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viernes, 21 de abril de 2023

Lucas 24,13-35 por M. Dolors Gaja, M.N.



Comentario por M. Dolors Gaja, M.N.

CAMBIO DE PERSPECTIVA

Sabemos por el evangelista Juan que entre las mujeres seguidoras de Jesús estaba María, mujer de Cleofás, que era hermana (pariente) de  la Virgen. La esposa de Cleofás es de las pocas que se mantiene al pie de la cruz (Jn 19,25).

Si señalo esto es porque el texto que este domingo leemos  ha sido reinterpretado, de manera muy hermosa, desde que las mujeres biblistas se han acercado a él. Hasta hace muy poco la biblia ha sido interpretada y explicada sólo desde una óptica masculina. Y esta óptica ha visto siempre, en los dos de Emaús, dos “discípulos”, es decir dos varones. Porque durante muchos siglos la mujer no ha contado mucho en la Iglesia (y sigue contando poco, teniendo en cuenta el gran número de mujeres que nos llamamos cristianas)

La reciente interpretación, llegada de la mano de mujeres, no ve, en este par de discípulos, dos hombres que huyen sino un matrimonio. La lógica es aplastante: entre los seguidores de Jesús está la mujer de Cleofás. Cuando las cosas se ponen feas ¿huiría Cleofás con un amigo, dejando a su mujer en Jerusalén? Lo normal es pensar que huyen los dos a una propiedad común que tienen en Emaús. Otro dato es el silencio del segundo – de la segunda – pues una mujer nunca hablaba en público con un hombre desconocido.

Debería variar el arte y pintar en esta maravillosa escena la aparición de Cristo resucitado a una familia: la de Cleofás y su mujer.

EL DIÁLOGO DE LOS ESPOSOS

Huyen de Jerusalén pero huyen hablando de Él. Es importante que en el diálogo entre esposos la fe desempeñe un papel primordial. ¿De qué hablan los esposos? De los hijos, el trabajo, el dinero, los proyectos…La escena de hoy nos habla de un matrimonio en el que hay un Tercero muy importante y, sobre todo, un Tercero al que los dos aman. Lo añoran, lo extrañan, lloran por Él…hablan de Él.

La fe (y no sólo el amor ) es el vínculo que debería unir a todos aquellos que deciden “casarse por la Iglesia”. Estas parejas se comprometen a hacer el camino de la vida hablando de Jesús, teniendo a Jesús entre ellos…Sólo así puede formarse una familia cristiana. Imaginen que Jesús pregunta a su matrimonio: «¿De qué discutís por el camino?» Si recordamos que “de la abundancia del corazón habla la boca” tenemos un buen examen de conciencia matrimonial: ¿qué tema es central con mi pareja?

JESÚS, EL FORASTERO

Los esposos se detienen cuando Jesús se une a ellos y les pregunta de qué hablan. Y Cleofás, que no reconoce a Jesús, le dice: ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe las cosas que han pasado allí éstos días?

Jesús, el Amigo, ha pasado a ser forastero. Estaría bien preguntarse quién es en realidad Jesús para mí. Los creyentes damos por sentado que es “alguien importantísimo” pero…también es importante el alcalde de mi ciudad y apenas sé nada de él. ¿Qué adjetivo o sustantivo define a Jesús en su relación conmigo? ¿Es amigo ocasional, vecino, conocido, esposo, maestro, amor, rival, fastidio, exigencia…? No pases de largo de estas líneas sin respondértelo.

JESÚS VIENE DISTINTO A CÓMO LO ESPERAMOS

El matrimonio de Emaús afirma: “nosotros esperábamos…” Tenían de Jesús una idea, la del Mesías libertador, que no ha sido cumplida. En lugar de triunfo han visto fracaso y humillación. María, la esposa, ha sido más capaz de amar incondicionalmente puesto que, aunque Jesús no respondió a su esperanza, ha permanecido al pie de la cruz. Para ella ya sólo contaba Jesús no la idea que tenía de Él.

Cleofás no. Cleofás ha desaparecido del calvario. Y ahora Jesús aparece como caminante, cuando ya no lo esperan. Y como no lo esperan, no lo reconocen. Algo parecido nos pasa a nosotros porque Dios nos habla “constantemente” y muchas veces no lo entendemos sencillamente porque no esperamos que nos hable. O que nos hable en cosas pequeñas…

CATEQUESIS EUCARÍSTICA

Lucas, maestro de la palabra, monta una perfecta catequesis de la misa en este relato. La parte de la Liturgia de la Palabra corresponde al camino en que, de la mano de Jesús, se repasan las Escrituras para ver, lentamente, como todo se ha cumplido. La explicación de la Palabra enardece el corazón del matrimonio que luego se preguntará: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?»

Ojalá nuestra eucaristías hicieran arder nuestro corazón…Y ojalá los católicos diéramos centralidad a la Palabra en nuestra vida de fe. Da pena ver el desconocimiento que muchos tienen de la Palabra. El papa lo ha dicho recientemente. Es más: ha regalado a miles y miles de fieles un pequeño evangelio. ¡Para que se lea!

EL EVANGELIO, junto con la eucaristía, son  las dos alas que nos permiten volar. No dejan de tener valor las devociones (procesiones, novenas y santos particulares) pero sólo son eso: devociones. La fe se alimenta del Pan y la Palabra. Si al día sólo tengo unos minutos para rezar…llénalos con la Palabra. Cada vez que voy a Roma y visito las tiendas religiosas me sorprende la cantidad de rosarios que se venden. Millones. Se diría que todo el mundo lo reza. Pero en esas tiendas no hay un solo librito de los evangelios. ¿Qué nos está pasando? En nuestros círculos creyentes hay gente que te dice: yo no dejo pasar un día sin rezar el rosario. Pero no le crea inquietud alguna que pasen semanas sin leer el evangelio…

LA FRACCIÓN DEL PAN

Qué bonita la petición de los esposos: “Quédate con nosotros…”

Quédate en nuestro amor, en nuestras dificultades. Quédate en nuestros sueños, en nuestras discusiones. Quédate Señor en nuestro desencanto, en ese camino cansado que a veces es nuestro matrimonio. Quédate cuando se oscurece el amor, cuando cae la noche y pensamos que habíamos esperado otra cosa. Quédate en nuestra alegre mesa, comparte con nosotros y ábrenos los ojos para que en todo te veamos. Quédate en medio de nuestra familia y conviértete en su centro. Enséñanos a hablarles a nuestros hijos de Ti de manera que su corazón vibre por Ti.

Quédate en todas las familias, Señor.

LA FRACCIÓN DEL PAN Y LA VUELTA A JERUSALÉN

Sentados a la mesa, los esposos reconocen, finalmente a Jesús. En esta catequesis de la misa Lucas deja claro que la Eucaristía nos da el conocimiento íntimo de Dios. Habrá que recuperar la misa frecuente y la visita al Santísimo si queremos crecer en la fe.

Cuando se les abren los ojos el Señor desaparece de su vista. Y levantándose regresan a la comunidad de la que se habían ido. También las familias cristianas deben formar parte de la comunidad eclesial. Alimentar su vida de fe y su amor en la parroquia, con la Palabra y los Sacramentos.

DIOS ES FAMILIA

Cuando Dios se encarna, se encarna en una familia. Y Cristo resucitado se aparece a una familia. Cuidemos nuestra familia pues sólo en ella puede crecer Jesús y también en ella se manifiesta Glorioso. Seguir a Cristo “en familia” es lo que hoy nos pide el evangelio.

Lucas 24,13-35: Los discípulos de Emaús

Lucas 24,13-35


Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo:
— ¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?
Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replico:
— ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?
Él les pregunto:
— ¿Qué?
Ellos le contestaron:
— Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.
Entonces Jesús les dijo:
— ¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.
Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo:
— Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció. Ellos comentaron:
— ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?
Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
— Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.


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sábado, 8 de febrero de 2020

Emaús

El camino de Emaus

La resurrección de Cristo, realizada en las primeras horas del domingo, es un hecho que los Evangelios afirman de modo claro y rotundo. Junto a la presentación de los primeros testimonios del sepulcro vacío -las santas mujeres, los apóstoles Pedro y Juan-, narran diversas apariciones de Jesús resucitado. Entre todas, la de los discípulos de Emaús, descrita con detalles conmovedores por san Lucas.

Conocemos bien el principio del relato: “Ese mismo día, dos de ellos se dirigían a una aldea llamada Emaús, que distaba de Jerusalén sesenta estadios. Iban conversando entre sí de todo lo que había acontecido. Y mientras comentaban y discutían, el propio Jesús se acercó y se puso a caminar con ellos, aunque sus ojos eran incapaces de reconocerle” (Lc 24, 13-16).

Por los detalles que aporta san Lucas, podría parecer sencillo localizar la aldea a la que se dirigían Cleofás y el otro discípulo. Sin embargo, al contrario de lo que ocurre con muchos lugares de Tierra Santa, el transcurrir de los siglos y los acontecimientos de la historia no han sido indiferentes, de forma que hoy en día cabe identificar varios sitios con la Emaús evangélica. Algunos merecen mayor credibilidad, no solo porque gozan del consenso de los estudiosos, sino también porque actualmente son lugar de peregrinación.

“Emaús”: al oeste de Jerusalén

El primero corresponde con una ciudad al oeste de Jerusalén que aparece con el nombre de Emaús en el Antiguo Testamento: en el año 165 antes de Cristo, el ejército seléucida de Nicanor y Gorgias, acampado en las proximidades, sufrió una importante derrota a manos de la rebelión judía liderada por Judas Macabeo (cfr. 1 Mac 3,38-4,25). También se construyó allí una fortaleza por la misma época (cfr. 1 Mac 9,50), de la que todavía quedan algunos restos.

Su situación estratégica -en el camino entre la ciudad portuaria de Jaffa y Jerusalén, donde termina la llanura y comienzan las montañas centrales de Palestina- hizo que los romanos la convirtieran en un importante núcleo administrativo a mediados del siglo primero antes de Cristo. Sin embargo, como represalia por un ataque a una de sus cohortes, fue incendiada y arrasada en el siglo IV a. C.

La ciudad debía estar reconstruida hacia los años 66-67 de nuestra era, porque los historiadores Flavio Josefo y Plinio la enumeran entre las capitales de distrito, y Vespasiano la conquistó en su campaña para someter el levantamiento de los judíos. Pasó entonces a llamarse Nicópolis, “ciudad de la victoria”, nombre que quedó confirmado cuando recibió el título de ciudad romana, en el año 223.

Los testimonios más antiguos que identifican Emaús-Nicópolis con el sitio evangélico se remontan al siglo III: Eusebio de Cesarea, en el Onomasticon, un elenco de lugares bíblicos elaborado hacia el 295, sostiene que “Emaús, de donde era Cleofás, el que es mencionado en el Evangelio de Lucas, es hoy en día Nicópolis, una ciudad relevante de Palestina”; y san Jerónimo, además de confirmar esta tesis al traducir el libro de Eusebio al latín, nos ha transmitido que peregrinó en el año 386 a “Nicópolis, que se llamaba antes Emaús, en la que el Señor, reconocido a la fracción del pan, consagró en iglesia la casa de Cleofás” (San Jerónimo, Epistola CVIII. Epitaphium Sanctae Paulae, 8.).

Durante la época bizantina, entre los siglos IV y VII, Emaús-Nicópolis contaría con una nutrida población cristiana, pues fue sede episcopal. En el año 638, los árabes invadieron Palestina y conquistaron la ciudad, que pasó a llamarse Ammwas. Aunque hay noticias de que sus habitantes fueron evacuados dos años después a causa de una plaga, mantuvo su importancia como cabeza de distrito durante la dominación islámica.

En junio de 1099, fue el último bastión tomado por los cruzados en su camino hacia Jerusalén; y en el siglo XII, durante los reinos cristianos, se construyó una iglesia sobre las ruinas de una basílica de época bizantina.

Hasta esa época, la tradición que situaba en Nicópolis la manifestación de Jesús resucitado se había mantenido a pesar de contrastar con un dato aportado por san Lucas: que Emaús se encontraba a sesenta estadios de Jerusalén, cuando la distancia de Nicópolis es de ciento sesenta, es decir, hay una diferencia de veinte kilómetros.

Aunque algunos estudiosos han avanzado diversas hipótesis para explicar esto, el hecho es que la identificación de Nicópolis con Emaús perdió fuerza, su iglesia quedó abandonada al irse los cruzados y la presencia cristiana desapareció de la ciudad hasta finales del siglo XIX. Por iniciativa de la beata Mariam de Belén, religiosa carmelita, en 1878 se compró el terreno donde estaban las ruinas del templo y se reanudaron las peregrinaciones.

Las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en 1880, en 1924 y las que se realizan actualmente han puesto al descubierto los vestigios de dos basílicas bizantinas y de una iglesia medieval -la de los cruzados-, construida con piedras tomadas de las ruinas de las dos primeras.

Otro Emaús: al norte de Jerusalén

Otro lugar que podría corresponder al Emaús evangélico es la pequeña población de El Qubeibeh, establecida sobre una antigua fortificación romana llamada Castellum Emmaus, que se encuentra a una distancia exacta de sesenta estadios al norte de Jerusalén. En 1355, los franciscanos que llegaron allí descubrieron algunas tradiciones locales que daban pie a identificarla con la patria de Cleofás.

Las primeras excavaciones, realizadas a fines del siglo XVIII, sacaron a la luz los restos de una basílica cruzada que había incorporado otro edificio precedente, y también revelaron las huellas de una aldea medieval. En 1902, se construyó una iglesia de estilo neorrománico integrando los vestigios de la anterior, que es la que persiste hasta hoy.

En la Pascua de 2008, Benedicto XVI se refirió al hecho de que no haya sido identificada con certeza la Emaús que aparece en el Evangelio:

“Hay diversas hipótesis, y esto es sugestivo, porque nos permite pensar que Emaús representa en realidad todos los lugares: el camino que lleva a Emaús es el camino de todo cristiano, más aún, de todo hombre. En nuestros caminos Jesús resucitado se hace compañero de viaje para reavivar en nuestro corazón el calor de la fe y de la esperanza y partir el pan de la vida eterna” (Benedicto XVI, Ángelus, 6-IV-2008).

“Y cuando estaban juntos a la mesa tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su presencia. Y se dijeron uno a otro: -¿No es verdad que ardía nuestro corazón dentro de nosotros, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24, 30-32).

La reacción de los discípulos de Emaús, que se levantaron al instante y regresaron a Jerusalén (cfr. Lc 24, 33), también supone una lección para todos los hombres: “Se abren nuestros ojos como los de Cleofás y su compañero, cuando Cristo parte el pan; y aunque Él vuelva a desaparecer de nuestra vista, seremos también capaces de emprender de nuevo la marcha -anochece-, para hablar a los demás de Él, porque tanta alegría no cabe en un pecho solo.

Fuente: primeroscristianos.com

lunes, 14 de agosto de 2017

Las veintidós ciudades mencionadas en el Evangelio, por Luis Antequera

Exactamente veintidós, ni una más ni una menos, las cuáles vamos a intentar enumerar y describir aquí, sucintamente, para Vds..

Para comenzar no está de más especificar que cuando Jesús nace, toda Palestina es una única realidad política bajo el gobierno de Herodes el Grande. Pero cuando éste muere en el año 4 a.C., su reino se divide en tres grandes unidades:

Judea, en la que va a reinar su hijo Arquelao hasta que en el año 6 es depuesto por los propios romanos y la región pasa al gobierno directo de un gobernador romano, puesto que cuando Jesús es crucificado ocupa precisamente Poncio Pilatos;

Galilea, donde va a reinar Herodes Antipas hasta el año 36,es decir, la práctica totalidad de la vida de Jesús;

Herodes Filipo, que gobierna un pequeño reino al norte formado por las regiones de Iturea y Traconítida, con escasa importancia en el relato evangélico.

Dicho esto, las ciudades evangélicas son las siguientes.

BELÉN:

En la que nace Jesús. Sita en Judea, a una decena de kilómetros de Jerusalén. Sólo es citada en dos evangelios, los dos de la infancia, es decir, el de Mateo y el de Lucas. En el de Mateo, Belén parece ser la ciudad originaria de José y María. En el de Lucas, en cambio, sólo es la ciudad a la que la Sagrada Familia tiene que acudir a censarse de acuerdo con las instrucciones emanadas del Emperador, por ser la originaria no de ellos mismos, sino de los ancestros de José.

NAZARET:

Ciudad en la que se desarrolla la infancia de Jesús, sita en Galilea, unos kilómetros al este de Séforis, la capital galilea. En Lucas se presenta como la ciudad originaria de José y María. En Mateo es la ciudad en la que José decide establecerse cuando vuelve de Egipto, para no tener que vivir en las tierras de Judea sobre las que reina el déspota Arquelao, que luego será depuesto por el poder romano. La ciudad de Nazaret es citada en los cuatro evangelios.

BETHABARA:

La ciudad en la que Juan el Bautista hace aquello que le da nombre, esto es, bautizar, y en la que, en consecuencia, Jesús recibe el bautismo de manos de Juan. Cercana a la desembocadura del río Jordán, al norte del Mar Muerto, en el actual territorio, por lo tanto, de Jordania, sólo la cita Juan. Al referirse al bautismo de Jesús los Sinópticos simplemente lo sitúan “en el Jordán”.

CANÁ DE GALILEA:

Ciudad galilea en la que, según el Evangelio de Juan, Jesús se manifiesta por primera vez, incluso antes de lo que tenía previsto, realizando el milagro de la multiplicación del vino. Sólo la cita Juan. Los Sinópticos no citan ni la ciudad ni el episodio. Siempre según Juan, Jesús volverá a Caná en una segunda ocasión, en la que cura al hijo de un funcionario del rey Herodes.

CAFARNAÚM:

Ciudad galilea a orillas del llamado indistintamente “Mar de Galilea" y “Lago Genesaret” en la que se establece Jesús cuando vuelve de ser bautizado y de su retiro de 40 días en el desierto, y una vez que, como describe Lucas, es expulsado de Nazaret por sus convecinos. Se convierte por lo tanto en el cuartel general de Jesús. En ella cura al criado del centurión o a la suegra de Pedro, enrola a sus principales discípulos, etc.. Cafarnaúm es citada en los cuatro evangelios.

AINÓN:

Ciudad en la que Jesús bautiza él mismo. El evangelista Juan, único que la cita, la sitúa cerca de Salim y en la orilla opuesta del Jordán en la que el Bautista extendía su campo de acción.

SICAR:

Ciudad en Samaria en la que Jesús permanece dos días y en la que tiene lugar el episodio conocido como de “la Samaritana”. Tanto la ciudad como el episodio sólo son recogidos por Juan.

CORAZÍN:

No se cita ningún episodio ocurrido en él, pero el propio Jesús menciona su paso por ella cuando la maldice por no apreciar los milagros y prodigios que allí realiza. Como Belén, aparece en los evangelios de Mateo y de Lucas, no así en los de Marcos o Juan.

BETSAIDA:

Es maldita por Jesús en el mismo episodio en el que maldice a Corazín, según recogen tanto Mateo como Lucas. Pero contrariamente a lo sucedido con ésta, Betsaida sí es mencionada en muchos otros sucesos. Así, Marcos sitúa en Betsaida el episodio en el que Jesús camina sobre las aguas y la curación de un ciego. Lucas una de las multiplicaciones de los panes, la profesión de fe de Pedro y el primer anuncio de la Pasión. Juan la ignora por completo.

NAÍN:

Ciudad que sólo cita Lucas, en la que Jesús resucita al hijo de una viuda y recibe a los emisarios del Bautista, que le preguntan si es él “el que ha de venir o deben esperar a otro”. En ella parece situar también el episodio en el que Jesús es ungido por una pecadora en casa de un fariseo.

MAGDALA:

Ciudad a orillas del lago Tiberíades que en realidad no es mencionada en el Evangelio salvo por su toponímico, “magdalena”, habitante de Magdala, el cual, a su vez, da nombre a María, la primera persona que según Mateo, Marcos y Juan (no así Lucas) ve a Cristo una vez que ha resucitado.

TIRO y SIDÓN:

Dos ciudades en el actual territorio del Líbano. Citadas las dos juntas por Mateo, Marcos nos cuenta que en Tiro cura Jesús a la sirofenicia y que luego vuelve a Galilea por Sidón. Ni Lucas ni Juan las mencionan.

DALMANUTÁ:

Sólo la cita Marcos. Es el lugar en el que unos fariseos piden a Jesús que realice un signo, y donde éste previene de la levadura de fariseos y herodianos.

MAGADÁN:

Sólo la cita Mateo, pero los episodios que emplaza en ella son los mismos que Marcos sitúa en Dalmanutá.

CEAREA DE FILIPO:

Ciudad en el actual territorio de Siria en la que se produce el episodio conocido como “profesión de fe de Pedro”, una escena que según Lucas, se produce, sin embargo, en Betsaida, y que en Mateo, y sólo en Mateo, se amplía hasta convertir a Pedro en cabeza de la Iglesia “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia”.

EFRAÍN:

Ciudad en el Desierto de Judea, a la que Jesús, según Juan y sólo según él, se retira a descansar pocos días antes de ser crucificado. Cabe preguntarse por la relación entre este Naín y el “desierto” que citan los tres sinópticos en el que Jesús se retira durante cuarenta días, sólo que no al final de su ministerio, como en Juan, sino a su inicio.

JERICÓ:

En Judea. Citada por Marcos, que sitúa en ella la curación del ciego Bartimeo -en la versión de Mateo los ciegos son dos y no tienen nombre-, y por Lucas, que sitúa allí a Zaqueo, el recaudador que invita a Jesús a comer en su casa.

BETFAGÉ:

En Judea también, junto al Monte de los Olivos. La citan los tres Sinópticos, no Juan, aunque de pasada.

BETANIA:

Ciudad en Judea, “a unos quince estadios de Jerusalén” como explica el evangelista Juan. Según Mateo y Marcos, en Betania es donde un fariseo invita a Jesús a comer y una pecadora le unge con perfumes. Según Marcos, en ella Jesús maldice a la higuera. En Betania vive, según Juan, el gran amigo de Jesús, Lázaro, al que resucita tres días después de muerto. Y según Lucas, desde Betania es que Jesús asciende a los cielos.

JERUSALÉN:

La ciudad santa de los judíos, la sede del Templo, la capital de Judea y del Gran Israel, la ciudad de los profetas, la que constituye el verdadero destino de la misión de Jesús y en la que éste es crucificado. Aparece citada en el Evangelio 68 veces. Los cuatro evangelistas mencionan Jerusalén como lugar en el que tienen lugar los últimos días de Jesús antes de ser crucificado, y donde tienen lugar episodios como la Purificación del Templo, la Ultima Cena, la traición de Judas, el prendimiento juicio y condena de Jesús. Mateo la menciona en su Evangelio de la Infancia con motivo del nacimiento de Jesús y de la visita de los reyes en su Evangelio de la Infancia. Lucas también en su Evangelio de la Infancia, situando en ella episodios como la circuncisión de Jesús, su presentación en el Templo con el cántico de Simeón, la profecía de Ana y también la Pascua que celebra rodeado de los sabios del Templo a los doce años de edad. Juan que, como se sabe, realiza un enfoque muy original del ministerio de Jesús, presentándolo a lo largo de tres años y no de uno como los Sinópticos, nos presenta a Jerusalén en cuatro ocasiones inéditas: la primera Pascua, una visita en la que cura al paralítico de la piscina de Betzatá, una fiesta de las Tiendas y una fiesta de la Dedicación.

EMAÚS:

Ciudad a “sesenta estadios de Jerusalén”, donde tiene lugar la que Lucas presenta como primera aparición de Jesús una vez resucitado.

Amén de todas estas ciudades, son citados en los evangelios algunas regiones y países como, por ejemplo, Egipto, mencionado en el Evangelio de Mateo y sólo en el de Mateo como lugar en el que se oculta la Sagrada Familia huyendo de la matanza de infantes ordenada por Herodes.

“La región de los gerasenos”, “frente a Galilea”, que mencionan Marcos y Lucas, no así Mateo ni Juan.

La Decápolis e Idumea, que sólo menciona Marcos.

Siria, que se menciona como tal en dos ocasiones, una por Lucas y otra por Mateo.

Galilea, que se nombra en más de sesenta ocasiones en los cuatro evangelios.

Judea, mencionada en más de treinta ocasiones también en los cuatro evangelios.

Y bien amigos, este es el repaso de las localizaciones geográficas presentes en el Evangelio. Que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Lucas 24,35-48: Apariciones de Jesús a los apóstoles

Lucas 24,35-48
Jueves de la Octava de Pascua
Domingo de la 3 Semana de Pascua, Año B

Cuando los dos discípulos regresaron de Emaús y llegaron al sitio donde estaban reunidos los apóstoles, les contaron lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan. Mientras hablaban de esas cosas, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Ellos, desconcertados y llenos de temor, creían ver un fantasma. Pero él les dijo: “No teman; soy yo. ¿Por qué se espantan? ¿Por qué surgen dudas en su interior? Miren mis manos y mis pies. Soy yo en persona. Tóquenme y convénzanse: un fantasma no tiene ni carne ni huesos, como ven que tengo yo”. Y les mostró las manos y los pies. Pero como ellos no acababan de creer de pura alegría y seguían atónitos, les dijo: “¿Tienen aquí algo de comer?” Le ofrecieron un trozo de pescado asado; él lo tomó y se puso a comer delante de ellos. Después les dijo:  “Lo que ha sucedido es aquello de que les hablaba yo, cuando aún estaba con ustedes: que tenía que cumplirse todo lo que estaba escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos”. Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras y les dijo: “Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios y el perdón de los pecados.Ustedes son testigos de esto”.