es lo que "creían" lo que les hacía aptos para estar con el Señor, sino el amor de Jesús por ellos.

La conversión de los discípulos no tiene como base unas nuevas doctrinas o una nueva interpretación de la ley; justamente, es de eso de lo que se tienen que liberar para poder ver a la persona que tienen delante con los ojos de Dios.

La conversión más dramática puede la considerarse la de Natanael, el cual dice: "¿Pero de Nazaret puede salir algo bueno?". La respuesta que Natanael recibe no apela al entendimiento sino al seguimiento: "Ven y verás".

Hoy, los creyentes debemos reconocer que vivimos en un mundo saturado de palabras, de credos, ideologías e hipocresía. No, el Adviento no es el tiempo de la Palabra sino el tiempo de despertar y ponerse en marcha; luego, cuando la Palabra se haga carne ya habrá tiempo para explicaciones.

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lunes, 28 de noviembre de 2011

Primer martes de Adviento: Sorpresa!


Primer lunes de Adviento
Primer miercoles de Adviento

Primer martes de Adviento:
Isaías 11,1-10
Salmo 71
Lucas 10,21-24

Durante el tiempo de Adviento, el creyente debe prepararse para verse sorprendido de nuevo por el Señor.

La novedad del mensaje que nos trae el Adviento es tan radical que nuestro saber, la manera actual de pensar, nuestras ideas y prejuicios, en lugar de ayudarnos a preparar la venida del Señor, nos pueden poner en guardia y hacernos desconfiar del "modo" como vienen a cumplirse las promesas de Dios.

La primera lectura nos es ajena a las contradicciones que el creyente va a experimentar; por un lado:

"No juzgará por apariencias ni sentenciará sólo de oídas;
juzgará a los pobres con justicia,
con rectitud a los desamparados.
Herirá al violento con la vara de su boca,
y al malvado con el aliento de sus labios.
La justicia será cinturón de sus lomos";

por otro:

"Habitará el lobo con el cordero,
la pantera se tumbará con el cabrito,
el novillo y el león pacerán juntos...
La vaca pastará con el oso...
el león comerá paja con el buey.
El niño jugará en la hura del áspid,
la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente".

Isaías parece desafiar las leyes de Dios. El profeta puede haberse vuelto loco. En su locura, une lo que Dios había separado en la naturaleza.

Que el niño juegue con la serpiente, el león coma con el buey, la vaca coma con el oso, el lobo coma con el cordero..., para muchas personas puede ser un error, una equivocación, resultado de la visión aberrante de Isaías.

La visión de Isaías derriba las barreras naturales que Dios había puesto entre sus criaturas para que nos sintamos seguros. Isaías es un idealista y está equivocado. Esta es la manera de pensar de muchos.

Tal vez, para estas personas tenga más sentido la primera parte de la profecía:

"No juzgará por apariencias ni sentenciará sólo de oídas;
juzgará a los pobres con justicia,
con rectitud a los desamparados.
Herirá al violento con la vara de su boca,
y al malvado con el aliento de sus labios.
La justicia será cinturón de sus lomos";

Prestemos atención a lo que dice Isaías.

"No juzgará por las apariencias":
¿Quiénes son los que se sirven de las apariencias? La Biblia nos dice que los "hipócritas". En los evangelios, los hipócritas, son identificados como los que se creen buenos, justos, piadosos, y no tienen compasión por los pecadores. Los que ven la paja en el ojo ajeno y no ven la viga en el suyo, son los hipócritas.

Ahora podemos entender mejor a Isaías cuando avisa de que "(el que ha de venir) juzgará a los pobres con justicia, con rectitud a los desamparados", pues los pobres y desamparados ya habían sido juzgados por los hombres.

El Evangelio de hoy sigue ahondando en la sorpresa y las oposiciones, lo cual va a ser una de las características del Adviento: "Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla".

El mensaje de Jesús retoma el tono "desestabilizador" utilizado por Isaías. Jesús también pone en tensión los esquemas culturales y mentales de su época al ensalzar a la gente sencilla y poner en evidencia a los sabios y entendidos.

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sábado, 26 de noviembre de 2011

Primer Domingo de Adviento, B: “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!”

Isaías 63,16b-17.19b;64,2b-7
Salmo 79: "Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve"
I Corintios 1,3-9
Marcos 13,33-37


— Experiencias del creyente
     que entra en un periodo de Adviento:


La primera lectura nos presenta algunas de las experiencias que jalonan la vida del creyente avisándonos de que estamos en un tiempo de Adviento.

En primer lugar, la persona de fe siente la experiencia de debilidad y pecado. Se necesita ser honrado y humilde para reconocer abiertamente nuestras debilidades y pecados. De hecho, es mucho más fácil y, a veces, hasta gratificante, señalar las faltas y los errores de los demás, en lugar de los nuestros.

Pues bien, la persona que entre en un periodo de Adviento reconoce que es imposible esconder sus pecados y continuar viviendo como hasta ahora venía haciendo.

El sentimiento de pecado, arrepentimiento y pesar, está muy presente en la vida del creyente durante el tiempo de Adviento. A veces, este sentimiento se traduce en perplejidad: "¿Por qué nos extravías de tus caminos y endureces nuestro corazón para que no te tema?", le dice el creyente a Dios.

La persona de fe puede incluso dudar de la presencia de Dios en su vida, debido a que ahora es más consciente del vacío espiritual y moral en el que vive: ¿Cómo es posible que Dios lo permita?

De esta situación de debilidad y perplejidad nace un segundo sentimiento tan fuerte como el primero y que da paso a una nueva experiencia de fe: el deseo de Dios, de verlo, de encontrarse con El, de tocarlo, amarlo y sentirse amado por El.

— El deseo de Dios: "¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!"


Esta primera semana de Adviento es muy útil para identificar nuestros deseos. Debemos preguntarnos: ¿Qué me saca de mi indiferencia y ensimismamiento? ¿Qué me hace vibrar? ¿Qué me motiva?

Debemos responder a estas preguntas siendo sinceros y realistas. La persona de fe no debe avergonzarse de lo que descubra en su listado de deseos y motivaciones porque, lo más importante en este momento, es que despertemos en nosotros el deseo, la sed de Dios.

Sin un agudo y acuciante deseo de Dios, nos quedamos a las puertas del Adviento, sin entrar en él, pues es el deseo de Dios y la búsqueda de ese encuentro lo que hace del Adviento un tiempo de renovación y cambio de nuestra vida interior.

Ahora podemos entender mejor el ímpetu y la urgencia del creyente que exclama: ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia!" Ese impetu, esa urgencia, es la fe/deseo que mueve al creyente a iniciar la peregrinación del Adviento.

— Tiempo de grandes expectativas y formación:
     "Señor, nosotros al arcilla y tú el alfarero:
     somos todos obra de tu mano"

El Adviento vuelve a descubrirnos que nuestra vida es una continúa formación. Dios se despoja de su condición divina para hacerse hombre y algunos de nosotros debemos despojarnos de nuestra imagen falsa (autoengaños) para ir al encuentro de Dios.

Por este motivo, el Adviento es un tiempo de intensa formación, de vaciarnos de nuestro orgullo, prejuicios y falsas seguridades, para que Dios pueda reconocer su imagen entre nosotros cuando venga.

La penitencia del Adviendo no es como la penitencia cuaresmal. De lo que se trata ahora es de que descubramos la "estrella" que nos guía hacia Dios, mientras que durante la Cuaresma confesaremos las veces que nos hemos apartado de la compañía del Señor.

Pero para dejarnos guíar por la estrella que Dios pone ante de nosotros debemos dejar de prestar atención a otras muchas estrellas que se cruzan en nuestro camino. Esto nos hace sufrir porque a veces nos creemos Dios y queremos abarcarlo todo; por eso, el Adviento es también una oportunidad para desprendernos de las imagenes falsas que nos hemos hecho de Dios. Sólo así podremos reconocerle cuando venga.

La imagen que emplea el profeta Isaías para referirse a este tiempo de formación, además de ser muy elocuente, es bellísima: "Nosotros somos la arcilla y tú el alfarero: somos obra de tu mano".

— ¡Vigilad y velad!

Para la persona que ha acogido el mensaje de la lectura del Antiguo Testamento no será difícil encontrar sentido a lo que Jesús dice en el evangelio de hoy: "¡Vigilad y velad!"

"Lo digo a todos:velad¡" Jesús hace hincapié en que sus palabras van dirigidas "a todos".

Podemos pensar que Jesús se dirige a los más jóvenes porque a esa edad todos parecemos muy desorientados, pero Jesús se dirige a sus discípulos y... a todos, porque somos los creyentes los que a veces hemos creído que no necesitamos de los demás para abrir los ojos a Dios.

Cuántas veces hemos desperdiciado las oportunidades. Esta falta de atención es más fácil que la notemos en los demás; pensamos: "¡¿Será capaz de no darse cuenta?!"

El Adviento es un tiempo para enfocar la mirada, establecer prioridades, purificar las intenciones, concentrarse en lo que realmente nos hace falta y deshacerse de todo lo demás. Entonces, la actitud de velar en lugar de sentirse como un sacrificio se aprecia por lo que tiene de positivo.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Art and Science met: From Conception to Birth



Alexander Tsiaras is an artist, an expert in several computer languages, and a visionary of the possibilities of medical imaging technology. Taking the data – he says "it’s all just information" – from CT and MRI scans, he is able to create images that reveal the depth and beauty of human existence. This 10-minute video from the TED /Ink conference focuses on his work demonstrating the human being from the moments before conception through birth. The images are breathtaking – well worth watching.

Solemnidad de Cristo Rey: La manera de reinar de Jesús (Mt 25:31-46), por Jesús Rafael Ruz Villamil, SM


Uno de los problemas que se plantean al leer y reflexionar sobre algunos textos del Nuevo Testamento en general, y de los Evangelios en particular, es su carácter escatológico. Y dado que, grosso modo, por escatología se entiende todo aquello que se refiere a la vida de después de la muerte, cuando los textos de índole escatológica se toman de manera literal y restrictiva, pierden algo de la potencia propia del Evangelio para inspirar una praxis cristiana actual.

Jesús de Nazaret participa del pensamiento escatológico propio de su tiempo —teñido de rasgos apocalípticos, esto es, de una visión de futuro que supone la destrucción del orden actual—, y habla en clave escatológica, tal y como lo recuerdan los Evangelios.

En tanto que hombre de su tiempo y su cultura, Jesús vive junto con sus contemporáneos la tensión de la expectativa de futuro del Reino de Dios que él mismo anuncia, aunque la escatología no se limita tanto al futuro como porvenir, cuanto a lo definitivo, a la realidad definitiva que hace el futuro, de alguna manera ya presente (cf. E. Schillebeeckx, Jesús. Historia de un viviente, Madrid 1981).

Tomando en cuenta lo anterior el texto que me ocupa, conocido como el "Juicio final", cobra una dimensión particularmente interesante.

Para remitir a un juicio, el texto abre con una imagen tomada de la vida rural propia de la Palestina del siglo I donde los rebaños mixtos —de ovejas y cabras— son separados durante la noche por el pastor pues las cabras necesitan más abrigo que la ovejas, que por cierto y de color blanco son animales más valiosos que las cabras de color negro (cf. J. Jeremias, Las parábolas de Jesús, Estella 1997).

Ahora bien, el pastor que juzga es caracterizado —de manera insólita— como Hijo del hombre, como Rey, como Señor e, implícitamente, como Juez.

La primera referencia —Hijo de hombre— es una cuestión harto discutida por los exegetas: algunos consideran que por hijo de hombre hay que entender meramente un pronombre personal, tal como viene en Ezequiel (2,1-8), aunque otros piensan en una referencia mesiánica derivada del libro de Daniel: "… vi venir sobre las nubes del cielo alguien parecido a hijo de hombre […] Le dieron poder, honor y reino y todos los pueblos, naciones y lenguas le servían. Su poder es eterno y nunca pasará, y su reino no será destruido." (Dn 7,13-14). Al menos en el texto en cuestión, hay que pensar en ésta última referencia (cf. H. Balz, G. Schneider, Diccionario exegético del Nuevo Testamento, Salamanca 1998).

En el Antiguo Testamento el término Rey corresponde de forma privilegiada a Yahvé en cuanto que Israel, a diferencia de las demás naciones, es propiedad de Dios, y, sí bien en un momento de su historia surge la institución monárquica, el rey es considerado como un mero lugarteniente de Yahvé.

En cuanto a Jesús de Nazaret, en el arco de su historia, fuera de la intentona de proclamarlo rey —según recuerda el Cuarto Evangelio (Jn 6,14-15)—, es solamente en el contexto de la pasión donde es relacionado con tal título. A la condición real, tanto en su acepción teológica como sociológica, viene asociada la calidad de juez: corresponde al Rey la potestad suprema de juzgar. Por último y en el mismo rango, el término Señor designa a "una persona que tiene control o dominio sobre otra persona o sobre una cosa, y además tiene autoridad para decidir" (así H. Balz, G. Schneider, op. cit.).

Pues bien, sobra apuntar que tanto Hijo de hombre como Rey, Señor y Juez son conceptos que, tanto en el contexto de la Escritura como en el texto en cuestión, conllevan gloria de por sí, entendida ésta como esplendor de poder pero, también y sobre todo, como reputación y honor manifestado en público.

Resulta, entonces, sorprendente que el elemento central y decisivo del juicio venga a ser la identificación del juez revestido de atributos de honor en grado sumo con aquéllos que, por su condición, resultan ser paradigmas de vergüenza: hambrientos y sedientos, deslocalizados sin casa, desharrapados, enfermos abandonados y encarcelados olvidados.

Que ésta identificación resulta inusitada se desprende del asombro de los comparecientes que —ya hayan auxiliado a los desgraciados con los que el juzgador se identifica, ya hayan omitido cualquier atención para con ellos— se muestran sorprendidos de encontrar su destino definitivo por la fraternidad ejercida o negada con quienes la sociedad de entonces y de ahora considera, en el mejor de los casos, objetos de buenas obras. Y nada más.

Es así que, más que invertir el código de honor-vergüenza vigente en su tiempo, Jesús de Nazaret propone una genuina subversión de las categorías socioeconómicas que van más allá de la igualdad y que tienen pretensión de universalidad: ante Jesucristo Rey se presentan "todas las naciones", esto es, todos los hombres de todos los tiempos.

Esta es, pues, la manera de reinar de Jesús de Nazaret que, por cierto, no ha de resultar extraña a sus discípulos: "Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado". (Mt 10,40).

Esta es la forma que Jesús de Nazaret entiende la praxis relacionada con el Reino de Dios: en contraste con las obras espectaculares —"Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?' Y entonces les declararé: ‘¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad!’" (7,22)—, la fraternidad universal e igualitaria ejercida en la discreción de la cotidianidad.

Fuente: www.jesusdenazaret.info

viernes, 18 de noviembre de 2011

Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, por Mons. Francisco Gonzalez, S.F.

Ezequiel 34,11-12.15-17
Salmo 22,1-6
1 Corintios 15,20-26a.28
Mateo 25,31-46


Celebramos este domingo la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Con esta celebración cerramos el calendario litúrgico. El próximo domingo daremos comienzo al nuevo año con el primer domingo de Adviento.

En la primera lectura el profeta Ezequiel nos habla de los pastores. Su ministerio parece estar dividido en dos etapas. En la primera vemos que el pueblo se siente autosuficiente, ha puesto su confianza en los seres humanos y por eso el profeta les critica duramente. En la segunda parte de su ministerio, el pueblo en pleno destierro está en lo más bajo de su estado anímico y el profeta les habla que Dios, el verdadero pastor les salvará.

En este capítulo 34, que conviene leerlo completo para entender mejor el corto pasaje que hoy nos presenta la liturgia, encontramos las quejas de Dios contra los pastores. El profeta les recuerda que han abusado de las ovejas, que "no las fortalecen, no curan a las enfermas, ni vendan a las heridas, ni recogen a las descarriadas, ni buscan a las perdidas y maltratan brutalmente a las fuertes". Pero ahora (lectura primera) el Señor va a hacer todo lo contrario a lo que hicieron los pastores del pueblo, él "buscará a las perdidas, las librará de los nubarrones y pedregales, las apacentará, vendará sus heridas y las curará de las enfermedades".

Hoy, cuando tanto pastores como líderes seglares en la Iglesia estamos tratando de "desarrollar pastorales para la nueva evangelización", tal vez sería bueno no tratar de inventar de nuevo la rueda, y pasar a la acción. La última frase de la primera lectura de hoy dice: "He aquí que yo (Dios es el que habla) voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío".

Una verdad muy clara: Seremos juzgados. El Rey del Universo nos juzgará (evangelio de hoy), y nos juzgará de acuerdo a nuestras acciones hacia las ovejas (los demás): ¿Hemos compartido nuestras posesiones con los necesitados? ¿Nos hemos dado a los necesitados?

La fórmula bien clara para entrar en el Reino de Dios es la práctica del amor. Jesús proclama el señorío del amor al prójimo, principalmente al prójimo marginado. Nuestra proximidad al Rey del Universo depende de nuestro amor a los hambrientos, sedientos, desnudos, forasteros, enfermos, encarcelados y todos esos hermanos y hermanas que no son admitidos en nuestra sociedad por causa del color de su piel, por su acento, por su pasaporte, por padecer del SIDA, por su orientación sexual, por tantas y tantas otras razones que no nos dejan ser familia.

Desde hace unos años estamos repitiendo una frase que suena muy bonita: "Opción preferencial por los pobres". ¿Qué hemos hecho con esa frase? ¿Le quitamos el polvo para usarla con brillantez en sermones, documentos y discursos o está dando vida a nuestra vida cristiana?

Hace muchos años un cardenal, ya retirado, en su autobiografía publicó que se describe a sí mismo como "el pecador de pecadores" pues, según contaba él mismo: "Como sacerdote, yo deseaba vivir entre los pobres…pero mi posición como obispo estaba muy lejos de ellos".

"Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección" (2º lectura), y Cristo es el que nos llevará a la vida eterna. Él es el Juez, pero también la Gracia que nos reta, guía y ayuda a ser hermano del más necesitado.

"El Señor es mi pastor, nada me falta". (Sal. 22)

sábado, 12 de noviembre de 2011

Una parabola de nuestra oracion, por M. Dolors Gaja, MN



Entre tantas cosas que recibe una por correo, sólo alguna me hace pensar, me conmueve o me hace reír. La primera vez que visioné este video de un bebé leyendo me reí con tantas ganas como lo hace - sin que se le vea- su padre. La niña no sabe lo que hace, ni mucho menos lo que dice pero sabe que complace a su padre y vuelve a la carga una y otra vez con gran seriedad.

Lo vi, me reí...y debió quedar en mi inconsciente porque al día siguiente en el rato que guardo para el Señor, sentada en un banco de la capilla, supe de pronto que yo era como ese bebé. A veces no sé lo que me digo, no sé lo que hago, ni mucho menos entiendo qué me dice la Palabra de Dios. Pero me bastaría con que mi oración hiciera reír a carcajadas a Dios, le alegrara la mañana y, encima, presumiera de hija como hace el papá de esta bebé.

Y creo que muchas veces Dios se debe divertir con nuestras oraciones, con nuestras peticiones, con nuestra vaga idea de que hemos hecho oración. Me gusta pensar que Dios pueda reírse de mí con tanto amor. Yo no voy a dejar de "leer" para Él lo que deseo, lo que me preocupa, o que me encanta...bla bla bla...bla..bla...bla...Voy a seguir con mi oración sabiendo que todo da igual. Todo excepto una cosa: alegrarle el día a Dios.

Fuente: www.vivirennazaret.blogspot.com

Homilias/ Domingo 33 del Tiempo Ordinario, A: Miedo al riesgo (parabola de los talentos), por Jose Antonio Pagola


Proverbios 31, 10-13.19-20.30-31
Salmo 127,1-5
1 Tesalonicenses. 5, 1-6
Mateo 25, 14-30



La parábola de los talentos es muy conocida entre los cristianos. Según el relato, antes de salir de viaje, un señor confía la gestión de sus bienes a tres empleados. A uno le deja cinco talentos, a otro dos y a un tercero un talento: "a cada cual según su capacidad".

De todos espera una respuesta digna. Los dos primeros se ponen enseguida a negociar con sus talentos. Se les ve trabajar con decisión, identificados con el proyecto de su señor. No temen correr riesgos. Cuando llega el señor le entregan con orgullo los frutos: han logrado duplicar los talentos recibidos.

La reacción del tercer empleado es extraña. Lo único que se le ocurre es esconder bajo tierra el talento recibido para conservarlo seguro. Cuando vuelve su señor, se justifica con estas palabras: "Señor, sabía que eras exigente y siegas donde no siembras... Por eso, tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo". El señor lo condena como empleado negligente.

En realidad, la raíz de su comportamiento es más profunda. Este empleado tiene una imagen falsa del señor. Lo imagina egoísta, injusto y arbitrario. Es exigente y no admite errores. No se puede uno fiar. Lo mejor es defenderse de él.

Esta idea mezquina de su señor lo paraliza. No se atreve a correr riesgo alguno. El miedo lo tiene bloqueado. No es libre para responder de manera creativa a la responsabilidad que se le ha confiado. Lo más seguro es "conservar" el talento. Con eso basta.

Probablemente, los cristianos de las primeras generaciones captaban mejor que nosotros la fuerza interpeladora de la parábola. Jesús ha dejado en nuestras manos el Proyecto del Padre de hacer un mundo más justo y humano. Nos ha dejado en herencia el mandato del amor. Nos ha confiado la gran Noticia de un Dios amigo del ser humano. ¿Cómo estamos respondiendo hoy los seguidores de Jesús?

Cuando no se vive la fe cristiana desde la confianza sino desde el miedo, todo se desvirtúa. La fe se conserva pero no se contagia. La religión se convierte en deber. El evangelio es sustituido por la observancia. La celebración queda dominada por la preocupación ritual.

Sería un error presentarnos un día ante el Señor con la actitud del tercer empleado: "Aquí tienes lo tuyo. Aquí está tu Evangelio, aquí está el proyecto de tu reino y tu mensaje de amor a los que sufren. Lo hemos conservado fielmente. Lo hemos predicado correctamente. No ha servido mucho para transformar nuestra vida. Tampoco para abrir caminos de justicia a tu reino. Pero aquí lo tienes intacto".

viernes, 11 de noviembre de 2011

Homilias/ Domingo 33 del Tiempo Ordinario, A: Parabola de los talentos, por Mons. Francisco Gonzalez, S.F.


Proverbios 31, 10-13.19-20.30-31
Salmo 127,1-5
1 Tesalonicenses. 5, 1-6
Mateo 25, 14-30


Un pasaje muy interesante, un poema describiendo a la mujer perfecta, encontramos en la primera lectura (Prov. 31.10-13.19-20.30-31). ¿Quién escribió este poema, un marido feliz contando su experiencia o uno desafortunado que sueña con la felicidad?

No me extrañaría encontrar personas que no estén conformes con esta descripción de la mujer perfecta. Aunque hay cosas muy válidas en este poema, no parece describir lo que hoy entenderíamos como perfección, hoy cuando se está promocionando la mujer.

Parece ser que solo le alaban su "producción", se le dá casi todo el énfasis a lo que hace en vez de a lo que es, ni siquiera se menciona el amor. Claro que su solidaridad con el necesitado traspasa todo tiempo y es un ejemplo a seguir, lo mismo que el reconocer que lo exterior, que la belleza, no es ni el todo, ni lo principal para construir una verdadera y sabia relación humana.

En el evangelio (Mt. 25, 14-30) nos volvemos a encontrar con una parábola sobre el Reino de los Cielos. Un hombre reparte diferentes responsabilidades (talentos-tesoros) entre sus servidores. ¿Cómo responden ante dichas responsabilidades? Dos lo hacen espléndidamente bien, el tercero haciendo uso de una prudencia estéril, esconde su holgazanería.

Todos los bautizados, la Iglesia entera tiene una misión, y cada uno de nosotros, de acuerdo con nuestras capacidades (talentos) estamos llamados a participar en la misma. Sería contraproducente que la Iglesia se encerrara en sus laureles y enterrara los talentos en fosas, por más adornadas que fueran.

Estamos siempre en misión: se nos ha dado la Palabra para que la proclamemos, hemos aceptado la fe para vivirla, hemos recibido la esperanza para que la disfrutemos, hemos abrazado la caridad para compartirla.

Toda esa vida divina que recibimos en  el Bautismo es para dar fruto, y hacerlo en abundancia. Quedarse simplemente con lo que se nos ha dado de la vida divina es puro egoísmo, falta de generosidad, abundancia de miedo. Seremos juzgados por el amor, y el verdadero amor siempre dá vida, incluso en la muerte: "Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no produce la espiga".

Esta parábola parece indicar que no es suficiente defender, guardar, proteger. El tercer siervo guardó su tesoro para no perderlo, y el dueño se refirió a él como "Servidor malo y flojo".

Por último vemos a Pablo (1 Tes. 5, 1-6) instando a sus feligreses a la vigilancia. El Día del Señor, les recuerda, vendrá aunque no sabemos cuando, lo mismo que no sabemos en qué momento de la noche vendrá el ladrón. La ventaja que nosotros tenemos, como nos dice el Apóstol, es que, por el Bautismo, somos hijos de la luz y no estamos en tinieblas.

¿Cómo nos encontrará el Señor cuando venga? ¿Estaremos en la claridad de la Gracia o en las tinieblas del pecado? El mes de noviembre, cuando oramos de una forma especial por nuestros difuntos, tal vez nos haga pensar en nuestro último momento y cree en nosotros ansiedad y temor.

El que vive en gracia no tiene miedo, así se sentía San Luis Gonzaga, que estando jugando un día, alguien la preguntó que haría si supiese que en ese momento iba a morir. El contestó: "Seguiría jugando".

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Hacia un nuevo modelo de Iglesia: Iglesia familia


El número de marzo (2010) de la revista "Ministry&Liturgy" contiene un artículo que no puede pasar desapercibido a los educadores y pastoralistas nazarenos. Se titula: "Hacia un nuevo modelo de Iglesia", y su autor es el P. Paul G. Mast.

El P. Paul recuerda la publicación hace 36 años del libro "Modelos de Iglesia", escrito por el cardenal Avery Dulles. "Modelos de Iglesia" se convirtió en un manual de referencia en los seminarios y facultades de teología de Estados Unidos. Hoy todavía lo es.

El libro de Dulles explica el origen y misión de la Iglesia desde una nueva perspectiva: la eclesiología comparativa, y presenta cinco modelos de iglesia:

(1) Iglesia institución
(2) Iglesia cuerpo místico
(3) Iglesia sacramento
(4) Iglesia anunciante
(5) Iglesia servidora

Sin embargo, Dulles no analiza cinco iglesias diferentes sino una única iglesia en donde se integran los cinco modelos.

En la segunda edición de su libro (1987), Dulles añadió un sexto modelo de Iglesia, al cual llamó: "Iglesia como comunidad de discípulos".

Casi 40 años después, el escenario de la eclesiología ha cambiado dramáticamente debido a la crisis de las iglesias, el éxodo de fieles, el ecumenismo, la crisis de liderazgo (episcopal y presbiteral), la secularización de la sociedad, etc. En este nuevo escenario, dice el P. Paul G. Mast, vuelve a resonar la pregunta: "¿Qué es la Iglesia?"

La Iglesia-familia

"Dulles ahondó y enriqueció nuestra tradición católica hace 40 años, sigamos ese camino". De ese modo, el autor inicia la presentación de otro modelo de iglesia emergente, que no es nuevo, ya que ha estado siempre presente en la historia y tradición de la Iglesia: la Iglesia familia, y distingue entre una iglesia familia disfuncional y una iglesia familia cuyos miembros se aman y velan los unos por los otros.

La Iglesia familia disfuncional es aquella cuyos miembros se enfrentan a sus conflictos, dividiendo, separando, excluyendo, anatemizando...

La Iglesia familia es aquella cuyos miembros comparten sus gozos y tristezas, sus virtudes y debilidades, como algo con lo que se debe contar en el proceso de crecimiento de una familia.

El P. John J. Cecero, S.J., explica que la familia, los genes, y la cultura o lugar donde crecemos, aportan un sello peculiar en nuestro modo de relacionarnos con Dios y con el prójimo. Estos factores condicionan provocan sentimientos de sospecha o de confianza cuando nos relacionamos con la esposa/el esposo, los amigos, los compañeros de trabajo, el jefe/o los superiores, los empleados, la comunidad, etc.

Según el P. Cecero, la calidad de nuestras primeras relaciones (casi siempre en el seno de la familia), condicionan nuestra actitud ante las relaciones que tendremos a lo largo de la vida. Abandono, desconfianza, abuso, dependencia, durante nuestra infancia y adolescencia condicionan nuestro nivel de funcionalidad o disfuncionalidad cuando somos adultos.

Sin embargo, la persona es mucho más flexible de lo que pensamos. A veces nos condenamos nosotros mismos a ser infelices. La capacidad de la persona para buscar sentido incluso donde humanamente parece imposible encontrarlo, es infinita.

Jesus de Nazaret llama a sus discípulos y ofrece siempre "otra oportunidad" a la(s) oveja(s) perdida(s). Esta es la razón por la cual la Iglesia vino a ser una familia para quienes habían sido separados, marginados, excluidos, de la familia original a la que pertenecían.

En realidad, solo una familia puede enmendar lo que otra familia ha destruido. Las instituciones no pueden "sanar" el mal cometido por una familia; pueden "dar una compensación" por esos errores, pero no pueden sanarlos.

Por eso, el modelo de Iglesia debe ser revisado cuando ésta se enfrenta a los conflictos internos y externos con investigaciones, retórica, condenación, castigo, excomunión...

"En este modelo de Iglesia familia, algunos miembros han madurado aceptando las contradicciones y conflictos como parte de su proceso de crecimiento, y otros miembros han quedado paralizados en su propio temperamento, alimentado por la sospecha y el control", según el P. Paul G. Mast.

Es evidente que en el modelo de Iglesia familia disfuncional son más importantes los asuntos a tratar que las personas. El proceso de renovación eclesial queda mermado porque este modelo intenta salvar las propiedades, las leyes y los dogmas sagrados; por eso, este modelo de Iglesia margina, excluye, no admite contradicciones y apenas acepta las tensiones, "...y así es muy difícil restaurar el respeto y la confianza en la jerarquía", dice el P. Paul G. Mast.

" Sin embargo, una eclesiología fundamentada en la Cristología bíblica transforma un modelo de Iglesia familia cuyas relaciones son disfuncionales en un modelo de Iglesia familia cuyas relaciones se renuevan, transforman y purifican constantemente".

La Iglesia como modelo de familia sana

Una gran intuición del cardenal Avery Dulles es que no nos dice que un modelo sea superior al otro. Los seis modelos están presentes en nuestra historia y tradición. Los seis se necesitan y complementan. Por eso, Dulles puede presentar una Iglesia fiel, siempre reformándose, señalando las "riquezas" y "pobrezas" de cada modelo por separado.

La mayor riqueza de estos modelos de Iglesia es que derivan de imágenes bíblicas. Y la genialidad de su método de trabajo es que mantiene la tensión entre la historia de nuestra teología y la experiencia viva de la comunidad presente, dando importancia a las dos por igual.

— Terapia de conversión

Según el P. John Cecero, S.J., la psicoterapia es una opción para sanar actitudes y comportamientos que nos separan, marginan, excluyen, de la familia a la cual pertenecemos. La terapia de conversión requiere persistencia y la voluntad de arriesgar modelos de pensamiento y de comportamiento.

Una Iglesia que responde al modelo de familia abraza una terapia de conversión que contribuye a cambiar el pensamiento y el comportamiento. No es un castigo; se trata de una peregrinación que se produce en el seno familiar.

La terapia de conversión actúa como un don que pone a trabajar las "riquezas" con las "pobrezas" de la comunidad eclesial, como hacía el cardenal Avery Dulles con los modelos de Iglesia. Este proceso origina una imagen de iglesia sana, siempre re-formándose fiel al misterio que anuncia.

Necesitamos más personas que contruyan una Iglesia en diálogo con las tradiciones eclesiologicas, siguiendo la estela de Avery Dulles. Estaremos llegando al modelo de Iglesia familia.

Adoptar el modelo de Iglesia familia nos ayudaría a balancear la riqueza de nuestra historia con el contexto actual en el que vivimos. Este modelo puede aguantar la tensión del DNA de nuestro comportamiento pecador con la necesidad que todos tenemos de libertad espiritual y.... conversión.

Entonces, se inicia un proceso donde ponemos nuestra seguridad y confianza en Dios y en el prójimo. Este modelo de Iglesia familia promueve relaciones basadas en el modelo Trinitario de respeto y confianza mutuos. El diálogo es el antídoto espiritual para permanecer pacientes, siendo la paciencia la herramienta bíblica que anuncia un cambio de comportamiento.

El modelo de Iglesia familia es solidario con quienes luchan por liberarse de sus esclavitudes. Este modelo tiene más recursos para recuperarse del estrés eclesial, social y cultural, porque en medio de encrucijadas (situaciones de cambio) es capaz de discernir con muchas menos resistencias.

Este modelo es capaz de sostener la tensión bíblica del éxodo y del exilio, del perdón y la venganza, de la transformación del corazón y la dureza del corazón... El modelo de Iglesia familia está más alerta para responder a las emergencias que exigen velar y cuidar los unos de los otros.

De modelo Iglesia comunidad de discípulos
al modelo Iglesia familia


El sexto modelo de Iglesia presentado en "Modelos de Iglesia" es Iglesia comunidad de discípulos. Esta imagen de la primitiva iglesia (Hechos 6:1-2) muestra una comunidad de cristianos unidos en su afán de aprender siguiendo a Cristo.

La iglesia, movida por el Espíritu Santo, crece en todos sus miembros y "la verdad" se muestra a través de todos. El discípulo es una persona que no ha llegado a la verdad, y mucho menos la posee, por eso, está en camino hacia la conversión completa. Este modelo de iglesia muestra una iglesia en peregrinaje, humilde, siempre necesitando purificación y mejora.

La Iglesia comunidad de discípulos, dice Paul G. Mast, prepara el modelo de Iglesia familia. ¿Por qué? A raíz de sus trabajos clínicos con una Iglesia que responde al modelo de familia disfuncional, el P. Paul nos dice que el modelo de Iglesia familia debe ser explorado. Paul nos habla de su propia experiencia:

"Recientemente mi familia se enfrentó a su propia disfuncionalidad para poder cuidar de nuestra madre, enferma terminal. Las agendas personales se subordinaron al cuidado de nuestra madre. Horarios y prioridades que antes entraban en conflicto, pasaron a un segundo plano porque lo más importante era atender a nuestra madre. Nuestro instinto de servicio se puso a trabajar al tiempo que nos organizabamos para ofrecer lo mejor de nosotros mismos. La gracia de la reconciliación entre hermanos y hermanas llegó a su plenitud cuando nos dimos cuenta de los asuntos personales que antes nos separaban desaparecían cuando la prioridad era cuidar de mamá".

El modelo de Iglesia familia está en sintonía con la experiencia que el P. Paul G. Mast comparte en su artículo. Este modelo une a las personas en lugares y etapas diferentes de su crecimiento espiritual. Les une en su deseo de "cuidarse mutuamente".

Este modelo tiene su imagen bíblica en el Dios que acompaña, cuida y sufre con y por su pueblo. En palabras del P. Ronald Rolheiser: "Este Dios a quien Jesús llama ‘Padre’ no condena a nadie".

Este Dios estuvo al lado de hermanos disfuncionales: Caín mató a Abel, Judá convenció a sus once hermanos para que vendieran a José como esclavo, Benjamín fue acusado falsamente, David conspiró para quedarse con la mujer de otro hombre, Pedro negó que conocía a Jesús, Jesús fue crucificado, Pablo perseguía a los discípulos de Jesus...

Nuestra historia y tradición no cree en un "Dios pequeño" a quien podemos controlar. Si Dios puede perdonar nuestras iniquidades y cuidar de nosotros antes de morir, nosotros estamos llamados a hacer lo mismo.

Una Iglesia familia revela una comunidad de hermanos y hermanas en cuyo corazón no se adora al ego o al orgullo, a las ideas o a las palabras, sino al Dios siempre crucificado y siempre resucitado, es decir, un Dios siempre transformándose a los ojos de sus discípulos incrédulos.

La Iglesia familia busca un terreno para resolver sus conflictos en el que nadie gana o pierde porque la alegría de uno es la alegría de todos y la tristeza de uno es la tristeza de todos. Debemos, pues, buscar la conversión que nos renueva a todos, en lugar de utilizar la coacción y la polarización.

Debemos buscar una Iglesia familia que cuida de sus miembros fiel a su tradición eclesial, en lugar de repetir los errores de una Iglesia familia disfuncional que separa y condena a sus miembros. Esta búsqueda ofrece una imagen de la Iglesia humana y divina al mismo tiempo, en sintonía con el evangelio de Jesús.

La tradicion del Hijo de Dios que es enviado a salvar, no a condenar, comienza en el momento de la encarnación y se hace evidente en los sucesos de la pasión, muerte y resurreción de Jesús.


Rev. Paul G. Mast es sacerdote por la diócesis de Wilmington, Delaware, y sirve como capellán en el monasterio de santa Gertrudis y la escuela benedictina.

El primer reto de la Asociacion de la Sagrada Familia

SAGRADA FAMILIA DE MURILLO
El primer reto de la Asociación de la Sagrada Familia es conocer y presentar a la Sagrada Familia como el modelo de familia y de relaciones humanas a todas las familias y a la Iglesia.

No se ama lo que no se conoce y la Sagrada Familia de Nazaret sigue siendo veintiún siglos después una gran desconocida para muchos cristianos e instituciones.

Esto es debido, en parte, al silencio de los años que Jesús pasó en Nazaret, junto a María y José, y en parte, a que podemos haber cometido el error de hacer una Sagrada Familia a imagen y semejanza de nuestras ideas y creencias, las cuales, debido a su anclaje en un tiempo y geografía determinados, no pueden abarcar en su totalidad la universalidad del plan de Dios con respecto a la familia y aquellas otras instituciones que colaboran en el desarrollo humano y espiritual de las personas.

En este blog encontraréis recursos y materiales que nos permitirán adentrarnos en el misterio de la Sagrada Familia de Nazaret y en su espiritualidad.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Domingo 32 del Tiempo Ordinario, A, por Mons. Francisco Gonzalez, S.F.

Sabiduria 6:12-16
Salmo 63: "Mi alma esta sedienta de ti, Senor"
1 Tesalonicenses 4:13-18
Mateo 25:1-13


Hoy nos encontramos en la primera lectura con un pasaje del libro de la Sabiduría (Sab. 6,13-17). El autor, posiblemente un judío helenista, escribe sobre la verdadera sabiduría, algo que sus compatriotas podrían perder al encontrarse viviendo en una ciudad, Alejandría, centro comercial, ciudad cosmopolita que se va convirtiendo en un gran centro cultural, donde se encuentran una gran variedad de religiones, y se está desarrollando una mentalidad individualista, el escepticismo y otras corrientes filosóficas que podían atraer a sus hermanos a perder la fe heredada de sus antepasados.

¿Qué es la sabiduría? ¿Dónde la buscamos? ¿Cómo la encontramos? Yo he tenido, gracias a Dios, el privilegio de conocer a grandes sabios. Entre ellos estaban Saturnina y Victorina, dos amas de casa; también estaba Miguel, un electricista de oficio; Eusebio, el policía del pueblo y Honorio, bueno, Don Honorio, él era el párroco. Ninguno de ellos llegó a ser famoso, no escribieron libros, ni hablaron por la radio o televisión, pero fueron verdaderos sabios, pues tenían la sabiduría que trae la vida, una vida con altos y bajos; poseían la sabiduría que no se adquiere con los libros, era una sabiduría muy especial, la sabiduría que traen los años: "Sabían estar donde estaban". Sabían "que sólo Dios basta", sabían de Dios, no por los libros, sino por su vivencia, conocían a Dios porque vivían con él.

La verdadera sabiduría es Dios, y la "encuentra el que la busca" y "se deja ver por el que la ama", como dice muy bien el padre Javier Garrido.

El evangelio (Mt. 25,1-13) nos presenta una parábola acerca del Reino de los cielos, cuyo símbolo es, una vez más, la fiesta nupcial. El Reino es el gran regalo que Dios nos hace, pero que para disfrutar de él se nos piden ciertas cosas: el estar alerta y el estar preparados, pues no sabemos cuando se nos abrirá la puerta invitándonos a entrar.

La parábola también nos recuerda que somos responsables por nuestras acciones. Nuestras acciones tienen sus consecuencias. La negativa de las cinco vírgenes a compartir el aceite con las que ya no tenían, nos puede parecer extraño, incluso hasta muy poco caritativo, pero es que la parábola tiene su enseñanza en todos los detalles, y aquí el aceite, puede muy bien representar la vida del individuo que no se puede transferir. Cuando llegue el novio, el Señor, cada uno tendrá que dar cuenta de su propia vida, y mi comportamiento, bueno o malo, no se podrá compartir con los demás. Cada uno es responsable de su propio aceite.

"Velad, dice el evangelio, porque no sabéis el día ni la hora". Durante el mes de noviembre recordamos a nuestros difuntos. Pensemos en los que nosotros conocimos y aquéllos de los que hemos oído hablar. Para algunos el novio, el Señor, llegó después de una larga enfermedad; hay quienes murieron de corta edad y otros después de muchos años de vida; unos estaban preparados y otros fueron sorprendidos; hubo accidentes laborales, accidentes aéreos, guerras, hambre, terremotos y huracanes, junto a muertes tranquilas en la propia casa rodeados de los seres queridos: Velad porque no sabéis el día ni la hora.

"En el lecho me acuerdo de tí y velando medito en tí, porque fuiste mí auxilio, y a la sombra de tus alas canto con júbilo: mi alma está sedienta de tí, Señor, Dios mío" (Sal. 62)

martes, 1 de noviembre de 2011

Solemnidad de todos los santos: "¿De qué sirven a los santos nuestras alabanzas?, San Bernardo, Abad

DE LOS SERMONES DE SAN BERNARDO, ABAD
(Sermón 2: Opera omnia, edición cisterciense, 5 [1968], 364-368 )


¿De qué sirven a los santos nuestras alabanzas, nuestra glorificación, esta misma solemnidad que celebramos? ¿De qué les sirven los honores terrenos, si reciben del Padre celestial los honores que les había prometido verazmente el Hijo? ¿De qué les sirven nuestros elogios?

Los santos no necesitan de nuestros honores, ni les añade nada nuestra devoción. Es que la veneración de su memoria redunda en provecho nuestro, no suyo. Por lo que a mí respecta, confieso que, al pensar en ellos, se enciende en mí un fuerte deseo.

El primer deseo que promueve o aumenta en nosotros el recuerdo de los santos es el de gozar de su compañía, tan deseable, y de llegar a ser conciudadanos y compañeros de los espíritus bienaventurados, de convivir con la asamblea de los patriarcas, con el grupo de los profetas, con el senado de los apóstoles, con el ejército incontable de los mártires, con la asociación de los confesores, con el coro de las vírgenes, para resumir, el de asociarnos y alegrarnos juntos en la comunión de todos los santos. Nos espera la Iglesia de los primogénitos, y nosotros permanecemos indiferentes; desean los santos nuestra compañía, y nosotros no hacemos caso; nos esperan los justos, y nosotros no prestamos atención.

Despertémonos, por fin, hermanos; resucitemos con Cristo, busquemos las cosas de arriba, pongamos nuestro corazón en las cosas del cielo. Deseemos a los que nos desean, apresurémonos hacia los que nos esperan, entremos a su presencia con el deseo de nuestra alma. Hemos de desear no sólo la compañía, sino también la felicidad de que gozan los santos, ambicionando la gloria que poseen aquellos cuya presencia deseamos. Y esta ambición no es mala, ni incluye peligro alguno el anhelo de compartir su gloria.

El segundo deseo que enciende en nosotros la conmemoración de los santos es que, como a ellos, también a nosotros se nos manifieste Cristo, que es nuestra vida. Entretanto, aquel que es nuestra cabeza se nos representa no tal como es, sino tal como se hizo por nosotros, no coronado de gloria, sino rodeado de las espinas de nuestros pecados.

Teniendo a aquel que es nuestra cabeza coronado de espinas, nosotros, miembros suyos, debemos avergonzarnos de nuestros refinamientos y de buscar cualquier púrpura que sea de honor y no de irrisión. Llegará un día en que vendrá Cristo, y entonces ya no se anunciará su muerte, para recordarnos que también nosotros estamos muertos y nuestra vida está oculta con el. Se manifestará la cabeza gloriosa y, junto con él, brillarán glorificados sus miembros, cuando transfigurará nuestro pobre cuerpo en un cuerpo glorioso semejante a la cabeza, que es él.

Deseemos, pues, esta gloria con un afán seguro y total. Mas, para que nos sea permitido esperar esta gloria y aspirar a tan gran felicidad, debemos desear también en gran manera la intercesión de los santos, para que ella nos obtenga lo que supera nuestras fuerzas.