Mostrando entradas con la etiqueta Ascensión del Señor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ascensión del Señor. Mostrar todas las entradas

sábado, 20 de mayo de 2023

Significado de "subir a las alturas"

DOMINGO DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR, Año A (Lecturas)

Hechos 1,1-11
Salmo 46,2-3.6-7.8-9:
Dios asciende entre aclamaciones; 
el Señor, al son de trompetas.
Efesios 1,17-23
Mateo 28,16-20



En mi primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido, movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo. Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios. Una vez que comían juntos, les recomendó: "No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo." Ellos lo rodearon preguntándole: "Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?" Jesús contestó: "No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo." Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndole irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: "Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse."

Dios asciende entre aclamaciones; 
el Señor, al son de trompetas.

Pueblos todos batid palmas,
aclamad a Dios con gritos de jubilo;
porque el Señor es sublime y terrible,
emperador de toda la tierra.
R. Dios asciende entre aclamaciones; 
el Señor, al son de trompetas.

Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas;
tocad para Dios, tocad,
tocad para nuestro Rey, tocad.
R. Dios asciende entre aclamaciones; 
el Señor, al son de trompetas.

Porque Dios es el rey del mundo;
tocad con maestría.
Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado.
R. Dios asciende entre aclamaciones; 
el Señor, al son de trompetas.



Hermanos: Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro. Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos.



En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, paro algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: "Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo."


Mateo 28,16-20, por M. Dolors Gaja, MN.



Mateo 28,16-20

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, paro algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: "Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo."

Comentario de M. Dolors Gaja, MN.

Dice un filósofo nada sospechoso de beatería que “la verdadera génesis no se encuentra al principio sino al final” (Ernst Bloch)

Y hoy la Iglesia celebra la fiesta de la Ascensión de Jesús a los cielos para presentarnos ese final, esa meta que está en el origen de cualquier actuación del cristiano. La sabiduría popular ha llamado a esa realidad “cielo”; otros prefieren decir paraíso y otros… callan.

Nuestra sociedad ha anulado de su imaginario la muerte. Agarrados a la vida, vemos la muerte sólo como desgracia, como una ladrona que nos roba lo que más queremos. Y la hemos convertido en tabú, como hace años lo era el sexo.

Pero al silenciar la muerte, hemos silenciado también el cielo. Y al callar sobre éste, hemos convertido a Jesús en un compañero de camino, en un camarada. Y estamos estafando, incluso en las catequesis, el sentido último de la existencia.

Si nos quitan el final, si nos quitan el cielo, nuestro caminar no tiene sentido y la Iglesia se convierte, como dice Francisco, en una oenegé.

Si nos quitan el cielo, nos quitan la esperanza de plenitud; porque aunque tengamos a Jesús como amigo, compañero y centro de la existencia, Él es mucho más que todo eso.

Si nos quitan el cielo, entonces sí, la muerte se convierte en enemiga, el dolor en desgracia y la partida de quienes queremos en sinsentido.

Si nos quitan el cielo, nos quitan las alas, la esperanza; truncan el vuelo de la flecha que ha sido lanzada al Infinito y sólo en el Infinito halla reposo.

Si nos quitan el cielo perdemos nuestro derecho más fundamental: alcanzar, por Gracia, vivir como Hijos.

Si nos quitan el cielo, la vida se convierte en un tejer sin patrones ni medidas, esperando contra toda esperanza, que salga algo que, por azar, sirva para algo.

Pero si nos quitan el cielo, los mártires han sido unos estúpidos, la liturgia es un engañabobos y el credo unas palabras bonitas.

Jesús asciende a los cielos. Y dice la oración-colecta de este domingo que “donde llegó él, que es nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros como miembros de su cuerpo”. La imagen montañera de los que caminan atados es una bella metáfora. Él va delante y ya ha llegado a la cumbre. Desde allí, los que aún peregrinamos atados a Él, oímos el grito de triunfo: “¡Llegué! ¡Ánimo!”. Los que saben de montaña conocen como renace el brío cuando se oye este grito: ¡la cumbre es posible! Y en ese instante, desaparece el cansancio y el corazón se inflama. El prefacio de la misa explica: No se ha ido para desentenderse de este mundo, sino que ha querido precedernos como Cabeza nuestra, para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su Reino.

El evangelista Marcos, que hoy no leemos, dice: Jesús se sentó a la derecha de Dios (Mc 16,19). San Juan Damasceno explica: "Por derecha del Padre entendemos la gloria y el honor de la divinidad, allí dónde aquel que existe como Hijo de Dios antes de todos los siglos, Dios consustancial al Padre, se sienta corporalmente tras haberse encarnado y de haber sido glorificada su carne".

El evangelio de hoy mira por una parte al cielo, donde ya está Jesús. Y por la otra mira a la tierra pues Él mismo nos envía en misión. Pero para ser fiel a esta misión hay que mirar al cielo. Los curas, hoy, hablan poco del cielo. Es difícil, es verdad.

Decía Subirachs (escultor catalán agnóstico que ha realizado la Fachada de la Pasión de la Sagrada familia): “No me cuesta imaginar la Fachada de la Pasión porque todos sabemos lo que es la muerte. Pero como agnóstico no puedo imaginar la Fachada de la Gloria, no sé cómo la voy a hacer”.

El Señor se lo llevó a la Gloria antes de que pudiera comenzar esa fachada…pero parece que algunos creyentes lo seamos “a lo Subirachs” y no a lo cristiano: representamos la pasión y muerte de Jesús de mil maneras, hablamos de ella…y callamos la Gloria.
Somos como esa flecha lanzada en la inauguración de las Olimpiadas de Barcelona 92. ¡Nos incendiaremos al llegar!

Hay que hablar de cielo, hay que señalar la meta. No para conformarnos con todo, como temía Marx. El cielo es la única revolución posible. El cielo ha dado valentía y coraje, ha revestido de audacia, ha hecho atrevidos e insobornables a los débiles.

Hoy es día de cielo. Porque cuando nacemos nos ponen un sello en el corazón: “con derecho a cielo”. Nuestros nombres están escritos en el cielo. La primitiva fe cristiana entendió tan bien este hecho que al día de la muerte le llamó “Dies natalis”, día del nacimiento.

Que cada día estrenemos ese augurio de cielo que ya se nos regala.

Con inmensa gratitud a quienes, de niña, me hablaron de cielo.

lunes, 6 de junio de 2022

Hechos de los Apóstoles 1,12-14

Hechos de los Apóstoles 1,12-14

Después de la ascensión de Jesús a los cielos, los apóstoles regresaron a Jerusalén desde el monte de los Olivos, que dista de la ciudad lo que se permite caminar en sábado. Cuando llegaron a la ciudad, subieron al piso alto de la casa donde se alojaban, Pedro y Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago (el hijo de Alfeo), Simón el Cananeo y Judas, el hijo de Santiago. Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con María, la madre de Jesús, con los parientes de Jesús y algunas mujeres.
 

sábado, 12 de mayo de 2018

DOMINGO DE LA ASCENSION DEL SEÑOR, Año B

Hechos 1,1-11
Salmo 46,2-3.6-9: Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas

Efesios 1,17-23
Marcos 16,15-20

Hechos de los Apóstoles 1,1-11

En mi primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido, movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo. Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios. Una vez que comían juntos, les recomendó: «No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo.» Ellos lo rodearon preguntándole: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?» Jesús contestó: «No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo.» Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse.»

Salmo 46,2-3.6-9:
R. Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas

Pueblos todos batid palmas,
aclamad a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor es sublime y terrible,
emperador de toda la tierra.
R. Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas


Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas;
tocad para Dios, tocad,
tocad para nuestro Rey, tocad.
R. Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas


Porque Dios es el rey del mundo;
tocad con maestría.
Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado.
R. Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas


Efesios 1,17-23

Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro. Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos.

Marcos 16,15-20

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: «ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en m¡ nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos.» Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.

lunes, 29 de mayo de 2017

SOBRE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

¿Qué significa “Cristo subió al cielo”?

El cielo no es un lugar al que vamos sino una situación en la que seremos transformados si vivimos en el amor y en la gracia de Dios. El cielo de las estrellas y de los viajes espaciales de los astronautas y el cielo de nuestra fe no son idénticos. Por eso, cuando rezamos el Credo y decimos que “Cristo subió a los cielos” no queremos decir que Él, anticipándose a la ciencia moderna, emprendiera un viaje sideral.

En el cielo de la fe no existe el tiempo, la dirección, la distancia ni el espacio. El cielo de la fe es Dios mismo de quien las Escrituras dicen: "Habita en una luz inaccesible" (1 Tim 6,16).

Del mismo modo, la subida de Cristo al cielo no es igual a la subida de nuestros cohetes; éstos se trasladan constantemente de un espacio a otro, se encuentran constantemente dentro del tiempo y nunca pueden salir de estas coordenadas por más lejanos que viajen por espacios indefinidos. La subida de Cristo al cielo es también un "pasar" del tiempo a la eternidad, de lo visible a lo invisible, de la inminencia a la transcendencia, de la opacidad del mundo a la luz divina, de los seres humanos a Dios.

Con su “ascensión al cielo” Cristo entró en un mundo que escapa a nuestras posibilidades. Nadie sube hasta allí si no ha sido elevado por Dios (cfr. Lc 24,51; Hch 1,9). Él vive ahora con Dios, en la absoluta perfección, presencia, ubicuidad, amor, gloria, luz, felicidad, una vez alcanzada la meta que toda la creación está llamada a lograr. Cuando proclamamos que Cristo subió al cielo pensamos en todo eso.

¿Qué decir entonces de la narración de san Lucas al final de su evangelio (24,50-53) y al comienzo de los Hechos de los Apóstoles (1,9-11) donde cuenta con algunos detalles la subida de Cristo a los cielos hasta que una nube lo oculto de los ojos de los espectadores?

Si la ascensión de Cristo no significa una subida física al cielo estelar, ¿por qué entonces san Lucas la describió así? ¿Qué pretendía decir? Para dar respuesta a esto tenemos que comprender una serie de datos acerca del estilo y género literario de la literatura antigua.

La ascensión, ¿fue visible o invisible?

En primer lugar constatemos el hecho de que es Lucas el único que narra el acontecimiento de la ascensión en términos de una ocultación palpable y de un desaparecer visible de Cristo en el cielo, cuarenta días después de la Resurrección.

Marcos sólo dice: «El Señor Jesús, después de hablar con ellos, fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios» (16,19). Sabemos que el final de Marcos (16,9-20) es un añadido posterior y que este fragmento depende del relato de Lucas.

Mateo no conoce ninguna escena de ocultamiento de Jesús; termina así su evangelio: «Jesús les dijo: se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra... Yo estaré con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos» (28,18-20). Para san Mateo, Jesús ya ascendió al cielo al resucitar. El que dice «todo poder me ha sido dado en el cielo y en la tierra» ya ha sido investido de ese poder; ya está a la derecha de Dios en los cielos.

Para san Juan, la muerte de Jesús significó ya su pasar al Padre (Jn 3,13): «Dejo el mundo y voy al Padre» (16,28). Cuando dice: «Recibid el Espíritu Santo», según la teología de Juan eso significa que Jesús ya está en el cielo y envía desde allá su Espíritu (Jn 7,39; 16,7).

Para Pablo la resurrección significaba siempre elevación en poder junto a Dios (Rom 1,3-4; Flp 2,9-11).

Pedro habla también de Jesucristo «que subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios» (1 Pe 3, 22).

1 Tim 3,16 habla de su exaltación a la gloria.

En todos estos pasajes la ascensión no es un acontecimiento visible para los apóstoles, sino invisible y en conexión inmediata con la resurrección. Esta perspectiva que contemplaba conjuntamente resurrección y ascensión se mantuvo, a pesar del relato de Lucas, hasta el siglo IV, como atestiguan los Padres como Tertuliano, Hipólito, Eusebio, Atanasio, Ambrosio, Jerónimo y otros.

San Jerónimo, por ejemplo, predicaba: «El domingo es el día de la resurrección, el día de los cristianos, nuestro día. Por eso se llama el día del Señor, porque en este día Nuestro Señor subió, victorioso, al Padre» (Corpus Christianorum, 78,550).

De igual manera la liturgia celebró hasta el siglo V como fiesta única la pascua y la ascensión. Sólo a partir de entonces, con la historificación del relato lucano, se desmembró la fiesta de la ascensión en cuanto fiesta propia.

El sentido de la ascensión era el mismo que el de la resurrección: Jesús no fue revivificado ni volvió al modelo de vida humana que poseía antes de morir. Fue entronizado en Dios y constituido Señor del mundo y juez universal, viviendo la vida divina en la plenitud de su humanidad.

Y aquí se impone la pregunta: si la ascensión no es ningún hecho narrable sino una afirmación acerca del nuevo modelo de vivir de Jesús junto a Dios, ¿porqué Lucas la transformó en una narración?

Finalmente, ¿estaba él interesado en comunicar sobre todo hechos históricos externos? ¿o es que a través de semejante narración nos quiere transmitir una comprensión más profunda de Jesús y de la continuidad de su obra en la tierra? Creemos que esta última pregunta ha de transformarse en una respuesta.

La ascensión, esquema literario

Veamos en primer lugar los textos. Al final de su evangelio nos cuenta:

«Condujo a los discípulos cerca de Betania y alzando las manos, los bendijo. Y sucedió que mientras los bendecía se separó de ellos y era elevado al cielo. Y ellos, después de postrarse ante él volvieron a Jerusalén con gran alegría y estaban continuamente en el templo bendiciendo a Dios» (24,50-53).

En los Hechos se nos cuenta:

«Y dicho esto, se elevó mientras ellos miraban y una nube lo ocultó a sus ojos. Y según estaban con los ojos fijos en el cielo mientras él partía, he aquí que se presentaron ante ellos dos varones con vestiduras blancas que les dijeron: Galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este Jesús elevado de entre vosotros al cielo volverá tal como lo habéis visto ir al cielo» (1,9-11).

En estos dos relatos se trata realmente de una escena de ascensión visible y de ocultamiento. Escenas de ocultamiento y de ascensión no eran desconocidas en el mundo antiguo greco-romano y judío. Era una forma narrativa de la época para realzar el fin glorioso de un gran hombre.

Se describe una escena con espectadores; el personaje famoso dirige sus últimas palabras al pueblo, a sus amigos o discípulos; en ese momento es arrebatado al cielo. La ascensión se describe en términos de nubes y oscuridad para caracterizar su numinosidad y transcendencia.

Así, por ejemplo, Tito Livio en su obra histórica sobre Rómulo, primer rey de Roma, narra lo siguiente: Cierto día Rómulo organizó una asamblea popular junto a los muros de la ciudad para arengar al ejército. De repente irrumpe una fuerte tempestad. El rey se ve envuelto en una densa nube. Cuando la nube se disipa, Rómulo ya no se encontraba sobre la tierra; había sido arrebatado al cielo. El pueblo al principio quedó perplejo; después comenzó a venerar a Rómulo como nuevo dios y como padre de la ciudad de Roma («Livius», I,16).

Otras ascensiones se narraban en la antigüedad, tales como las de Heracles, Empédocles, Alejandro Magno y Apolonio de Tiana. Todas siguen el mismo esquema arriba expuesto.

El Antiguo Testamento cuenta el arrebato de Elías descrito por su discípulo Eliseo (2 Re 2,1-18) y hace una breve referencia a la ascensión de Henoc (Gen 5,24). Es interesante observar cómo el libro eslavo de Henoc, escrito judío del siglo primero después de Cristo, describe la «ascensio Henoch»:
«Después de haber hablado Henoc al pueblo, envió Dios una fuerte oscuridad sobre la tierra que envolvió a todos los hombres que estaban con Henoc. Y vinieron los ángeles y cogieron a Henoc y lo llevaron hasta lo más alto de los cielos. Dios lo recibió y lo colocó ante su rostro para siempre. Desapareció la oscuridad de la tierra y se hizo la luz. El pueblo asistió a todo pero no entendió cómo había sido arrebatado Henoc al cielo. Alabaron a Dios y volvieron a casa los que tales cosas habían presenciado» (Lohfink, G., «Die Himmelfahrt Jesu», 11-12).

Los paralelos entre la narración de Lucas y las demás narraciones saltan a la vista. No cabe duda de que el paso de Jesús del tiempo a la eternidad, de los hombres a Dios, está descrito según una historia de ocultamiento, forma literaria conocida y común en la antigüedad. No que Lucas haya imitado una historia de ocultamiento anterior a él. Hizo uso de un esquema y de un modelo narrativo que estaban a su disposición en aquel tiempo.

Nosotros hacemos lo mismo cuando en la catequesis empleamos el sicodrama, el teatro o aun el género novelístico para comunicar una verdad revelada y cristiana a nuestros oyentes de hoy. Al hacerlo nos movemos dentro de un esquema propio de cada género sin que con ello perdamos o deformemos la verdad cristiana que pretendemos comunicar o testimoniar. La Biblia está llena de recursos como éste. Nos alargaríamos si quisiéramos presentar más ejemplos. Existe una amplia literatura científica y de divulgación referente a este asunto.

Como conclusión podemos mantener que la verdad dogmática de que «Cristo subió al cielo» (1 Pe 3,22) o que «fue exaltado a la gloria» (1 Tim 3,16) fue historificada muy probablemente por el mismo Lucas.

¿Qué quiso decir Lucas con la ascensión?

¿Por qué historificó Lucas la verdad de la glorificación de Jesucristo junto a Dios? Analizando su evangelio descubrimos en él no sólo un gran teólogo sino también un escritor refinado que sabe crear la «punta» en una narración y sabe cómo comenzar y concluir de forma perfecta un libro.
En ese sentido se entienden las dos narraciones de la ascensión, una al concluir el evangelio y otra abriendo los Hechos de los Apóstoles.

En cuanto conclusión del evangelio cobra una gran fuerza de expresión porque utiliza un género que se prestaba exactamente para exaltar el fin glorioso de un gran personaje. Jesús era mucho mayor que todos ellos pues era el mismo Hijo de Dios que retornaba al lugar del que había venido, el cielo. A eso le añade motivos más que destacan quién era Jesús: en el Evangelio lucano Jesús nunca había bendecido a los discípulos; ahora lo hace; nunca había sido adorado por ellos y ahora es adorado por vez primera. Queda así claro que con su subida al cielo la historia de Jesús alcanzó su plena perfección; con la ascensión los discípulos comprenden la dimensión y profundidad del acontecimiento.

Pero, ¿por qué se relata la ascensión dos veces y con formas diversas? En los Hechos, además de los motivos literarios presentes en el evangelio lucano, entran también motivos teológicos. Sabemos que la comunidad primitiva esperaba para pronto la venida del Cristo glorioso y el fin del mundo. En la liturgia recitaban con frecuencia la oración «Marana tha», ¡Ven Señor! Pero el fin no llegaba.

Cuando Lucas escribió su evangelio y los Hechos, la comunidad y principalmente Lucas, se dan cuenta de ese retraso de la Parusía. Muchos fieles ya habían muerto y Pablo había extendido la misión Mediterráneo adelante. Esto exigía una aclaración teológica: ¿Por qué no ha llegado el fin? Lucas intenta dar una respuesta a esa cuestión angustiosa y frustrante.

Ya en su evangelio reelabora los pasajes que hablaban muy directamente de la próxima venida del Señor. Así, cuando el Jesús de Marcos dice ante el Sanedrín: «Veréis al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Poder y venir sobre las nubes del cielo» (14,62), Lucas hace decir a Jesús únicamente: «Desde ahora, el Hijo del Hombre estará a la derecha del poder de Dios» (22,69).

Para Lucas la venida de Cristo y el fin del mundo ya no son inminentes, aprendió la lección de la historia y ve en ello el designio de Dios. El tiempo que ahora se inaugura es el tiempo de la misión, de la Iglesia y de la historia de la Iglesia. Esa constatación, Lucas la pone en el frontispicio de los Hechos y se contiene igualmente en la narración de la ascensión de Jesús al cielo. Cristo no viene como esperaban; se va. Volverá otra vez un día, pero al fin de los tiempos.

Lucas intenta decir a sus lectores: el hecho de que Jesús haya resucitado no significa que la historia haya llegado a su fin, ni que la venida de Jesús en gloria sea inminente. Por el contrario, la pascua significa exactamente que Dios crea un espacio y un tiempo para que la Iglesia se desarrolle, partiendo de Jerusalén, Judea y Samaría, hasta los confines de la tierra. Por eso es erróneo quedarse ahí parado y mirar para el cielo. Sólo quien dé testimonio de Jesús ha entendido correctamente la pascua. Jesús vendrá. ¿Cuándo? Eso es asunto reservado a Dios.

Tal como dice acertadamente el exegeta católico Gerhard Lohfink, al que seguimos en toda esta exposición: «El tema de Hch 1,6-11 (la ascensión) es el problema de la parusía. Lucas intenta decir a sus lectores: el hecho de que Jesús haya resucitado no significa que la historia haya llegado a su fin, ni que la venida de Jesús en gloria sea inminente. Por el contrario, la pascua significa exactamente que Dios crea un espacio y un tiempo para que la Iglesia se desarrolle, partiendo de Jerusalén, Judea y Samaría, hasta los confines de la tierra. Por eso es erróneo quedarse ahí parado y mirar para el cielo. Sólo quien dé testimonio de Jesús ha entendido correctamente la pascua. Jesús vendrá. ¿Cuándo? Eso es asunto reservado a Dios. La tarea de los discípulos está en constituirse ahora en el mundo en cuanto Iglesia» (53-54).

En otras palabras eso es lo que Lucas intentó con el relato de la ascensión en los Hechos.

Comparando las dos narraciones, la del evangelio con la de los Hechos, se perciben notables diferencias. Las nubes y los ángeles del relato de Hechos no aparecen en el evangelio. En éste, Jesús se despide con una bendición solemne; en los Hechos ésta falta totalmente. Las palabras de despedida en el evangelio y en Hechos difieren profundamente. Esas diferencias se comprenden porque Lucas no pretendía hacer el relato de un hecho histórico. Quiso enseñar una verdad, como ya dijimos arriba, y a tal fin debían servir los diversos motivos introducidos.

La verdad del relato no está en si hubo o no bendición, en si Jesús dijo o no dijo tal frase, si aparecieron o no dos ángeles o si los apóstoles estaban o no estaban en el monte de los Olivos mirando al cielo. Quien busque este tipo de verdad no busca la verdad de la fe, sino únicamente una verdad histórica que hasta un ateo puede constatar.

El que quiera saber si la historia de la ascensión de Jesús al cielo es verdadera, y eso es lo que intenta saber nuestra fe, deberá preguntar: ¿Es cierta la interpretación teológica que Lucas da de la historia después de la resurrección? ¿Es verdad que Dios ha dejado un tiempo entre la resurrección y la parusía para la misión y para la Iglesia? ¿Es cierto que la Iglesia en razón de esto no debe sólo mirar hacia el cielo sino también hacia la tierra?

Pues bien, ahora estamos en mejor situación para responder de lo que estaban los contemporáneos de Lucas, pues tenemos detrás de nosotros una historia de casi dos mil años de cristianismo. Podemos con toda seguridad y toda fe decir: Lucas tenía la verdad. Su narración sobre la ascensión de Jesús a los cielos en Hechos, además de interpretar correctamente la historia de su tiempo, era una profecía para el futuro; y se realizó y todavía se está realizando. Jesucristo penetró en aquella dimensión que ni ojo vio ni oído oyó (cfr 1 Cor 2,9). El, que durante su vida tuvo poco éxito y murió miserablemente en la cruz, fue constituido por la resurrección en Señor del mundo y de la historia. Sólo es invisible pero no es un ausente.

Sobre “la nube”

Lucas lo dice en el lenguaje de la época: «se elevó mientras ellos miraban, y una nube lo ocultó a sus ojos» (Hch 1,9). Esa nube no es un fenómeno meteorológico; es el símbolo de la presencia misteriosa de Dios. Moisés en el Sinaí experimenta la proximidad divina dentro de una nube: «Cuando Moisés subía a la montaña las nubes envolvían toda la montaña; la gloria de Yahvé bajó sobre el monte Sinaí y las nubes lo cubrieron por seis días» (Ex 25,15).

Era la proximidad de Dios. Cuando el arca de la alianza fue entronizada en el templo de Salomón se dice que «una nube llenó la casa de Yavé Los sacerdotes no podían dedicarse al servicio a causa de la nube, pues la gloria de Yahvé llenaba toda la casa» (1 Re 8,10).

La nube, por consiguiente, significa que Dios o Jesús está presente, aunque de forma misteriosa. No se le puede tocar y sin embargo está ahí, a la vez revelado y velado. La Iglesia es su signo-sacramento en el mundo, los sacramentos lo hacen visible bajo la fragilidad material de algunos signos, la Palabra le permite hablar en nuestra lengua invitando a los hombres a una adhesión a su mensaje que, una vez vivido, los llevará hacia aquella dimensión en la que él existe ahora, al cielo.

Todo esto está presente en la teología de la ascensión de Jesús al cielo. Esta es la verdad del relato que Lucas, hoy todavía, nos quiere transmitir, para que «nos postremos ante él, Jesús, y volvamos a nuestra Jerusalén llenos de una gran alegría» (cfr. Lc 24,52).

Nota: El presente texto es un extracto de las páginas 185 -194, del libro "Hablemos de la Otra Vida" del teólogo Leonardo Boff, publicado en 1978 por la editorial española Sal Terrae. La publicación original es en portugés y se titula "Vida para Além da Morte" de la editorial Vozes en Petrópolis, Brasil.

* Teólogo brasileño, ex-sacerdote franciscano, filósofo, escritor, profesor y ecologista. Durante 22 años fue profesor de Teología Sistemática y Ecuménica en el Instituto Teológico Franciscano de Petrópolis, profesor de Teología y Espiritualidad en varios centros de estudio y universidades de Brasil y del exterior, y profesor visitante en las universidades de Lisboa (Portugal), Salamanca (España), Harvard (EUA), Basilea (Suiza) y Heidelberg (Alemania).



domingo, 28 de mayo de 2017

Hechos 1,1-11: Ascensión del Señor

Hechos 1,1-11 (Cf. Lucas 24,46-53)
Ascensión del Señor, ciclo A-B- C

En mi primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido, movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo. Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios. Una vez que comían juntos, les recomendó: "No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo." Ellos lo rodearon preguntándole: "Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?" Jesús contestó: "No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo." Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: "Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse."

SOBRE EL MISMO TEMA:
Todo el ministerio de Jesús es una ascensión
¿Qué hacéis mirando al cielo? 
¡Jesús quiere hacerse visible a través de sus discípulos!
Estamos aquí de paso  

Homilia del Domingo de la Ascensión del Señor, Año A, por el papa Francisco

DOMINGO DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR, Año A
http://josemanyanet.blogspot.com/2017/05/domingo-de-la-ascension-del-senor.html
Cliquea en la imagen para más consultas

— Texto completo de la homilía del papa Francisco

El poder de Dios

Hemos escuchado lo que Jesús Resucitado dice a los discípulos antes de su ascensión: “se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra” (Mt 28,18). El poder de Jesús, la fuerza de Dios. Este tema atraviesa las lecturas de hoy: en la primera, Jesús dice que no les corresponde a los discípulos conocer “tiempos o momentos que el Padre ha reservado a su poder”, pero les promete la “fuerza del Espíritu Santo” (Hechos 1,7-8); en la segunda san Pablo habla de la “extraordinaria grandeza de su potencia con nosotros” y “de la eficacia de su fuerza” (Ef 1,19). Pero ¿en qué cosa consiste esta fuerza, este poder de Dios?

Jesús afirma que es un poder “en el cielo y sobre la tierra”. Es sobre todo el poder de conectar el cielo con la tierra. Hoy celebramos este misterio, porque cuando Jesús ha subido al Padre nuestra carne humana ha atravesado el umbral del cielo: nuestra humanidad está ahí, en Dios, para siempre. Ahí está nuestra confianza, porque Dios no se separará más del hombre. Y nos consuela saber que en Dios, con Jesús, hay preparado para cada uno de nosotros un lugar: un destino de hijos resucitados nos espera y por esto vale la pena vivir aquí abajo buscando las cosas de allá arriba, donde se encuentra nuestro Señor (Cfr. Col 3,1-2). Esto es lo que hizo Jesús, con su poder de unir la tierra con el cielo.

Estaré con vosotros hasta el fin del mundo

Pero este poder suyo no ha terminado una vez que subió al cielo, continúa también ahora y dura para siempre. De hecho, propiamente antes de subir al Padre Jesús ha dicho: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

No es un modo de decir, una simple reafirmación, como cuando antes de partir para un largo viaje se dice a los amigos: “Los recordaré”. No, Jesús está verdaderamente con nosotros y para nosotros: en el cielo muestra siempre al Padre su humanidad, nuestra humanidad, y así “está siempre vivo para interceder” (Heb 7,25) a nuestro favor.

He aquí la palabra clave del poder de Jesús: intercesión. Jesús ante el Padre intercede cada día, cada momento por nosotros. En cada oración, en cada uno de nuestros pedidos de perdón, sobre todo en cada misa, Jesús interviene: muestra al Padre los signos de su vida ofrecida, sus llagas, e intercede, obteniendo misericordia para nosotros. Él es nuestro “abogado” (Cfr. 1Jn 2,1) y, cuando tenemos alguna “causa” importante hacemos bien a confiársela, a decirle: “Señor Jesús, intercede por mí, por nosotros, por aquella persona, por aquella situación”.

Esta capacidad de interceder Jesús la ha dado también a nosotros, a su Iglesia, que tiene el poder y también el deber de interceder, de rezar por todos. Podemos preguntarnos: “¿Yo rezo?” nosotros como Iglesia, como cristianos ¿ejercitamos este poder llevando a Dios las personas y las situaciones?”. El mundo tiene necesidad. Nosotros mismos tenemos necesidad.

En nuestras jornadas corremos y trabajamos tanto, nos empeñamos en muchas cosas; pero corremos el riesgo de llegar a la tarde cansados y con el alma cargada, iguales a una nave cargada de mercadería que después de un viaje fatigoso entra en el puerto con el deseo solamente de atracar y apagar la luz. Viviendo siempre corriendo y tantas cosas por hacer, nos podemos perder cerrarnos en nosotros mismos y convertirnos en inquietos por algo sin sentido. Para no quedar sumergidos en este “malestar existencial”, recordemos cada día “tirar el ancla a Dios”: llevemos a él los pesos, las personas y las situaciones, confiémosle todo. Es esta la fuerza de la oración, que une el cielo con la tierra, que permite que Dios entre en nuestro tiempo.

Sobre la oración cristiana

La oración cristiana no es un modo para estar más en paz con sí mismos o encontrar alguna armonía interior; nosotros rezamos para llevar todo a Dios, para confiarle el mundo: la oración es intercesión. No es tranquilidad, es caridad. Es pedir, buscar, llamar (cfr. Mt 7,7). Es ponerse en juego para interceder, insistiendo asiduamente con Dios los unos por los otros (cfr. Hechos 1,14).

Interceder sin cansarse: es nuestra primera responsabilidad, porque la oración es la fuerza que hace ir adelante el mundo; es nuestra misión, una misión que al mismo tiempo cuesta fatiga y da paz. Este es nuestro poder: no prevalecer o gritar más fuerte, según la lógica de este mundo, sino ejercitar la fuerza humilde de la oración, con la cual se pueden también detener la guerras y obtener la paz. Como Jesús intercede siempre por nosotros ante el Padre, así nosotros sus discípulos, no nos cansemos jamás de rezar para acercar la tierra al cielo.

Anuncio

Después de la intercesión emerge, del Evangelio de hoy, una segunda palabra clave que revela el poder de Jesús: el anuncio. El señor envía a los suyos a anunciarlo con la sola fuerza del Espíritu Santo: “Vayan por todas partes y hagan discípulos míos en todos los pueblos” (Mt 28,19). Es un acto de extrema confianza en los suyos: Jesús confía en nosotros, ¡cree en nosotros más de cuanto nosotros creemos en nosotros mismos! Nos envía a pesar de nuestros límites; sabe que no somos perfectos y que, si esperamos a convertirnos mejores para evangelizar, no comenzaremos jamás.

Para Jesús es muy importante que pronto superemos una gran imperfección: la cerrazón. Porque el Evangelio no puede ser encerrado y sellado, porque el amor de Dios es dinámico y quiere alcanzar a todos. Para anunciar, sin embargo, es necesario andar, salir de sí mismo. Con el Señor no se puede estar quietos, acomodados en el propio mundo o en los recuerdos nostálgicos del pasado; con él está prohibido mantenerse calmo en las seguridades adquiridas. La seguridad para Jesús está en el andar con confianza: allí se revela su fuerza. Porque el señor no aprecia la comodidad, pero incomoda y relanza siempre. Nos quiere en salida, libres de la tentación de contentarse cuando estamos bien y tenemos todo bajo control.

Id, nos dice también hoy Jesús, que en el bautismo ha conferido a cada uno de nosotros el poder del anuncio. Por eso andar en el mundo con el Señor pertenece a la identidad del cristiano. No es solo para sacerdotes, monjas y consagrados. El cristiano no está detenido, sino en camino: con el Señor hacia los otros. Pero el cristiano no es un corredor que corre como loco o un conquistador que tiene que llegar antes que los otros. Es un peregrino, un  misionero, un “maratonista esperanzado”. Suave, pero decidido en el caminar; confiado y al mismo tiempo activo; creativo pero siempre respetuoso; emprendedor y abierto; laborioso y solidario. ¡Con este estilo recorremos los caminos del mundo!

Como para los discípulos de los orígenes, nuestros lugares de anuncio son las calles del mundo: y sobre todo allí que el Señor espera ser conocido hoy. Como en los orígenes desea que el anuncio sea llevado con su fuerza: no con la fuerza del mundo, sino con la fuerza límpida y suave del testimonio alegre. Esto es urgente.

Pidamos al Señor la gracia de no fosilizarse sobre cuestiones no centrales, sino de dedicarse plenamente a la urgencia de la misión. Dejemos a otros las murmuraciones y las fingidas discusiones de quien se escucha solo a sí mismo y trabajemos concretamente por el bien común y la paz; pongamos en juego con coraje, convencidos que hay más alegría en el dar que en el recibir (cfr. Hechos 20,35). El Señor resucitado y vivo, que siempre intercede por nosotros sea la fuerza de nuestro andar, el coraje de nuestro caminar. 

sábado, 14 de mayo de 2016

Hechos 1,15-17.20-26: Elección de Matías

Hechos 1,15-17.20-26
14 de mayo: San Matías, Apóstol

Uno de aquellos días, Pedro se puso en pie en medio de los hermanos y dijo (había reunidas unas ciento veinte personas): "Hermanos, tenía que cumplirse lo que el Espíritu Santo, por boca de David, había predicho, en la Escritura, acerca de Judas, que hizo de guía a los que arrestaron a Jesús. Era uno de nuestro grupo y compartía el mismo ministerio. En el libro de los Salmos está escrito: "Que su morada quede desierta, y que nadie habite en ella", y también: "Que su cargo lo ocupe otro". Hace falta, por tanto, que uno se asocie a nosotros como testigo de la resurrección de Jesús, uno de los que nos acompañaron mientras convivió con nosotros el Señor Jesús, desde que Juan bautizaba, hasta el día de su ascensión." Propusieron dos nombres: José, apellidado Barsabá, de sobrenombre Justo, y Matías. Y rezaron así: "Señor, tú penetras en el corazón de todos; muéstranos a cuál de los dos has elegido para que, en este ministerio apostólico, ocupe el puesto que dejó Judas para marcharse al suyo propio." Echaron suertes, le tocó a Matías, y lo asociaron a los once apóstoles.

lunes, 9 de mayo de 2016

Hechos 1,1-11: Estamos aquí de paso, por M. Olga María del Redentor, cscj

Hechos 1,1-11

En mi primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido, movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo. Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios. Una vez que comían juntos, les recomendó: "No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo." Ellos lo rodearon preguntándole: "Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?" Jesús contestó: "No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo." Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: "Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse."

— Comentario por M. Olga María del Redentor, cscj
Estamos aquí de paso

La Ascensión es un misterio grande, hermoso, y puede producirnos a veces sentimientos encontrados. Jesús lo dice y nos cuesta comprenderlo: “os conviene que Yo me vaya.” Y yo digo: ¿cómo nos a convenir que Tú te vayas? ¡Qué cosas dices, Señor! Sin Ti no tenemos nada. Sin Ti, ¿qué vamos a hacer?, ¿cómo vamos a vivir?

Pero Jesús añade: “para que venga a vosotros el Consolador”. Que es como si dijera: “para que venga a vosotros y os inunde todo el Amor del Padre, todo el Amor mío y todo el Amor que el Padre y Yo nos tenemos, que lo vamos a derramar”. Y eso es el Espíritu Santo. Para eso nos conviene que Jesús se vaya: para poder gozar con mayor plenitud y más en profundidad del Espíritu de Jesús, del Espíritu Santo.

Cuando perdemos muchas veces a Dios de vista en nuestra vida, cuando no le vemos, cuando no le encontramos, cuando Él parece ausente, es cuando más profundamente está obrando en nosotros y más cerca está.

Pero la Ascensión del Señor ante todo nos tiene que llevar a recordar -que a veces se nos olvida- que estamos aquí de paso. Que Jesús nos está abriendo camino: como siempre, se está adelantando, es el primero en llegar de verdad al Regazo del Padre, a la Casa del Padre.

Uno de los peligros más grandes que tenemos en esta vida es perder la perspectiva real de las cosas y de nosotros mismos. Estamos aquí de paso, venimos de Dios, venimos de su Seno, de su Mente, de su Corazón donde primeramente nos pensó y nos deseó con amor. Y, después nos crea en el tiempo, nos tiene en el tiempo durante un período; y, por último, volvemos a Él. Venimos de Él, hemos sido creados a su imagen y volvemos a Él.

Esto no se nos puede olvidar nunca: somos portadores de una semilla de eternidad, de inmortalidad. Desde toda la eternidad hemos sido amados, pensados y deseados por Dios. Y en un momento dado, nos ha creado en el tiempo, pero nuestro destino es eterno junto a Él, una felicidad eterna y sin límites junto a Él.

Jesús de igual manera ha venido del Padre, ha venido a la tierra para cumplir la Voluntad del Padre, para amarnos hasta el extremo y después ha vuelto al Padre. Igualmente nosotros: estamos hechos de cielo, estamos creados a imagen y semejanza de Dios.

Y confieso que, durante años, el día de la Ascensión y también el día de la Asunción, cuando la Virgen es llevada al cielo, he sentido en mi corazón momentos de tristeza, de nostalgia; un sentimiento de como de desamparo, de soledad… hasta que comprendí que no, que no es así, que era un planteamiento equivocado.

Pensemos por un momento la gozada que es para el Padre tener por fin con Él la Humanidad glorificada de Jesús, que no ha estado en el cielo hasta este momento.

El Verbo, en cuanto Verbo Increado, nunca ha abandonado el Seno de la Trinidad, nunca ha abandonado el cielo, nunca ha abandonado la gloria. Pero el Hombre Jesús, el Hombre Cristo Jesús, el Verbo Encarnado, que empieza  a existir en el seno de la Virgen, cuando el Espíritu Santo la cubre con su sombra, esa Humanidad Santísima de Jesús nunca ha estado en el cielo.

Y a mí me gusta imaginar la gozada, la alegría inmensa, que el Padre experimenta al recibir al primer hombre que entra en el Reino. ¡El primero! ¡Su Hijo glorioso! Y contemplar a Jesús bellísimo con toda la belleza de su Cuerpo Resucitado. Y el Padre goza, disfruta, se deleita ahí… porque por fin tiene junto a Sí y para siempre, al Hijo de sus complacencias, al Hijo de sus predilecciones, al Hijo de sus amores.

La Ascensión  es la fiesta del Padre: “¡Por fin, por fin mi Hijo ha vuelto, ha vuelto a mí  después de haberme dado lo más grande, que es la Redención, después de haber cumplido mi Voluntad, después de haber amado hasta el extremo! ¡Por fin, por fin!…” Y el Padre sabe que Él es el primero, que llega abriendo paso, de que después vienen muchos, después vamos todos los demás, todos los que hemos sido redimidos y acogido la Redención.

Y al mismo tiempo contemplar y disfrutar  la alegría de Jesús en decir: Padre, vuelvo a Ti, vuelvo al Hogar, vuelvo a casa. Y ¡mira!… mira todo lo que te traigo: ¡una multitud de hijos, de esos hijos que Tú amas, que Tú deseas, por los que Tú me has entregado! ¡Te los traigo! ¡Sé que es el mejor regalo que te puedo traer, la mayor alegría que te puedo dar!”

Contemplar ese momento, contemplar esa escena y  bendecir a Dios y cantar su gloria y gozarnos con su gozo y celebrarlo… y ver ahí nuestro destino, ver nuestro futuro. ¡Ésa es nuestra casa, nuestro verdadero hogar! Y la alegría grande, la gratitud enorme, porque ya estamos en camino. Aunque a veces tropecemos, aunque a veces nos cueste todo, aunque a veces no se vea nada claro, aunque a veces parece que dudsmos… la verdad es que ya vamos, que estamos en camino.

domingo, 8 de mayo de 2016

Hechos 1,1-11: Todo el ministerio de Jesús es una ascensión

Hechos 1,1-11

En mi primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido, movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo. Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios. Una vez que comían juntos, les recomendó: "No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo." Ellos lo rodearon preguntándole: "Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?" Jesús contestó: "No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo." Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: "Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse."

— Comentario por Reflexiones Católicas

Este breve prólogo une el libro de los Hechos de los Apóstoles al evangelio según san Lucas, como la segunda parte («discurso», v. 1 al pie de la letra) de un mismo escrito y ofrece una síntesis del ministerio terreno de Jesús (vv. 1-3).

Se trata de un resumen que contiene importantes indicaciones:

Lucas quiere subrayar que los apóstoles, elegidos en el Espíritu, son testigos de toda la obra, enseñanza, pasión y resurrección de Jesús, y depositarios de las instrucciones particulares dadas por el Resucitado antes de su ascensión al cielo. Su autoridad, por consiguiente, ha sido querida por el Señor, que los ha puesto como fundamento de la Iglesia de todos los tiempos (Ef. 2,20; Ap 12,14).

Jesús muestra tener un designio que escapa a los suyos (vv. 6s). El Reino de Dios del que habla (v. 3b) no coincide con el reino mesiánico de Israel; los tiempos o momentos de su cumplimiento sólo el Padre los conoce. Sus fronteras son «los confines de la tierra» (vv. 7s).

Los apóstoles reciben una misión pero no les corresponde a ellos «programarla». Deben estar completamente disponibles al Espíritu prometido por el Padre (vv. 4-8). Como hizo en un tiempo Abrahán, también los apóstoles deben salir de su tierra —de su seguridad, de sus expectativas— y llevar el Evangelio a tierras lejanas, sin tener miedo de las persecuciones, fatigas, rechazos.

La encomienda de la misión concluye la obra salvífica de Cristo en la tierra. Cumpliendo las profecías ligadas a la figura del Hijo del hombre apocalíptico, se eleva a lo alto, al cielo (esto es, a Dios), ante los ojos de los apóstoles —testigos asimismo, por consiguiente, de su glorificación— hasta que una nube lo quitó de su vista (cf. Dn 7,13).

Lucas presenta todo el ministerio de Jesús como una ascensión (desde Galilea a Jerusalén, y desde Jerusalén al cielo) y como un éxodo, que ahora llega a su cumplimiento definitivo: en la ascensión se realiza plenamente el «paso» (pascua) al Padre. Como anuncian dos hombres «con vestidos blancos» —es decir, dos enviados celestiales—, vendrá un día, glorioso, sobre las nubes (y. 11).

No es preciso escrutar ahora con ansiedad los signos de los tiempos, puesto que se tratará de un acontecimiento tan manifiesto como su partida. Tendrá lugar en el tiempo elegido por el Padre (v. 7) para el último éxodo, el paso de la historia a la eternidad, la pascua desde el orden creado a Dios, la ascensión de la humanidad al abrazo trinitario. 

sábado, 7 de mayo de 2016

ASCENSIÓN DEL SEÑOR, ciclo C (Lecturas)

Hechos 1,1-11
Salmo 46: Dios asciende entre aclamaciones; 
el Señor, al son de trompetas
Efesios 1,17-23
Lucas 24,46-53

Hechos 1,1-11

En mi primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido, movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo. Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios. Una vez que comían juntos, les recomendó: "No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo." Ellos lo rodearon preguntándole: "Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?" Jesús contestó: "No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo." Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: "Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse."

Salmo 46,2-3.6-7.8-9:
Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas

Pueblos todos batid palmas,
aclamad a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor es sublime y terrible,
emperador de toda la tierra.
R. Dios asciende entre aclamaciones; 
el Señor, al son de trompetas

Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas;
tocad para Dios, tocad,
tocad para nuestro Rey, tocad.
R. Dios asciende entre aclamaciones; 
el Señor, al son de trompetas

Porque Dios es el rey del mundo;
tocad con maestría.
Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado.
R. Dios asciende entre aclamaciones; 
el Señor, al son de trompetas.

Efesios 1,17-23

Hermanos: Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro. Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos.

Lucas 24,46-53

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto." Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

SOBRE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR 

Hechos 1,1-11: ¡Jesús quiere hacerse visible a través de sus discípulos! por el P. Raniero Cantalamessa, OFM

Hechos 1,1-11

En mi primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido, movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo. Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios. Una vez que comían juntos, les recomendó: "No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo." Ellos lo rodearon preguntándole: "Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?" Jesús contestó: "No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo." Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: "Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse."

— Comentario por el P. Raniero Cantalamessa, OFM
¡Jesús quiere hacerse visible a través de sus discípulos!

Si no queremos que la Ascensión se parezca más a un melancólico «adiós» que a una verdadera fiesta, es necesario comprender la diferencia radical que existe entre una desaparición y una partida.

Con la Ascensión, Jesús no partió, no se ha «ausentado»; sólo ha desaparecido de la vista. Quien parte ya no está; quien desaparece puede estar aún allí, a dos pasos, sólo que algo impide verle. En el momento de la ascensión Jesús desaparece, sí, de la vista de los apóstoles, pero para estar presente de otro modo, más íntimo, no fuera, sino dentro de ellos.

Sucede como en la Eucaristía; mientras la hostia está fuera de nosotros la vemos, la adoramos; cuando la recibimos ya no la vemos, ha desaparecido, pero para estar ya dentro de nosotros. Se ha inaugurado una presencia nueva y más fuerte.

Pero surge una objeción. Si Jesús ya no está visible, ¿cómo harán los hombres para saber de su presencia? La respuesta es: ¡Él quiere hacerse visible a través de sus discípulos! Tanto en el Evangelio como en los Hechos de los Apóstoles, el evangelista Lucas asocia estrechamente la Ascensión al tema del testimonio: «Vosotros sois testigos de estas cosas» (Lc 24,48). Ese «vosotros» señala en primer lugar a los apóstoles que han estado con Jesús. Después de los apóstoles, este testimonio por así decir «oficial», esto es, ligado al oficio, pasa a sus sucesores, los obispos y los sacerdotes. Pero aquel «vosotros» se refiere también a todos los bautizados y los creyentes en Cristo. «Cada seglar –dice un documento del Concilio- debe ser ante el mundo testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús, y señal del Dios vivo» (Lumen gentium 38).

Se ha hecho célebre la afirmación de Pablo VI: «El mundo tiene necesidad de testigos más que de maestros». Es relativamente fácil ser maestro, bastante menos ser testigo. De hecho, el mundo bulle de maestros, verdaderos o falsos, pero escasea de testigos. Entre los dos papeles existe la misma diferencia que, según el proverbio, entre el dicho y el hecho... Los hechos, dice un refrán inglés, hablan con más fuerza que las palabras.

El testigo es quien habla con la vida. Un padre y una madre creyentes deben ser, para los hijos, «los primeros testigos de la fe» (esto pide para ellos la Iglesia a Dios, en la bendición que sigue al rito del matrimonio). Pongamos un ejemplo concreto. En este período del año muchos niños [y jóvenes] se acercan a la primera comunión y a la confirmación. Una madre o un padre creyentes pueden ayudar a su hijo a repasar el catecismo, explicarle el sentido de las palabras, ayudarle a memorizar las respuestas. ¡Hacen algo bellísimo y ojalá fueran muchos los que lo hicieran! Pero ¿qué pensará el niño si, después de todo lo que los padres han dicho y hecho por su primera comunión, descuidan después sistemáticamente la Misa los domingos, y nunca hacen el signo de la cruz ni pronuncian una oración? Han sido maestros, no testigos.

El testimonio de los padres no debe, naturalmente, limitarse al momento de la primera comunión o de la confirmación de los hijos. Con su modo de corregir y perdonar al hijo y de perdonarse entre sí, de hablar con respeto de los ausentes, de comportarse ante un necesitado que pide limosna, con los comentarios que hacen en presencia de los hijos al oír las noticias del día, los padres tienen a diario la posibilidad de dar testimonio de su fe. El alma de los niños es una placa fotográfica: todo lo que ven y oyen en los años de la infancia se marca en ella y un día «se revelará» y dará sus frutos, buenos o malos. 

Salmo 46,2-3.6-7.8-9: Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas

Ascensión del Señor, ciclo C

Salmo 46,2-3.6-7.8-9:
Dios asciende entre aclamaciones; 
el Señor, al son de trompetas

Pueblos todos batid palmas,
aclamad a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor es sublime y terrible,
emperador de toda la tierra.
R. Dios asciende entre aclamaciones; 
el Señor, al son de trompetas

Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas;
tocad para Dios, tocad,
tocad para nuestro Rey, tocad.
R. Dios asciende entre aclamaciones; 
el Señor, al son de trompetas

Porque Dios es el rey del mundo;
tocad con maestría.
Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado.
R. Dios asciende entre aclamaciones; 
el Señor, al son de trompetas.

SOBRE EL SALMO 47 (46)  

Lucas 24,46-53: Ascensión de Jesús

Lucas 24,46-53
Ascensión del Señor, ciclo C

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto." Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

SOBRE EL MISMO TEMA:
Ver Hechos 1,1-11   

sábado, 20 de junio de 2015

SÁBADO DE LA 11 SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO, Año I (Lecturas)

2 Corintios 12,1-10
Salmo 33: Gustad y ved qué bueno es el Señor
Mateo 6,24-34

2 Corintios 12,1-10

Hermanos: Toca presumir. Ya sé que no está bien, pero paso a las visiones y revelaciones del Señor. Yo sé de un cristiano que hace catorce años fue arrebatado hasta el tercer cielo, con el cuerpo o sin cuerpo, ¿qué sé yo?, Dios lo sabe. Lo cierto es que ese hombre fue arrebatado al paraíso y oyó palabras arcanas, que un hombre no es capaz de repetir; con el cuerpo o sin cuerpo, ¿qué sé yo?, Dios lo sabe. De uno como ése podría presumir; lo que es yo, sólo presumiré de mis debilidades. Y eso que, si quisiera presumir, no diría disparates, diría la pura verdad; pero lo dejo, para que se hagan una idea de mí sólo por lo que ven y oyen. Por la grandeza de estas revelaciones, para que no tenga soberbia, me han metido una espina en la carne: un ángel de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio. Tres veces he pedido al Señor verme libre de él; y me ha respondido: "Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad." Por eso, muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso, vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte.

Salmo 33: Gustad y ved qué bueno es el Señor

El ángel del Señor acampa
en torno a sus fieles y los protégé.
Gustad y ved qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a él.
R. Gustad y ved qué bueno es el Señor

Todos sus santos, temed al Señor,
porque nada les falta a los que lo temen;
los ricos empobrecen y pasan hambre,
los que buscan al Señor no carecen de nada.
R. Gustad y ved qué bueno es el Señor

Venid, hijos, escuchadme:
os instruiré en el temor del Señor;
¿hay alguien que ame la vida
y desee días de prosperidad?
R. Gustad y ved qué bueno es el Señor

Mateo 6,24-34

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero. Por eso os digo: No estéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer o beber, ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? ¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y yo os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues, si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados, pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los gentiles se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos."

sábado, 11 de mayo de 2013

La Ascensión de Cristo, por Hans Suss von Kulmbach


La Ascensión de Cristo (1513)
Hans Suss von Hulmback (1480-1522)
Museo Metropolitano de Arte de New York

BÍBLIA: Metáfora y realidad, por Martín Gelabert Ballester, O.P.


La metáfora no es algo falso. Es una comparación entre dos realidades, una desconocida o difícil de expresar y otra más asequible y fácil de entender, para lograr hacerse una idea aproximada de la primera a partir de la segunda.

Cuando, para referirnos a la Ascensión del Señor, utilizamos términos como “subió a los cielos” o “está sentado a la derecha del Padre”, estamos empleando metáforas que ayudan a dar un contenido a nuestra fe. Porque la fe quiere comprender, precisamente porque se refiere a realidades decisivas en las que está en juego la vida humana.

Tomás de Aquino, en su Comentario al Símbolo de los Apóstoles, dice: “el término ‘derecha’ no se aplica a Dios en el sentido material, sino metafórico”. Lo que se pretende decir con este término es que Jesús es igual al Padre, y que con su ascensión ha alcanzado el mayor de todos los bienes, que es la vida con Dios. Sto. Tomás añade que esto de alcanzar el mayor de todos los bienes va dirigido contra el diablo, que según el profeta Isaías (Is 14,13) quiere poner su trono por encima de las estrellas de Dios y asemejarse al Altísimo. Ahora bien, dice nuestro autor, “esto no se cumplió sino en Cristo”.

Ahora que estamos llegando al final del tiempo pascual, vale la pena notar que la Pascua, clave y centro de la fe, punto de partida cronológico y teológico de la fe cristiana, es un acontecimiento de una riqueza tal, que es imposible describirlo con una sola imagen. Por eso celebramos el misterio pascual durante cincuenta días, y luego prolongamos esta celebración cada domingo.

Se trata de un acontecimiento único, aunque nosotros, para entenderlo mejor, lo celebremos por etapas. Dicho de otra manera: Viernes Santo, Pascua, Ascensión y Pentecostés son la misma realidad.

Se puede hablar de cuatro momentos pero más bien son distintas perspectivas del mismo acontecimiento. ¿Cuándo sube Jesús al cielo, cuándo entra en el mundo de Dios para nunca más morir? El día de su resurrección. La resurrección es la subida de Jesús al cielo. Y desde el cielo asegura la perenne efusión del Espíritu, que él entregó el día de su Crucifixión: al morir, dice el evangelio de Juan, entregó su espíritu. Y al morir, ¿qué ocurrió? Pues eso, que Dios le acogió para siempre en su seno.

La unidad entre resurrección y exaltación, notificada en casi todos los escritos del Nuevo Testamento, parece haberse roto en Lucas, que entre resurrección y ascensión intercala un tiempo (simbólico) de cuarenta días. Este relato es el que más ha influido en las concepciones corrientes de la fe. Pero esto no debe hacernos perder de vista el sentido teológico de la ascensión, a saber: el ser de Jesús con Dios y el nuevo modo de estar con nosotros desde Dios.

Fuente: http://nihilobstat.dominicos.org

ASCENSIÓN DEL SEÑOR, C, por Mons. Francisco González, S.F.

Hechos 1, 1-11
Salmo 46: Dios asciende entre aclamaciones; 
el Señor, al son de trompetas
Efesios 1,17-23
Lucas 24, 46-53

Hechos 1, 1-11

En mi primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido, movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo. Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios. Una vez que comían juntos, les recomendó: "No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo." Ellos lo rodearon preguntándole: "Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?" Jesús contestó: "No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo." Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: "Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse."

Salmo 46: Dios asciende entre aclamaciones; 
el Señor, al son de trompetas

Pueblos todos batid palmas,
aclamad a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor es sublime y terrible,
emperador de toda la tierra.
R. Dios asciende entre aclamaciones; 
el Señor, al son de trompetas

Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas;
tocad para Dios, tocad,
tocad para nuestro Rey, tocad.
R. Dios asciende entre aclamaciones; 
el Señor, al son de trompetas

Porque Dios es el rey del mundo;
tocad con maestría.
Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado.
R. Dios asciende entre aclamaciones; 
el Señor, al son de trompetas

Efesios 1,17-23

Hermanos: Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro. Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos.

Lucas 24, 46-53

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto." Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

Comentario de Mons. Francisco González, S.F.
Obispo Auxiliar de Washington D.C.

Hoy celebramos la fiesta de la Ascensión del Señor. Cuarenta días después de la Resurrección, Cristo sube a los cielos. Durante ese tiempo Jesús visita a sus discípulos para confirmarles en la fe y encargarles la misión.

Sí, Él ha resucitado, les ha mostrado las llagas que le habían abierto en sus manos y costado, les ha encargado continuar el anuncio del Reino, les ha dado el poder de perdonar y reconciliar al hombre con Dios y con los hermanos, ha señalado a uno de ellos como cabeza del grupo, algo así como su líder, su pastor, les ha prometido el Paráclito quien les explicará todo y les ayudará a comprender todo lo que Él les ha dicho y lo que de Él se había profetizado. Les ha animado a continuar, al mismo tiempo que les ha explicado la necesidad de que Él tenía que regresar al Padre, de dónde y de quién había venido anteriormente.

Así después de haber pasado un tiempo viviendo física y visiblemente, compartiendo la vida, el trabajo, las alegrías, las tristezas, la comida y la falta de la misma, la libertad y la persecución, aceptando triunfos y rechazos, predicando a grupos entusiasmados y a otros de oídos sordos, sale de ese mundo a donde llegó en una forma humilde, en un lugar destinado al cobijo de las bestias, habiéndose despojado de su poderío. Ahora cerca de la Ciudad Santa sale hacia los cielos para sentarse a la derecha del Padre, glorificado y triunfante.

Y mientras les bendice "fue llevado a los cielos". 

Mucho había cambiado desde su presentación en el Templo y su despedida. Ahora que Él se va comienza, como veremos el domingo que viene, Fiesta de Pentecostés, la era de la Iglesia, cuyos miembros, todos, estamos llamados a misionar, a proclamar y testimoniar el Reino de Dios, y que para pertenecer al mismo no hay necesidad de "papeles", ni existe valla que impida la entrada, y donde todos somos "mojados" en las aguas bautismales.

Jesús subió a los cielos y ahora nos toca continuar lo que Él empezó. Después de la Ascensión ya no va a ser Jesús el que se compadezca de los pobres y enfermos, ni el que multiplique el pan y los peces, nos va a tocar a nosotros cuidar a los pobres y a los enfermos, vamos a ser nosotros los encargados de que esta tierra produzca suficiente comida para cada uno de los seres humanos, aunque tal vez sea mejor decir que somos nosotros los responsables de que la abundancia que ya existe sea justamente distribuida, que en materia de viviendas haya mejor reparto pues no hay necesidad de que unos cuantos necesiten mapas para caminar por sus casas y no perderse y otros tengan que caminar de puntillas por la habitación para evitar tantos cuerpos compartiendo tan poco espacio.

Ojalá que los que pasamos horas y horas, día y noche mirando la pantalla del ordenador y los papeles en la mesa, no nos olvidemos de buscar el rostro del hermano; ojalá que esos aparatos que llevamos pegados al oído, no nos impida oír el grito desesperado del que sufre; ojalá que en esa exuberancia de palabras que proferimos constantemente, hayan algunas de consuelo y esperanza para el necesitado.

Como los Apóstoles en la Ascensión del Señor miramos al cielo y nos llenamos de alegría. Como ellos también, no nos podemos quedar mirando arriba, hay que mirar a nuestro alrededor y cumplir la misión que Él nos entregó.