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jueves, 9 de junio de 2022

Hechos 22,1-21: Discurso de Pablo a los judíos de Jerusalén

Hechos 22,1-21: Discurso de Pablo a los judíos de Jerusalén

1 —Hermanos y padres, escuchen mi defensa. 
2 Al oír que les hablaba en hebreo, se estuvieron más quietos. Él dijo:

Hechos 22,3-16
25 de enero: Fiesta de la Conversión de San Pablo

3 —Soy judío, natural de Tarso de Cilicia, aunque educado en esta ciudad, instruido con toda exactitud 
   en la ley de nuestros antepasados, a los pies de Gamaliel, entusiasta de Dios como lo son todos 
   ustedes actualmente.
4 Yo perseguí a muerte a quienes seguían ese Camino, arrestando y metiendo en la cárcel a hombres y 
    mujeres, 
5 como pueden atestiguarlo el sumo sacerdote y el senado en pleno. De ellos recibí carta para los 
   hermanos y me puse en camino hacia Damasco para arrestar a los de allí y conducirlos a Jerusalén 
   para que fuesen castigados. 
6 Yendo de camino, cerca ya de Damasco, hacia el mediodía, de repente una luz celeste, intensa, 
   resplandeció en torno a mí. 
7 Caí en tierra y escuché una voz que me decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? 
8 Contesté: ¿Quién eres, Señor? Contestó la voz: Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues. 
9 Los acompañantes veían la luz, pero no oían la voz del que hablaba conmigo. 
10 Yo le dije: ¿Qué debo hacer, Señor? Contestó el Señor: Levántate y ve a Damasco; allí te dirán lo 
     que debes hacer. 
11 Como no veía, deslumbrado por el brillo de aquella luz, los acompañantes me llevaron de la mano 
     y así llegué a Damasco. 
12 Un tal Ananías, hombre piadoso y observante de la ley, de buena reputación entre todos los judíos 
     de la ciudad, 
13 vino a visitarme, se presentó y me dijo: Hermano Saulo, recobra la vista. 
     En aquel momento pude verlo a él. 
14 Me dijo: El Dios de nuestros padres te ha destinado a conocer su designio, a ver al Justo 
     y a escuchar directamente su voz; 
15 porque serás su testigo ante todo el mundo de lo que has visto y oído. 
16 Por tanto no tardes: bautízate y lávate de los pecados invocando su nombre.

17 Cuando volví a Jerusalén, estando en oración en el templo, caí en éxtasis 
18 y vi al Señor que me decía: Sal pronto de Jerusalén, porque no van a aceptar tu testimonio acerca 
     de mí.
19 Repliqué: Señor, ellos saben que yo arrestaba a los que creían en ti y los azotaba en las sinagogas. 
20 También que, cuando se derramaba la sangre de tu testigo Esteban, yo estaba allí, aprobando 
     y guardando la ropa de los que lo mataban. 
21 Él me dijo: Ve, que yo te envío a pueblos lejanos.

sábado, 9 de abril de 2016

Hechos 5,34-42: Intervención de Gamaliel

Hechos 5,34-42
Viernes de la 2 Semana de Pascua

En aquellos días, un fariseo llamado Gamaliel, doctor de la Ley, respetado por todo el pueblo, se levantó en el Sanedrín, mandó que sacaran fuera un momento a aquellos hombres y dijo: "Israelitas, pensad bien lo que vais a hacer con esos hombres. No hace mucho salió un tal Teudas, dándoselas de hombre importante, y se le juntaron unos cuatrocientos hombres. Fue ejecutado, dispersaron a todos sus secuaces, y todo acabó en nada. Más tarde, cuando el censo, salió Judas el Galileo, arrastrando detrás de sí gente del pueblo; también pereció, y dispersaron a todos sus secuaces. En el caso presente, mi consejo es éste: No os metáis con esos hombres; soltadlos. Si su idea y su actividad son cosa de hombres, se dispersarán; pero, si es cosa de Dios, no lograréis dispersarlos, y os expondríais a luchar contra Dios." Le dieron la razón y llamaron a los apóstoles, los azotaron, les prohibieron hablar en nombre de Jesús y los soltaron. Los apóstoles salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús. Ningún día dejaban de enseñar, en el templo y por las casas, anunciando el Evangelio de Jesucristo.

lunes, 25 de enero de 2016

Hechos 22,3-16: Discurso de Pablo a los judíos de Jerusalén

Hechos 22,3-16
25 de enero: Fiesta de la Conversión de San Pablo

«Yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero educado en esta ciudad, instruido a los pies de Gamaliel en la exacta observancia de la Ley de nuestros padres; estaba lleno de celo por Dios, como lo estáis todos vosotros el día de hoy. Yo perseguí a muerte a este Camino, encadenando y arrojando a la cárcel a hombres y mujeres, como puede atestiguármelo el sumo sacerdote y todo el consejo de ancianos. De ellos recibí también cartas para los hermanos de Damasco y me puse en camino con intención de traer también encadenados a Jerusalén a todos los que allí había, para que fueran castigados. «Pero yendo de camino, estando ya cerca de Damasco, hacia el mediodía, me envolvió de repente una gran luz venida del cielo; caí al suelo y oí una voz que me decía: 'Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?' Yo respondí: '¿Quién eres, Señor?' Y él a mí: 'Yo soy Jesús Nazoreo, a quien tú persigues.' Los que estaban vieron la luz, pero no oyeron la voz del que me hablaba. Yo dije: '¿Qué he de hacer, Señor?' Y el Señor me respondió: 'Levántate y vete a Damasco; allí se te dirá todo lo que está establecido que hagas.' Como yo no veía, a causa del resplandor de aquella luz, conducido de la mano por mis compañeros llegué a Damasco. «Un tal Ananías, hombre piadoso según la Ley, bien acreditado por todos los judíos que habitaban allí, vino a verme, y presentándose ante mí me dijo: 'Saúl, hermano, recobra la vista.' Y en aquel momento le pude ver. Él me dijo: 'El Dios de nuestros padres te ha destinado para que conozcas su voluntad, veas al Justo y escuches la voz de sus labios, pues le has de ser testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído. Y ahora, ¿qué esperas? Levántate, recibe el bautismo y lava tus pecados invocando su nombre.'

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