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martes, 23 de noviembre de 2010

Desideria: La Santidad (III), por la M. Maria Dolors Gaja

Una de las definiciones que más me gusta de santidad es la del Cardenal Newman: llegar a ser lo que somos en verdad.

La naturaleza nos da la primera lección de coherencia: de un perro nacen perritos y un manzano da manzanas. Una jirafa tiene jirafitas y una gallina, pollitos. Si de verdad nos creemos que somos hijos de Dios…seamos consecuentes. Porque ¿Qué Dios es santo como nuestro Dios? Dios nuestro Padre es Santo. Y la belleza del mundo, que culmina en la persona, es resplandor de esa santidad.

La santidad no es una carga, una obligación, un esfuerzo ímprobo que Dios nos impone. Parece mentira que hayan cuajado expresiones como “no soy un santo” y cosas por el estilo. Lo decimos y escuchamos con cara sonriente. La santidad es la esencia de Dios- su nombre es Santo, dice María- y cuando nos indica que debemos ser santos nos dice que nos lega una preciosa herencia: su talante, su manera de ser, su manera de mirar el mundo y las personas…eso es ser santo!

Del mismo modo que cada padre desea transmitir a su hijo, junto con la vida, lo mejor de él, Dios, que es santo, quiere darnos su santidad. Pero mientras que un padre y una madre transmiten lo que tienen, no lo que son, Dios, por el contrario, nos transmite también lo que es. Nuestra tarea es “asumirlo”, agradecerlo, preservarlo y compartirlo. ¿Podemos renegar del ADN que Dios nos ha transmitido? Charles Péguy decía que "la única desgracia irreparable en la vida es la de no ser santos". Es una especie de automutilación. Podemos fracasar en nuestras vidas en muchas cosas. Pero no deberíamos dañarnos, es decir, no deberíamos dejar de ser santos.

Existe una santidad que hemos recibido por el simple hecho de ser hijos de Dios, que explicitamos en el bautismo, y que recibimos continua y gratuitamente; y hay una santidad que debemos aumentar con nuestro esfuerzo. Cuando un padre deja una gran herencia a sus hijos también espera que la acrecienten. Pero yo nada puedo hacer crecer la Santidad de Dios. Se me pide solo que no deje crecer la cizaña, que arranque lo malo para que brille el Bien. Miguel Angel dijo que la escultura es el arte de quitar. Todas las otras artes se practican añadiendo algo: el color sobre la tela, en la pintura; una piedra a otra, en la arquitectura; un sonido a otro, en la música. Sólo la escultura se practica quitando, haciendo caer los pedazos inútiles, para que surja la obra de arte. El escultor no añade nada, sólo quita. Se cuenta de Miguel Angel que un día, paseando por un jardín de Florencia, vio un bloque de mármol informe, abandonado y semienterrado. Se paró de repente, como si hubiese visto a alguien. "En ese bloque- exclamó- está encerrado un ángel; quiero sacarlo". Y agarró el cincel. También Dios nos mira tal como somos, semejantes a aquel bloque de piedra tosco y anguloso y dice: "Ahí dentro hay escondida una criatura maravillosa; está la imagen de mi Hijo. Quiero sacarla a la luz". La Santidad también es el arte de quitar…

“Sed santos, porque yo, Yahveh, vuestro Dios, soy santo” (Lv 19,2).

“Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada” (Ef 5,25-27).

La santidad es una vocación universal. Que Jesús realiza de manera sencilla: «Yo hago siempre lo que le agrada a Él» (Jn 8,29) Porque su voluntad era esencialmente buena se adhiere desde pequeño al sumo Bien. Y es connatural a Él puesto que, además, ha vivido en casa el ejemplo.

La santidad tiene una moneda pequeña: la virtud. En ese sentido la santidad es perceptible y “practicable”. No se trata de algo inalcanzable. Más bien es, o debe ser, el pan de cada día. En realidad la virtud es el patrimonio moral de la persona, lo que nos humaniza, lo que nos define como hombre o mujer plenamente realizado.

San José Manyanet afirma de modo contundente que Nazaret es escuela de virtudes. Por eso en Nazaret se encuentra “lo que quieres y tu corazón desea” (E.N. I,1). Por ser hijos de Dios alienta en nosotros esa “centellica”, como decía Eckart, esa luz divina que nos hace anhelar el bien. Porque no nos reconocemos si no es en la santidad.

¿Qué significa virtud? La palabra viene del latín virtus, que igual que su equivalente griego, areté, significa "cualidad excelente", "disposición habitual a obrar bien en sentido moral". Por decirlo de alguna manera es “tener el vicio de hacer el bien”. Aunque reservamos la palabra vicio para definir el hábito de hacer el mal, hoy en día, popularmente, la palabra vicio se aplica a cualquier cosa de la que uno no puede “desengancharse”: el vicio de comer chicle, de jugar con los dedos mientras atendemos…pues bien, enganchémonos al bien. Claro que la virtud se adquiere por aprendizaje, por eso hablamos de ser un virtuoso de la música, por ejemplo. Salvo excepciones, no se es virtuoso a los siete años porque todo bien requiere paciencia y, sobre todo, voluntad. Ese es el punto clave. La persona que aspira a la virtud es porque su voluntad es la que es buena.

Dios no nos deja sin un camino trillado para alcanzar la santidad. Lo admirable es que Dios reside, con toda Santidad, en una familia. Por eso “atraídos por la exquisita fragancia de vuestras virtudes” (E.N. 1 v1) nos llegamos a Nazaret, escuela de virtudes, escuela de santidad. Hogar y Templo.

Fuente: http://www.vivirennazaret.blogspot.com/

jueves, 4 de noviembre de 2010

Desideria en 1675



















Este libro, publicado por primera vez en 1675, inauguro un nuevo movimiento en Alemania, llamado Pietismo. En ella Philip Jacob Spener, un joven pastor nacido y educado durante la Guerra de los Treinta Años, pide la reforma de la Iglesia. Spener mantuvo una gran amistad durante toda su vida con el filosofo Leibniz y fue padrino de bautismo de Nicholas Zinzendorf, fundador de la iglesia Morava, cuyos miembros influyeron en la vida y espiritualidad de John Wesley, el cual a su vez fue co-fundador con su hermano Charles Wesley de la Iglesia Metodista.

Desideria, por la M. Maria Dolors Gaja, Misionera Hija de la Sagrada Familia de Nazaret



















PIMERA PARTE

Quiero presentaros a Desideria. No basta decir que es una figura inventada por San José Manyanet o que es la protagonista del libro Escuela de Nazaret. Desideria es mucho más porque Desideria, lo sepamos o no, somos todos.

La palabra “deseo”, manchada durante algunos años, ha sido rehabilitada desde la exégesis bíblica y la psicología de más alto nivel. Que es donde se sitúa Desideria.

Hoy existen ya muchos libros que nos hablan de nuestros deseos más profundos, del deseo de Dios y de un Dios deseante. En realidad, la Biblia es la historia de un ardiente deseo, a veces correspondido, a veces desoído y apagado. Pero siempre vivo.

Desideria, esa figura tan manyanetiana, es una mujer y eso me parece interesante. Es verdad que es el trasunto del alma, que propiamente encarna toda alma deseosa de Dios, pero que sea una mujer, tan convertida en “objeto de deseo” a lo largo de los siglos, tan dañada y tan distorsionada, impone una reflexión.

La mujer es espacio natural de recepción y creación de vida. Nuestros deseos, debidamente atendidos, son los que configuran nuestra vida. Los que nos crean y recrean. Dicen que la mujer es frágil pero sabemos cuán fuerte puede llegar a ser. Nuestros deseos de Dios son, a menudo, muy débiles pero basta atenderlos un poco para transfigurar toda nuestra existencia. El deseo de Dios, seguido y saciado, ha sido la única forja de santidad. La mujer también es, en general, más intuitiva. Se habla, con cierta sorna, de la intuición femenina. Ese sexto sentido es un camino para alcanzar a Dios, a quien sólo podemos intuir, vislumbrar…No quiero hacer aquí un elogio de la feminidad pero veremos como Desideria va a necesitar seguir el deseo naciente de Dios, guiarse por cuanto sólo es capaz de intuir y ser creadora de un nuevo ser…en la forja de Nazaret.

Se ha definido el deseo como una atracción hacia algo percibido como bueno. Nuestra experiencia religiosa nos dice que nada hay más bueno que Dios. Desear a Dios no es algo “aparte” de nuestros otros deseos. No se contrapone al deseo familiar, de amistad o de cubrir nuestras necesidades: el hambre, por ejemplo. Pero es la cumbre de todo deseo y orienta los otros. Es Dios quien nos ha constituido seres capaces de relación y en esa “relacionalidad” ha querido incluirse Él. Desde nuestro primer hálito, le deseamos.

En la Bíblia, y especialmente en el A. Testamento, existen muchas imágenes y textos del deseo de Dios:
a Ti elevo mi alma, Sal 24,1
levanto mis ojos a Ti, que habitas en los cielos, Sal 122, 1
mi alma tiene sed de Dios, Sal 41,2;
a Ti anhela mi carne, como tierra árida, sin agua, Sal 62,2b
mi alma te ansía de noche, mi espíritu en mi interior madruga por Ti
oh Dios, tu eres mi Dios, desde la aurora te busco, Sal 62,2a;

La imagen del exilio del Paraíso y de la Tierra prometida así como el Cantar de los Cantares son altos exponentes de ese deseo que cruza el A. Testamento. Pero también los textos que nos narran peregrinaciones a Jerusalén, búsqueda de pastos, migraciones etc., son imagen del deseo que, esencialmente, nos pone en marcha. Porque el deseo se percibe siempre como carencia de un bien y ello nos dinamiza, nos mueve.

Ya hemos visto que el tema del deseo de Dios es inherente a la persona. Es, además, el gran tema de la vida espiritual y a lo largo de la historia se ha tratado desde distintos ángulos y con distintas imágenes, alcanzando en los místicos sus cotas más altas: “¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido?” (San Juan de la Cruz). La vida pues, no es otra cosa que un éxtasis, una salida de sí para unirse al objeto de nuestro deseo más profundo: Dios.

Manyanet trata este tema, ya clásico, con la bella figura de Desideria. Cabría resaltar dos aspectos en esta figura femenina:

El nombre: Nomen est omen. El nombre en la biblia es vocación, augurio de misión, definición de la persona. Manyanet da al paradigma de la vida espiritual el nombre de “deseosa”. Sin deseo de Dios no hay vida en el Espíritu.

Las visitas: Muy en la espiritualidad del siglo XIX y XX, Manyanet recoge la devoción de las “visitas espirituales”, que, en este caso, él aplica a la Sagrada Familia. Algunos hombres de su época escribieron “visitas espirituales” que se hicieron famosas. En el ámbito catalán, al cual Manyanet pertenece, basta recordar la “Visita espiritual a la Mare de Déu de Montserrat” del obispo Torras y Bages.

SEGUNDA PARTE
¿Cómo son las visitas de Desideria?



















A menudo, o por lo menos de vez en cuando, todos hemos hecho alguna visita de cortesía. ¿ Quién no tiene experiencia de cumplir con un compromiso que la vida social nos ha marcado? Son visitas que pesan, que, a veces, se postergan y que, gustosamente, delegaríamos en alguien.

Las visitas de Desideria no son de cortesía y ésta es su primera enseñanza: en la vida espiritual no nos basta con “cumplir” con Dios, con no faltar a lo esencial, con ir a misa y alguna cosa más...

Hay otro tipo de visitas: las que se hacen para acompañar a alguien. Son visitas de amistad, de amor. Visitas que se desean, aunque a veces cuesten, porque nacen de las aguas más profundas del corazón. Con frecuencia hemos visitado un enfermo, un anciano. Hemos estado horas para estar, simplemente, al lado de.

Y hay, también, otro tipo de visitas: las de aprendizaje, aquellas que un alumno aventajado hace al maestro en la intimidad de su casa. Supone un honor que el maestro abra las puertas de su casa a sus alumnos y las experiencias humanas nos relatan cuánto aprendieron en esas tertulias caseras algunos de nuestros personajes más ilustres. Y cómo, insensiblemente, pasaron de alumnos aventajados a discípulos.

En Desideria se cumplen estos dos últimos tipos de visita. Ella se acerca a la Sagrada Familia para aprender y para estar con ellos.

¿Cuál es el proceso? ¿Cómo se inician las visitas? ¿Cómo puedo acercarme yo a la Casa de Nazaret?

La visita responde a “toques interiores” es decir a mociones espirituales por las cuales Dios mismo nos va marcando el camino. Nuestro deseo de Dios nace en Dios mismo: Desideria va a Nazaret “atraída por la exquisita fragancia de vuestras virtudes” ( E.N. I,I ) Dios nos seduce lentamente, nos ata con suaves lazos. Aunque hay en la historia conversiones radicales es más frecuente la lenta transformación. Porque Dios se parece más a un alfarero que a un mago.

Acercarse a Dios supone también el atrevimiento, la “parresía” de los hijos de Dios: perdonad mi atrevimiento (E.N.I,I ) dice en repetidas ocasiones Desideria.

Y toda visita tiene un objeto, un fin; Desideria enumera algunos de estos fines:
La dicha de poder visitaros
Escuchar las palabras de paz y vida eterna
Ofrecer no sólo lo que se tiene y vale, sino el corazón.
Buscar ánimo, aliento y comprensión para mis defectos e ignorancias...

Este proceso supone haber “discernido” mis propios deseos, saber cuáles me producen dicha, paz, qué deseos me humanizan, me llevan a aprender cómo ser más mujer, más hombre de Dios. Supone también saber dónde hallo fortaleza para mi debilidad, aliento para mis desánimos. E implica también acercarse con deseos de ofrecer a Dios lo que soy, mis luces y mis sombras.

A lo largo de las distintas visitas, Desideria se mostrará “ ansiosa, deseosa, agradecida, acostumbrada...y resuelta a poner por obra lo que aprende en Nazaret”.

Para ello, hará falta un grado de intimidad: siéntate cerquita ( E.N. I,I ) le dice Jesús a Desideria. No obstante, para gozar de ese grado de intimidad son necesarias unas condiciones que tanto María como José le recuerdan:

Acercarse con infantil sencillez y confianza
Escuchar con atención y agradecimiento
Guardar diligentemente las divinas palabras en el corazón.
Ser agradecida y fervorosa.
Acrecentar la esperanza
No arredrarse ante las dificultades.
Ser humilde.
Poner en obra cuanto se aprende en las visitas a la Sagrada Familia

Sin embargo, la visita, el encuentro con Jesús, sólo se da si el alma se abandona y se deja guiar por esos “toques interiores” que antes citábamos:

“Por dicha tuya has dado asentimiento a la divina inspiración y te has resuelto a venir a esta nuestra casa que es morada de paz y verdadera alegría. Sí, hija, no temas: aquí se te enseñará y encontrarás lo que quieres y tu corazón desea. (E.N. I,I )

Así que no basta la acción divina. Él necesita que colaboremos activamente en nuestra propia salvación. Pero Manyanet es consciente de que el deseo de Dios puede oscurecerse y hasta apagarse. La vida espiritual es un camino hacia la unificación interior:

“Lo que quieres y tu corazón desea” dice María que podemos hallar en Nazaret. Nos movemos, por tanto, en dos niveles que, en Desideria, ya se han unido: el deseo profundo de Dios está en mí porque Dios mismo lo ha sembrado. Ese anhelo de santidad, esos deseos de ser de Dios, ese deseo de vivir el evangelio en radicalidad... esa es mi verdad más auténtica porque en el fondo nos definimos por lo que deseamos. Pero “lo que quiero”, aquello que tiene como sujeto mi voluntad, mis actos, mis compromisos, mi tiempo... ¿va solidificando, fortaleciendo, haciendo más explícito el deseo sumergido de Dios? ¿Lo que quiero en la vida es exactamente lo que mi corazón desea?

Manyanet constata que con frecuencia vivimos alejados de la santidad a la cual todos hemos sido llamados. Y expone dos causas que reitera a menudo: la distracción y la tibieza. Hoy diríamos, quizá, la superficialidad y la mediocridad. Ambos temas dan para largas reflexiones que no deseo incluir aquí. Retomemos pues el deseo de Dios. Sí, Él lo ha sembrado en nuestro interior pero ¿qué nos hace conscientes de Él? ¿Qué lo despierta?

Todos tenemos la experiencia de haber conocido a personas que desprendían paz interior y gozo sin apenas decir nada. Todos hemos “estado bien” a su lado aunque no hiciéramos ni dijéramos nada trascendental. Sabíamos también que esas personas no habían tenido una vida distinta, eran “normales y corrientes”, tenían dificultades, luchas, dolor...pero no acababan de ser “normales y corrientes”. De una manera u otra su cercanía y esos rasgos que las diferenciaban las convertían en un faro luminoso.

Nada despierta tanto la sed de Dios como encontrarse con un sediento de Dios. Y si alguien personificó esa sed fue María. Y fue José. Por eso Desideria va a Nazaret “atraída por la exquisita fragancia de vuestras virtudes”.

La virtud, esa palabra casi olvidada, es camino y reflejo del deseo auténtico de Dios. De ello reflexionaremos más adelante.
 
Encontrais a la M. Maria Dolors Gaja en:
http://www.vivirennazaret.blogspot.com/