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sábado, 29 de octubre de 2022

Lucas 19,1-10: La conversión de Zaqueo

Lucas 19,1-10
Martes de la 33 Semana del Tiempo Ordinario, I y II

En aquel tiempo entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió en una higuera para verlo, porque tenía que pasar por allí. Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: "Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa". El bajó en seguida, y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban diciendo: "Ha entrado ha hospedarse en casa de un pecador". Pero Zaqueo se puso en pie, y dijo al Señor: "Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más". Jesús le contestó: "Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido".


SOBRE EL MISMO TEMA:

Lucas 19,1-10: La salvación de Zaqueo, por el papa Francisco


Jesús entró en Jericó e iba atravesando la ciudad. Vivía en ella un hombre rico llamado Zaqueo, jefe de los que cobraban impuestos para Roma. Quería conocer a Jesús, pero no conseguía verle, porque había mucha gente y Zaqueo era de baja estatura. Así que, echando a correr, se adelantó, y para alcanzar a verle se subió a un árbol junto al cual tenía que pasar Jesús.
Al llegar allí, Jesús miró hacia arriba y le dijo:
— Zaqueo, baja en seguida porque hoy he de quedarme en tu casa.
Zaqueo bajó aprisa, y con alegría recibió a Jesús. Al ver esto comenzaron todos a criticar a Jesús, diciendo que había ido a quedarse en casa de un pecador.  Pero Zaqueo, levantándose entonces, dijo al Señor:
— Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes; y si he robado algo a alguien, le devolveré cuatro veces más.
Jesús le dijo:
— Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque este hombre también es descendiente de Abraham. Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que se había perdido.

Comentario por el papa Francisco
"La salvación de Zaqueo"

El papa Francisco, como cada domingo, se ha asomado a la ventana del estudio en el Palacio Apostólico del Vaticano, para rezar el ángelus con los fieles y los peregrinos reunidos en la plaza de San Pedro. Estas son las palabras del Santo Padre para introducir la oración mariana:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de hoy nos presenta un hecho sucedido en Jericó, cuando Jesús llegó a la ciudad y fue acogido por la multitud (cfr Lc 19,1-10). En Jericó vivía Zaqueo, el jefe de los “publicanos”, es decir, de los recaudadores de impuestos.

Zaqueo era un colaborador rico de los odiados ocupantes romanos, un explotador de su pueblo. También él, por curiosidad, quería ver a Jesús, pero su condición de pecador público no le permitía acercarse al Maestro; aún más, era de baja estatura; por eso sube a un árbol, una higuera, en el camino por donde Jesús tenía que pasar.

Cuando llega cerca de ese árbol, Jesús levanta la mirada y le dice: Zaqueo, baja en seguida porque hoy he de quedarme en tu casa” (v. 5). ¡Podemos imaginar el estupor de Zaqueo!

¿Pero por qué Jesús dice ‘he de quedarme en tu casa’? ¿De qué deber se trata? Sabemos que su deber supremo es realizar el diseño del Padre sobre la humanidad, que se cumple en Jerusalén con su condena a muerte, la crucifixión y, al tercer día, la resurrección. Es el diseño de salvación de la misericordia del Padre. Y en este diseño está también la salvación de Zaqueo, un hombre deshonesto y despreciado por todos, y por eso necesitado de conversión. De hecho, el Evangelio dice que, cuando Jesús lo llamó, “comenzaron todos a criticar a Jesús, diciendo que había ido a quedarse en casa de un pecador” (v. 7).

El pueblo ve en él un villano, que se ha enriquecido a costa del prójimo. Y si Jesús hubiera dicho “baja tú, explotador, traidor del pueblo y ven a hablar conmigo para hacer cuentas’ seguro el pueblo hubiera aplaudido. Pero aquí comenzaron a murmurar (=escándalo). Jesús va a su casa, el pecador, el explotador.

Pero Jesús, guiado por la misericordia, le buscaba precisamente a él. Y cuando entra en casa de Zaqueo dice: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque este hombre también es descendiente de Abraham. Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que se había perdido” (vv. 9-10).

La mirada de Jesús va más allá de los pecados y los prejuicios; y esto es importante  y debemos aprenderlo. Jesús ve a la persona con los ojos de Dios, que no se detiene en el mal pasado, sino que ve el bien futuro; no se detiene a las apariencias, sino que mira al corazón. Y aquí ha mirado el corazón herido de este hombre, herido del pecado, la avaricia, cosas feas que había hecho Zaqueo y mira este corazón herido y va ahí.

A veces tratamos corregir y convertir a un pecador reprochándole, echándole en cara sus errores y su comportamiento injusto. La actitud de Jesús con Zaqueo nos indica otro camino: el de mostrar a quien se equivoca su valor, ese valor que Dios continúa viendo a pesar de todo. A pesar de todos sus errores. Esto puede provocar una sorpresa positiva, que enternece el corazón y empuja a la persona a sacar lo bueno que tiene. Es el dar confianza a las personas que le hace crecer y cambiar.

Así se comporta Dios con todos nosotros: no está bloqueado por nuestro pecado, sino que lo supera con el amor y nos hace sentir la nostalgia del bien. Y esto, todos hemos sentido esta nostalgia del bien después de un error. Y así hace nuestro Padre Dios, así hace Jesús. No existe una persona que no tiene algo bueno. Esto mira Dios para sacarlo del mal.

Lucas 19,1-10: Escandalizar a la multitud, por Julio González, SF.


Jesús llegó a Jericó y comenzó a cruzar la ciudad. Resulta que había allí un hombre llamado Zaqueo, jefe de los recaudadores de impuestos, que era muy rico. Estaba tratando de ver quién era Jesús, pero la multitud se lo impedía, pues era de baja estatura. Por eso se adelantó corriendo y se subió a un árbol para poder verlo, ya que Jesús iba a pasar por allí.
Llegando al lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo:
—Zaqueo, baja en seguida. Tengo que quedarme hoy en tu casa.
Así que se apresuró a bajar y, muy contento, recibió a Jesús en su casa.
Al ver esto, todos empezaron a murmurar:
- Ha ido a hospedarse con un pecador.
Pero Zaqueo dijo resueltamente:
—Mira, Señor: Ahora mismo voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si en algo he defraudado a alguien, le devolveré cuatro veces la cantidad que sea.
—Hoy ha llegado la salvación a esta casa —le dijo Jesús—, ya que éste también es hijo de Abraham. Porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.

Comentario de Julio González, S.F:
Escandalizar a la multitud

En este episodio Jesús escandaliza no solamente a los fariseos y escribas (maestros de la ley) sino también a la multitud, al ciudadano de a pie. Cuando Jesús se "autoinvitó" a la casa de Zaqueo, jefe de los recaudadores de impuestos, los ciudadanos explotados se sintieron defraudados y ofendidos. Jesús iba a la "guarida" de Zaqueo. Para algunos, entrar en la casa de Zaqueo, significaba reconocer el modo de vida de este indeseable.

Zaqueo era odiado por el pueblo. Jesús sabía que comer en su mesa era un gesto incomprensible para la mayoría. Además, Zaqueo podía malinterpretar aquella comida.

Ahora no me preocupa que muchos se escandalizaran del comportamiento de Jesús en aquel tiempo; lo que me preocupa es que todavía hoy algunos hijos e hijas de la Iglesia sigan escandalizándose de esos gestos. En el gesto de entrar en la casa de un pecador y comer con él, siempre habrá un misterio que no podemos comprender del todo. Porque Jesús no llama a Zaqueo para recriminarle su manera de vivir y oír su confesión. ¡Claro que Zaqueo puede está contento! La presencia de Jesús en su casa le trae honra (¿justificación?) y, por eso, los ciudadanos explotados se escandalizan.

Pero Zaqueo está de buenas y habla utilizando el corazón en vez de la cabeza: "Mira, Jesús, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes y si en algo he defraudado a alguien, le devolveré cuatro veces la cantidad".

Ahora nos podemos hacer una idea de la riqueza de Zaqueo. Dar cuatro veces la cantidad que ha defraudado nos muestra que Zaqueo era inmensamente rico. Los recaudadores eran profesionales en sacar provecho de los impuestos a los ciudadanos, pues vivían de eso. Y Zaqueo era el jefe.

Este episodio me hace imaginar que las mil familias más ricas del planeta dan la mitad de sus fortunas a los pobres y cuatro veces la cantidad que han esquilmado a los trabajadores de sus industrias, empresas y mercados. Entonces, me digo, un mundo mejor es posible para los pobres. Sin embargo, la respuesta de Jesús no va en esa dirección, sino que otra vez se centra en Zaqueo y en su familia: "Hoy ha llegado la salvación a esta casa".


DOMINGO DE LA 31 SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO, Año C (Lecturas)

Sabiduría 11:22-12:2
Salmo 144,1-2.8-9.10-11.13cd-14:
Bendecire tu nombre por siempre jamas, 
Dios mio, mi rey
2 Tesalonicenses 1:11-2:2
Lucas 19:1-10


Sabiduría 11,22–12,2

Tú de todos tienes compasión, porque lo puedes todo y no te fijas en los pecados de los hombres, para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado. ¿Cómo podrían existir los seres, si tú no lo hubieras querido? ¿Cómo podrían conservarse, si tú no lo ordenaras? Tú tienes compasión de todos, porque todos, Señor, te pertenecen y amas todo lo que tiene vida, porque en todos los seres está tu espíritu inmortal. Por eso, a los que pecan los corriges y reprendes poco a poco, y les haces reconocer sus faltas, para que apartándose del mal crean en ti, Señor.


Salmo 144,1-2.8-9.10-11.13cd-14: 
Bendeciré tu nombre por siempre, 
Dios mío, mi rey

Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;
bendeciré tu nombre por siempre jamás.
Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
R. Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey

El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.
R. Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas.
R. Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey

El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan.
R. Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey


Tesalonicenses 1,11–2,2

Con este fin oramos siempre por vosotros, pidiendo a nuestro Dios que os tenga por dignos de haber sido llamados por él, y que cumpla con su poder todos vuestros buenos deseos y los trabajos que realizáis impulsados por la fe. De esta manera el nombre de nuestro señor Jesús será honrado por vuestra causa, y él os honrará conforme a la bondad de nuestro Dios y del señor Jesucristo. Ahora, hermanos, en cuanto al regreso de nuestro señor Jesucristo y a nuestra reunión con él, os rogamos que no cambiéis fácilmente de manera de pensar ni os dejéis asustar por ningún mensaje espiritual, discurso o carta que recibáis, como si fuera nuestra, diciendo que el día del Señor ya ha llegado.


Jesús entró en Jericó e iba atravesando la ciudad. Vivía en ella un hombre rico llamado Zaqueo, jefe de los que cobraban impuestos para Roma. Quería conocer a Jesús, pero no conseguía verle, porque había mucha gente y Zaqueo era de baja estatura. Así que, echando a correr, se adelantó, y para alcanzar a verle se subió a un árbol junto al cual tenía que pasar Jesús.
Al llegar allí, Jesús miró hacia arriba y le dijo:
— Zaqueo, baja en seguida porque hoy he de quedarme en tu casa.
Zaqueo bajó aprisa, y con alegría recibió a Jesús. Al ver esto comenzaron todos a criticar a Jesús, diciendo que había ido a quedarse en casa de un pecador.  Pero Zaqueo, levantándose entonces, dijo al Señor:
— Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes; y si he robado algo a alguien, le devolveré cuatro veces más.
Jesús le dijo:
— Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque este hombre también es descendiente de Abraham. Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que se había perdido.

SOBRE ESTE DOMINGO:

sábado, 2 de noviembre de 2013

31 DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, Año C, por Mons. Francisco González, SF.

Sabiduría 11:22-12:2
Salmo :“Bendecire tu nombre por siempre jamas, 
Dios mio, mi rey”.
2Tesalonicenses 1:11-2:2
Lucas 19:1-10

Sabiduría 11,22–12,2

Tú de todos tienes compasión, porque lo puedes todo y no te fijas en los pecados de los hombres, para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado. ¿Cómo podrían existir los seres, si tú no lo hubieras querido? ¿Cómo podrían conservarse, si tú no lo ordenaras? Tú tienes compasión de todos, porque todos, Señor, te pertenecen y amas todo lo que tiene vida, porque en todos los seres está tu espíritu inmortal. Por eso, a los que pecan los corriges y reprendes poco a poco, y les haces reconocer sus faltas, para que apartándose del mal crean en ti, Señor.

Salmo 144: Bendeciré tu nombre por siempre, 
Dios mío, mi rey

Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;
bendeciré tu nombre por siempre jamás.
Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
R. Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey

El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.
R. Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas.
R. Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey

El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan.
R. Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey

Tesalonicenses 1,11–2,2

Con este fin oramos siempre por vosotros, pidiendo a nuestro Dios que os tenga por dignos de haber sido llamados por él, y que cumpla con su poder todos vuestros buenos deseos y los trabajos que realizáis impulsados por la fe. De esta manera el nombre de nuestro señor Jesús será honrado por vuestra causa, y él os honrará conforme a la bondad de nuestro Dios y del señor Jesucristo. Ahora, hermanos, en cuanto al regreso de nuestro señor Jesucristo y a nuestra reunión con él, os rogamos que no cambiéis fácilmente de manera de pensar ni os dejéis asustar por ningún mensaje espiritual, discurso o carta que recibáis, como si fuera nuestra, diciendo que el día del Señor ya ha llegado.

Lucas 19,1-10

Jesús entró en Jericó e iba atravesando la ciudad. Vivía en ella un hombre rico llamado Zaqueo, jefe de los que cobraban impuestos para Roma. Quería conocer a Jesús, pero no conseguía verle, porque había mucha gente y Zaqueo era de baja estatura. Así que, echando a correr, se adelantó, y para alcanzar a verle se subió a un árbol junto al cual tenía que pasar Jesús.
Al llegar allí, Jesús miró hacia arriba y le dijo:
— Zaqueo, baja en seguida porque hoy he de quedarme en tu casa.
Zaqueo bajó aprisa, y con alegría recibió a Jesús. Al ver esto comenzaron todos a criticar a Jesús, diciendo que había ido a quedarse en casa de un pecador.  Pero Zaqueo, levantándose entonces, dijo al Señor:
— Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes; y si he robado algo a alguien, le devolveré cuatro veces más.
Jesús le dijo:
— Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque este hombre también es descendiente de Abraham. Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que se había perdido.

Comentario por Mons. Francisco González, SF

Este domingo, que es el trigésimo primer domingo del Tiempo Ordinario, quedaría anulado si celebráramos la Fiesta de Todos los Santos que fue este viernes pasado, por lo tanto, permítanme hacer un breve paréntesis para mencionar esta fiesta tan simbólica que se estableció allá por el siglo VII y que en un principio fue para recordar todos aquellos mártires que no tenían su celebración o memoria propia por falta de datos. Alguien, alguna vez, ha sugerido que se le llame a esta celebración la fiesta de la santidad anónima. Más tarde se quiso honrar a todos los santos y así la fiesta pasó de ser la conmemoración de Todos los Mártires a la de Todos los Santos.

Retomando las lecturas de este domingo, Gabriel Pérez Rodríguez hace un comentario de este pasaje bíblico (1ª lectura) que tiene una frase muy acertada, que no solamente la podemos usar para reflexionar sobre este fragmento del capítulo 11 de la Sabiduría, sino que también nos puede servir como enseñanza en los momentos que estamos viviendo aquí en Estados Unidos. Dice así: Dios no hace ostentación de poder, sino ejercita su justicia, temperada por la misericordia.

Estos versículos que se refieren a Egipto y no al Pueblo Elegido nos hablan de la benevolencia de Dios, que siendo todopoderoso, no tiene interés en demostrar su poderío, sino más bien su amor por todo lo creado, incluso por “los hombres que han pecado a quienes castiga poco a poco y reprende de manera que descubran que han pecado… y que hagan penitencia”.

Tal vez, por la valentía que me concede mi ignorancia, me atrevo a sugerir que sería bueno para los grandes poderes militares, políticos y económicos de hoy en estas pugnas que estamos viviendo, se leyeran esta primera lectura y no buscaran soluciones absolutas con el uso del poder que poseen, que por más grande que sea, es siempre limitado, y por eso mismo, busquen la sabiduría que viene de Dios, junto con su misericordia y bondad.

El santo evangelio de este domingo enlaza muy bien con los sentimientos de Dios señalados en la primera lectura. El tema de la misericordia es de lo más frecuente en el evangelio de San Lucas. Con este episodio termina la subida de Jesús y los apóstoles a Jerusalén. El próximo domingo veremos al Maestro en el Templo. Hoy nos lo encontramos con Zaqueo.

Para tratar de entrar con perspectiva en este evangelio, comienzo con la afirmación que encontramos en la primera lectura: Dios ama la vida, Dios ama todo lo que Él ha creado. Como consecuencia, nosotros, la humanidad que ha sido creada por Dios y encargada de “cultivar la tierra”, debemos amar todo ser creado y ayudarle a poder vivir la vida a plenitud. Hacer menos o impedir ese desarrollo es “no ser amigo de la vida, como el Señor lo es”.

Jesús se ve con Zaqueo, jefe de publicanos, de esa gente que oprime a los demás, que colaboran con el tirano extranjero, que quita vida a sus conciudadanos, y que, por eso mismo, él sufre la carestía de amor, de misericordia y de bondad. Su pecado le impide recibir la vida que viene de la sincera fraternidad, del ver a los demás como hermanos y hermanas.

Jesús, amante de la vida a plenitud, le llama, le visita y le reta, Zaqueo no puede resistir el ofrecimiento que le hace el Señor y decide usar lo que ha sido la causa de su pecado como instrumento de reconciliación con Dios y con sus paisanos. Por eso dice Jesús: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa”.

Como siempre, el demonio que nunca descansa, hace hablar a los otros protagonistas de esta escena, los que murmuran y critican: “Se fue a alojar, dicen de Jesús, en casa de un pecador”.

Queramos o no, todos somos ‘bajitos’ ante Dios. Tal vez debamos imitar a Zaqueo subiéndonos a un árbol, el de la cruz en nuestro caso, y así podremos ver mejor a Jesús, y a través de Él, cambiemos la forma que tenemos de ver a nuestros hermanos, sí, incluso a los pecadores, que al fin y al cabo, somos todos.