miércoles, 26 de diciembre de 2012

Natividad (22): Pesebre eskimo


Natividad (21): Pesebre de Zimbawe


Natividad (20): Nacimiento chileno de Patricia Cruzat Rojas


Natividad (19): Nacimiento peruano


Natividad con ángel (6): Charlie Carrillo, New Mexico (USA)


Indian Nativity (18): Caroline Sando


Natividad (17): Diana Bryer


Natividad con ángeles (5): Nazarenum de Medellín, Hijos de la Sagrada Familia

NAZARENUM DE MEDELLÍN, COLOMBIA.
HIJOS DE LA SAGRADA FAMILIA.

Natividad (16): Jozsef Dragan


Natividad con ángeles (4): Rembrandt van Rijn


Natividad con ángeles (3): Bartolomé Esteban Murillo


Natividad (15): Templo de la Sagrada Familia, Pórtico del Nacimiento


martes, 25 de diciembre de 2012

Natividad (14): Colegio Padre Manyanet, Reus (ESP)


Natividad (13): Sandro Botticelli


Natividad (12): Fra Angelico


Natividad (11): Lorenzo Di Credi


Natividad (10): Lorenzo Lotto


Natividad (9): Alberto Durero


Adoración de los Reyes Magos (vidriera): Our Lady of Perpetual Help Cathedral, Oklahoma City (USA)


Natividad (8): Nicolas Poussin


viernes, 21 de diciembre de 2012

''EVANGELIZAR A TRAVÉS DE LA ALEGRÍA'', por el P. Raniero Cantalamessa, OFMCap.



El Papa ha invitado a la Iglesia a hacer de este año [2012-2013, Año de la Fe] una oportunidad para redescubrir "la alegría del encuentro con Cristo", la alegría de ser cristianos.

Haciéndome eco de esta exhortación, voy a hablar de cómo evangelizar a través de la alegría. Lo hago permaneciendo lo más posible, en relación al tiempo litúrgico [Adviento] que vivimos, de modo que sirva también como preparación para la Navidad.

1. La alegría escatológica

En los "evangelios de la infancia", Lucas ha conseguido no solo presentarnos los hechos y los personajes sino también recrear la atmósfera y el estado de ánimo en que se vivieron esos acontecimientos. Uno de los elementos más evidentes de este mundo espiritual es la alegría. La piedad cristiana no se equivocó cuando llamó a los hechos de la infancia de Jesús, los «misterios gozosos», misterios de la alegría.

En Zacarías, el ángel promete que habrá "alegría y gozo" por el nacimiento de su hijo y que muchos "se alegrarán" por él (cf. Lc. 1, 14). Hay una palabra griega que volverá a aparecer en la boca de varios personajes y es el término agallìasis, que significa "la alegría escatológica por la irrupción del tiempo mesiánico."

Ante el saludo de María, la criatura "exultó de alegría" en el vientre de Isabel (Lc. 1, 44), preanunciando, por lo tanto, la alegría del "amigo del esposo" por la presencia del novio (Jn. 3, 29s) .

La nota alcanza un primer alto en el grito de María: "¡Mi espíritu se alegra (egallìasen) en Dios!" (Lc. 1, 47); se extiende a través de la alegría calma de los amigos y de los parientes en torno a la cuna del Precursor (cf. Lc. 1, 58), para finalmente explotar con toda su fuerza, en el nacimiento de Cristo, en el grito de los ángeles a los pastores: "Les anuncio una gran alegría" (Lc. 2, 10).

No se trata solo de algunas referencias dispersas de alegría, sino de un ímpetu de alegría calma y profunda que atraviesa los "evangelios de la infancia" de principio a fin, y se expresa de muchas maneras: en el impulso con el que María se levanta para ir donde Isabel y de los pastores para ir a ver al Niño, en los gestos humildes y típicos de la alegría, que son las visitas, los augurios, los saludos, las felicitaciones, los regalos.

Pero, sobre todo, se expresa en el estupor y en la gratitud conmovida de estos protagonistas: "¡Dios ha visitado a su pueblo! [...] ¡Se ha acordado de su santa alianza. Lo que todos los fieles habían pedido --que Dios recuerde sus promesas--, ¡ya sucedió! Los personajes de los "evangelios de la infancia" parecen moverse y hablar en la atmósfera del sueño cantado en el Salmo 126, el salmo de la vuelta del exilio:

"Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía que soñábamos:
nuestra boca se llenó de risas
y nuestros labios, de canciones.
Hasta los mismos paganos decían:
«¡El Señor hizo por ellos grandes cosas!».
¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros
y estamos rebosantes de alegría! "

María hace suya la última expresión de este salmo, cuando exclama, "Ha hecho en mi favor cosas grandes, el Todopoderoso". Estamos ante el ejemplo más puro de la "sobria embriaguez" del Espíritu. La suya es una verdadera embriaguez espiritual, pero es sobria. No se exaltan, no se preocupan en tener un puesto más o menos importante en el incipiente Reino de Dios. No se preocupan siquiera en ver el final; Simeón, de hecho, dice que el Señor ahora puede dejarlo incluso ir en paz, que desaparezca. Lo que importa es que la obra de Dios avance, no importa si con ellos o sin ellos.

2. De la liturgia a la vida

Pasemos ahora de la Biblia y de la liturgia a la vida, a la cual se dirige siempre la palabra de Dios. La intención del evangelista Lucas no es solo de narrar, sino también de involucrar a la audiencia y atraerla, como a los pastores, a una alegre procesión a Belén. "Quien lee estas líneas –dice un exegeta moderno–, está llamado a compartir la alegría; solo la comunidad concelebrante de los creyentes en Cristo, y de sus fieles, puede estar a la altura de estos textos."

Esto explica por qué los evangelios de la infancia tienen tan poco que decir a quien busca en ellos sólo la historia y tienen en cambio tanto que decir a quien busca en ellos también el significado de la historia, como hace el santo padre en su último volumen sobre Jesús.

Hay muchos hechos que acaecieron pero no son “históricos” en el sentido mas alto del término, porque no han dejado traza en la historia, no han creado nada. Los hechos relativos al nacimiento de Jesús son hechos históricos en el sentido más fuerte, porque no sólo acaecieron, sino que incidieron, y en modo determinante, en la historia del mundo.

Regresamos al tema de la alegría. ¿De dónde nace la alegría? La fuente última de la alegría es Dios, la Trinidad. Pero nosotros estamos en el tiempo y Dios está en la eternidad; ¿cómo puede fluir la alegría entre estos dos planos así distantes?

De hecho, si escudriñamos mejor la Biblia, descubrimos que la fuente inmediata de la alegría está en el tiempo: es el actuar de Dios en la historia. ¡Dios que actúa! En el punto donde "cae" una acción divina, se produce como una vibración y una ola de alegría que se extiende, después, por generaciones, incluso –en el caso de las acciones dadas por la revelación–, para siempre.

La acción de Dios es un milagro que llena de maravilla el cielo y la tierra: "¡Alégrate cielo; Yahvé lo ha hecho! --dice el profeta--, ¡clamen , profundidades de la tierra!" (Is. 44, 23; 49, 13). La alegría que viene del corazón de María y de los otros testigos de los inicios de la salvación, se basa toda ella en este motivo: ¡Dios ha auxiliado a Israel! ¡Dios ha actuado! ¡Ha hecho cosas grandes!

¿Cómo puede, esta alegría por la acción de Dios, alcanzar a la Iglesia de hoy y contagiarla? Lo hace, en primer lugar, a través de la memoria, en el sentido de que la Iglesia "recuerda" las maravillas de Dios en su favor. La Iglesia está invitada a hacer suyas las palabras de la Virgen, "Ha hecho en mi favor cosas grandes, el Todopoderoso". El Magnificat es el cántico que María cantó primero, como corifea, y ha dejado a la Iglesia que la prolongue por los siglos. ¡Grandes cosas ha hecho, en realidad, el Señor por la Iglesia, en estos veinte siglos!

Tenemos, en cierto sentido, más razones objetivas para regocijarnos, de las que tenían Zacarías, Simeón, los pastores y, en general, toda la Iglesia primitiva. Esta comenzó "esparciendo la semillapara la siembra", como lo dice el Salmo 126 mencionado anteriormente; había recibido las promesas: "¡Yo estoy con ustedes!" y los encargos: "¡Vayan por todo el mundo!". Nosotros hemos visto el cumplimiento. La semilla creció, el árbol del Reino se ha hecho inmenso. La Iglesia de hoy es como el sembrador que "vuelve con alegría, trayendo sus gavillas".

¡Cuántas gracias, cuántos santos, cuánta sabiduría de doctrina y riqueza de instituciones, cuánta salvación obrada en ella y por ella! ¿Cuál palabra de Cristo no ha encontrado su perfecto cumplimiento? Ha encontrado cierto cumplimiento la palabra: "En el mundo tendrán tribulación" (Jn. 16, 33), pero también la ha encontrado las palabras: "Las puertas del infierno no prevalecerán" (Mt. 16, 18).

¿Con derecho puede la Iglesia hacer suyo, ante las filas sinnúmero de sus hijos, la maravilla de la antigua Sión y decir: “¿Quién me ha dado a luz a estos? Yo no tenía hijos y era estéril; ¿y a estos quién los crió?" (Is. 49, 21). ¿Quién, mirando hacia atrás con los ojos de la fe, no ve cumplidas perfectamente en la Iglesia las palabras proféticas dirigidas a la nueva Jerusalén, reconstruida después del exilio?: "Alza los ojos en torno y mira: todos se reúnen y vienen a ti; tus hijos vienen de lejos [...]. Tus puertas, siempre abiertas, [...] para que entren a ti las riquezas de los pueblos" (Is. 60, 4.11).

¡Cuántas veces la Iglesia ha tenido que ampliar, en estos veinte siglos --aunque si no siempre, sí ha sucedido con prontitud y sin resistencia--, el "espacio de su tienda", es decir, la capacidad de acoger, para dejar entrar la riqueza humana y cultural de los diversos pueblos! Para nosotros, hijos de la Iglesia que nos nutrimos "por la abundancia de su pecho", se nos dirige la invitación del profeta a alegrarnos por la Iglesia, a "llenarnos de alegría por ella", después de haber asistido a su duelo (cf. Is. 66,10).

La alegría por la acción de Dios llega, por lo tanto a nosotros, los creyentes de hoy, a través de la memoria, porque vemos las grandes cosas que Dios ha hecho por nosotros en el pasado. Pero nos llega también de otra manera no menos importante: a través de la presencia, ya que constatamos que incluso ahora, en el presente, Dios está obrando entre nosotros, en la Iglesia.

Si la Iglesia quiere encontrar, en medio de todas las angustias y las tribulaciones que la afligen, la vía del coraje y de la alegría, debe abrir bien los ojos sobre lo que Dios está haciendo hoy en ella. El dedo de Dios, que es el Espíritu Santo, está escribiendo todavía en la Iglesia y en las almas y está escribiendo historias maravillosas de santidad, de tal manera que un día –cuando desaparezca todo lo negativo y el pecado–, harán, tal vez, ver a nuestro tiempo con asombro y santa envidia.

¿Actuando así, cerramos quizá los ojos a los tantos males que afligen a la Iglesia y a las traiciones de tantos de sus ministros? No, pero desde el momento en que el mundo y sus medios de comunicación no destacan, de la Iglesia, sino estas cosas, es bueno por una vez elevar la mirada y ver también su lado luminoso, su santidad.

En cada época –incluso en la nuestra–, el Espíritu dice a la Iglesia, como en la época del Deuteroisaías: "Pues desde ahora te cuento novedades , secretos que no conocías; cosas creadas ahora, no antes, que hasta ahora no habías oído" (Is. 48, 6-7).

¿No es una "cosa nueva y secreta", este poderoso aliento del Espíritu que reanima el pueblo de Dios y despierta en medio de este, carismas de todo tipo, ordinarios y extraordinarios? ¿Este amor por la palabra de Dios? ¿Esta participación activa de los laicos en la vida de la Iglesia y en la evangelización? ¿El compromiso constante del magisterio y de tantas muchas organizaciones en favor de los pobres y de los que sufren, y el deseo de reparar la unidad rota del Cuerpo de Cristo? ¿En qué época pasada, la Iglesia ha tenido una serie de papas doctos y santos como desde hace un siglo y medio a hoy, y tantos mártires de la fe?

3. Una relación diferente entre la alegría y el dolor

Del plano eclesial pasamos al plano existencial y personal. Hace unos años hubo una campaña promovida por el ala del ateísmo militante, cuyo eslogan publicitario, publicado en el transporte público de Londres, decía: "Probablemente Dios no existe. Así que deja de atormentarte y disfruta de la vida": “There’s probably no God. Now stop worrying and enjoy your life”.

El elemento más insidioso de este slogan no es la premisa "Dios no existe" (que debe ser probado), sino la conclusión: "¡Disfruta de la vida!". El mensaje subyacente es que la fe en Dios impide disfrutar de la vida, es enemiga de la alegría. ¡Sin este habría más felicidad en el mundo! Tenemos que dar una respuesta a esta insinuación que mantiene alejados de la fe sobre todo a los jóvenes.

Jesús ha obrado, en el plano de la alegría, una revolución de la que es difícil exagerar el alcance y que puede ser de gran ayuda en la evangelización. Es una idea que creo ya haber dicho en este mismo lugar, pero el tema lo requiere. Hay una experiencia humana universal: en esta vida placer y dolor se suceden con la misma regularidad con la que, cuando al alzarse una ola en el mar, le sigue una disminución y un vacío que succiona al náufrago. "Un no sé qué de amargo –escribió el poeta pagano Lucrecio–, surge del íntimo mismo de cada placer y nos angustia en medio de las delicias".

El uso de drogas, el abuso del sexo, la violencia homicida, proporcionan la embriaguez del placer, pero conducen a la disolución moral, y a menudo también física, de la persona. Cristo ha invertido la relación entre el placer y el dolor. El "por el gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo" (Hb. 12,2). Ya no es un placer que termina en sufrimiento, sino un sufrimiento que lleva a la vida y a la alegría. No se trata solo de una diferente sucesión de las dos cosas; es la alegría, de este modo, la que tiene la última palabra, no el sufrimiento, y una alegría que durará para siempre. "Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y la muerte no tiene ya señorío sobre él" (Rm. 6,9). La cruz termina con el Viernes Santo, la dicha y la gloria del Domingo de Resurrección se extienden para siempre.

Esta nueva relación entre sufrimiento y placer se refleja incluso en la forma de referirse al tiempo en la Biblia. En el cálculo humano, el día empieza con la mañana y termina de noche; para la Biblia comienza con la noche y termina con el día: "Y fue la tarde y fue la mañana del primer día", dice el relato de la creación (Gn. 1,5). Incluso en la liturgia, la solemnidad comienza con las vísperas de la vigilia. ¿Qué quiere decir esto? Que sin Dios, la vida es un día que termina en la noche; con Dios, es una noche (a veces una "noche oscura"), pero termina en el día, y un día sin ocaso.

Pero hay que evitar una fácil objeción: ¿la alegría es por lo tanto solo después de la muerte? ¿Esta vida no es, para los cristianos, más que un "valle de lágrimas"? Al contrario, ninguno experimenta en esta vida la verdadera alegría como los verdaderos creyentes. Se dice que un día un santo clamó a Dios: "¡Basta con la alegría! Mi corazón no la puede contener más". Los creyentes, exhorta el Apóstol, son "spe gaudentes", gozosos en la esperanza (Rm. 12, 12), que no significa solo que "esperan ser felices" (por supuesto, en el más allá), sino también que "son felices de esperar", felices ya ahora, gracias a la esperanza.

La alegría cristiana es interior; no viene desde fuera, sino desde dentro, como algunos lagos alpinos que se alimentan, no por un río que fluye desde el exterior, sino a partir de una fuente de agua que brota desde su mismo fondo. Nace del actuar misterioso y presente de Dios en el corazón humano en gracia. Puede hacer por lo tanto, que se abunde de alegría incluso en los sufrimientos (cf. 2 Co. 7, 4). Es "fruto del Espíritu" (Ga. 5, 22; Rm. 14, 17) y se expresa en la paz del corazón, plenitud de sentido, capacidad de amar y de ser amado, y por encima de todo, en la esperanza, sin la cual no puede haber alegría.

En 1972, el Consejo de Europa, a propuesta de Herbert von Karajan, adoptó como himno oficial de la Europa unida el Himno a la Alegría que concluye la Novena Sinfonía de Beethoven. Este es sin duda uno de los picos de la música mundial, pero la alegría que allí se canta es una alegría deseada, no realizada; es un grito que se eleva desde el corazón humano, más que una respuesta a la misma.

En el himno de Schiller, que inspiró la letra del mismo, se leen palabras inquietantes: "Aquellos que han tenido la dicha de tener un amigo o una buena esposa, que ha conocido, aunque sea por una hora, qué cosa es el amor, estos se acerquen entonces; pero quien no ha sabido nada de todo esto, mejor que se aleje, llorando, de nuestro círculo". Como se puede ver, la alegría que los hombres "beben de los pechos de la naturaleza" no es para todos, sino solo para algunos privilegiados de la vida.

Estamos lejos del lenguaje de Jesús que dice: "Vengan a mí todos los que estan fatigados y sobrecargados, y yo les daré descanso" (Mt. 11, 28). El verdadero himno cristiano a la alegría es el Magnificat de María. Este habla de una exultanza (agalliasis) del espíritu por lo que Dios ha hecho en ella, y lo hace para todos los humildes y los hambrientos de la tierra.

4. Testimoniar la alegría

Esta es la alegría de la que tenemos que dar testimonio. El mundo busca la alegría. "Al solo escucharla nombrar --escribe san Agustín--, todos se alzan y te miran, por así decirlo, a las manos, para ver si eres capaz de dar algo a su necesidad".

Todos queremos ser felices. Es lo que es común a todos, buenos y malos. Quien es bueno, es bueno para ser feliz; quién es malo no sería malo sino esperase del poder, para así, ser feliz. Si todos amamos la alegría es porque, de alguna manera misteriosa, la hemos conocido; si en realidad no la hubiésemos conocido --si no fuésemos hechos por ella--, no la amaríamos. Este anhelo de la alegría es el lado del corazón humano naturalmente abierto a recibir el mensaje alegre.

Cuando el mundo llama a la puerta de la Iglesia –incluso cuando lo hace con violencia y con ira–, es porque busca la alegría. Los jóvenes sobretodo buscan la alegría. El mundo a su alrededor es triste. La tristeza, por así decirlo, nos toma de la garganta, en la Navidad más que en el resto del año. No es una tristeza que depende de la falta de bienes materiales, porque es mucho más evidente en los países ricos que en los pobres.

En Isaías leemos estas palabras, dirigidas al pueblo de Dios: "Dicen sus hermanos que los odian, que los rechazan a causa de mi Nombre: que Yahvé muestre su gloria y participemos de su alegría" (Is. 66, 5). El mismo desafío enfrenta silenciosamente al pueblo de Dios, aún hoy. Una Iglesia melancólica y temerosa no estaría, por lo tanto, a la altura de su tarea; no podría responder a las expectativas de la humanidad y especialmente de los jóvenes.

La alegría es el único signo que incluso los no creyentes son capaces de percibir y que puede meterlos seriamente en crisis. No tanto los argumentos y los reproches. El testimonio más hermoso que una esposa puede dar a su marido es un rostro que muestre la alegría, porque eso dice, por sí mismo, que él ha sido capaz de llenar su vida, de hacerla feliz. Este es también el testimonio más hermoso que la Iglesia puede prestar a su Esposo divino.

San Pablo, dirigiéndole a los cristianos de Filipos aquella invitación a la alegría que da el tono a toda la tercera semana de Adviento: "Estén siempre alegres en el Señor; se los repito, estén alegres". explica también cómo se puede ser testigo, en la práctica, de esta alegría: "Que su afabilidad sea conocida de todos los hombres" (Flp. 4, 4-5). La palabra "afabilidad" traduce aquí un término griego (epieikès), que indica todo un conjunto de actitudes conformado de misericordia, indulgencia, capacidad de saber ceder, de no ser obstinado. (¡Es la misma palabra de la que se deriva la palabra epicheia, usada en el derecho!).

Los cristianos dan testimonio, por lo tanto, de la alegría cuando ponen en práctica estas disposiciones; cuando, evitando cualquier amargura e inútil resentimiento en el diálogo con el mundo y con los demás, saben irradiar confianza, imitando de esta forma, a Dios, que hace llover su agua también sobre los injustos. Quien es feliz, por lo general, no es amargo, no siente la necesidad de puntualizar todo y siempre; sabe relativizar las cosas, porque conoce de algo que es aún más grande. Pablo VI, en su Exhortación apostólica sobre la alegría, escrita en los últimos años de su pontificado, habla de una "visión positiva sobre las personas y sobre las cosas, fruto de un espíritu humano iluminado y del Espíritu Santo."

Incluso dentro de la Iglesia, no solo hacia los que están fuera, existe una necesidad imperiosa del testimonio de la alegría. San Pablo dijo de sí mismo y de los demás apóstoles: "No es que pretendamos dominar por encima de su fe, sino que contribuimos a su gozo" (2 Co. 1, 24). ¡Qué maravillosa definición de la tarea de los pastores de la Iglesia! Colaboradores de la alegría: aquellos que infunden seguridad a las ovejas del rebaño de Cristo, los capitanes valientes, con su sola mirada tranquila, alientan a los soldados implicados en la lucha.

En medio de las pruebas y los desastres que afligen a la Iglesia, sobre todo en algunas partes del mundo, los pastores pueden repetir, incluso hoy en día, esas palabras que Nehemías, un día, después del exilio, dirigió al pueblo de Israel abatido y en llanto: "No estén tristes ni lloren [...], porque la alegría de Yahvé es su fortaleza" (Ne 8, 9-10).

Que la alegría del Señor, Santo Padre, venerables padres, hermanos y hermanas, sea realmente, nuestra fuerza, la fuerza de la Iglesia. ¡Feliz Navidad!

viernes, 14 de diciembre de 2012

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO, C, por Mons. Francisco González, SF.

Sofonías 3,14-18
Salmo Is. 12,2-3. 4bcd. 5-6: Gritad jubilosos: 
"Que grande es en medio de ti el santo de Israel."
Filipenses 4,4-7
Lucas. 3,10-18

Sofonías 3,14-18

Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, Israel; alégrate de todo corazón, Jerusalén. El Señor ha cancelado tu condena, ha expulsado a tus enemigos. El Señor será el rey de Israel, en medio de ti, y ya no temerás. Aquel día dirán de Jerusalén: "No temas, Sión, no desfallezcan tus manos. El Señor, tu Dios, en medio de ti, es un guerrero que salva. El se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta."

Salmo Is. 12,2-3. 4bcd. 5-6:
Gritad jubilosos: "Que grande es en medio de ti 
el santo de Israel."

El Señor es mi Dios y salvador: confiaré y no temeré,
porque mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación.
Y sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación.
R. Gritad jubilosos: "Que grande es en medio de ti 
el santo de Israel."

Dad gracias al Señor, invocad su nombre,
contad a los pueblos sus hazañas,
proclamad que su nombre es excelso.
R. Gritad jubilosos: "Que grande es en medio de ti 
el santo de Israel."

Tañed para el Señor, que hizo proezas,
anunciadlas a toda la tierra;
gritad jubilosos, habitantes de Sión:
"Que grande es en medio de ti el Santo de Israel."
R. Gritad jubilosos: "Que grande es en medio de ti 
el santo de Israel."

Filipenses 4,4-7

Hermanos: Estad siempre alegres en el Señor; os repito, estad siempre alegres. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca. Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y súplica con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios. Y la paz de Dios, que sobre pasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.

Lucas. 3,10-18

En aquel tiempo la gente preguntaba a Juan: "¿Entonces qué hacemos?"   El contestó: "El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo." Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron: "¿Maestro, qué hacemos nosotros?" El les contestó: "No exijáis más de lo establecido." Unos militares le preguntaron: "¿Qué hacemos nosotros?"    El les contestó: "No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie, sino contentaos con la paga." El pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dejo a todos: "Yo os bautizo con agua; pero viene uno que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. El os bautizará con el Espíritu Santo y fuego; tiene en la mano el bieldo para aventar su parva y reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga." Añadiendo otras muchas cosas, exhortaba al pueblo y le anunciaba el Evangelio.

Comentario de Mons. Francisco González, S.F.
Obispo Auxiliar de Washington, D.C.

Si buscamos palabras claves en las lecturas que se nos proponen para estos domingos de Adviento, me atrevería a señalar para el primero la vigilancia, el estar atentos. El pasado domingo, o sea el segundo domingo la palabra que podríamos señalar es la esperanza. Este tercer domingo es la alegría, y así nos la presenta tanto el profeta Sofonías como el apóstol Pablo en el pasaje de su carta a los Filipenses que hoy leemos.

El Pueblo de Dios ha sufrido un exilio y en la mente de muchos fue por castigo de Dios debido a su alejamiento de su voluntad. Ahora el profeta Sofonía les dice: “Que se regocijen, que griten de júbilo porque el Señor ha cancelado su deuda, ha expulsado a su enemigos y principalmente, porque el Señor está en medio de ellos”.

Estamos en medio del Adviento para recordar el Nacimiento de Jesús, del Enmanuel, del Dios con nosotros. La cercanía del Señor, su presencia, su entrega es la razón que Pablo aduce para que se sientan felices, para que estén alegres.

Siendo verdad todo eso, como lo es, también nosotros debemos celebrar, alegrarnos en esa presencia de Jesús en medio de nosotros, y de una forma especial en esa unión tan íntima como es el recibirlo en la Santa Eucaristía.

Por lo que respecta a Dios, por todo lo que Dios hace por nosotros, su amor, su entrega, su perdón, debemos estar gozosos, aunque hay algo más. La semana pasada escuchábamos al profeta Juan gritando: preparad el camino del Señor… hay que allanar algunos tramos, otros debemos elevarlos, también rebajar otros, sin olvidar de enderezar por aquí e igualar por allá. No queda otra cosa, sino trabajar ese camino.

El impacto de su prédica afectó a muchos y hubo quienes se le acercaron con esa pregunta, que sin duda alguna, debe ser también la nuestra: ¿Qué debemos hacer?

Y se acercaron a Juan los que tenían sus bolsos llenos, los que tenían la autoridad, los que disfrutaban de mando.

Juan les dice que hay que cambiar, no se puede continuar como hasta ahora, hay necesidad profunda de un bautismo (limpieza), de conversión (cambio) si aspiramos a ser perdonados.

Hace bastantes años había un movimiento llamado “por un mundo mejor”. Eso es lo que predica Juan, una sociedad más justa, más verdadera, más humana y para conseguirlo el que tenga que dé al que no tiene. Así es la cosa. Pensemos por un momento en nuestros garajes, donde ni siquiera podemos poner el carro; en nuestros armarios, principalmente esos llamados walking closets, como si fueran lugares para pasear; en nuestros refrigeradores que al abrirlos saltan la inmensidad de platillos, botellines, botellas, salsas y todo lo demás.

Cambiemos de onda. Hay gente que no tienen walking closets porque no los necesitan, no tienen nada que poner en ellos. Hay gente que no tienen cuenta corriente, pues carecen del dinero para tenerla abierta. Hay también quienes están pidiendo favores, pues carecen de libertad. Hay quienes van encorvados pues todo el mundo echa su carga sobre ellos.

¿Qué debemos hacer? ¿De veras lo quieres saber? Si no estamos dispuestos a la verdad, mejor no preguntar. Así le pasó al joven que preguntó a Jesús: ¿Qué debo hacer para salvarme? Y Jesús, por alguna razón, le recuerda solo los mandamientos que se refieren al prójimo, aunque es verdad que su quebrantamiento también es ofensa contra Dios: “No matar, no cometer adulterio, no robar, no dar falso testimonio, no estafar y honrar a los padres”. Cuando pide algo más el Señor le sugiere que venda todas sus posesiones, reparta el dinero entre los pobres, y que después le siga.

¿Qué debemos hacer? Hacer una sociedad fraternal, justa, sin violencia ni opresión, en solidaridad con todos, especialmente con los más necesitados. Estamos hablando mucho de la Nueva (dos mil años) Evangelización, preparamos planes pastorales, diseñamos páginas web y muchas cosas más llenas de buena voluntad. ¿Tendrá todo eso la fuerza suficiente para transformar a mejor el mundo en el que vivimos?

Juan, profeta de Dios, precursor del Mesías, el hombre más grande nacido de mujer: ¿Qué debemos hacer?

SAN JUAN DE LA CRUZ, poeta místico y asceta. Doctor de la Iglesia, por Isabel Orellana Vilches
















La vida ascética tiene en este santo castellano uno de los mejores ejemplos de entrega total a Dios. La existencia de este carmelita es una heroica gesta de amor a Dios desde el principio hasta el fin de la misma. Creyó que todo aquel que ofrece su vida por Cristo la salva, y no se arredró haciendo de su acontecer un compendio de renuncias y sacrificios amén de sufrir el desdén de algunos de los suyos.

- Familia

Sus padres, Gonzalo de Yepes y Catalina Álvarez, tejedores de profesión y residentes en Fontiveros (Ávila), recibieron con gozo a este segundo de los tres hijos que conformarían la familia, cuando nació en 1542.

Al enviudar Catalina, quedaron en una situación económica de gran precariedad, y para tratar de contrarrestarla, primeramente se estableció con sus hijos en Arévalo (Ávila), y después en Medina del Campo (Valladolid).

Gracias a la caridad ajena, Juan pudo formarse en el colegio de los Niños de la Doctrina, a cambio de prestar su ayuda en la misa, entierros, oficios, y pedir limosna.

- Estudios con los jesuitas

En 1551 la generosidad de caritativas personas le permitió continuar estudios en el colegio de los jesuitas. Tenía que hacer un hueco para trabajar en el Hospital de las Bubas, donde se atendían a los afectados por enfermedades venéreas, hasta que decidió convertirse en carmelita. De haber continuado con los jesuitas posiblemente hubiera tenido otras opciones más ventajosas para él y para su familia, pero Juan tomó la vía que estaba destinada para él.

A sus 21 años había sido un alumno ejemplar y tenía la base idónea para ingresar en la Universidad salmantina. Era profeso cuando comenzó sus estudios en ella en 1564. Allí contó con excepcionales profesores y tres años más tarde se convirtió en bachiller en Artes.

- Conoce a Teresa de Ávila

El año 1564 fue significativo en su vida. Aparte de haber sido prefecto de estudiantes, fue ordenado sacerdote y conoció a santa Teresa de Jesús. Hacía años que practicaba severas mortificaciones corporales iniciadas siendo alumno de los jesuitas y al ingresar en la Orden carmelita, pidió permiso para continuar realizándolas.

Hombre de intensa oración, amaba tanto la soledad que, en un momento dado, no descartó ser Cartujo. Ya llevaba grabado en su espíritu la preciada convicción que nos ha legado: "A la tarde te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado y deja tu condición".

La santa de Ávila, que había oído hablar de su virtud, lo reclamó para que le ayudase en la reforma carmelitana que pensaba llevar a cabo. Muy impresionada al conocerlo, no tuvo dudas de que estaba ante un santo. Él la acompañó y fueron parejos en la heroica entrega y ardor apostólico.

Juan dejó el reguero de su amor a Dios en Castilla y Andalucía, así como un futuro espléndido en Salamanca, que hubiera acogido con gusto su sabiduría. Fundó en Valladolid, Duruelo, Mancera y Pastrana, ostentando oficios de subprior y maestro de novicios. Fue rector en Alcalá de Henares, vicario y confesor de las carmelitas del Monasterio abulense de la Encarnación, a petición de santa Teresa, entre otras misiones relevantes.

- Cántico Espiritual

Sus propios hermanos se levantaron contra el celo apostólico del santo, resistiéndose a una reforma que solo pretendía conquistar una mayor fidelidad al carisma. En un entramado de secretas ambiciones y resentimientos, fue apresado y recluido en un minúsculo e inhóspito lugar durante nueve meses, dejándolo en inenarrables y pésimas condiciones. Sufrió de forma indecible física y espiritualmente. La soledad y la oscuridad en su espíritu, combatida con férrea confianza en la divina Providencia, fueron el germen del incomparable Cántico Espiritual. Previendo una muerte inminente, recibió el consuelo del cielo y, con él, la libertad, que obtuvo evadiéndose de noche a escondidas de sus guardianes: sus hermanos.

Reforzado en su experiencia mística y determinación a dar a conocer al único Dios Amor, se trasladó a Beas de Segura (Jaén), donde siguió ayudando a las carmelitas. Allí entabló fraterna amistad con la religiosa Ana de Jesús.

Luego fundó un colegio en Baeza, y prosiguió su incansable recorrido por Granada y Córdoba, donde estableció otro convento en 1586. Todo se le quedaba corto para entregárselo a Cristo. La sed de sufrimiento para asemejarse a Él ardía dentro de sí: "Padecer, Señor, y ser menospreciado por Vos". Vio realizado este anhelo.

Tras nuevo convulso Capítulo en su Orden, mientras se hallaba destinado en Segovia lo despojaron de sus misiones y exiliaron a México. No llegó a marcharse. Viajó a La Peñuela camino de Andalucía. Enfermó y lo trasladaron a Úbeda, donde fue tratado con impávida frialdad por su prior, y mal atendido desde el punto de vista médico.

Este gran místico, poeta genial de Dios, murió a los 49 años la madrugada del 14 de diciembre de 1591. Fue beatificado por Clemente X el 25 de enero de 1675, y canonizado por Clemente X el 27 de diciembre de 1726. Pío XI lo declaró doctor de la Iglesia en 1926, y Juan Pablo II en 1993 patrono de los poetas.

Fuente: ZENIT.org

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lunes, 10 de diciembre de 2012

LOS ORIGENES DEL ADVIENTO


— A partir del siglo IV

Es difícil de determinar con exactitud el origen del Adviento, pero sabemos que el término adventus era ya conocido en la literatura cristiana de los primeros siglos.

La traducción latina Vulgata de la Sagrada Escritura (siglo IV) designó con el término adventus la venida del Hijo de Dios al mundo, en su doble dimensión de advenimiento en la carne (encarnación) y advenimiento glorioso (parusía).

Ambos significados se encuentran a lo largo de la historia del tiempo litúrgico del Adviento, aunque el sentido de “venida” cambió a “momento de preparación para la venida”.

Desde finales del siglo IV y durante el siglo V, cuando las fiestas de Navidad y Epifanía iban cobrando una importancia cada vez mayor, en las iglesias de Hispania y de las Galias se empieza a sentir el deseo de consagrar unos días a la preparación de estas celebraciones.

Dejando de lado un texto ambiguo atribuido a San Hilario de Poitiers, la primera mención de la celebración del Adviento la encontramos en el canon 4 del Concilio de Zaragoza (año 380): “Durante veintiún días, a partir de las XVI calendas de enero (17 de diciembre), no está permitido a nadie ausentarse de la iglesia, sino que debe acudir a ella cotidianamente” (H. Bruns, Canones Apostolorum et Conciliorum II, Berlín, 1893, 13-14).

El tiempo del Adviento fue uno de los últimos ciclos que entraron a formar parte del año litúrgico (siglo V).

— Tiempo de penitencia

Los concilios de Tours (año 563) y de Macon (año 581) nos informan de unas observancias previas a la celebración de la Navidad. San Gregorio de Tours (fallecido en el año 490) escribe sobre tales observancias una simple referencia. Leemos en el canon 17 del Concilio de Tours que los monjes “deben ayunar durante el mes de diciembre, hasta Navidad, todos los días”.

El canon 9 del Concilio de Macon ordena a los clérigos, y probablemente también a los fieles, que “ayunen tres días por semana: el lunes, el miércoles y el viernes, desde la festividad de San Martín hasta Navidad, y que celebren en esos días el Oficio Divino como se hace en Cuaresma” (Mansi, IX, 796 y 933).  Según estos textos el tiempo de adviento tuvo en sus orígenes un carácter penitencial y ascético.

Las primeras noticias sobre la celebración del tiempo litúrgico del Adviento son de mediados del siglo VI y proceden de la iglesia de Roma. Este Adviento romano tenía al principio seis semanas aunque durante el pontificado de Gregorio Magno (590-604) se redujo a cuatro.

— Doble espera

El significado teológico original del Adviento presenta varias interpretaciones. Algunos autores consideran que, bajo el influjo de la predicación de Pedro Crisólogo (siglo V), la liturgia de Adviento preparaba para la celebración del nacimiento de Cristo y sólo más tarde –-a partir de la consideración de consumación perfecta en su segunda venida– su significado se desdoblaría incluyendo la espera gozosa de la Parusía.

Hay también partidarios de la tesis contraria: el Adviento comenzó como un tiempo dirigido hacia la Parusía, esto es, el día en que el Redentor coronará definitivamente su obra. En cualquier caso, resulta difícil atribuir uno u otro aspecto a las lecturas escriturísticas o a los textos eucológicos de este tiempo litúrgico.

El calendario romano actualmente en vigor conserva la doble dimensión teológica que constituye al Adviento en un tiempo de esperanza gozosa:

“El tiempo de Adviento tiene una doble razón de ser: es el tiempo de preparación para las solemnidades de Navidad, en las que se conmemora la primera venida del Hijo de Dios, y es también el tiempo en el que por este recuerdo se dirigen las mentes hacia la expectación de la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos. Por estas dos razones el Adviento se nos manifiesta como tiempo de una expectación piadosa y alegre” (Calendario Romano, Normas universales sobre el año litúrgico y sobre el calendario, 39).

FUENTES:
primeroscristianos.wordpress.com

EL ADVIENTO EN EL CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, nn. 522-524.


II. Los misterios de la infancia y de la vida oculta de Jesús

Los preparativos

522 La venida del Hijo de Dios a la tierra es un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos. Ritos y sacrificios, figuras y símbolos de la "Primera Alianza"(Hb 9,15), todo lo hace converger hacia Cristo; anuncia esta venida por boca de los profetas que se suceden en Israel. Además, despierta en el corazón de los paganos una espera, aún confusa, de esta venida.

523 San Juan Bautista es el precursor (cf. Hch 13, 24) inmediato del Señor, enviado para prepararle el camino (cf. Mt 3, 3). "Profeta del Altísimo" (Lc 1, 76), sobrepasa a todos los profetas (cf. Lc 7, 26), de los que es el último (cf. Mt 11, 13), e inaugura el Evangelio (cf. Hch 1, 22; Lc 16,16); desde el seno de su madre ( cf. Lc 1,41) saluda la venida de Cristo y encuentra su alegría en ser "el amigo del esposo" (Jn 3, 29) a quien señala como "el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Jn 1, 29). Precediendo a Jesús "con el espíritu y el poder de Elías" (Lc 1, 17), da testimonio de él mediante su predicación, su bautismo de conversión y finalmente con su martirio (cf. Mc 6, 17-29).

524 Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda Venida (cf. Ap 22, 17). Celebrando la natividad y el martirio del Precursor, la Iglesia se une al deseo de éste: "Es preciso que él crezca y que yo disminuya" (Jn 3, 30).

sábado, 8 de diciembre de 2012

THE FIRSTBORN OF GOD. THE BIRTH OF MARY’S SON JESUS, LUKE 2:1-21, Eugene La Verdiere, SSS., Archdiocese of Chicago, 2007. Liturgy Training Publications.



















The Firstborn of God. The Birth of Mary´s Son, Jesus, Luke 2:1-21
Eugene La Verdiere, SSS
Liturgy Training Publications
Archdiocese of Chicagom 2007

Os presento un libro que nos ayuda a comprender los evangelios de la infancia de Jesús. El P. Eugenio La Verdiere, SSS., pone su atención en el relato de la infancia narrado por Lucas pero las alusiones al Evangelio de Mateo son constantes en todos los capítulos del libro.

Se trata de una obra de 104 páginas, sencilla y fácil de entender, aunque exigente en sus explicaciones, lo cual a veces no es fácil de combinar en la exégesis bíblica.

He buscado su traducción en español a través de internet y no la he encontrado. Parece ser que la única edición es en inglés. A ver si las editoriales (Paulinas, Claret, etc.) se animan porque este libro merece la pena.

viernes, 7 de diciembre de 2012

Adviento: "El centro de la fe no es un dogma, o una verdad, una doctrina o un principio ético; es una persona: Jesucristo", P. Raniero Cantalamessa, OFMCap.

PRIMERA PRÉDICA DE ADVIENTO DEL P. RANIERO CANTALAMESSA, OFMCap.

El padre Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, predicará durante este Adviento sobre estos tres eventos:

- el Año de la Fe
- el quincuagésimo aniversario del Concilio Vaticano II
- el Sínodo sobre la nueva evangelización y la transmisión de la fe cristiana.

El predicador franciscano inició este viernes su sermón abordando el significado de tener un Catecismo de la Iglesia Católica (CIC), al que comparó con la partitura de una obra musical. Y exhortó a pasar “de la partitura a la ejecución, de la página muda a algo vivo que sacuda el alma”.

El padre Cantalamessa afirmó que el centro del CIC “no es un dogma, o una verdad, una doctrina o un principio ético; es una persona: ¡Jesucristo!”, y recordó que “al inicio de la Iglesia era clara la distinción entre kerigma y didaché.

El kerigma, que Pablo llama también 'el evangelio', se refería a la obra de Dios en Cristo Jesús, el misterio pascual de la muerte y resurrección, y consistía en fórmulas breves de fe, como la que se puede deducir del discurso de Pedro en el día de Pentecostés: 'Ustedes lo mataron clavándole en la cruz, Dios le resucitó y lo ha constituído Señor'.

La didaché, en cambio, indicaba la enseñanza sucesiva a la llegada de la fe, el desarrollo y la formación completa del creyente.

Estaban convencidos (especialmente Pablo) que la fe, como tal, germinaba solo en presencia del kerigma. Este no era un resumen de la fe o una parte de la misma, sino la semilla de la cual nace todo lo demás. También los cuatro evangelios fueron escritos más tarde, precisamente con el fin de explicar el kerigma.

“Nuestra situación ha vuelto a ser la misma que en el tiempo de los apóstoles –afirma el predicador franciscano–. Ellos tenían ante sí un mundo precristiano para predicar el evangelio; nosotros tenemos ante nosotros, al menos en cierta medida y en algunos sectores, un mundo poscristiano para reevangelizar”.

Imágenes del Adviento: Sueño de José, de Lucas Jordán


Imágenes del Adviento: Sueño de José, de Rembrandt


Imágenes del Adviento: Sueño de José


Imágenes del Adviento: Sueño de José, de Gaetano Gandolfi


Imágenes del Adviento: Sueño de san José, de Lorenzo Tiepolo


Imágenes del Adviento: Sueño de José, Santuario Nacional de Elizabeth Ann Seton (Maryland, USA)


Imágenes del Adviento: Sueño de José, de George de La Tour


jueves, 6 de diciembre de 2012

Imágenes del Adviento: Anunciación de He Qi


SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO, C

Baruc 5,1-9
Salmo 125: El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres
Filipenses 1,4-6.8-11
Lucas 3,1-6

Baruc 5,1-9

Jerusalén, quítate tu ropa de duelo y aflicción, y vístete para siempre el esplendor de la gloria que viene de Dios. Envuélvete en el manto de la justicia que procede de Dios, pon en tu cabeza la diadema de gloria del Eterno. Porque Dios mostrará tu esplendor a todo lo que hay bajo el cielo. Pues tu nombre se llamará de parte de Dios para siempre: Paz de la Justicia y Gloria de la Piedad. Levántate, Jerusalén, sube a la altura, tiende tu vista hacia el Oriente y ve a tus hijos reunidos desde oriente a occidente, a la voz del Santo, alegres del recuerdo de Dios. Salieron de ti a pie, llevados por enemigos, pero Dios te los devuelve traídos gloria, como un trono real. Porque ha ordenado Dios que sean rebajados todo monte elevado y los collados eternos, y colmados los valles hasta allanar la tierra, para que Israel marche en seguro bajo la gloria de Dios. Y hasta las selvas y todo árbol aromático darán sombra a Israel por orden de Dios. Porque Dios guiará a Israel con alegría a la luz de su gloria, con la misericordia y la justicia que vienen de él.

Salmo 125,1-2ab.2cd-3.4-5.6: 
El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía soñar;
la boca se nos llenaba de risas,
la lengua entre cantares.
R. El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres

Hasta los gentiles decían:
"El Señor ha estado grande con ellos".
El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres.
R. El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres

Que el Señor cambie nuestra suerte
como los torrentes del Negueb.
Los que sembraban con lagrimas,
cosechan entre cantares.
R. El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres

Al ir, iban llorando,
llevando la semilla,
al volver, vuelven cantando,
trayendo sus gavillas.
R. El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres

Filipenses 1,4-6.8-11 

Rogando siempre y en toda mis oraciones con alegría por todos vosotros a causa de la colaboración que habéis prestado al Evangelio, desde el primer día hasta hoy; firmemente convencido de que, quien inició en vosotros la buena obra, la irá consumando hasta el Día de Cristo Jesús. Pues testigo me es Dios de cuánto os quiero a todos vosotros en el corazón de Cristo Jesús. Y lo que pido en mi oración es que vuestro amor siga creciendo cada vez más en conocimiento perfecto y todo discernimiento,  llenos de los frutos de justicia que vienen por Jesucristo, para la gloria y alabanza de Dios.

Lucas 3,1-6

En el año quince del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea; Filipo, su hermano, tetrarca de Iturea y de Traconítida, y Lisanias tetrarca de Abilene; en el pontificado de Anás y Caifás, fue dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Y se fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: Voz que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas; todo barranco será rellenado, todo monte y colina será rebajado, lo tortuoso se hará recto y las asperezas serán caminos llanos. Y todos verán la salvación de Dios.

Comentario por Mons. Francisco González, SF,
Obispo Auxiliar de Washington, D.C.

El domingo pasado se hacía un gran énfasis en “la atención y vigilancia”. En este segundo domingo de Adviento encontramos una invitación a la esperanza. En la primera lectura encontramos el final del libro de Baruc. Lo que este autor nos ha dejado son cuatro páginas: una introducción de tipo histórico, un servicio penitencial, una exhortación a la sabiduría y una profecía llena de promesas de felicidad para un pueblo que había salido de su tierra a pie y encadenado y que ahora se le invita a “despojarse del vestido de luto y aflicción y a vestir las galas perpetuas de la gloria de Dios”. Ese Dios se ha comprometido a arreglar los caminos, allanándolos para que no se cansen y poniendo árboles para que los protejan contra el calor.

Cuando Dios invita, Él mismo provee de lo necesario para facilitar nuestra respuesta. Él es el Dios del amor que sufre el alejamiento de sus hijos/as.

En el evangelio vemos a Juan el profeta que predica la conversión. Este Juan está enmarcado en el tiempo y en la geografía. Se nos da una referencia al momento de la historia, al mismo tiempo que al lugar donde ejerció su ministerio. Su predicación es exigente, pide la conversión, el cambio. No pide que todo el mundo se vaya al desierto, sino que cada uno, allí donde esté, dé un cambio, vuelva al verdadero Dios.

Nos recuerda el oráculo de Isaías (Is. 40,3-5), que concuerda con la primera lectura: allanar, igualar. Igualar los caminos y “así todos verán la salvación de Dios”.

¿Qué debemos igualar en nuestra sociedad para que todos podamos participar de la salvación, del bienestar social, de gozar de la justicia y de disfrutar de la paz?

Igualar no es uniformar, no significa perder la propia identidad y convertirse en masa amorfa. “Igualar”, dice Jesús Peláez, es situarse en un nivel que haya para todos, y ésto no sólo en lo económico, sino en lo cultural, en tiempo, en derechos, recursos, esperanza de futuro. “Igualar” es acortar la distancia que existe entre ricos y pobres, entre gobernantes y gobernados, entre hombre y mujer; es acabar con la dominación de unos sobre otros. Solo se puede “igualar” desde una actitud de servicio incondicional, de poner de lado los privilegios que hacen que algunos/as sean más “iguales” que otros/as.

Cuando los profetas Isaías, Baruc y Juan el Bautista hablan de “allanar” los caminos, ¿estarán pensando en medios de comunicación entre ciudades y pueblos, o entre personas que el correr de los tiempos ha separado en categorías sociales? ¿Qué debo yo “allanar” en mis relaciones familiares, en el trabajo, en la parroquia, en el vecindario para hacer realidad esa salvación de Dios?

Tal vez no tengamos que ir muy lejos para encontrar una guía, una respuesta. San Pablo (2ª lectura) dice a los Filipenses que ora con alegría y pide que “esa comunidad de amor siga creciendo en sensibilidad… y así lleguen al día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús”.

"¡Oh Señor, Pastor de la casa de Israel…ven a rescatarnos por el poder de tu brazo…ven a enseñarnos el camino de la salvación…Hijo de David, estandarte de los pueblos y reyes, a quien clama el mundo entero, ven a libertarnos, Señor; no tardes ya”.

Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos. Todos los hombres verán la salvación de Dios.

EL ACTO DE FE ES UNA VERDADERA CONVERSIÓN, UN CAMBIO DE MENTALIDAD, Catequesis de Benedicto XVI al inicio del Adviento


Partiendo de la carta de san Pablo a los cristianos de Éfeso (cf. 1, 3-14), Benedicto XVI recordó cómo el apóstol eleva una oración de bendición a Dios, que es a la vez un himno de alabanza a su plan con respecto al hombre.

Pablo nos ayuda a entender “cómo toda la creación y, en particular, el hombre y la mujer no son el resultado de la casualidad, sino que responden a un proyecto de bondad de la razón eterna de Dios”.

Para el Apóstol “Cristo se presenta como el centro del camino, la columna vertebral de todo, que atrae la totalidad de la realidad misma, para superar la dispersión y el límite, y conducir todo a la plenitud (cf. Ef. 1, 23)”.

Este "designio benevolente" no ha permanecido en el silencio de Dios, “sino que ha venido a nosotros, se ha encarnado”. Y puesto que con la sola inteligencia y sus capacidades, el hombre no habría podido alcanzar esta revelación “fue Dios quien se ha abajado para conducir al hombre hacia el abismo de su amor”.

— La respuesta del hombre: el acto de fe

El don de Dios “es el cumplimiento del deseo del infinito y de plenitud que habita en el ser humano”. Sin embargo, la respuesta del hombre a la revelación de Dios es fundamental, es lo que el Papa denomina “el acto de fe”.

Esta respuesta no es un acto de imposición, sino que “es un dejarse, un abandonarse en el océano de la bondad de Dios”. El acto de fe es “una verdadera conversión, la fe es un cambio de mentalidad, porque el Dios que se ha revelado en Cristo y ha dado a conocer su plan de amor (..) se convierte en el sentido que sostiene la vida, la roca sobre la que se puede encontrar la estabilidad”.

En este tiempo de Adviento, Benedicto XVI invita una vez más a todos los cristianos, “a renovar la certeza de que Dios está presente: Él ha venido al mundo, convirtiéndose en un hombre como nosotros”.

Y recordó que Dios mismo quiere entrar de nuevo en el mundo, “a través de nuestra fe, nuestra esperanza, nuestro amor y hacer resplandecer su luz en la noche”.

Imágenes del Adviento: Anunciación de Francisco Zurbarán


Imágenes del Adviento: Anunciación de Tintoretto


Imágenes del Adviento: Anunciación de Botticelli (2)


Imágenes del Adviento: Anunciación de Nicolás Poussin


Imágenes del Adviento: Anunciación de Giotto