Mostrando entradas con la etiqueta Mortificación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mortificación. Mostrar todas las entradas

martes, 5 de julio de 2022

Isaías 58,1-12: el ayuno


1 Grita con fuerte voz, no te contengas, alza la voz como una trompeta, 
   denuncia a mi pueblo sus delitos, a la casa de Jacob sus pecados. 
2 Consultan mi oráculo a diario, muestran deseo de conocer mi camino 
   como si fueran un pueblo que practicara la justicia y no abandonase el mandato de su Dios. 
   Me piden sentencias justas, desean tener cerca a Dios.
3 ¿Para qué ayunar, si no haces caso? ¿Mortificarnos, si tú no te fijas? 
   Miren: el día de ayuno buscan su propio interés, y maltratan a sus servidores; 
4 miren: ayunan entre peleas y disputas, dando puñetazos sin piedad. 
   No ayunen como ahora, haciendo oír en el cielo sus voces.
5 ¿Es ése el ayuno que el Señor desea, el día en que el hombre se mortifica? 
   Doblar la cabeza como un junco, acostarse sobre estera y ceniza, 
   ¿a eso lo llaman ayuno, día agradable al Señor? 
6 El ayuno que yo quiero es éste: abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, 
   dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos; 
7 compartir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, 
   vestir al que ves desnudo y no despreocuparte de tu hermano. 
8 Entonces brillará tu luz como la aurora, tus heridas sanarán rápidamente; 
   tu justicia te abrirá camino, detrás irá la gloria del Señor. 
9 Entonces llamarás al Señor, y te responderá; pedirás auxilio, y te dirá: Aquí estoy. 
   Si destierras de ti toda opresión, y el señalar con el dedo, y la palabra maligna; 
10 si das tu pan al hambriento y sacias el estómago del necesitado, surgirá tu luz en las tinieblas, 
     tu oscuridad se volverá mediodía.
11 El Señor te guiará siempre, en el desierto saciará tu hambre, hará fuertes tus huesos, 
     serás un huerto bien regado, un manantial de aguas cuyas aguas nunca se agotan, 
12 reconstruirás viejas ruinas, levantarás sobre los cimientos antiguos; 
     te llamarán reparador de brechas, restaurador de casas en ruinas.

SOBRE EL MISMO TEMA:

domingo, 4 de marzo de 2018

Ayuno y abstinencia, ¿sumisión o libertad?, por la Hermana Beatriz Liaño


Tanto en el cristianismo como el islam encontramos la práctica del ayuno. A simple vista podría parecer un lazo que nos une, pero cuando se estudian con un poco de profundidad las motivaciones con las que ayunan cristianos y musulmanes descubrimos asombrados que esta práctica, antes que acercarnos, nos aleja.

Quizás es bueno reflexionar sobre estas diferencias, precisamente para comprender el verdadero sentido de la mortificación cristiana.

El islam es una religión que desconoce el amor y el perdón. La actitud fundamental del musulmán es la sumisión, a la que se llega a través del temor. De ahí que el mismo ayuno es señal de sometimiento, de subordinación.

En cambio, el espíritu de mortificación cristiano está animado por una disposición bien distinta. Los cristianos somos y nos sabemos hijos de Dios. Para nosotros la mortificación es, en primer lugar, una forma de manifestar nuestro amor a Dios, que tanto «nos ha amado hasta dar su vida por nosotros». D

Dice San Agustín que «el amor o se da entre iguales o hace iguales». Cuando se contempla de verdad a Cristo Crucificado, cuando se le ama de verdad, se comprende el sentido y la necesidad de una voluntaria mortificación, de un camino de purificación que nos permita unirnos y asemejarnos a Él, acortar las distancias entre su santidad y nuestra pobreza. No es mi intención cuestionar al buen musulmán que ayuna con ese sentimiento de temor de Dios en su corazón. Pero es cierto lo que digo. Su ayuno es muy distinto del nuestro y no se pueden poner al mismo nivel.

El sentido cristiano de la mortificación va más allá todavía, pero para comprender ese «más allá» es necesario aceptar que nacemos con una herida llamada pecado original que provoca en nosotros un cierto desorden, una inclinación al mal, una debilidad frente a nuestras pasiones que se acrecienta en la medida en que crece nuestro pecado personal. Ante la realidad de esta herida provocada por el pecado, la mortificación es maestra de virtudes y libertadora frente a tantos vicios que nos hacen esclavos del pecado. Renunciamos a lo que es lícito para alcanzar la gracia de rechazar lo que no lo es.

En este sentido, si en el musulmán el ayuno es signo de sumisión, en el cristiano el ayuno es signo de libertad, porque el gran sufrimiento de nuestra alma es lo que San Pablo expresaba diciendo: «Veo el bien que quiero y hago el mal que no quiero». La mortificación nos enseña a escoger el bien, nos enseña el arte de poseernos a nosotros mismos para poder entregarnos a los demás. El genial dominico padre Garrigou- Lagrange decía: «¿Cómo podríamos ser dulces con quien es áspero con nosotros sin saber vencernos a nosotros mismos y poseer la propia alma?».

En concreto, lo que la Iglesia pide en cuanto al ayuno y la abstinencia se recoge en un breve canon, el número 1251 del Código de Derecho Canónico: «Todos los viernes, a no ser que coincidan con una solemnidad, debe guardarse la abstinencia de carne, o de otro alimento que haya determinado la Conferencia Episcopal; ayuno y abstinencia se guardarán el miércoles de Ceniza y el Viernes Santo». La práctica tradicional en España es que no se come carne los viernes, pero ese sacrificio puede ser sustituido por una limosna o por otro sacrificio, salvo en Cuaresma, tiempo en el que no es sustituible por nada. Sobre el ayuno, el Código —redactado con el corazón materno de la Iglesia— no da normas precisas. Lo deja a la generosidad y capacidad de cada uno.

Hay que explicar que esta práctica de «no comer carne» los viernes, nació como una renuncia de los «ricos», porque los pobres no podían pagar la carne. Todavía en casa de Juan XXIII, cuando era niño, solo se comía carne en Navidad y en Pascua. La alimentación de los pobres era la polenta, el maíz en todas sus formas, verdura y fruta. Para ellos no comer carne no era un sacrificio, sencillamente porque no había otra opción.

Y, sin embargo, también los pobres deben hacer penitencia y renunciar voluntariamente y por amor de Dios a cosas que, de ordinario, son absolutamente lícitas. De hecho, puede haber una persona a la que le cueste más renunciar al café de media mañana que comer pescado un viernes. Si esa persona es generosa y le quiere ofrecer al Señor el sacrificio de no tomar ese café el viernes, el Señor lo bendecirá. Pero en Cuaresma, aunque haga el sacrificio de no tomar ese café, la Iglesia le recuerda que además debe cumplir la abstinencia de carne.

Pero, ¿por qué no se debe comer carne los viernes? Si es una ley de Iglesia, es decir, que no es un mandamiento de Dios, si se podría sustituir por otra cosa, si hay cosas que pueden costarnos más… La palabra de Dios nos ayuda a iluminar nuestras perplejidades: «¿Quiere el Señor holocaustos y sacrificios o quiere que se obedezca su voz? La obediencia vale más que el sacrificio; la docilidad, más que la grasa de carneros» (I Sam 15, 22). Al final, la decisión de aceptar este mandato de la Iglesia es una cuestión de obediencia y de amor. Es más, el verdadero sacrificio y la verdadera abstinencia es nuestra obediencia.

Hay otra razón: tampoco es despreciable la fuerza que da a nuestra oración y nuestro ofrecimiento la comunidad, el que este sacrificio de no comer carne y de ayunar lo hacemos toda la Iglesia al unísono. El Señor dijo: «Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 20). Y si además estos dos o tres se unen para hacer un sacrificio en su nombre, cuántas gracias derramará el Señor, cuántas bendiciones hará llover sobre la faz de la tierra.

Hoy en día tantos ayunan por guardar la línea, por cuidar la salud… Algunos no comen carne nunca, y no pasa nada. Solo si ayunamos por amor a Dios, o dejamos de comer carne un viernes por amor de Dios estamos haciendo una locura o una tontería. Seguramente el problema es una grave falta de fe, de verdadera experiencia de Dios. No amamos bastante para comprender el valor del sacrificio.

viernes, 26 de febrero de 2016

Génesis 37,3-28: La historia de José prefigura la de Jesús

Génesis 37,3-28

José era el preferido de Israel, porque le había nacido en la vejez, y le hizo una túnica con mangas. Al ver sus hermanos que su padre lo prefería a los demás, empezaron a odiarlo y le negaban el saludo. Sus hermanos trashumaron a Siquén con los rebaños de su padre. Israel dijo a José: "Tus hermanos deben estar con los rebaños en Siquén; ven, que te voy a mandar donde están ellos." José fue tras sus hermanos y los encontró en Dotán. Ellos lo vieron desde lejos. Antes de que se acercara, maquinaron su muerte. Se decían unos a otros: "Ahí viene el de los sueños. Vamos a matarlo y a echarlo en un aljibe; luego diremos que una fiera lo ha devorado; veremos en qué paran sus sueños." Oyó esto Rubén, e intentando salvarlo de sus manos, dijo: "No le quitemos la vida." Y añadió: "No derraméis sangre; echadlo en este aljibe, aquí en la estepa; pero no pongáis las manos en él." Lo decía para librarlo de sus manos y devolverlo a su padre. Cuando llegó José al lugar donde estaban sus hermanos, lo sujetaron, le quitaron la túnica con mangas, lo cogieron y lo echaron en un pozo vacío, sin agua. Y se sentaron a comer. Levantando la vista, vieron una caravana de ismaelitas que transportaban en camellos goma, bálsamo y resina de Galaad a Egipto. Judá propuso a sus hermanos: "¿Qué sacaremos con matar a nuestro hermano y con tapar su sangre? Vamos a venderlo a los ismaelitas y no pondremos nuestras manos en él, que al fin es hermano nuestro y carne nuestra." Los hermanos aceptaron. Al pasar unos comerciantes madianitas, tiraron de su hermano, lo sacaron del pozo y se lo vendieron a los ismaelitas por veinte monedas. Éstos se llevaron a José a Egipto.

— Comentario por Reflexiones Católicas
"José, salvación del pueblo a través de la mortificación"

Esta narración quiere explicar simbólicamente la historia de la tribu de José y de su preeminencia sobre las demás tribus, y cómo en los planes de Dios, José estaba destinado a ser la salvación del pueblo. Y todo tiene que pasar por la prueba y la mortificación.

La providencia de Dios:
La historia de José prefigura la de Jesús

Esta historia de José tiene un hilo teológico que le da sentido y unidad: la providencia del Señor lleva de la mano la vida de José y la de todo el pueblo: "Aunque vosotros pensasteis hacerme daño -dice José a sus hermanos al final de todo el episodio- Dios lo pensó para bien, para hacer sobrevivir a un pueblo numeroso".

Desde esta afirmación hemos de leer toda la narración de José y en concreto el texto de la lectura de hoy.

Existe la envidia de los hermanos de José, pero el camino que traza el odio es también camino providente por el que Dios salva a toda la familia de José. Y no es que Dios necesite ese odio para realizar esa salvación, pero, una vez que el odio existe y actúa, en eso -y a pesar de eso- actúa Dios.

En el evangelio de hoy, Jesús habla de un «hijo» enviado para cosechar los frutos de una viña, y que los viñadores matan para desembarazarse de él. Es el anuncio de su propia muerte. «Venid. Matémosle». Encontramos las mismas palabras en la página del Antiguo Testamento. La historia de José prefigura la de Jesús.

-Le vendieron por veinte monedas de plata... Por dinero, Judas vendió a Jesús a los sumos sacerdotes. Y éstos se llevaron a José a Egipto. Dios escribe recto sobre líneas torcidas. Dios se sirve de acontecimientos aparentemente contrarios a su proyecto.

Los once hermanos de José creían "haber llevado bien su asunto", al desembarazarse de ese importuno... de hecho favorecerán el "asunto de Dios". Sin que ellos lo sepan contribuyen a realizar un episodio importante de esa Historia sagrada, en la cual Dios desarrolla su designio: el pueblo hebreo se instalará durante algunos siglos en Egipto... para vivir allí un cierto número de experiencias que serán decisivas.

Asimismo, el complot y la muerte de Jesús... En apariencia, un fracaso absoluto de Dios. De hecho, su victoria absoluta. Ayúdame, Señor, a ver tu designio en los acontecimientos que me suceden y en los que suceden a tu Iglesia. Incluso en las situaciones desfavorables, creo que Tú sigues dirigiendo la historia.

«La piedra que desecharon los constructores es ahora piedra angular». José, traicionado por sus hermanos, será quien les salvará, dentro de unos años, cuando venga el hambre y ellos mismos vayan a Egipto donde encontrarán a su hermano, al que acaban de «vender». 

jueves, 11 de febrero de 2016

Isaías 58,1-9a: El falso ayuno y el ayuno agradable al Señor

Isaías 58,1-9a
Viernes después del Miércoles de Ceniza  

Así dice el Señor Dios: "Grita a plena voz, sin cesar, alza la voz como una trompeta, denuncia a mi pueblo sus delitos, a la casa de Jacob sus pecados. Consultan mi oráculo a diario, muestran deseo de conocer mi camino, como un pueblo que practicara la justicia y no abandonase el mandato de Dios. Me piden sentencias justas, desean tener cerca a Dios. "¿Para qué ayunar, si no haces caso?; ¿mortificarnos, si tú no te fijas?" Mirad: el día de ayuno buscáis vuestro interés y apremiáis a vuestros servidores; mirad: ayunáis entre riñas y disputas, dando puñetazos sin piedad. No ayunéis como ahora, haciendo oír en el cielo vuestras voces. ¿Es ése el ayuno que el Señor desea, para el día en que el hombre se mortifica?, mover la cabeza como un junco, acostarse sobre saco y ceniza, ¿a eso lo llamáis ayuno, día agradable al Señor? El ayuno que yo quiero es éste: Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos; partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo, y no cerrarte a tu propia carne. Entonces romperá tu luz como la aurora, en seguida te brotará la carne sana; te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor. Entonces clamarás al Señor, y te responderá; gritarás, y te dirá: "Aquí estoy.""

SOBRE EL MISMO TEMA:
Amor y penitencia 
El ayuno ritual y el ayuno existencial    
No vale ayunar el viernes y tratar mal al empleado