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sábado, 1 de octubre de 2022

El Canon Bíblico

 



Sobre Canon Bíblico del Nuevo Testamento: El testimonio de Pedro y Pablo



Una de las frecuentes acusaciones que se hacen al Concilio de Nicea es que allí se inventaron el canon bíblico, o sea, de entre la multitud de evangelios existentes, los obispos decidieron (supuestamente bajo la presión del emperador Constantino) qué libros eran inspirados y cuáles no según les convenía a los asistentes y, sobre todo, al emperador. Además en los libros elegidos, dicen ellos, Constantino se encargó de modificar el texto a su antojo para transformar el supuesto cristianismo primitivo en una mezcla paganizada lista para servir de instrumento de poder, y entre otras cosas, decidió que Jesús debía ser considerado un dios.

Esto es sencillamente falso, el asunto del canon ni siquiera se trató en el concilio y ningún dato histórico nos permite suponer que el concilio tuvo alguna influencia al respecto. En realidad la Iglesia primitiva no tenía un canon en el sentido actual de un listado único y definido de libros considerados Palabra de Dios. Eso llegó más tarde. 

Y por supuesto, aunque pueda resultar obvio decirlo, veremos que Dios no lanzó desde el cielo un tomo de libros para Abraham, Moisés o san Pablo diciendo “aquí está mi Palabra con todo lo que tenéis que saber”, lo cual sí sería un muy buen argumento para la Sola Scriptura. Pero la realidad fue muy diferente. 

Si hoy nos parece básico y evidente apoyar nuestra fe en la Biblia, tendremos que hacer un esfuerzo para remontarnos a los tiempos en los que esa misma Biblia aún no existía, o incluso más tarde, cuando ya existía pero no era considerada aún Biblia. En este artículo trataremos sobre la formación del canon del Nuevo Testamento.

Pero antes de empezar necesitamos aclarar un dato que a menudo produce confusión en este tipo de discusiones: en el siglo I, cuando se hace referencia a los libros sagrados, las Escrituras (con mayúsculas), se está hablando de la Biblia judía, lo que hoy llamamos Antiguo Testamento (A.T.). 
Las cartas de Pablo y otros apóstoles se acogen con enorme respeto y autoridad porque provienen de aquellos que fueron testigos de primera mano (o de segunda, en el caso de Pablo), y sus enseñanzas se consideran fieles y verdaderas. Pero en un principio estos escritos no son considerados Palabra de Dios en el mismo sentido que se consideraban los escritos del A.T. y hasta bien entrado el siglo segundo, cuando hablaban de “el Evangelio” (no “evangelios”) se referían siempre al mensaje de Jesús, no a ningún texto

Por supuesto esta idea no encaja bien con la doctrina protestante de la Sola Scriptura, pero como veremos en este artículo, primero fue la Tradición y luego la Escritura, y fue la primera la que originó y dio sentido a la segunda. Por algo Jesús envió sus discípulos a predicar, y no a escribir libros.

El testimonio de Pedro

Sólo hay en el Nuevo Testamento (NT) una referencia aparentemente clara que se puede usar para decir que ya a mediados del siglo primero los mismos apóstoles eran conscientes de que existía una Escritura cristiana, o sea, unos escritos cristianos (un proto-NT) que se consideraban ya claramente Palabra de Dios:

“Tengan en cuenta que la paciencia del Señor es para nuestra salvación, como les ha escrito nuestro hermano Pablo, conforme a la sabiduría que le ha sido dada, y lo repite en todas las cartas donde trata este tema. En ellas hay pasajes difíciles de entender, que algunas personas ignorantes e inestables interpretan torcidamente –como, por otra parte, lo hacen con las otras Escrituras– para su propia perdición” (2 Pedro 3:15-16).

En este pasaje la mayoría de los exegetas consideran que al decir “Escrituras” san Pedro se refiere al Antiguo Testamento, pero como está hablando de las cartas de san Pablo, al decir “las otras Escrituras” parece claro que esas cartas paulinas son también Escrituras (en el sentido de escritos sagrados) al mismo nivel que el Antiguo Testamento, de lo contrario decir “las otras” no vendría a cuento. No obstante, como a menudo sucede, las cosas no son tan simples. Contra esta interpretación hay dos argumentos.

La expresión griega original dice “τας λοιπας γραφας” (tas loipas grafas), que significa “los otros escritos”. “Graphas” es un plural y puede significar “Escritura” (en el sentido de “escritos sagrados”) o también “escritos/textos”, o sea, simplemente libros o textos (no tiene mayúsculas el original), y elegir una u otra traducción supone ya hacer una interpretación. 

Si en vez de “las otras Escrituras” lo traducimos como “los otros escritos”, la traducción es igualmente fiel pero el sentido cambia totalmente; ya no estamos considerando las cartas paulinas como parte de las Sagradas Escrituras, sino simplemente como parte de un grupo de textos. En ese caso, esos otros escritos pudieran ser otros textos paulinos que no se han conservado (la mayor parte de lo que los apóstoles escribieron se ha perdido) o incluso el mismo libro de Hechos, que prácticamente es una biografía sobre san Pablo, o también podría estar refiriéndose a los escritos de otros apóstoles o de otros autores cristianos. Por lo tanto, el texto griego original no puede usarse ni a favor ni en contra de la idea de que san Pedro considerase las cartas paulinas como libros sagrados

La traducción de la Vulgata latina usada por la Iglesia Católica tiene la misma ambigüedad que el original griego. Por otra parte, no vemos nunca ni a Pablo ni Pedro ni a ningún apóstol expresando la idea de que lo que están escribiendo sea Palabra de Dios, salvo cuando se limitan a transmitir esa palabra (al igual que puede hacer un sacerdote leyendo la Biblia en la misa). Solo el libro del Apocalipsis afirma claramente ser una revelación divina, y curiosamente ese libro no solo es el más tardío de todos (finales del siglo primero), sino que también fue el más discutido y el que más tardó en aceptarse unánimemente como Palabra revelada. También hay otros escritos de la misma época que afirman estar inspirados por Dios y tampoco eso bastó para que la Iglesia terminara incluyéndolo en el canon.

Otro argumento en contra de ese uso de esta cita es incluso más contundente, aunque no todos lo aceptarán. Tanto en la Iglesia Católica como en las protestantes la mayoría de los expertos consideran hoy que esta segunda epístola de Pedro no fue escrita por el apóstol, sino por un seguidor suyo (de segunda o tercera generación) muy probablemente a mediados del siglo segundo. La misma Iglesia primitiva tuvo polémicas sobre la autoría de esta epístola, pues algunos la consideraban de Pedro y otros de un discípulo posterior. Sería, por tanto, el texto bíblico más tardío de todos, y en ese caso sí pudiera ser que el autor considerase las cartas paulinas como parte de las Escrituras, pues por aquellos años es precisamente cuando comienza a extenderse la conciencia de que ciertos escritos cristianos eran inspirados, y por tanto estaban al mismo nivel que “las Escrituras”, o sea, que el Antiguo Testamento.

Nota: Algunos se escandalizarán de que consideremos que esta carta de san Pedro en realidad no fue escrita por san Pedro, como si ello la pudiera invalidar. Si usted considera que solo son Escritura los textos escritos por los apóstoles (como a veces se dice), entonces recuerde que de los 4 evangelios solo dos (Mateo y Juan) fueron escritos por un apóstol. Si considera que la revelación se cerró con la muerte del último de los apóstoles (Juan), verdaderamente está en lo cierto, pero eso no impide que un discípulo posterior pudiera poner por escrito parte de esa revelación recibida. Por eso, la Iglesia primitiva a veces consideró parte de las escrituras textos como la carta del papa Clemente y algunos más, que fueron escritos después de la era apostólica pero se consideraba que transmitían fielmente las doctrinas apostólicas. Y por esa misma razón, la Iglesia ha considerado desde el principio que ya no podía innovar o modificar la doctrina, pero sí profundizar en ella y desarrollarla. Que sea o no el apóstol Pedro el verdadero autor de esta carta no influye para nada en el hecho de que la consideremos un texto inspirado y, por lo tanto parte, de las Escrituras, al igual que ocurre con varias otras epístolas que hoy se atribuyen a discípulos de los apóstoles bajo cuyo nombre se publicaron.

Decimos pues que los apóstoles, al escribir sus epístolas, no eran conscientes de estar escribiendo bajo inspiración divina, ni tampoco los cristianos de su época así lo consideraban. Igualmente ocurrió con los cuatro evangelios canónicos. Muy pronto fueron acogidos como relatos fidedignos de la vida y obra de Jesús, y como tal empezaron a extenderse y usarse por todas las iglesias ya en el siglo primero. 

Del mismo modo había varios libros y epístolas (como la mencionada epístola del papa Clemente, siglo I, o El Pastor de Hermas, librito de principios del II) que también eran juzgados veraces y con autoridad, y usados como fuente de verdad aunque sus autores no fueran ni apóstoles ni discípulos directos de Jesús, sino solo cristianos que recogían el mensaje de Cristo con fidelidad. 

Pero lo cierto es que durante más de cien años, o sea, hasta finales del siglo segundo, la Iglesia cristiana de todas partes consideraba que su fe se basaba en la Tradición oral trasmitida por los apóstoles y sus sucesores, recogida en y custodiada por la Iglesia, y no en ningún escrito concreto.

El testimonio de Pablo

En aquellos años (siglo I y hasta mediados del II) aún estaba muy viva la predicación de los discípulos de Jesús, y muchos cristianos eran discípulos de los apóstoles o de sus discípulos, por lo que las predicaciones eran aún algo vivo y fresco en aquellas iglesias. De hecho, si ciertos escritos y epístolas recibieron la consideración de “portadores de la verdad cristiana” fue porque encajaban perfectamente en esa Tradición oral recibida, y no al revés. 

En este sentido, la doctrina protestante de la “Sola Scriptura” necesitaría demostrar justo lo contrario, que el cristianismo de los primeros años fue solo un conocimiento difuso hasta que los escritos bíblicos fueron redactados, y entonces todos los cristianos pudieron ya acudir a esos textos para conocer la verdad. Pero lo que vemos es totalmente lo opuesto, los cristianos reciben su fe de forma oral, y cuando empiezan a aparecer textos difundiendo el cristianismo, solo aquellos que se ajustan del todo a esa fe que han recibido oralmente serán considerados fiables y dignos de ser usados para la instrucción y conocimiento de la fe. Es por eso que algunos textos rápidamente logran la aceptación de todos (como los 4 evangelios y buena parte de las epístolas) mientras que otros reciben diferentes grados de aceptación en las diferentes iglesias, aunque estas variaciones iniciales no impiden que todas las iglesias sean conscientes de que comparten una misma y única fe apostólica: la Tradición. Por eso, no puede sorprendernos que precisamente san Pablo aluda repetidamente a la fe transmitida como una “tradición”, o sea, algo transmitido oralmente, y no como unos escritos de los que no nos podemos salir:

“Os alabo porque en todas las cosas os acordáis de mí y conserváis las tradiciones tal como os las he transmitido” (1 Corintios 11:2)

“Hermanos, os mandamos en nombre del Señor Jesucristo que os apartéis de todo hermano que viva desordenadamente y no según la tradición que de nosotros recibisteis” (2 Tesalonicenses 3:6)

“Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta” (2 Tesalonicenses 2:15)

En estas citas, y en otras, Pablo no habla de “los textos transmitidos”, sino “las tradiciones transmitidas”. Si alguien considera que esa tradición recibida en realidad se está refiriendo a los escritos del Nuevo Testamento, baste señalar que cuando Pablo escribe estas cartas solo se ha escrito una pequeña parte de él, y en cualquier caso la expresión “las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, DE VIVA VOZ O POR CARTA” deja bien claro que, tal como cree la Iglesia Católica, no solo los textos, sino también la tradición oral, son los dos pilares que formaron al cristianismo. Y ahí vemos que Pablo considera sus cartas no como Escritura Sagrada, sino como parte de la tradición cristiana que está intentando transmitir a los demás, dando la misma importancia a las enseñanzas que está transmitiendo oralmente como a las que está transmitiendo por escrito, al contrario que los defensores de la Sola Scriptura que consideran que solo los textos que nos dejaron son doctrina verdadera. 

San Pablo nos muestra que la verdad se está transmitiendo de forma oral (Tradición) y escrita (Escritura), tal como defiende la Iglesia Católica (en sus dos ramas: romana y ortodoxa) y a pesar del rechazo de los protestantes a la Tradición.

Cuando Pablo habla de “Tradiciones” en estos casos, usa la palabra griega “paradosis” (παράδοσις), que significa eso, “tradiciones”. Sin embargo en muchas biblias protestantes se cambia la palabra “tradiciones” por “instrucciones” o “doctrinas/enseñanzas”, pero el griego tiene palabras definidas para ambas cosas (instrucciones= paideia / doctrinas= didescalia, didache, eterodidaskaleo) con significado bien distinto al de “paradosis”, palabra que en el griego bíblico significa exactamente “Aquello que se transmite, particularmente enseñanzas transmitidas por un maestro a sus discípulos“, así que estas traducciones erróneas solo pueden justificarse como un intento de deslegitimizar la Tradición tal como la defiende la Iglesia Católica. Intento vano, pues afortunadamente seguimos disponiendo de los textos en el griego original del Nuevo Testamento.

— Tradiciones de los hombres versus tradiciones sagradas:

Ellos dicen que Jesús y Pablo condenaron varias veces la tradición. Sin embargo lo que condenan son más exactamente las “tradiciones de los hombres” (o expresión similar), para diferenciarlas de las tradiciones sagradas, que provienen de Dios. Pero incluso esas tradiciones concretas allí criticadas no son condenadas por ser tradiciones humanas, sino que se refieren a casos concretos en los que esas tradiciones desvirtúan la palabra de Dios y chocan con ella. Así vemos en Mateo 15,3: 

“Jesús les preguntó: ‘¿Por qué también quebrantan ustedes el mandamiento de Dios a causa de su tradición?"

El mismo contexto se da cuando Pablo condena las tradiciones humanas en Colosenses 2:8: 

“Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo“.

Por tanto tenemos que diferenciar entre las tradiciones humanas (condenadas por Jesús y Pablo cuando contradicen o deforman la Verdad) y la Tradición apostólica (transmisora de la Verdad), que el mismo Pablo pide aceptar.

Sobre el canon cristiano del Antiguo Testamento


 

Los judíos tenían un canon más o menos definido sobre qué textos formaban parte de su Biblia y, por tanto, eran Palabra de Dios, o sea, parte de las Escrituras. Estas Escrituras estaban agrupadas en tres partes: la Ley, los Profetas, y un tercer apartado “Otros Escritos”


En tiempos de Jesús “la Ley y los Profetas” (que era como a menudo se referían a la totalidad de las Escrituras) eran ya dos partes cerradas y definidas, pero en el tercer apartado el número de libros admitidos como revelados variaba, de forma que algunos libros eran admitidos en unas comunidades judías como sagrados y en otras no.

Cuando Jerusalén fue arrasada y los judíos dispersados por todo el Imperio, se vio la necesidad de fijar el canon (y muchas otras cosas) por miedo a que, al perder el núcleo unificador de Jerusalén y su Templo, la diáspora terminara por generar diferentes sectas judaicas con creencias distintas. Sin embargo esta fijación del canon judío a finales del siglo primero o principios del segundo no tuvo mucho impacto en las comunidades cristianas, que en su mayor parte consideraron eso un asunto interno de los judíos, pues los cristianos de los siglos I y II eran mayoritariamente de lengua griega y por tanto usaban principalmente la versión griega de la Biblia (la Septuaginta), cuyo canon es el que los católicos hemos mantenido hasta el día de hoy.

Por el contrario sí tuvo un enorme impacto un hecho posterior: las predicaciones de Marción a mediados del siglo segundo. Marción fue un hereje con influencias gnósticas y consideraba que el Antiguo Testamento debía de ser enteramente rechazado. La reacción de la cristiandad fue defender la validez del Antiguo Testamento (las Escrituras) como parte de la revelación, además de explicar que sin el Antiguo Testamento no se puede comprender el mensaje ni la figura de Jesús. 

En cuanto a lo que hoy consideramos el Nuevo Testamento, la situación cambió poco, y se siguió pensando que nuestra fe ha sido transmitida por las predicaciones apostólicas y los diversos escritos cristianos que había por entonces eran un reflejo más o menos veraz y acertado de esas predicaciones y por tanto su valor dependía de cómo de bien mostraran esa Tradición.


¿Por qué un canon cristiano?



Citemos aquí un párrafo del libro de Baez Camargo sobre la formación del canon bíblico:

“El cristianismo —hace notar C. F. Evans— es único entre las religiones mundiales en cuanto a haber nacido con una Biblia en la cuna”. Se refiere, por supuesto, a la Biblia judía, el Antiguo Testamento. Tan es así, que los primeros cristianos no parecen haber sentido imperiosa necesidad de formarse un cuerpo peculiar y propio de escrituras sagradas. Al parecer les bastaba, en ese respecto, con las del judaísmo. Para lo distintivamente cristiano, que consideraban fundamentado en ellas en mayor parte, se atenían principalmente a la preservación, oral en un principio, de las palabras de Jesús, y a la predicación y testimonio de los apóstoles, de viva voz primero y pronto después también por trasmisión oral de quienes los habían escuchado personalmente. No parecen haber pensado en tener su propia y diferente Biblia, o siquiera una Biblia complementaria. Más tarde, o sea a partir del siglo segundo, aceptaron como normativos los criterios de los Padres de la Iglesia, griegos y latinos, que a su vez fundaban su enseñanza en los dichos de Jesús y la tradición apostólica, hasta donde les habían llegado de fuentes que se iban haciendo cada vez más remotas. Pero la Iglesia primitiva se enfrentaba desde luego con el problema de que esos criterios patrísticos no eran uniformes, y, más aún, a veces resultaban conflictivos.

Es entonces cuando los cristianos empiezan a sentir la necesidad de tener su propio canon de escrituras cristianas para evitar que las diferentes opiniones puedan poner en peligro la unidad de la Tradición apostólica. Y aquí es cuando empieza realmente a considerarse que Tradición y Escritura deben ser dos pilares que se sostengan mutuamente y eviten que por un lado o por el otro se produzcan errores doctrinales. Al apoyarse la Tradición en la Escritura y la interpretación de la Escritura en la Tradición, se logrará mantener la doctrina intacta con el paso de los siglos, tal como la Iglesia Católica (romana y ortodoxa) han demostrado, frente a la enorme diversidad surgida del protestantismo a causa de su rechazo de la Tradición y su idea de que la Sola Scriptura puede bastar para conocer la verdad.

Paso a paso

En el año 100 ya circulan ampliamente por todas las iglesias los 4 evangelios y las epístolas de los apóstoles, pero será sobre todo entre los años 100 y 150 cuando empiece poco a poco a considerarse que esos textos no solo son reflejos fieles de la doctrina de Jesús, sino libros inspirados y por tanto sagrados, o sea, Escritura. 

Es de notar que en las cartas de Pablo, el apóstol suele describir sus enseñanzas como su opinión o consejo, sin imaginar en ningún momento que esas cartas podrían algún día ser consideradas Escrituras al mismo nivel que el Antiguo Testamento. Es solo cuando cita a Jesús o se apoya totalmente en alguna doctrina del Antiguo Testamento cuando tiene conciencia de estar transmitiendo la Palabra de Dios, que no la suya. Pero Clemente de Roma en el año 100 ya afirma que Pablo escribió “bajo la inspiración del Espíritu”.

Etapa canónica

En la llamada “etapa canónica”, entre el 150 y el año 200, se empieza a hacer una distinción entre los escritos cristianos considerados Escritura y aquellos otros considerados puramente humanos, por muy ortodoxos y edificantes que pudieran resultar. Es en estos años cuando claramente se habla de “Escrituras” para referirse a los 4 evangelios (incluido el libro de Hechos de los Apóstoles, que originariamente formaba parte del evangelio de Lucas), luego se considerarán de la misma forma las Cartas de Pablo, después las otras epístolas y finalmente también el Apocalipsis

Citando de nuevo a Baez Camargo:

“De esta manera el discernimiento entre los libros reconocidos como “Escritura” y los demás se iba efectuando gradualmente. Hemos de reiterar que se debió primero a los propios creyentes, según derivaban mayor o menor edificación de lo que leían, y en el grado en que sentían y experimentaban su inspiración y autoridad; después, por la lectura, que se iba haciendo más usual, de algunos de ellos en los cultos, con exclusión de otros; finalmente, por los dictámenes de los obispos que iban, en casos aislados y particulares, autorizando tales o cuales libros y negándoles su autorización a otros. 

Del siglo IV en adelante vendrían las decisiones de los concilios. Es muy importante insistir en que la determinación del canon vino por un proceso ascendente, partiendo de abajo, del consenso práctico establecido por el uso de las congregaciones cristianas, y no descendente, emanando como una imposición que procediera, sin más ni más, de las autoridades eclesiásticas”.

En torno al año 200 aproximadamente, el canon del Nuevo Testamento está ya prácticamente cerrado, pero aún quedan flecos, libros polémicos.

Tertuliano, a principios del siglo III es el primero en usar los términos “Antiguo Testamento” y “Nuevo Testamento”, lo que denota que los cristianos ya tienen por entonces conciencia de tener un conjunto de nuevos libros sagrados al mismo nivel que las Escrituras judaicas. En estos momentos ya hay unanimidad en todas las iglesias sobre casi todos los libros de nuestro Nuevo Testamento, aunque todavía están bajo discusión las epístolas de HebreosSantiago2 y 3 Juan2 PedroJudas y el Apocalipsis.
 
El Apocalipsis planteaba problemas porque su carácter tan alegórico hacía temer a algunos que fuera fuente de fabulaciones de todo tipo (y en ese punto acertaron). Las dudas sobre las otras epístolas no se debían tanto a sus doctrinas como a las dudas sobre sus autores, pues muchos preferían no aceptar como Escritura aquellas epístolas que no vinieran directamente de manos de algún apóstol. Junto a estos, también existía polémica sobre algunos otros libros que eran usados como Escritura en algunas iglesias locales pero que no llegaron a cuajar en la Iglesia universal y por tanto nunca llegaron a ser incluidos en el canon común: El Pastor de Hermas, la Didaché, la epístola del papa Clemente, el Apocalipsis de Pedro, etc.

Las epístolas dudosas que hoy están en el canon fueron poco a poco aceptadas, aunque algunas seguían sufriendo rechazo en ciertas iglesias. Al final el libro más conflictivo fue, como era de esperar, el Apocalipsis, que no tuvo problemas de aceptación en Roma pero sí en Oriente. La polémica estalló en todo su apogeo en el siglo III, y finalmente Oriente lo incluyó en el canon también, pero lo excluyó de su liturgia. Al mismo tiempo defendieron la canonicidad de El Pastor de Hermas.

Al llegar el siglo IV quedan todavía algunos libros sobre los que hay diferencias de opinión, y en esas estamos cuando llega Constantino y cesa las persecuciones. La convocatoria del Concilio de Nicea, que no trata el tema del canon, no tiene ningún efecto sobre las discusiones en cuanto a los pocos libros polémicos que quedan, y de esta época tenemos varias biblias en las que se incluye algún libro no canónico, como Hermas o Clemente, o que excluye alguno canónico como Santiago o el Apocalipsis

Medio siglo después de morir Constantino es cuando la Iglesia empieza a actuar en este asunto a nivel oficial, y así se trata el tema del canon en el sínodo de Roma (382), y poco después, en el 397, los de Hipona y Cartago.

Roma proclama oficialmente la actual lista de 27 libros, consolidando los universalmente aceptados, despejando las dudas que aún quedaban sobre algunas epístolas (Hebreos y Santiago), y rechazando algunos libros que aún tenían muchos defensores (el Apocalipsis de Pedro y el Pastor de Hermas). 

Poco después los sínodos africanos se suman al canon proclamado por Roma. La Iglesia gala se sumará también a este canon, de modo que a finales del siglo IV toda la Iglesia de Occidente acepta ya oficialmente el canon actual para el Nuevo Testamento, quedando así el asunto cerrado.

Era el peso de la Tradición el que dejaba claro qué libros habían sido aceptados por todos, pero no podemos olvidar que sobre algunos (hoy canónicos o apócrifos) había dudas. Fue la autoridad de la Iglesia la que zanjó las polémicas y declaró oficialmente la lista de modo que no pudiese haber más dudas. Sin embargo tal declaración se hizo en un sínodo (de autoridad local) y no en un concilio universal, por lo que fue posible que algunos sectores de la Iglesia Oriental pusieran en duda la canonicidad del Apocalipsis de San Juan. Esta disidencia, aunque minoritaria, continuó hasta que los propios orientales decidieron zanjar el asunto en el Concilio de Constantinopla III, año 681.

Como este canon oficial no volvió a ser puesto seriamente en duda, la Iglesia no vio necesario declararlo dogma hasta que la ruptura de Lutero y su intención de sacar varios libros del canon del Nuevo y del Viejo Testamento hizo sonar las alarmas. En el Concilio de Trento de 1563 la Iglesia decide declarar el canon oficial como dogma para evitar que la postura de Lutero pudiese extender el error también dentro de la Iglesia. Y así tenemos un viaje que va desde el siglo III, cuando la mayoría de los cristianos sostenía más o menos el mismo canon que hoy, hasta el siglo XVI en que ese canon se convierte en dogma, pasando por el siglo IV en el que la Iglesia ya dejó proclamado el canon actual de forma oficial.

Como conclusión, podemos decir entonces que el Nuevo Testamento se ha convertido en la herramienta que Dios nos ha dado a la Iglesia para mantener la Tradición apostólica sin distorsiones a pesar del paso de los siglos hasta el punto de que hoy ya no hay Tradición sin Escritura, pero para mantener viva esa verdad recibida, tampoco puede haber Escritura sin Tradición.

Así como en el Antiguo Testamento hay algunas divergencias de canon entre católicos, ortodoxos y protestantes, en cuanto al Nuevo Testamento las tres ramas del cristianismo (2+1) han logrado la total unanimidad, y a pesar de los fracasados intentos de Lutero por sacar algunos libros del canon del Nuevo Testamento, hoy en día todos reconocemos como Palabra de Dios los mismos 27 libros reconocidos por la Iglesia primitiva. Mirando atrás en la historia, esta unanimidad casi puede ser considerada un auténtico milagro y sin duda nuestro más preciado elemento de unidad entre todos los cristianos.


¿Cómo surgió el canon del Nuevo Testamento?

Frente a la idea de que Constantino o el Concilio de Nicea decidieron de golpe qué libros entraban o salían del canon, marcando así en qué habían de creer los cristianos a partir de entonces, hemos visto que el proceso fue muy diferente. La Iglesia primitiva, antes y después de Constantino, tenía muy claro que la fe la recibieron de los apóstoles en lo que se conoce como la Tradición, y es esa Tradición la que se convierte en la autoridad para posteriormente distinguir qué libros son inspirados y cuáles no.


Algunos de esos libros y epístolas provienen de la propia mano de los apóstoles (el evangelio según San Juan, probablemente el Apocalipsis y también la mayoría de las epístolas) y otros libros y epístolas proceden de la misma Iglesia que recibió esa predicación oral (los otros 3 evangelios y epístolas como la mal llamada segunda de Pedro, etc.). Ni Jesús ni los apóstoles entregaron a la Iglesia unos libros sagrados en donde encontrar toda la doctrina verdadera, sino que fue la Iglesia la que con los años y el uso fue aceptando ciertos textos como fieles reflejos de esa misma Palabra de Dios en la que creían desde los primeros momentos.

Tampoco podemos considerar que el papa o ningún concilio se sentó a deliberar sin más qué libros declarar canónicos y cuáles no, sino que poco a poco, en sínodos y concilios, la Iglesia fue reconociendo oficialmente lo que en ella ya se había aceptado como certeza. Fueron las propias comunidades de base (como diríamos ahora) las que mediante la aceptación o rechazo de textos fueron configurando el canon bíblico del Nuevo Testamento.

En esta formación del canon no vemos en absoluto que el Concilio de Nicea ni ningún otro momento del reinado de Constantino supusiera un punto de inflexión. Cuando finalmente los sínodos y concilios empiecen a sancionar el canon del Nuevo Testamento (mucho después de Constantino), era tan sólo una ratificación a posteriori de lo que la experiencia de la comunidad creyente había establecido por sí misma. 

O sea, el canon bíblico como tal, tanto el Antiguo Testamento judío como el Nuevo Testamento cristiano, es algo que no llega impuesto por Dios como mandato, sino que surge poco a poco de la propia vivencia religiosa de las comunidades judía y cristiana fieles a la fe recibida y no al revés, como la Sola Scriptura sugeriría. Por supuesto, los cristianos (como los judíos), creemos que Dios nos inspiró para que en la formación del canon quedasen finalmente incluidos todos y solo aquellos libros que verdaderamente eran Palabra de Dios, y por eso hoy tenemos la certeza de que nuestra Biblia es cierta y plenamente el Libro Sagrado.


La Iglesia antes del canon de la Biblia


Aunque desde finales del siglo primero vemos algunos casos aquí y allá en los que se habla de ciertos escritos cristianos como inspirados, y por tanto sagrados, será solo décadas más tarde cuando empecemos a ver poco a poco cómo van apareciendo listados en los que se recogen cuáles de esos escritos son considerados totalmente fieles a la verdad. Pero en un principio, dichos listados no surgen como propuestas de un canon sagrado, al estilo de hoy, sino algo así como “lecturas imprescindibles para comprender correctamente nuestra fe”. Y es entonces cuando empiezan a surgir polémica sobre ciertos libros, pues algunos defienden que tal o cual libro o carta es totalmente conforme a la fe y otros defienden que no son un espejo suficientemente bueno de esa fe y por tanto no merecen ser declarados “lectura recomendada” (por expresarlo de alguna manera), aunque eso tampoco implicaba siempre pensar que tuviesen doctrinas erróneas. Al fin y al cabo ya había muchos textos y cartas cristianas, y tras rechazar los que no eran conformes a la Tradición verdadera, aún quedaban muchos textos ortodoxos de entre los cuales solo los más selectos merecían ser usados en las asambleas como herramientas para profundizar en la fe.

Esa actitud ante los escritos cristianos explica el hecho de que en los primeros cuatro siglos no hubiera un consenso absoluto sobre qué libros eran "inspirados", aunque sí había consenso global sobre cuál era el Evangelio, o sea, la buena nueva predicada por Jesús, y ese Evangelio era lo que la Iglesia transmitía, la Tradición. Esto se ve claro en algunas citas de los primeros cristianos como estas:

“Porque he oído a ciertas personas que decían: Si no lo encuentro en las escrituras fundacionales (antiguas) [o sea, el Antiguo Testamento], no creo que esté en el Evangelio [o sea, el mensaje de Jesús]. Y cuando les dije: Está escrito, me contestaron: Esto hay que probarlo. Pero, para mí, mi escritura fundacional es Jesucristo, la carta inviolable de su cruz, y su muerte, y su resurrección, y la fe por medio de Él; en la cual deseo ser justificado por medio de vuestras oraciones” (San Ignacio de AntioquíaCarta a los Filadelfios 8, c. Año 107).

“Junto con las interpretaciones [de los evangelios], no vacilaré en añadir todo lo que aprendí y recordé cuidadosamente de los ancianos, porque estoy seguro de la veracidad de ello. A diferencia de la mayoría, no me deleité en aquellos que decían mucho, sino en los que enseñan la verdad; no en los que recitan los mandamientos de otros, sino en los que repetían los mandamientos dados por el Señor. Y siempre que alguien venía que había sido un seguidor de los ancianos, les preguntaba por sus palabras: qué habían dicho Andrés o Pedro, o Felipe, o Tomás, o Jacobo, o Juan, o Mateo o cualquiera otro de los discípulos del Señor, y lo que Aristión y el anciano Juan, discípulos del Señor, estaban aún diciendo, porque no creía que la información de libros pudiera ayudarme tanto como la palabra de una voz viva, sobreviviente” (Papías de Hierapolis, discípulo de San Juan, año 100, citado por Eusebio de Cesarea en su obra Historia eclesiástica III, 39)

“Porque al usar las Escrituras para argumentar, la convierten en fiscal de las Escrituras mismas, acusándolas o de no decir las cosas rectamente o de no tener autoridad, y de narrar las cosas de diversos modos: no se puede en ellas descubrir la verdad si no se conoce la Tradición […] Y terminan por no estar de acuerdo ni con la Tradición ni con las Escrituras” (San Ireneo de Lyon, discípulo de San Policarpo, que era discípulo de San Juan. Contra las Herejias. III 2, 1-2. Año 180)

…pero la fuerza de la Tradición es una y la misma. Las iglesias de la Germania no creen de manera diversa ni transmiten otra doctrina diferente de la que predican las de Iberia o de los Celtas, o las del Oriente, como las de Egipto o Libia, así como tampoco de las iglesias constituidas en el centro del mundo (San Ireneo de Lyon, Contra las herejías I,10,2. Año 180)

“Siendo, pues, tantos los testimonios, ya no es preciso buscar en otros la verdad que tan fácil es recibir de la Iglesia, ya que los Apóstoles depositaron en ella, como en un rico almacén, todo lo referente a la verdad, a fin de que «cuantos lo quieran saquen de ella el agua de la vida» […] Entonces, si se halla alguna divergencia aun en alguna cosa mínima, ¿no sería conveniente volver los ojos a las Iglesias más antiguas, en las cuales los Apóstoles vivieron, a fin de tomar de ellas la doctrina para resolver la cuestión, lo que es más claro y seguro? Incluso si los Apóstoles no nos hubiesen dejado sus escritos, ¿no hubiera sido necesario seguir el orden de la Tradición que ellos legaron a aquellos a quienes confiaron las Iglesias?” (San Ireneo de Lyon, Contra las herejías III,4,1. Año 180)

Y recordemos de nuevo que quien tales cosas nos está diciendo en estas tres últimas citas, san Ireneo, no es un cristiano cualquiera, sino un obispo cuyo maestro recibió la fe de boca del mismísimo apóstol san Juan, y Papías escribe esa cita cuando aún está vivo su maestro, también San Juan, y San Ignacio es contemporáneo de Papías. Con lo cual vemos que no es cierto lo que a menudo dicen los protestantes de que la Iglesia primitiva seguía la doctrina de la Sola Scriptura y fue la Iglesia Católica la que en el Concilio de Trento (s. XVI) o en algún otro anterior (tal vez Nicea) consagró la Tradición como segundo pilar de la fe. 

La Iglesia primitiva consideraba que su fe surgía principalmente de la predicación de los apóstoles, y los escritos apoyaban esa fe, y no al contrario. Sería con el tiempo cuando esos escritos al pasar a considerarse Palabra de Dios, como los del Antiguo Testamento, adquieran un papel principal junto a la Tradición (pero ni mucho menos anulándola). Mientras la predicación apostólica está aún fresca, los textos escritos son considerados por la mayoría un soporte secundario; será cuando pase el tiempo y la predicación original se empiece a ver con cierta lejanía cuando el asunto de qué escritos recogen más fielmente esa tradición vaya adquiriendo cada vez mayor importancia y comiencen a surgir las inquietudes por definir un canon universal para todas las iglesias.

Por eso, si hasta finales del siglo segundo se nos suele hablar de los textos escritos como un apoyo de la Tradición, a partir de entonces vemos cómo va apareciendo también el concepto inverso, afirmando que la Tradición es la herramienta que nos permite interpretar correctamente los textos escritos, lo que quiere decir que la fe ya se basa en ambos pilares, no solo el oral sino ahora también el escrito. Por ejemplo encontramos palabras como estos fragmentos de Tertuliano de Cartago (160-220 d.C.) en su obra Prescripciones contra todas las herejías, en donde ataca a los herejes que intentan interpretar las Escrituras según sus propios criterios sin hacer caso a la Tradición de la Iglesia recibida de los apóstoles:

Ellos [los herejes] ponen por delante las Escrituras y, con semejante audacia, inmediatamente impresionan a algunos. […] primero debe ser discernido a quién corresponde la posesión de las Escrituras, a fin de que no sea admitido a ellas aquél a quien de ningún modo corresponde. […] no deben ser admitidos los herejes para emprender un desafío sobre las Escrituras, pues sin las Escrituras probamos que ellos no tienen nada que ver con ellas […] Ahora bien, qué hayan predicado, esto es, qué les haya revelado Cristo, también aquí deduciremos esta prescripción: esto no se debe probar de otro modo sino por medio de las mismas iglesias que los apóstoles fundaron, predicándoles ellos mismos ya sea de viva voz, como se dice, ya sea, después, por medio de cartas. Si así están las cosas, es cierto, igualmente, que toda doctrina que concuerde con la doctrina de aquellas iglesias apostólicas, matrices y fuentes de la fe, debe ser considerada verdadera, pues sin duda mantiene aquello que las Iglesias recibieron de los Apóstoles, los Apóstoles de Cristo, Cristo de Dios […] Un tratado sobre esta materia no será del todo inútil para instruir tanto a los que están todavía en un estadio de formación como a los que, satisfechos con su fe sencilla, no investigan los fundamentos de la tradición, y, debido a su ignorancia, poseen una fe que está a merced de todas las tentaciones.

Y mucho más contundente aún es san Agustín de Hipona, a quien muchos protestantes pretenden presentar como partidario de la Sola Scriptura:

“Todo lo que observamos por tradición, aunque no se halle escrito; todo lo que observa la Iglesia en todo el orbe, se sobreentiende que se guarda por recomendación o precepto de los apóstoles o de los concilios plenarios, cuya autoridad es indiscutible en la Iglesia” (Agustín de Hipona, Carta a Jenaro, Ep 54,1-2)

“No creería en el Evangelio si a ello no me moviera la autoridad de la Iglesia católica […] Si tú dices, No creas a los Católicos: Tú no puedes con rectitud utilizar las Escrituras para traerme a la fe en [el hereje] Maniqueo; porque fue bajo el mandato de los Católicos que yo creí en las Escrituras. […] Pero si por casualidad tienes éxito en encontrar en las Escrituras un testimonio irrefutable del apostolado de Maniqueo, debilitarías mi consideración para con la autoridad de los Católicos quienes me dicen que no te crea; y el efecto de esto será, que yo no creeré más en las Escrituras tampoco, porque fue a través de los Católicos que yo recibí mi fe en ellas; y así lo que sea que me traigas de las Escrituras no tendrá más peso para conmigo. Así que, si no tienes una prueba clara del apostolado de Maniqueo encontrada en las Escrituras, yo creeré a los Católicos en vez de a ti. Pero si tú encuentras, de alguna manera, un pasaje claramente a favor de Maniqueo, no les creeré ni a ellos ni a ti: ni a ellos, porque ellos me mintieron con respecto a Maniqueo; ni a ti, porque me estas citando esas Escrituras en las cuales he creído bajo la autoridad de “esos mentirosos”. Pero lejos de que yo no vaya a creer en las Escrituras; creyendo en ellas, no encuentro nada en ellas que me haga creerte a ti” (San Agustín, Contra la epístola fundamental de Maniqueo, cap V)

Así que en los textos de san Agustín, a caballo entre los siglos IV y V, se habla a menudo de las Escrituras (Antiguo Testamento y Nuevo Testamento), pero se rechaza cualquier interpretación de ellas que no esté en concordancia con la Tradición apostólica preservada en la Iglesia. Y es ahora, cuando las Escrituras se han consolidado como el segundo pilar en la transmisión de la fe, cuando los debates sobre qué libros transmiten fielmente la Tradición y cuáles no, cobran fuerza, aunque no tanto como para provocar serios conflictos y enfrentamientos ni para que se lleguen a lanzar acusaciones de herejía por no compartir los mismos listados al 100% (algo frecuente en aquella época en cuanto se consideraba que alguien cambiaba algo de la doctrina). Esta ausencia de acusaciones heréticas es muy buena prueba de que las distintas iglesias consideraban que la fe podía ser la misma aunque los libros usados no fuesen exactamente los mismos.

Esto hace que si el Concilio de Nicea (año 325), Constantino o cualquier otro hubiera manipulado un libro de la Biblia para cambiar doctrinas a su antojo (suponiendo la imposibilidad de que hubiera podido hacerlo sin que nadie se diera cuenta), la reacción de los cristianos no habría sido la de cambiar sus creencias para adaptarse al nuevo texto, sino simplemente habrían rechazado ese texto por no estar conforme con la Tradición viva de la Iglesia. Por no mencionar la obviedad, claro está, de que en esos momentos eran ya millares las biblias repartidas por todas partes dentro y fuera del Imperio, y cualquier modificación habría sido detectada sin ningún problema. No es imaginable que los mismos cristianos (obispos y demás) que estaban padeciendo persecución y muerte por permanecer fieles a su fe, en pocos años aceptaran sin rechistar que el nuevo emperador les cambiara radicalmente las doctrinas cristianas delante de sus narices y reaccionaran al resultado del Concilio con el alborozo general que nos describen las crónicas.

San Jerónimo y el protestantismo


San Jerónimo
por Caravaggio


San Jerónimo, cuya fiesta se celebra el 30 de septiembre, es conocido por los católicos por varias cosas. Muchos conocen al sacerdote del siglo IV como responsable de la Vulgata, la traducción latina de la Biblia, el texto bíblico oficial de la Iglesia Católica durante muchos siglos. Otros conocen su celo por el estilo de vida ascético, primero en el desierto de Siria y después cerca de Belén. Y quizá algunos lo conozcan como uno de los Doctores de la Iglesia en latín, título otorgado por sus prolíficos discursos y comentarios teológicos. Asimismo, pocos saben que a menudo es presentado por algunos protestantes como un «protoprotestante».

No aceptó los libros deuterocanónicos de la Biblia

Quizá el uso más común de san Jerónimo para reforzar la teología protestante es la afirmación de que rechazó los libros deuterocanónicos de la Biblia (Tobías, Judit, 1 y 2 Macabeos, Sabiduría de Salomón, Sirácida y Baruc) como algo menos que las Escrituras. Hay algo de verdad en esto; a diferencia de muchos otros padres de la iglesia contemporáneos, san Jerónimo hizo una distinción entre la Biblia hebrea y los «apócrifos», llamando a los libros que no se encuentran en el hebreo como «no canónicos». En su Prefacio a los Libros de Samuel y de los Reyes, san Jerónimo incluye la siguiente declaración:

«Este prefacio a las Escrituras puede servir de introducción "con casco" a todos los libros que pasamos del hebreo al latín, para que podamos estar seguros de que lo que no se encuentra en nuestra lista debe colocarse entre los escritos apócrifos. Por lo tanto, la Sabiduría, que generalmente lleva el nombre de Salomón, y el libro de Jesús, el Hijo de Sirach, y Judith, y Tobías, y el Pastor no están en el canon. El primer libro de los Macabeos he encontrado que es hebreo, el segundo es griego, como se puede demostrar por el propio estilo».

Así, afirman muchos protestantes, san Jerónimo es la prueba de que algunos de los padres más venerables de la Iglesia rechazaron los mismos libros deuterocanónicos que luego rechazaron los reformistas. Sin embargo, los pensamientos de san Jerónimo sobre el deuterocanon en su Vulgata deben cuadrar con sus declaraciones en otros lugares. Por ejemplo, en su Carta a Eustoquio cita el Eclesiástico 13:2: «Porque ¿no dice la Escritura: “No te agobies por encima de tus posibilidades”?».

En otros lugares, Jerónimo también se refiere a Baruc (Carta a Oceanus), a la Historia de Susana (Carta a Paulino) y a la Sabiduría (Carta 51) como Escritura. Además, durante la vida de san Jerónimo (c. 347-420), el canon de las Escrituras aún no estaba resuelto y era objeto de debate, por lo que su opinión no estaba en contradicción explícita con la enseñanza católica. Varios concilios locales -Hipona, Cartago y Roma- afirmaron el deuterocanon como Escritura, pero ninguno fue ecuménico y, por tanto, vinculante para toda la Iglesia.

¿Defensor de la sola fide?

Otros protestantes afirman que san Jerónimo enseñó la sola fide, esa doctrina central del protestantismo según la cual el pecador es justificado por la gracia a través de la sola fe, y que las obras son, por tanto, totalmente no salvíficas. Citarán su In Epistolam Ad Romanos, en el que leemos, en latín, «Ignorantes quod Deus ex sola fide justificat, et justos se ex legis operibus, quam non custodierunt», que se traduce en algo así como: «Siendo ignorantes de que Dios justifica por la sola fe, se consideran justos por las obras de la Ley que no cumplen».

Consideremos la primera cita, en la que se encuentra la frase «sola fide». San Jerónimo se refiere a los judíos fariseos de la época de Cristo, que pretendían justificarse mediante los preceptos mosaicos. Además, las «obras» a las que se refiere son los «sacrificios de la Ley que eran sombras de la verdad» (quae umbra errant veritatis), y no las obras propiamente dichas como las entienden los reformistas protestantes. 

La segunda cita de san Jerónimo afirma que aquellos que con todo su espíritu ponen su fe en Cristo, aunque mueran todavía con el pecado en el alma, vivirán para siempre. Sin embargo, no hay nada exclusivamente protestante en esto: el catolicismo también enseña que las personas que tienen fe, aunque mueran no totalmente purificadas de todo su pecado, ganarán el cielo, siempre que su pecado no sea mortal.

También debemos conciliar las citas anteriores con lo que san Jerónimo enseña en otros lugares, que son más explícitamente católicos. En su Carta a Pammachius, por ejemplo, leemos:

«No creas que tu fe en Cristo es una razón para separarte de ella. Porque “Dios nos ha llamado en paz”. “La circuncisión no es nada y la incircuncisión no es nada, sino la observancia de los mandamientos de Dios”. Ni el celibato ni el matrimonio tienen la menor utilidad sin las obras, ya que incluso la fe, la marca distintiva de los cristianos, si no tiene obras, se dice que está muerta, y en tales términos las vírgenes de Vesta o de Juno, que era constante con un solo marido, podrían pretender ser contadas entre los santos».

Aquí, san Jerónimo enseña que tanto la fe como las obras son necesarias para la salvación. Lo mismo enseña en sus Comentarios a la Epístola a los Gálatas, en los que explica: «Debe notarse que no dice que un hombre, una persona, vive de la fe, para que no se piense que está condenando las buenas obras. Más bien dice que el justo vive de la fe». Así, en el corpus de san Jerónimo vemos una afirmación católica clásica sobre la cooperación de la fe y las obras en la salvación.

Sí, san Jerónimo declaró que «la ignorancia de la Escritura es la ignorancia de Cristo», lo que podría sonar -para los oídos protestantes que presumen de un cierto antibiblicismo en el catolicismo- como una afirmación implícita de la comprensión de la Escritura por parte de los reformadores. Esto no podría estar más lejos de la verdad. Por supuesto que san Jerónimo tenía una alta visión de la Sagrada Escritura - ¡también la Iglesia Católica, de la que san Jerónimo era un miembro obediente! No hay nada exclusivamente protestante en una visión elevada de la Biblia, como demuestran todos los padres de la Iglesia y los concilios ecuménicos de la Iglesia.

Finalmente, cualquier consideración honesta de san Jerónimo debe tener en cuenta la totalidad de su obra, que evidencia una teología no protestante. En su Carta a Heliodoro, declara su creencia en la sucesión apostólica, que los obispos de su época tienen una autoridad que deriva de los apóstoles y de Cristo mismo. Afirma la primacía papal en su Carta al Papa Dámaso, escribiendo: «No sigo a ningún líder más que a Cristo y no comulgo con nadie más que con Vuestra Bendición, es decir, con la cátedra de Pedro. Sé que ésta es la roca sobre la que se ha construido la Iglesia».

Así pues, la concepción de San Jerónimo sobre la autoridad eclesial es decididamente católica.

Fuente: CWR/InfoCatólica

jueves, 3 de mayo de 2012

Significado de CANON

CANON: Regla, norma. Se aplica a muchas realidades: cánones de la convivencia o del arte, del código de Derecho, libros canónicos, horas canónicas del oficio divino, canonización del los santos. En liturgia: oración central de la eucaristía, pero ha tenido otros nombres: anáfora y, ahora sobre todo, plegaria eucarística, que expresa mejor su contenido.