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martes, 1 de noviembre de 2022

La devoción a los santos nace alrededor de las tumbas de los mártires



“Estos que visten estolas blancas,
¿quiénes son y de dónde han venido…?
Éstos son los que vienen de la gran tribulación
y han lavado sus estolas y las han blanqueado
en la sangre del Cordero.
Por eso están ante el trono de Dios,
y le adoran día y noche en su templo.”
(Apocalipsis 7,13-15)

HONOR Y RESPETO A LOS DIFUNTOS

La Iglesia Católica, ya desde la época de los primeros cristianos, ha rodeado a los muertos de una atmósfera de respeto sagrado. Esto y las honras fúnebres que siempre les ha tributado permiten hablar de un cierto culto a los difuntos: culto no en el sentido teológico estricto, sino entendido como un amplio honor y respeto sagrados hacia los difuntos por parte de quienes tienen fe en la resurrección de la carne y en la vida futura.

El cristianismo en sus primeros siglos no rechazó el culto para con los difuntos de las antiguas civilizaciones, sino que lo consolidó, previa purificación, dándole su verdadero sentido trascendente, a la luz del conocimiento de la inmortalidad del alma y del dogma de la resurrección; puesto que el cuerpo —que durante la vida es “templo del Espíritu Santo” y “miembro de Cristo” (1 Cor 6,15) y cuyo destino definitivo es la transformación espiritual en la resurrección— siempre ha sido, a los ojos de los cristianos, tan digno de respeto y veneración como las cosas más santas.

Este respeto  se ha manifestado, en primer lugar, en el modo mismo de enterrar los cadáveres.

Vemos que a imitación de lo que hicieron con el Señor José de Arimatea, Nicodemo y las piadosas mujeres, los cadáveres eran con frecuencia lavados, ungidos, envueltos en vendas impregnadas en aromas, y así colocados cuidadosamente en el sepulcro.

En las actas del martirio de San Pancracio se dice que el santo mártir fue enterrado “después de ser ungido con perfumes y envuelto en riquísimos lienzos”; y el cuerpo de Santa Cecilia apareció en 1599, al ser abierta el arca de ciprés que lo encerraba, vestido con riquísimas ropas.

Pero no sólo esta esmerada preparación del cadáver es un signo de la piedad y culto profesados por los cristianos a los difuntos, también la sepultura material es una expresión elocuente de estos mismos sentimientos. Esto se ve claro especialmente en la veneración que desde la época de los primeros cristianos se profesó hacia los sepulcros: se esparcían flores sobre ellos y se hacían libaciones de perfumes sobre las tumbas de los seres queridos.

LAS CATACUMBAS

En la primera mitad del siglo segundo, después de tener algunas concesiones y donaciones, los cristianos empezaron a enterrar a sus muertos bajo tierra. Y así comenzaron las catacumbas. Muchas de ellas se excavaron y se ampliaron alrededor de los sepulcros de familias cuyos propietarios, recién convertidos, no los reservaron sólo para los suyos, sino que los abrieron a sus hermanos en la fe.

Andando el tiempo, las áreas funerarias se ensancharon, a veces por iniciativa de la misma Iglesia. Es típico el caso de las catacumbas de San Calixto: la Iglesia asumió directamente su administración y organización, con carácter comunitario.

Con el edicto de Milán, promulgado por los emperadores Constantino y Licinio en febrero del año 313, los cristianos dejaron de sufrir persecución. Podían profesar su fe libremente, construir lugares de culto e iglesias dentro y fuera de las murallas de la ciudad y comprar lotes de tierra sin peligro de que se les confiscasen.

Sin embargo, las catacumbas siguieron funcionando como cementerios regulares hasta el principio del siglo V, cuando la Iglesia volvió a enterrar exclusivamente en la superficie y en las basílicas dedicadas a mártires importantes.

Pero la veneración de los fieles se centró de modo particular en las tumbas de los mártires; en realidad fue en torno a ellas donde nació el culto a los santos. Sin embargo, este culto especialísimo a los mártires no suprimió la veneración profesada a los muertos en general. Más bien podría decirse que, de alguna manera, quedó realzada.

En la mente de los primeros cristianos, el mártir, víctima de su fidelidad inquebrantable a Cristo, formaba parte de las filas de los amigos de Dios, de cuya visión beatifica gozaba desde el momento mismo de su muerte: ¿qué mejores protectores que estos amigos de Dios? Los fieles así lo entendieron y tuvieron siempre como un altísimo honor el reposar después de su muerte cerca del cuerpo de algunos de estos mártires, hecho que recibió el nombre de sepultura ad sanctos.

Por su parte, los vivos estaban también convencidos de que ningún homenaje hacia sus difuntos podía equipararse al de enterrarlos al abrigo de la protección de los mártires. Consideraban que con ello quedaba asegurada no sólo la inviolabilidad del sepulcro y la garantía del reposo del difunto, sino también una mayor y más eficaz intercesión y ayuda del santo.

Así fue como las basílicas e iglesias, en general, llegaron a constituirse en verdaderos cementerios, lo que pronto obligó a las autoridades eclesiásticas a poner un límite a las sepulturas en las mismas.

FUNERALES Y SEPULTURA

Pero esto en nada afectó al sentimiento de profundo respeto y veneración que la Iglesia profesaba y siguió profesando a sus hijos difuntos. De ahí que a pesar de las prohibiciones a que se vio obligada para evitar abusos, permaneció firme en su voluntad de honrarlos. Y así se estableció que, antes de ser enterrado, el cadáver fuese llevado a la Iglesia y, colocado delante del altar, fuese celebrada la Santa Misa en sufragio suyo.

Esta práctica, ya casi común hacia finales del s. IV y de la que San Agustín nos da un testimonio claro al relatar los funerales de su madre Santa Mónica en sus Confesiones, se ha mantenido hasta nuestros días.

San Agustín también explicaba a los cristianos de sus días cómo los honores externos no reportarían ningún beneficio ni honra a los muertos si no iban acompañados de los honores espirituales de la oración: “Sin estas oraciones, inspiradas en la fe y la piedad hacia los difuntos, creo que de nada serviría a sus almas el que sus cuerpos privados de vida fuesen depositados en un lugar santo. Siendo así, convenzámonos de que sólo podemos favorecer a los difuntos si ofrecemos por ellos el sacrificio del altar, de la plegaria o de la limosna” (De cura pro mortuis gerenda, 3 y 4).

Comprendiéndolo así, la Iglesia, que siempre tuvo la preocupación de dar digna sepultura a los cadáveres de sus hijos, brindó para honrarlos lo mejor de sus depósitos espirituales. Depositaria de los méritos redentores de Cristo, quiso aplicárselos a sus difuntos, tomando por práctica ofrecer en determinados días sobre sus tumbas lo que tan hermosamente llamó San Agustín sacrificium pretii nostri, el sacrifico de nuestro rescate.

Ya en tiempos de San Ignacio de Antioquia y de San Policarpo se habla de esto como de algo fundado en la tradición. Pero también aquí el uso degeneró en abuso, y la autoridad eclesiástica hubo de intervenir para atajarlo y reducirlo. Así se determinó que la Misa sólo se celebrase sobre los sepulcros de los mártires.

LOS DIFUNTOS EN LA LITURGIA

Por otra parte, ya desde el s. III es cosa común a todas las liturgias la memoria de los difuntos. Es decir, que además de algunas Misas especiales que se ofrecían por ellos junto a las tumbas, en todas las demás sinaxis eucarísticas se hacía, como se sigue haciendo todavía, memoria —memento— de los difuntos. Este mismo espíritu de afecto y ternura alienta a todas las oraciones y ceremonias del maravilloso rito de las exequias.

La Iglesia hoy en día recuerda de manera especial a sus hijos difuntos durante el mes de noviembre, en el que destacan la “Conmemoración de todos los Fieles Difuntos”, el día 2 de noviembre, especialmente dedicada a su recuerdo y el sufragio por sus almas; y la “Festividad de todos los Santos”, el día 1 de ese mes, en que se celebra la llegada al cielo de todos aquellos santos que, sin haber adquirido fama por su santidad en esta vida, alcanzaron el premio eterno, entre los que se encuentran la inmensa mayoría de los primeros cristianos.

Fuente: primeroscristianos.com

viernes, 7 de octubre de 2022

Breve historia de la devoción del Rosario

Bartolomé Estebán Murillo
La Virgen presentando el rosario a Santo Domingo


El origen del rosario, aunque no como es conocido hoy, se remonta al siglo IX. En la observancia monástica era normal que algunas personas rezasen el Ave María durante la lectura de los 150 salmos en la Liturgia de las Horas. Las personas que no sabían leer se limitaban a rezar 150 avemarías (conocido como el «salterio de la Virgen»).

Domingo de Guzmán (siglo XIII)

En 1208 María se apareció a santo Domingo de Guzmán en la capilla del monasterio de Prouille, Francia. Era un momento difícil para Domingo en sus intentos de evangelizar a los albigenses y rogaba a la Madre de Dios que le ayudara en esa batalla.

En su aparición a Domingo de Guzmán, María portaba un rosario en sus manos que le enseñó a rezar, pidiéndole que difundiera esta devoción con la promesa de que sería una fuente de bendiciones sobre todo en la conversión de los pecadores.

Domingo enseñó esta devoción, entre otros, a Simón de Monfort y a sus soldados, que se preparaban para combatir en Muret. La tropa rezó el rosario y obtuvo una espectacular victoria. Para conmemorar esta victoria, que Simón consideró obra de la Virgen del Rosario, erigió una capilla dedicada a Nuestra Señora del Rosario.

Beato Alain de la Roche (siglo XV)

Domingo propagó esta devoción y fue testigo de muchas conversiones. Después de su muerte, los dominicos continuaron esta misión pero aunque la oración fue acogida y rezada durante un siglo, después decayó.

María volvió a aparecerse en el siglo XV al beato dominico bretón Alain de la Roche reiterando las promesas –quince en total– que había hecho a Domingo. Le pidió que recuperase la tradición de rezar el rosario pidiendo que se añadiera la meditación sobre la vida, muerte y Pasión de su Hijo. A través del beato Alain de la Roche esta devoción volvió a popularizarse.

Pío V

En el siglo XVI, san Pío V instauró su fecha el 7 de octubre, aniversario de la victoria de la Batalla de Lepanto, donde los cristianos derrotaron a los turcos, denominándola Nuestra Señora de las Victorias; además, agregó a la letanía de la Virgen el título de Auxilio de los Cristianos.

Rosario significa “corona de rosas y, tal como lo definió el propio Pío V, “es un modo piadosísimo de oración, al alcance de todos, que consiste en ir repitiendo el saludo que el ángel le dio a María; interponiendo un Padrenuestro entre cada diez Avemarías y tratando de ir meditando mientras tanto en la Vida de Nuestro Señor".

Su sucesor, Gregorio XIII, cambió el nombre de Ntra. Sra. de la Victorias al de Nuestra Señora del Rosario. A causa de la victoria en la batalla de Temesvár en 1716, atribuida por Clemente XI a la Virgen del Rosario, el Papa ordenó que su fiesta se celebrase en toda la Iglesia.

León XIII

León XIII, cuya devoción por esta advocación hizo que fuera apodado el Papa del Rosario, escribió unas encíclicas referentes al rosario, consagró el mes de octubre al rosario e incluyó el título de Reina de Santísimo Rosario en la letanía de la Virgen.

Tanto la Virgen de Lourdes en su aparición de 1858, y de Fátima en 1917, pidieron a sus videntes que rezasen el rosario. Gran parte de los papas del siglo XX fueron devotos de esta advocación.

“La familia que reza unida, permanece unida”

En las primeras décadas del siglo XX el rezo del rosario recibió un nuevo impulso gracias al P. Patrick Peyton, quien convencido de haber sanado de su enfermedad gracias a María, no dudó en llevar a cabo su cruzada en pro del rosario haciendo de este lema «la familia que reza unida, permanece unida» un instrumento de reconciliación.

Juan Pablo II

Juan Pablo II manifestó en 1978 que el rosario era su oración preferida. Fue él quien añadió los misterios luminosos al rezo del Santo Rosario. En su Carta Apostólica “Rosarium Virginis Mariae” escribió que este rezo mariano “en su sencillez y profundidad, sigue siendo en este tercer Milenio una oración de gran significado, destinada a producir frutos de santidad”.


jueves, 28 de noviembre de 2013

La Alegría del Evangelio, n. 70: Sobre la piedad popular

La Alegría del Evangelio 
(Exhortación Apostólica del papa Francisco)
24 de noviembre, 2013

También es cierto que a veces el acento, más que en el impulso de la piedad cristiana, se coloca en formas exteriores de tradiciones de ciertos grupos, o en supuestas revelaciones privadas que se absolutizan. Hay cierto cristianismo de devociones, propio de una vivencia individual y sentimental de la fe, que en realidad no responde a una auténtica «piedad popular». Algunos promueven estas expresiones sin preocuparse por la promoción social y la formación de los fieles, y en ciertos casos lo hacen para obtener beneficios económicos o algún poder sobre los demás. Tampoco podemos ignorar que en las últimas décadas se ha producido una ruptura en la transmisión generacional de la fe cristiana en el pueblo católico. Es innegable que muchos se sienten desencantados y dejan de identificarse con la tradición católica, que son más los padres que no bautizan a sus hijos y no les enseñan a rezar, y que hay un cierto éxodo hacia otras comunidades de fe. Algunas causas de esta ruptura son: la falta de espacios de diálogo familiar, la influencia de los medios de comunicación, el subjetivismo relativista, el consumismo desenfrenado que alienta el mercado, la falta de acompañamiento pastoral a los más pobres, la ausencia de una acogida cordial en nuestras instituciones, y nuestra dificultad para recrear la adhesión mística de la fe en un escenario religioso plural.

viernes, 12 de marzo de 2010

LA DEVOCION A SAN JOSE

Primera reflexion teologica

Encontramos huellas de la reflexion teologica sobre san Jose desde los primeros siglos del cristianismo.

En el siglo II hablan de san Jose: san Ignacio de Antioquia, san Justino, san Ireneo.

En el siglo III hablan de san Jose: Tertuliano, san Clemente de Alejandria, san Hipolito de Roma, Origenes, Julio de Africa.

En el siglo IV hablan de san Jose: Eusebio de Cesarea, san Efren, san Basilio, san Cirilo de Alejandria, san Ambrosio, san Jeronimo, san Agustin, Pedro Crisologo.

Durante estos primeros siglos, la reflexion sobre san Jose gira en torno a estas preguntas:
- Cual es la funcion de san Jose en la Sagrada Familia?
- De que modo podemos decir que san Jose fue padre de Jesus?
- De que modo podemos decir que san Jose fue esposo de Maria?

Surge la devocion

El primer surgimiento de la devocion a san Jose surge entre los siglos XII y XV, principalmente debido al interes que ha vuelto a despertar la humanidad de Cristo. En el siglo XII hablan de san Jose: san Bernardo de Claraval, san Buenaventura, santo Tomas de Aquino.

El papa Sixto IV incluyo la fiesta de san Jose en el calendario romano hacia 1479.

Durante los siglos XV y XVI sigue creciendo la devocion a san Jose con los primeros trabajos dedicados enteramente a su persona.

En 1870, el papa Pio IX proclama a san Jose patrono de la Iglesia Universal, fijandose la fiesta el 19 de marzo.

En 1889, el papa Leon XIII proclama la enciclica Quamquam Pluries, en la cual se desarrollan los motivos que fundamentan la proclamacion de san Jose como Patrono de la Iglesia.

El teologo cardenal Alessio Maria Lepicier compone las letanias de san Jose, a instancias del Papa Pio X.

En 1950, el papa Pio XII fija el 1 de mayo como la fiesta de san Jose obrero.

En 1961, el papa Juan XXIII proclama a san Jose patrono del Concilio Ecumenico Vaticano II.

En 1989, el papa Juan Pablo II, publica la exhortacion apostolica Redemptoris Custos.