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miércoles, 17 de junio de 2015

Latría, dulía e hiperdulía, por Agustín Fabra

Los tres términos, latría, dulía e hiperdulía, son distintas formas de adoración y de veneración en la Iglesia Católica.

Yahvé reclamó adoración en Éxodo 7, 8 y 9. El propio Jesús reclamó adoración a Dios en el evangelio de Lucas: ‘Jesús le respondió; Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y sólo a Él darás culto’ (Lucas 4:8). En general se reclama adoración a Dios en varios casos del libro de Jueces, donde Yahvé castigó a los israelitas por el pecado de idolatría.

Por otra parte, Jesús reclama para sí mismo igual honra y veneración que se le da a Dios: ‘Porque el Padre no juzga a nadie, sino que todo juicio lo ha entregado a su Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre, que lo ha enviado’ (Juan 5:22-23) Y San Pablo lo confirma en su carta a los Filipenses: ‘Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en todos los abismos’ (Filipenses 2:10).

Pero además de la adoración está también la veneración debida a los mártires y santos. En el año 156, en el ‘Martyrium Policarpi’, conocido también como ‘Martirologio’ o ‘Actas de los mártires’, se hace la distinción entre ‘adoración y veneración’, cuyas definiciones trataremos de definir en este trabajo, así como la especial veneración debida a nuestra Madre celestial, la Virgen María.

LATRIA

‘Latría’ es un término proveniente del latín ‘latria’ y éste, a su vez, del griego ‘latreia’, cuyo significado es ‘adoración o culto’, el cual es utilizado en la teología católica para ser ofrecido absolutamente a Dios.

Si embargo, el culto de ‘latría’ igualmente debe ser ofrecido a Jesucristo al recordarle como el Jesús Resucitado, pero no en la época en que Jesús aún permanecía en la tierra como humano.

De acuerdo a lo expresado por Santo Tomás de Aquino, la ‘latría’ es un acto de devoción y, por lo tanto, se relaciona con la virtud de la religión, ya que se vincula con la adoración y el culto a Dios Padre y a Dios Hijo, Jesucristo.

El acto de devoción brota de la voluntad, y en quien que a través de la ‘latría’ recae la devoción y la adoración es exclusivamente en Dios y en Jesucristo resucitado.

LATRIA RELATIVA

Se le llama así al culto tributado a las imágenes y reliquias de Jesucristo, como es el Sudario de Turín, en el cual existe un gran respeto y devoción.

La imagen o reliquia no merece el culto por sí misma, y por eso la latría es relativa. Merece el culto por Cristo, quien sí merece y recibe el culto absoluto.

DULIA

Es el culto que se da a los ángeles y a los santos. Teológicamente, la ‘dulía’ es la veneración hacia los ángeles, los santos y hacia los beatos que estén en proceso de santificación.

Según Santo Tomás de Aquino, la dulía no es comparable con la latría o adoración a Dios y a Jesucristo resucitado, en el sentido de que la dulía va dirigida hacia varios seres, mientras que la ‘latría’ se dirige hacia un ser superior.

La veneración a los ángeles se debe por sus privilegios de poder ver a Dios en persona.

HIPERDULIA

Según la Real Academia de la Lengua (RAE), el prefijo ‘híper’ significa ‘superioridad’ y denota un grado superior al normal.

La ‘hiperdulía’ es el culto de veneración que se rinde a la Virgen María por ser la Madre de Dios; la Madre de Jesucristo. El culto de ‘hiperdulía’ es básicamente el mismo que el de ‘dulía’, sólo que en la hiperdulía se muestra que existe más amor, respeto y confianza ante la gracia que María recibió de Dios.

El término ‘hiperdulía’ fue mencionado por primera vez en el Concilio Vaticano II según la Constitución Dogmática ‘Lumen Gentium’, en el capítulo 663 del año 1963, no existiendo referencia alguna a un término idéntico desde antes de dicho Concilio.

CONCLUSION

De forma escueta, el significado de cada uno de los tres cultos es el siguiente:

Latría o adoración: Culto que sólo se debe a Dios por tener la excelencia absoluta e infinita, y a su Hijo Jesucristo resucitado.

Dulía: Veneración que se hace a los ángeles, a los santos y a los beatos en proceso de santificación, por la excelencia de sus virtudes.

Hiperdulía: Veneración especial a la Virgen María, considerada el ser más grande en gracia y amor, después de Jesús.

Fuente: religionenlibertad.com

lunes, 27 de mayo de 2013

ADORACIÓN AL SANTÍSIMO SACRAMENTO, de Pepe Basto


Adoración al Santísimo Sacramento 2011
Pepe Basto
Convento de las Reparadoras
Jerez, España

TRIUNFO DE LA FE SOBRE LOS SENTIDOS, por Frías y Escalante


Triunfo de la fe sobre los sentidos 1667
Juan Antonio de Frías y Escalante,
Óleo sobre lienzo 
113x152 cm 
Museo del Prado, Madrid

EL TRIUNFO DE LA EUCARISTIA, de Murillo


El Triunfo de la Eucaristía 1662-1665
Bartolomé Esteban Murillo
Óleo sobre lienzo
196 x 250 cm.
Barroco Español
Colección Particular

El Triunfo de la Eucaristía formaba pareja con la Inmaculada Concepción en la decoración del testero de la nave de la Epístola, sobre el comulgatorio, de la iglesia de Santa María la Blanca, Sevilla. El cáliz con el Santísimo ocupa la parte central del cuadro, sobrevolado por la paloma del Espíritu Santo. La figura que lo sostiene podría ser la Iglesia como suministradora de la Eucaristia.

En la zona de la derecha encontramos un grupo de figuras que adoran el sacramento, representando la fe popular. Destaca en este grupo la facilidad del artista para captar expresiones, tanto en los rostros como en los gestos de los hombres y mujeres presentes en el abigarrado grupo.

Una iluminación dorada procedente de la Eucaristía domina el conjunto, organizado a través de un triángulo que tiene como vértice la hostia. Esa luz dorada resbala por los ropajes de los personajes.

Esta cuadro, al igual que la Inmaculada Concepción, fue sacado de Sevilla durante la Guerra de la Independencia, siendo vendido en París en 1865.

LA DISPUTA DEL SACRAMENTO (de la Eucaristía), de Rafael


La Disputa del Sacramento (de la Eucaristia) 1509-1510
Rafael Sanzio (1483-1520)
Fresco 
Renacimiento italiano
Museo Vaticano

Este fresco fue el primero realizado por Rafael a su llegada a Roma. El título de la obra no se corresponde exactamente con el tema, siendo más apropiado el Triunfo de la Eucaristía. El pintor ha organizado una composición protagonizada por la simetría y la perspectiva lineal, tomando como centro la Sagrada Forma ubicada sobre el altar. Hacia allí convergen las líneas de fuga del embaldosado suelo y las diferentes figuras del espacio terrenal. 

La composición se organiza en torno a dos hemiciclos poblados por multitud de personajes, haciendo una separación entre la superficie terrenal y la celestial, acentuada a través de las tonalidades empleadas en una y otra zona. El espacio superior está presidido por la Trinidad con Dios Padre, Cristo y el Espíritu Santo sobre la Sagrada Forma. A la derecha de Cristo encontramos a la Virgen, Jeremías, san Esteban, David, san Juan Evangelista, Adán y san Pedro mientras que a la izquierda aparecen san Juan Bautista, Judas Macabeo, san Lorenzo, Moisés, san Mateo, Abraham y san Pablo. 

En la zona terrestre han sido identificados algunos personajes como Bramante -apoyado en la balaustrada-, Francesco Maria della Rovere -el joven que se dirige al espectador-, san Gregorio Magno con el rostro de Julio II, san Jerónimo, san Ambrosio, san Agustín, san Buenaventura, Dante -coronado con laurel- o Savonarola -semioculto con un capuchón negro-. Las figuras se ubican alrededor del altar permitiendo su contemplación, creando una estructura ascendente gracias a las gradas. 

Tras ellos, en la zona de la derecha encontramos un enorme bloque de piedra que alude a la construcción de la basílica vaticana. Las influencias en Rafael son perceptibles mostrando ecos de Leonardo y Fra Bartolomeo aunque resulta personal en su deseo de dotar de vida y expresividad a cada uno de sus personajes, mostrando las diferentes actitudes humanas en un momento de cierta tensión. 

Sanzio va abandonando el estilo florentino para convertirse en un pintor romano dotando a sus personajes de elegancia clásica y un acentuado y brillante colorido resultando una obra de inolvidable belleza.

TRIUNFO DE LA EUCARISTÍA SOBRE LA IDOLATRÍA, por Peter Paul Rubens


Triunfo de la Eucaristía sobre la Idolatría 1625-1626
Rubens, Pedro Pablo
Óleo sobre tabla
86,5 cm x 105,5 cm
Escuela flamenca
Museo del Prado, Madrid, España

PROCESIÓN DEL CORPUS CHRISTI, de Basilio de Santa Cruz


Procesión del Corpus Christi
Basilio de Santa Cruz Pumacallao

Basilio de Santa Cruz Pumacallao fue un pintor indígena quechua cuya carrera comenzó hacia 1661. Retratista y pintor religioso de gran talento. Gran exponente de la escuela cuzqueña de pintura.

jueves, 16 de mayo de 2013

ARTE: La visión de san Pascual Bailón, por Giovanni Batista Tiepolo

La visión de san Pascual Bailón (1767-1769)
Giovanni Batista Tiepolo
Óleo sobre lienzo
Museo del Prado

San Pascual Bailón junto al ángel portador de la Eucaristía formaba parte del lienzo que decoraba el altar mayor de la iglesia del convento de San Pascual en Aranjuez, encargado a Tiépolo tras finalizar la decoración de los techos del Palacio Real de Madrid.

La visión se produjo cuando Pascual trabajaba en el huerto del convento. En la pintura se observa una valla roja tras él y los aperos de labranza. La luz sobrenatural envuelve al santo. Tiépolo muestra detalles como el cordón, la medalla con el crucifijo o los pliegues del hábito, siguiendo a su pintor preferido, el Veronés.

San Pascual Bailón adorando la Eucaristía, por Bernardo López Piquer

San Pascual Bailón adorando la Eucaristía
Bernardo López Piquer (1799-1874)
Óleo

jueves, 7 de junio de 2012

Solemnidad del Corpus Christi (del Cuerpo y de la Sangre de Cristo), B

Éxodo 24,3-8
Salmo 115,12-13.15-18
Hebreos 9,11-15
Marcos 14,12-16.22-26

 
Éxodo 24,3-8

En aquellos días, Moisés bajó del monte Sinaí y refirió al pueblo todo lo que el Señor le había dicho y los mandamientos que le había dado. Y el pueblo contestó a una voz: "Haremos todo lo que dice el Señor". Moisés puso por escrito todas las palabras del Señor. Se levantó temprano, construyó un altar al pie del monte y puso al lado del altar doce piedras conmemorativas, en representación de las doce tribus de Israel. Después mandó a algunos jóvenes israelitas a ofrecer holocaustos e inmolar novillos, como sacrificios pacíficos en honor del Señor. Tomó la mitad de la sangre, la puso en vasijas y derramó sobre el altar la otra mitad. Entonces tomó el libro de la alianza y lo leyó al pueblo, y el pueblo respondió: "Obedeceremos. Haremos todo lo que manda el Señor". Luego Moisés roció al pueblo con la sangre, diciendo: "Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha hecho con ustedes, conforme a las palabras que han oído".

Salmo 115,12-13.15-18: Levantaré el cáliz de la salvación.

¿Cómo le pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Levantaré el cáliz de salvación
e invocaré el nombre del Señor.
R. Levantaré el cáliz de la salvación.

A los ojos del Señor es muy penoso
que mueran sus amigos.
De la muerte, Señor, me has librado, a mí,
tu esclavo e hijo de tu esclava.
R. Levantaré el cáliz de la salvación.

Te ofreceré con gratitud un sacrificio
e invocaré tu nombre.
Cumpliré mis promesas al Señor
ante todo su pueblo.
R. Levantaré el cáliz de la salvación.

Hebreos 9,11-15

Hermanos: Cuando Cristo se presentó como sumo sacerdote que nos obtiene los bienes definitivos, penetró una sola vez y para siempre en el "lugar santísimo", a través de una tienda, que no estaba hecha por mano de hombres, ni pertenecía a esta creación. No llevó consigo sangre de animales, sino su propia sangre, con la cual nos obtuvo una redención eterna. Porque si la sangre de los machos cabríos y de los becerros y las cenizas de una ternera, cuando se esparcían sobre los impuros, eran capaces de conferir a los israelitas una pureza legal, meramente exterior, ¡cuánto más la sangre de Cristo purificará nuestra conciencia de todo pecado, a fin de que demos culto al Dios vivo, ya que a impulsos del Espíritu Santo, se ofreció a sí mismo como sacrificio inmaculado a Dios, y así podrá purificar nuestra conciencia de las obras que conducen a la muerte, para servir al Dios vivo! Por eso, Cristo es el mediador de una alianza nueva. Con su muerte hizo que fueran perdonados los delitos cometidos durante la antigua alianza, para que los llamados por Dios pudieran recibir la herencia eterna que él les había prometido.

Marcos 14,12-16.22-26

El primer día de la fiesta de los panes Azimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le preguntaron a Jesús sus discípulos: "¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?" El les dijo a dos de ellos: "Vayan a la ciudad. Encontrarán a un hombre que lleva un cántaro de agua; síganlo y díganle al dueño de la casa en donde entre: ‘El Maestro manda preguntar: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?’ El les enseñará una sala en el segundo piso, arreglada con divanes. Prepárennos allí la cena". Los discípulos se fueron, llegaron a la ciudad, encontraron lo que Jesús les había dicho y prepararon la cena de Pascua. Mientras cenaban, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a sus discípulos, diciendo: "Tomen: esto es mi cuerpo". Y tomando en sus manos una copa de vino, pronunció la acción de gracias, se la dio, todos bebieron y les dijo: "Esta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos. Yo les aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios". Después de cantar el himno, salieron hacia el monte de los Olivos.

Comentario de Mons. Francisco Gonzalez, S.F.
Obispo Auxiliar de Washington, D.C.

Celebramos este domingo la solemnidad del "Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo". Esta fiesta me trae muchos recuerdos de aquella procesión que hacíamos en mi pueblo, en la que casi siempre me tocaba hacer de turiferario y que durante todo el trayecto de la misma caminaba, hacia atrás para poder incensar continuamente el Santísimo que el párroco, bajo palio, llevaba en la custodia.

Aquí en Estados Unidos, he tenido el privilegio de llevar el Santísimo, alternando con otros sacerdotes, por algunas calles de Washington y la grata sorpresa de ver que las personas con las que nos cruzamos, algunos, se arrodillaban en la misma acera mientras la procesión y, otros se santiguaban. La fe y el respeto todavía siguen vivos en medio de nuestro pueblo.

En la primera lectura vemos una alianza más de Dios con el pueblo. Las anteriores habían sido con Noé y con Abrahan. Ahora en el Sinaí, Moisés presenta al pueblo la ley que ha recibido de Dios y ellos proclaman su compromiso de "cumplir con todo lo que ha dicho el Señor". Como señal del compromiso, levantan un altar, colocan doce piedras (representan la totalidad del pueblo) y ofrecen sacrificios, cuya sangre derramada sobre los presentes sella la alianza.

Otra sangre (segunda lectura), la del verdadero Sumo Sacerdote, que no sacrifica animales expiatorios, sino a sí mismo, consigue rescatarnos para siempre y establece la nueva alianza y, sobre todo, "nos purifica interiormente de nuestras obras malas para que en adelante sirvamos al Dios que vive".

Jesús derrama toda su sangre por nosotros y, otros muchos, antes y ahora que le han imitado en el sacrificio reclaman el compromiso de todo cristiano a una profunda alianza con el Dios que nos salva y con el hermano que nos necesita. Hoy, al celebrar y honrar el "Cuerpo de Cristo", no podemos olvidar que también podemos extender la expresión "Cuerpo de Cristo" a su Palabra, a su Iglesia, y a todos esos necesitados de ropa, comida, bebida, libertad, patria y salud (Mt. 25, 41-45) y darles, como a "Cuerpo de Cristo" todo ese respeto y ayuda que se merecen.

En el evangelio nos encontramos con el relato que Marcos hace de la preparación y del rito de la cena. En la preparación parece que se nos quiere hacer recordar el Éxodo de Egipto, la Pascua con la que se conmemora aquella salvación de los marcados con la sangre del cordero. Ahora hay un nuevo cordero, hay una nueva sangre, hay una nueva alianza, hay una nueva vida.

El Banquete Eucarístico no se puede tomar impunemente, no se puede celebrar la Eucaristía, la Cena del Señor, sin el darnos a los demás. No se puede separar la Eucaristía y nuestra vivencia de la fe. La celebración de la Eucaristía nunca termina, pues trae consigo la misión, la misión de servir a los demás, de convertirse en alimento para los demás. Las palabras del Señor: "Haced ésto en memoria mía", no se refiere simplemente al rito, sino también comprende la actitud, o sea en hacer lo que Cristo hizo y como él lo hizo.

La celebración del, como decíamos antes, Corpus Christi, es una gran oportunidad para proclamar públicamente nuestra fe, para reconocer nuestros pecados, para reconciliarnos con los hermanos, y convertirnos en pueblo eucarístico, en pueblo agradecido y comprometido con la paz, la justicia, la fraternidad y el respeto.

sábado, 25 de junio de 2011

HOMILIA DEL PAPA EN LA PROCESION DEL CORPUS CHRISTI

¡Queridos hermanos y hermanas!

La fiesta del Corpus Domini es inseparable a la del Jueves Santo, de la Misa de Caena Domini, en la que celebramos solemnemente la institución de la Eucaristía. Mientras que en la noche del Jueves Santo se revive el misterio de Cristo que se ofrece a nosotros en el pan partido o en el vino derramado, hoy, en la celebración del Corpus Domini, este misterio se ofrece a la adoración y a la meditación del Pueblo de Dios, y el Santísimo Sacramento es llevado en procesión por las calles de las ciudades y de los pueblos, para manifestar que Cristo resucitado camina en medio de nosotros y nos guía hacia el Reino de los Cielos.

Lo que Jesús nos ha dado en la intimidad del Cenáculo, hoy lo manifestamos abiertamente, porque el amor de Cristo no está reservado a algunos pocos, sino que está destinado a todos. En la Misa en Caena Domini del pasado Jueves Santo destaqué que en la Eucaristía sucede la transformación de los dones de esta tierra -el pan y el vino- con el fin de transformar nuestra vida e inaugurar así la transformación del mundo. Esta tarde quisiera retomar este perspectiva.

Todo parte, se podría decir, del corazón de Cristo, que en la Última Cena, en la vigilia de su pasión, agradeció y alabó a Dios y, de esta manera, con la potencia de su amor, transformó el sentido de la muerte a la que iba a enfrentarse.

El hecho de que el Sacramento del altar haya asumido el nombre de “Eucaristía” -“acción de gracias”- expresa esto: que la transformación de la sustancia del pan y del vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo, es fruto del don que Cristo ha hecho de sí mismo, don de un Amor más fuerte que la muerte, Amor Divino que lo ha hecho resucitar de entre los muertos. Esta es la razón por la que la Eucaristía es alimento de vida eterna, Pan de la vida. Del corazón de Cristo, desde su “oración eucarística” hasta la vigilia de la pasión, viene este dinamismo que transforma la realidad en sus dimensiones cósmicas, humanas e históricas. Todo procede de Dios, de la omnipotencia de su Amor Uno y Trino, encarnado en Jesús. En este Amor está inmerso el corazón de Cristo; por esto sabe agradecer y alabar a Dios incluso frente a la traición y a la violencia, y en este modo cambia las cosas, las personas y el mundo.

Esta transformación es posible gracias a una comunión más fuerte que la división, la comunión de Dios mismo. La palabra “comunión”, que nosotros usamos para designar la Eucaristía, reasume en sí mismo la dimensión vertical y la horizontal del don de Cristo. Es muy bella y elocuente la expresión “recibir la comunión” referida al hecho de comer el Pan eucarístico. Cuando realizamos este acto, entramos en comunión con la vida misma de Jesús, en el dinamismo de esta vida que se da a nosotros y por nosotros.

Desde Dios, a través de Jesús, hasta llegar a nosotros: una única comunión se transmite en la Santa Eucaristía. Lo hemos escuchado hace poco, en la Segunda Lectura, de las palabras del apóstol Pablo dirigidas a los cristianos de Corinto: “ La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan.(1 Cor 10,16-17).

San Agustín nos ayuda a comprender la dinámica de la comunión eucarística cuando hace referencia a una especie de visión que tuvo, en la que Jesús le dice: “Yo soy el alimento de los fuertes. Crece y me tendrás. Tú no me transformarás en ti, como el alimento del cuerpo, sino que será tú el transformado en mí” (Conf. VII, 10, 18).

Mientras que el alimento corporal es asimilado por nuestro organismo y contribuye a su sustento, en el caso de la Eucaristía se trata de un Pan diferente: no somos nosotros los que lo asimilamos, sino que nos asimila a sí, así nos convertimos conforme a Jesucristo, miembros de su cuerpo, una sola cosa con Él. Esta fase es decisiva. De hecho, exactamente porque es Cristo el que, en la comunión eucarística, nos transforma a sí, nuestra individualidad , en este encuentro, se abre, liberada de su egocentrismo y inscrita en la Persona de Jesús, que a su vez está inmerso en la comunión trinitaria.

Así la eucaristía, mientras que nos une a Cristo, nos abre a los demás, nos hace miembros los unos de los otros: ya no estamos divididos, sino que somo una sola cosa en Él. La comunión eucarística me une a la persona que tengo al lado, y con la que, quizás, ni siquiera tengo una buena relación, y también nos une a los hermanos que están lejos, en todas las partes del mundo. De aquí, de la Eucaristía, deriva, por tanto, el sentido profundo de la presencia social de la Iglesia, como testifican los grandes Santos sociales, que fueron siempre grandes almas eucarísticas.

Quien reconoce a Jesús en la Hostia Santa, lo reconoce en el hermano que sufre, que tiene hambre y sed, que es forastero, desnudo, enfermo, encarcelado; y está atento a todas las personas, se compromete, de modo concreto, por todos los que tienen necesidad.

Del don del amor de Cristo proviene, por tanto, nuestra especial responsabilidad de cristianos en la construcción de una sociedad solidaria, justa y fraterna. Especialmente en nuestra época, en la que la globalización nos hace, cada vez más, dependientes los unos de los otros, el Cristianismo puede y debe hacer que esta unidad no se construya sin Dios, es decir, si en el Verdadero Amor, lo que daría lugar a la confusión, al individualismo, y la opresión de todos contra todos.

El Evangelio mira desde siempre a la unidad de la familia humana, una unidad no impuesta por las alturas, ni por intereses ideológico o económicos, sino a partir del sentido de responsabilidad de los unos hacia los otros, porque nos reconocemos miembros de un mismo cuerpo, del cuerpo de Cristo, porque hemos aprendido y aprendemos constantemente por el Sacramento del Altar que la comunión, el amor es la vía de la verdadera justicia.

Volvemos ahora al acto de Jesús en la Última Cena. ¿Qué sucedió en ese momento? Cuando Él dijo: Este es mi cuerpo que he dado por vosotros, esta es mi sangre derramada por vosotros y por todos los hombres, ¿Qué sucede? Jesús en este gesto anticipa el suceso del Calvario. Él acepta por amor toda la pasión, con su sufrimiento y su violencia, hasta la muerte de cruz; aceptándola de este modo, la transforma en una acto de donación.

Esta es la transformación que el mundo necesita, porque lo redime desde el interior, lo abre a las dimensiones del Reino de los cielos.. Pero esta renovación del mundo, Dios quiere realizarla siempre a través de la misma vía seguida por Cristo, este camino, que es Él mismo. No hay nada de mágico en el Cristianismo. No hay atajos, sino que todo pasa a través de la lógica humilde y paciente de la semilla de grano que se parte para dar la vida, la lógica de la fe que mueve las montañas con el suave poder de Dios. Por esto quiere continuar renovando la humanidad, la historia y el cosmos, a través de esta cadena de transformaciones, de la que la Eucaristía es el sacramento. Mediante el pan y el vino consagrados, en los que están realmente presentes su Cuerpo y su Sangre, Cristo nos transforma, asimilándonos a Él: nos implica en su obra de redención, haciéndonos capaces, por la gracia del Espíritu Santo, de vivir según su misma lógica de donación, como semillas de grano unidos a Él y en Él. Así se siembran y van madurando en los surcos de la historia, la unidad y la paz, que son el fin al que tendemos, según el diseño de Dios.

Sin ilusiones, sin utopías ideológicas, nosotros caminamos por los caminos del mundo, llevando dentro de nosotros el Cuerpo del Señor, como la Virgen María en el misterio de la Visitación. Con la humildad de sabernos simples semillas de grano, custodiamos la firme certeza de que el amor de Dios, encarnado en Cristo, es más fuerte que el mal, que la violencia y que la muerte.

Sabemos que Dios prepara para todos los hombres, cielos nuevos y tierra nueva, en la que reinan la paz y la justicia, y en la fe entrevemos el mundo nuevo, que es nuestra verdadera patria. También esta tarde, mientras se pone el sol sobre nuestra amada ciudad de Roma, nosotros nos ponemos en camino: con nosotros está Jesús Eucaristía, el Resucitado, que dijo “yo estaré siempre con vosotros hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).

¡Gracias, Señor Jesús! Gracias por tu fidelidad, que sostiene nuestra esperanza. Quédate con nosotros, porque se hace de noche. Buen Pastor, verdadero Pan, ¡Oh Jesús! ¡Piedad de nosotros; aliméntanos, defiéndenos, llévanos a los bienes eternos, en la tierra de los vivos! Amén.