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sábado, 25 de junio de 2022

¿Qué dice la Doctrina Social de la Iglesia sobre la libertad de la persona?

PONTIFICIO CONSEJO « JUSTICIA Y PAZ »
COMPENDIO DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA

C) LA LIBERTAD DE LA PERSONA

a) Valor y límites de la libertad

135 El hombre puede dirigirse hacia el bien sólo en la libertad, que Dios le ha dado como signo eminente de su imagen: «Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia decisión (cf. Si 15,14), para que así busque espontáneamente a su Creador y, adhiriéndose libremente a éste, alcance la plena y bienaventurada perfección. La dignidad humana requiere, por tanto, que el hombre actúe según su conciencia y libre elección, es decir, movido e inducido por convicción interna personal y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa ».

El hombre justamente aprecia la libertad y la busca con pasión: justamente quiere —y debe—, formar y guiar por su libre iniciativa su vida personal y social, asumiendo personalmente su responsabilidad. La libertad, en efecto, no sólo permite al hombre cambiar convenientemente el estado de las cosas exterior a él, sino que determina su crecimiento como persona, mediante opciones conformes al bien verdadero: de este modo, el hombre se genera a sí mismo, es padre de su propio ser y construye el orden social.

136 La libertad no se opone a la dependencia creatural del hombre respecto a Dios. La Revelación enseña que el poder de determinar el bien y el mal no pertenece al hombre, sino sólo a Dios (cf. Gn 2,16-17). « El hombre es ciertamente libre, desde el momento en que puede comprender y acoger los mandamientos de Dios. Y posee una libertad muy amplia, porque puede comer “de cualquier árbol del jardín”. Pero esta libertad no es ilimitada: el hombre debe detenerse ante el “árbol de la ciencia del bien y del mal”, por estar llamado a aceptar la ley moral que Dios le da. En realidad, la libertad del hombre encuentra su verdadera y plena realización en esta aceptación».

137 El recto ejercicio de la libertad personal exige unas determinadas condiciones de orden económico, social, jurídico, político y cultural que son, «con demasiada frecuencia, desconocidas y violadas. Estas situaciones de ceguera y de injusticia gravan la vida moral y colocan tanto a los fuertes como a los débiles en la tentación de pecar contra la caridad. Al apartarse de la ley moral, el hombre atenta contra su propia libertad, se encadena a sí mismo, rompe la fraternidad con sus semejantes y se rebela contra la verdad divina». La liberación de las injusticias promueve la libertad y la dignidad humana: no obstante, «ante todo, hay que apelar a las capacidades espirituales y morales de la persona y a la exigencia permanente de la conversión interior si se quieren obtener cambios económicos y sociales que estén verdaderamente al servicio del hombre».

b) El vínculo de la libertad con la verdad y la ley natural

138 En el ejercicio de la libertad, el hombre realiza actos moralmente buenos, que edifican su persona y la sociedad, cuando obedece a la verdad, es decir, cuando no pretende ser creador y dueño absoluto de ésta y de las normas éticas. La libertad, en efecto, «no tiene su origen absoluto e incondicionado en sí misma, sino en la existencia en la que se encuentra y para la cual representa, al mismo tiempo, un límite y una posibilidad. Es la libertad de una criatura, o sea, una libertad donada, que se ha de acoger como un germen y hacer madurar con responsabilidad». En caso contrario, muere como libertad y destruye al hombre y a la sociedad.

139 La verdad sobre el bien y el mal se reconoce en modo práctico y concreto en el juicio de la conciencia, que lleva a asumir la responsabilidad del bien cumplido o del mal cometido. «Así, en el juicio práctico de la conciencia, que impone a la persona la obligación de realizar un determinado acto, se manifiesta el vínculo de la libertad con la verdad. Precisamente por esto la conciencia se expresa con actos de “juicio”, que reflejan la verdad sobre el bien, y no como “decisiones” arbitrarias. La madurez y responsabilidad de estos juicios —y, en definitiva, del hombre, que es su sujeto— se demuestran no con la liberación de la conciencia de la verdad objetiva, en favor de una presunta autonomía de las propias decisiones, sino, al contrario, con una apremiante búsqueda de la verdad y con dejarse guiar por ella en el obrar».

140 El ejercicio de la libertad implica la referencia a una ley moral natural, de carácter universal, que precede y aúna todos los derechos y deberes. La ley natural «no es otra cosa que la luz de la inteligencia infundida en nosotros por Dios. Gracias a ella conocemos lo que se debe hacer y lo que se debe evitar. Esta luz o esta ley Dios la ha donado a la creación» y consiste en la participación en su ley eterna, la cual se identifica con Dios mismo. Esta ley se llama natural porque la razón que la promulga es propia de la naturaleza humana. Es universal, se extiende a todos los hombres en cuanto establecida por la razón. En sus preceptos principales, la ley divina y natural está expuesta en el Decálogo e indica las normas primeras y esenciales que regulan la vida moral. Se sustenta en la tendencia y la sumisión a Dios, fuente y juez de todo bien, y en el sentido de igualdad de los seres humanos entre sí. La ley natural expresa la dignidad de la persona y pone la base de sus derechos y de sus deberes fundamentales.

141 En la diversidad de las culturas, la ley natural une a los hombres entre sí, imponiendo principios comunes. Aunque su aplicación requiera adaptaciones a la multiplicidad de las condiciones de vida, según los lugares, las épocas y las circunstancias, la ley natural es inmutable, «subsiste bajo el flujo de ideas y costumbres y sostiene su progreso... Incluso cuando se llega a renegar de sus principios, no se la puede destruir ni arrancar del corazón del hombre. Resurge siempre en la vida de individuos y sociedades».

Sus preceptos, sin embargo, no son percibidos por todos con claridad e inmediatez. Las verdades religiosas y morales pueden ser conocidas «de todos y sin dificultad, con una firme certeza y sin mezcla de error», sólo con la ayuda de la Gracia y de la Revelación. La ley natural ofrece un fundamento preparado por Dios a la ley revelada y a la Gracia, en plena armonía con la obra del Espíritu.

142 La ley natural, que es ley de Dios, no puede ser cancelada por la maldad humana. Esta Ley es el fundamento moral indispensable para edificar la comunidad de los hombres y para elaborar la ley civil, que infiere las consecuencias de carácter concreto y contingente a partir de los principios de la ley natural. Si se oscurece la percepción de la universalidad de la ley moral natural, no se puede edificar una comunión real y duradera con el otro, porque cuando falta la convergencia hacia la verdad y el bien, « cuando nuestros actos desconocen o ignoran la ley, de manera imputable o no, perjudican la comunión de las personas, causando daño». En efecto, sólo una libertad que radica en la naturaleza común puede hacer a todos los hombres responsables y es capaz de justificar la moral pública. Quien se autoproclama medida única de las cosas y de la verdad no puede convivir pacíficamente ni colaborar con sus semejantes.

143 La libertad está misteriosamente inclinada a traicionar la apertura a la verdad y al bien humano y con demasiada frecuencia prefiere el mal y la cerrazón egoísta, elevándose a divinidad creadora del bien y del mal: «Creado por Dios en la justicia, el hombre, sin embargo, por instigación del demonio, en el propio exordio de la historia, abusó de su libertad, levantándose contra Dios y pretendiendo alcanzar su propio fin al margen de Dios (...). Al negarse con frecuencia a reconocer a Dios como su principio, rompe el hombre la debida subordinación a su fin último, y también toda su ordenación tanto por lo que toca a su propia persona como a las relaciones con los demás y con el resto de la creación». La libertad del hombre, por tanto, necesita ser liberada. Cristo, con la fuerza de su misterio pascual, libera al hombre del amor desordenado de sí mismo, que es fuente del desprecio al prójimo y de las relaciones caracterizadas por el dominio sobre el otro; Él revela que la libertad se realiza en el don de sí mismo. Con su sacrificio en la cruz, Jesús reintegra el hombre a la comunión con Dios y con sus semejantes.

(...)

VII. LOS VALORES FUNDAMENTALES DE LA VIDA SOCIAL

c) La libertad

199 La libertad es, en el hombre, signo eminente de la imagen divina y, como consecuencia, signo de la sublime dignidad de cada persona humana: «La libertad se ejercita en las relaciones entre los seres humanos. Toda persona humana, creada a imagen de Dios, tiene el derecho natural de ser reconocida como un ser libre y responsable. Todo hombre debe prestar a cada cual el respeto al que éste tiene derecho. El derecho al ejercicio de la libertad es una exigencia inseparable de la dignidad de la persona humana». No se debe restringir el significado de la libertad, considerándola desde una perspectiva puramente individualista y reduciéndola a un ejercicio arbitrario e incontrolado de la propia autonomía personal: «Lejos de perfeccionarse en una total autarquía del yo y en la ausencia de relaciones, la libertad existe verdaderamente sólo cuando los lazos recíprocos, regulados por la verdad y la justicia, unen a las personas». La comprensión de la libertad se vuelve profunda y amplia cuando ésta es tutelada, también a nivel social, en la totalidad de sus dimensiones.

200 El valor de la libertad, como expresión de la singularidad de cada persona humana, es respetado cuando a cada miembro de la sociedad le es permitido realizar su propia vocación personal; es decir, puede buscar la verdad y profesar las propias ideas religiosas, culturales y políticas; expresar sus propias opiniones; decidir su propio estado de vida y, dentro de lo posible, el propio trabajo; asumir iniciativas de carácter económico, social y político. Todo ello debe realizarse en el marco de un « sólido contexto jurídico», dentro de los límites del bien común y del orden público y, en todos los casos, bajo el signo de la responsabilidad.

La libertad, por otra parte, debe ejercerse también como capacidad de rechazar lo que es moralmente negativo, cualquiera que sea la forma en que se presente, como capacidad de desapego efectivo de todo lo que puede obstaculizar el crecimiento personal, familiar y social. La plenitud de la libertad consiste en la capacidad de disponer de sí mismo con vistas al auténtico bien, en el horizonte del bien común universal.

jueves, 28 de noviembre de 2013

La Alegría del Evangelio, n. 189: Sobre la posesión privada de los bienes

La Alegría del Evangelio 
(Exhortación Apostólica del papa Francisco)
24 de noviembre, 2013

La solidaridad es una reacción espontánea de quien reconoce la función social de la propiedad y el destino universal de los bienes como realidades anteriores a la propiedad privada. La posesión privada de los bienes se justifica para cuidarlos y acrecentarlos de manera que sirvan mejor al bien común, por lo cual la solidaridad debe vivirse como la decisión de devolverle al pobre lo que le corresponde. Estas convicciones y hábitos de solidaridad, cuando se hacen carne, abren camino a otras transformaciones estructurales y las vuelven posibles. Un cambio en las estructuras sin generar nuevas convicciones y actitudes dará lugar a que esas mismas estructuras tarde o temprano se vuelvan corruptas, pesadas e ineficaces.

La Alegría del Evangelio, n.206: Sobre la Economía Mundial

La Alegría del Evangelio (Exhortación Apostólica)
24 de noviembre, 2013

n. 206. La economía, como la misma palabra indica, debería ser el arte de alcanzar una adecuada administración de la casa común, que es el mundo entero. Todo acto económico de envergadura realizado en una parte del planeta repercute en el todo; por ello ningún gobierno puede actuar al margen de una responsabilidad común. De hecho, cada vez se vuelve más difícil encontrar soluciones locales para las enormes contradicciones globales, por lo cual la política local se satura de problemas a resolver. Si realmente queremos alcanzar una sana economía mundial, hace falta en estos momentos de la historia un modo más eficiente de interacción que, dejando a salvo la soberanía de las naciones, asegure el bienestar económico de todos los países y no sólo de unos pocos.

jueves, 18 de julio de 2013

La doctrina social de la Iglesia y el capitalismo. Actitudes de los papas por Agustín Ortega , Centro Loyola e ISTIC (artículo resumido)


Ha causado revuelo el mensaje moral y social de la iglesia, en este caso, del papa Francisco sobre "el capitalismo salvaje como causante de la crisis"(21 de Mayo 2013, Roma).

No es la primera vez que un papa crítica el capitalismo. En 1931, en el contexto de la grave crisis de 1929, Pío XI decía sobre el capitalismo: "Hemos examinado la economía actual y la hemos encontrado plagada de vicios" (Quadragesimo Anno, n. 28). Esta enseñanza la profundizaría Pablo VI en su encíclica Populorum Progressio, en el año 1967.

Como señalan estudiosos de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI), la Iglesia ha criticado los sistemas injustos. Muchas veces se ha manipulado esta DSI. La iglesia se ha opuesto a los principios del comunismo y también del capitalismo.

En la encíclica social de Juan Pablo, en 1991, la Centesimus Annus (CA), se tergiversó un pasaje, (el n. 42), para decir que el papa justificaba el capitalismo. Nada más lejos de la realidad. Algunos mezclaron cosas como que la iglesia y el papa acepta la economía de libre mercado —que es cierto—, confundiendo esta libertad económica con el capitalismo, que es muy distinto.

Juan Pablo II, en el n. 42 de la CA, se resiste a identificar capitalismo con economía libre. Al final del n. 42, Juan Pablo II se opone al capitalismo y a su fanatismo de mercado. Aunque haya fracasado el comunismo, que según el papa es un capitalismo de estado, Juan Pablo II no acepta tampoco el capitalismo como alternativa (CA 35).

El capitalismo es inhumano porque da prioridad a las cosas sobre las personas y margina a los pobres (CA 34). El papa Juan Pablo II denuncia que la ideología liberal-burguesa antepone el individualismo a la dignidad del ser humano (CA 33, 35 y 42).

Benedicto XVI sigue el mismo camino y nos dice que "tanto el capitalismo como el marxismo prometieron encontrar el camino para crear de estructuras justas y afirmaron que éstas, una vez establecidas, funcionarían por sí mismas. Esta promesa ideológica se ha demostrado que es falsa" (Aparecida, 4).

En su último Mensaje de la Paz, Benedicto XVI denunciaba el descontrol del capitalismo, hoy sobre todo financiero, que causa "alarma por la creciente desigualdad entre ricos y pobres, por el predominio de una mentalidad egoísta e individualista" (n. 1). El papa clamaba por "un nuevo modelo económico, ya que el que ha prevalecido en los últimos decenios valora a las personas sólo por su capacidad de responder a las exigencias de la competitividad" (n. 5). El Catecismo de la Iglesia rechaza el capitalismo ya que promueve "el individualismo y la primacía de la ley de mercado sobre el trabajo humano" (n. 2425).

Los principios y valores de la DSI van en contra del capitalismo. La DSI enseña que no se puede vivir en la codicia y en la riqueza. La solidaridad no es solo compartir y distribuir lo superfluo, lo que nos sobra, sino incluso lo que necesitamos para vivir, como nos recuerda el Vaticano II (GS 69) y Juan Pablo II (SRS 31).

El individualismo neo-liberal es una falsificación de la libertad cristiana, la cual consiste en comprometerse por la solidaridad con los pobres. La economía y el mercado se deben situar en el marco moral del bien común, la solidaridad y la justicia con los pobres (Catecismo, 2425).

El destino universal de los bienes está por encima de la propiedad privada, que es para todos y tiene un carácter social, como nos enseña el Vaticano II (GS 69) y Juan Pablo II (LE 14). De ahí una clave esencial de la DSI, como es el trabajo y un salario digno para las personas y sus familias (LE 19) porque el trabajo, la realización y dignidad del trabajador tiene prioridad sobre el capital (beneficio, medios de producción..., LE 13).

La economía financiera especulativa y usurera es inmoral, con sus créditos e intereses abusivos y nada éticos. Por eso, debe dejar paso a una economía que sirva al trabajo, al empleo y al desarrollo integral, como ya manifestaba León XIII (RN 1), Juan Pablo II (CA 43), el reciente compendio de DSI (369-72) y continuaría enseñando Benedicto XVI (CIV 65).

La DSI pertenece a la misión evangelizadora de la iglesia, a la enseñanza de la iglesia sobre el ser humano. La DSI no es solo una teoría o enseñanza sino un estimulo en el compromiso por el bien común y la justicia con los pobres. Los pobres son los principales protagonistas de la misión, tal como nos enseña la tradición de la iglesia, el Vaticano II (LG 8, AA 8) y los obispos españoles (IP 9 y 132). La vida y dignidad de toda persona se enraíza en el Dios Trinitario. La Trinidad es la fuente y modelo de solidaridad, de compromiso por el bien común, la paz y la justicia con los pobres.

Es posible otro mundo si creemos en la esperanza. Si los cristianos, tenemos fe en la Pascua y Resurrección de Jesús, en la vida eterna. Si seguimos a Jesús acogiendo el don de su salvación liberadora en el amor fraterno, en la paz y la justicia que se anticipa ya en la historia y que vencerá a toda injusticia, mal y muerte.

Como testimoniaron lo santos y testigos de la fe, como nos testificaron todos estos queridos Papas, sucesores de Pedro, hasta llegar al Papa Francisco, Pastor y Profeta del Pueblo de Dios.

miércoles, 29 de mayo de 2013

"Queremos crear un empresariado revolucionario, que no tenga tanto en cuenta el beneficio para el empresario como los beneficios sociales", José Luis Sánchez, responsable de la Asociación de Empresarios Católicos de Valencia.


José Luis Sánchez es sacerdote de la diócesis de Valencia y responsable de las Asociaciones de Empresarios Católicos de Valencia, junto con el arzobispo Carlos Osoro. "Queremos crear un empresariado revolucionario, que no tenga tanto en cuenta el beneficio para el empresario como los beneficios sociales", explica, y recuerda que "la Doctrina Social de la Iglesia permite la propiedad privada siempre y cuando ésta esté al servicio de crear desarrollo para todos los hombres de la tierra".

— ¿Cómo surgió la idea de crear las Asociaciones de Empresarios Católicos?

Cuando llegó el arzobispo Osoro a la diócesis estaba muy preocupado porque el paro había empezado a tener mucha fuerza en la Comunidad Valenciana. Cáritas no daba abasto y se dio cuenta de que crear trabajo era importantísimo y que había que apoyar al empresario para que experimentara en un momento muy difícil también para las empresas que valía la pena no tirar la toalla.

— ¿Se puede ser empresario y católico en estos tiempos tan convulsos?

Hay muchos empresarios católicos y el crear riqueza y puestos de trabajo para que las personas puedan desarrollar su vida está en consonancia con la Doctrina Social de la Iglesia, que permite la propiedad privada siempre y cuando ésta esté al servicio de crear desarrollo para todos.

— ¿Hay ejemplos a seguir entre los empresarios actualmente? ¿Hay quienes están peleando porque las condiciones de sus trabajadores sean lo más dignas posible?

De las tres estructuras que se han creado en la archidiócesis de Valencia (España) una es un capítulo de empresarios, y otra es un consejo de empresarias católicas. Lo que están buscando ambas es una formación profunda que nos lleve a descubrir que el hombre está en el centro de todo. Crear trabajo es importante para crear riqueza pero la mayor riqueza es el propio hombre. En la medida en que las personas se realizan el capital de la empresa es mucho mayor ya que éstas adquieren sentido y alegría. Luego esto tiene una repercusión en sus vidas, en sus familias y en la sociedad, además de en el mundo empresarial.

— ¿Cuántos profesionales conforman las fundaciones de empresarios católicos?

Hay unas 800 empresas en torno a estas asociaciones. Vimos que era muy importante, junto con la formación ética del empresario, que se asociaran para crear un apoyo común social desde la perspectiva de la Doctrina Social de la Iglesia, de la investigación y de la comunicación.

Cada dos meses hay una reunión de 50 empresarios que tratan de ver la problemática de la Comunidad Valenciana con el objetivo de analizar estos temas y ver dónde hay que incidir. Lo que esta comisión hace se lleva a la comisión de investigación, donde personas del mundo de la universidad se dedican a ver con qué concreciones tendríamos que seguir adelante.

Hay otra comisión de comunicación que informa tanto a la sociedad como al gobierno autonómico y al gobierno español, así como a todos los asociados. Los empresarios católicos buscan tener una espiritualidad, una fortaleza interior para que su fundamento no esté solo en ganar dinero sino también en la realización de las personas y descubrir todo el bien que pueden estar haciendo. Se busca la dimensión social para que haya ayudas a otras instituciones. Por ejemplo, con Cáritas se ha realizado lo de apadrinar a una familia, un apoyo muy concreto y determinado tan necesario en estos tiempos de crisis.

— ¿Tenemos que estar a la altura de lo que la situación social nos pide?

Sí. El Papa Francisco nos ha dicho que participemos del sufrimiento del mundo y eso ha sido lo que ha llevado a nuestro arzobispo, don Carlos Osoro, a estimularnos a fundar esta confederación empresarial en la tónica con la que se ha constituido en Valencia. Tanto el Papa como nuestro arzobispo, cuando ven el sufrimiento de las personas piensan que Jesús tiene que estar en medio de ese sufrimiento. Tiene que estar presente siendo bálsamo y siendo esperanza, Buena Noticia, novedad. Y la Buena Noticia es que, con la fuerza de la Palabra y de los sacramentos, es posible que todo sea transformado. Sobre todo el egoísmo en amor, la mentira en verdad y la desorientación en orientación.

— ¿Don Carlos Osoro es un pastor de los que huelen a oveja desde hace mucho tiempo?

Creo que la trayectoria de nuestro arzobispo en las diócesis de Orense, Oviedo y Valencia es conocida por todos. Tiene un don para con las personas y para comprometerse con los demás, y desde la vida de oración tan profunda que lleva hace posible la presencia de Cristo en medio de todos y nos moviliza. Él valora mucho la formación y por eso cuida mucho la universidad católica. Él busca que desde una formación intelectual y desde la vida interior sepamos iluminar las realidades de cada momento. No en vano estamos realizando atrios de los gentiles, exposiciones de arte, diálogos sobre la espiritualidad, con la política y con la economía... La Universidad Católica se hace presente en medio de la cultura, trabajamos con los jóvenes. Todo esto lo hacemos con mucha sencillez pero sabiendo que nos estamos jugando la felicidad de muchas personas. Lo que queremos es que la gente salga de la mayor de las pobrezas, que es no tener a Dios. Después están las otras pobrezas.

— ¿Cuál es el papel de la Iglesia en esta Europa en la que parece que el cristianismo está en retroceso?

Juan Pablo II le decía a Benedicto XVI cuando éste era cardenal que tenía ilusión porque veía que llegaba una nueva primavera para la Iglesia. Al parecer Benedicto XVI, en cambio, le decía que no veía ese rebrotar. Igual nos pasa a nosotros. Muchas veces tenemos la sensación de que en Occidente la fe católica ya no está en la estructura humana. Pero sí lo está. La religión católica ha dialogado con la razón como ninguna otra. No cree en el fundamentalismo (que quedó prohibido en el Vaticano II, porque nosotros tenemos que dar razón de nuestra esperanza a aquél que nos la pide).

Occidente es un lugar muy relativista donde el hombre piensa que no hay Verdad, donde la persona puede decidir por sí misma todo lo que quiere, incluso su cambio de sexualidad; donde el ser humano muchas veces piensa que cualquier opinión vale lo mismo, y donde nos encontramos con una increencia muy fuerte.

Lo que hay que valorar son los esfuerzos de tantas personas (incluso de los no creyentes) por acercarse a la Verdad, por acercarse al Bien, por promover la paz... Tenemos que dar gracias a Dios por todo el esfuerzo ecológico que se hace por salvar la naturaleza, porque de alguna manera desde ahí se puede engarzar una sacralidad de acercarse a la Verdad, que es Dios. Pero evidentemente también es cierto que tenemos que influir en que esta dictadura del relativismo para que las personas puedan encontrar la auténtica esperanza de ser peregrinos, no vagabundos. El peregrino sabe a dónde va, el vagabundo da vueltas sobre sí mismo.

Ojalá que nosotros podamos ayudar a la mayor riqueza del ser humano, siempre ofreciendo y nunca imponiendo, para poder ayudar a descubrir que sin Dios la vida no tiene sentido. El hombre que no tiene a Dios sólo espera la muerte, y necesitamos tener vida y esperanza.

Fuente: http://www.periodistadigital.com