martes, 24 de mayo de 2011

Benedicto XVI: "La cima del conocimiento de Dios se alcanza en el amor".

En la reunión que Benedicto XVI mantuvo con los docentes y estudiantes de la Universidad Católica del Sagrado Corazón recordó que “fe y cultura están intrínsecamente unidas”.

El Papa reconoció que nuestro tiempo está caracterizado por “grandes y rápidas transformaciones, que se reflejan también en la vida universitaria”. “La cultura humanista parece estar afectada por un progresivo deterioro y se pone el acento en las disciplinas llamadas 'productivas', de ámbito tecnológico y económico”.

“La cultura relega a la religión fuera de los espacios de la racionalidad: en la medida en la que las ciencias empíricas monopolizan los territorios de la razón, no parece haber espacio para la razón del creer, por lo que la dimensión religiosa es relegada a la esfera de lo opinable y de lo privado”.

En este punto de inflexión histórico, “es importante consolidar e incrementar la búsqueda de toda la verdad de nuestro ser”. “Fe y cultura son manifestaciones de aquel desiderium naturale videndi Deum presente es todas las personas”. “Cuando este matrimonio se separa, la humanidad tiende a encerrarse en sus propias capacidades creativas”; por esto, es necesario que en la universidad haya “ una auténtica pasión por la cuestión de lo absoluto, la verdad misma, y por tanto también por el saber teológico”.

“La fe ilumina la búsqueda del hombre, la interpreta humanizándola, la integra en proyectos de bien, arrancándola de la tentación del pensamiento calculador, que instrumentaliza el saber y hace de los descubrimientos científicos, medios de poder y de esclavitud del hombre”.

“El horizonte que anima el trabajo universitario debe ser la pasión auténtica por el hombre. "La ciencia se desarrolla como un cultivo verdadero y custodia del universo en el servicio a la persona”, y “servir al hombre es hacer la verdad en la caridad, es amar la vida, respetarla siempre, comenzando por las situaciones en las que es más frágil e indefensa”.

“La declaración de la fe y el testimonio de la caridad son inseparables”. “La cima del conocimiento de Dios se alcanza en el amor; este amor que no se contenta con ocasionales expresiones filantrópicas, pero que transforma el corazón del hombre y lo arranca de los egoísmos que generan miseria y muerte”.

La fe cristiana “no hace de la caridad un sentimiento vago y piadoso, sino de una fuerza capaz de iluminar los senderos de la vida en todas sus expresiones. Sin esta visión, sin esta dimensión teologal original y profunda, la caridad se contenta con la ayuda ocasional y renuncia al deber profético de transformar la vida de la persona y las mismas estructuras de la sociedad”.

“Este es un compromiso específico que la misión en la Universidad os llama a realizar como protagonistas apasionados, convencidos de que la fuerza del Evangelio es capaz de renovar las relaciones humanas y penetrar el corazón de la realidad”, dijo a los presentes.

Desde esta perspectiva, Benedicto XVI concluyó diciendo que “la Capilla es el corazón que late y el alimento constante de la vida universitaria”, “un lugar del espíritu, como decía Juan Pablo II, en el que los creyentes en Cristo pueden detenerse para rezar y encontrar alimento y orientación. Es un gimnasio de virtudes cristianas, en el que la vida recibida en el bautismo crece. Es una casa acogedora y abierta para todos los que, escuchando la voz del Maestro en su interior, se convierten en buscadores de la verdad y sirven a los hombres mediante su dedicación diaria a un saber que no se limita a objetivos estrechos y pragmáticos”.

sábado, 21 de mayo de 2011

Quinto Domingo de Pascua: "La Eucarista nos debe confrontar con la vida", por Mons. Francisco Gonzalez, S.F., Obispo Auxiliar de Washington D.C.

Hechos de los Apostoles 6,1-7
Salmo 32,1-5.18-19
1 Pedro 2,4-9
Juan 14,1-12

Estamos en el Quinto Domingo de Pascua. Tomando la primera lectura (Hech. 6, 1-7) y comparando un poco la situación de aquellos días y ahora, da la impresión que la historia se repite y como si la cosa no ha cambiado mucho. Son los comienzos de la Iglesia y ya empiezan a haber sus pequeños resquicios en la unidad de la comunidad.

Aquella maravilla de relación descrita en el segundo capítulo de los Hechos, está cambiando: "Algunas viudas (las que pertenecen al grupo de los helenistas, o sea, los de afuera) no reciben la misma ayuda que las de los hebreos". Como dice un buen amigo mío, "siempre ha habido clases", y aunque todos somos iguales, parece ser que hay "quienes son más iguales que otros".

Los apóstoles piden ayuda pues no pueden llegar a todo. La comunidad responde presentando a siete varones de "buena fama, llenos del espíritu de sabiduría, de fe y del Espíritu Santo" y así un problema serio que puede afectar profundamente a la comunidad cristiana, se resuelve con la participación de todos y la Iglesia se ve bendecida con la llegada de muchos.

¿Qué puedo hacer para que, por lo menos en la comunidad de fe, dejen de haber privilegios que discriminan contra la dignidad del pobre, del humilde, del inmigrante? El evangelio (Jn. 14, 1-12) nos narra otra enseñanza de Jesús. Se nos presenta en una situación de ir y de volver, de despedida y re-encuentro que exige fe y esperanza. Una situación que mucho inmigrante tal vez la pueda comprender muy bien: tratar de convencer al resto de la familia de que su salida hacia un país extraño es necesaria para mejorar la situación de todos y que cuando tenga todo lo necesario volverá para llevárselos consigo.

En el caso de Jesús el lugar, la casa, es una persona: El Padre. El camino que lleva hasta él, también es una persona: Jesús mismo, quien se define como "el Camino, la Verdad y la Vida".

El domingo pasado se declaraba como "la Puerta para las ovejas". Más y más, según vamos leyendo las lecturas que la liturgia nos presenta cada domingo de Pascua, podemos ver que Jesús es el todo para nosotros.

La Palabra-Eucaristía que celebramos semanalmente nos debe confrontar con la vida. La Palabra-Eucaristía nos llama a una comunión, aún en medio de la diversidad que somos y representamos. Esta comunión significa la fraternidad humana, que nos dice que no podemos separar nuestra fe de nuestra vida ordinaria: vivimos en el mundo, pero no somos del mundo, sino de Dios.

Por la comunión con Jesús en la Palabra y Eucaristía recibimos la vida eterna, Jesús es la fuente íntima de mi ser y actuar. San Pedro en la segunda lectura (1 Pe. 2, 4-9) nos habla de que debemos convertirnos en constructores, porque "somos piedras vivas con las que se construye el Templo espiritual destinado al culto perfecto". La comunión con Cristo nos eleva, nos hace "raza elegida, reino de sacerdotes, nación consagrada" y esto es de todos y para todos.

Creo que sería extraordinario aceptar como reto la frase de Jesús en el evangelio de hoy cuando dice a Felipe: "El que me ha visto a mí ha visto al Padre", y cambiándola un poco pudiéramos los miembros de la Iglesia decir todos juntos, incluidos laicos, religiosos/as y clérigos: "Quien nos ve a nosotros, ve a Jesucristo". No es exageración esperar todo eso, pues al fin y al cabo ¿no es la Iglesia (todos) el cuerpo de Cristo?

domingo, 8 de mayo de 2011

Benedicto XVI: "Ser cristiano no consiste en creer en 'algo' sino en 'Alguien"

La fe cristiana no se basa en creer algo, sino en Alguien, recordó Benedicto XVI el jueves 6 de mayo (2011), en el discurso que pronunció después del concierto celebrado para festejar su sexto aniversario del inicio de su pontificado.

“Creo y Amén": son las dos palabras con las que se inicia y se concluye la Profesión de fe de la Iglesia”, dijo el Papa. “¿Qué quiere decir creo?” La palabra tiene “varios significados: indica dar confianza a alguien, estar seguros”. “Cuando decimos 'creo' en el Credo, asume un significado más profundo: es afirmar con confianza el sentido verdadero de la realidad que nos sostiene; significa acoger este sentido como el sólido terreno en el que podemos estar sin temores; es saber que el fundamento de todo, de nosotros mismos, no puede estar hecho de nosotros, sino que sólo puede ser recibido.

“La fe cristiana no dice 'Yo creo algo', sino que 'Creo en Alguien', en el Dios que se ha revelado en Jesús, en Él percibo el verdadero sentido del mundo; y este creer implica toda la persona, que está en camino hacia Él”, destacó.

“La palabra Amén, que en hebreo tiene la misma raíz que la palabra 'fe', retoma este mismo concepto: el apoyarse con confianza en la base sólida, Dios”.

Tercer Domingo de Pascua, por Mons. Francisco Gonzalez, S.F., Obispo Auxiliar de Washington, D.C.

Hechos 2, 14.22-28
Salmo 15,1-2a.5-11
1 Pedro 1, 17-21
Lucas 24, 13-35

Estamos en el Tercer Domingo de Pascua. Tanto en los días entre semana como los domingos una de las lecturas se toma siempre de los Hechos de los Apóstoles. Este librito, que a algunos les gusta llamar “el evangelio del Espíritu”, nos va relatando la experiencia de la Iglesia primitiva. Hoy vemos al apóstol Pedro (2,14.22-33) en su primer discurso misionero. Este primer Papa hace un discurso duro, enfrenta a su auditorio con la realidad que hacía poco había sucedido en medio de ellos, y como se suele decir, llamó las cosas por su nombre.

¿Cómo recibirían aquella gente estas palabras de Pedro? Posiblemente habría de todo, pero eso no importaba a Pedro, su deber era proclamar, anunciar a Jesús de Nazaret: sus obras, su muerte y su resurrección. Esta última verdad era importantísima, porque aunque “los malvados le dieron muerte”, Dios no le abandonó entre los muertos, ni permitió que su carne fuera corrompida, sino “que lo resucitó”.

La segunda lectura está tomada de la primera carta del apóstol San Pedro (1, 17-21). Nos habla del Padre y de Cristo. Cristo es el Cordero sin mancha, cuyo sacrificio fue para pagar nuestra deuda, un rescate más costoso que si lo hubiera conseguido con oro o plata. Al haber recibido tanto, nos dice que tomemos en serio estos años que vivimos fuera de la patria. El Padre va a juzgar a cada uno por sus obras, “no hace diferencias”, no acepta “influencias”, ni cae ante “las mordidas”, sino que “juzga a cada uno según sus obras”. Por eso nosotros tenemos una urgente necesidad de aceptar al Jesús Resucitado, y eso implica un cambio radical de nuestras vidas, para que sean vidas nuevas, al estilo de Nuestro Salvador.

¿Dónde encontramos al Señor?

El evangelio de hoy (Lc. 24, 13-35) nos da una ayuda muy grande. Aquí leemos el pasaje en el que San Lucas nos narra la historia de dos discípulos que abandonan Jerusalén, tal vez porque se creían que “todo había terminado” y en el camino a Emaus se encuentra con un extraño, que resulta ser Jesús mismo y que ellos lo reconocen “al partir el pan”.

¿Dónde encontramos al Señor Resucitado? En las Sagradas Escrituras: Jesús nos lleva, como de la mano, dando un paseo por las Escrituras y, “comenzando por Moisés y recorriendo todos los profetas, les interpretó todo lo que las Escrituras decían sobre él”.

¿Dónde encontramos al Señor Resucitado? En la Eucaristía: “contaron lo sucedido en el camino y como lo habían reconocido al partir el pan”.

¿Dónde encontramos al Señor Resucitado? En la Comunidad. Jesús es comunitario. No acaba de salir del desierto y enseguida forma una comunidad. Por tres años de vida pública, de caminar por Judea y Galilea, va siempre acompañado de ese grupito de discípulos que le siguen día y noche, pues él los ha llamado primero al discipulado, después a la amistad y por último a la fraternidad consigo mismo.

El Papa Juan Pablo II dijo que Dios es familia. Nosotros, imagen de Dios, heridos por el pecado pero sanados por el Señor, estamos llamados a constituir familia, la familia de los hijos de Dios, siempre con Jesús, nuestro Hermano Mayor, a la cabeza.

lunes, 2 de mayo de 2011

Nueva pagina web del Consejo Pontificio para los Laicos

Desde el 30 de abril está en internet la página oficial del Consejo Pontificio para los Laicos. La fecha escogida para el lanzamiento no es casual. “Entrar en la red de modo nuevo en la vigilia de la beatificación de Juan Pablo II expresa un deseo de rendir homenaje al pontífice que dio inmenso impulso al apostolado de los laicos y a la nueva época asociativa de los fieles”.

La página, realizada por el Servicio Informático del Vaticano con tecnología web content management, será accesible en cuatro idiomas – español, italiano, inglés y francés – y ofrecerá imágenes, noticias y documentos para presentar las actividades del Consejo.

“Con esta nueva página el Consejo Pontificio para los Laicos quiere hacerse accesible en la red en diversos idiomas, con atractivo diseño gráfico, presentando todas las actividades que organiza con las cuales busca anunciar, en las áreas de su competencia, que Jesucristo es el Salvador del mundo, Aquel que camina junto al hombre en todo ámbito de la vida”.

La nueva página ofrecerá información relacionada “con el asociacionismo laical, los movimientos eclesiales y nuevas comunidades; la pastoral juvenil, con particular atención a las Jornadas Mundiales de la Juventud de las que el dicasterio es responsable; la vocación y misión de la mujer en la Iglesia y en el mundo; la relación de la Iglesia con el mundo del deporte, vasto campo de la cultura contemporánea y medio oportuno de crecimiento integral de la persona al servicio de la paz y la hermandad entre los pueblos”.

En las páginas de las secciones se podrán encontrar, en varios idiomas, textos de profundización sobre temas relativos a los fieles laicos y su compromiso en el mundo. También se informará a través de esta página sobre el reconocimiento y la aprobación de los estatutos de nuevas asociaciones.

Las páginas de http://www.laici.va/ ofrecen noticias tanto de eventos como de seminarios de estudio, congresos continentales de laicos católicos, forum de jóvenes y asambleas plenarias de miembros y consultores del dicasterio, con fotos, videos y textos de las relaciones, permitiendo así que quienes las visitan “participen” de todas estas iniciativas.

Puede verse en http://www.laici.va/  

Segundo Domingo de Pascua, por Mons. Francisco Gonzalez, S.F., Obispo Auxiliar de Washington D.C.

Hechos 2,42-47
1 Pedro 1,3-9
Juan 20, 19-31

El domingo por la mañana han encontrado la tumba vacía. Inmediatamente después Jesús se aparece a María Magdalena que estaba desconsoladísima, y que tan afectada estaba por la muerte de su Señor y la desaparición de su cuerpo que ni lo reconoce. Una vez pasado ese primer momento y por encargo del mismo Jesús, María va en busca de los discípulos para anunciarles la buena nueva.

Sin embargo los discípulos estaban aterrorizados, en un lugar -el evangelio nos dice- “con las puertas cerradas por miedo a los judíos”. Sólo al atardecer se les cambió la vida, el corazón les dio un vuelco, porque sin que alguien llamara y sin que nadie abriera la puerta Jesús se presentó en medio de ellos y como siempre tranquilizándoles con ese saludo tan precioso como es: “La paz esté con vosotros”, y que se los vuelve a repetir al tiempo que les enseña su identificación: les mostró las manos y el costado. Sí es el Resucitado, pero con los signos de su sufrimiento y del supremo sacrificio, que le llevó a la cruz, a la tumba pero también al triunfo.

Sabiendo que había resucitado y como testigos estaban Pedro, Juan y María Magdalena, el miedo les había paralizado. El miedo a la incertidumbre, a la cárcel, a la misma muerte les había hecho cerrar las puertas, puertas no solamente de la casa, sino también de su corazón. Preferían no tomar ningún riesgo. Fue la presencia del Señor que soplando sobre ellos les dio el Espíritu Santo, y así recibieron la nueva vida, como por el soplo divino comenzó la vida en un principio.

Tal vez nos cueste imaginarnos el miedo de los discípulos, después de tantas pruebas que tenían y anuncios que el Señor les había hecho. Este hecho tal vez nos pueda ayudar a un examen de conciencia, una revisión de nuestra vida en lo que se refiere a nuestro compromiso de fe y misión.

¿Cuáles son nuestros miedos? ¿Es posible que tengamos miedo a que no nos estimen, elogien, ensalcen, prefieran o consulten? ¿Nos preocupa el que nos humillen, desprecien, calumnien, olviden o ridiculicen? ¿Tememos que se prescinda de nosotros? Tal vez nos hemos encerrado para no ser retados, gritamos más que los otros para que nadie se atreva a preguntar, no compartimos para no tener que cambiar.

Cuando los discípulos se abrieron de veras al soplo del Espíritu, más bien al “viento huracanado y poderoso el día de Pentecostés, se les acabó el miedo, a pesar de que los peligros continuaban. Ya no había necesidad de cerraduras o cerrojos, las puertas tenían que estar abiertas, y lo mismo las ventanas, y especialmente el corazón para amar, la boca para proclamar y la mente para creer.

Y así esa primera comunidad cristiana, esa primitiva iglesia se fundamentaba y desarrollaba basada en cuatro pilares como nos recuerda la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles: “perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la unión fraterna, en la fracción del pan y en la oración”. Basado en este querer aprender más, para así conocerse mejor y mejor conocer al Señor, y fortalecidos por la fracción del pan (fuente y cima de toda vida cristiana) y la oración (elevación del alma hacia Dios), eran capaces aquellos primeros seguidores de Jesús, de vender sus posesiones, tener todo en común, repartir todo de acuerdo a las necesidades de cada uno, acudir al templo y hacerlo todo con alegría y sencillez.

Esa forma de ser fue la mejor forma de proclamar la Palabra, de evangelizar. Al hablar de la Nueva Evangelización, suspirando por nuevos métodos y gran cantidad de entusiasmo, tal vez sería bueno para cada uno de los bautizados, echar una miradita a aquellos primeros discípulos del Señor, aquellos seguidores del Maestro, testigos del mismo donde estuvieran.

Pedro alaba a Dios, que por la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho renacer para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarchitable.