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sábado, 10 de enero de 2026

Biblia y Oración

 


Antiguo Testamento:


Sobre el Padre nuestro:


La oración de Jesús:


Parábolas:


Jesús reza con los niños:


¿Cómo y por qué rezar?


La oración de la Comunidad cristiana:


Papa León XIV

Domingo de la Palabra de Dios

sábado, 8 de abril de 2023

LA RESURRECCIÓN EN LA BIBLIA



La Resurrección es fundamental en la fe del cristiano que debe ser conocido y profundizado por todo creyente, particularmente en el tiempo pascual. Intentaremos en este estudio desglosar los distintos significados enmarcados por el mismo término e investigar su riqueza:

Etimología

El Nuevo Testamento es el tomo de la Biblia donde más se habla de la Resurrección. Para ello se emplea el término griego Anástasis (resurrección), que está emparentado con Anastao (sacar, levantar).

El vocablo castellano proviene del latín Resurrectio, que también tiene el significado de resurgir. De manera que resucitar significaría levantarse, salir o ser sacado de entre los muertos. Los muertos yacen acostados, por eso volver a la vida se entiende como levantarse.

La resurrección como fenómeno

El fenómeno de "volver a la vida" y la resurrección "bíblica" no son siempre la misma cosa, aunque están profundamente relacionados.

En Génesis 2,7 se describe el origen de la vida: el cuerpo es moldeado de arcilla y lo que da la vida es el soplo vital, el ruaj o pneuma (a la vez aliento y espíritu, en hebreo y griego). La muerte entonces se entendería como en la separación del principio vital del cuerpo (…porque eres polvo y al polvo retornarás. Gn 3,19).

En consecuencia, la resurrección sería la reunión de la materia corpórea con el "principio animador" o alma (cf. 1 Re 17,17ss; 2 Re 4,18-37). La imagen más extrema de la "vuelta a la vida" en el sentido corpóreo está figurada en la profecía de Ezequiel 37,1-10.

La resurrección: esperanza en el Antiguo Testamento

Al explicar el origen del sufrimiento, el texto de Génesis 3 establece una relación causa-efecto entre el pecado y la muerte. Todo lo que implicaba enfermedad o muerte era visto como producto del pecado, mientras que, por una analogía inversa, todo lo bueno (salud, prosperidad) era visto como señal de bendición.

De allí se derivó en el antiguo Israel el concepto de teología retributiva, que quiere decir que Dios te da salud, descendencia y bienes materiales en la medida en que gozas de su favor por tus oraciones, sacrificios y ofrendas (un ejemplo de ello es el desconcierto de Job frente a la prueba: si Job era justo ¿por qué pierde todo?).

El "punto débil" de la teología de la retribución está en la muerte: ¿acaso la mayor bendición no es la vida? ¿De qué te vale tener bienes si igual has de morir? Y si irremisiblemente mueres ¿para qué sirve vivir? ¿Qué sucede al creyente al morir? (Qo 3;12,7)

¿Qué diferencia existiría entonces entre ser bueno y ser malo si todos mueren igualmente? La inserción de estas reflexiones en el pensamiento teológico de Israel dio paso a una nueva etapa en la Revelación donde la muerte se empezó a entender como un nuevo estadio (el Seol) (Sir 17,25ss) y la resurrección se fue perfilando como una nueva esperanza (Is 26,19; Os 13,14) para los que son fieles a Yahvé. Dios se convierte entonces en el liberador de Israel de las garras de la muerte (Is 25,8). Esta certeza de una vida futura es ya un hecho en la época de los Macabeos (2 Ma 7).

Jesús y la resurrección

Sólo un profeta poderoso como Elías podía resucitar a un muerto. Jesús no solo resucitó a la hija de Jairo (Mt 9,18-26), sino que superó a Elías al resucitar un cadáver con 4 días de descomposición (Jn 11,39).

También al morir Jesús, varios muertos resucitaron (Mt 27,52). Sin embargo lo más importante es que Jesús se identifica a sí mismo con la Resurrección (Jn 11,25-26) y tras anunciar su futura resurrección (Mc 8,31) la ejecuta (Mt 28; Mc 16; Lc 24; Jn 20).

La resurrección de Cristo no es solo una vuelta a la vida corpórea, sino un nuevo estado de vida en el cual Él posee un cuerpo real pero libre de las limitaciones materiales (come Lc 24,30.41-43; no está sometido al espacio ni al tiempo Mt 28,9.16-17; Lc 24,15.36; Jn 20,14.19.26;21,4; luce como desea Jn 20,14-15; Mc 16,12; Lc 24,16).

Jesús conserva las señales de su Pasión, aunque no todas (Lc 24,40; Jn 20,20.27), sino solamente las que le fueron hechas en la cruz, pues su sacrificio es eterno y está eternamente ligado a la raza humana.

Las víctimas ofrecidas en el altar del Templo se consumían, tras lo cual el oferente tenía la necesidad de una nueva víctima para expiar culpas futuras. Jesús conserva las señales que recibió en el altar de su sacrificio (la cruz); éstas no se borran porque el sacrificio de Cristo no es perecedero, sino que la ofrenda está siempre viva.

La Resurrección también implica el culmen de una misión. Al encarnarse Jesús se despoja de todo (Fil 2,6-8), al resucitar lo recobra todo por virtud de su entrega (Mt 28,18). A partir de ese momento es constituido Juez y Regente de todo lo creado (Ef 1,20-23).

La Resurrección también inaugura una nueva forma de economía o relación entre Jesús y su Iglesia, donde la Escritura y la Eucaristía vivida en Comunidad son los elementos fundamentales de encuentro con el Resucitado (Lc 24,13-35).

Un hecho curioso en la Resurrección es el famoso noli me tangere (no me toques) de Jn 20,17. Jesús no le dice a Magdalena "no me toques, que todavía no subo al Padre" como una prohibición de ser tocado. Tampoco lo dice porque era un fantasma. La traducción adecuada es "deja de tocarme, que todavía no subo al Padre".

La subida definitiva se realiza en la Ascensión, pero Juan se refiere a otro hecho: Resucitar es volver a la vida, pero ¿qué es la vida? "Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, al único Dios verdadero y al que tú has enviado, Jesucristo" (Jn 17,3). No basta volver a la vida corporal, hay que reunirse con el Padre para vivir realmente.

La Resurrección para el creyente

Apocalipsis habla de dos resurrecciones (Ap 20,1-6), la primera es una resurrección en un sentido espiritual. Resucitar es "levantarse" no solamente del sepulcro sino también del pecado (Ef 5,14).

La primera resurrección hace mención al seguimiento voluntario, maduro y desinteresado de Jesucristo, que es en sí mismo una nueva vida orientada hacia las buenas obras (Rm 8,11.14-17), como sucedió con Pablo (Fil 3,8-16).

Todos resucitaremos en la segunda resurrección (es decir, la resurrección al final de los tiempos) lo creamos o no, pero el creyente que orienta su vida hacia Dios por la fe en la resurrección de Jesús (1 Co 15,1-34) resucitará para la vida eterna (1 Ts 4,14), en cambio el que se ponga voluntariamente en contra de Dios resucitará para la eterna condenación (Jn 5,29), que no es más que el dolor de la ausencia eterna de Dios en su vida.

Por tanto, la vida plena que posee el resucitado se convierte en un elemento interpelador para nosotros ¿qué clase de vida queremos vivir? De la manera en que vivas tu vida en el presente dependerá tu vida eterna.

La segunda resurrección traerá para quien opte por Jesús una vida nueva, gloriosa, distinta y plena (1 Co 15, 35ss). Un cuerpo glorioso para una vida gloriosa.

Fuente: www.diocesisdecanarias.es

martes, 1 de noviembre de 2022

¿Enseña la Biblia sobre la Comunión de los Santos? La doctrina sobre la intercesión de los santos, por Jesús Urones



El 1 de noviembre, fecha de Todos los Santos, la iglesia celebra la memoria de aquellos que han alcanzado la santidad. La doctrina de la comunión de los Santos es una enseñanza que no compartimos con nuestros hermanos separados, ni con las sectas.

Con frecuencia los círculos protestantes nos acusan de que la doctrina de intercesión de los santos no es bíblica, que no existe ningún caso en la Escritura de que un muerto haya intercedido por los vivos. Por ello, comparto unos argumentos que responden a estos ataques y cuestionamientos:

Moisés y Samuel

Para empezar, os propongo esta cita del profeta Jeremías:

Entonces Yavhé me dijo:
«Aunque Moisés y Samuel
se pusieran delante de mí,
no estaría mi voluntad con este pueblo.
Échalos de mi presencia,
y que salgan (Jeremías 15,1)

Moises y Samuel eran conocidos por su poderosa intercesión ante el pueblo de Israel (Ex 32:11-12; 1 Sam 7:9; Sal 99: 6; Jer 15:1).

En el momento que Dios dice esto al profeta Jeremias, Moises y Samuel estaban muertos, sin embargo Dios enseña la posibilidad de que se pongan delante de él para pedir por el pueblo, aún asi, Dios no cambiará de voluntad, y no los quiere delante de él. Esto muestra como dos personas ya fallecidas aún pueden interceder por otros.

Moisés y Samuel son también nombrados en otros dos pasajes de la Escritura donde vemos existe un contacto directo entre la tierra y el mundo espiritual:

“Y viendo la mujer a Samuel, clamó en alta voz, y habló aquella mujer a Saúl, diciendo: ¿Por qué me has engañado? pues tú eres Saúl. Y el rey le dijo: No temas. ¿Qué has visto? Y la mujer respondió a Saúl: He visto dioses que suben de la tierra. El le dijo: ¿Cuál es su forma? Y ella respondió: Un hombre anciano viene, cubierto de un manto. Saúl entonces entendió que era Samuel, y humillando el rostro a tierra, hizo gran reverencia. Y Samuel dijo a Saúl: ¿Por qué me has inquietado haciéndome venir? Y Saúl respondió: Estoy muy angustiado, pues los filisteos pelean contra mí, y Dios se ha apartado de mí, y no me responde más, ni por medio de profetas ni por sueños; por esto te he llamado, para que me declares lo que tengo que hacer. Entonces Samuel dijo: ¿Y para qué me preguntas a mí, si Yavhé se ha apartado de ti y es tu enemigo? (1Samuel 28:12-16)

El medio usado por Saúl es pecaminoso e ilícito, pero yo no argumento sobre el medio, sino sobre como Dios permite exista un contacto entre un profeta ya fallecido y un rey, para comunicarle a este, lo que le va a pasar, y lo que Dios ha decidido para él. 

Es evidente Samuel, ya estaba muerto, pero aun así profetizó lo que le pasaría a Saúl. Esto viene apoyado al leer Eclesiástico (Sirácida) 6,19-20: "Samuel después de que él se había quedado dormido, profetizó y... reveló al rey de su muerte, y alzó su voz de la tierra en la profecía, para borrar la maldad de la gente".

Ahora vamos con Moisés:

“Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto; y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz. Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías, hablando con él. Entonces Pedro dijo a Jesús: Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas: una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías” (Mateo 17,1-4)

En un monte, en la Tierra se aparecen dos fallecidos, Moisés y Elías, hablaban con Jesús, pero Pedro, Santiago y Juan estaban presentes. Otra prueba de que el contacto espíritu y hombre es posible y no es malo, nadie condenaría a Cristo y a Pedro por hablar con muertos ¿no? Si Dios permite los muertos interactúen con los seres humanos para un buen fin, con mayor motivo permitirá nos ayuden en nuestras debilidades y escuchen nuestras súplicas, pues son conscientes como ya hemos demostrado de lo que sucede en la tierra.

Elías

Aquí se menciona además de Moisés, ya conocido como poderoso intercesor (Jeremías 15,1) a Elías, uno de los más grandes profetas, tanto que Dios no quiso que conociera muerte, y se fue al cielo:

“Mientras iban caminando y conversando, de pronto apareció un carro de fuego, tirado por caballos de fuego. Pasó entre los dos hombres y los separó, y Elías fue llevado al cielo por un torbellino. Eliseo lo vio y exclamó: «¡Padre mío! ¡Padre mío! ¡Veo los carros de Israel con sus conductores!». Mientras desaparecían de su vista, rasgó su ropa en señal de angustia” (2 Reyes 2:11-12)

Elías era muy conocido entre la Tradición judía como un poderoso intercesor, tenemos la prueba de que el pueblo judío si creía en la intercesión de los profetas y patriarcas, en este versículo bíblico:

“Y a la hora novena Jesús clamó a gran voz, diciendo: Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? que traducido es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Y algunos de los que estaban allí decían, al oírlo: Mirad, llama a Elías. Y corrió uno, y empapando una esponja en vinagre, y poniéndola en una caña, le dio a beber, diciendo: Dejad, veamos si viene Elías a bajarle” (Marcos 15,34-36)

Si los judíos no creyeran en la intercesión de Elías, nunca habrían dicho, "llama a Elías" o "Esperad a ver si viene Elías a bajarle". Parece invocar a Elías era algo común en la Tradición judía.

Debemos tener en cuenta que en Marcos 15:34 se usa ßοαω —clamar, implorar—, también usada en Lucas18,7 y 1 Samuel 7,8 para implorar a Dios en oración o intercesión. Esta palabra se puede encontrar en contexto de intercesión/oración en dichos pasajes, lo cual refuerza la idea de que Jesús estaba rezando, pero a Dios no a Elías. Sin embargo, los judíos que allí estaban pensaban se trataba de Elías, como prueba los versículos 35 y 36.

Esto es lógicamente posible ya que Elías se había aparecido a Cristo antes en el monte, (Mateo 17,3-4) por lo que no es de extrañar los evangelistas aquí mencionaran este dato.

La Torah

Por otro lado, sabemos que dentro de la Torah judía se recogen enseñanzas sobre la intercesión de los profetas y patriarcas:

Tenemos en Sota 34b, como uno de los espías que mandó Moises a la tierra de Canaán hizo un desvío a Hebron para rezar delante de la tumba de Abraham Sara e Isaac y pedir por su alma y luego se salvó de la decisión que tomaron los otros espías.

En Taanit 16c se nos dice que es costumbre visitar un cementerio en día de ayuno, para pedir que los que están allí enterrados intercedan por nosotros.

Eliseo

Para finalizar, me gustaría citar la última prueba de la intercesión de un difunto con los vivos:

“Y cuando estaban sepultando a un hombre, he aquí, vieron una banda de merodeadores y arrojaron al hombre en la tumba de Eliseo. Y cuando el hombre cayó y tocó los huesos de Eliseo, revivió, y se puso en pie (2 Reyes 13,21).

Dios se vale de los huesos de un santo profeta, Eliseo, para revivir a un Muerto. Esto muestra la posibilidad de que aun muerto, los profetas podían hacer milagros a través de Dios, y Dios los seguía usando, aunque no se pidió revivir al muerto. El contacto de un hombre con un santo lo resucita, la intercesión se ve en que el hombre muerto "toca los huesos del Santo" estos huesos son el medio que Dios usa para que el muerto resucite.

Nuestro medio es la oración a los justos —Santiago 5:16—, la cual tiene mucho poder para solicitarles su intercesión en nuestras aflicciones.

Abraham

Igualmente, con Abraham:

“Aconteció que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico, y fue sepultado. En el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos, y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Entonces, gritando, dijo: “Padre Abraham, ten misericordia de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama.” Pero Abraham le dijo: “Hijo, acuérdate de que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, males; pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado. Además de todo esto, una gran sima está puesta entre nosotros y vosotros, de manera que los que quieran pasar de aquí a vosotros no pueden, ni de allá pasar acá.” Entonces le dijo: “Te ruego, pues, padre, que lo envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les testifique a fin de que no vengan ellos también a este lugar de tormento.” Abraham le dijo: “A Moisés y a los Profetas tienen; ¡que los oigan a ellos!” Él entonces dijo: “No, padre Abraham; pero si alguno de los muertos va a ellos, se arrepentirán.” Pero Abraham le dijo: “Si no oyen a Moisés y a los Profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levante de los muertos” (Lc 16,22-31).

En este pasaje vemos como se pide al Padre Abraham que se envíe al mendigo a casa del padre del rico para que dé testimonio de lo que estaba por venir. Esto es que un ser desde el seno de Abraham puede testificar en la Tierra sobre lo que ha de venir, para que las personas se conviertan al evangelio. Es muy significativa la frase“ si alguno de los muertos va, ellos se arrepentirán”.

Por tanto, si existe un contacto entre muertos y vivos, tal y como esta frase indica ¿por qué los vivos no pueden pedir que estos intercedan por ellos? Curiosamente el rico desde el Hades, está pidiendo la intercesión de un muerto por los vivos (sus padres y hermanos). Esto es una prueba más de la posibilidad que existe de intercesión una vez muerto.


sábado, 15 de octubre de 2022

DOMINGO DE LA 29 SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO, Ciclo C (Lecturas)

Exodo 17:8-13
Salmo 121: El Auxilio me viene del Señor 
que hizo el cielo y la tierra
2Timoteo 3:14-4:2
Lucas 18:1-8


Los amalecitas vinieron a Refidín y atacaron a los israelitas. Entonces Moisés le ordenó a Josué:
— Escoge algunos de nuestros hombres y sal a combatir a los amalecitas. Mañana yo estaré en la cima de la colina con la vara de Dios en la mano.
Josué siguió las órdenes de Moisés y les presentó batalla a los amalecitas. Por su parte, Moisés, Aarón y Jur subieron a la cima de la colina. Mientras Moisés mantenía los brazos en alto, la batalla se inclinaba en favor de los israelitas; pero cuando los bajaba, se inclinaba en favor de los amalecitas. Cuando a Moisés se le cansaron los brazos, tomaron una piedra y se la pusieron debajo para que se sentara en ella; luego Aarón y Jur le sostuvieron los brazos, uno el izquierdo y otro el derecho, y así Moisés pudo mantenerlos firmes hasta la puesta del sol. Fue así como Josué derrotó al ejército amalecita a filo de espada.

Salmo 120: El auxilio me viene del Señor, 
que hizo el cielo y la tierra

Levanto mis ojos a los montes:
¿de dónde me vendrá el auxilio?
El auxilio me viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.
R. El auxilio me viene del Señor, 
que hizo el cielo y la tierra

No permitirá que resbale tu pie,
tu guardián no duerme;
no duerme ni reposa el guardián de Israel.
R. El auxilio me viene del Señor, 
que hizo el cielo y la tierra

El Señor te guarda a su sombra,
está a tu derecha;
de día el sol no te hará daño,
ni la luna de noche.
R. El auxilio me viene del Señor, 
que hizo el cielo y la tierra

El Señor te guarda de todo mal,
él guarda tu alma;
el Señor guarda tus entradas y salidas,
ahora y por siempre.
R. El auxilio me viene del Señor, 
que hizo el cielo y la tierra

2 Timoteo 3:4–4:2

Pero tú, permanece firme en lo que has aprendido y de lo cual estás convencido, pues sabes de quiénes lo aprendiste. Desde tu niñez conoces las Sagradas Escrituras, que pueden darte la sabiduría necesaria para la salvación mediante la fe en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia, a fin de que el siervo de Dios esté enteramente capacitado para toda buena obra. En presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de venir en su reino y que juzgará a los vivos y a los muertos, te doy este solemne encargo: Predica la Palabra; persiste en hacerlo, sea o no sea oportuno; corrige, reprende y anima con mucha paciencia, sin dejar de enseñar.


Jesús les contó a sus discípulos una parábola para mostrarles que debían orar siempre, sin desanimarse. Les dijo:
— Había en cierto pueblo un juez que no tenía temor de Dios ni consideración de nadie. En el mismo pueblo había una viuda que insistía en pedirle: "Hágame usted justicia contra mi adversario." Durante algún tiempo él se negó, pero por fin concluyó: "Aunque no temo a Dios ni tengo consideración de nadie, como esta viuda no deja de molestarme, voy a tener que hacerle justicia, no sea que con sus visitas me haga la vida imposible."
Continuó el Señor:
— Tengan en cuenta lo que dijo el juez injusto. ¿Acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará mucho en responderles? Les digo que sí les hará justicia, y sin demora. No obstante, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?


SOBRE LAS LECTURAS DE ESTE DOMINGO:

Sobre la autoridad de "atar" y "desatar"

 



Perdonar pecados, pronunciar sentencias doctrinales y tomar decisiones disciplinares


Inmediatamente después de que Jesús entrega las llaves del Reino a Pedro, le dice también: «Y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» (Mt 16,19b)

Ante estas palabras, los destinatarios, principalmente judíos, veían un claro signo de autoridad pues, en la tradición judía, la expresión “atar y desatar”, atestiguada en los textos rabínicos con la fórmula aramea אסר, ’asar, y ש רא, shera’, se hace eco en la versión aramea de Mateo, el cual mantiene exactamente las mismas palabras, אסיר, ’asir, y ש רא, shere’, en arameo siriaco.[1]

En la literatura rabínica, estos verbos no sólo eran empleados para referirse a la autoridad disciplinar, es decir, a la admisión y expulsión de la sinagoga y a la facultad de permitir o prohibir en asuntos importantes, sino también a la autoridad para enseñar e interpretar la ley.

Ahora, en el nuevo pacto, el poder de atar y desatar toma una nueva dimensión, haciendo alusión al poder para perdonar pecados (cf. Jn 20,23), además de la autoridad para pronunciar sentencias doctrinales y tomar decisiones disciplinares en la Iglesia (cf. CEC, 553). 

Después de resucitar, Jesús hace partícipes de su propia misión a los apóstoles, a los que les confiere la potestad para perdonar pecados, como narra el evangelista san Juan[2]. De ahí que, temprano en el desarrollo disciplinar de la Iglesia, se asociara la confesión de las culpas a la potestad para perdonar pecados, confesión que, aunque hoy es en privado, al principio se realizaba de manera pública, como lo atestiguan el libro de los Hechos de los Apóstoles[3] y el Salmo 32[4]. 

Es importante señalar, sin embargo, que el poder de atar y desatar, es decir, de:

• perdonar pecados
• pronunciar sentencias doctrinales
• tomar decisiones disciplinares en la Iglesia

concedido primero a Pedro, no está reservado a él, sino que después fue concedido a los apóstoles, es decir, a todo el colegio apostólico. «Yo os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo»[5] (Mt 18,18)

El colegio apostólico como sínodo tiene, por lo tanto, la autoridad conferida por Jesús, pero exige la figura de Pedro, quien recibió esta autoridad y poder personalmente (Mt 16,19). Por eso, el colegio apostólico no puede renunciar al ministerio petrino (perdería la unidad, consistencia y seguridad en la fe), pero tampoco puede, Pedro, suprimir a los apóstoles. 

De la misma manera, el Papa no puede prescindir del colegio episcopal en el gobierno de la Iglesia y ejercer un gobierno personal, porque eso es contrario al evangelio y también corrompe la unidad cristiana.

La unidad de Pedro y los apóstoles, es decir, del Papa y los obispos, es fundamental. Gobiernan la Iglesia juntos, no separados. Así se constituye la unidad del colegio apostólico, fundamento visible de la unidad de toda la comunidad de los discípulos de Jesús, la Iglesia.

Notas: 

[1] (Mt 16,19b, Khabouris Codex)                                                                     
[2] «Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.» 
      Dicho esto, sopló y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, 
      les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos»» (Jn 20,21-23)
[3] «Muchos de los que habían creído venían a confesar y declarar públicamente sus prácticas. 
      Bastantes de los que habían practicado la magia reunieron los libros y los quemaron delante 
      de todos. […]» (Act 19,18-19)
[4] «Reconocí mi pecado y no te oculté mi culpa; me dije: «Confesaré a Yahvé mis rebeldías». 
      Y tú absolviste mi culpa, perdonaste mi pecado» (Sal 32,5)
[5] “Extensión a los ministros de la Iglesia (a los que en primer lugar se dirige todo este discurso) 
     de uno de los poderes conferidos a Pedro” (Desclée de Brouwer, 1998)

Fuente: Instituto Diocesano de Teología, Ciudad Juarez, México.


miércoles, 6 de julio de 2022

Los manuscritos del mar muerto (contenido)

 

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lunes, 30 de septiembre de 2019

Carta apostólica en forma de Motu Proprio del Santo Padre Francisco “Aperuit Illis” con la que se instituye el Domingo de la Palabra de Dios (30 de septiembre del 2019)

Carta Apostólica
en forma de Motu Proprio
del Santo Padre
Francisco
Aperuit illis
con la que se instituye el
Domingo de la Palabra de Dios

1. «Les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras» (Lc 24,45). Es uno de los últimos gestos realizados por el Señor resucitado, antes de su Ascensión. Se les aparece a los discípulos mientras están reunidos, parte el pan con ellos y abre sus mentes para comprender la Sagrada Escritura. A aquellos hombres asustados y decepcionados les revela el sentido del misterio pascual: que según el plan eterno del Padre, Jesús tenía que sufrir y resucitar de entre los muertos para conceder la conversión y el perdón de los pecados (cf. Lc 24,26.46-47); y promete el Espíritu Santo que les dará la fuerza para ser testigos de este misterio de salvación (cf. Lc 24,49).

La relación entre el Resucitado, la comunidad de creyentes y la Sagrada Escritura es intensamente vital para nuestra identidad. Si el Señor no nos introduce es imposible comprender en profundidad la Sagrada Escritura, pero lo contrario también es cierto: sin la Sagrada Escritura, los acontecimientos de la misión de Jesús y de su Iglesia en el mundo permanecen indescifrables. San Jerónimo escribió con verdad: «La ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo» (In Is., Prólogo: PL 24,17).

2. Tras la conclusión del Jubileo extraordinario de la misericordia, pedí que se pensara en «un domingo completamente dedicado a la Palabra de Dios, para comprender la riqueza inagotable que proviene de ese diálogo constante de Dios con su pueblo» (Carta ap. Misericordia et misera, 7). Dedicar un domingo del Año litúrgico a la Palabra de Dios nos permite, sobre todo, hacer que la Iglesia reviva el gesto del Resucitado que abre también para nosotros el tesoro de su Palabra para que podamos anunciar por todo el mundo esta riqueza inagotable. En este sentido, me vienen a la memoria las enseñanzas de san Efrén: «¿Quién es capaz, Señor, de penetrar con su mente una sola de tus frases? Como el sediento que bebe de la fuente, mucho más es lo que dejamos que lo que tomamos. Porque la palabra del Señor presenta muy diversos aspectos, según la diversa capacidad de los que la estudian. El Señor pintó con multiplicidad de colores su palabra, para que todo el que la estudie pueda ver en ella lo que más le plazca. Escondió en su palabra variedad de tesoros, para que cada uno de nosotros pudiera enriquecerse en cualquiera de los puntos en que concentrar su reflexión» (Comentarios sobre el Diatésaron, 1,18).

Por tanto, con esta Carta tengo la intención de responder a las numerosas peticiones que me han llegado del pueblo de Dios, para que en toda la Iglesia se pueda celebrar con un mismo propósito el Domingo de la Palabra de Dios. Ahora se ha convertido en una práctica común vivir momentos en los que la comunidad cristiana se centra en el gran valor que la Palabra de Dios ocupa en su existencia cotidiana. En las diferentes Iglesias locales hay una gran cantidad de iniciativas que hacen cada vez más accesible la Sagrada Escritura a los creyentes, para que se sientan agradecidos por un don tan grande, con el compromiso de vivirlo cada día y la responsabilidad de testimoniarlo con coherencia.

El Concilio Ecuménico Vaticano II dio un gran impulso al redescubrimiento de la Palabra de Dios con la Constitución dogmática Dei Verbum. En aquellas páginas, que siempre merecen ser meditadas y vividas, emerge claramente la naturaleza de la Sagrada Escritura, su transmisión de generación en generación (cap. II), su inspiración divina (cap. III) que abarca el Antiguo y el Nuevo Testamento (capítulos IV y V) y su importancia para la vida de la Iglesia (cap. VI). Para aumentar esa enseñanza, Benedicto XVI convocó en el año 2008 una Asamblea del Sínodo de los Obispos sobre el tema “La Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia”, publicando a continuación la Exhortación apostólica Verbum Domini, que constituye una enseñanza fundamental para nuestras comunidades.[1] En este Documento en particular se profundiza el carácter performativo de la Palabra de Dios, especialmente cuando su carácter específicamente sacramental emerge en la acción litúrgica.[2]

Por tanto, es bueno que nunca falte en la vida de nuestro pueblo esta relación decisiva con la Palabra viva que el Señor nunca se cansa de dirigir a su Esposa, para que pueda crecer en el amor y en el testimonio de fe.

3. Así pues, establezco que el III Domingo del Tiempo Ordinario esté dedicado a la celebración, reflexión y divulgación de la Palabra de Dios. Este Domingo de la Palabra de Dios se colocará en un momento oportuno de ese periodo del año, en el que estamos invitados a fortalecer los lazos con los judíos y a rezar por la unidad de los cristianos. No se trata de una mera coincidencia temporal: celebrar el Domingo de la Palabra de Dios expresa un valor ecuménico, porque la Sagrada Escritura indica a los que se ponen en actitud de escucha el camino a seguir para llegar a una auténtica y sólida unidad.

Las comunidades encontrarán el modo de vivir este Domingo como un día solemne. En cualquier caso, será importante que en la celebración eucarística se entronice el texto sagrado, a fin de hacer evidente a la asamblea el valor normativo que tiene la Palabra de Dios. En este domingo, de manera especial, será útil destacar su proclamación y adaptar la homilía para poner de relieve el servicio que se hace a la Palabra del Señor. En este domingo, los obispos podrán celebrar el rito del Lectorado o confiar un ministerio similar para recordar la importancia de la proclamación de la Palabra de Dios en la liturgia. En efecto, es fundamental que no falte ningún esfuerzo para que algunos fieles se preparen con una formación adecuada a ser verdaderos anunciadores de la Palabra, como sucede de manera ya habitual para los acólitos o los ministros extraordinarios de la Comunión. Asimismo, los párrocos podrán encontrar el modo de entregar la Biblia, o uno de sus libros, a toda la asamblea, para resaltar la importancia de seguir en la vida diaria la lectura, la profundización y la oración con la Sagrada Escritura, con una particular consideración a la lectio divina.

4. El regreso del pueblo de Israel a su patria, después del exilio en Babilonia, estuvo marcado de manera significativa por la lectura del libro de la Ley. La Biblia nos ofrece una descripción conmovedora de ese momento en el libro de Nehemías. El pueblo estaba reunido en Jerusalén en la plaza de la Puerta del Agua, escuchando la Ley. Aquel pueblo había sido dispersado con la deportación, pero ahora se encuentra reunido alrededor de la Sagrada Escritura como si fuera «un solo hombre» (Ne 8,1). Cuando se leía el libro sagrado, el pueblo «escuchaba con atención» (Ne 8,3), sabiendo que podían encontrar en aquellas palabras el significado de los acontecimientos vividos. La reacción al anuncio de aquellas palabras fue la emoción y las lágrimas: «[Los levitas] leyeron el libro de la ley de Dios con claridad y explicando su sentido, de modo que entendieran la lectura. Entonces el gobernador Nehemías, el sacerdote y escriba Esdras, y los levitas que instruían al pueblo dijeron a toda la asamblea: “Este día está consagrado al Señor, vuestro Dios. No estéis tristes ni lloréis” (y es que todo el pueblo lloraba al escuchar las palabras de la ley). […] “¡No os pongáis tristes; el gozo del Señor es vuestra fuerza!”» (Ne 8,8-10).

Estas palabras contienen una gran enseñanza. La Biblia no puede ser sólo patrimonio de algunos, y mucho menos una colección de libros para unos pocos privilegiados. Pertenece, en primer lugar, al pueblo convocado para escucharla y reconocerse en esa Palabra. A menudo se dan tendencias que intentan monopolizar el texto sagrado relegándolo a ciertos círculos o grupos escogidos. No puede ser así. La Biblia es el libro del pueblo del Señor que al escucharlo pasa de la dispersión y la división a la unidad. La Palabra de Dios une a los creyentes y los convierte en un solo pueblo.

5. En esta unidad, generada con la escucha, los Pastores son los primeros que tienen la gran responsabilidad de explicar y permitir que todos entiendan la Sagrada Escritura. Puesto que es el libro del pueblo, los que tienen la vocación de ser ministros de la Palabra deben sentir con fuerza la necesidad de hacerla accesible a su comunidad.

La homilía, en particular, tiene una función muy peculiar, porque posee «un carácter cuasi sacramental» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 142). Ayudar a profundizar en la Palabra de Dios, con un lenguaje sencillo y adecuado para el que escucha, le permite al sacerdote mostrar también la «belleza de las imágenes que el Señor utilizaba para estimular a la práctica del bien» (ibíd.). Esta es una oportunidad pastoral que hay que aprovechar.

De hecho, para muchos de nuestros fieles esta es la única oportunidad que tienen para captar la belleza de la Palabra de Dios y verla relacionada con su vida cotidiana. Por lo tanto, es necesario dedicar el tiempo apropiado para la preparación de la homilía. No se puede improvisar el comentario de las lecturas sagradas. A los predicadores se nos pide más bien el esfuerzo de no alargarnos desmedidamente con homilías pedantes o temas extraños. Cuando uno se detiene a meditar y rezar sobre el texto sagrado, entonces se puede hablar con el corazón para alcanzar los corazones de las personas que escuchan, expresando lo esencial con vistas a que se comprenda y dé fruto. Que nunca nos cansemos de dedicar tiempo y oración a la Sagrada Escritura, para que sea acogida «no como palabra humana, sino, cual es en verdad, como Palabra de Dios» (1 Ts 2,13).

Es bueno que también los catequistas, por el ministerio que realizan de ayudar a crecer en la fe, sientan la urgencia de renovarse a través de la familiaridad y el estudio de la Sagrada Escritura, para favorecer un verdadero diálogo entre quienes los escuchan y la Palabra de Dios.

6. Antes de reunirse con los discípulos, que estaban encerrados en casa, y de abrirles el entendimiento para comprender las Escrituras (cf. Lc 24,44-45), el Resucitado se aparece a dos de ellos en el camino que lleva de Jerusalén a Emaús (cf. Lc 24,13-35). La narración del evangelista Lucas indica que es el mismo día de la Resurrección, es decir el domingo. Aquellos dos discípulos discuten sobre los últimos acontecimientos de la pasión y muerte de Jesús. Su camino está marcado por la tristeza y la desilusión a causa del trágico final de Jesús. Esperaban que Él fuera el Mesías libertador, y se encuentran ante el escándalo del Crucificado. Con discreción, el mismo Resucitado se acerca y camina con los discípulos, pero ellos no lo reconocen (cf. v. 16). A lo largo del camino, el Señor los interroga, dándose cuenta de que no han comprendido el sentido de su pasión y su muerte; los llama «necios y torpes» (v. 25) y «comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a Él en todas las Escrituras» (v. 27). Cristo es el primer exegeta. No sólo las Escrituras antiguas anticiparon lo que Él iba a realizar, sino que Él mismo quiso ser fiel a esa Palabra para evidenciar la única historia de salvación que alcanza su plenitud en Cristo.

7. La Biblia, por tanto, en cuanto Sagrada Escritura, habla de Cristo y lo anuncia como el que debe soportar los sufrimientos para entrar en la gloria (cf. v. 26). No sólo una parte, sino toda la Escritura habla de Él. Su muerte y resurrección son indescifrables sin ella. Por esto una de las confesiones de fe más antiguas pone de relieve que Cristo «murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas» (1 Co 15,3-5). Puesto que las Escrituras hablan de Cristo, nos ayudan a creer que su muerte y resurrección no pertenecen a la mitología, sino a la historia y se encuentran en el centro de la fe de sus discípulos.

Es profundo el vínculo entre la Sagrada Escritura y la fe de los creyentes. Porque la fe proviene de la escucha y la escucha está centrada en la palabra de Cristo (cf. Rm 10,17), la invitación que surge es la urgencia y la importancia que los creyentes tienen que dar a la escucha de la Palabra del Señor tanto en la acción litúrgica como en la oración y la reflexión personal.

8. El “viaje” del Resucitado con los discípulos de Emaús concluye con la cena. El misterioso Viandante acepta la insistente petición que le dirigen aquellos dos: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída» (Lc 24,29). Se sientan a la mesa, Jesús toma el pan, pronuncia la bendición, lo parte y se lo ofrece a ellos. En ese momento sus ojos se abren y lo reconocen (cf. v. 31).

Esta escena nos hace comprender el inseparable vínculo entre la Sagrada Escritura y la Eucaristía. El Concilio Vaticano II nos enseña: «la Iglesia ha venerado siempre la Sagrada Escritura, como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo, pues, sobre todo en la sagrada liturgia, nunca ha cesado de tomar y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo» (Const. dogm. Dei Verbum, 21).

El contacto frecuente con la Sagrada Escritura y la celebración de la Eucaristía hace posible el reconocimiento entre las personas que se pertenecen. Como cristianos somos un solo pueblo que camina en la historia, fortalecido por la presencia del Señor en medio de nosotros que nos habla y nos nutre. El día dedicado a la Biblia no ha de ser “una vez al año”, sino una vez para todo el año, porque nos urge la necesidad de tener familiaridad e intimidad con la Sagrada Escritura y con el Resucitado, que no cesa de partir la Palabra y el Pan en la comunidad de los creyentes. Para esto necesitamos entablar un constante trato de familiaridad con la Sagrada Escritura, si no el corazón queda frío y los ojos permanecen cerrados, afectados como estamos por innumerables formas de ceguera.

La Sagrada Escritura y los Sacramentos no se pueden separar. Cuando los Sacramentos son introducidos e iluminados por la Palabra, se manifiestan más claramente como la meta de un camino en el que Cristo mismo abre la mente y el corazón al reconocimiento de su acción salvadora. Es necesario, en este contexto, no olvidar la enseñanza del libro del Apocalipsis, cuando dice que el Señor está a la puerta y llama. Si alguno escucha su voz y le abre, Él entra para cenar juntos (cf. 3,20). Jesucristo llama a nuestra puerta a través de la Sagrada Escritura; si escuchamos y abrimos la puerta de la mente y del corazón, entonces entra en nuestra vida y se queda con nosotros.

9. En la Segunda Carta a Timoteo, que constituye de algún modo su testamento espiritual, san Pablo recomienda a su fiel colaborador que lea constantemente la Sagrada Escritura. El Apóstol está convencido de que «toda Escritura es inspirada por Dios es también útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar» (3,16). Esta recomendación de Pablo a Timoteo constituye una base sobre la que la Constitución conciliar Dei Verbum trata el gran tema de la inspiración de la Sagrada Escritura, un fundamento del que emergen en particular la finalidad salvífica, la dimensión espiritual y el principio de la encarnación de la Sagrada Escritura.

Al evocar sobre todo la recomendación de Pablo a Timoteo, la Dei Verbum subraya que «los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras para nuestra salvación» (n. 11). Puesto que las mismas instruyen en vista a la salvación por la fe en Cristo (cf. 2 Tm 3,15), las verdades contenidas en ellas sirven para nuestra salvación. La Biblia no es una colección de libros de historia, ni de crónicas, sino que está totalmente dirigida a la salvación integral de la persona. El innegable fundamento histórico de los libros contenidos en el texto sagrado no debe hacernos olvidar esta finalidad primordial: nuestra salvación. Todo está dirigido a esta finalidad inscrita en la naturaleza misma de la Biblia, que está compuesta como historia de salvación en la que Dios habla y actúa para ir al encuentro de todos los hombres y salvarlos del mal y de la muerte.

Para alcanzar esa finalidad salvífica, la Sagrada Escritura bajo la acción del Espíritu Santo transforma en Palabra de Dios la palabra de los hombres escrita de manera humana (cf. Const. dogm. Dei Verbum, 12). El papel del Espíritu Santo en la Sagrada Escritura es fundamental. Sin su acción, el riesgo de permanecer encerrados en el mero texto escrito estaría siempre presente, facilitando una interpretación fundamentalista, de la que es necesario alejarse para no traicionar el carácter inspirado, dinámico y espiritual que el texto sagrado posee. Como recuerda el Apóstol: «La letra mata, mientras que el Espíritu da vida» (2 Co 3,6). El Espíritu Santo, por tanto, transforma la Sagrada Escritura en Palabra viva de Dios, vivida y transmitida en la fe de su pueblo santo.

10. La acción del Espíritu Santo no se refiere sólo a la formación de la Sagrada Escritura, sino que actúa también en aquellos que se ponen a la escucha de la Palabra de Dios. Es importante la afirmación de los Padres conciliares, según la cual la Sagrada Escritura «se ha de leer e interpretar con el mismo Espíritu con que fue escrita» (Const. dogm. Dei Verbum, 12). Con Jesucristo la revelación de Dios alcanza su culminación y su plenitud; aun así, el Espíritu Santo continúa su acción. De hecho, sería reductivo limitar la acción del Espíritu Santo sólo a la naturaleza divinamente inspirada de la Sagrada Escritura y a sus distintos autores. Por tanto, es necesario tener fe en la acción del Espíritu Santo que sigue realizando una peculiar forma de inspiración cuando la Iglesia enseña la Sagrada Escritura, cuando el Magisterio la interpreta auténticamente (cf. ibíd., 10) y cuando cada creyente hace de ella su propia norma espiritual. En este sentido podemos comprender las palabras de Jesús cuando, a los discípulos que le confirman haber entendido el significado de sus parábolas, les dice: «Pues bien, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo» (Mt 13,52).

11. La Dei Verbum afirma, además, que «la Palabra de Dios, expresada en lenguas humanas, se hace semejante al lenguaje humano, como la Palabra del eterno Padre, asumiendo nuestra débil condición humana, se hizo semejante a los hombres» (n. 13). Es como decir que la Encarnación del Verbo de Dios da forma y sentido a la relación entre la Palabra de Dios y el lenguaje humano, con sus condiciones históricas y culturales. En este acontecimiento toma forma la Tradición, que también es Palabra de Dios (cf. ibíd., 9). A menudo se corre el riesgo de separar la Sagrada Escritura de la Tradición, sin comprender que juntas forman la única fuente de la Revelación. El carácter escrito de la primera no le quita nada a su ser plenamente palabra viva; así como la Tradición viva de la Iglesia, que la transmite constantemente de generación en generación a lo largo de los siglos, tiene el libro sagrado como «regla suprema de la fe» (ibíd., 21). Por otra parte, antes de convertirse en texto escrito, la Sagrada Escritura se transmitió oralmente y se mantuvo viva por la fe de un pueblo que la reconocía como su historia y su principio de identidad en medio de muchos otros pueblos. Por consiguiente, la fe bíblica se basa en la Palabra viva, no en un libro.

12. Cuando la Sagrada Escritura se lee con el mismo Espíritu que fue escrita, permanece siempre nueva. El Antiguo Testamento no es nunca viejo en cuanto que es parte del Nuevo, porque todo es transformado por el único Espíritu que lo inspira. Todo el texto sagrado tiene una función profética: no se refiere al futuro, sino al presente de aquellos que se nutren de esta Palabra. Jesús mismo lo afirma claramente al comienzo de su ministerio: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír» (Lc 4,21). Quien se alimenta de la Palabra de Dios todos los días se convierte, como Jesús, en contemporáneo de las personas que encuentra; no tiene tentación de caer en nostalgias estériles por el pasado, ni en utopías desencarnadas hacia el futuro.

La Sagrada Escritura realiza su acción profética sobre todo en quien la escucha. Causa dulzura y amargura. Vienen a la mente las palabras del profeta Ezequiel cuando, invitado por el Señor a comerse el libro, manifiesta: «Me supo en la boca dulce como la miel» (3,3). También el evangelista Juan en la isla de Patmos evoca la misma experiencia de Ezequiel de comer el libro, pero agrega algo más específico: «En mi boca sabía dulce como la miel, pero, cuando lo comí, mi vientre se llenó de amargor» (Ap 10,10).

La dulzura de la Palabra de Dios nos impulsa a compartirla con quienes encontramos en nuestra vida para manifestar la certeza de la esperanza que contiene (cf. 1 P 3,15-16). Por su parte, la amargura se percibe frecuentemente cuando comprobamos cuán difícil es para nosotros vivirla de manera coherente, o cuando experimentamos su rechazo porque no se considera válida para dar sentido a la vida. Por tanto, es necesario no acostumbrarse nunca a la Palabra de Dios, sino nutrirse de ella para descubrir y vivir en profundidad nuestra relación con Dios y con nuestros hermanos.

13. Otra interpelación que procede de la Sagrada Escritura se refiere a la caridad. La Palabra de Dios nos señala constantemente el amor misericordioso del Padre que pide a sus hijos que vivan en la caridad. La vida de Jesús es la expresión plena y perfecta de este amor divino que no se queda con nada para sí mismo, sino que se ofrece a todos incondicionalmente. En la parábola del pobre Lázaro encontramos una indicación valiosa. Cuando Lázaro y el rico mueren, este último, al ver al pobre en el seno de Abrahán, pide ser enviado a sus hermanos para aconsejarles que vivan el amor al prójimo, para evitar que ellos también sufran sus propios tormentos. La respuesta de Abrahán es aguda: «Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen» (Lc 16,29). Escuchar la Sagrada Escritura para practicar la misericordia: este es un gran desafío para nuestras vidas. La Palabra de Dios es capaz de abrir nuestros ojos para permitirnos salir del individualismo que conduce a la asfixia y la esterilidad, a la vez que nos manifiesta el camino del compartir y de la solidaridad.

14. Uno de los episodios más significativos de la relación entre Jesús y los discípulos es el relato de la Transfiguración. Jesús sube a la montaña para rezar con Pedro, Santiago y Juan. Los evangelistas recuerdan que, mientras el rostro y la ropa de Jesús resplandecían, dos hombres conversaban con Él: Moisés y Elías, que encarnan la Ley y los Profetas, es decir, la Sagrada Escritura. La reacción de Pedro ante esa visión está llena de un asombro gozoso: «Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» (Lc 9,33). En aquel momento una nube los cubrió con su sombra y los discípulos se llenaron de temor.

La Transfiguración hace referencia a la fiesta de las Tiendas, cuando Esdras y Nehemías leían el texto sagrado al pueblo, después de su regreso del exilio. Al mismo tiempo, anticipa la gloria de Jesús en preparación para el escándalo de la pasión, gloria divina que es aludida por la nube que envuelve a los discípulos, símbolo de la presencia del Señor. Esta Transfiguración es similar a la de la Sagrada Escritura, que se trasciende a sí misma cuando alimenta la vida de los creyentes. Como recuerda la Verbum Domini: «Para restablecer la articulación entre los diferentes sentidos escriturísticos es decisivo comprender el paso de la letra al espíritu. No se trata de un paso automático y espontáneo; se necesita más bien trascender la letra» (n. 38).

15. En el camino de escucha de la Palabra de Dios, nos acompaña la Madre del Señor, reconocida como bienaventurada porque creyó en el cumplimiento de lo que el Señor le había dicho (cf. Lc 1,45). La bienaventuranza de María precede a todas las bienaventuranzas pronunciadas por Jesús para los pobres, los afligidos, los mansos, los pacificadores y los perseguidos, porque es la condición necesaria para cualquier otra bienaventuranza. Ningún pobre es bienaventurado porque es pobre; lo será si, como María, cree en el cumplimiento de la Palabra de Dios. Lo recuerda un gran discípulo y maestro de la Sagrada Escritura, san Agustín: «Entre la multitud ciertas personas dijeron admiradas: “Feliz el vientre que te llevó”; y Él: “Más bien, felices quienes oyen y custodian la Palabra de Dios”. Esto equivale a decir: también mi madre, a quien habéis calificado de feliz, es feliz precisamente porque custodia la Palabra de Dios; no porque en ella la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, sino porque custodia la Palabra misma de Dios mediante la que ha sido hecha y que en ella se hizo carne» (Tratados sobre el evangelio de Juan, 10,3).

Que el domingo dedicado a la Palabra haga crecer en el pueblo de Dios la familiaridad religiosa y asidua con la Sagrada Escritura, como el autor sagrado lo enseñaba ya en tiempos antiguos: esta Palabra «está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca, para que la cumplas» (Dt 30,14).

Dado en Roma, en San Juan de Letrán, el 30 de septiembre de 2019.     
Memoria litúrgica de San Jerónimo en el inicio del 1600 aniversario de la muerte.

 FRANCISCO

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[1] Cf. AAS 102 (2010), 692-787.

[2] «La sacramentalidad de la Palabra se puede entender en analogía con la presencia real de Cristo bajo las especies del pan y del vino consagrados. Al acercarnos al altar y participar en el banquete eucarístico, realmente comulgamos el cuerpo y la sangre de Cristo. La proclamación de la Palabra de Dios en la celebración comporta reconocer que es Cristo mismo quien está presente y se dirige a nosotros para ser recibido» (Exhort. ap. Verbum Domini, 56).

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Domingo de la Palabra de Dios

A partir de ahora, la misa del tercer domingo del Tiempo Ordinario (que cae entre finales de enero y mediados de febrero) contará con signos litúrgicos especiales para reforzar la importancia de la Palabra de Dios. Por ejemplo, se entronizará un ejemplar de las Escrituras o se instituirán clérigos o laicos con el oficio de lectores. Ese domingo será, cada año, el "Domingo de la Palabra de Dios".

Así lo decreta para la Iglesia universal el papa Francisco con una carta apostólica en forma de Motu Proprio titulada “Aperuit Illis”, anunciada este 30 de septiembre de 2019, cuando se cumplen 1.600 años de la muerte del gran traductor de la Biblia al latín, San Jerónimo.

El objetivo de esta festividad, asegura el texto, es "que podamos anunciar por todo el mundo esa riqueza inagotable” que es "el tesoro de su Palabra".

Precedentes del Vaticano II y Benedicto XVI

El papa Francisco recuerda que, “el Concilio Vaticano II dio un gran impulso al redescubrimiento de la Palabra de Dios con la Constitución dogmática Dei Verbum”.

Además, en 2008 Benedicto XVI convocó un Sínodo de los Obispos sobre el tema “La Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia”, publicando a continuación la Exhortación Apostólica Verbum Domini. “En este documento – precisa el Papa – se profundiza en el carácter performativo de la Palabra de Dios, especialmente cuando su carácter sacramental emerge en la acción litúrgica”.

Gestos para que sea un domingo solemne con la Palabra

El Pontífice anima a vivir este Domingo de la Palabra como un día solemne. “Será importante que en la celebración eucarística se entronice el texto sagrado, a fin de hacer evidente a la asamblea el valor normativo que tiene la Palabra de Dios. En este domingo, de manera especial, será útil destacar su proclamación y adaptar la homilía para poner de relieve el servicio que se hace a la Palabra del Señor”.

Los obispos pueden celebrar el rito del Lectorado (instituir personas ante el pueblo que sean lectores) o confiar un ministerio similar para recordar la importancia de la proclamación de la Palabra de Dios en la liturgia.

Es fundamental, subraya el Papa, que algunos fieles se preparen con una formación adecuada a ser anunciadores de la Palabra, como sucede de manera ya habitual para los acólitos o los ministros extraordinarios de la Comunión y poder resaltar la importancia de seguir en la vida diaria la lectura, la profundización y la oración con la Sagrada Escritura, con una particular consideración a la lectio divina.

La Biblia no es "para unos pocos privilegiados"


El papa Francisco recuerda que la Biblia “no puede ser sólo patrimonio de algunos, y mucho menos una colección de libros para unos pocos privilegiados”. Pertenece, en primer lugar, al pueblo convocado para escucharla y reconocerse en esa Palabra.

A menudo, denuncia el Pontífice, "se dan tendencias que intentan monopolizar el texto sagrado relegándolo a ciertos círculos o grupos escogidos. No puede ser así. La Biblia es el libro del pueblo del Señor que al escucharlo pasa de la dispersión y la división a la unidad. La Palabra de Dios une a los creyentes y los convierte en un solo pueblo".

Que los pastores expliquen la Biblia al pueblo

Para mejorar esa unidad, el Papa recuerda a los pastores que tienen la gran responsabilidad de explicar y permitir que todos entiendan la Sagrada Escritura. Puesto que es el libro del pueblo, los que tienen la vocación de ser ministros de la Palabra deben sentir con fuerza la necesidad de hacerla accesible a su comunidad.

La homilía, en particular, tiene una función muy peculiar, porque posee «un carácter cuasi sacramental», afirma. Ayudar a profundizar en la Palabra de Dios, con un lenguaje sencillo y adecuado para el que escucha, le permite al sacerdote mostrar también la «belleza de las imágenes que el Señor utilizaba para estimular a la práctica del bien».

Recuerda también las palabras de San Pablo a los Romanos: “La fe proviene de la escucha y la escucha está centrada en la palabra de Cristo”. Por eso, los fieles necesitan escuchar la Palabra en la oración litúrgica y en la oración personal.

El día dedicado a la Biblia debe ayudar, dice el Papa, a tener "familiaridad e intimidad con la Sagrada Escritura y con el Resucitado, que no cesa de partir la Palabra y el Pan en la comunidad de los creyentes. Para esto necesitamos entablar un constante trato de familiaridad con la Sagrada Escritura; si no, el corazón queda frío y los ojos permanecen cerrados, afectados como estamos por innumerables formas de ceguera".

"Está en tu corazón y en tu boca, para que la cumplas"

El Papa concluye invitando a que, el domingo dedicado a la Palabra haga crecer en el pueblo de Dios la familiaridad religiosa y asidua con la Sagrada Escritura, como el autor del Deuteronomio lo enseñaba ya en tiempos antiguos: esta Palabra «está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca, para que la cumplas». Y recuerda el Pontífice que en el camino de escucha de la Palabra de Dios, "nos acompaña la Madre del Señor, reconocida como bienaventurada porque creyó en el cumplimiento de lo que el Señor le había dicho".

El análisis del arzobispo Rino Fisichella

El arzobispo Rino Fisichella, Presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, ha comentado en una entrevista con VaticanNews el sentido de este texto.

- ¿Cómo surgió esta Carta?

- Nace porque el Papa recibió muchas peticiones de pastores y laicos después del Jubileo de la Misericordia. En aquella época, en su Carta Apostólica “Misericordia et Misera”, al final del Año Santo extraordinario, mencionaba que en las iglesias, según su propia creatividad se diera vida a un domingo en el que la Palabra de Dios se situaba en el centro de la vida de la comunidad cristiana. Un signo unitario para hacer emerger aún más la fuerza de la Palabra de Dios para la comunidad, pero también la responsabilidad que la comunidad siente a través de una acción auténticamente evangelizadora.

- ¿Cada domingo no debería ser el domingo de la Palabra de Dios?

- Cada domingo que celebramos es el domingo en el que se celebra el sacrificio de la Pasión, muerte y Resurrección de Jesús, por lo que la acción litúrgica con la celebración de la Eucaristía se convierte en el culmen de la vida cristiana. Esto no significa que, a partir del año 1200, también celebremos la fiesta del Corpus Christi. En el domingo de la Palabra de Dios, en toda la Iglesia, en todas las comunidades cristianas, la Palabra puede ser proclamada con mayor solemnidad, una reflexión especial acompañada de signos más visibles sobre la importancia que esta Palabra tiene para la Iglesia. El Papa eligió celebrar este domingo el Tercer Domingo del Tiempo Ordinario, cuando todas las lecturas proclamadas en el Evangelio presentan la figura de Jesús como heraldo del Reino de Dios.

- ¿Cuál es la relación entre la vida diaria de los cristianos y la Palabra de Dios? Porque a veces sucede que la Palabra es sólo un libro escrito....

- Desafortunadamente, tenemos que tocar un punto de tristeza. La gran mayoría de nuestros cristianos no conocen la Sagrada Escritura. La Biblia es el libro más difundido, pero también es quizás el más polvoriento porque no está en nuestras manos. Con esta Carta el Papa nos invita a tenerla en nuestras manos todos los días, en la medida de lo posible, para hacerla nuestra oración.

» Pensamos que es importante redescubrir la oración hecha con los Salmos porque cada salmo llama a una condición del pueblo cristiano y de la vida de cada hombre y de cada mujer. Luego la Lectio divina y, por tanto, la capacidad de ver cómo se vive esta Palabra en el curso de nuestra historia y cómo ha sido iluminada, cómo su interpretación conduce a una riqueza de sentidos, de significados. Pero sobre todo es la Palabra de Dios que se expresa en nuestro testimonio.

» El Papa recuerda enormemente la dimensión de la caridad porque cuando escuchamos la Palabra de Dios nos volvemos más atentos, vigilantes y sensibles a las necesidades de nuestros hermanos y hermanas, especialmente de los más marginados, y no es casualidad que Francisco recuerde la parábola del rico y del pobre Lázaro. La capacidad de escuchar la Palabra nos hace más sensibles a las situaciones más difíciles y extremas de la vida, las que ahora se denominan "periferias existenciales" de las que somos testigos diariamente.

- Estas últimas son indicaciones concretas que el Papa sugiere a los bautizados, pero en la Carta también hay indicaciones para sacerdotes y obispos.

- El Papa recuerda a los sacerdotes el valor de la homilía. Nos dice que es una ocasión pastoral que no hay que perderse en absoluto. Los sacerdotes, en primer lugar, estamos llamados al contacto cotidiano con la Palabra que debemos explicar a nuestro pueblo que tiene derecho a una explicación inteligente y coherente, que toca la vida y las necesidades presentes en cada uno. Pero también recuerda a los obispos para que en este domingo puedan celebrar, por ejemplo, la institución del ministerio del Lector.

» El Papa va más allá, sin embargo, y dice que con vistas a este domingo, a partir de los próximos años, es bueno que se subraye más el papel de un servicio extraordinario, de un ministerio y de un mandato particular con el que las personas se preparan primero para un contacto más inmediato de estudio, de reflexión con la Palabra de Dios, como es el caso del servicio extraordinario de la Comunión. Creo que esto es también una provocación pastoral.

» Sabemos cómo sucede en nuestras iglesias: la primera persona que encontramos disponible va a leer. Este, sin embargo, no es el valor que debe darse a la Palabra de Dios. La Palabra de Dios debe encontrar mujeres, hombres capaces de proclamar auténticamente y en el anuncio capaces también de comprender el texto sagrado.

Fuente: religionenlibertad.com

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