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jueves, 28 de julio de 2022

Jn 11,1-44: La resurrección de Lázaro

La resurrección de Lázaro

1 Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta.
2 María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. 
   Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo.
3 Las hermanas enviaron a decir a Jesús: "Señor, el que tú amas, está enfermo".
4 Al oír esto, Jesús dijo: "Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, 
   para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella".
5 Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro.
6 Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, 
   se quedó dos días más en el lugar donde estaba.
7 Después dijo a sus discípulos: "Volvamos a Judea".
8 Los discípulos le dijeron: "Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, 
   ¿y quieres volver allá?"
9 Jesús les respondió: "¿Acaso no son doce las horas del día? El que camina de día no tropieza, 
   porque ve la luz de este mundo;
10 en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él".
11 Después agregó: "Nuestro amigo Lázaro duerme, pero yo voy a despertarlo".
12 Sus discípulos le dijeron: "Señor, si duerme, se curará".
13 Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte.
14 Entonces les dijo abiertamente: "Lázaro ha muerto,
15 y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo".
16 Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: "Vayamos también nosotros a morir con él".
17 Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días.
18 Betania distaba de Jerusalén sólo unos tres kilómetros.

11,19-27

19 Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano.
20 Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, 
     mientras María permanecía en la casa.
21 Marta dijo a Jesús: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.
22 Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas".
23 Jesús le dijo: "Tu hermano resucitará".
24 Marta le respondió: "Sé que resucitará en la resurrección del último día".
25 Jesús le dijo: "Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá;
26 y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?"
27 Ella le respondió: "Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, 
     el que debía venir al mundo".

28 Después fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: "El Maestro está aquí y te llama".
29 Al oír esto, ella se levantó rápidamente y fue a su encuentro.
30 Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio 
     donde Marta lo había encontrado.
31 Los judíos que estaban en la casa consolando a María, 
     al ver que esta se levantaba de repente y salía, la siguieron, 
     pensando que iba al sepulcro para llorar allí.
32 María llegó a donde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: 
     "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto".
33 Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado,
34 preguntó: "¿Dónde lo pusieron?" Le respondieron: "Ven, Señor, y lo verás".
35 Y Jesús lloró. 
36 Los judíos dijeron: "¡Cómo lo amaba!"
37 Pero algunos decían: "Este, que abrió los ojos del ciego de nacimiento, 
     ¿no podía impedir que Lázaro muriera?"
38 Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima,
39 y dijo: "Quiten la piedra". Marta, la hermana del difunto, le respondió: "Señor, huele mal; 
     ya hace cuatro días que está muerto".
40 Jesús le dijo: "¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?"
41 Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: 
     "Padre, te doy gracias porque me oíste.
42 Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, 
     para que crean que tú me has enviado".
43 Después de decir esto, gritó con voz fuerte: "¡Lázaro, ven afuera!"
44 El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. 
     Jesús les dijo: "Desátenlo para que pueda caminar".

martes, 6 de junio de 2017

Tobías 2,9-14: La ceguera de Tobit

Tobías 2,9-14
Martes de la 9 Semana del Tiempo Ordinario, Año I

Yo, Tobit, la noche de Pentecostés, cuando hube enterrado el cadáver, después del baño fui al patio y me tumbé junto a la tapia, con la cara destapada porque hacía calor; yo no sabía que en la tapia, encima de mí, había un nido de gorriones; su excremento caliente me cayó en los ojos, y se me formaron nubes. Fui a los médicos a que me curaran; pero cuantos más ungüentos me daban más vista perdía, hasta que quedé completamente ciego. Estuve sin vista cuatro años. Todos mis parientes se apenaron por mi desgracia, y Ajicar me cuidó dos años, hasta que marchó a Elimaida. En aquella situación, mi mujer Ana se puso a hacer labores para ganar dinero. Los clientes le daban el importe cuando les llevaba la labor terminada. El siete de marzo, al acabar una pieza y mandársela a los clientes, éstos le dieron el importe íntegro y le regalaron un cabrito para que lo trajese a casa. Cuando llegó, el cabrito empezó a balar. Yo llamé a mi mujer y le dije: "¿De dónde viene ese cabrito? ¿No será robado? Devuélveselo al dueño, que no podemos comer nada robado." Ana me respondió: "Me lo han dado de propina, además de la paga." Pero yo no le creía y, abochornado por su acción, insistí en que se lo devolviera al dueño. Entonces me replicó: "¿Y dónde están tus limosnas? ¿Dónde están tus obras de caridad? ¡Ya ves lo que te pasa!"

domingo, 2 de abril de 2017

Juan 1,1-45: Resurrección de Lázaro

Juan 11,1-45
Domingo de la 5 Semana de Cuaresma, Año A

En aquel tiempo, un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana, había caído enfermo. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro. Las hermanas mandaron recado a Jesús, diciendo:
— Señor, tu amigo está enfermo.
Jesús, al oírlo, dijo:
— Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. Sólo entonces dice a sus discípulos:
— Vamos otra vez a Judea.
Los discípulos le replican:
— Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver allí?
Jesús contestó:
— ¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza, porque le falta la luz.
Dicho esto, añadió:
— Lázaro, nuestro amigo, está dormido; voy a despertarlo.
Entonces le dijeron sus discípulos:
— Señor, si duerme, se salvará.
Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les replicó claramente:
— Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su casa.
Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos:
— Vamos también nosotros y muramos con él.
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús:
— Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.
Jesús le dijo:
— Tu hermano resucitará.
Marta respondió:
— Sé que resucitará en la resurrección del último día.
Jesús le dice:
— Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?
Ella le contestó:
— Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.
Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja:
— El Maestro está ahí y te llama.
Apenas lo oyó, se levantó y salió adonde estaba él; porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole:
— Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano.
Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, sollozó y, muy conmovido, preguntó:
— ¿Donde lo habéis enterrado?
Le contestaron:
— Señor, ven a verlo.
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
— ¡Cómo lo quería!
Pero algunos dijeron:
— Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste? Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa. Dice Jesús:
— Quitad la losa.
Marta, la hermana del muerto, le dice:
— Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.
Jesús le dice:
— ¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?
Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
— Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.
Y dicho esto, gritó con voz potente:
— Lázaro, ven afuera.
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:
— Desatadlo y dejadlo andar.
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.