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lunes, 27 de agosto de 2018

1 Carta a Timoteo 5,1-16: Sobre los ancianos, jóvenes y viudas

1 No reprendas a un anciano, sino exhórtalo como a un padre. 
   Trata a los jóvenes como a hermanos,
2 a las ancianas como a madres, y a las jóvenes como a hermanas, con toda pureza.
3 Honra y atiende a las viudas que realmente están necesitadas.
4 Pero si alguna viuda tiene hijos o nietos, éstos deben aprender primero a cumplir 
   con sus deberes familiares y a ser agradecidos con sus padres, 
   porque eso es lo que agrada a Dios.
5 Hay viudas que lo son realmente, 
   porque se han quedado solas y tienen puesta su confianza en Dios, 
   consagrando sus días y sus noches a la súplica y a la oración.
6 Pero la que lleva una vida disipada, aunque viva, está muerta.
7 Incúlcales esto para que sean irreprochables:
8 el que no se ocupa de los suyos, sobre todo si conviven con él, 
   ha renegado de su fe y es peor que un infiel.
9 Para estar inscrita en el grupo de las viudas, 
   una mujer debe tener por lo menos sesenta años y haberse casado una sola vez.
10 Que sus buenas obras den testimonio de ella; 
     tiene que haber educado a sus hijos, 
     ejercitado la hospitalidad, 
     haber lavado los pies a los hermanos, 
     socorrido a los necesitados y practicado el bien en todas sus formas.
11 No inscribas, en cambio, a las viudas más jóvenes, 
     porque cuando los deseos puramente humanos prevalecen sobre su entrega a Cristo, 
     quieren casarse otra vez,
12 y se hacen culpables por faltar a su compromiso.
13 Además, si no tienen nada que hacer, 
     acaban yendo de casa en casa 
     y se dedican a charlar y a curiosear, 
     ocupándose en lo que no les importa.
14 Por eso quiero que las viudas jóvenes se casen, 
     que tengan hijos y atiendan a sus obligaciones domésticas, 
     para no dar lugar a la maledicencia de los enemigos.
15 Algunas de ellas ya han abandonado el buen camino y siguen a Satanás.
16 Si una mujer creyente tiene viudas en la familia, que se ocupe de ellas. 
     De esta manera, la Iglesia no las tendrá a su cargo 
     y quedará libre para atender a las que están realmente necesitadas.

domingo, 18 de febrero de 2018

Romanos 12,9-13: El amor fraterno

Romanos 12,9-13 

12:9 Amen con sinceridad. Tengan horror al mal y pasión por el bien.
12:10 Ámense cordialmente con amor fraterno, estimando a los otros como más dignos.
12:11 Con solicitud incansable y fervor de espíritu, sirvan al Señor.
12:12 Alégrense en la esperanza, sean pacientes en la tribulación y perseverantes en la oración.
12:13 Consideren como propias las necesidades de los santos y practiquen generosamente la hospitalidad.

sábado, 1 de julio de 2017

Domingo 13º del Tiempo Ordinario Ciclo A: La hospitalidad: Acoger al hermano es acoger a Jesús, por Fernando Torres, CMF

Domingo 13º del Tiempo Ordinario Ciclo A

2 Reyes 4,8-11.14-16a

Un día pasaba Eliseo por Sunam, y una mujer rica lo invitó con insistencia a comer. Y, siempre que pasaba por allí, iba a comer a su casa. Ella dijo a su marido: «Me consta que ese hombre de Dios es un santo; con frecuencia pasa por nuestra casa. Vamos a prepararle una habitación pequeña, cerrada, en el piso superior; le ponemos allí una cama, una mesa, una silla y un candil, y así, cuando venga a visitarnos, se quedará aquí.»  Un día llegó allí, entró en la habitación y se acostó. Dijo a su criado Guejazi: «¿Qué podríamos hacer por ella?» Guejazi comentó: «Qué sé yo. No tiene hijos, y su marido es viejo.» Eliseo dijo: «Llámala.» La llamó. Ella se quedó junto a la puerta, y Eliseo le dijo: «El año que viene, por estas fechas, abrazarás a un hijo.»

Salmo 88,2-3.16-17.18-19
R. Cantaré eternamente las misericordias del Señor


Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dije: «Tu misericordia es un edificio eterno,
más que el cielo has afianzado tu fidelidad.
R. Cantaré eternamente las misericordias del Señor

Dichoso el pueblo que sabe aclamarte:
camina, oh Señor, a la luz de tu rostro;
tu nombre es su gozo cada día,
tu justicia es su orgullo.
R. Cantaré eternamente las misericordias del Señor

Porque tú eres su honor y su fuerza,
y con tu favor realzas nuestro poder.
Porque el Señor es nuestro escudo,
y el Santo de Israel nuestro rey.
R. Cantaré eternamente las misericordias del Señor

Romanos 6,3-4.8-11

Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para Dios. Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

Mateo 10,37-42

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»

— Comentario de Fernando Torres, CMF
“La hospitalidad: Acoger al hermano es acoger a Jesús”


La primera lectura de este domingo nos cuenta la historia de una mujer que hizo sitio en su casa para acoger a un caminante. No se dice que la mujer supiese que era un profeta. Eliseo simplemente pasaba por allá. La mujer le ofrece lo que tiene: un cuarto para descansar y comida para reponer las fuerzas. La ley de la hospitalidad tiene una gran tradición en muchas culturas. También en la nuestra cultura. Es un valor que no hay que perder sino cultivar y reforzar.

Las palabras de Jesús en el Evangelio nos dan la razón profunda por la que la hospitalidad se convierte para el cristiano en algo más que una norma o una tradición. Jesús nos dice que recibir al que se acerca a nosotros, abrirle nuestra casa y nuestra amistad es como recibirle a él. Esa es la clave. Jesús mismo es el que pasa por delante de nuestra puerta y de nuestra vida. Jesús es el que nos llama y nos pide albergue.

En nuestro mundo, sin embargo, esta tradición de la hospitalidad se va perdiendo. Los otros, los desconocidos, que son la inmensa mayoría, los vemos, casi por principio, como una amenaza para nuestra tranquilidad, para nuestra paz. Los periódicos están llenos de noticias de asesinatos, robos y otras fechorías. La televisión nos trae también casi a diario imágenes preocupantes. Todo contribuye a crear un ambiente en el que desconfiar del desconocido que se nos acerca nos parece lo más natural. Valoramos mucho, quizá demasiado, nuestra seguridad, nuestra paz, nuestras cosas. Terminamos comprando armas y alarmas para protegernos y poniendo vallas alrededor de nuestras casas. Las naciones hacen lo mismo. Se refuerzan las fronteras y los ejércitos se arman hasta los dientes. No nos damos cuenta de que así no hacemos más que poner de manifiesto nuestra propia inseguridad y lo que hacemos, en el fondo, es provocar más violencia. De alguna manera, nos parecemos a los animales que atacan porque tienen miedo.

Jesús nos invita a no vivir tan centrados en nosotros mismos. Eso es lo que quiere decir cuando habla de que debemos “perder nuestra vida”. Jesús nos pide que dejemos de mirarnos a la punta de nuestra nariz, a nuestros problemas y abramos la mano al vecino, aunque piense diferente, sea de otra raza, lengua o religión. Nos encontraremos que no es más que una persona, con parecidos problemas a los nuestros, y descubriremos que juntos podemos ser más felices que separados por barreras y armas. Pero hay algo más. Desde nuestra fe, sabemos que ése que tenemos enfrente, por amenazador que parezca, es nuestro hermano. Es Cristo mismo. ¿Le esperaremos con un arma en la mano?

viernes, 3 de febrero de 2017

Hebreos 13,1-8: Vivir como cristianos

Hebreos 13,1-8
Viernes de la 4 Semana del Tiempo Ordinario, Año I

Perseveren en el amor fraternal. No se olviden de practicar la hospitalidad, ya que gracias a ella, algunos, sin saberlo, hospedaron a los ángeles. Acuérdense de los que están presos, como si ustedes lo estuvieran con ellos, y de los que son maltratados, como si ustedes estuvieran en su mismo cuerpo. Respeten el matrimonio y no deshonren el lecho conyugal, porque Dios condenará a los lujuriosos y a los adúlteros. No se dejen llevar de la avaricia, y conténtense con lo que tienen, porque el mismo Dios ha dicho: No te dejaré ni te abandonaré. De manera que podemos decir con plena confianza: El Señor es mi protector: no temeré. ¿Qué podrán hacerme los hombres? Acuérdense de quienes los dirigían, porque ellos les anunciaron la Palabra de Dios: consideren cómo terminó su vida e imiten su fe. Jesucristo es el mismo ayer y hoy, y lo será para siempre.