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domingo, 4 de junio de 2023

Tobías 1,3;2,1b-8: Las buenas obras de Tobit

Tobías 1,3;2,1b-8

Yo, Tobit, procedí toda mi vida con sinceridad y honradez, e hice muchas limosnas a mis parientes y compatriotas deportados conmigo a Nínive de Asiria. En nuestra fiesta de Pentecostés, la fiesta de las Semanas, me prepararon una buena comida. Cuando me puse a la mesa, llena de platos variados, dije a mi hijo Tobías: "Hijo, anda a ver si encuentras a algún pobre de nuestros compatriotas deportados a Nínive, uno que se acuerde de Dios con toda el alma, y tráelo para que coma con nosotros. Te espero, hijo, hasta que vuelvas." Tobías marchó a buscar a algún israelita pobre y, cuando volvió, me dijo: "Padre." Respondí: "¿Qué hay, hijo?" Repuso: "Padre, han asesinado a un israelita. Lo han estrangulado hace un momento, y lo han dejado tirado ahí, en la plaza." Yo pegué un salto, dejé la comida sin haberla probado, recogí el cadáver de la plaza y lo metí en una habitación para enterrarlo cuando se pusiera el sol. Cuando volví, me lavé y comí entristecido, recordando la frase del profeta Amós contra Betel: "Se cambiarán vuestras fiestas en luto, vuestros cantos en elegías." Y lloré. Cuando se puso el sol, fui a cavar una fosa y lo enterré. Los vecinos se me reían: "¡Ya no tiene miedo! Lo anduvieron buscando para matarlo por eso mismo, y entonces se escapó; pero ahora ahí lo tenéis, enterrando muertos."

jueves, 9 de junio de 2022

Hechos 20,13-16: Viaje de Tróade a Mileto

20,13-16: Viaje de Tróade a Mileto

13 Nosotros nos dirigimos al barco y zarpamos para Aso, donde debíamos recoger a Pablo. 
     Eso era lo convenido, ya que él hacía el viaje a pie. 
14 Cuando nos alcanzó en Aso, se embarcó con nosotros y nos dirigimos a Mitilene. 
15 Zarpamos de allí y al día siguiente llegamos frente a Quíos, al otro día pasamos Samos 
     y al siguiente llegamos a Mileto. 
16 Pablo tenía decidido pasar de largo por Éfeso, para no retrasarse tanto en Asia. 
     Porque, si era posible, quería estar en Jerusalén el día de Pentecostés.

domingo, 20 de mayo de 2018

Las raíces judías de Pentecostés


Las festividades judías son una forma de catequizar a la comunidad, de enseñarle su historia. Y éstas no sólo apuntan a recordar hechos del pasado o a nutrir el presente, sino que a la vez son signos que son llevados a su plenitud en los tiempos mesiánicos.

Esto lo que veremos en este artículo con la fiesta de Pentecostés, que refleja de formas cómo Jesús no vino a abolir ni la ley ni los profetas, sino a llevarlas a su plenitud.

La festividad de Pentecostés existía antes de la venida del Espíritu Santo a los apóstoles. Lo leemos en los Hechos de los Apóstoles y quizás, sin conocer el judaísmo, este dato pasa desapercibido:

"Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse. Había en Jerusalén judíos piadosos, venidos de todas las naciones del mundo. Al oírse este ruido, se congregó la multitud y se llenó de asombro, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua” (Hechos 2,1-6).

La fiesta de Shavuot

El relato dice que estaban todos reunidos en Jerusalén, de todas las naciones. Y estaban allí precisamente porque estaban celebrando mediante una peregrinación al Templo, la fiesta de Shavuot (Pentecostés).

El nombre de esta festividad, Shavuot, viene de la palabra Shavuá, que quiere decir “semana”. Sería la fiesta de las semanas, ya que se celebra 7 semanas después de la Pascua Judía. Estas 7 semanas se comienzan a contar al día siguiente de la Pascua, de modo que son 50 días después. Y por eso se la designa como pentecostés (proveniente del griego πεντηκοστ  [pentecosté], que significa ‘quincuagésimo’).

Esta fiesta tiene varios significados. Uno de ellos es agrícola: corresponde a la época del año en la cual en Israel se recogen los primeros frutos. Y éstos eran consagrados al Templo de Jerusalén como símbolo de agradecimiento a Dios y demostración de confianza en su providencia. Es por esto que la festividad también es llamada la Fiesta de las Primicias. (El libro de Levítico 23,9-32 y el Deuteronomio 16,9-12 relatan la instauración de la festividad y el modo en que debía celebrarse la ceremonia.)

Otro de sus significados es que se conmemora la entrega de la Torá (Las Tablas de la Ley) por parte de Dios a Moisés, en el Monte Sinaí. Y a partir de ese evento se sella la alianza de Dios con su pueblo: “Yo seré su Dios y ustedes serán mi pueblo” (Éx 6,7)

De este intercambio de juramentos viene otro de los significados que se le atribuye a esta festividad, Shvuot (Shvuá quiere decir juramento en hebreo). Uno de los juramentos fue el del pueblo de Israel de cumplir con los mandatos de la Torá y el otro fue el de Dios, quien al dar la Torá al pueblo de Israel juró que iba a ser su pueblo elegido y no iba a cambiarlo nunca. No importa lo que nosotros hagamos, el juramento de Dios nos unió más allá de todo. Es una alianza, no un contrato. Dios no cambia su promesa, a pesar de que nosotros no cumplamos lo que prometemos.

Y esto se ve claramente demostrado sólo 40 días después, cuando el pueblo de Israel cae en la idolatría construyendo el becerro de oro y rompiendo el propio juramento que ellos hicieron días atrás. Sin embargo, Dios no los abandonó jamás.

La ley y la Gracia 

¿Por qué ocurrió esto y todas las traiciones e incumplimientos de esta alianza por parte del pueblo de Israel, a lo largo de toda la historia de la salvación?

Un acercamiento al tema tiene la siguiente propuesta: la primera ley no se podía cumplir sin la gracia de Dios, sin el Espíritu Santo que Dios envía en Pentecostés.Y quizás podemos preguntarnos: ¿Cómo es esto posible? ¿Por qué Dios nos va a dar una ley que no podamos cumplir? ¿Acaso está jugando con nosotros? ¿O hay en realidad un significado mucho más profundo que quiere enseñarnos? Claro que sí. Dios no quiere que seamos soberbios y pensemos que por nuestra cuenta todo lo podemos. Quiere que lo busquemos, que pidamos su ayuda, que busquemos su participación en nuestra historia.

Los israelitas sí querían cumplir la ley, porque el amor a Dios siempre fue grande por parte de este pueblo, pero no podían hacerlo, no tenían la capacidad de cumplirla sin el espíritu. Pero no se daban cuenta que lo necesitaban y por eso no lo pedían: “Ustedes no tienen, porque no piden” (Santiago 4,2). La ley fue dada para que busquemos la gracia de cumplirla.

En el Antiguo Testamento, la ley fue dada, escrita en piedra. Una piedra tan dura “como la dureza de nuestros corazones” (Mt 19,8). En cambio, bajo la nueva alianza que vino a traer Jesús, la ley fue escrita directo en nuestros corazones (Jeremías 31) con el “espíritu de Dios”. Como bien lo describe San Pablo: “Evidentemente ustedes son una carta que Cristo escribió por intermedio nuestro, no con tinta, sino con el Espíritu del Dios viviente, no en tablas de piedra, sino de carne, es decir, en los corazones” (2 Co 3,3).

Y esto se dio a la vez para que podamos, con esta gracia, cumplir la ley que fue dada en primera instancia, y que aún sigue vigente. Porque Jesús no vino a abolir ni una i ni una coma de ella (Mt 5, 17).

Jeremías y Ezequiel  

Las profecías de Jeremías y Ezequiel son muy claras y realmente brillan si las analizamos a la luz de estos eventos. Comencemos por el profeta Jeremías:

"Llegarán los días –oráculo del Señor– en que estableceré una nueva Alianza con la casa de Israel y la casa de Judá. No será como la Alianza que establecí con sus padres el día en que los tomé de la mano para hacerlos salir del país de Egipto, mi Alianza que ellos rompieron, aunque yo era su dueño –oráculo del Señor. Esta es la Alianza que estableceré con la casa de Israel, después de aquellos días –oráculo del Señor–: pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo" (Jr 31,31-33).

Y Ezequiel dice lo siguiente, siglos antes de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, aunque parecería que está describiendo el evento como si lo estuviera viendo:

"Yo los tomaré de entre las naciones, los reuniré de entre todos los países y los llevaré a su propio suelo. Los rociaré con agua pura, y ustedes quedarán purificados. Los purificaré de todas sus impurezas y de todos sus ídolos. Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en ustedes y haré que sigan mis preceptos, y que observen y practiquen mis leyes. Ustedes habitarán en la tierra que yo he dado a sus padres. Ustedes serán mi Pueblo y yo seré su Dios” (Eze 36,24-28).

Estos pasajes son claves para entender lo ocurrido con los apóstoles el día de Pentecostés. En esta nueva alianza, este nuevo éxodo, Dios no iba a darles simplemente la ley, sino Su Espíritu para que fueran capaces de cumplirla.

El evangelista Lucas 

El evangelista Lucas ve esta relación que hay entre la ley dada a Moisés y la venida del Espíritu Santo. En su descripción de los hechos, se encuentran muchísimos paralelos entre lo ocurrido el día de la entrega de la ley en el Monte Sinaí y lo ocurrido en el día de Pentecostés. Vamos a mencionar sólo algunos, que a la vez son analizados por muchos de los padres de la Iglesia como San Jerónimo, San Atanasio y San Agustín, entre otros.

En el libro del Éxodo 19,16-19 leemos acerca de la teofanía en el Sinaí, que ocurre con un sonido fuerte: “Truenos y relámpagos, una densa nube cubrió la montaña y se oyó un fuerte sonido de trompeta”. En el capítulo 2 de Hechos, Lucas describe: “De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban.”

En el Éxodo, Dios descendió en forma de fuego: “La montaña del Sinaí estaba cubierta de humo, porque el Señor había bajado a ella en el fuego. El humo se elevaba como el de un horno, y toda la montaña temblaba violentamente”. En Hechos leemos: “Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos”.

Del mismo modo que “El Señor bajó a la montaña del Sinaí, a la cumbre de la montaña”, en Pentecostés Dios desciende al Monte Sión, donde estaba el cuarto en el que estaban reunidos los apóstoles, en forma de fuego.

Por último, Lucas nos cuenta que ese día “3.000 almas” se unieron a la comunidad cristiana luego de escuchar las palabras de Pedro. Y esto equilibra lo ocurrido en el Éxodo, cuando luego de haber adorado al becerro de oro, 3.000 personas mueren en manos de los Levitas (Ex 32,28) .

Estos signos externos apuntan a algo aún mucho más profundo. La primera ley dada era externa, la segunda interna y celestial. La primera humana, la otra divina, que nos da la capacidad de cumplir la primera. Y ya no por miedo a ser castigados si no lo hacemos, sino por amor: “La observancia de la ley ya no es la causa, sino el efecto de la justificación" (padre Raniero Cantalamessa).

A partir del día de Pentecostés nace la Iglesia, y ésta se vuelve el templo de Dios. Ya Dios no habita más en el Templo de Jerusalén. Ni siquiera el velo del Santo de los Santos, que separaba a Dios de los hombres, a lo sagrado de lo profano, está entero. Éste se ha quebrado y ahora la gloria de Dios habita en cada una de las personas que son receptoras del Espíritu Santo y capaces de actuar como templo del mismo, como “piedras vivas del templo” (1 Pe 2,5): “Porque nosotros somos el templo del Dios viviente, como lo dijo el mismo Dios: Yo habitaré y caminaré en medio de ellos; seré su Dios y ellos serán mi Pueblo” (2 Co 6,16).

Y así como el pueblo de Israel necesitaba del Espíritu, de la gracia, para poder cumplir la ley y transmitirla, nosotros también lo necesitamos. Y para eso tenemos individualmente nuestro propio Pentecostés, que es el sacramento de la Confirmación, “a fin de que no vivamos ya para nosotros mismos, sino para Él, que por nosotros murió y resucitó” (Plegaria Eucarística IV).

Autor: Luciana Rogowicz

El Espíritu Santo cambia los corazones y cambia los acontecimientos, proclama el Papa en Pentecostés


El Espíritu Santo “ensancha los corazones estrechos”, da a los conformistas "ímpetus de entrega”, “libera los corazones cerrados por el miedo y vence las resistencias”, cambia a las personas y al mundo. Ese fue el tema central de la homilía del Papa Francisco en este Domingo de Pentecostés, en la gran fiesta del Espíritu Santo.

En la Solemnidad de Pentecostés, el papa Francisco resaltó las cualidades que nos otorga el Espíritu Santo, concebido como “la fuerza divina que cambia el mundo”, una fuerza que, como «un viento que sopla fuertemente», “cambia la realidad” y sobre todo, “cambia los corazones”, expresó el Papa durante su homilía en la Santa Misa.

El Espíritu Santo cambia los corazones  

El Papa Francisco, centrando su reflexión en el pasaje del libro de los Hechos de los Apóstoles, explica que los discípulos - que al principio estaban llenos de miedo, atrincherados con las puertas cerradas también después de la resurrección del Maestro - “son transformados por el Espíritu” y, como anuncia Jesús en el Evangelio de hoy, “dan testimonio de él”.

“De vacilantes pasan a ser valientes” –afirmó el Papa– “porque el Espíritu cambió sus corazones”. Un pasaje que el Papa usó como ejemplo para explicar cómo el Espíritu Santo “entra en las situaciones y las transforma, cambia los corazones y cambia los acontecimientos”.

Pero también es el “Espíritu” el que “libera los corazones cerrados por el miedo y vence las resistencias” continuó Francisco, de modo que –a quien se conforma con medias tintas– “le ofrece ímpetus de entrega”. También “ensancha los corazones estrechos”, “anima a servir a quien se apoltrona en la comodidad”, “hace caminar al que se cree que ya ha llegado” y “hace soñar al que cae en tibieza”.

“La experiencia enseña que ningún esfuerzo terreno por cambiar las cosas satisface plenamente el corazón del hombre” afirmó, mientras que el cambio del Espíritu es diferente: “no revoluciona la vida a nuestro alrededor, pero cambia nuestro corazón; no nos libera de repente de los problemas, pero nos hace libres por dentro para afrontarlos; no nos da todo inmediatamente, sino que nos hace caminar con confianza, haciendo que no nos cansemos jamás de la vida”.

El Espíritu Santo: fuerte “reconstituyente” 

El Espíritu además, “mantiene joven el corazón”, previniendo el único envejecimiento malsano: el interior. Y lo hace precisamente “renovando el corazón, transformándolo de pecador en perdonado”.

A veces necesitamos un cambio verdadero –dijo el Papa– sobre todo “cuando estamos hundidos, cuando estamos cansados por el peso de la vida, cuando nuestras debilidades nos oprimen, cuando avanzar es difícil y amar parece imposible”. Y es en ese momento cuando el Espíritu actúa como un “fuerte “reconstituyente”: “es él, la fuerza de Dios”, expresó el Santo Padre, que “llega también a las situaciones más inimaginables”.

El Espíritu Santo: alma de la Iglesia  

Haciendo una comparación como cuando en una familia nace un niño, que trastorna los horarios, hace perder el sueño, pero lleva una alegría que renueva la vida y la impulsa hacia adelante, el Papa aseguró que es lo mismo que hace el Espíritu Santo en la Iglesia: Él, “la reanima de esperanza, la colma de alegría y le da brotes de vida”, afirmó el Papa.

La fuerza del Espíritu Santo es única. Por una parte, es una fuerza centrípeta, es decir, “empuja hacia el centro, porque actúa en lo más profundo del corazón” indicó Francisco, de manera que “trae unidad en la fragmentariedad, paz en las aflicciones y fortaleza en las tentaciones”.

Pero al mismo tiempo – señaló - “él es fuerza centrífuga”, es decir, “empuja hacia el exterior”: El que lleva al centro es el mismo que manda a la periferia, hacia toda periferia humana; aquel que nos revela a Dios nos empuja hacia los hermanos.

Es sólo en el Espíritu Consolador cuando “decimos palabras de vida y alentamos realmente a los demás” - concluyó el Papa – pues, “quien vive según el Espíritu está en esta tensión espiritual: se encuentra orientado a la vez hacia Dios y hacia el mundo”.

sábado, 19 de mayo de 2018

Pentecostés (Camino Neocatecumenal)

Pentecostés: Canto de entrada

Siempre es Pentecostés

Domingo de Pentecostés: Secuencia

Domingo de Pentecostés: salmo responsorial

Hechos 2,1-11, por M. Dolors Gaja, MN.


Hechos 2,1-11


— Comentario de M. Dolors Gaja, MN

Excepcionalmente, hoy no vamos a comentar el evangelio – precioso y denso en contenido teológico- sino el relato histórico-teológico que nos ofrece Lucas, autor del libro de los Hechos de la Iglesia primitiva, de la venida del Espíritu  Santo sobre la Iglesia naciente.

Pentecostés es una fiesta heredada de la tradición judía a la cual los cristianos hemos dado otro sentido. Para el mundo judío Pentecostés rememoraba y celebraba  originariamente la fiesta de la siega; era la fiesta en que las primicias eran entregadas a Yaveh. Pasó luego a conmemorar la alianza de Dios con el pueblo en el Sinaí y, específicamente, la entrega por parte de Dios de la Toráh o Ley al pueblo de Israel a través de Moisés. Era una inmensa fiesta: una de las tres fiestas anuales de peregrinación a Jerusalén que se celebraban en Israel (ver Ex 23,16).

Estaban todos reunidos en el mismo lugar. Estaban juntos por miedo pero también les unía la esperanza que encarnaba, magníficamente, María. Es cierto que estar en el mismo lugar no significa estar unidos de corazón pero también es cierto que los que se aman se buscan y encuentran. Esta es la primera pregunta que debo hacerme este domingo: ¿permanezco unido/a a la comunidad cristiana? ¿La busco, me reúno con ella?

Un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa. Lucas nos presenta al Espíritu con un símbolo del cual destaca su inaprensibilidad. Nadie puede capturar el viento, nadie lo puede domesticar ni nadie se puede apropiar de él.  El Espíritu es libre y sólo puedo dejarme poseer por él…

Pregúntate: en mi hogar ¿resuena el Viento del Espíritu? ¿O está lleno de ruidos que no me permiten oírlo? ¿Qué hay en mi corazón, qué se agita en él? ¿El Espíritu o ruidos del mundo?

Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno.  Otro símbolo inaprensible y universal es el fuego. Tampoco lo puedo domar y tiene gran fuerza. Viento y Fuego son símbolos que están en todas las culturas para hablar de lo Trascendente.

También la luz. Cada cultura o nación, cada grupo humano, establece y crea símbolos propios. Pero algunos son universales y Lucas, que tiene el mundo en el corazón, nos habla ya una lengua universal: Dios es Viento, Fuego…

Como Iglesia ¿sabemos encontrar un lenguaje que toda cultura entienda y haga propia? Cuando hablo de Dios ¿soy inteligible?

El Espíritu se posa en cada uno de manera distinta y nos configura distintos. La Iglesia tiene múltiples carismas. ¿ Qué carisma me siento llamado a vivir? ¿Celebro las diferencias o preferiría una mayor homogeneidad? ¿veo las diferencias como riqueza o como amenaza?

Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras. Sin poder definir al Espíritu tenemos que hablar de Plenitud. El Espíritu es Plenitud, es aquel que nos va revelando y enseñando poco a poco, es el que nos da vida pues es Señor y Dador de Vida. Quien vive en el Espíritu vive una vida plena. Por tanto, nos acercamos al concepto de felicidad.
Y la felicidad es contagiosa, te hace hablar “en lengua extranjera”. Quien vive en el Espíritu ya no hablo según los criterios del mundo (dinero, fama, seguridad, éxito) sino que está en el mundo sin ser del mundo y habla otra lengua, la de Dios.

Cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua. Jerusalén estaba llena de judíos y simpatizantes que celebraban Pentecostés, la fiesta de la Antigua Alianza. Ante estos se presentan los apóstoles y causan asombro. En el fondo nada hay más fascinante  que una persona  que vive en libertad. La libertad auténtica no es una conquista, es Don.
Los siete dones del Espíritu (sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y  temor de Dios) son una magnífica glosa de la Libertad.

Pidamos hoy el Espíritu para todos: ¡Ven Espíritu Santo y renueva la faz de la tierra!

¿Pentecostés o Babel? por el P. Raniero Cantalamessa, ofm


El sentido de Pentecostés se contiene en la frase de los Hechos de los Apóstoles: «Quedaron todos llenos del Espíritu Santo». ¿Qué quiere decir que «quedaron llenos del Espíritu Santo» y qué experimentaron en aquel momento los apóstoles?

Tuvieron una experiencia arrolladora del amor de Dios, se sintieron inundados de amor, como por un océano. Lo asegura San Pablo cuando dice que «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5).

Todos los que han tenido una experiencia fuerte del Espíritu Santo están de acuerdo en confirmar esto. El primer efecto que el Espíritu Santo produce cuando llega a una persona es hacer que se sienta amada por Dios por un amor tiernísimo, infinito.

El fenómeno de las lenguas es la señal de que algo nuevo ha ocurrido en el mundo. Lo sorprendente es que este hablar en «lenguas nuevas y diversas», en vez de generar confusión, crea al contrario un admirable entendimiento y unidad. Con ello la Escritura ha querido mostrar el contraste entre Babel y Pentecostés. En Babel todos hablan la misma lengua y en cierto momento nadie entiende ya al otro, nace la confusión de las lenguas; en Pentecostés cada uno habla una lengua distinta y todos se entienden.

¿Cómo es esto? Para descubrirlo basta con observar de qué hablan los constructores de Babel y de qué hablan los apóstoles en Pentecostés. Los primeros se dicen entre sí: «Vamos a edificarnos una ciudad y una torre con la cúspide en el cielo, y hagámonos famosos, para no desperdigarnos por toda la faz de la tierra» (Gn 11,4). Estos hombres están animados por una voluntad de poder, quieren «hacerse famosos», buscan su gloria.

En Pentecostés los apóstoles, en cambio, proclaman «las grandes obras de Dios». No piensan en hacerse un nombre, sino en hacérselo a Dios; no buscan su afirmación personal, sino la de Dios. Por ello todos les comprenden. Dios ha vuelto a estar en el centro; la voluntad de poder se ha sustituido con la voluntad de servicio, la ley del egoísmo con la del amor.

En ello se contiene un mensaje de vital importancia para el mundo de hoy. Vivimos en la era de las comunicaciones de masa. Los llamados «medios de comunicación» son los grandes protagonistas del momento. Todo esto marca un progreso grandioso, pero implica también un riesgo. ¿De qué comunicación se trata de hecho? Una comunicación exclusivamente horizontal, superficial, frecuentemente manipulada y venal, o sea, usada para hacer dinero. Lo opuesto, en resumen, a una información creativa, de manantial, que introduce en el ciclo contenidos cualitativamente nuevos y ayuda a cavar en profundidad en nosotros mismos y en los acontecimientos. La comunicación se convierte en un intercambio de pobreza, de ansias, de inseguridades y de gritos de ayuda desatendidos. Es hablar entre sordos. Cuanto más crece la comunicación, más se experimenta la incomunicación.

Redescubrir el sentido del Pentecostés cristiano es lo único que puede salvar nuestra sociedad moderna de precipitarse cada vez más en un Babel de lenguas. En efecto, el Espíritu Santo introduce en la comunicación humana la forma y la ley de la comunicación divina, que es la piedad y el amor.

¿Por qué Dios se comunica con los hombres, se entretiene y habla con ellos, a lo largo de toda la historia de la salvación? Sólo por amor, porque el bien es por su naturaleza «comunicativo». En la medida en que es acogido, el Espíritu Santo sana las aguas contaminadas de la comunicación humana, hace de ella un instrumento de enriquecimiento, de posibilidad de compartir y de solidaridad.

Cada iniciativa nuestra civil o religiosa, privada o pública, se encuentra ante una elección: puede ser Babel o Pentecostés: es Babel si está dictada por egoísmo y voluntad de atropello; es Pentecostés si está dictada por amor y respeto de la libertad de los demás.


DOMINGO DE PENTECOSTES (Lecturas del día)

Hechos 2,1-11
Salmo 103: Señor, envía tu Espíritu
y renueva la faz de la tierra
1 Corintios 12:3-7.12-13 o Galatas 5,16-25
Juan 20,19-23


Hechos 2,1-11

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse. Había en Jerusalén judíos piadosos, venidos de todas las naciones del mundo. Al oírse este ruido, se congregó la multitud y se llenó de asombro, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Con gran admiración y estupor decían: «¿Acaso estos hombres que hablan no son todos galileos? ¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye en su propia lengua? Partos, medos y elamitas, los que habitamos en la Mesopotamia o en la misma Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia Menor, en Frigia y Panfilia, en Egipto, en la Libia Cirenaica, los peregrinos de Roma, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos los oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios».

Salmo 103:
Señor, envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra


Bendice al Señor, alma mía:
¡Señor, Dios mío, qué grande eres!
¡Qué variadas son tus obras, Señor!
¡La tierra está llena de tus criaturas!
R. Señor, envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra

Si les quitas el aliento,
expiran y vuelven al polvo.
Si envías tu aliento, son creados,
y renuevas la superficie de la tierra.
R. Señor, envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra

¡Gloria al Señor para siempre,
alégrese el Señor por sus obras!
Que mi canto le sea agradable,
y yo me alegraré en el Señor.
R. Señor, envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra

1 Corintios 12:3-7.12-13

Hermanos: Nadie puede llamar a Jesús "Señor", si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Hay diferentes dones, pero el Espíritu es el mismo. Hay diferentes servicios, pero el Señor es el mismo. Hay diferentes actividades, pero Dios, que hace todo en todos, es el mismo. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Porque así como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros y todos ellos, a pesar de ser muchos, forman un solo cuerpo, así también es Cristo. Porque todos nosotros, seamos judíos o no judíos, esclavos o libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo, y a todos se nos ha dado a beber del mismo Espíritu.

Gálatas 5,16-25

Os digo esto: proceded según el Espíritu, y no deis satisfacción a las apetencias de la carne. Pues la carne tiene apetencias contrarias al espíritu, y el espíritu contrarias a la carne, como que son entre sí tan opuestos, que no hacéis lo que queréis. Pero, si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley. Ahora bien, las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, ambición, divisiones, disensiones, rivalidades, borracheras, comilonas y cosas semejantes, sobre las cuales os prevengo, como ya os previne, que quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios. En cambio el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, modestia, dominio de sí; contra tales cosas no hay ley. Pues los que son de Cristo Jesús, han crucificado la carne con sus pasiones y sus apetencias. Si vivimos por el Espíritu, sigamos también al Espíritu.

Secuencia

Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas,
infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.

Juan 20,19-23

Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!» Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, Yo también los envío a ustedes». Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan».

martes, 6 de junio de 2017

MARTES DE LA NOVENA SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO, Año I (lecturas)

Tobías 2,9-14
Salmo 111,1-2.7-8.9:
El corazón del justo está firme en el Señor
Marcos 12,13-17

Tobías 2,9-14

Yo, Tobit, la noche de Pentecostés, cuando hube enterrado el cadáver, después del baño fui al patio y me tumbé junto a la tapia, con la cara destapada porque hacía calor; yo no sabía que en la tapia, encima de mí, había un nido de gorriones; su excremento caliente me cayó en los ojos, y se me formaron nubes. Fui a los médicos a que me curaran; pero cuantos más ungüentos me daban más vista perdía, hasta que quedé completamente ciego. Estuve sin vista cuatro años. Todos mis parientes se apenaron por mi desgracia, y Ajicar me cuidó dos años, hasta que marchó a Elimaida. En aquella situación, mi mujer Ana se puso a hacer labores para ganar dinero. Los clientes le daban el importe cuando les llevaba la labor terminada. El siete de marzo, al acabar una pieza y mandársela a los clientes, éstos le dieron el importe íntegro y le regalaron un cabrito para que lo trajese a casa. Cuando llegó, el cabrito empezó a balar. Yo llamé a mi mujer y le dije: "¿De dónde viene ese cabrito? ¿No será robado? Devuélveselo al dueño, que no podemos comer nada robado." Ana me respondió: "Me lo han dado de propina, además de la paga." Pero yo no le creía y, abochornado por su acción, insistí en que se lo devolviera al dueño. Entonces me replicó: "¿Y dónde están tus limosnas? ¿Dónde están tus obras de caridad? ¡Ya ves lo que te pasa!"

Salmo 111,1-2.7-8.9:
El corazón del justo está firme en el Señor

Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita.
R. El corazón del justo está firme en el Señor

No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor.
Su corazón está seguro, sin temor,
hasta que vea derrotados a sus enemigos.
R. El corazón del justo está firme en el Señor

Reparte limosna a los pobres;
su caridad es constante, sin falta,
y alzará la frente con dignidad.
R. El corazón del justo está firme en el Señor

Marcos 12,13-17

En aquel tiempo, enviaron a Jesús unos fariseos y partidarios de Herodes, para cazarlo con una pregunta. Se acercaron y le dijeron: "Maestro, sabemos que eres sincero y que no te importa de nadie; porque no te fijas en lo que la gente sea, sino que enseñas el camino de Dios sinceramente. ¿Es lícito pagar impuesto al César o no? ¿Pagamos o no pagamos?" Jesús, viendo su hipocresía, les replicó: "¿Por qué intentáis cogerme? Traedme un denario, que lo vea." Se lo trajeron. Y él les preguntó: "¿De quién es esta cara y esta inscripción?" Le contestaron: "Del César." Les replicó: "Lo que es del César pagádselo al César, y lo que es de Dios, a Dios." Se quedaron admirados.

Tobías 2,9-14: La ceguera de Tobit

Tobías 2,9-14
Martes de la 9 Semana del Tiempo Ordinario, Año I

Yo, Tobit, la noche de Pentecostés, cuando hube enterrado el cadáver, después del baño fui al patio y me tumbé junto a la tapia, con la cara destapada porque hacía calor; yo no sabía que en la tapia, encima de mí, había un nido de gorriones; su excremento caliente me cayó en los ojos, y se me formaron nubes. Fui a los médicos a que me curaran; pero cuantos más ungüentos me daban más vista perdía, hasta que quedé completamente ciego. Estuve sin vista cuatro años. Todos mis parientes se apenaron por mi desgracia, y Ajicar me cuidó dos años, hasta que marchó a Elimaida. En aquella situación, mi mujer Ana se puso a hacer labores para ganar dinero. Los clientes le daban el importe cuando les llevaba la labor terminada. El siete de marzo, al acabar una pieza y mandársela a los clientes, éstos le dieron el importe íntegro y le regalaron un cabrito para que lo trajese a casa. Cuando llegó, el cabrito empezó a balar. Yo llamé a mi mujer y le dije: "¿De dónde viene ese cabrito? ¿No será robado? Devuélveselo al dueño, que no podemos comer nada robado." Ana me respondió: "Me lo han dado de propina, además de la paga." Pero yo no le creía y, abochornado por su acción, insistí en que se lo devolviera al dueño. Entonces me replicó: "¿Y dónde están tus limosnas? ¿Dónde están tus obras de caridad? ¡Ya ves lo que te pasa!"

martes, 6 de septiembre de 2016

1 Corintios 16,5-9: Próxima visita de Pablo

La próxima visita de Pablo
16:5 Yo iré a verlos, después de atravesar donde estaré de paso.
16:6 Tal vez me quede con ustedes algún tiempo, a lo mejor durante todo el invierno, a fin de que me ayuden a proseguir viaje hasta el lugar de mi destino.
16:7 Porque no quiero verlos sólo de paso, sino que espero quedarme algún tiempo entre ustedes, si el Señor lo permite.
16:8 Mientras tanto, permaneceré en Éfeso hasta Pentecostés,
16:9 ya que se ha abierto una gran puerta para mi predicación, aunque los adversarios son numerosos. 

martes, 29 de marzo de 2016

Hechos de los Apóstoles 2,36-41: Las primeras conversiones

Hechos de los Apóstoles 2,36-41
Martes de la Octava de Pascua

El día de Pentecostés, decía Pedro a los judíos: «Todo Israel esté cierto de que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías.» Estas palabras les traspasaron el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: «¿Qué tenemos que hacer, hermanos?» Pedro les contestó: «Convertíos y bautizaos todos en nombre de Jesucristo para que se os perdonen los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos y, además, para todos los que llame el Señor, Dios nuestro, aunque estén lejos.» Con estas y otras muchas razones les urgía, y los exhortaba diciendo: «Escapad de esta generación perversa.» Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día se les agregaron unos tres mil.

lunes, 25 de enero de 2016

Hechos 2,1-11: La venida del Espíritu Santo

Hechos 2,1-11
Domingo de Pentecostés

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería. Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos preguntaban: "¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua."

SOBRE EL MISMO TEMA:
Cambia los corazones y los acontecimientos
M. Dolors Gaja, M.N. 

sábado, 18 de mayo de 2013

ARTE: Pentecostés, por Juan de Flandes


Pentecostés (1514-1518)
Juan de Flandes 
Óleo sobre tabla
110 x 84 cm.
Museo del Prado

Juan de Flandes plantea una escena protagonizada por la Virgen María. Sentada en un trono con adornos clásicos, nos recuerda que los postulados renacentistas se estaban imponiendo en Castilla, pese al éxito de la Pintura Flamenca en la corte de los Reyes Católicos. La tabla fue posiblemente un encargo de Isabel, la Católica.

María, con tocas de viuda, leía la Escritura a los discípulos. La aparición de la paloma ha dejado el libro abierto en su regazo, mientras ellas se recoge en actitud orante. Los apóstoles que la rodean miran asombrados al cielo, que resplandece en aureolas doradas, mientras que las lenguas de fuego se esparcen sobre ellos. Los rostros y el abigarramiento del espacio son características flamencas, que tiende a un realismo de raíz empírica, lejos de frío racionalismo del Renacimiento italiano.