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sábado, 29 de octubre de 2022

Sobre la Violencia


Jesús frente a la violencia en el Evangelio de Mateo:

Textos
Expulsión de los mercaderes del templo de Jerusalén:

El verdadero enemigo de Cristo y los cristianos:

Violencia contra el reino de los cielos:

El Sermón de la Montaña: nuevo discurso sobre Dios


El Cristo del Sermón de la Montaña revela el mundo de los hombres tal como es -un espacio infestado por la violencia-, pero, al mismo tiempo, interpela a sus discípulos a fin de construir un nuevo orden de valores donde cada uno sea respetado por lo que es, acogiendo su identidad y encomendándolo a Dios, cuyo amor no discrimina. 

A la violencia, constitutiva de toda sociedad humana, el Jesús del Sermón de la Montaña invita a un cambio radical, a una oposición no-violenta que es, verdaderamente, una declaración de guerra a la violencia de los hombres. 

Ahora bien, el Sermón de la Montaña contiene, por su radicalidad, una violencia hecha a la lógica del mundo: un nuevo discurso sobre Dios que suscita violencia y oposición contra aquél que es el predicador. Jesús deberá, pues, asumir la violencia que sus palabras provocan. Por lo que sólo la Pasión permitirá que se realice plenamente, en Jesús, ese nuevo discurso sobre Dios.

Tesis 5: En el Sermón de la Montaña, y de manera programática, el Jesús de Mateo rompe con la lógica de la violencia. La Palabra que él pronuncia es realmente Palabra de alteridad en tanto que enuncia lo inaudito. El Sermón de la Montaña anticipa aquello que se va a realizar plenamente en la Pasión de Jesús. La muerte en cruz es el lugar donde Jesús muestra, con toda fuerza, la palabra inaudita del Sermón de la Montaña. En el Gólgota, Jesús se revela verdaderamente como «Hijo de Dios» que rompe la lógica de la violencia y ofrece un lugar donde descubrir el nuevo rostro del Padre que el Sermón de la Montaña anunciaba.

Conclusión

Dentro del contexto de la narración mateana, Mt 11,12 sitúa los ministerios de Juan Bautista y del Jesús terrestre en un período de conflicto violento que caracteriza la proximidad del Reino de Dios. En términos apocalípticos, una lucha sin tregua se desencadena entre Dios y sus aliados, por un lado, y el mundo de los hombres, bajo el poder del diablo (Mt 4,8), por otro. En esta lucha, Jesús adopta la siguiente actitud: por una parte, anuncia la justicia retributiva de Dios sobre aquéllos que se oponen a la venida del Reino; por otra, proclama la palabra radicalmente no violenta del Sermón de la Montaña.

En Mateo, la cruz revela la violencia última contra Jesús. Contrariamente a lo que se pudiera esperar (véase Mt 22,41), el fruto de esa violencia no sería el juicio, sino el advenimiento de un tiempo nuevo donde la alianza y el perdón (Mt 26,28) serán proclamados, de ahora en adelante, por los discípulos de Jesús (Mt 28,16-20).


La "sangre del justo" como signo de cambio


Jesús anuncia en Mt 23,30.35, en línea con la tradición veterotestamentaria, que la sangre de los justos y de los profetas debe caer sobre los escribas y fariseos. 

El Dios de la retribución se halla aquí en el corazón de las invectivas de Jesús. Judas sufre esta lógica retributiva, habiendo «entregado sangre inocente» (Mt 27,4), precedido por la palabra de Jesús que pronunció sobre él (Mt 26,24). Después de su muerte es enterrado en el campo de la sangre (27,6-8). Por otro lado, Pilato se «lava las manos» y se declara inocente de la sangre de Jesús (27,24), a lo que el pueblo responde que su sangre recaiga sobre ellos y sobre sus hijos (27,25). El homicidio llama al homicidio, la sangre llama a la sangre. Nos encontramos todavía ante la ley del talión, la ley de la sangre.

Existe, sin embargo, otra interpretación propuesta por Jesús en camino hacia su Pasión y ya no del Jesús de las invectivas de Mt 23: durante la última cena, Jesús anuncia que su sangre será derramada «por muchos para el perdón de los pecados» (26,28). Ya no habrá más venganza, esa sangre será el signo de la Alianza y del perdón. 

Entre Mt 23,30 y Mt 26,28 hay, pues, un verdadero cambio: la sangre ya no recae como una maldición, sino que se convierte en signo de perdón.

Tesis 4: En la tradición veterotestamentaria, la sangre derramada injustamente reclama reparación,
es decir, la sangre del culpable debe ser derramada en compensación. En el Evangelio de Mateo, especialmente en el capítulo 23, Jesús se vale de esta lógica retributiva para pronunciar la condena sobre escribas y fariseos. Es durante la última cena que esta lógica se rompe: la sangre de Jesús es signo de alianza y perdón.

La violencia del Dios de Jesús contra sus oponentes


Uno se pregunta si tal violencia de los hombres no hace que el Reino de Dios se vuelva él mismo violento, si el predicador del Reino no es llevado él mismo a responder a la violencia de los hombres por medio de una violencia vengativa de Dios. En la lógica cultural y religiosa de Mateo, la violencia contra los profetas demanda un juicio de Dios. 

Es cierto que en el primer Evangelio encontramos palabras de venganza, por tanto violentas, de Jesús. La siguiente enumeración nos permitirá hacernos una idea de la importancia del tema de la violencia retributiva (justicia retributiva) del Dios del Jesús mateano:

Mt 11,21-24: maldición contra Corozaín, Betsaida y Cafarnaún (v. 23: «Y tú Cafarnaún... ¡Hasta el abismo te hundirás! Mt 13,36-43: explicación de la parábola de la cizaña (v. 42: «y los arrojarán al horno de fuego: allí será el llanto y el rechinar de dientes».

Mt 18,23-35; parábola del siervo sin entrañas (v. 34: «Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que debía»).

Mt 22,11-14: parábola del banquete nupcial (v. 7: «Se airó el rey y, enviando sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad»).

Mt 23: invectivas contra escribas y fariseos; las siete maldiciones, de una extraña violencia verbal (v. 33: «¡Serpientes, raza de víboras! ¿Cómo vais a escapar a la condenación de la gehenna?»).

Mt 25,14-33: parábola de los talentos (v. 30: «Y a ese siervo inútil, echadle a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y el rechinar de dientes»).

Mt 21,33-45: parábola de los viñadores homicidas. La violencia retributiva alcanza aquí su paroxismo. 

El homicidio representa aquí el gesto último por el que se intenta ser propietario de la viña. La violencia engendra entonces violencia: el dueño castiga a los miserables haciéndoles correr la misma suerte que ellos han hecho correr a sus siervos y a su propio hijo. Importa, sin embargo, apuntar algunas diferencias entre la violencia sufrida por Jesús y Juan Bautista, y la violencia divina, anunciada por Jesús, sobre sus enemigos:

1. El Jesús de Mateo apela a la venganza, pero él no se venga. En otras palabras, la palabra de Jesús es a veces violenta, pero no sus actos. El episodio de los vendedores expulsados del Templo (Mt 21,12-13) no entra dentro de la categoría de la violencia retributiva, sino que constituye un gesto de purificación del Lugar Santo.

2. El lenguaje que utiliza normalmente el Jesús de Mateo es un lenguaje parabólico. El lenguaje metafórico puede considerarse un medio para desviar la llamada a la violencia. A no ser que se haga «violencia» al texto, las parábolas que acabamos de ver no pueden ser directamente aplicadas a Dios. No son más que imágenes y aproximaciones.

3. El marco narrativo al que Mateo somete a ciertas parábolas de juicio podría llevar a matizar la violencia de los propósitos. Así, en Mt 18, la parábola del siervo sin entrañas (vv. 23-35) es precedida por la parábola de la oveja perdida (vv. 12-14).

4. En la tradición veterotestamentaria, la función del lenguaje de juicio recurre a la repetición. El Jesús de Mateo ha mostrado que la amenaza del juicio divino no concierne sólo a Israel o a los incrédulos, sino también a figuras del relato en las que los miembros de la comunidad mateana pueden, sin duda, reconocerse (el siervo sin entrañas, el banquete nupcial...).

5. La violencia puesta en boca del Jesús mateano (véase Mt 23 en particular) se explica también por el contexto histórico en el que está insertada la comunidad. En cierto modo, uno se puede preguntar si la violencia verbal no tiene un efecto catalizador de una violencia física o moral experimentada.

Tesis 2: En Mateo, Jesús y los jefes del pueblo se hallan en una relación de violencia recíproca, en el sentido de que Jesús, mediante su actitud y sus palabras, provoca a los jefes del pueblo y, por otro lado, los jefes del pueblo rechazan a Jesús. En el transfondo del discurso del Jesús de Mateo se divisa un Dios justo a la vez que violento, un Dios temible que restituye a cada uno según sus obras. Este juicio divino, siempre bajo forma metafórica, es trasladado a un futuro escatológico que evita que Jesús y sus discípulos resulten en el tiempo presente como los depositarios. Es decir, las palabras de juicio resuenan como una advertencia dirigida de igual manera a los discípulos.

La muerte de Jesús como fin de la violencia en Dios

En la lógica narrativa de Mateo, la muerte de Jesús es la última violencia contra el Reino. La última violencia hecha a Dios en la persona de su Hijo. Sin embargo, esta última violencia que debería haber conducido lógicamente a una violencia de rechazo de Dios mismo (véase la parábola de los viñadores homicidas) se transforma en Jesús en la aceptación de la no violencia y de la no venganza, tanto en hechos como en palabras. Esta aceptación de la violencia sin demandar la venganza se opera en tres etapas:

1. En Getsemaní (Mt 26,36-35), Jesús acepta sufrir la violencia al aceptar la voluntad de su Padre (v. 39).

2. En el momento de su arresto (Mt 26,47-56), Jesús acepta no hacer intervenir la fuerza divina y así no responder con violencia a la violencia: «En esto, uno de los que estaban con Jesús echó mano a su espada, la sacó e, hiriendo al siervo del Sumo Sacerdote, le cortó la oreja. Dícele entonces Jesús: Vuelve tu espada a su sitio, porque todos los que empuñen espada, a espada perecerán, ¿O piensas que no puedo yo rogar a mi Padre, que pondría al punto a mi disposición más de doce legiones de ángeles?» (Mt 26,51-53).

3. Cuando Jesús muere (Mt 27,45-50), muere con él y por él una imagen de Dios: en la cruz muere el Dios de la venganza y de la retribución. 

Pueden señalarse, a continuación, cuatro puntos complementarios:

I. Es interesante constatar que fuera de una notable excepción (la parábola de los viñadores homicidas), las numerosas palabras de Jesús anunciando el juicio de Dios no están en relación con su muerte próxima. Incluso las palabras del Hijo del hombre como depositario del juicio divino no establecen ningún lazo entre dicho juicio y la muerte de Jesús (véase Mt 13,41; 16,27; 24-25).

II. Como signo narrativo del cambio que se opera, se indica el paso de la palabra virulenta de los discursos proféticos (véase Mt 23 y 24-25 en particular) al silencio de aquél que es entregado a la violencia de los hombres.

III. El abandono de Jesús por Dios, el fin del sistema antiguo (el velo del Templo rasgado) y la confesión de Jesús como «Hijo de Dios» (27,54), se proponen en Mateo dentro del marco de una interpretación apocalíptica de la cruz. Este marco apocalíptico es subrayado narrativamente por las tradiciones relativas al temblor de tierra y a la apertura de las tumbas que Mateo incluye en el relato de la muerte de Jesús (Mt 27,51b-53). Para él y con la muerte de Jesús, el eón antiguo ha acabado, el eón nuevo comienza.

IV. Es de notar también que el Jesús resucitado no pronuncia ninguna palabra de venganza ni de llamada al juicio.

Tesis 3: En un principio, Jesús llama a un juicio que él reclama de Dios, a una violencia divina que refleja, sin duda, la suya. En Getsemaní, él se rinde a la voluntad de su Dios y se abandona así a la violencia de los hombres. En la cruz, es su Dios quien le abandona: «¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?» Dicho abandono marca en Jesús el fin de una cierta comprensión de Dios. Leído desde el marco de puesta en escena apocalíptica de Mateo, la muerte de Jesús puede ser interpretada no sólo como fin de la violencia de Dios, sino como fin del sacrificio comprendido como sistema de reparación violenta de la falta: con la muerte de Jesús, empieza un tiempo nuevo donde el antiguo orden de cosas no tiene ya cabida.

viernes, 28 de octubre de 2022

Rastros de violencia en la narrativa evangélica de Mateo


A continuación, señalaremos algunos rastros de violencia que cabe descubrir a lo largo de la narración evangélica mateana:

1. La violencia contra los discípulos y contra Juan Bautista

En Mt 10, Jesús anuncia la violencia que sufrirán los discípulos en su misión de la proclamación del Reino de Dios (cf. 10,16-42; vv.21- 22: «Entregará a la muerte hermano a hermano y padre a hijo; se levantarán hijos contra padres y los matarán. Y seréis odiados de todos por causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el fin, éste se salvará»). 

Mateo 10,1-7: Convocación y misión de los Doce:
   10,7-15: Instrucciones sobre la misión
   10,16-23: Persecuciones
   10,24-33: No tengan miedo
   10,34–11,1: Jesús, signo de contradicción

El rechazo del Evangelio y la violencia que provoca en sus adversarios se explican de manera teológica: Cristo es objeto de escándalo. El odio a que están expuestos los discípulos es el resultado de la separación que provoca el Evangelio: es necesario abandonar seguridades y certezas para seguir a Cristo. Y esto es objeto de escándalo para todos los hombres, tanto judíos como paganos.

Mateo relata la muerte violenta de Juan Bautista (14,1-2). Ésta debe interpretarse dentro del marco de la violencia que la venida del Reino suscita en el ser humano. Juan Bautista es condenado a muerte porque en nombre de Dios interpela a los poderosos. En este sentido, la violencia que él sufre anuncia la violencia que sufrirá Jesús: «Os aseguro que Elías ya vino y no le reconocieron y lo trataron a su antojo. Otro tanto ha de sufrir de ellos el Hijo del hombre. Entonces comprendieron los discípulos que se refería a Juan Bautista».

2. La muerte de Jesús como resultado de la violencia 

La muerte de Jesús se inscribe, pues, dentro de esta tradición del enviado de Dios rechazado y violentado por su pueblo, bajo la influencia de sus jefes religiosos, cuyos privilegios pone en entredicho con su predicación. Dos ejemplos serán suficientes para ilustrar lo dicho:

a) Es en Mat 12,14, inmediatamente después de la controversia surgida por la interpretación radical que hace Jesús del sábado (véase 12,1-13), cuando los fariseos se reúnen para confabular contra él y eliminarlo. Desde el proyecto de Herodes al principio del Evangelio, ésta es la primera vez en que se plasma explícitamente el deseo de conducir a Jesús a la muerte. Se perfila, pues, en el horizonte del relato la condena y la muerte del enviado de Dios.

b) Son, sobre todo, los tres anuncios de la Pasión los que aquí deben ser mencionados. En ellos, la violencia que sufre Jesús no es la de los dirigentes del pueblo en tanto que judíos, sino la de todo hombre (judío o pagano) enfrentado a la palabra del predicador del Reino de los cielos. Jesús muestra a los discípulos (16,21) la perspectiva de su muerte. Él ha comprendido el carácter ineludible de ésta. Al igual que los profetas del antiguo Israel, portadores de la palabra de Dios, al igual que Juan Bautista, Jesús fue rechazado y sufrió la violencia homicida.

3. El Reino asaltado por la violencia (Mt 11,12)

Las principales interpretaciones del versículo 12 se dividen en cinco: tres interpretan positivamente, dos lo hacen de forma negativa.

a) En positivo: 

1) la «santa violencia de aquéllos que se adueñan del Reino de Dios a costa de las más duras renuncias»

2) la idea, según la cual, el Reino, a pesar de todos los obstáculos, vendrá con poder

3) «los violentos» sería la expresión con la que serían designados los discípulos de Jesús por sus 
    adversarios o incluso por ellos mismos. Esos «violentos», esos «marginados» se apoderan en 
    lo sucesivo del Reino.

b) En negativo: 

1) la violencia de los zelotas que quieren hacer advenir el Reino por las armas (y que Jesús desaprobaba)

2) en expresión de la apocalíptica judía, el combate de las fuerzas malvadas contra el Reino de Dios y sus enviados. En otras palabras, el sufrimiento de Juan Bautista y de Jesús es interpretado en términos de tribulación escatológica de los últimos días.

¿Cómo interpretar el pasaje? 

Por el contexto narrativo de Mateo, en el que está tan presente la violencia contra los enviados de Dios, estas palabras expresan la suerte reservada al Bautista y a Jesús. En sus personas es el Reino de Dios el que recibe el embate de la violencia. Los violentos son aquí los que atacan a los enviados de Dios para apoderarse de un bien que no es suyo (véase 21,38).

Está a punto de librarse un combate apocalíptico entre Dios y los poderes. El Bautista está en prisión y pronto será ejecutado. La misma suerte le aguarda a Jesús. La violencia es, pues, constitutiva del próximo advenimiento del Reino de Dios. Los que se oponen a él echan mano de la violencia. Esta interpretación enlaza con la tradición profética: el rechazo y a veces la muerte del enviado de Dios.

Tesis 1: A través de la genealogía y del relato de la infancia, Mateo señala que la violencia es constitutiva de la existencia histórica de Jesús en cuanto que procede de un linaje humano, caracterizado por la violencia y el homicidio. A esta violencia, común a todo destino humano, se une, para Mateo, la violencia suscitada por la proclamación de la proximidad del Reino de Dios. Esta proclamación que interpela al hombre en sus certezas y en su suficiencia, suscita rechazo y odio en el encuentro con el enviado de Dios.

La violencia en los orígenes de la existencia histórica de Jesús

Mateo inscribe los ministerios del Bautista y de Jesús en un período de conflicto violento provocado por la proximidad del Reino de Dios. Al ser confrontado con la violencia, el Jesús mateano apela a la justicia retributiva de Dios sobre los que se oponen a la venida del Reino. Interpretada por Mateo de acuerdo con las categorías de la apocalíptica, la muerte de Jesús se presenta como desenlace normal de la férrea lógica de la violencia. En este sentido, el Sermón de la montaña representa el reverso de la medalla.

Este ensayo pretende interpretar las enigmáticas palabras de Jesús que encontramos en el Evangelio de Mateo sobre el tema de la violencia: «Desde los días de Juan Bautista hasta ahora, el Reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan» (Mt 11,12). Los principales resultados han sido sintetizados bajo la forma de «tesis» al concluir cada una de las etapas de la investigación.

EL DESTINO DEL JESÚS DE MATEO: 
UN RECORRIDO JALONADO POR LA VIOLENCIA
La violencia en los orígenes de la existencia histórica de Jesús

La violencia está presente en los relatos de la infancia de Jesús de dos maneras diferentes:

1. La genealogía de Jesús (Mt 1,1-17) atestigua que la violencia precede la venida al mundo de Jesús. 

La lista de sus antepasados lleva en ella inscrita la historia tormentosa y violenta del pueblo de Israel: una historia de guerras y paz, de violencias y de reconciliaciones. Incluso, de manera más precisa, un detalle de esta genealogía indica que Jesús está marcado por la violencia, no solamente como miembro del pueblo de Israel, sino como miembro de un linaje particular. Después de haber presentado a Jesús como «hijo de David» (Mt 1,1), Mateo señala que «David engendró, de la que fue mujer de Urías, a Salomón (v. 6). ¿Por qué no llamarla por su nombre, Betsabé, como a las otras mujeres: Rajab, Tamar y Rut? ¿No se quiere con ello recordar el episodio en que David, una vez ha cometido adulterio con aquélla que será más tarde un antepasado de Jesús, hizo matar a su marido (2 Samuel 11).



Fresco con la genealogía de Jesús


2. En el capítulo 2, Mateo narra un acto particularmente violento, el de la matanza de los niños de Belén (Mt 2,16-18). Por medio de este asesinato colectivo, Herodes intenta desembarazarse de una competencia indeseable. Dos puntos a considerar:

La cita de cumplimiento del v.17 menciona al profeta Jeremías. Este profeta adquiere un especial
interés para Mateo que lo nombra explícitamente tres veces (Mt 2,17-18; 16,14; 27,9-10). La primera y la última referencia atestiguan la oposición mortal al Mesías de quienes le habrían de haber reconocido y acogido. La mención de Jeremías refuerza el vínculo entre los relatos de la Infancia y el de la Pasión, haciendo hincapié en el rechazo del Mesías por su pueblo, más concretamente por sus responsables religiosos. 



La matanza de los inocentes


Por otra parte, en Mt 16,14, el evangelista confirma lo anteriormente expuesto: para Mateo, Jesús fue visto por sus contemporáneos como un profeta de desgracias. Como Jeremías, también él sufrió las consecuencias: el rechazo. Para Mateo, este rechazo ya estaba inscrito al principio de la existencia terrestre de Jesús. El episodio de la matanza de los inocentes y de la huida de Jesús a Egipto debe leerse en paralelo con la historia de Moisés. Las alusiones más sugerentes son: 

1) el asesinato de todos los niños varones de Israel bajo las órdenes del Faraón (Ex 1,22), asesinato al que escapa Moisés (Ex 2,1-10); 

2); la huida de José «de noche» evoca la huida de Egipto la noche de Pascua (Ex 12,31), pero también la huida de Moisés, en peligro de muerte, cuando mata al soldado egipcio (Ex 2,11ss); la vuelta de Jesús a su país que recuerda la de Moisés. Jesús se hace, así, solidario de las desgracias de su pueblo (cf. Mt 8,17; 11,28-30), incluso en la violencia sufrida por los más pequeños y, a la cual, en la lógica del relato de Mateo, él se escapa provisionalmente.

Por tanto, desde el principio de su existencia está Jesús doblemente marcado por la violencia: violencia original (se halla en el mismo corazón de su genealogía) y violencia real (en Jesús se repite el tema veterotestamentario de la rebelión contra el enviado de Dios).


Fuente: Élian Cuviller, Jesús aux prises avec la violence dans l’Évangile de Matthieu
Études Théologiques et Religieuses 74 (1999) 335-349.

miércoles, 26 de octubre de 2022

Marcos 11,11-26: Expulsión de los mercaderes del templo

Marcos 11,11-26
Viernes de la 8 Semana del Tiempo Ordinario, año I y II

Al día siguiente, cuando salió de Betania, sintió hambre. Vio de lejos una higuera con hojas y se acercó para ver si encontraba algo; al llegar no encontró más que hojas, porque no era tiempo de higos. Entonces le dijo:
— Nunca jamás coma nadie de ti.
Los discípulos lo oyeron. Llegaron a Jerusalén, entró en el templo y se puso a echar a los que traficaban allí, volcando las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas. Y no consentía a nadie transportar objetos por el templo. Y los instruía, diciendo:
— ¿No está escrito: "Mi casa se llamará casa de oración para todos los pueblos." Vosotros, en cambio, la habéis convertido en cueva de bandidos.
Se enteraron los sumos sacerdotes y los escribas y, como le tenían miedo, porque todo el mundo estaba asombrado de su doctrina, buscaban una manera de acabar con él. Cuando atardeció, salieron de la ciudad. A la mañana siguiente, al pasar, vieron la higuera seca de raíz. Pedro cayó en la cuenta y dijo a Jesús:
— Maestro, mira, la higuera que maldijiste se ha secado.
Jesús contestó:
— Tened fe en Dios. Os aseguro que si uno dice a este monte: "Quítate de ahí y tirate al mar", no con dudas, sino con fe en que sucederá lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo: Cualquier cosa que pidáis en la oración, creed que os la han concedido, y la obtendréis. Y cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas.


SOBRE EL MISMO TEMA:

Lucas 19,45-48: Expulsión de los vendedores del Templo

Lucas 19,45-48 
Viernes de la 33 Semana del Tiempo Ordinario I y II


En aquel tiempo, entró Jesús en el templo y se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: "Escrito está: "Mi casa es casa de oración"; pero vosotros la habéis convertido en una "cueva de bandidos"." Todos los días enseñaba en el templo. Los sumos sacerdotes, los escribas y los notables del pueblo intentaban quitarlo de en medio; pero se dieron cuenta de que no podían hacer nada, porque el pueblo entero estaba pendiente de sus labios.

SOBRE EL MISMO TEMA:

Mateo 21,12-17: La expulsión de los vendedores del Templo

Mt 21,12-17: La expulsión de los vendedores del Templo


12 Después Jesús entró en el Templo y echó a todos los que vendían y compraban allí, 
     derribando las mesas de los cambistas y los asientos de los vendedores de palomas.
13 Y les decía: "Está escrito: Mi casa será llamada casa de oración, 
     pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones".
14 En el Templo se le acercaron varios ciegos y paralíticos, y él los curó.
15 Al ver los prodigios que acababa de hacer y a los niños que gritaban en el Templo: 
     "¡Hosana al Hijo de David!", los sumos sacerdotes y los escribas se indignaron
16 y le dijeron: "¿Oyes lo que dicen estos?" "Sí, respondió Jesús, ¿pero nunca han leído este pasaje: 
     De la boca de las criaturas y de los niños de pecho, has hecho brotar una alabanza?"
17 En seguida los dejó y salió de la ciudad para ir a Betania, donde pasó la noche.


SOBRE EL MISMO TEMA:

Juan 2:13-25: Expulsión de los vendedores del templo

Juan 2:13-25 (Cf. Mt 21,12-17; Mc 11,15-19; Lc 19,45-46)


13 Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén
14 y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, 
     ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas.
15 Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; 
     desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas
16 y dijo a los vendedores de palomas: 
     "Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio".
17 Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: 
     El celo por tu Casa me consumirá.

Anuncio de la resurrección de Jesús

18 Entonces los judíos le preguntaron: "¿Qué signo nos das para obrar así?"
19 Jesús les respondió: "Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar".   
20 Los judíos le dijeron: "Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, 
     ¿y tú lo vas a levantar en tres días?"
21 Pero él se refería al templo de su cuerpo.
22 Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, 
     y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado.
23 Mientras estaba en Jerusalén, durante la fiesta de Pascua, 
     muchos creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba.
24 Pero Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos
25 y no necesitaba que lo informaran acerca de nadie: él sabía lo que hay en el interior del hombre.


SOBRE EL MISMO TEMA:

El látigo de Jesús con nosotros es su misericordia ¿Le permito hacer limpieza?

El papa Francisco comenta el texto de Juan 2,15 de la siguiente manera: El látigo de Jesús con nosotros es su misericordia ¿Le permito hacer limpieza?

Texto completo de la alocución del Papa

¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

El Evangelio de hoy nos presenta el episodio de la expulsión de los vendedores del templo. Jesús “hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes” (Jn 2,15). El dinero, todo. Este gesto suscitó una fuerte impresión en la gente y los discipulos. Aparece claramente como un gesto profético, tan es así que algunos de los presentes preguntaron a Jesús: “¿Qué signo nos das para obrar así?” (v.18) ¿Quién eres tú para actuar así? – o sea, una señal divina, prodigiosa que muestre a Jesús como enviado de Dios.

Y Él respondió: “Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar” (v.19).Le replicaron: “han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?” (v.20). No habían entendido que el Señor se refería al templo vivo de su cuerpo, que habría sido destruído con la muerte en la cruz, pero que habría resucitado al tercer día. Por esto, en tres días. “Cuando Jesús resucitó –escribe el Evangelista– sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado” (v.22).

En efecto, este gesto de Jesús y su mensaje profético se entienden completamente a la luz de su Pascua. Aquí tenemos, según el Evangelista Juan, el primer anuncio de la muerte y resurrección de Cristo: su cuerpo, destruído en la cruz por la violencia del pecado, en la Resurrección se convertirá en el lugar del encuentro universal entre Dios y los hombres. Y Cristo Resucitado es precisamente el lugar del encuentro universal – ¡de todos! – entre Dios y los hombres. Por esto su humanidad es el verdadero templo, donde Dios se revela, habla, se deja encontrar; y los verdaderos adoradores de Dios no son los custodios del templo material, los detentores del poder y del saber religioso, sino aquellos que adoran a Dios “en espíritu y verdad” (Jn 4,23).

En este tiempo de Cuaresma nos estamos preparando para la celebración de la Pascua, donde renovaremos las promesas de nuestro Bautismo. Caminemos por el mundo como Jesús y hagamos de toda nuestra existencia un signo de su amor por nuestros hermanos, especialmente los más débiles y los más pobres, nosotros construimos a Dios un templo en nuestra vida. Y de esta manera lo hacemos “encontrable” para tantas personas que encontramos en nuestro camino. Si somos testimonios de este Cristo vivo, mucha gente encontrará a Jesús en nosotros, en nuestro testimonio.

Pero – nos preguntamos y cada uno de nosotros se puede preguntar – ¿en mi vida el Señor se siente verdaderamente a casa?. ¿Lo dejamos hacer “limpieza” en nuestro corazón y expulsar a los ídolos, o sea aquellas actitudes de codicia, celos, mundanidad, envidia, odio, aquella costumbre de hablar mal de los otros? ¿Lo dejo hacer limpieza de todos los comportamientos contra Dios, contra el prójimo y contra nosotros mismos, como hoy hemos escuchado en la primera Lectura? Cada uno se puede responder, en silencio en su corazón: “¿Dejo que Jesús haga un poco de limpieza en mi corazón?”. “¡Padre, tengo miedo que me apalee!”. Jesús jamás apalea. Jesús limpiará con ternura, con misericordia, con amor. La misericordia es su manera de limpiar. Dejemos, cada uno de nosotros, dejemos que el Señor entre con su misericordia – no con el látigo, no, con su misericordia – a hacer limpieza en nuestros corazones. El látigo de Jesús es su misericordia. Abrámosle la puerta para que limpie un poco.

Cada Eucaristía que celebramos con fe nos hace crecer como templo vivo del Señor, gracias a la comunión con su Cuerpo crucificado y resucitado. Jesús conoce aquello que hay en cada uno de nosotros, y conoce también nuestro más ardiente anhelo: ser habitado por Él, sólo por Él. Dejémoslo entrar en nuestra vida, en nuestra familia, en nuestros corazones. Que María Santísima, morada privilegiada del Hijo de Dios, nos acompañe y nos sostenga en el itinerario cuaresmal, para que podamos redescubrir la belleza del encuentro con Cristo, que nos libra y nos salva.



El látigo de Jesús y la justificación de la violencia

Texto que sirve como “prueba”
para que algunos justifiquen la violencia:

“Encontró en el recinto del templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados. Se hizo un látigo de cuerdas y expulsó a todos del templo, ovejas y bueyes; esparció las monedas de los cambistas y volcó las mesas; a los que vendían palomas les dijo: —Quitad eso de aquí y no convirtáis la casa de mi Padre en un mercado” (Evangelio para el tercer domingo de Cuaresma, Juan 2,13-25)

Algunos afirman que este texto prueba que Jesús no estaba en contra del uso de la violencia porque él estaba dispuesto a atacar a la gente con un látigo.

El uso de ese texto para justificar la violencia también de parte de algunos cristianos tiene una larga historia. En los otros evangelios este pasaje (Mateo 21:12; Marcos 11:15; Lucas 19:45) no incluye el látigo, por tanto, quienes justifican la violencia prefieren la versión de Juan como su texto “de prueba”. 

En Marcos, como en Juan, la palabra “expulsar” es la misma que se usa cuando Jesús “expulsa demonios” de la gente. Es una palabra —podríamos decir— “fuerte”, pero su poder coercitivo proviene de la autoridad de la voz de Jesús, una voz que transmite el Espíritu de Dios, y no violencia o fuerza física.

Entonces, ¿qué es lo que realmente sucede en ese pasaje? 

Jesús, improvisando un látigo con unas cuerdas que encontró por ahí, expulsó a las ovejas y los bueyes (seguidos por sus dueños). Luego volcó las mesas de los cambistas. Por último, le dice a los que venden palomas que se retiren. En ningún momento se afirma que azota los vendedores o golpea a las palomas en sus jaulas. Usa una cuerda para expulsar a las ovejas y los bueyes, como cualquier pastor haría.

¿Jesús se enoja con lo que está pasando en el templo de Jerusalén? Sí. 

¿Realiza una acción profética que evoca lo ocurrido en el templo con Jeremías 7:1-15? Sí. 

¿Pierde el control y llega a enojarse tanto que golpea a los comerciantes con un látigo? No, nunca golpea a los vendedores.

Nada en ese texto puede servir para justificar la violencia contra otras personas y, mucho menos, para una guerra justa. Si buscamos un ejemplo de las enseñanzas de la Iglesia frente al pecado y el extravío de los hombres recordemos entonces 1Corintios 1:22-25: “Anunciamos un Mesías crucificado… [pues] la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres”.

Sin embargo, ya que algunos cristianos justifican el uso de la violencia puede ser útil ofrecer una explicación más detallada sobre la acción de Jesús en el relato de la expulsión de los mercaderes del templo de Jerusalén.

Hasta san Agustín, nadie interpretaba Juan 2,15 para justificar la violencia o dar a entender que Jesús había golpeado a los mercaderes del templo de Jerusalén. En los primeros trescientos años de la vida de la Iglesia, Orígenes de Alejandría fue el único que comentó este pasaje, y le dio una lectura espiritual, en lugar de literal.

Y Cosmas Indicopleustes en 550 d.C. argumentó: “Lo que se alega es falso, pues de ninguna manera golpea algún ser humano, más bien adoptó un comportamiento apropiado, y lo que hizo fue retirar los animales, como está escrito: “Y después de haber hecho un látigo con cuerdas expulsó a todos del Templo, las ovejas y el ganado”. A las personas las castigó con el habla, como está escrito: “Y a los que vendían palomas les dijo: Llévense esto de aquí, y no hagan de la casa de mi Padre un mercado”.

Por tanto, ¿procede una interpretación que justique el uso de la violencia a partir del episodio que nos narra el Evangelio de Juan? Un examen de la gramática del pasaje muestra que no. Para quienes tengan interés en el texto griego original, Juan 2,15 dice:

Καὶ ποιήσας φραγέλλιον ἐκ σχοινίων πάντας ἐξέβαλεν ἐκ το  ἱερο  τά τε πρόβατα καὶ τοὺς βόας, καὶ τ ν κολλυβιστ ν ἐξέχεεν τὸ κέρμα καὶ τὰς τραπέζας ανέτρεψεν.

La traducción literal sería:

Versículo 15: “Y haciendo un látigo con las cuerdas expulsó a todos ellos del templo, tanto ovejas como bueyes, y desparramó las monedas de los cambistas, y volcó las mesas”.

Versículo 16: Jesús dice a los que venden palomas que se retiren también.

La pregunta es: ¿A qué se refiere con el “pantas” = “a todos”? ¿Está Jesús azotando a las personas y animales, o sólo a los animales? 

La respuesta es: a las ovejas y los bueyes. La primera razón para afirmar esto es que Jesús no expulsa "a todos", por ejemplo, a las palomas y a sus propietarios los expulsa en el versículo siguiente, el v.16. Por tanto, el “a todos” necesita ser explicado.

El uso de la estructura “te… kai” es importante. “Te… kai”, figura 90 veces en el Nuevo Testamento y siempre significa “tanto… como”. En este caso, “tanto ovejas como bueyes” está en aposición a “todos”, colocado aquí por Juan para aclarar a quién se refiere con “todos ellos”.



martes, 25 de octubre de 2022

Orígenes y el empleo de la alegoría para interpretar la violencia en el Antiguo Testamento

        

Los subtítulos del vídeo pueden leerse también en español


Texto del vídeo:

Si leen los argumentos de los nuevos autores ateos —Hitchens y Dawkins, Dennet, Sam Harris— encontrarán este: “El Dios de la Biblia es un Dios terrible que ordena y justifica asesinatos”. Muchos cristianos leen estos relatos también sin comprenderlos y con dificultad. Se refieren a ellos como “pasajes difíciles”, abundantes sobre todo en el Antiguo Testamento. 

Un ejemplo lo hallamos en el episodio en el que Dios ordena a Saúl que lance el “anatema” contra los amalecidas, lo cual significaba la aniquilación de cada hombre, mujer, niño y animal. Moisés extiende sus brazos en alto mientras reza y, de este modo, la batalla se decanta a su favor, finalizando con la derrota de sus enemigos. Entonces se nos dice: “Yaveh masacró a Amalec y a toda su gente al filo de la espada”.

Hasta los Cristianos más devotos pueden encontrar de mal gusto estos pasajes ¿Por qué? Porque estos relatos parecen ajenos al Dios misericordioso y compasivo del Nuevo Testamento. Jesús dice: “Amen a sus enemigos, bendigan a quienes los maldicen, recen por quienes los maltratan”

¿Cómo se puede reconciliar la crueldad de Dios en el Antiguo Testamento 
con el amor sacrificial de Dios en el Nuevo Testamento?

Esta controversia no es nueva. En los primeros tiempos de la Iglesia hubo grupos, como los gnósticos y, sobre todo, los marcionitas, que ya en el siglo II decían: “Resolvamos el problema descartando el Antiguo Testamento porque presenta un Dios malvado, no el verdadero Dios. Deshagámonos de eso y quedémonos solamente con el Nuevo Testamento que revela al verdadero Dios”.

Pero los mejores maestros en la escritura y la teólogía se negaron a rechazar el Antiguo Testamento, opuniéndose a Marción, y propusieron una lectura conjunta con el Nuevo, tomando éste como la clave de interpretación de aquél. 

Una de las grandes figuras en aquella controversia fue Orígenes de Alejandría. Su primera observación fue: “Debemos leer la Biblia desde el punto de vista del último libro de la Biblia”

¿Qué quiere decir? Orígenes se refiere al capítulo quinto del Libro del Apocalipsis, donde hallamos el vidente habla de la aparición un pergamino sellado con siete sellos. El pergamino representa la Biblia completa, es decir, toda la revelación. El sellado significa lo difícil que es leerlo e interpretarlo. Una voz que dice: “¿Quién abrirá..., quién quitará los sellos del pergamino [para que podamos leerlo]?” A continuación, aparece un cordero; para ser más exactos, un cordero que ha sido sacrificado, es decir, una creatura que transmite debilidad y bondad, mansedumbre; pues bien, esta creatura es presentada como la única que puede romper el sello y abrir el pergamino.

El punto de vista desde el que los cristianos leemos e interpretamos la Biblia, dice Orígenes, es el del “cordero sacrificado”, el “Cordero de Dios” —Jesucristo— que quita el pecado del mundo a través de su sacrificio en la cruz. Esta es la aportación de Orígenes. 

De otro modo, si leemos la Biblia desde la clave de lectura de un Dios cruel que nos mueve a ser violentos, entonces, leemos la Biblia ajenos al testimonio de Jesucristo, el cordero sacrificado. Esto era importante en el siglo II y también lo es hoy. Orígenes dijo: “Lee estos pasajes de un modo metafórico, alegórico y simbólico, como referidos al combate espiritual”. 

La finalidad del Antiguo Testamento

En el Antiguo Testamento, el pueblo de Israel representa a un pueblo que escucha y responde a la llamada (elección) de Dios en contraposición a los pueblos adoradores de ídolos (paganos). Los enemigos de Israel (amalecitas, filisteos, asirios, babilonios, griegos, romanos) representan a los pueblos (idólatras) que han rechazado o no reconocen al Dios Credor verdadero. 

Según estos relatos, ¿cómo deberíamos combatir lo que está en contra del Dios verdadero? El Antiguo Testamento dice: “Debemos combatir hasta suprimir el mal y no solamente un parte del mal”. Con esto en mente, tomemos el “pasaje difícil” en el que Dios ordena a Saúl que lance el “anatema” contra los amalecidas. 

“Anatema” significa aquí: “matar a cada hombre, mujer, niño, animal”. Saúl mata a la mayoría de ellos pero se queda con un lote en el que está Agag, el rey de los amalecitas. Tal vez, se lo queda para pedir un rescate, ¿quién sabe? Lo cierto, es que a pesar de la orden que ha recibido de Dios, Saúl decide no matarlo. A continuación, aparece en escena el profeta Samuel, el cual reprende a Saúl, desenvaina la espada, y mata a Agag, desmembrándolo. Uno haría bien en preguntarse: ¿Cómo es posible que la Biblia enseñe estas cosas? 

"¿Qué es lo que la mayoría de los pecadores hacemos con el mal?"

Ahora, piense y responda a esta pregunta: ¿Qué es lo que la mayoría de los pecadores hacemos con el mal? Muchos de nosotros lo combatimos en cierto grado, pero a menudo dejamos algo para nuestro provecho y no lo suprimimos totalmente. ¡Este es el pecado de Saúl y esta es la enseñanza que una lectura alegórica y cristiana no ofrece del episodio!

Les propongo un par de metáforas para aportar más claridad a este episodio, ya de por sí difícil. Supongamos que estoy hablando con el cardenal George y le digo amistosamente: “Estoy muy feliz de ser un sacerdote célibe. Soy célibe el 90% del tiempo”. ¿Qué pensará? ¿estará contento conmigo? O un esposo conversando con su esposa, le dice: “Cariño, te quiero, y por eso quiero que sepas que te soy fiel el 75% del tiempo”. ¿Estara la esposa contenta? O si dijera: “El abuso de menores es un problema serio en mi diócesis y, por eso, tenemos controlado un 65% de los abusos”

Algunas manifestaciones del mal son terribles y han de suprimirse completamente. Esta es la enseñanza del relato que les he mencionado. Los cristianos hemos leído este relato, al menos desde el siglo II, como una alegoría del combate espiritual que hay en el mundo y de cómo deberíamos erradicar el mal completamente. 

Nos hemos obsesionado con la historicidad de los relatos, pero los antiguos no tenían esta obsesión. Se sentían cómodos con una lectura simbólica o alegórica de los textos. Imagínese usted siendo israelita: pueblo beligerante, siempre combatiendo a sus enemigos. Usted intenta mostrar la verdad de Dios a través de un relato y echa mano de la metáfora militarista. ¿Cómo? Si habla de Dios — el todopoderoso y omnipotente— ¿qué va a decir? ¨que ¿“Yahvé mató a la tercera parte de los filisteos”? Si usted está intentando expresar el poder de Dios a través de una metáfora militarista, seguramente dirá: “Aniquiló a todos los enemigos de Israel”. El lector no ha de obsesionarse con una descripción periodística de lo que exactamente ocurrió y verlo, más bien, como una evocación de la soberanía de Dios.

Terminaré con esto: me molesta cómo los nuevos ateos, y mucha gente, se escandalizan de la violencia de los relatos de la Biblia como si la acabaran de descubrir. Nuestros exegetas y teólogos se enfrentaron a este problema desde el principio y nos dieron las claves de interpretación que hoy siguen siendo valiosas. Por eso, los cristianos leemos la Biblia a la luz del compasivo, y misericordioso, Cordero de Dios crucificado. Lea la Biblia desde esta óptica y la interpretará correctamente.


domingo, 12 de agosto de 2018

Mt 26,47-56: Arresto de Jesús

Arresto de Jesús
Cf. Mc 14,43-52; Lc 22,47-53; Jn 18,2-11

47 Jesús estaba hablando todavía, cuando llegó Judas, uno de los Doce, 
     acompañado de una multitud con espadas y palos, 
     enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo.
48 El traidor les había dado esta señal: "Es aquel a quien voy a besar. Deténganlo".
49 Inmediatamente se acercó a Jesús, diciéndole: "Salud, Maestro", y lo besó.
50 Jesús le dijo: "Amigo, ¡cumple tu cometido!". Entonces se abalanzaron sobre él y lo detuvieron.
51 Uno de los que estaban con Jesús sacó su espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, 
     cortándole la oreja.
52 Jesús le dijo: "Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro muere.
53 ¿O piensas que no puedo recurrir a mi Padre? 
     Él pondría inmediatamente a mi disposición más de doce legiones de ángeles.
54 Pero entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras, según las cuales debe suceder así?"
55 Y en ese momento dijo Jesús a la multitud: 
     "¿Soy acaso un bandido, para que salgan a arrestarme con espadas y palos? 
     Todos los días me sentaba a enseñar en el Templo, y ustedes no me detuvieron".
56 Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas.
     Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Mateo 11,11-15: "Se hace violencia contra el reino de los cielos"

Mateo 11,11-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: "Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él. Desde los días de Juan, el Bautista, hasta ahora se hace violencia contra el reino de Dios, y gente violenta quiere arrebatárselo. Los profetas y la Ley han profetizado hasta que vino Juan; él es Elías, el que tenía que venir, con tal que queráis admitirlo. El que tenga oídos que escuche."