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sábado, 8 de junio de 2013

Lucas 7,11-17: Corazón compasivo, por M. Dolors Gaja, M.N.

Lucas 7,11-17

En aquel tiempo, iba Jesús camino de una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y mucho gentío. Cuando estaba cerca de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba. Al verla el Señor, le dio lástima y le dijo:
– No llores.
Se acercó al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo:
– ¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!
El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre. Todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios, diciendo:
– Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.
La noticia del hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea entera”

Comentario por M. Dolors Gaja, M.N.

Acabamos de celebrar la fiesta del Corazón de Jesús. Un corazón herido de amor, un corazón que se dejó dañar por el dolor ajeno, que supo sufrir con el dolor del otro; un corazón que fue moldeado, no lo olvidemos, por José y María. Este sábado celebramos también el Corazón inmaculado de María (por lo visto a nadie se le ocurre pensar en el corazón de José…)

Corazón, sede de sentimientos, de afecto. Dios no vino a salvarnos de un mal más o menos teórico. Vino a “cambiar nuestro corazón de piedra por un corazón de carne”. Eso es estar salvado: tener un corazón de carne. Como el de Jesús.

Veamos a ese Corazón sagrado en sus acciones:

El encuentro entre la procesión de la muerte, que sale de la ciudad, y la procesión de la vida, que entra en ella. Jesús va con alguna intención a Naín. Pero las intenciones de Jesús, sus planes, siempre quedan trastocados por la vida.

Primera lección: estar atentos a la vida. Y dar respuesta. Al dolor de la madre por la muerte de su hijo se suma el desamparo en que ésta queda. Las mujeres que no tenían un varón que las atendiera – esposo o hijo, también padre – quedaban expuestas a la mendicidad y a todo tipo de sufrimiento. Jesús se encuentra por tanto con una situación de profundo dolor y profundo desamparo.

Y se conmueve. Y su com-pasión lo pone en movimiento. Primero mira. Ve a la mujer en su totalidad. Y le ruega: “No llores”. Al hombre Jesús no le gusta ver llorar una mujer, parece desestabilizarlo. También a María Magdalena le dirá ¿Por qué lloras?

Fijémonos en las acciones de Jesús: mirar, hablar, acercarse, tocar. Son, en realidad, un buen programa pastoral: miremos la persona, esa que tenemos al lado, esa que han puesto a nuestro cargo; hablémosle, individualicemosla, hagámosle sentir que la hemos visto. Y acerquémonos. Acercarse en totalidad, no un poquito. Eso implica tocar.

La compasión de los santos ha hecho que tocaran leprosos, que cogieran en brazos moribundos, que acunaran bebés abandonados, que abrieran los brazos para consolar. La cercanía humana nos hace tocar. Y Dios se ha dejado tocar (y hasta comer) para que aprendamos también a tocar.

La palabra de Jesús a la mujer es suave, implorante, llena de ternura. Es una mujer rota. La palabra de Jesús al joven es enérgica, imperativa, vigorosa. Un corazón compasivo es aquel que encuentra siempre el “tono” que el otro precisa.

El muchacho difunto estaba, obviamente, tendido sobre el féretro. Para vivir hay que levantarse. Levantarse cada día de aquello que nos mata, de aquello que nos quita libertad, de aquello que nos aleja de quien nos ha dado vida.

Y Jesús lo entrega a su madre. ¡Quién vería el abrazo del joven y la madre viuda! ¿Sería así el abrazo de Jesús resucitado y María? Quizá Dios Padre no quiso ser superado en compasión por su Hijo y también Él se acercó a la tumba de Jesús y le ordenó:¡levántate! para entregarlo, aunque brevemente, a María.

La conclusión de la gente, maravillada, es fundamental: Dios ha visitado a su pueblo. Porque Dios sólo puede tener gestos de compasión, de misericordia. Pero no olvidemos que lo visita en la persona de su Hijo. Igual que ahora el mundo debe ser visitado por Dios…a través de nuestras obras, de nuestro corazón compasivo.

Somos portadores de Vida. Vayamos a iluminar los espacios de muerte.

miércoles, 3 de abril de 2013

ETIMOLOGIA DE LA PALABRA FUNERAL


La palabra funeral viene del latín “funus” que significa antorcha. En la antigua Roma cuando una persona moría se creía que su espíritu se quedaba entre los vivos y esto los aterraba; de ahí que, después de velarlos toda la noche para asegurarse de que no estaban vivos, los enterraban en panteones que por motivos higiénicos estaban a las afueras de la ciudad.

El ritual se hacía de noche para que el espíritu del difunto no se quedara con ningún familiar vivo. Las personas que acompañaban la comitiva iban vestidas de negro para confundirse con la oscuridad. Además llevaban antorchas para que el espíritu del difunto no se perdiera y siguiera la luz de las antorchas hasta su “morada eterna”. Estas antorchas eran los funus, de donde deriva la palabra funeral.

Sin embargo, la costumbre de esconderse del espíritu a través de ropas negras es mucho más antigua. Se han encontrado pinturas rupestres de ritos funerarios en los que los hombres aparecen con los cuerpos pintados de negro. También existen tribus en África que cubren sus cuerpos con cenizas para ocultar el color oscuro de su piel y así confundir al espíritu. Antiguamente se creía que el espíritu de los muertos podía regresar y tomar posesión de los vivos, por ello las personas pintaban sus cuerpos de negro para así, pasar desapercibidos.

— El color del luto según la cultura

El color negro NO se asocia al luto en todas las culturas. Cada cultura tiene su color para manifestar el duelo por una muerte. Esto es debido a que los colores nos afectan psicológicamente y nos producen determinadas sensaciones, que varían según la cultura. De hecho, un mismo color puede expresar sentimientos opuestos según la cultura en la que estemos.

En Japón, en la India y en la mayor parte de los países islámicos, el blanco es el color usado en el luto porque se asocia a la muerte. El color blanco es la ausencia de color, es el color de la pureza, es el color de los funerales, es además el color permitido para las viudas en India. Cuando una viuda viste de blanco significa que desconecta de la vida social.

Las antiguas tribus de África y Oceanía se pintaban la piel con pinturas oscuras y cenizas; en Nueva Guinea existía la tradición de cubrirse con barro.

En la cultura occidental el color negro se asociaba con el misterio de la muerte. La naturaleza humana teme a lo desconocido y lo desconocido es oscuro, negro. Con el tiempo, el simbolismo del color negro fue cambiando hasta convertirse en una forma de respeto y manifestación de dolor.

Otra de las versiones sobre el uso de color negro para expresar duelo, proviene de la antigua Roma, donde las mujeres usaban vestidos negros llamados lugubrias para guardar luto. Más tarde, un decreto imperial estableció que el blanco sería el color del duelo y así se usó por cientos de años en muchas partes de Europa, particularmente en Francia, España e Inglaterra.

En 1498, Ana de Bretaña se vistió de negro en el funeral de su esposo, Carlos VIII, y puso colgaduras negras a su escudo de armas. Fue el primer funeral en negro desde los tiempos de la antigua Roma. La viuda se veía tan hermosa que el nuevo rey, Luis XII, pidió su mano y fue reina de Francia por segunda vez.

Con la ayuda de los diseñadores de modas de aquellos tiempos, se impuso de nuevo la costumbre de vestir de negro durante el luto, no sin algunas excepciones. María de Escocia, tras la muerte de su marido, Lord Darnley, llevaba trajes de color blanco, por lo que era conocida como la “Reina Blanca”.

— Luto blanco

El color del luto más riguroso entre las reinas europeas medievales era el blanco en lugar del negro. Esta tradición sobrevivió en España hasta finales del siglo XVI y fue de nuevo puesta en práctica por la reina Fabiola de Bélgica en el funeral del rey Balduino I de Bélgica.

Era costumbre entre las doncellas de Francia vestir el deuil blanc o ‘luto blanco’. Este es el origen del guardarropa de luto blanco creado por Norman Hartnell para la reina Isabel en 1938.

Fuentes:
ecosdeladistancia.wordpress.com
culturizando.com
indolinkspanish.wordpress.com
es.wikipedia.org


lunes, 8 de noviembre de 2010

El respeto a los muertos en el Catecismo de la Iglesia Catolica #2299-2301

El respeto a los muertos

2299 A los moribundos se han de prestar todas las atenciones necesarias para ayudarles a vivir sus últimos momentos en la dignidad y la paz. Deben ser ayudados por la oración de sus parientes, los cuales cuidarán que los enfermos reciban a tiempo los sacramentos que preparan para el encuentro con el Dios vivo.

2300 Los cuerpos de los difuntos deben ser tratados con respeto y caridad en la fe y la esperanza de la resurrección. Enterrar a los muertos es una obra de misericordia corporal (cf Tb 1, 16-18), que honra a los hijos de Dios, templos del Espíritu Santo.

2301 La autopsia de los cadáveres es moralmente admisible cuando hay razones de orden legal o de investigación científica. El don gratuito de órganos después de la muerte es legítimo y puede ser meritorio.

La Iglesia permite la incineración cuando con ella no se cuestiona la fe en la resurrección del cuerpo

Parroquia, difuntos. Rezamos por los hermanos y hermanas que ya partieron


























En noviembre, las familias de los hermanos y hermanas que nos dejaron durante estos ultimos doce meses, traen sus retratos a la celebracion de la Eucaristia y, en procesion, los colocamos en un lugar de facil acceso y bien visible en la iglesia. Esta sencilla liturgia esta muy bien preparada por los miembros de la parroquia y nos recuerda que somos peregrinos en la vida presente, que debemos ser solidarios los unos con los otros y rezar constatemente por el projimo y, tambien, por nuestros hermanos y hermanas difuntos.

La procesion de las familias con el retrato de sus seres queridos se realiza despues de la homilia, en la cual hemos reflexionado sobre el misterio de la vida y de la muerte y la promesa de vida eterna que todos los cristianos recibimos y acogimos el dia de nuestro bautismo. Por parte de las familias, este es un momento de intensa emocion; por parte de la congregacion, conocer, honrar y rezar por estos hermanos y hermanas nuestros es una llamada de atencion sobre nuestra condicion, debilidad y vocacion a vivir con la mirada y la esperanza puesta mas alla de nosotros mismos.

martes, 2 de noviembre de 2010

El respeto no esta renido con la profesion

Parroquia: funerales





















La celebracion de un funeral, o mejor, la celebracion de la vida de un cristiano, es una de las ceremonias que mas me acerca a las familias. Salvo excepciones, que siempre las hay, la familia del difunto esta a la escucha, deseando y pidiendo a traves de la expresion corporal unas palabras de consuelo y esperanza. Esta no es una celebracion como otra cualquiera. Las familias entran en la iglesia sintiendo una gran perdida y muchas de ellas celebran la misa con esa sensacion: la de haber perdido al abuelo, al padre, a la madre, al esposo o la esposa, al hijo o la hija, al amigo o la amiga.

Por eso, desde el comienzo de la misa es necesario compartir el aspecto de celebracion que este encuentro tiene en la Iglesia: la misa no es solamente para llorar la muerte del difunto sino para celebrar su vida y compartir su fe. Los cristianos no celebramos la muerte, celebramos la vida: la vida como don (no nos pertenece), la vida como cambio y transformacion, la vida como misterio y encuentro.

Es muy necesario que los familiares escuchen que no vienen a la iglesia a "enterrar a un ser querido" sino a ofrecerlo a Dios; con ello, al mismo tiempo dan testimonio de su propia fe y de la fe del difunto. Curiosamente, la mayoria de las familias no saben por que cubrimos el ataud con una tela blanca (palio). Esa tela blanca nos refresca la memoria porque esta identificando a una persona bautizada. Cuando esta persona nacio, ya entonces, los padres y padrinos reconocian que su vida era un don, del cual ellos no eran los duenos. Esta persona fue traida a la iglesia por sus familiares y amigos para recibir el bautismo y ser ofrecida a Dios, como es traida tambien hoy, el dia en que es ofrecida de nuevo a Dios.

Hay dos maneras de vivir: recibiendo, agarrando, apropiando, conquistando, etc, o dando, ofreciendo, compartiendo, regalando, etc. Para el seguidor de Cristo solamente hay una manera de vivir: compartiendose, ofreciendose, dandose... y eso es lo que hacemos durante la celebracion de la Eucaristia: ofrecemos a Jesus al Padre y, junto a El, la vida de una persona que ha llegado al final de su peregrinacion. Para la persona o la familia que vive como si fueran los duenos de todo lo que tienen y han recibido, esto es tragico y dramatico porque la cruda realidad es que no somos duenos absolutos de nada: un accidente, una perdida, la muerte..., nos pone en evidencia.

Esta celebracion de la vida es un momento muy oportuno para recordanos que Dios no nos dio la existencia para quedarnos con ella sino para darla. Otra cosa es lo que nosotros hagamos con ella.