martes, 4 de octubre de 2016

¿Cómo imitar a Francisco?, por el P. Raniero Cantalamessa, OFMCap.


¿Qué nos dice hoy la experiencia de Francisco? ¿Qué podemos imitar, de él, todos y enseguida? Sea aquellos a quien Dios llama a reformar la iglesia por la vía de la santidad, sea aquellos que se sienten llamados a renovarla por la vía de la crítica, sea aquellos que él mismo llama a reformarla por la vía del encargo que cubren. La respuesta la hallamos en la aventura espiritual de Francisco: su conversión a Dios, la renuncia a sí mismo. Es así que nacen los verdaderos reformadores, aquellos que cambian verdaderamente algo en la Iglesia. Los que mueren a sí mismo, o mejor aquellos que deciden seriamente de morir a sí mismos, porque se trata de una empresa que dura toda la vida y va aún más allá ella si, como decía bromeando Santa Teresa de Ávila, nuestro amor propio muere veinte minutos después que nosotros.

Decía un santo monje ortodoxo, Silvano del Monte Athos: «Para ser verdaderamente libre es necesario comenzar a atarse a sí mismos». Hombres como estos son libres de la libertad del Espíritu; nada los detiene y nada les asusta. Se vuelven reformadores por la vía de la santidad y no solamente debido a su cargo.

¿Pero qué significa la propuesta de Jesús de negarse a sí mismo, ésta se puede aún proponer a un mundo que habla solamente de autorrealización y autoafirmación? La negación no es un fin en sí mismo, ni un ideal en sí mismo. La cosa más importante es la positiva: «Si alguno quiere venir en pos de mí»; es seguir a Cristo, tener a Cristo. Decir no a sí mismo es el medio, decir sí a Cristo es el fin. Pablo lo presenta como una especie de ley del espíritu: «Si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis» (Rom 8,13). Esto, como se puede ver, es un morir para vivir, es lo opuesto a la visión filosófica según la cual la vida humana es «un vivir para morir» (Heidegger).

Se trata de saber qué fundamento queremos dar a nuestra existencia: si nuestro «yo» o «Cristo»; en el lenguaje de Pablo, si queremos vivir «para nosotros mismos» o «para el Señor» (cf. 2 Cor 5,15; Rom 14, 7-8). Vivir «para uno mismo» significa vivir para la propia comodidad, la propia gloria, el propio progreso; vivir «para el Señor» significa colocar siempre en el primer lugar, en nuestras intenciones, la gloria de Cristo, los intereses del Reino y de la Iglesia. Cada «no», pequeño o grande, dicho a uno mismo por amor, es un sí dicho a Cristo.

Sólo hay que evitar hacerse ilusiones. No se trata de saber todo sobre la negación cristiana, su belleza y necesidad; se trata de pasar a la acción, de practicarla. Un gran maestro de espiritualidad de la antigüedad decía: «Es posible quebrar diez veces la propia voluntad en un tiempo brevísimo; y os digo cómo. Uno está paseando y ve algo; su pensamiento le dice: «Mira allí», pero el responde a su pensamiento: «No, no miro», y así quiebra su propia voluntad. Después se encuentra con otros que están hablando (lee, hablando mal de alguien) y su pensamiento le dice: «Di tú también lo que sabes», y quiebra su voluntad callando»[1].

Este antiguo Padre, como puede apreciarse, toma todos sus ejemplos de la vida monástica. Pero estos se pueden actualizar y adaptar fácilmente a la vida de cada uno, clérigos y laicos. Encuentras, si no a un leproso como Francisco, a un pobre que sabes que te pedirá algo; tu hombre viejo te empuja a cambiar de acera, y sin embargo tú te violentas y vas a su encuentro, quizás regalándole sólo un saludo y una sonrisa, si no puedes nada más. Tienes la oportunidad de una ganancia ilícita: dices que no y te has negado a ti mismo. Has sido contradicho en una idea tuya; picado en el orgullo, quisieras argumentar enérgicamente, callas y esperas: has quebrado tu yo. Crees haber recibido un agravio, un trato, o un destino inadecuado a tus méritos: quisieras hacerlo saber a todos, encerrándote en un silencio lleno de reproche. Dices que no, rompes el silencio, sonríes y retomas el diálogo. Te has negado a ti mismo y has salvado la caridad. Y así sucesivamente.

Un signo de que se está en un buen punto en la lucha contra el propio yo, es la capacidad o al menos el esfuerzo de alegrarse por el bien hecho o la promoción recibida por otro, como si se tratara de uno mismo: «Dichoso aquel siervo –escribe Francisco en una de sus Admoniciones– que no se enaltece más por el bien que el Señor dice y obra por su medio, que por el que dice y obra por medio de otro».

Una meta difícil (desde luego, ¡no hablo como alguien que lo ha logrado!), pero la vida de Francisco, nos ha mostrado lo que puede nacer de una negación de uno mismo hecha como respuesta a la gracia. La meta final es poder decir con Pablo y con él: «Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí». Y será la alegría y la paz plenas, ya en esta tierra. San Francisco con su «perfecta alegría», es un testimonio vivo de la «alegría que viene del Evangelio» (Evangelii Gaudium) de que nos ha hablado el Papa Francisco.

Raniero Cantalamessa, ofmcap. es predicador de la Casa Pontificia
NOTAS:
[1] Doroteo de Gaza, Obras espirituales, I,20 (SCh 92, p.177)

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