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jueves, 22 de septiembre de 2022

Lucas 9,7-9: "Herodes estaba perplejo (...) y procuraba verlo"





























Comentario de Julio González sf:

Herodes, que había mandado decapitar a Juan Bautista, nos muestra en este episodio del Evangelio de Lucas que Jesús de Nazaret no es un personaje como otros de su tiempo. Incluso entre quienes no sentían una especial atracción por la religión, las profecías o la política, podía suscitar el deseo o la curiosidad de encontrarse con él para mostrarle su admiración o criticarlo. 

Jesús llama la atención, derriba barreras, rompe moldes, acalla prejuicios, desvela misterios, desmonta mitos. Como profeta, maestro, rabino, hijo de David, Mesías, sacerdote, rey, Jesús de Nazaret es una novedad que dejaba perplejos tanto a judíos como a no judíos, a creyentes como a no creyentes. 

Sin ser un predicador polémico (su vida y enseñanzas eran demasiado simples para recibir el calificativo de persona "polémica"), levantaba pasiones y controversias allí por donde pasaba. Los cristianos no deberían escandalizarse por la relevancia de esas pasiones y controversias; al contrario, debería preocuparnos si el Nombre de Jesús, asociado a la Iglesia, sostiene los prejuicios de sus detractores o provoca indiferencia.

La novedad de Jesús debe ser recuperada por la Iglesia, por todos los bautizados seguidores de Jesus de Nazaret. Es un lástima cuando el cristianismo convierte el Nombre de Jesús en una "marca usada" (odres viejos). La Iglesia es para muchos demasiado predecible y previsible, todo lo contrario de lo que fue Jesús para quienes oyeron hablar de él y le conocieron. La proclamación del evangelio parece perder a veces uno de sus componentes principales: la novedad, la frescura, la perplejidad que producía a creyentes y no creyentes.

¿Cómo podemos hacer esto?, se preguntarán algunos. La respuesta es simple: no hagamos de la fe cristiana una ideología, o una ley, o una costumbre. El novedad de la fe rompe nuestros moldes, cuestiona nuestras ideas y nos saca de nuestro acomodamiento.

lunes, 18 de enero de 2016

Lunes de la 2 Semana del Tiempo Ordinario, Año II: Abrid el corazón a la novedad del Espíritu Santo, por el papa Francisco

LUNES DE LA 2 SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO, Año II
1 Samuel 15,16-23
Salmo 49: Al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios
Marcos 2,18-22

— Comentario por el papa Francisco
“Abrir el corazón a la novedad del Espíritu Santo”

No quedarse en el “siempre se ha hecho así” y discernir lo que no cambia porque es fundamento de las cosas, de las novedades con que el Espíritu Santo nos sorprende.

Los cristianos que se quedan en el “siempre se ha hecho así” tienen un corazón cerrado a las sorpresas del Espíritu Santo y no llegarán nunca a la plenitud de la verdad, porque son idólatras y rebeldes. Lo indicó este lunes el papa Francisco, en su homilía en la misa cotidiana que celebra en la residencia Santa Marta.

El Santo Padre citó la primera lectura, cuando Saúl es rechazado por Dios como rey de Israel porque prefiere escuchar al pueblo más que la voluntad del Señor. El pueblo después de una victoria quiere sacrificar a Dios el mejor ganado porque, dicen: “siempre se ha hecho así”. Y Dios no lo quería. El profeta Samuel entonces reprende a Saúl preguntándole: ‘¿El Señor quiere los holocaustos y sacrificios más que la obediencia a su voz?’.

“Lo mismo –observa el papa Francisco– nos enseña Jesús en el Evangelio”, cuando los doctores de la ley reprenden a los discípulos de Jesús porque no ayunan, ‘como se siempre se había hecho’.

Y Jesús responde: Nadie remienda con una tela nueva un vestido viejo, porque se rompe más. Y nadie pone vino nuevo en odres viejos, porque los rompe. “¿Ésto significa que cambia la ley? ¡No!, sino que la ley está al servicio del hombre, que está al servicio de Dios”.

El decir, “siempre se ha hecho así”, viene del corazón cerrado y por ello Jesús dijo: ‘Les enviaré el Espíritu Santo y Él les conducirá a la plena verdad’.

Si uno tiene el corazón cerrado a la novedad del Espíritu Santo, nunca llegará a la verdad. Y la vida cristiana será una vida mitad y mitad, una vida remendada, de cosas nuevas sobre una estructura que no está abierta a la voz del Señor.

Esto ha sido, añade el Papa, el pecado del rey Saúl, debido al cual fue rechazado, el pecado de un corazón cerrado, que no escucha la voz del Señor y que no está abierto a la novedad del Espíritu, que siempre nos sorprende. La rebelión de Samuel es el pecado de adivinación, la obstinación y la idolatría.

Los cristianos que se obstinan en el ‘siempre se hizo así’, pecan de adivinación. Hacen como si fueran a lo de la adivinadora: es más importante lo que le fue dicho o que ha escuchado su corazón cerrado, que la Palabra del Señor.

“¿Cuál es el camino? Abrir el corazón al Espíritu Santo, discernir cuál es la voluntad de Dios” indicó. Y el Papa concluyó su homilía pidiendo que “el Señor nos dé la gracia de un corazón abierto a la voz del Espíritu, que sepa discernir lo que no debe cambiar porque es fundamento, de lo que debe cambiar para poder recibir la novedad del Espíritu”.

Marcos 2,18-22: Diferencias entre el Antiguo Testamento y el Evangelio, por D. Félix García O.P.

Marcos 2,18-22

En aquel tiempo, los discípulos de Juan y los fariseos estaban de ayuno. Vinieron unos y le preguntaron a Jesús: "Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no?" Jesús les contestó: "¿Es que pueden ayunar los amigos del novio mientras está con ellos? Mientras tienen al novio con ellos, no pueden ayunar. Llegará un día en que se lleven al novio; aquel día sí que ayunarán". Nadie le echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado, porque la pieza tira del manto -lo nuevo de lo viejo- y deja un roto peor. Nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque revienta los odres, y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos".

— Comentario por  D. Félix García O.P., Fraternidad de Laicos Dominicos de Viveiro, Lugo, España.

Estamos ante una muestra más de las diferencias que con Jesús se establecen entre el Antiguo Testamento y el Evangelio: Los discípulos de Juan y los de los Fariseos ayunan por una imposición legal de la Ley antigua. No atienden a las circunstancias que rodean el hecho del ayuno, sino a la celebración ritual del mismo. Este ayuno no cambia nada en la persona, no la mejora, la entristece; se hace porque está mandado y nada más.

Jesús no se opone al ayuno, pero sí lo supedita a las circunstancias del hombre. El ayuno ha perdido su importancia absoluta para pasar a ser una forma de disciplina corporal, de higiene, de elemento para mejorar al hombre, no para sacrificarlo sin más.

Igual que en otro momento va a situar al sábado en su lugar, es decir: subordinado al hombre, en este caso lo hace con el ayuno. El ayuno o sirve para mejorar al hombre o no sirve de nada.

La segunda parte del fragmento que hoy leemos nos habla de remiendos y vinos. Son imágenes tan obvias, tan aprehendidas a simple vista, que nos quedamos ahí, sin entender la relación con los versículos anteriores o los siguientes.

Sin embargo, es fácil entender que Jesús está hablando de la novedad de su mensaje. El Dios justiciero y vengativo que necesita mortificar y entristecer al hombre, que le quiere arrodillado y dando golpes de pecho, la Ley judía es el paño viejo no puede admitir el remiendo de tela nueva que significa el mensaje de Jesús. El remiendo nuevo rompe más aún el traje viejo.

La buena noticia de Jesús, el Evangelio que predica, es el vino nuevo que rompe los viejos odres veterotestamentarios. No se puede contemplar en toda su plenitud desde la óptica de la antigua ley mosaica; no porque ésta sea mala, sino porque contempla una cara, un rostro de Dios que a duras penas puede coincidir con el Dios paterno-maternal que Jesús nos enseña.

Al Dios sanguinario de Samuel sucede y deja paso al Dios Misericordia de Jesús. El camino de la salvación es largo y progresivo: el Dios terrible va dejando asomar a través de los siglos el corazón compasivo del Dios de Jesús. No porque sean distintos, sino porque el hombre va descubriendo con la marcha de la historia el amor del que solo es Amor.

¿Cuál es el Dios que nosotros vemos: el de Samuel o el de Jesús?
¿Hemos progresado lo suficiente para ser túnica nueva, odre nuevo, hombre nuevo que no se rompa con el vino nuevo del Evangelio de Jesús?