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sábado, 21 de septiembre de 2024

Marcos 9,30-37: Segundo anuncio de la Pasión. La verdadera grandeza


Marcos 9,30-37
Martes de la 7 Semana del Tiempo Ordinario, año I y II

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no quería que nadie se entera se, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará.» Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaún, y, una vez en casa, les preguntó: «¿De qué discutíais por el camino?» Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.» Y, acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: «El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.»

SOBRE EL MISMO TEMA:


domingo, 24 de julio de 2022

25 de julio: SANTIAGO, Apóstol (Lecturas)

Hechos 4,33;5,12.27-33;12,2
Salmo 66: Oh Dios, que te alaben los pueblos, 
que todos los pueblos te alaben
2 Corintios 4,7-15
Mateo 20,20-28


Hechos 4,33;5,12.27-33;12,2

En aquellos días, los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor y hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo. Los condujeron a presencia del Sanedrín y el sumo sacerdote los interrogó: "¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre." Pedro y los apóstoles replicaron: "Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen." Esta respuesta los exasperó, y decidieron acabar con ellos. Más tarde, el rey Herodes hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan.


Salmo 66: Oh Dios, que te alaben los pueblos, 
que todos los pueblos te alaben

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
R. Oh Dios, que te alaben los pueblos, 
que todos los pueblos te alaben

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.
R. Oh Dios, que te alaben los pueblos, 
que todos los pueblos te alaben

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.
R. Oh Dios, que te alaben los pueblos, 
que todos los pueblos te alaben



Hermanos: Este tesoro del ministerio lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros. Nos aprietan por todos lados, pero no nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados; acosados, pero no abandonados; nos derriban, pero no nos rematan; en toda ocasión y por todas partes, llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte, por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. Así, la muerte está actuando en nosotros, y la vida en vosotros. Teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: "Creí, por eso hablé", también nosotros creemos y por eso hablamos; sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también con Jesús nos resucitará y nos hará estar con vosotros. Todo es para vuestro bien. Cuantos más reciban la gracia, mayor será el agradecimiento, para gloria de Dios.



En aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó:
— ¿Qué deseas?
Ella contestó:
— Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.
Pero Jesús replicó:
— No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?
Contestaron:
— Lo somos.
Él les dijo:
— Mi cáliz lo beberéis; pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre.
Los otros diez, que lo habían oído, se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús, reuniéndolos, les dijo:
— Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.

jueves, 21 de julio de 2022

Números 18,20-24: Los derechos de los levitas

Números 18,20-24:
Los derechos de los levitas

20 Y el Señor dijo a Aarón: 
     Tú no recibirás una herencia en el territorio de los israelitas ni tendrás una parte entre ellos: 
     yo soy tu parte y tu herencia.
21 Yo doy como herencia a los levitas todos los diezmos de Israel, 
     a cambio de los servicios que prestan en la Carpa del Encuentro.
22 De ahora en adelante, los israelitas no se acercarán a la Carpa del Encuentro, 
     porque cargarían con un pecado y morirían.
23 Sólo los levitas prestarán servicios en ella y cargarán con sus propias faltas. 
     Este es un decreto válido para siempre, a lo largo de las generaciones. 
     Pero no tendrán una herencia entre los israelitas,
24 porque yo les doy como herencia los diezmos que los israelitas pondrán aparte como una ofrenda 
     para el Señor. Por eso dije, refiriéndome a ellos, que no tendrán una herencia entre los israelitas.

martes, 19 de julio de 2022

Números 8,5-25: La dedicación de los levitas

Números 8,5-25:
La dedicación de los levitas

5 El Señor dijo a Moisés:
6 Separa a los descendientes de Leví de los demás israelitas, y purifícalos.
7 Para eso, deberás proceder de la siguiente manera: 
   los rociarás con agua lustral; ellos se pasarán la navaja por todo el cuerpo, 
   se lavarán la ropa y así quedarán purificados.
8 Luego tomarán un novillo, con su correspondiente oblación de harina de la mejor calidad, 
   amasada con aceite, y tú tomarás otro novillo para un sacrificio por el pecado.
9 Entonces harás acercar a los levas hasta la Carpa del Encuentro 
   y reunirás a toda la comunidad de los israelitas.
10 Una vez que hayas hechos acercar a los levitas hasta la presencia del Señor, 
    los israelitas impondrás las manos sobre ellos.
11 Luego Aarón, en nombre de todos, ofrecerá los levitas al Señor con el gesto de presentación. 
     Así quedarán destinados al servicio del Señor.
12 Los levitas impondrán sus manos sobre las cabezas de los novillos: 
     uno será ofrecido al Señor como sacrificio por el pecado, y el otro como holocausto, 
     a fin de practicar el rito de expiación en favor de los levitas.
13 Tú deberás poner a los levitas a disposición de Aarón y de sus hijos, 
     y los ofrecerás al Señor con el gesto de presentación.
14 Así pondrás aparte a los levitas para que me pertenezcas.
15 Y una vez que los hayas purificado y los hayas ofrecido con el gesto de presentación, 
     comenzarán a prestar servicios en la Carpa del Encuentro.
16 Porque ellos están dedicados a mí exclusivamente, entre todos los israelitas: 
     yo los tomé para mí en lugar de todos los que abren el seno materno, 
     o sea, de todos los primogénitos.
17 Porque todos los primogénitos de los israelitas –tanto hombres como animales– son míos: 
     yo me los consagré cuando exterminé a todos los primogénitos en Egipto.
18 Ahora tomo a los levitas en lugar de los primogénitos,
19 y se los doy a Aarón y a sus hijos, en calidad de dedicados, a fin de que presten servicios 
     para los israelitas en la Carpa del Encuentro y practiquen el rito de expiación en favor de ellos. 
     De esta manera, los israelitas no serán castigados por acercarse al Santuario.
20 Moisés, Aarón y toda la comunidad de Israel hicieron con los levitas 
     lo que el Señor había ordenado a Moisés.
21 Los levitas se purificaron de sus pecados y lavaron su ropa. 
     Luego Aarón los ofreció al Señor con el gesto de presentación 
     y practicó el rito de expiación en favor de ellos, a fin de purificarlos.
22 Después de esto, los levitas comenzaron a prestar servicios en la Carpa del Encuentro, 
     a las órdenes de Aarón y de sus hijos. 
     Ellos hicieron con los levitas lo que el Señor había ordenado a Moisés.
23 Luego el Señor dijo a Moisés:
24 Los levitas se atendrán a esto: a partir de los veinticinco años, 
     integrarán el grupo de servicio activo en la Carpa del Encuentro,
25 y a los cincuenta, cesarán en sus funciones y no prestarán más servicios.
26 Ayudarán a sus hermanos en la Carpa del Encuentro, realizando algunas tareas, 
     pero no prestarán servicios. Así procederás con los levitas en lo referente a sus funciones.

sábado, 9 de julio de 2022

Domingo de la 16 Semana del Tiempo Ordinario, Año C, por Julio González, S.F.


Comentario por el P. Julio González, S.F.

¡Qué maravilla las lecturas que hemos escuchado! Nos hablan de la hospitalidad y del sufrimiento.

Empezamos por la primera y tercera lecturas que tienen en común el gesto de la hospitalidad. Para quienes vivimos en la cultura de la propiedad privada y el no cruce, no pase... estos episodios de bienvenida son buena noticia, son evangelio. Nos hablan de nuestra fe y nos hablan de cómo es Dios.

Se ha dicho que los peregrinos, los que están de paso, los que alguna vez se han perdido, son más solidarios que los que nunca se han puesto en camino. Recordemos que Abraham y Sara han dejado su tierra obedeciendo la llamada de Dios. Son peregrinos. Sienten la dureza del camino. Y estas personas tienden a ser hospitalarias porque comprenden el cansancio de otros peregrinos. Sin embargo, el mensaje de esta primera lectura va mucho más allá. Abraham reconoce en las tres personas a quienes ofrece hospitalidad la presencia de Dios.

Hay que tener mucho amor al prójimo para ver en él a Dios mismo. Más si se trata de unos extraños que en lugar de darnos, ponen a prueba nuestra generosidad. Pues bien, todos los cristianos estamos llamados a seguir el ejemplo de Abraham y Sara.

El evangelio también nos muestra la importancia de ser hospitalarios a través de un episodio que fácilmente hubiera podido convertirse en una discusión. Marta le dice a Jesús: “¡Dile a mi hermana que se levante y haga algo!”

A veces Marta me recuerda a esta sociedad en la que vivimos. Somos capaces de producir más rápido y mucho mejor de lo que lo hicieron nuestros antepasados. Y sin embargo, nos falta lo más importante: escucharnos los unos a los otros. Estar juntos y escuchar a nuestro Dios. Por eso, Jesús le dice a Marta: "Marta, andas nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria."

No quisiera finalizar estos pensamientos sin referirme a la segunda lectura porque nos habla de algo que muchos de nosotros hemos sentido a menudo: el sufrimiento. Ojalá algún día todos nosotros podamos decir lo mismo que dice Pablo: “Hermanos: ahora me alegro de sufrir por vosotros: así completo en mi carne los dolores de Cristo”.

El sufrimiento no es un castigo o una maldición. Pablo ha descubierto en la pasión —en el sufrimiento de Jesús— el amor incondicional de Dios. Por eso, también nosotros debemos aprender a ofrecer nuestro sufrimiento por los demás, cada domingo, depositándolo sobre el altar, junto al cuerpo y la sangre de Cristo.

sábado, 25 de junio de 2022

Gálatas 5,13-15: La libertad y el amor

Gálatas 5,13-15

13 Ustedes, hermanos, han sido llamados para vivir en libertad, pero procuren que esta libertad 
     no sea un pretexto para satisfacer los deseos carnales: háganse más bien servidores 
     los unos de los otros, por medio del amor. 
14 Porque toda la Ley está resumida plenamente en este precepto: 
     Amarás a tu prójimo como a ti mismo. 
15 Pero si ustedes se están mordiendo y devorando mutuamente, 
     tengan cuidado porque terminarán destruyéndose los unos a los otros.

sábado, 11 de junio de 2022

Hechos 26,1-23: Discurso de Pablo ante el rey Agripa

Hechos 26,1-23: Discurso de Pablo ante el rey Agripa

1 Agripa dijo a Pablo: «Se te permite hablar en tu favor.» 
   Entonces Pablo extendió su mano y empezó su defensa:
2 «Me considero feliz, rey Agripa, al tener que defenderme hoy ante ti de todas las cosas de que me 
   acusan los judíos,
3 principalmente porque tú conoces todas las costumbres y cuestiones de los judíos. 
   Por eso te pido que me escuches pacientemente.
4 «Todos los judíos conocen mi vida desde mi juventud, desde cuando estuve en el seno de mi nación, 
   en Jerusalén.
5 Ellos me conocen de mucho tiempo atrás y si quieren pueden testificar que yo he vivido 
   como fariseo conforme a la secta más estricta de nuestra religión.
6 Y si ahora estoy aquí procesado es por la esperanza que tengo en la Promesa hecha por Dios a 
   nuestros padres,
7 cuyo cumplimiento están esperando nuestras doce tribus en el culto que asiduamente, noche y día, 
   rinden a Dios. Por esta esperanza, oh rey, soy acusado por los judíos.
8 ¿Por qué tenéis vosotros por increíble que Dios resucite a los muertos?
9 «Yo, pues, me había creído obligado a combatir con todos los medios el nombre de Jesús, el Nazoreo.
10 Así lo hice en Jerusalén y, con poderes recibidos de los sumos sacerdotes, yo mismo encerré a 
     muchos santos en las cárceles; y cuando se les condenaba a muerte, yo contribuía con mi voto.
11 Frecuentemente recorría todas las sinagogas y a fuerza de castigos les obligaba a blasfemar y, 
     rebosando furor contra ellos, los perseguía hasta en las ciudades extranjeras.
12 «En este empeño iba hacia Damasco con plenos poderes y comisión de los sumos sacerdotes;
13 y al medio día, yendo de camino vi, oh rey, una luz venida del cielo, más resplandeciente que el sol, 
     que me envolvió a mí y a mis compañeros en su resplandor.
14 Caímos todos a tierra y yo oí una voz que me decía en lengua hebrea: 
     “Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues? Te es duro dar coces contra el aguijón.”
15 Yo respondí: “¿Quién eres, Señor?” Y me dijo el Señor: “Yo soy Jesús a quien tú persigues.
16 Pero levántate, y ponte en pie; pues me he aparecido a ti para constituirte servidor 
     y testigo tanto de las cosas que de mí has visto como de las que te manifestaré.
17 Yo te libraré de tu pueblo y de los gentiles, a los cuales yo te envío,
18 para que les abras los ojos; para que se conviertan de las tinieblas a la luz, 
     y del poder de Satanás a Dios; y para que reciban el perdón de los pecados 
     y una parte en la herencia entre los santificados, mediante la fe en mí.”
19 «Así pues, rey Agripa, no fui desobediente a la visión celestial,
20 sino que primero a los habitantes de Damasco, después a los de Jerusalén 
     y por todo el país de Judea y también a los gentiles he predicado que se convirtieran 
     y que se volvieran a Dios haciendo obras dignas de conversión.
21 Por esto los judíos, habiéndome prendido en el Templo, intentaban darme muerte.
22 Con el auxilio de Dios hasta el presente me he mantenido firme dando testimonio a pequeños 
     y grandes sin decir cosa que esté fuera de lo que los profetas y el mismo Moisés dijeron 
     que había de suceder:
23 que el Cristo había de padecer y que, después de resucitar el primero de entre los muertos, 
     anunciaría la luz al pueblo y a los gentiles.»

lunes, 2 de abril de 2018

Mateo 28,8-15: Aparición a las mujeres

Mateo 28,8-15   

En aquel tiempo, las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro; impresionadas y llenas de alegría, corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «Alegraos.»  Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies. Jesús les dijo: «No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.» Mientras las mujeres iban de camino, algunos de la guardia fueron a la ciudad y comunicaron a los sumos sacerdotes todo lo ocurrido.  Ellos, reunidos con los ancianos, llegaron a un acuerdo y dieron a los soldados una fuerte suma, encargándoles: «Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos lo ganaremos y os sacaremos de apuros.» Ellos tomaron el dinero y obraron conforme a las instrucciones. Y esta historia se ha ido difundiendo entre los judíos hasta hoy.

— Aparición a las mujeres

Mateo ha recogido, para refutarla, la presencia de guardias en la tumba de Jesús. Eso explica algunas diferencias respecto a los otros evangelios. Dado que el sepulcro está sellado y vigilado, las mujeres se acercan simplemente a verlo. La presencia de la guardia implica que encuentren el sepulcro todavía cerrado y que se abra por la intervención sobrenatural de un ángel. El evangelista se burla de los guardias: los que estaban encargados de custodiar a un muerto y de intimidar a eventuales ladrones se quedan como muertos de miedo (v. 4).

Las mujeres, en cambio, no deben temer, porque ellas buscan a Jesús. Su fidelidad al Maestro en la hora del dolor (27,55.61) obtiene un anuncio sorprendente: «No está aquí, ha resucitado» (v. 6). Se las invita a constatar que el sepulcro está vacío: de este modo se convierten en testigos autorizados precisamente las mujeres, cuyo testimonio no era considerado válido en el mundo judío.

La secuencia de los verbos y de los adverbios (vv 6b-7) expresa la urgencia de la misión confiada a las discípulas, que la acogen con una entrega total. La gran alegría que las anima se multiplica cuando el Resucitado en persona es quien la otorga, saliéndoles al encuentro.

La carrera de las mujeres se detiene a los pies de Jesús. El mismo Señor les repite las palabras tranquilizadoras: «No temáis», y les confirma la tarea del anuncio a aquellos a los que llama «mis hermanos». La carrera de la palabra vuelve a partir para suscitar la fe, pero, al mismo tiempo, se difunde la calumnia de la incredulidad: a la primera la impulsa la alegría, mientras que la segunda pone en ridículo a sus mismos autores (vv. 11-15).

Alborear del primer día después del sábado, alborear de una creación nueva: Jesús ha realizado en la tierra la obra que el Padre le encomendó (cf. Jn 17,4), y en el séptimo día reposó en el seno de la misma tierra para preparar su transfiguración desde dentro. Sin embargo, no todos son capaces de captar lo que está sucediendo, puesto que sólo la fe y el amor iluminan la mirada interior. Los guardias del sepulcro ven también la intervención sobrenatural; sin embargo, quedan presos, primero, del terror y, después, de la avidez y de la mentira.

En cambio, ¡cuánta luz inunda el corazón de las discípulas de Jesús, mujeres humildes. En la oscuridad del sepulcro vacío se enciende la antorcha de su fe, que de inmediato se vuelve misión, camino hacia los hermanos. Tampoco faltan nunca, en la vida, las noches de la ausencia o incluso de la «muerte de Dios», cuando la esperanza parece verdaderamente sepultada bajo la decepción, bajo los repetidos fracasos. Sin embargo, el Señor prepara en esa oscuridad nuestra misma resurrección, la nueva criatura muerta al pecado y viva para Dios.

Las mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirle (cf. 27,55) no renuncian a seguirle y a servirle también cuando, con su muerte, todo parece acabado. Por su perseverancia y entrega las espera el Resucitado; también nos espera a nosotros, precisamente allí donde son más densas las tinieblas, para introducirnos en su misterio pascual. Allí donde nosotros ya no esperaríamos nada, Cristo nos ha preparado la alegría de un encuentro para hacernos verdaderos discípulos suyos y enviarnos, en su nombre, a nuestros hermanos.

domingo, 18 de febrero de 2018

Romanos 15,7-13: La fidelidad y la misericordia de Dios

Romanos 15,7-13 

7 Sean mutuamente acogedores, como Cristo los acogió a ustedes para la gloria de Dios.
8 Porque les aseguro que Cristo se hizo servidor de los judíos para confirmar la fidelidad de Dios, 
   cumpliendo las promesas que él había hecho a nuestros padres,
9 y para que los paganos glorifiquen a Dios por su misericordia. 
   Así lo enseña la Escritura cuando dice: Yo te alabaré en medio de las naciones, Señor, 
   y cantaré en honor de tu Nombre.
10 Y en otra parte dice: ¡Pueblos extranjeros, alégrense con el Pueblo de Dios!
11 Y también afirma: ¡Alaben al Señor todas las naciones; glorifíquenlo todos los pueblos!
12 Y el profeta Isaías dice a su vez: Aparecerá el brote de Jesé, 
     el que se alzará para gobernar las naciones paganas: y todos los pueblos pondrán en él su esperanza.
13 Que el Dios de la esperanza los llene de alegría y de paz en la fe, 
     para que la esperanza sobreabunde en ustedes por obra del Espíritu Santo.  

sábado, 25 de febrero de 2017

1 Corintios 4,1-5: El juicio reservado a Jesucristo


1 Los hombres deben considerarnos simplemente como servidores de Cristo y administradores 
   de los misterios de Dios.
2 Ahora bien, lo que se pide a un administrador es que sea fiel.
3 En cuanto a mí, poco me importa que me juzguen ustedes o un tribunal humano; 
   ni siquiera yo mismo me juzgo.
4 Es verdad que mi conciencia nada me reprocha, pero no por eso estoy justificado: mi juez es el Señor.
5 Por eso, no hagan juicios prematuros. Dejen que venga el Señor: él sacará a la luz lo que está oculto 
   en las tinieblas y manifestará las intenciones secretas de los corazones. Entonces, cada uno recibirá 
   de Dios la alabanza que le corresponda.

martes, 21 de febrero de 2017

La "santa vergüenza" ante la tentación de la ambición, por el papa Francisco

MARTES DE LA 7 SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO, Año I
Comentario por el papa Francisco
“Santa vergüenza” ante la tentación de la ambición

La primera lectura indica que quien quiere servir al Señor, debe prepararse para hacer frente a “la tentación de no cumplir la misión. Y añadió que también Jesús fue tentado: tres veces por el diablo en el desierto y después por Pedro, cuando les reveló su muerte.

La otra tentación de la que habla el Evangelio del día es que los discípulos van discutiendo por el camino sobre quién de ellos es el más grande y cuando Jesús les pregunta de qué estaban hablando ellos callan, porque se avergüenzan.

“Era gente buena –señala Francisco– que quería seguir al Señor. Pero no sabían que el camino del servicio al Señor no era tan fácil, no era como entrar en una institución o una asociación de beneficencia para hacer el bien: no, es otra cosa”.

Además, señala Francisco, tenían “la tentación de la mundanidad: desde el momento en que la Iglesia es Iglesia hasta hoy, esto ha sucedido, sucede y sucederá”. Como en las parroquias cuando se discute: ‘Yo quiero ser presidente de esta asociación, subir un poco’, ‘¿Quién es el más grande, aquí? ¿Quién es el más grande en esta parroquia? No, yo soy más importante que aquel, y aquel otro no, porque ha hecho aquella cosa…’, y de ahí la cadena de los pecados”.

“Algunas veces nosotros los sacerdotes lo decimos con vergüenza en los presbiterios: ‘Yo querría aquella parroquia…’ – ‘Pero el Señor está aquí…’ – ‘pero yo querría aquella…’. Lo mismo. No es el camino del Señor, sino el camino de la vanidad, de la mundanidad”.

El Santo Padre invitó que se rece al Señor pidiendo “la gracia de avergonzarnos, cuando nos encontramos en estas situaciones”.

Jesús sentado junto a ellos –explica Francisco– les recuerda que “si uno quiere ser el primero, deberá ser el último y el servidor de todos”, lo dice tomando un niño que pone en medio de ellos.

“Que el Señor nos dé la gracia de la vergüenza, aquella santa vergüenza, cuando nos encontramos en aquella situación, bajo aquella tentación y avergonzarnos: ‘¿Pero yo soy capaz de pensar así? Cuando veo a mi Señor en la cruz, ¿quiero usar al Señor para subir?’”.

Que el Señor nos dé la gracia de la sencillez de un niño: comprender que sólo vale el camino del servicio… de poder decir de uno mismo: ‘Soy un siervo inútil’”.

miércoles, 11 de enero de 2017

Mc 1,31b: ...y se puso a servirles

...Pero mujeres tenían prohibido servir la mesa de los hombres. Servían los esclavos y los hijos más jovenes. Las mujeres se quedaban en la cocina, al margen de lo que hacían los hombres.

Jesús no se limita a curar la enfermedad de la suegra de Simón (Pedro); a continuación, acepta una nueva manera de comportarse como mujer. La suegra de Simón les demuestra su recuperación sirviéndoles, lo cual dejaría a más de uno preguntándose por lo que estaba ocurriendo en aquella casa. Pero Jesús había infringido antes otra ley al curar a la mujer durante el reposo sabático.

Jesús se había acercado a la persona enferma. Busca el contacto y habla con ella aunque para ello deba infringir la ley. La mujer, por su parte, debe fiarse de Jesús (¡está transgrediendo la ley!), y cambiar de actitud. Entonces, ella también infringe la ley: entra en el lugar reservado a los hombres. Con este gesto muestra su liberación de la ley. Su libertad se verifica en el servicio. Por tanto, la acción-curación de Jesús no finaliza al sanar a la mujer. La verdadera libertad no consiste en desentenderse de los demás y esto requiere, por parte de la mujer (y de todos nosotros), una actitud de servicio.

El episodio de la curación de la suegra de Simón narra la experiencia de liberación como el principio del proceso que transforma a un creyente en discípulo: dejarse resucitar ("levantarse") por Jesús y ser, como él, servidor.

"Se puso a servirles"

Algunos oyentes, o lectores, del evangelio de Marcos pueden pensar que la suegra de Pedro preparó la cena a Jesús y a los demás que estaban allí. Pero hay un detalle en el texto que no debe pasar desapercibido: el verbo griego "servir" (del cual proviene la palabra "diácono") solo se encuentra otras dos veces más en este evangelio.

En 10:45, "el hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir"
En 15,40-41, "había también unas mujeres mirando desde lejos, entre ellas, María Magdalena, María la madre de Santiago el menor y de Joset, y Salomé, que le seguían y le servían cuando estaba en Galilea, y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén"

En realidad, aquí lo que menos importanta es quién sirve la cena y quién la recibe; la cuestión para Marcos es quién es el verdadero seguidor (discípulo) de Jesús. Este tema es muy importante en su evangelio. Desde Galilea (principio del evangelio) hasta Jerusalén (final del evangelio) estas mujeres siguen verdaderamente a Jesús, a diferencia de los apóstoles que discuten sobre quién debe ser el más importante (10,32-45). Ellas son los verdaderos discípulos de Jesús porque entienden y practican la autoridad como servicio.

martes, 8 de noviembre de 2016

Lucas 17,7-10: Mantente leal y no busques el poder, por el papa Francisco


En aquel tiempo dijo el Señor: "Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor; cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice: "En seguida, ven y ponte a la mesa"? ¿No le diréis: "Prepárame la cena, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú"? ¿Tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: "Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer.""

Comentario por el papa Francisco
"Mantente leal y no busques el poder"

Para servir bien al Señor debemos evitar ser desleales y no debemos buscar el poder, ha predicado el papa Francisco en la misa celebrada por la mañana en la capilla de la Residencia Santa Marta.

El Pontífice ha desarrollado su homilía recordando la afirmación que todo discípulo se debe repetir a sí mismo: “Somos siervos inútiles”. Por eso, el Santo Padre ha preguntado cuáles son los obstáculos que impiden servir al Señor.

Hay muchos –ha observado– y uno es “el deseo de poder”. Jesús nos ha enseñado que “el que manda se convierte en el que sirve”, ha precisado Francisco. O si uno quiere ser el primero que sea siervo de todos. Jesús –ha recordado– invierte los valores de la mundanidad, del mundo. Y este deseo de poder no es el camino para convertirse en un siervo del Señor, es más, es un “obstáculo que hemos pedido al Señor alejar de nosotros”.

El otro obstáculo, sucede también el vida de la Iglesia, es la deslealtad, ha reconocido el papa Francisco. Esto sucede “cuando alguno quiere servir al Señor pero también sirve a otras cosas que no son el Señor”. El Señor ha dicho que ningún siervo puede tener dos amos. O sirve a Dios o sirve al dinero.

La deslealtad no es lo mismo que ser pecador. “Todos somos pecadores, y nos arrepentimos de esto”, pero ser desleales es “hacer el doble juego”, ha advertido. Asimismo, ha precisado que el que tiene deseo de poder y el que es desleal, difícilmente puede servir, convertirse en siervo libre del Señor.

Estos obstáculos –el deseo de poder, la deslealtad– quitan la paz y te llevan a esa molestia de corazón de no estar en paz, siempre ansioso. Y esto, ha recordado el Papa, nos lleva a vivir en esta tensión de la vanidad mundana, vivir para aparentar.

Por eso, Francisco ha advertido sobre esa gente que “vive solamente para estar en un escaparate, para aparentar”, “por la fama”. De este modo, el Santo Padre ha invitado a “pedir al Señor quitar los obstáculos para que en la serenidad, tanto del cuerpo como del espíritu” podamos “dedicarnos libremente a su servicio”.

En esta misma línea, ha recordado que el servicio de Dios es libre: “somos hijos, no esclavos”. Cuando servimos al Señor con libertad –ha reconocido– sentimos esa paz más profunda todavía de la voz del Señor: ‘Ven, siervo bueno y fiel’. “Todos queremos servir al Señor con bondad y fidelidad, pero necesitamos su gracia, solos no podemos”.

Por eso, ha asegurado el Santo Padre, debemos pedir siempre esta gracia, “que sea Él quien nos quite estos obstáculos, que sea Él quien nos dé esta serenidad, esta paz del corazón para servirlo libremente, no como esclavos, sino como hijos”.

Tenemos que repetir –ha asegurado– que somos siervos inútiles conscientes de que solos no podemos hacer nada. “Tenemos que pedir y hacer espacio para que Él haga en nosotros y Él nos transforme en siervos libres, en hijos, no en esclavos.

De este modo el Papa ha pedido que “el Señor nos ayude a abrir el corazón y a dejar trabajar al Espíritu Santo para que quite de nosotros estos obstáculos, sobre todo el deseo de poder que hace tanto mal, y la deslealtad, la doble cara” de “querer servir a Dios y el mundo”.

Finalmente, el Santo Padre ha pedido que nos dé esta serenidad, esta paz para poder servirlo como hijo libre que al final, con tanto amor le dice: “Padre, gracias, pero tú lo sabes: soy un siervo inútil”.

martes, 4 de octubre de 2016

Lucas 10,38-42: Jesús con Marta y María

Lucas 10,38-42
Martes de la 27 Semana del Tiempo Ordinario, Año I y II

En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Ésta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo:
— Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano.
Pero el Señor le contestó:
— Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán.


SOBRE EL MISMO TEMA:  

lunes, 26 de septiembre de 2016

Lucas 9,46-50: Orgullo personal y de grupo

Lucas 9,46-50  

En aquel tiempo, los discípulos se pusieron a discutir quién era el más importante. Jesús, adivinando lo que pensaban, cogió de la mano a un niño, lo puso a su lado y les dijo: «El que acoge a este niño en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí acoge al que me ha enviado. El más pequeño de vosotros es el más importante.» Juan tomó la palabra y dijo: «Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre y, como no es de los nuestros, se lo hemos querido impedir.» Jesús le respondió: «No se lo impidáis; el que no está contra vosotros está a favor vuestro.»

— Comentario por Reflexiones Católicas
"Orgullo personal y de grupo"

El narcisismo o vivir pendiente de la propia vida es un peligro que acecha a las comunidades eclesiales. Esto tenía atrapado al grupo apostólico. Jesús les ha hecho el segundo anuncio de su martirio pero ellos siguen obcecados, discutiendo sobre sus preferencias y comidos por los celos de quien no pertenece al grupo y echa demonios en nombre de Jesús.

El pasaje tiene dos partes: la aclaración sobre quién es el más importante en la comunidad y qué decir ante quien expulsa los demonios sin ser de los “nuestros”. En el fondo es la misma cuestión: el orgullo personal o de grupo.

A la segunda cuestión Jesús responde que lo que importa es la liberación de la persona; quien colabora en nuestra tarea es de los “nuestros”.

- Reflejo de la comunidad y de la sociedad

Los mensajes responden a las situaciones de las comunidades a las que Lucas dirige su evangelio. Vemos que empieza a brotar en ellas el espíritu rabínico y farisaico. Los jerarcas empiezan a darse excesiva importancia y a considerar la autoridad como un privilegio y no como un servicio. Para atajarlo, Lucas evoca la actitud y el mensaje de Jesús.

En la sociedad civil los más importantes son los que destacan por sus cualidades o por la responsabilidad de las funciones que desarrollan. Por eso, los apóstoles discutían sobre el puesto e importancia del mayor, como ocurre todavía con demasiada frecuencia, por desgracia. Para Jesús, en cambio, la lógica es otra.

- El más pequeño es el más importante

Jesús responde a esta cuestión con estilo profético y con un gesto pedagógico: coge de la mano a un niño, lo pone a su lado y les dice: “El más pequeño es el más importante; el que lo acoge, me acoge a mí”. El mayor y más valioso es simplemente el más necesitado, el más indefenso, el más pobre, el perdido, simbolizados en el indigente que es el niño.

El niño no es el más importante por sus valores, su inocencia o su ternura. Es importante porque está necesitado de los otros y no puede resolver la vida por sí mismo. Ellos han sido el centro de atención de Jesús y han de seguir siéndolo en sus comunidades eclesiales.

Como Jesús, la Iglesia no está para ser servida, ni para ser el centro de atención, sino “para servir” (Mt 20,28) a los más necesitados de dentro y de fuera; exactamente como ocurre en toda familia en la que reina la armonía y el afecto: el centro de sus preocupaciones es el niño, el anciano desvalido, el deficiente.

En cualquier asociación humana, el más importante es el que le da ganancia o prestigio, el eficiente; sin embargo, fiel a Jesús, san Vicente de Paúl hablaba de “nuestros señores, los pobres”.

Jesús agrega que es verdaderamente grande el que se hace pequeño para servir a los pequeños, aquel que, disponiendo de recursos para buscar sus ventajas y lograr el éxito y las comodidades, sin embargo, renuncie a sus intereses para servir a los demás, sobre todo a los “pequeños”.

Jesús pone de relieve que este servicio a los pobres, enfermos, humildes y necesitados, lejos de ser una carga, es un privilegio: “El que acoge a este niño (a toda persona desprotegida y débil) me acoge a mí; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado”. Es lo mismo que recoge Mateo: “Cada vez que disteis de comer, acogisteis o visitasteis a uno de mis hermanos más humildes, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40).

El discípulo de Jesús ha de vivir este misterio con una actitud mística, como lo viven los santos. Esta mística consiste en servir a los humildes como un encuentro con el Señor en ellos, como un honor que no nos merecemos. 

miércoles, 25 de mayo de 2016

Marcos 10,32-46: Tercer anuncio de la Pasión. Petición de Santiago y Juan

Marcos 10,35-46
Miércoles de la 8 Semana del Tiempo Ordinario, año II, (10,32-45)
Domingo de la 29 Semana del Tiempo Ordinario, Año B, (10,35-46)

En aquel tiempo, los discípulos iban subiendo camino de Jerusalén, y Jesús se les adelantaba; los discípulos se extrañaban, y los que seguían iban asustados. Él tomó aparte otra vez a los Doce y se puso a decirles lo que le iba a suceder:
— Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán; y a los tres días resucitará.
10:35-46: Se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron:
— Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.
Les preguntó:
— ¿Qué queréis que haga por vosotros?
Contestaron:
— Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.
Jesús replicó:
— No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?
Contestaron:
— Lo somos.
Jesús les dijo:
— El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado.
Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús, reuniéndolos, les dijo:
— Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.

SOBRE EL MISMO TEMA: 
Papa Francisco   

martes, 17 de mayo de 2016

Marcos 9,30-37: Trepadores en la Iglesia, por el papa Francisco

Marcos 9,30-37

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: "El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará." Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle.Llegaron a Cafarnaún, y, una vez en casa, les preguntó: "¿De qué discutíais por el camino?" Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: "Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos." Y, acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: "El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado."

— Comentario por el papa Francisco
El papa Francisco previene contra los trepadores en la Iglesia que pisan a otros para ascender

El Papa Francisco ha recordado en la homilía de la misa celebrada en la mañana del martes en la capilla de la Casa Santa Marta que el camino que indica Jesús es el del servicio, pero a menudo en la Iglesia se busca poder, dinero y vanidad.

Ha advertido además que los cristianos deben vencer la “tentación mundana” que divide a la Iglesia y ha prevenido contra los “trepadores” que tienen la tentación de destruir al otro “para subir alto”.

De este modo ha recordado, tal y como se lee en el Evangelio del día, que Jesús enseñaba a los discípulos el camino del servicio, pero ellos se preguntaban quién era el más grande entre ellos.

Jesús habla en un lenguaje de humillación, de muerte, de redención y ellos hablan en una lengua de trepadores: ¿quién subirá más alto al poder?

Al respecto, el Papa ha indicado que esta es “una tentación que tenían”, eran “tentados por la forma de pensar del mundo mundano”. Se preguntan quién era el más grande mientras que Jesús les pide ser el último, “servidor de todos”.

En esta misma línea, Francisco ha asegurado que “en el camino que Jesús les indica para ir adelante, el servicio es la regla. El más grande es el que sirve, el que está más al servicio de los otros, no el que presume, que busca el poder, el dinero… la vanidad, el orgullo… No, estos nos son grandes”. Y así ha advertido de que en toda comunidad –en las parroquias o en las instituciones– siempre está este deseo de trepar, de tener el poder.

También en la primera lectura, de la Carta de Santiago, ha añadido Francisco, advierte sobre las pasiones por el poder, las envidias, los celos que destruyen al otro.

Y este es el mensaje también para la Iglesia hoy. Mientras el mundo habla de quién tiene más poder para mandar, Jesús afirma haber venido al mundo “para servir”, no “para ser servido”.

De este modo ha explicado que la envidia y los celos destruyen todo. Por eso ha recordado que esto sucede hoy en cada institución de la Iglesia: parroquias, colegios, episcopados… “Las ganas del espíritu del mundo, que es espíritu de riqueza, vanidad y orgullo”, ha señalado.

Jesús –ha aseverado– ha venido al mundo para servir y nos ha enseñado el camino en la vida cristiana: el servicio, la humildad.

Por otro lado, el Pontífice ha precisado que “cuando los grandes santos decían que se sentían muy pecadores es porque habían entendido este espíritu del mundo que estaba dentro de ellos y habían tenido muchas tentaciones mundanas”. Ninguno de nosotros puede decir: ‘No, yo soy una persona santa, limpia’, ha precisado Francisco.

Por esto, ha explicado que todos somos tentados por nuestras cosas, somos tentados de destruir al otro para subir más arriba. “Es una tentación mundana, pero que divide y destruye la Iglesia, no es el Espíritu de Jesús”, ha añadido.

A finalizar la homilía, el Santo Padre ha invitado a pensar en las muchas veces que hemos visto esto en la Iglesia y en las muchas veces que nosotros hacemos esto. Y por esta razón, “pedir al Señor que nos ilumine, para entender que el amor por el mundo, es decir por este espíritu mundano, es enemigo de Dios”.

martes, 12 de abril de 2016

1 Corintios 13,4-7: Comentario en "Amoris Laetitia" (Exhortación Apostólica Postsinodal, 19 de marzo del 2016), por el papa Francisco

1 Corintios 13,4-7: Comentario en "Amoris Laetitia" (Exhortación Apostólica Postsinodal, 19 de marzo del 2016), por el papa Francisco

HIMNO A LA CARIDAD

90. En el así llamado himno de la caridad escrito por san Pablo, vemos algunas características del amor verdadero:

«El amor es paciente,
es servicial;
el amor no tiene envidia,
no hace alarde,
no es arrogante,
no obra con dureza,
no busca su propio interés,
no se irrita,
no lleva cuentas del mal,
no se alegra de la injusticia,
sino que goza con la verdad.
Todo lo disculpa,
todo lo cree,
todo lo espera,
todo lo soporta» (1 Co 13,4-7).

Esto se vive y se cultiva en medio de la vida que comparten todos los días los esposos, entre sí y con sus hijos. Por eso es valioso detenerse a precisar el sentido de las expresiones de este texto, para intentar una aplicación a la existencia concreta de cada familia.

Paciencia: "El amor es paciente"

91. La primera expresión utilizada es makrothymei. La traducción no es simplemente que «todo lo soporta», porque esa idea está expresada al final del v. 7. El sentido se toma de la traducción griega del Antiguo Testamento, donde dice que Dios es «lento a la ira» (Ex 34,6; Nm 14,18). Se muestra cuando la persona no se deja llevar por los impulsos y evita agredir. Es una cualidad del Dios de la Alianza que convoca a su imitación también dentro de la vida familiar. Los textos en los que Pablo usa este término se deben leer con el trasfondo del Libro de la Sabiduría (cf. 11,23; 12,2.15-18); al mismo tiempo que se alaba la moderación de Dios para dar espacio al arrepentimiento, se insiste en su poder que se manifiesta cuando actúa con misericordia. La paciencia de Dios es ejercicio de la misericordia con el pecador y manifiesta el verdadero poder.

92. Tener paciencia no es dejar que nos maltraten continuamente, o tolerar agresiones físicas, o permitir que nos traten como objetos. El problema es cuando exigimos que las relaciones sean celestiales o que las personas sean perfectas, o cuando nos colocamos en el centro y esperamos que sólo se cumpla la propia voluntad. Entonces todo nos impacienta, todo nos lleva a reaccionar con agresividad. Si no cultivamos la paciencia, siempre tendremos excusas para responder con ira, y finalmente nos convertiremos en personas que no saben convivir, antisociales, incapaces de postergar los impulsos, y la familia se volverá un campo de batalla. Por eso, la Palabra de Dios nos exhorta: «Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad» (Ef 4,31). Esta paciencia se afianza cuando reconozco que el otro también tiene derecho a vivir en esta tierra junto a mí, así como es. No importa si es un estorbo para mí, si altera mis planes, si me molesta con su modo de ser o con sus ideas, si no es todo lo que yo esperaba. El amor tiene siempre un sentido de profunda compasión que lleva a aceptar al otro como parte de este mundo, también cuando actúa de un modo diferente a lo que yo desearía.

Actitud de servicio: "Es servicial"

93. Sigue la palabra jrestéuetai, que es única en toda la Biblia, derivada de jrestós (persona buena, que muestra su bondad en sus obras). Pero, por el lugar en que está, en estricto paralelismo con el verbo precedente, es un complemento suyo. Así, Pablo quiere aclarar que la «paciencia» nombrada en primer lugar no es una postura totalmente pasiva, sino que está acompañada por una actividad, por una reacción dinámica y creativa ante los demás. Indica que el amor beneficia y promueve a los demás. Por eso se traduce como «servicial».

94. En todo el texto se ve que Pablo quiere insistir en que el amor no es sólo un sentimiento, sino que se debe entender en el sentido que tiene el verbo «amar» en hebreo: es «hacer el bien». Como decía san Ignacio de Loyola, «el amor se debe poner más en las obras que en las palabras». Así puede mostrar toda su fecundidad, y nos permite experimentar la felicidad de dar, la nobleza y la grandeza de donarse sobreabundantemente, sin medir, sin reclamar pagos, por el solo gusto de dar y de servir.

Sanando la envidia: "El amor no tiene envidia"

95. Luego se rechaza como contraria al amor una actitud expresada como zeloi (celos, envidia). Significa que en el amor no hay lugar para sentir malestar por el bien de otro (cf. Hch 7,9; 17,5). La envidia es una tristeza por el bien ajeno, que muestra que no nos interesa la felicidad de los demás, ya que estamos exclusivamente concentrados en el propio bienestar. Mientras el amor nos hace salir de nosotros mismos, la envidia nos lleva a centrarnos en el propio yo. El verdadero amor valora los logros ajenos, no los siente como una amenaza, y se libera del sabor amargo de la envidia. Acepta que cada uno tiene dones diferentes y distintos caminos en la vida. Entonces, procura descubrir su propio camino para ser feliz, dejando que los demás encuentren el suyo.

96. En definitiva, se trata de cumplir aquello que pedían los dos últimos mandamientos de la Ley de Dios: «No codiciarás los bienes de tu prójimo. No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de él» (Ex 20,17). El amor nos lleva a una sentida valoración de cada ser humano, reconociendo su derecho a la felicidad. Amo a esa persona, la miro con la mirada de Dios Padre, que nos regala todo «para que lo disfrutemos» (1 Tm 6,17), y entonces acepto en mi interior que pueda disfrutar de un buen momento. Esta misma raíz del amor, en todo caso, es lo que me lleva a rechazar la injusticia de que algunos tengan demasiado y otros no tengan nada, o lo que me mueve a buscar que también los descartables de la sociedad puedan vivir un poco de alegría. Pero eso no es envidia, sino deseos de equidad.

Sin hacer alarde ni agrandarse: "No hace alarde, no es arrogante"

97. Sigue el término perpereuotai, que indica la vanagloria, el ansia de mostrarse como superior para impresionar a otros con una actitud pedante y algo agresiva. Quien ama, no sólo evita hablar demasiado de sí mismo, sino que además, porque está centrado en los demás, sabe ubicarse en su lugar sin pretender ser el centro. La palabra siguiente —physioutai— es muy semejante, porque indica que el amor no es arrogante. Literalmente expresa que no se «agranda» ante los demás, e indica algo más sutil. No es sólo una obsesión por mostrar las propias cualidades, sino que además se pierde el sentido de la realidad. Se considera más grande de lo que es, porque se cree más «espiritual» o «sabio». Pablo usa este verbo otras veces, por ejemplo para decir que «la ciencia hincha, el amor en cambio edifica» (1 Co 8,1). Es decir, algunos se creen grandes porque saben más que los demás, y se dedican a exigirles y a controlarlos, cuando en realidad lo que nos hace grandes es el amor que comprende, cuida, protege al débil. En otro versículo también lo aplica para criticar a los que se «agrandan» (cf. 1 Co 4,18), pero en realidad tienen más palabrería que verdadero «poder» del Espíritu (cf. 1 Co 4,19).

98. Es importante que los cristianos vivan esto en su modo de tratar a los familiares poco formados en la fe, frágiles o menos firmes en sus convicciones. A veces ocurre lo contrario: los supuestamente más adelantados dentro de su familia, se vuelven arrogantes e insoportables. La actitud de humildad aparece aquí como algo que es parte del amor, porque para poder comprender, disculpar o servir a los demás de corazón, es indispensable sanar el orgullo y cultivar la humildad. Jesús recordaba a sus discípulos que en el mundo del poder cada uno trata de dominar a otro, y por eso les dice: «No ha de ser así entre vosotros» (Mt 20,26). La lógica del amor cristiano no es la de quien se siente más que otros y necesita hacerles sentir su poder, sino que «el que quiera ser el primero entre vosotros, que sea vuestro servidor» (Mt 20,27). En la vida familiar no puede reinar la lógica del dominio de unos sobre otros, o la competición para ver quién es más inteligente o poderoso, porque esa lógica acaba con el amor. También para la familia es este consejo: «Tened sentimientos de humildad unos con otros, porque Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes» (1 P 5,5).

Amabilidad: "No obra con dureza"

99. Amar también es volverse amable, y allí toma sentido la palabra asjemonéi. Quiere indicar que el amor no obra con rudeza, no actúa de modo descortés, no es duro en el trato. Sus modos, sus palabras, sus gestos, son agradables y no ásperos ni rígidos. Detesta hacer sufrir a los demás. La cortesía "es una escuela de sensibilidad y desinterés», que exige a la persona «cultivar su mente y sus sentidos, aprender a sentir, hablar y, en ciertos momentos, a callar". Ser amable no es un estilo que un cristiano puede elegir o rechazar. Como parte de las exigencias irrenunciables del amor, «todo ser humano está obligado a ser afable con los que lo rodean». Cada día, «entrar en la vida del otro, incluso cuando forma parte de nuestra vida, pide la delicadeza de una actitud no invasora, que renueve la confianza y el respeto [...] El amor, cuando es más íntimo y profundo, tanto más exige el respeto de la libertad y la capacidad de esperar que el otro abra la puerta de su corazón».

100. Para disponerse a un verdadero encuentro con el otro, se requiere una mirada amable puesta en él. Esto no es posible cuando reina un pesimismo que destaca defectos y errores ajenos, quizás para compensar los propios complejos. Una mirada amable permite que no nos detengamos tanto en sus límites, y así podamos tolerarlo y unirnos en un proyecto común, aunque seamos diferentes. El amor amable genera vínculos, cultiva lazos, crea nuevas redes de integración, construye una trama social firme. Así se protege a sí mismo, ya que sin sentido de pertenencia no se puede sostener una entrega por los demás, cada uno termina buscando sólo su conveniencia y la convivencia se torna imposible. Una persona antisocial cree que los demás existen para satisfacer sus necesidades, y que cuando lo hacen sólo cumplen con su deber. Por lo tanto, no hay lugar para la amabilidad del amor y su lenguaje. El que ama es capaz de decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan. Veamos, por ejemplo, algunas palabras que decía Jesús a las personas: «¡Ánimo hijo!» (Mt 9,2). «¡Qué grande es tu fe!» (Mt 15,28). «¡Levántate!» (Mc 5,41). «Vete en paz» (Lc 7,50). «No tengáis miedo» (Mt 14,27). No son palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian. En la familia hay que aprender este lenguaje amable de Jesús.

Desprendimiento: "No busca su propio interés"

101. Hemos dicho muchas veces que para amar a los demás primero hay que amarse a sí mismo. Sin embargo, este himno al amor afirma que el amor «no busca su propio interés», o «no busca lo que es de él». También se usa esta expresión en otro texto: «No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás» (Flp 2,4). Ante una afirmación tan clara de las Escrituras, hay que evitar darle prioridad al amor a sí mismo como si fuera más noble que el don de sí a los demás. Una cierta prioridad del amor a sí mismo sólo puede entenderse como una condición psicológica, en cuanto quien es incapaz de amarse a sí mismo encuentra dificultades para amar a los demás: «El que es tacaño consigo mismo, ¿con quién será generoso? [...] Nadie peor que el avaro consigo mismo» (Si 14,5-6).

102. Pero el mismo santo Tomás de Aquino ha explicado que «pertenece más a la caridad querer amar que querer ser amado» y que, de hecho, «las madres, que son las que más aman, buscan más amar que ser amadas». Por eso, el amor puede ir más allá de la justicia y desbordarse gratis, «sin esperar nada a cambio» (Lc 6,35), hasta llegar al amor más grande, que es «dar la vida» por los demás (Jn 15,13). ¿Todavía es posible este desprendimiento que permite dar gratis y dar hasta el fin? Seguramente es posible, porque es lo que pide el Evangelio: «Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis» (Mt 10,8).

Sin violencia interior: "No se irrita o indigna"

103. Si la primera expresión del himno nos invitaba a la paciencia que evita reaccionar bruscamente ante las debilidades o errores de los demás, ahora aparece otra palabra —paroxýnetai—, que se refiere a una reacción interior de indignación provocada por algo externo. Se trata de una violencia interna, de una irritación no manifiesta que nos coloca a la defensiva ante los otros, como si fueran enemigos molestos que hay que evitar. Alimentar esa agresividad íntima no sirve para nada. Sólo nos enferma y termina aislándonos. La indignación es sana cuando nos lleva a reaccionar ante una grave injusticia, pero es dañina cuando tiende a impregnar todas nuestras actitudes ante los otros.

104. El Evangelio invita más bien a mirar la viga en el propio ojo (cf. Mt 7,5), y los cristianos no podemos ignorar la constante invitación de la Palabra de Dios a no alimentar la ira: «No te dejes vencer por el mal» (Rm 12,21). «No nos cansemos de hacer el bien» (Ga 6,9). Una cosa es sentir la fuerza de la agresividad que brota y otra es consentirla, dejar que se convierta en una actitud permanente: «Si os indignáis, no llegareis a pecar; que la puesta del sol no os sorprenda en vuestro enojo» (Ef 4,26). Por ello, nunca hay que terminar el día sin hacer las paces en la familia. Y, «¿cómo debo hacer las paces? ¿Ponerme de rodillas? ¡No! Sólo un pequeño gesto, algo pequeño, y vuelve la armonía familiar. Basta una caricia, sin palabras. Pero nunca terminar el día en familia sin hacer las paces». La reacción interior ante una molestia que nos causen los demás debería ser ante todo bendecir en el corazón, desear el bien del otro, pedir a Dios que lo libere y lo sane: «Responded con una bendición, porque para esto habéis sido llamados: para heredar una bendición» (1 P 3,9). Si tenemos que luchar contra un mal, hagámoslo, pero siempre digamos «no» a la violencia interior.

Perdón: "No lleva cuentas del mal"

105. Si permitimos que un mal sentimiento penetre en nuestras entrañas, dejamos lugar a ese rencor que se añeja en el corazón. La frase logízetai to kakón significa «toma en cuenta el mal», «lo lleva anotado», es decir, es rencoroso. Lo contrario es el perdón, un perdón que se fundamenta en una actitud positiva, que intenta comprender la debilidad ajena y trata de buscarle excusas a la otra persona, como Jesús cuando dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Pero la tendencia suele ser la de buscar más y más culpas, la de imaginar más y más maldad, la de suponer todo tipo de malas intenciones, y así el rencor va creciendo y se arraiga. De ese modo, cualquier error o caída del cónyuge puede dañar el vínculo amoroso y la estabilidad familiar. El problema es que a veces se le da a todo la misma gravedad, con el riesgo de volverse crueles ante cualquier error ajeno. La justa reivindicación de los propios derechos, se convierte en una persistente y constante sed de venganza más que en una sana defensa de la propia dignidad.

106. Cuando hemos sido ofendidos o desilusionados, el perdón es posible y deseable, pero nadie dice que sea fácil. La verdad es que «la comunión familiar puede ser conservada y perfeccionada sólo con un gran espíritu de sacrificio. Exige, en efecto, una pronta y generosa disponibilidad de todos y cada uno a la comprensión, a la tolerancia, al perdón, a la reconciliación. Ninguna familia ignora que el egoísmo, el desacuerdo, las tensiones, los conflictos atacan con violencia y a veces hieren mortalmente la propia comunión: de aquí las múltiples y variadas formas de división en la vida familiar».

107. Hoy sabemos que para poder perdonar necesitamos pasar por la experiencia liberadora de comprendernos y perdonarnos a nosotros mismos. Tantas veces nuestros errores, o la mirada crítica de las personas que amamos, nos han llevado a perder el cariño hacia nosotros mismos. Eso hace que terminemos guardándonos de los otros, escapando del afecto, llenándonos de temores en las relaciones interpersonales. Entonces, poder culpar a otros se convierte en un falso alivio. Hace falta orar con la propia historia, aceptarse a sí mismo, saber convivir con las propias limitaciones, e incluso perdonarse, para poder tener esa misma actitud con los demás.

108. Pero esto supone la experiencia de ser perdonados por Dios, justificados gratuitamente y no por nuestros méritos. Fuimos alcanzados por un amor previo a toda obra nuestra, que siempre da una nueva oportunidad, promueve y estimula. Si aceptamos que el amor de Dios es incondicional, que el cariño del Padre no se debe comprar ni pagar, entonces podremos amar más allá de todo, perdonar a los demás aun cuando hayan sido injustos con nosotros. De otro modo, nuestra vida en familia dejará de ser un lugar de comprensión, acompañamiento y estímulo, y será un espacio de permanente tensión o de mutuo castigo.

Alegrarse con los demás: "No se alegra de la injusticia"

109. La expresión jairei epi te adikía indica algo negativo afincado en el secreto del corazón de la persona. Es la actitud venenosa del que se alegra cuando ve que se le hace injusticia a alguien. La frase se complementa con la siguiente, que lo dice de modo positivo: sygjairei te alétheia: se regocija con la verdad. Es decir, se alegra con el bien del otro, cuando se reconoce su dignidad, cuando se valoran sus capacidades y sus buenas obras. Eso es imposible para quien necesita estar siempre comparándose o compitiendo, incluso con el propio cónyuge, hasta el punto de alegrarse secretamente por sus fracasos.

110. Cuando una persona que ama puede hacer un bien a otro, o cuando ve que al otro le va bien en la vida, lo vive con alegría, y de ese modo da gloria a Dios, porque «Dios ama al que da con alegría» (2 Co 9,7). Nuestro Señor aprecia de manera especial a quien se alegra con la felicidad del otro. Si no alimentamos nuestra capacidad de gozar con el bien del otro y, sobre todo, nos concentramos en nuestras propias necesidades, nos condenamos a vivir con poca alegría, ya que como ha dicho Jesús «hay más felicidad en dar que en recibir» (Hch 20,35). La familia debe ser siempre el lugar donde alguien, que logra algo bueno en la vida, sabe que allí lo van a celebrar con él.

Disculpa todo: "Todo lo disculpa"

111. El elenco se completa con cuatro expresiones que hablan de una totalidad: «todo». Disculpa todo, cree todo, espera todo, soporta todo. De este modo, se remarca con fuerza el dinamismo contracultural del amor, capaz de hacerle frente a cualquier cosa que pueda amenazarlo.

112. En primer lugar se dice que todo lo disculpa panta stegei. Se diferencia de «no tiene en cuenta el mal», porque este término tiene que ver con el uso de la lengua; puede significar «guardar silencio» sobre lo malo que puede haber en otra persona. Implica limitar el juicio, contener la inclinación a lanzar una condena dura e implacable: «No condenéis y no seréis condenados» (Lc 6,37). Aunque vaya en contra de nuestro habitual uso de la lengua, la Palabra de Dios nos pide: «No habléis mal unos de otros, hermanos» (St 4,11). Detenerse a dañar la imagen del otro es un modo de reforzar la propia, de descargar los rencores y envidias sin importar el daño que causemos. Muchas veces se olvida de que la difamación puede ser un gran pecado, una seria ofensa a Dios, cuando afecta gravemente la buena fama de los demás, ocasionándoles daños muy difíciles de reparar. Por eso, la Palabra de Dios es tan dura con la lengua, diciendo que «es un mundo de iniquidad» que «contamina a toda la persona» (St 3,6), como un «mal incansable cargado de veneno mortal» (St 3,8). Si «con ella maldecimos a los hombres, creados a semejanza de Dios» (St 3,9), el amor cuida la imagen de los demás, con una delicadeza que lleva a preservar incluso la buena fama de los enemigos. En la defensa de la ley divina nunca debemos olvidarnos de esta exigencia del amor.

113. Los esposos que se aman y se pertenecen, hablan bien el uno del otro, intentan mostrar el lado bueno del cónyuge más allá de sus debilidades y errores. En todo caso, guardan silencio para no dañar su imagen. Pero no es sólo un gesto externo, sino que brota de una actitud interna. Tampoco es la ingenuidad de quien pretende no ver las dificultades y los puntos débiles del otro, sino la amplitud de miras de quien coloca esas debilidades y errores en su contexto. Recuerda que esos defectos son sólo una parte, no son la totalidad del ser del otro. Un hecho desagradable en la relación no es la totalidad de esa relación. Entonces, se puede aceptar con sencillez que todos somos una compleja combinación de luces y de sombras. El otro no es sólo eso que a mí me molesta. Es mucho más que eso. Por la misma razón, no le exijo que su amor sea perfecto para valorarlo. Me ama como es y como puede, con sus límites, pero que su amor sea imperfecto no significa que sea falso o que no sea real. Es real, pero limitado y terreno. Por eso, si le exijo demasiado, me lo hará saber de alguna manera, ya que no podrá ni aceptará jugar el papel de un ser divino ni estar al servicio de todas mis necesidades. El amor convive con la imperfección, la disculpa, y sabe guardar silencio ante los límites del ser amado.

Confía: "Todo lo cree"

114. Panta pisteuei, «todo lo cree», por el contexto, no se debe entender «fe» en el sentido teológico, sino en el sentido corriente de «confianza». No se trata sólo de no sospechar que el otro esté mintiendo o engañando. Esa confianza básica reconoce la luz encendida por Dios, que se esconde detrás de la oscuridad, o la brasa que todavía arde debajo de las cenizas.

115. Esta misma confianza hace posible una relación de libertad. No es necesario controlar al otro, seguir minuciosamente sus pasos, para evitar que escape de nuestros brazos. El amor confía, deja en libertad, renuncia a controlarlo todo, a poseer, a dominar. Esa libertad, que hace posible espacios de autonomía, apertura al mundo y nuevas experiencias, permite que la relación se enriquezca y no se convierta en un círculo cerrado sin horizontes. Así, los cónyuges, al reencontrarse, pueden vivir la alegría de compartir lo que han recibido y aprendido fuera del círculo familiar. Al mismo tiempo, hace posible la sinceridad y la transparencia, porque cuando uno sabe que los demás confían en él y valoran la bondad básica de su ser, entonces sí se muestra tal cual es, sin ocultamientos. Alguien que sabe que siempre sospechan de él, que lo juzgan sin compasión, que no lo aman de manera incondicional, preferirá guardar sus secretos, esconder sus caídas y debilidades, fingir lo que no es. En cambio, una familia donde reina una básica y cariñosa confianza, y donde siempre se vuelve a confiar a pesar de todo, permite que brote la verdadera identidad de sus miembros, y hace que espontáneamente se rechacen el engaño, la falsedad o la mentira.

Espera: "Todo lo espera"

116. Panta elpízei: no desespera del futuro. Conectado con la palabra anterior, indica la espera de quien sabe que el otro puede cambiar. Siempre espera que sea posible una maduración, un sorpresivo brote de belleza, que las potencialidades más ocultas de su ser germinen algún día. No significa que todo vaya a cambiar en esta vida. Implica aceptar que algunas cosas no sucedan como uno desea, sino que quizás Dios escriba derecho con las líneas torcidas de una persona y saque algún bien de los males que ella no logre superar en esta tierra.

117. Aquí se hace presente la esperanza en todo su sentido, porque incluye la certeza de una vida más allá de la muerte. Esa persona, con todas sus debilidades, está llamada a la plenitud del cielo. Allí, completamente transformada por la resurrección de Cristo, ya no existirán sus fragilidades, sus oscuridades ni sus patologías. Allí el verdadero ser de esa persona brillará con toda su potencia de bien y de hermosura. Eso también nos permite, en medio de las molestias de esta tierra, contemplar a esa persona con una mirada sobrenatural, a la luz de la esperanza, y esperar esa plenitud que un día recibirá en el Reino celestial, aunque ahora no sea visible.

Soporta todo: "Todo lo soporta"

118. Panta hypoménei significa que sobrelleva con espíritu positivo todas las contrariedades. Es mantenerse firme en medio de un ambiente hostil. No consiste sólo en tolerar algunas cosas molestas, sino en algo más amplio: una resistencia dinámica y constante, capaz de superar cualquier desafío. Es amor a pesar de todo, aun cuando todo el contexto invite a otra cosa. Manifiesta una cuota de heroísmo tozudo, de potencia en contra de toda corriente negativa, una opción por el bien que nada puede derribar. Esto me recuerda aquellas palabras de Martin Luther King, cuando volvía a optar por el amor fraterno aun en medio de las peores persecuciones y humillaciones: «La persona que más te odia, tiene algo bueno en él; incluso la nación que más odia, tiene algo bueno en ella; incluso la raza que más odia, tiene algo bueno en ella. Y cuando llegas al punto en que miras el rostro de cada hombre y ves muy dentro de él lo que la religión llama la “imagen de Dios”, comienzas a amarlo “a pesar de”. No importa lo que haga, ves la imagen de Dios allí. Hay un elemento de bondad del que nunca puedes deshacerte [...] Otra manera para amar a tu enemigo es esta: cuando se presenta la oportunidad para que derrotes a tu enemigo, ese es el momento en que debes decidir no hacerlo [...] Cuando te elevas al nivel del amor, de su gran belleza y poder, lo único que buscas derrotar es los sistemas malignos. A las personas atrapadas en ese sistema, las amas, pero tratas de derrotar ese sistema [...] Odio por odio sólo intensifica la existencia del odio y del mal en el universo. Si yo te golpeo y tú me golpeas, y te devuelvo el golpe y tú me lo devuelves, y así sucesivamente, es evidente que se llega hasta el infinito. Simplemente nunca termina. En algún lugar, alguien debe tener un poco de sentido, y esa es la persona fuerte. La persona fuerte es la persona que puede romper la cadena del odio, la cadena del mal [...] Alguien debe tener suficiente religión y moral para cortarla e inyectar dentro de la propia estructura del universo ese elemento fuerte y poderoso del amor».

119. En la vida familiar hace falta cultivar esa fuerza del amor, que permite luchar contra el mal que la amenaza. El amor no se deja dominar por el rencor, el desprecio hacia las personas, el deseo de lastimar o de cobrarse algo. El ideal cristiano, y de modo particular en la familia, es amor a pesar de todo. A veces me admira, por ejemplo, la actitud de personas que han debido separarse de su cónyuge para protegerse de la violencia física y, sin embargo, por la caridad conyugal que sabe ir más allá de los sentimientos, han sido capaces de procurar su bien, aunque sea a través de otros, en momentos de enfermedad, de sufrimiento o de dificultad. Eso también es amor a pesar de todo.

jueves, 24 de marzo de 2016

Juan 13,1-15: La Pascua de Jesús

Juan 13,1-15  

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Estaban cenando, ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara, y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido. Llegó a Simón Pedro, y éste le dijo: "Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?" Jesús le replicó: "Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde." Pedro le dijo: "No me lavarás los pies jamás." Jesús le contestó: "Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo." Simón Pedro le dijo: "Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza." Jesús le dijo: "Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos." Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: "No todos estáis limpios." Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: "¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis "el Maestro" y "el Señor", y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis."

— Comentario por la Orden Carmelita

a) Preámbulo a la Pascua de Jesús:

Esta perícopa del evangelio pertenece a en un conjunto literario que comprende los capítulos 13-17.

Comienza con la narración de la última cena que Jesús comparte con sus discípulos, durante la cuál realiza el lavatorio de los pies (13,1-10). Después, Jesús pronuncia un largo discurso de despedida (13,31-14,31), los capítulos 15-17 tienen la función de profundizar el precedente discurso de Jesús.

Inmediatamente sigue el prendimiento de Jesús (18,1-11). Los sucesos narrados en 13-17,26 están conectados desde el 13,1 con la Pascua de Jesús. Es interesante anotar que desde el 12,1 la Pascua no se llama ya la pascua de los judíos, sino la Pascua de Jesús. Es Él, de ahora en adelante, el Cordero de Dios. La Pascua de Jesús es un nuevo éxodo que permite pasar de las tinieblas a la luz (8,12) y que llevará vida y fiesta a la humanidad (7,37).

Jesús es consciente de lo que va a ocurrir y está dispuesto a llevar a término su éxodo personal y definitivo. Juan representa a Jesús siendo consciente del final de su misión. Jesús no es arrastrado por los acontecimientos sino que está preparado para dar su vida.

Con anterioridad, el evangelista había anotado que todavía no había llegado su hora; pero ahora, en la narración del lavatorio de los pies, Jesús es consciente de que se aproxima su hora. Tal conciencia da lugar a la expresión juanista: “Después de haber amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (v.1) El amor “por los suyos”, aquéllos que forman la nueva comunidad, ha sido evidente mientras ha estado con ellos, pero resplandecerá de modo eminente en su muerte. Tal amor viene mostrado por Jesús en el gesto del lavatorio de pies que , en su valor simbólico, muestra el amor continuo que se expresa en el servicio.

b) Lavatorio de los pies:

Jesús tiene plena conciencia de la misión que el Padre le ha confiado. Con tal conocimiento quiere mostrar a “los suyos”, mediante el lavatorio de los pies, cómo se cumple la obra salvífica del Padre. Es voluntad de Jesús que el hombre se salve y, por eso, entrega su vida. Es consciente de que “el Padre había puesto todo en sus manos” (v. 3a). Esta expresión deja entrever que el Padre deja a Jesús la completa libertad de acción.

Jesús, además, sabe que su origen y la meta de su itinerario es Dios; sabe que su muerte en la cruz, expresión máxima de su amor, es el último momento de su camino salvador.

Con esta plena conciencia de su identidad y de su completa libertad se dispone a cumplir el grande y humilde gesto del lavatorio. Tal gesto de amor se describe con un cúmulo de verbos (ocho). El evangelista usa esta figura retórica de acumulación de verbos para que tal gesto permanezca impreso en el corazón y en la mente de sus discípulos y de cualquier lector y para que se retenga un mandamiento que no debe olvidarse.

El gesto de Jesús intenta mostrar que el verdadero amor se traduce en servicio. Jesús se despoja de sus vestidos y se ciñe un delantal. En tiempos de Jesús el lavado de los pies era un gesto que expresaba hospitalidad y acogida con los huéspedes. De ordinario era hecho por un esclavo a los comensales, o por una mujer o hijas a su padre. El rito del lavado de pies ocurría antes de sentarse a la mesa y no durante la comida. Esta forma de obrar de Jesús subraya la singularidad de su gesto.

El uso del delantal evidencia la actitud de servicio de Jesús. De hecho, cuando acaba el lavatorio, Jesús no se quita el paño que hace de delantal. Este particular intenta subrayar que el servicio-amor no termina con la muerte.

La minuciosidad de los detalles muestra la intención del evangelista de poner de relieve la importancia del gesto de Jesús. La imagen que Jesús nos revela de Dios es totalmente diferente a lo acostumbrado: Dios actúa como un soberano sino que se presenta como siervo de la humanidad. Este servicio vuelve a todos los miembros “señores” (libres) en tanto que servidores. De ahora en adelante el servicio que los creyentes den al hombre tiene como finalidad instaurar relaciones entre los hombres en el que la igualdad y la libertad sean una consecuencia de la práctica del servicio recíproco.

Jesús, con su gesto, intenta mostrar que el dominio o prepotencia sobre el hombre no está de acuerdo con el modo de obrar de Dios, quien, por el contrario, sirve al hombre para atraerlo hacia Sí. Además no tienen sentido las pretensiones de superioridad de un hombre sobre otro, porque la comunidad fundada por Jesús está fundada en se servicio recíproco.

c) Resistencia de Pedro:

La reacción de Pedro al gesto de Jesús es de estupor y protesta. También hay cambio en el modo de dirigirse a Jesús: Pedro lo llama “Señor” (13,6). Tal título reconoce en Jesús un nivel de superioridad que choca con el “lavar” los pies, una acción que compete a un sujeto inferior. La protesta es enérgicamente expresada por las palabras: “¿Tú lavarme a mí los pies?”

A los ojos de Pedro este humillante gesto del lavatorio de los pies parece una inversión de valores que regulan las relaciones entre Jesús y los hombres: el primero es el Mesías, Pedro es un súbdito. Pedro no aprueba que Jesús quiera hacer de siervo.

A tal incomprensión Jesús responde a Pedro invitándolo a acoger el sentido de lavar los pies como un testimonio de su afecto hacia él. Más precisamente: le quiere ofrecer una prueba concreta de cómo Él y el Padre lo aman.

Pero Pedro rechaza que Jesús se ponga a sus pies. Para Pedro cada uno debe cumplir su papel. No es aceptable que Jesús abandone su posición de superioridad para hacerse igual o siervo de sus discípulos. Tal idea del Maestro desorienta a Pedro y lo lleva a protestar. No aceptando el servicio de amor de su Maestro, no acepta ni siquiera que muera en la cruz por él (12,34;13,37). Pedro todavía está lejos de comprender el verdadero amor.

Mientras que Pedro no esté dispuesto a compartir la dinámica del amor que se manifiesta en el servicio recíproco no puede compartir la amistad con Jesús, y se arriesga a autoexcluirse.

A continuación, la advertencia de Jesús: “Si no te lavo, no tendrás parte conmigo” (v.8), Pedro consiente a las amenazantes palabras del Maestro, pero sin aceptar el sentido profundo de la acción de Jesús. Se muestra dispuesto a dejarse lavar, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza. Parece que Pedro admite mejor el gesto de Jesús como una acción de purificación o ablución, más que como servicio. Pero Jesús responde que los discípulos están purificados (“limpios”) desde el momento en que han aceptado dejarse guiar por la Palabra del Maestro. Pedro y los discípulos no tienen necesidad del rito judaico de la purificación, sino de dejarse lavar los pies por Jesús; o mejor, de dejarse amar por él , que les da dignidad y libertad.

d) El memorial del amor:

Al término del lavatorio de los pies, Jesús intenta dar a su acción una validez permanente para su comunidad y al mismo tiempo dejar en ella un memorial o mandamiento que deberá regular para siempre las relaciones fraternas.

Jesús es el Señor, no en la línea de dominio, sino en cuanto comunica el amor del Padre (su Espíritu) que nos hace hijos de Dios y aptos para imitar a Jesús, que libremente da su amor a los suyos. Esta actitud interior de Jesús lo ha querido comunicar a los suyos, un amor que no excluye a ninguno, ni siquiera a Judas que lo va a traicionar. Por tanto si los discípulos lo llaman Señor, deben imitarlo; si lo consideran Maestro deben escucharlo.

martes, 23 de febrero de 2016

Mateo 20,17-28: por la Orden Carmelitana

Mateo 20,17-28

En aquel tiempo, mientras iba subiendo Jesús a Jerusalén, tomando aparte a los Doce, les dijo por el camino: "Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará." Entonces se le acercó la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: "¿Qué deseas?" Ella contestó: "Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda." Pero Jesús replicó: "No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?" Contestaron: "Lo somos." Él les dijo: "Mi cáliz lo beberéis; pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre." Los otros diez, que lo habían oído, se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús, reuniéndolos, les dijo: "Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos."

— Comentario de la Orden Carmelita

El evangelio de hoy habla de tres puntos:

• El tercer anuncio de la pasión (Mt 20,17-19)
• La petición de la madre de los hijos de Zebedeo (Mt 20,20-23)
• La discusión de los discípulos que quieren el primer puesto (Mt 20,24-28).

Mateo 20,17-19: El tercero anuncio de la pasión

Están de camino hacia Jerusalén. Jesús los precede. Sabe que le matarán. El profeta Isaías lo había ya anunciado (Is 50,4-6; 53,1-10). Por esto, su muerte no es consecuencia de un compromiso asumido con la misión recibida del Padre junto con los excluidos de su tiempo.

Jesús alerta a los discípulos sobre la tortura y la muerte que encontrarán en Jerusalén. Pues el discípulo ha de seguir al maestro, aunque fuera para sufrir con él. Los discípulos están asustados y le acompañan con miedo. No entienden lo que está ocurriendo (cf. Lc 18,34). El sufrimiento no concuerda con la idea que ellos tienen del mesías (cf. Mt 16,21-23).

Mateo 20,20-21: La petición de la madre que pide el primer puesto para los hijos

Los discípulos no sólo no entienden el alcance del mensaje de Jesús sino que continúan con sus ambiciones personales. Jesús insistía en el servicio y en la entrega y ellos seguían con sus ambiciones personales y pedían los primeros puestos en el Reino.

La madre de Santiago y de Juan, llevando consigo los dos hijos, llega cerca de Jesús y pide un lugar en la gloria del Reino para sus hijos, uno a la derecha y el otro a la izquierda de Jesús. Los dos no entendieron la propuesta de Jesús. Estaban preocupados solamente con sus propios intereses. Señal de que la ideología dominante de la época había penetrado profundamente en la mentalidad de los discípulos.

A pesar de la convivencia de varios años con Jesús, no habían renovado su manera de ver las cosas. Miraban hacia Jesús con una mirada antigua. Querían una recompensa por el hecho de seguir a Jesús. Las mismas tensiones existían en las comunidades en el tiempo de Mateo y existen hoy en nuestras comunidades.

Mateo 20,22-23: La respuesta de Jesús

Jesús reacciona con firmeza: “¡Ustedes no saben lo que están pidiendo!” Y pregunta si son capaces de beber el cáliz que él, Jesús, va a beber, y se están dispuestos a recibir el bautismo que él va a recibir. Es el cáliz del sufrimiento, el bautismo de sangre.

Jesús quiere saber si ellos, en vez del lugar de primer plano, aceptan entregar su vida hasta la muerte. Los dos contestan: “¡Podemos!” Parece una respuesta de boca hacia fuera, pues pocos días después, abandonarán a Jesús y lo dejarán sólo en la hora del sufrimiento (Mc 14,50). Ellos no tienen mucha conciencia crítica, ni perciben la realidad personal. Cuanto al lugar de primer plano en el Reino al lado de Jesús, aquel que lo da es el Padre. Lo que Jesús tiene que ofrecer es el cáliz y el bautismo, el sufrimiento y la cruz.

Mateo 20,24-27: Entre ustedes no sea así

Jesús habla, de nuevo, sobre el ejercicio del poder (cf. Mc 9,33-35). En aquel tiempo, los que detenían el poder no prestaban atención a la gente. Actuaban conforme a lo que oían (cf. Mc 6,27-28).

El imperio romano controlaba el mundo y lo mantenía sometido por la fuerza de las armas y así, a través tributos, impuestos y tasas, lograba concentrar la riqueza de la gente en manos de pocos allí en Roma. La sociedad estaba caracterizada por el ejercicio represivo y abusivo del poder.

Jesús tiene otra propuesta. Dice: “¡Entre vosotros no debe ser así! Quien quiere ser el mayor, sea el servidor de todos.” Enseña en contra de los privilegios y las rivalidades. Quiere mudar el sistema e insiste en el servicio como remedio contra la ambición personal.

Mateo 20,28: El resumen de la vida de Jesús

Jesús define su misión y su vida: “¡No he venido para ser servido, sino para servir!” Vino a dar su vida en rescate de muchos. El es el Mesías siervo, anunciado por el profeta Isaías (cf. Is 42,1-9; 49,1-6; 50,4-9; 52,13-53,12). Aprendió de su madre, que dijo: “¡He aquí la esclava del Señor!”(Lc 1,38). Propuesta totalmente nueva para la sociedad de aquel tiempo.