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sábado, 10 de junio de 2023

SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO, C, por Julio González, S.F.

Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, Año C
Comentario de Julio González, S.F.

La Iglesia no cree en un Dios escondido, invisible, alejado de las personas. Dios se muestra de muchas y muy diferentes maneras.

Algunos creyentes se encuentran con el misterio de Dios principalmente en la naturaleza: en todas sus creaturas. Otros creyentes encuentran a Dios, sobre todo, en su libro sagrado. Para la Iglesia, Dios está siempre presente, nunca se ha apartado de nuestro lado, y podemos encontrar señales de su presencia en toda la creación. Pero no todas las señales que observamos a nuestro alrededor nos hablan de Dios de la misma manera, por ejemplo, un río, un árbol, una piedra, no nos habla de la misma manera de Dios que un ser humano; y, entre los seres humanos, no todos nos muestran una imagen real de Dios (algunos llegan incluso a deformar la imagen de Dios). La Iglesia afirma que todas las personas hemos sido creadas a imagen y semejanza de Dios, pero la imagen fiel y real de Dios la hallamos en Jesucristo.

El sacramento de la Eucaristía nos pone en la presencia de Jesucristo. La Iglesia cree que Cristo está presente en el pan y el vino eucarísticos. ¿Por qué? Porque Jesús mismo se lo dijo a sus discípulos: “Tomen y coman, este es mi cuerpo que será entregado por vosotros”, "el pan que yo les daré es vida para el mundo".

Muchos, entonces, no entendieron; es más, estas palabras les resultaban escandalosas. Algunos acusaron a Jesús de blasfemo porque Dios había alimentado a su pueblo en el desierto con el pan bajado del cielo y, ahora, Jesús de Nazaret afirmaba que podía hacer los mismo.

Sin la presencia de Jesús en la Eucaristía la vida de las primeras comunidades cristianas no se entendería. La comunión eucarística de los discípulos es una comunión en Jesús y la perseverancia en la fe de los primeros cristianos a través de los conflictos, persecuciones, juicios y martirio, no se podría explicar si no fuera porque Jesucristo está presente en todos ellos, y lo está a través de la comunión eucarística.

martes, 25 de abril de 2023

MIÉRCOLES DE LA TERCERA SEMANA DE PASCUA (Lecturas)

Hechos 8,1b-8
Salmo 65: Aclamad al Señor, tierra entera
Juan 6,35-40


Aquel día, se desató una violenta persecución contra la Iglesia de Jerusalén; todos, menos los apóstoles, se dispersaron por Judea y Samaría. Unos hombres piadosos enterraron a Esteban e hicieron gran duelo por él. Saulo se ensañaba con la Iglesia; penetraba en las casas y arrastraba a la cárcel a hombres y mujeres. Al ir de un lugar para otro, los prófugos iban difundiendo el Evangelio. Felipe bajó a la ciudad de Samaría y predicaba allí a Cristo. El gentío escuchaba con aprobación lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría.



Aclamad al Señor, tierra entera;
tocad en honor de su nombre,
cantad himnos a su gloria.
Decid a Dios: "¡Qué terribles son tus obras!"
R. Aclamad al Señor, tierra entera

Que se postre ante ti la tierra entera,
que toquen en tu honor,
que toquen para tu nombre.
Venid a ver las obras de Dios,
sus temibles proezas en favor de los hombres.
R. Aclamad al Señor, tierra entera

Transformó el mar en tierra firme,
a pie atravesaron el río.
Alegrémonos con Dios,
que con su poder gobierna enteramente.
R. Aclamad al Señor, tierra entera



En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: "Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed; pero, como os he dicho, me habéis visto y no creéis. Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré afuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día. Ésta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día."

jueves, 6 de abril de 2023

La Pascua Judía y la Última Cena


La Última Cena, fue la celebración de la pascua judía, una solemne comida sacrificial llevada a cabo según los antiguos ritos judíos por nuestro Señor y sus apóstoles, conocida como “seder”.

La Última Cena es el momento decisivo cuando los símbolos y profecías del Antiguo Testamento son reemplazados para siempre por los hechos y cumplimiento del Nuevo Testamento. Los evangelistas omitieron a la hora de narrar esa Cena muchos detalles que daban por conocidos por los judíos.

¿Por qué nuestro Señor toma el cáliz dos veces en la narración de san Lucas en la Última Cena? (Lc 22,17-20). ¿Por qué San Pablo habla de la "Copa de bendición"? (1Cor 10,16). ¿Por qué se dijo un salmo antes de que los Apóstoles dejaran el Cenáculo? (Mt. 26: 30). Estas y otras frases cobran nuevo significado a la luz de los antecedentes judaicos.

La Cena Pascual nos ayuda a entender y profundizar en las ceremonias litúrgicas de la Semana Santa y la Pascua, empapadas de alusiones al Antiguo Testamento. "Esta es la solemnidad pascual en la cual el verdadero Cordero, fue sacrificado..." "Oh noche bendita que desposeyó a los egipcios y enriqueció a los hebreos..."

Comprendiendo el contexto en el que Cristo escogió instituir la Santa Eucaristía, se enriquecerá nuestra participación en la Misa.

La Comida Pascual es una preparación de la Misa que enfoca nuestra atención en el misterio pascual, el Cordero que fue sacrificado y nos redimió de la esclavitud con su sangre. Nos prepara para entrar en cada Misa porque la Vigilia Pascual no fue solamente el fin del viejo rito sino el principio del nuevo.

San Atanasio dice: "Cuando nos reunimos y comemos la carne de nuestro Señor y bebemos su sangre, celebramos la Pascua".

La ceremonia de la Cena Pascual nos permite representar los eventos de la vigilia pascual como un drama-oración, para prepararnos para la verdadera representación de la vigilia pascual en la Santa Misa.

Pero, ¿por qué Jesús usó la Cena Pascual para instituir la Eucaristía?

Es importante que veamos que se trata de una elección deliberada de Jesús. Él envía a sus discípulos a preparar el Cenáculo. Se preocupa acerca del tiempo y el lugar exacto y arregla todo de antemano, diciendo cuánto “deseaba comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que no la comeremos hasta que sea cumplida en el Reino de Dios” (Lc 22:15-16).

La historia del Éxodo de Egipto que la Iglesia lee en preparación a los misterios pascuales es la gran parábola de nuestra Redención en el Antiguo Testamento. Cada detalle es significativo. Entre los acontecimientos de la Antigua Ley, el más significativo es la sangre del cordero sacrificado salpicada en las puertas de los hijos de Israel para que el ángel vengador, que vino a matar al primogénito en toda casa de Egipto, "pase de largo" las casas de los hebreos.

La sangre del cordero profetiza el verdadero cordero cuya sangre libera al mundo de la esclavitud del pecado. Dios ordenó que esta primera Pascua fuera conmemorada solemnemente en una festividad anual; la gente debía sacrificar un cordero y comerlo con pan ázimo y lechuga silvestre (un recuerdo de la huida apresurada de Egipto, cuando no hubo tiempo de llevar consigo pan con levadura), en agradecimiento por la libertad que fue un regalo de Dios.

La fiesta de la Pascua anual llegó a ser un acontecimiento de primera importancia en la religión de Israel. Gradualmente el ritual llegó a ser más elaborado y la Pascua, además de memoria del pasado, se hizo profecía del futuro.

En el tiempo de Jesús, la comida pascual ya no se comía de pie y apresuradamente sino reclinados alrededor de la mesa de fiesta. En gran contraste a esa noche de huida, 1500 años antes, la atmósfera era de amor y alegría espiritual. Pero el corazón verdadero de la celebración permanecía el mismo a través de los siglos: sacrificio y banquete sacrificial, celebrado en acción de gracias.

Ahora podemos ver por qué Cristo escogió este momento para su sacrificio. Esta fiesta familiar del pueblo escogido se transformó en la gran fiesta de la comunidad cristiana, uniendo más íntimamente en un solo cuerpo aquellos alimentados por el único Pan divino.

La primera pascua fue conmemorada en una Comida Pascual; la segunda Pascua, el sacrificio de Cristo, fue realizada en la Santa Misa, la Comida Pascual del Nuevo Testamento.

En el marco de la Pascua el significado del sacrificio se aclara: "Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros" (Lc 22,19) para que vosotros podáis "pasar de largo" de la muerte en el pecado a la vida de Dios.

En este contexto se aclara también que el nuevo sacrificio tendrá también su banquete sacrificial: "En verdad os digo que, si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre no tendréis vida en vosotros". (Jn 6,54).

En la última Cena, Cristo con humildad y reverencia guardó la Pascua con sus discípulos, observando su ritual pero cuando la Cena iba a concluir reemplazó el antiguo rito con el nuevo. Tomó el pan, lo bendijo y partió y lo que les dio a sus discípulos ya no era simplemente el pan sin levadura de la Pascua. Entonces tomó el cáliz, lo bendijo, y lo que les dio ya no era únicamente el ofrecimiento de la Pascua, sino él misterio del Nuevo Pacto que se acababa de establecer.

El momento supremo, anticipado en la conmemoración de la Pascua a través de los siglos, había llegado. La redención del hombre iba a realizarse.

Se cree que el Señor celebró la Pascua con sus discípulos el jueves por la noche, anticipando en un día la Pascua de pueblo escogido. El Viernes Santo, en la hora en que los corderos pascuales eran sacrificados en el Templo, el Cordero de Dios era sacrificado en la Cruz.

El Viejo Pacto entre Dios y el pueblo escogido había sido sellado por la sangre de muchas víctimas. El Nuevo Pacto estaba ahora sellado por la sangre de la única víctima perfecta.

El cordero figurado era reemplazado por el Cordero verdadero. El sacrificio ahora había sido hecho perfecto. Este mismo sacrificio profetizado en la Pascua judía, cumplido en el Calvario, es renovado en cada Misa.

Cuando los cristianos comemos el pan y bebemos el vino de la Eucaristía celebramos el misterio pascual. Como dice San Juan Crisóstomo, en cada Misa "es Cristo, quien aquí y ahora celebra la Pascua con sus discípulos. Y la mesa del altar es la mesa de la Última Cena".

Autor: Santiago Quemada. Estudió Derecho en la Universidad Complutense. Después se trasladó a Roma para estudiar Teología. Al terminar el bachillerato en Teología se fue a Pamplona para hacer la licenciatura y la Tesis en Teología Moral. Poco después de finalizar la tesis doctoral recibió la ordenación sacerdotal en Roma. Inesperadamente se le planteó la posibilidad de ir a vivir a Tierra Santa. Reside en Jerusalén donde desarrolla su labor pastoral.

martes, 1 de noviembre de 2022

Apuntes litúrgicos: CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS (2 de noviembre)


MISA DE LA CONMEMORACIÓN: 
Color blanco, morado o violeta, negro.



Blanco



Violeta o morado




Negro



Color de la vestimenta:

El primer tema de estos apuntes litúrgicos sobre la fiesta de los fieles difuntos es el color de la casulla, estola, etc. He visto celebraciones en donde el color que predomina es el blanco, en otras el morado, y en otras el negro.

El Calendario litúrgico pastoral publicado en España señala el color morado como el apropiado para esta celebración; sin embargo, el Calendario Litúrgico Pastoral de los Estados Unidos y el Reino Unido ofrece la posibilidad de escoger entre blanco, morado o negro.

Comprender el significado de los colores de las vestiduras y ornamentos que se usan en la Eucaristía puede ayudarnos a escoger el color para esta celebración en aquellas diócesis en donde se ofrece esta opción.

Blanco:

El color blanco simboliza tiempo de esperanza y júbilo. Antiguamente, cuando el color más usado en las exequias era el negro o morado, en el funeral de un niño recién nacido que ya hubiese sido bautizado, se usaban vestiduras blancas. Suele ser usado también en funerales de adultos como signo de resurrección.

Morado:

El color morado simboliza una profundización espiritual, una preparación. Se usa en funerales y misas de difuntos.

Rojo:

El color rojo simboliza el martirio y la fuerza del Espíritu Santo. Es usado en las fiestas de la Pasión del Señor, de los santos mártires y del Espíritu Santo, Domingo de Ramos, Viernes Santo y Pentecostés. En Roma, es usado para los funerales de cardenales y del Sumo Pontífice.

Negro:

El color negro simboliza duelo y tristeza. Antiguamente se usaba mucho, sobre todo en las misas exequiales o de funerales (sigue estando permitido). En el rito romano tradicional se usa el Viernes Santo, en las Misas de difuntos o de Requiem y en las tres misas que se dicen en la Conmemoración de los Fieles Difuntos (2 de noviembre). Aún más anteriormente durante la Cuaresma.

MISAL:

– Antífonas y oraciones. propias: 3 formularios a libre elección del celebrante.
– Prefacio de difuntos: el misal ofrece 5 opciones.
– No se puede decir la Plegaria Eucarística IV.

LECCIONARIO:

Se toman tres lecturas de las Misas de difuntos: Volumen V y VIII

Cristo es la Resurrección. Hoy la Iglesia recuerda con piedad y amor a todos los hermanos difuntos y eleva su oración al Señor a favor de todos ellos. El dolor, la misma muerte, deben conducir a confiar plenamente en Dios (1 lectura), porque Jesús es la vida y nos enseña el camino y la verdad (Evangelio); Pablo reafirma nuestra fe en la vida del resucitado (2 lectura).

COMUNIÓN:

Los fieles que hayan recibido la Comunión en una Misa pueden recibirla otra vez dentro de la celebración eucarística en la que participe.

ADORNOS:

Este día el altar no se adorna con flores.

MÚSICA:

La música de órgano y de los otros instrumentos solo se permite para sostener el canto.

OTRAS CELEBRACIONES:

Hoy no se permiten otras celebraciones, excepto la Misa exequial.


Fuentes:
Ordo de las Arquidiócesis de Denver y Santa Fe; de las diócesis de Cheyenne, Colorado Springs, Gallup, Las Cruces, Phoenix, Pueblo, Tucson (USA)
Calendario Litúrgico Pastoral, Conferencia Episcopal Española.
Calendario Litúrgico Pastoral, Conferencia Episcopal USA.
Calendario Litúrgico Pastoral, Conferencia Episcopa Reino Unido.
EWTN.com

domingo, 28 de agosto de 2022

Sobre la celebración de la Eucaristía en la Didajé

 


Aunque en la Didaché no encontramos un testimonio explícito a favor de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, doctrina católica rechazada casi unánimemente por el protestantismo, si encontramos un texto que la insinúa implícitamente al exigir que sólo puedan acceder a ella los bautizados por ser un alimento sagrado.

“Respecto a la acción de gracias, daréis gracias de esta manera: Primeramente, sobre el cáliz: Te damos gracias, Padre nuestro, por la santa viña de David, tu siervo, la que nos diste a conocer por medio de Jesús, tu siervo. A ti sea la gloria por los siglos. Luego, sobre el fragmento: Te damos gracias, Padre nuestro, por la vida y el conocimiento que nos manifestaste por medio de Jesús, tu siervo. A ti sea la gloria por los siglos. Como este fragmento estaba disperso sobre los montes y reunido se hizo uno, así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino. Porque tuya es la gloria y el poder por Jesucristo eternamente. Que nadie, empero, coma ni beba de vuestra acción de gracias, sino los bautizados en el nombre del Señor, pues acerca de ello dijo el Señor: No deis lo santo a los perros” (Didaché 9,1-4)

Muchas denominaciones cristianas no católicas a raíz de la Reforma Protestante han rechazado también el carácter sacrificial de la Eucaristía al leer en Hebreos 9,28 que “Cristo ha sido ofrecido en sacrificio una sola vez para quitar los pecados de muchos”, por eso para ellos Misa católica es una abominación[1]. En la Didaché, por el contrario, vemos que los primeros cristianos veían la Eucaristía como el sacrificio puro y perfecto profetizado por el profeta Malaquías: 

“Pues desde el sol levante hasta el poniente, grande es mi Nombre entre las naciones, y en todo lugar se ofrece a mi Nombre un sacrificio de incienso y una oblación pura.” (Malaquías 1,11).

“Reunidos cada día del Señor, romped el pan y dad gracias, … Porque éste es el sacrificio del que dijo el Señor: En todo lugar y en todo tiempo se me ofrece un sacrificio puro, porque yo soy rey grande, dice el Señor, y mi Nombre es admirable entre las naciones.” (Didaché 14,1-3)

Cabe resaltar que la doctrina católica no enseña que Cristo se “resacrifica” en cada Misa. Lo que enseña es que el único sacrificio de Cristo es presentado a Dios Padre en cada Eucaristía, y por eso en el Catecismo oficial de la Iglesia Católica se ensena que “actualiza el único sacrificio de Cristo Salvador”(CEC 1330) y no que lo “repite”.

Notas:

[7] Por otro lado, si se lee la Epístola a los Hebreos en su contexto (capítulos 9 y 10) se observa que su propósito no era rechazar el carácter sacrificial de la Eucaristía, sino amonestar a aquellos cristianos que extrañaban los sacrificios rituales de la Antigua Alianza y a no caer en ellos y judaizar. El cristiano no tiene necesidad dichos sacrificios que no eran más que una prefiguración del sacrificio Eucarístico.

Fuente: Apologética Católica, José Miguel Arráiz



sábado, 18 de agosto de 2018

Alimentarnos de Jesús, por José Antonio Pagola

Juan 6,51-58

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.» Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron;,el que come este pan vivirá para siempre.»

Comentario de José Antonio Pagola:
ALIMENTARNOS DE JESÚS

Según el relato de Juan, una vez más los judíos, incapaces de ir más allá de lo físico y material, interrumpen a Jesús, escandalizados por el lenguaje agresivo que emplea: "¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?". Jesús no retira su afirmación sino que da a sus palabras un contenido más profundo.

El núcleo de su exposición nos permite adentrarnos en la experiencia que vivían las primeras comunidades cristianas al celebrar la eucaristía. Según Jesús, los discípulos no solo han de creer en él, sino que han de alimentarse y nutrir su vida de su misma persona. La eucaristía es una experiencia central en los seguidores de Jesús.

Las palabras que siguen no hacen sino destacar su carácter fundamental e indispensable: "Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida". Si los discípulos no se alimentan de él, podrán hacer y decir muchas cosas, pero no han de olvidar sus palabras: "No tenéis vida en vosotros".

Para tener vida dentro de nosotros necesitamos alimentarnos de Jesús, nutrirnos de su aliento vital, interiorizar sus actitudes y sus criterios de vida. Este es el secreto y la fuerza de la eucaristía. Solo lo conocen aquellos que comulgan con él y se alimentan de su pasión por el Padre y de su amor a sus hijos.

El lenguaje de Jesús es de gran fuerza expresiva. A quien sabe alimentarse de él, le hace esta promesa: "Ese habita en mí y yo en él". Quien se nutre de la eucaristía experimenta que su relación con Jesús no es algo externo. Jesús no es un modelo de vida que imitamos desde fuera. Alimenta nuestra vida desde dentro.

Esta experiencia de "habitar" en Jesús y dejar que Jesús "habite" en nosotros puede transformar de raíz nuestra fe. Ese intercambio mutuo, esta comunión estrecha, difícil de expresar con palabras, constituye la verdadera relación del discípulo con Jesús. Esto es seguirle sostenidos por su fuerza vital.

La vida que Jesús transmite a sus discípulos en la eucaristía es la que él mismo recibe del Padre que es Fuente inagotable de vida plena. Una vida que no se extingue con nuestra muerte biológica. Por eso se atreve Jesús a hacer esta promesa a los suyos: "El que come este pan vivirá para siempre".

Sin duda, el signo más grave de la crisis de la fe cristiana entre nosotros es el abandono tan generalizado de la eucaristía dominical. Para quien ama a Jesús es doloroso observar cómo la eucaristía va perdiendo su poder de atracción. Pero es más doloroso aún ver que desde la Iglesia asistimos a este hecho sin atrevernos a reaccionar. ¿Por qué?

jueves, 16 de agosto de 2018

Hechos 2,42-47: La primera comunidad cristiana

La primera comunidad cristiana
2:42 Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones.
2:43 Un santo temor se apoderó de todos ellos, porque los Apóstoles realizaban muchos prodigios y signos.
2:44 Todos los creyentes se mantenían unidos y ponían lo suyo en común:
2:45 vendían sus propiedades y sus bienes, y distribuían el dinero entre ellos, según las necesidades de cada uno.
2:46 Íntimamente unidos, frecuentaban a diario el Templo, partían el pan en sus casas, y comían juntos con alegría y sencillez de corazón;
2:47 ellos alababan a Dios y eran queridos por todo el pueblo. Y cada día, el Señor acrecentaba la comunidad con aquellos que debían salvarse.

domingo, 12 de agosto de 2018

Mateo 26,26-29: La institución de la Eucaristía

La institución de la Eucaristía
Cf. Mc 14,22-25; Lc 22,19-20; 1 Cor 11,23-27

26:26 Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: "Tomen y coman, esto es mi Cuerpo".
26:27 Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, diciendo: "Beban todos de ella,
26:28 porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para la remisión de los pecados.
26:29 Les aseguro que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre".

domingo, 3 de junio de 2018

¡En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis!


Creo que lo más necesario que hay que hacer en la fiesta del Corpus Domini no es explicar tal o cual aspecto de la Eucaristía, sino reavivar cada año el estupor y la maravilla ante el misterio. La fiesta nació en Bélgica, a principios del siglo XIII; los monasterios benedictinos fueron los primeros en adoptarla; Urbano IV la extendió a toda la Iglesia en 1264, parece también que por influencia del milagro eucarístico de Bolsena, hoy venerado en Orvieto.

¿Qué necesidad había de instituir una nueva fiesta? ¿Es que la Iglesia no recuerda la institución de la Eucaristía el Jueves Santo? ¿Acaso no la celebra cada domingo y, más aún, todos los días del año? De hecho, el Corpus Domini es la primera fiesta cuyo objeto no es un evento de la vida de Cristo, sino una verdad de fe: la presencia real de Él en la Eucaristía. Responde a una necesidad: la de proclamar solemnemente tal fe; se necesita para evitar un peligro: el de acostumbrarse a tal presencia y dejar de hacerle caso, mereciendo así el reproche que Juan Bautista dirigía a sus contemporáneos: «¡En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis!».

Esto explica la extraordinaria solemnidad y visibilidad que esta fiesta adquirió en la Iglesia católica. Por mucho tiempo la del Corpus Domini fue la única procesión en toda la cristiandad, y también la más solemne.

Hoy las procesiones han cedido el paso a manifestaciones y sentadas (en general de protesta); pero aunque haya caído la forma exterior, permanece intacto el sentido profundo de la fiesta y el motivo que la inspiró: mantener despierto el estupor ante el mayor y más bello de los misterios de la fe. La liturgia de la fiesta refleja fielmente esta característica. Todos sus textos (lecturas, antífonas, cantos, oraciones) están penetrados de un sentido de maravilla. Muchos de ellos terminan con una exclamación: «¡Oh sagrado convite en el que se recibe a Cristo!» (O sacrum convivium), «¡Oh víctima de salvación!» (O salutaris hostia).

Si la fiesta del Corpus Domini no existiera, habría que inventarla. Si hay un peligro que corren actualmente los creyentes respecto a la Eucaristía es el de banalizarla. En un tiempo no se la recibía con tanta frecuencia, y se tenían que anteponer ayuno y confesión. Hoy prácticamente todos se acercan a Ella... Entendámonos: es un progreso, es normal que la participación en la Misa implique también la comunión; para eso existe. Pero todo ello comporta un riesgo mortal. San Pablo dice: «Quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual a sí mismo y después coma el pan y beba de la copa. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo».

Considero que es una gracia saludable para un cristiano pasar a través de un período de tiempo en el que tema acercarse a la comunión, tiemble ante el pensamiento de lo que está apunto de ocurrir y no deje de repetir, como Juan Bautista: «¿Y Tú vienes a mí?» (Mateo, 3,14). Nosotros no podemos recibir a Dios sino como «Dios», esto es, conservándole toda su santidad y su majestad. ¡No podemos domesticar a Dios!

La predicación de la Iglesia no debería tener miedo -ahora que la comunión se ha convertido en algo tan habitual y tan «fácil»- de utilizar de vez en cuando el lenguaje de la epístola a los Hebreos y decir a los fieles: «Vosotros en cambio os habéis acercado a Dios juez universal..., a Jesús, Mediador de la nueva Alianza, y a la aspersión purificadora de una nueva sangre que habla mejor que la de Abel» (Hebreos 12, 22-24). En los primeros tiempos de la Iglesia, en el momento de la comunión, resonaba un grito en la asamblea: «¡Quien es santo que se acerque, quien no lo es que se arrepienta!»

Uno que no se acostumbró a la Eucaristía y hablaba de Ella siempre con conmovido estupor era San Francisco de Asís. «Que tema la humanidad, que tiemble el universo entero, y el cielo exulte, cuando en el altar, en las manos del sacerdote, está el Cristo Hijo de Dios vivo... ¡Oh admirable elevación y designación asombrosa! ¡Oh humildad sublime! ¡Oh sublimidad humilde, que el Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, tanto se humille como para esconderse bajo poca apariencia de pan!»

Pero no debe ser tanto la grandeza y la majestad de Dios la causa de nuestro estupor ante el misterio eucarístico, cuanto más bien su condescendencia y su amor. La Eucaristía es sobre todo esto: memorial del amor del que no existe mayor: dar la vida por los propios amigos.

Autor: P. Raniero Cantalamessa, ofm

domingo, 18 de junio de 2017

Los dos cuerpos de Cristo, por el P. Raniero Cantalamessa


1 Corintios 10,16-17

El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan.

— Comentario por el P. Raniero Cantalamessa
“Los dos cuerpos de Cristo”


En la segunda lectura San Pablo nos presenta la Eucaristía como misterio de comunión: "El cáliz que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?". Comunión significa intercambio, compartir. La regla fundamental de compartir es ésta: lo que es mío es tuyo, y lo que es tuyo es mío. Probemos a aplicar esta regla a la comunión eucarística y nos daremos cuenta de la "enormidad" del tema.

¿"Qué tengo yo específicamente 'mío' "? La miseria, el pecado: esto es exclusivamente mío. ¿Y qué tiene "suyo" Jesús que no sea santidad, perfección de todas las virtudes? Entonces la comunión consiste en el hecho de que yo doy a Jesús mi pecado y mi pobreza, y Él me da su santidad. Se realiza el "maravilloso intercambio", como lo define la liturgia.

Conocemos diversos tipos de comunión. Una comunión bastante íntima es la que se produce entre nosotros y el alimento que comemos, pues éste se hace carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre. He oído a madres decir a su niño, estrechándole hacia su pecho y besándole: "¡Te quiero tanto que te comería!".

Es verdad que la comida no es una persona viva e inteligente con la que podemos intercambiar pensamientos y afectos, pero supongamos por un momento que lo fuera. ¿Acaso no se tendría la perfecta comunión? Pues es lo que precisamente sucede en la comunión eucarística. Jesús, en el pasaje evangélico, dice: "Yo soy el pan vivo, bajado del cielo... Mi carne es verdadera comida... El que come mi carne tiene vida eterna". Aquí el alimento no es una simple cosa, sino una persona viva. Se tiene la más íntima, si bien la más misteriosa, de las comuniones.

Observemos qué sucede en la naturaleza, en el ámbito de la nutrición. Es el principio vital más fuerte el que asimila al menos fuerte. Es el vegetal el que asimila al mineral; es el animal el que asimila al vegetal. También en las relaciones entre el hombre y Cristo se verifica esta ley. Es Cristo quien nos asimila; nosotros nos transformamos en Él, no Él en nosotros.

Un famoso materialista ateo dijo: "El hombre es lo que come". Sin saberlo dio una definición óptima de la Eucaristía, gracias a la cual el hombre se convierte verdaderamente en lo que come, esto es, ¡en el cuerpo de Cristo!

Leamos cómo prosigue el texto inicial de San Pablo: "Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan". Está claro que en este segundo caso la palabra "cuerpo" no indica ya el cuerpo de Cristo nacido de María, sino que nos indica a "todos nosotros", indica aquel cuerpo de Cristo más amplio, que es la Iglesia. Esto significa que la comunión eucarística es siempre también comunión entre nosotros. Comiendo todos del único alimento, formamos un solo cuerpo.

¿Cuál es la consecuencia? Que no podemos tener verdadera comunión con Cristo si estamos divididos entre nosotros, nos odiamos, no estamos dispuestos a reconciliarnos. Si has ofendido a tu hermano, decía San Agustín, si has cometido una injusticia contra él, y después vas a recibir la comunión como si nada hubiera pasado, tal vez lleno de fervor ante Cristo, te pareces a quien ve llegar a un amigo al que no ve desde hace mucho tiempo. Corre a su encuentro, le echa los brazos al cuello y se pone de puntillas para besarle en la frente. Pero al hacer esto no se percata de que le está pisando los pies con su calzado embarrado. Los hermanos, en efecto, especialmente los más pobres y desvalidos, son los miembros de Cristo, son sus pies posados aún en la tierra. Al darnos la sagrada forma, el sacerdote dice: "El cuerpo de Cristo", y respondemos: "¡Amén!". Ahora sabemos a quién decimos "Amen", o sea, sí, te acojo: no sólo a Jesús, el Hijo de Dios, sino también al prójimo.

En la fiesta del Corpus Domini no puedo ocultar un pesar. Hay formas de enfermedad mental que impiden reconocer a las personas cercanas. Es cuando hay quien grita durante horas: "¿Dónde está mi hijo? ¿dónde está mi esposa? ¿qué fue de ellos?", y tal vez el hijo o la esposa están ahí, le toman de la mano y le repiten: "Estoy aquí, ¿no me ves? ¡Estoy contigo!". Así le ocurre también a Dios.

Los hombres, nuestros contemporáneos, buscan a Dios en el cosmos o en el átomo; discuten si hubo o no un creador en el inicio del mundo. Seguimos preguntando: "¿Dónde está Dios?", y no nos percatamos de que está con nosotros y se ha hecho comida y bebida para estar aún más íntimamente unido a nosotros. Juan el Bautista debería repetir tristemente: "En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis".

La solemnidad del Corpus Domini nació precisamente para ayudar a los cristianos a tomar conciencia de esta presencia de Cristo entre nosotros, para mantener despierto lo que Juan Pablo II llamaba "estupor eucarístico".

lunes, 5 de junio de 2017

Si no hay canto de Comunión, ¿cuándo se puede decir la antífona de comunión? y ¿quién la dice?

Instrucción General del Misal Romano (IGMR) 87:

Para canto de Comunión puede emplearse la antífona del Gradual Romano, con su salmo o sin él, o la antífona con el salmo del Graduale Simplex, o algún otro canto adecuado aprobado por la Conferencia de los Obispos. Lo canta el coro solo, o el coro con el pueblo, o un cantor con el pueblo.

Por otra parte, cuando no hay canto, se puede decir la antífona propuesta en el Misal. La pueden decir los fieles, o sólo algunos de ellos, o un lector, o en último caso el mismo sacerdote, después de haber comulgado, antes de distribuir la Comunión a los fieles.

IGMR 88: Terminada la distribución de la Comunión, si resulta oportuno, el sacerdote y los fieles oran en silencio por algún intervalo de tiempo. Si se quiere, la asamblea entera también puede cantar un salmo u otro canto de alabanza o un himno.

¿Es correcto que un sacerdote celebre sin casulla (solo con alba y estola)? y ¿los sacerdotes concelebrantes?

http://elsacramentodelaeucaristia.blogspot.com/2017/06/es-correcto-que-un-sacerdote-celebre.html
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