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lunes, 1 de enero de 2018

SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS, homilía de San Cirilo de Alejandría, Concilio de Éfeso (431)


En la homilía que San Cirilo de Alejandría pronunció en el Concilio de Éfeso (431), dirigió a la Madre de Dios alabanzas como éstas:

"Salve, María, Madre de Dios, veneradísimo tesoro de todo el orbe, antorcha inextinguible, corona de la virginidad, trono de la recta doctrina, templo indestructible, habitáculo de aquel que no puede ser contenido en lugar alguno, Virgen y Madre por quien se nos ha dado el llamado en los Evangelios bendito el que viene en nombre del Señor.

Salve, tú que encerraste en tu seno virginal al que es inmenso e inabarcable. Tú, por quien la Santísima Trinidad es adorada y glorificada. Tú, por quien la cruz preciosa es celebrada y adorada en todo el mundo. Tú, por quien exulta el cielo, se alegran los ángeles y arcángeles, huyen los demonios, por quien el diablo tentador fue arrojado del cielo, y la criatura, caída por el pecado, es elevada al cielo...

¿Quién de entre los hombres será capaz de alabar como se merece a María, digna de toda alabanza? Es Virgen y Madre: ¡qué maravilla! Este milagro me llena de estupor. ¿Quién oyó jamás decir que al constructor de un templo se le prohíba entrar en él? ¿Quién podrá tachar de ignominia a quien toma a su propia esclava por Madre?

Nosotros hemos de adorar y respetar la unión del Verbo con la carne, hemos de tener temor de Dios y dar culto a la Santa Trinidad, hemos de celebrar con nuestros himnos a María, la siempre Virgen, templo santo de Dios, y a su Hijo, el Esposo de la Iglesia, nuestro Señor Jesucristo. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén."

 "Hipóstasis" o "Unión hipostática":

Ya en aquellos tiempos se hablaba de la "hipóstasis" o "Unión hipostática": el verbo, al encarnarse, asumió la naturaleza humana en su persona divina, de modo que no había duplicidad de personas en Jesús (sólo hay una persona, que es divina), aunque sí duplicidad de naturalezas, divina y humana.

La teología católica desarrolló ampliamente esta tesis derivada de la filosofía griega. Santo Tomás dice:

"La bienaventurada Virgen es llamada Madre de Dios no porque sea madre de la divinidad, sino porque es madre, según la humanidad, de la persona que tiene la divinidad y la humanidad. El ser concebido y el nacer se atribuyen a la hipóstasis por razón de la naturaleza en la que la hipóstasis por razón de la naturaleza es concebida y nace. Ahora bien, como en el mismo principio de la concepción (de Cristo) la naturaleza humana se unió a la persona divina, podemos afirmar con toda verdad que Dios es concebido y nacido de la Virgen. Se dice que una mujer es madre de una persona porque ésta ha sido concebida y ha nacido de ella. Luego la bienaventurada Virgen puede llamarse verdadera Madre de Dios. (...) El nombre de "Dios", común a las tres personas divinas, unas veces designa sólo a la persona del Padre, otras a la persona del Hijo, y otras a la del Espíritu Santo. Así, cuando se dice que la bienaventurada Virgen es Madre de Dios, la palabra "Dios" designa sólo a la sola persona del Hijo".

+ SOBRE MARÍA, MADRE DE DIOS

martes, 25 de febrero de 2014

Monseñor Agrelo: "Preferimos exponer doctrinas a compartir mesa, pero eso hace estéril la predicación"


El arzobispo de Tánger, monseñor Santiago Agrelo, ha defendido hoy en Valencia (España) la evangelización "mediante el testimonio de la caridad", que significa, en definitiva, "dar todo por nada".

En una conferencia titulada "Decir amar para decir evangelizar", que ha impartido en el Colegio Mayor Santo Tomás de Villanueva, monseñor Santiago Agrelo ha recordado que "la experiencia dice que a menudo la práctica de la caridad no es considerada como forma primera y esencial de evangelización, sino como alternativa pobre al ejercicio de la predicación".

En este sentido, monseñor Agrelo ha advertido que "hemos dado por cierto que las palabras tienen más fuerza que la vida, que los discursos son más elocuentes que los abrazos y preferimos exponer doctrinas a compartir mesa". Por eso, el arzobispo de Tánger ha lamentado que "gastamos demasiadas energías en defender doctrinas y dejamos de lado lo esencial, que es amar".

"Si no queremos hacer estéril la palabra de la predicación, hemos de considerar que el objeto de la fe, más que una doctrina , es una realidad", ha precisado monseñor Agrelo, que ha defendido que "a los pobres, los enviados de Cristo no les llevan palabras sino sacramentos, no llevamos doctrina, sino salvación".

sábado, 18 de enero de 2014

Orientaciones del papa Francisco para la homilía, por José Manuel Bernal


La exhortación Evangelii gaudium del papa Francisco es un pozo sin fondo. Nunca acaba uno de agotar su contenido. Ahora, en este post, voy a prestar atención a las consideraciones que hace el papa sobre la homilía. No tienen desperdicio.

Comienza el papa Francisco situando la homilía en el marco de la celebración eucarística. Es un buen punto de partida. Porque la homilía no es una clase de teología, ni una conferencia, ni una plática de ejercicios espirituales, ni, menos aún, una especie de chascarrillo para entretener al personal.

La homilía, a la luz de las palabras del papa, debe propiciar un diálogo de Dios con su pueblo. La predicación del sacerdote hace suya la palabra de Dios, la asume en su propia carne, la medita y la proclama. El predicador es el portavoz de lo que Dios quiere decir. El predicador ama esa palabra, se ha dejado atrapar por ella y está persuadido de que es Dios quien habla por su boca.

La palabra de Dios, expresada por boca del predicador, suscita la respuesta del pueblo; una respuesta de aceptación, de amor, de fe y de confianza incondicional. De este modo el papa, con ese planteamiento inicial, ha intuido la misma dinámica de la celebración de la palabra: una dinámica de diálogo, en el que Dios irrumpe con su palabra, se dirige a la comunidad congregada y suscita una respuesta; y la comunidad, a través de su oración personal, de sus cantos y de su plegaria comunitaria responde, con amor y confianza, a la palabra de Dios expresada por el sacerdote y compartida comunitariamente.

Por formar parte de la celebración, la homilía no debe ser puramente moralista, ni adoctrinadora, ni una especie de entretenimiento. Por ser una parte preferente de la liturgia de la palabra, la homilía debe surgir con fuerza, vigorosa, de la fe del liturgo; debe proyectar con claridad el amor con que el predicador asume la palabra de Dios, se deja embargar por ella hasta identificarse con su mensaje.

La homilía, que no debe ser nunca un sermón de circunstancias ni de campanillas, jamás debe dejar indiferente ni al predicador ni a la comunidad de oyentes. La palabra de Dios deja huella, marca, al predicador y a los oyentes. Por eso el papa invita con insistencia al predicador a que ame la palabra, a que la escuche él mismo, el primero, con atención, a que se deje conmover por ella.

El predicador, dice el papa, debe convertirse en un contemplativo de la palabra. De ahí las palabra que se dedican en el documento a la preparación de la homilía. El espacio de tiempo dedicado a la preparación de la homilía deberá ser un tiempo de oración, de reflexión personal, de estudio sosegado y de creatividad pastoral.

El papa Francisco dice además que, por ser parte de la celebración, la homilía debe ser breve, equilibrada y sencilla. No debe ser tan brillante ni de tanta ostentación que llegue acaparar la atención de la asamblea reunida, eclipsando la centralidad incomparable de la presencia del Señor. Lo importante es el Señor y su palabra proclamada; el ministro es un siervo del Señor y está dedicado al servicio de la palabra. Francisco aboga por un debido equilibrio de las partes y por una justa armonía. El discípulo no es más que el maestro; y la palabra de Dios no debe ser ninguneada por la palabra del predicador. Quiere decir Francisco que, en ningún caso, la homilía debe servir para lucimiento de predicador.

Respecto al contenido de la homilía, el papa deja claro que el punto de referencia deberá ser siempre la palabra de Dios, celebrada y proclamada en las lecturas. El análisis de la palabra será sencillo, desde la fe, sin pretensiones técnicas innecesarias. El predicador deberá buscar siempre el meollo del mensaje, lo importante; la presentación deberá ser amable, sencilla, cordial, cercana. Hay que hablar a la gente desde el corazón, con el vigor de una fe arraigada y vivida.

Termino. No instrumentalicemos el momento de la homilía para hablar de temas que no vienen a cuento. La homilía no es una clase de teología; debe conmover a la asamblea; hay que ayudar a los fieles a que entren de lleno en la celebración, a que se dejen atrapar por el embrujo de la palabra proclamada, por la magia de los grades símbolos sacramentales; a que se adentren en el mundo del misterio y de la trascendencia; el predicador debería intentar crear en la asamblea un clima de interiorización y de recogimiento, un clima de oración profunda. Desde ahí nuestras celebraciones quizás puedan entrar en una nueva primavera.

jueves, 28 de noviembre de 2013

La Alegría del Evangelio, n. 158: Sencillez y claridad en la homilia

La Alegría del Evangelio 
(Exhortación Apostólica del papa Francisco)
24 de noviembre, 2013

Ya decía Pablo VI que los fieles «esperan mucho de esta predicación y sacan fruto de ella con tal que sea sencilla, clara, directa, acomodada». La sencillez tiene que ver con el lenguaje utilizado. Debe ser el lenguaje que comprenden los destinatarios para no correr el riesgo de hablar al vacío. Frecuentemente sucede que los predicadores usan palabras que aprendieron en sus estudios y en determinados ambientes, pero que no son parte del lenguaje común de las personas que los escuchan. Hay palabras propias de la teología o de la catequesis, cuyo sentido no es comprensible para la mayoría de los cristianos. El mayor riesgo para un predicador es acostumbrarse a su propio lenguaje y pensar que todos los demás lo usan y lo comprenden espontáneamente. Si uno quiere adaptarse al lenguaje de los demás para poder llegar a ellos con la Palabra, tiene que escuchar mucho, necesita compartir la vida de la gente y prestarle una gustosa atención. La sencillez y la claridad son dos cosas diferentes. El lenguaje puede ser muy sencillo, pero la prédica puede ser poco clara. Se puede volver incomprensible por el desorden, por su falta de lógica, o porque trata varios temas al mismo tiempo. Por lo tanto, otra tarea necesaria es procurar que la predicación tenga unidad temática, un orden claro y una conexión entre las frases, de manera que las personas puedan seguir fácilmente al predicador y captar la lógica de lo que les dice.

La Alegría del Evangelio, n. 157: Sobre la homila, "Una buena homilía, como me decía un viejo maestro, debe contener una idea, un sentimiento, una imagen".

La Alegría del Evangelio 
(Exhortación Apostólica del papa Francisco)
24 de noviembre, 2013

Sólo para ejemplificar, recordemos algunos recursos prácticos, que pueden enriquecer una predicación y volverla más atractiva. Uno de los esfuerzos más necesarios es aprender a usar imágenes en la predicación, es decir, a hablar con imágenes. A veces se utilizan ejemplos para hacer más comprensible algo que se quiere explicar, pero esos ejemplos suelen apuntar sólo al entendimiento; las imágenes, en cambio, ayudan a valorar y aceptar el mensaje que se quiere transmitir. Una imagen atractiva hace que el mensaje se sienta como algo familiar, cercano, posible, conectado con la propia vida. Una imagen bien lograda puede llevar a gustar el mensaje que se quiere transmitir, despierta un deseo y motiva a la voluntad en la dirección del Evangelio. Una buena homilía, como me decía un viejo maestro, debe contener «una idea, un sentimiento, una imagen».

La Alegría del Evangelio, n. 156: "La evidente importancia del contenido no debe hacer olvidar la importancia de los métodos y medios de la evangelización".

La Alegría del Evangelio 
(Exhortación Apostólica del papa Francisco)
24 de noviembre, 2013

Algunos creen que pueden ser buenos predicadores por saber lo que tienen que decir, pero descuidan el cómo, la forma concreta de desarrollar una predicación. Se quejan cuando los demás no los escuchan o no los valoran, pero quizás no se han empeñado en buscar la forma adecuada de presentar el mensaje. Recordemos que «la evidente importancia del contenido no debe hacer olvidar la importancia de los métodos y medios de la evangelización». La preocupación por la forma de predicar también es una actitud profundamente espiritual. Es responder al amor de Dios, entregándonos con todas nuestras capacidades y nuestra creatividad a la misión que Él nos confía; pero también es un ejercicio exquisito de amor al prójimo, porque no queremos ofrecer a los demás algo de escasa calidad. En la Biblia, por ejemplo, encontramos la recomendación de preparar la predicación en orden a asegurar una extensión adecuada: «Resume tu discurso. Di mucho en pocas palabras» (Si 32,8).

La Alegría del Evangelio, n. 154: Sobre el predicador, "Un predicador es un contemplativo de la Palabra y también un contemplativo del pueblo (...) Se trata de conectar el mensaje del texto bíblico con una situación humana, con algo que ellos viven, con una experiencia que necesite la luz de la Palabra."

 El predicador necesita también poner un oído en el pueblo, para descubrir lo que los fieles necesitan escuchar. Un predicador es un contemplativo de la Palabra y también un contemplativo del pueblo. De esa manera, descubre «las aspiraciones, las riquezas y los límites, las maneras de orar, de amar, de considerar la vida y el mundo, que distinguen a tal o cual conjunto humano», prestando atención «al pueblo concreto con sus signos y símbolos, y respondiendo a las cuestiones que plantea». Se trata de conectar el mensaje del texto bíblico con una situación humana, con algo que ellos viven, con una experiencia que necesite la luz de la Palabra. Esta preocupación no responde a una actitud oportunista o diplomática, sino que es profundamente religiosa y pastoral. En el fondo es una «sensibilidad espiritual para leer en los acontecimientos el mensaje de Dios» y esto es mucho más que encontrar algo interesante para decir. Lo que se procura descubrir es «lo que el Señor desea decir en una determinada circunstancia». Entonces, la preparación de la predicación se convierte en un ejercicio de discernimiento evangélico, donde se intenta reconocer –a la luz del Espíritu– «una llamada que Dios hace oír en una situación histórica determinada; en ella y por medio de ella Dios llama al creyente».

La Alegría del Evangelio, n. 151: Sobre el predicador, "Si no se detiene a escuchar esa Palabra con apertura sincera, si no deja que toque su propia vida, que le reclame, que lo exhorte, que lo movilice, si no dedica un tiempo para orar con esa Palabra, entonces sí será un falso profeta, un estafador o un charlatán vacío".

La Alegría del Evangelio 
(Exhortación Apostólica del papa Francisco)
24 de noviembre, 2013

No se nos pide que seamos inmaculados, pero sí que estemos siempre en crecimiento, que vivamos el deseo profundo de crecer en el camino del Evangelio, y no bajemos los brazos. Lo indispensable es que el predicador tenga la seguridad de que Dios lo ama, de que Jesucristo lo ha salvado, de que su amor tiene siempre la última palabra. Ante tanta belleza, muchas veces sentirá que su vida no le da gloria plenamente y deseará sinceramente responder mejor a un amor tan grande. Pero si no se detiene a escuchar esa Palabra con apertura sincera, si no deja que toque su propia vida, que le reclame, que lo exhorte, que lo movilice, si no dedica un tiempo para orar con esa Palabra, entonces sí será un falso profeta, un estafador o un charlatán vacío. En todo caso, desde el reconocimiento de su pobreza y con el deseo de comprometerse más, siempre podrá entregar a Jesucristo, diciendo como Pedro: «No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te lo doy» (Hch 3,6). El Señor quiere usarnos como seres vivos, libres y creativos, que se dejan penetrar por su Palabra antes de transmitirla; su mensaje debe pasar realmente a través del predicador, pero no sólo por su razón, sino tomando posesión de todo su ser. El Espíritu Santo, que inspiró la Palabra, es quien «hoy, igual que en los comienzos de la Iglesia, actúa en cada evangelizador que se deja poseer y conducir por Él, y pone en sus labios las palabras que por sí solo no podría hallar».

La Alegría del Evangelio, n. 150: "Jesús se irritaba frente a esos pretendidos maestros, muy exigentes con los demás, que enseñaban la Palabra de Dios, pero no se dejaban iluminar por ella".

La Alegría del Evangelio 
(Exhortación Apostólica del papa Francisco)
24 de noviembre, 2013

Jesús se irritaba frente a esos pretendidos maestros, muy exigentes con los demás, que enseñaban la Palabra de Dios, pero no se dejaban iluminar por ella: «Atan cargas pesadas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo» (Mt 23,4). El Apóstol Santiago exhortaba: «No os hagáis maestros muchos de vosotros, hermanos míos, sabiendo que tendremos un juicio más severo» (3,1). Quien quiera predicar, primero debe estar dispuesto a dejarse conmover por la Palabra y a hacerla carne en su existencia concreta. De esta manera, la predicación consistirá en esa actividad tan intensa y fecunda que es «comunicar a otros lo que uno ha contemplado». Por todo esto, antes de preparar concretamente lo que uno va a decir en la predicación, primero tiene que aceptar ser herido por esa Palabra que herirá a los demás, porque es una Palabra viva y eficaz, que como una espada, «penetra hasta la división del alma y el espíritu, articulaciones y médulas, y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón» (Hb 4,12). Esto tiene un valor pastoral. También en esta época la gente prefiere escuchar a los testigos: «tiene sed de autenticidad […] Exige a los evangelizadores que le hablen de un Dios a quien ellos conocen y tratan familiarmente como si lo estuvieran viendo».

La Alegría del Evangelio, n. 149: Sobre el predicador

La Alegría del Evangelio 
(Exhortación Apostólica del papa Francisco)
24 de noviembre, 2013

El predicador «debe ser el primero en tener una gran familiaridad personal con la Palabra de Dios: no le basta conocer su aspecto lingüístico o exegético, que es también necesario; necesita acercarse a la Palabra con un corazón dócil y orante, para que ella penetre a fondo en sus pensamientos y sentimientos y engendre dentro de sí una mentalidad nueva». Nos hace bien renovar cada día, cada domingo, nuestro fervor al preparar la homilía, y verificar si en nosotros mismos crece el amor por la Palabra que predicamos. No es bueno olvidar que «en particular, la mayor o menor santidad del ministro influye realmente en el anuncio de la Palabra». Como dice san Pablo, «predicamos no buscando agradar a los hombres, sino a Dios, que examina nuestros corazones» (1 Ts 2,4). Si está vivo este deseo de escuchar primero nosotros la Palabra que tenemos que predicar, ésta se transmitirá de una manera u otra al Pueblo fiel de Dios: «de la abundancia del corazón habla la boca» (Mt 12,34). Las lecturas del domingo resonarán con todo su esplendor en el corazón del pueblo si primero resonaron así en el corazón del Pastor.