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sábado, 23 de marzo de 2024

Mc 32-52: Oración en el huerto y arresto de Jesús

Oración en el huerto
(Cf. Mt 26,36-46; cfr. Lc 22,39-46) 

32 Llegados al lugar llamado Getsemaní, dijo a sus discípulos: 
     —Siéntense aquí mientras yo voy a orar. 
33 Llevó con él a Pedro, Santiago y Juan y empezó a sentir tristeza y angustia. 
34 Entonces les dijo: —Siento una tristeza de muerte; quédense aquí y permanezcan despiertos. 
35 Se adelantó un poco, se postró en tierra y oraba que, si era posible, se alejara de él aquella hora. 
36 Decía: Abba, Padre, tú lo puedes todo, aparta de mí esta copa. 
     Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. 
37 Volvió, y los encontró dormidos. Dijo a Pedro: 
     —Simón, ¿duermes? ¿No has sido capaz de estar despierto una hora? 
38 Permanezcan despiertos y oren para no caer en la tentación. 
     El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil. 
39 Se retiró otra vez y oró repitiendo las mismas palabras. 
40 Al volver, los encontró otra vez dormidos, porque los ojos se les cerraban de sueño; 
     y no supieron qué contestar. 
41 Volvió por tercera vez y les dijo: —¡Todavía dormidos y descansando! 
     Basta, ha llegado la hora en que el Hijo del Hombre será entregado en poder de los pecadores. 
42 Vamos, levántense, se acerca el traidor. 

Arresto de Jesús
(Cf. Mt 26,47-56; Lc 22,47-53; cfr. Jn 18,1-11)

43 Todavía estaba hablando cuando se presentó Judas, uno de los Doce, 
     y con él gente armada de espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes, 
     los letrados y los ancianos. 
44 El traidor les había dado una contraseña: Al que yo bese, ése es; arréstenlo y llévenlo con cuidado. 
45 Enseguida, acercándose a Jesús, le dijo: ¡Maestro!, y le dio un beso. 
46 Los otros se le tiraron encima y lo arrestaron. 
47 Uno de los presentes desenvainó la espada y de un tajo cortó una oreja 
     al sirviente del sumo sacerdote. 
48 Jesús se dirigió a ellos: 
     —Como si se tratara de un asaltante, han salido armados de espadas y palos para capturarme. 
49 Diariamente estaba con ustedes enseñando en el templo y no me arrestaron. 
     Pero se ha de cumplir la Escritura. 
50 Y todos lo abandonaron y huyeron. 

Un joven anónimo

51 Le seguía, también, un muchacho cubierto sólo por una sábana. Lo agarraron; 
52 pero él, soltando la sábana, se les escapó desnudo.


domingo, 21 de mayo de 2023

Juan 16,29-33: Vuelta de Jesús al Padre

Juan 16,29-33

En aquel tiempo, dijeron los discípulos a Jesús: "Ahora sí que hablas claro y no usas comparaciones. Ahora vemos que lo sabes todo y no necesitas que te pregunten; por ello creemos que saliste de Dios." Les contestó Jesús: "¿Ahora creéis? Pues mirad: está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre. Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo."

SOBRE EL MISMO TEMA:

jueves, 6 de abril de 2023

Juan 13,1-15: El lavatorio de los pies

Juan 13,1-15


Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Estaban cenando, ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara, y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido. Llegó a Simón Pedro, y éste le dijo: "Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?" Jesús le replicó: "Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde." Pedro le dijo: "No me lavarás los pies jamás." Jesús le contestó: "Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo." Simón Pedro le dijo: "Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza." Jesús le dijo: "Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos." Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: "No todos estáis limpios." Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: "¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis "el Maestro" y "el Señor", y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis."

SOBRE EL MISMO TEMA:

lunes, 14 de enero de 2019

Bodas de Caná: "Tres días después y anticipación de la hora"


A primera vista, el milagro de Caná parece que se separa un poco de los otros signos empleados por Jesús. ¿Qué sentido puede tener que Jesús proporcione una gran cantidad de vino (unos 520 litros) para una fiesta privada?

Tres días después 

Debemos, pues, analizar el asunto con más detalle, para comprender que en modo alguno se trata de un lujo privado, sino de algo con mucho más alcance. Para empezar, es importante la datación: "Tres días después había una boda en Caná de Galilea" (Jn 2,1).

No está muy claro a qué fecha anterior hace referencia con la indicación del tercer día; pero precisamente por eso parece evidente que el evangelista otorga una gran importancia a esta indicación temporal simbólica que él nos ofrece como clave para entender el episodio.

"En el Antiguo Testamento, el tercer día hace referencia al día de la teofanía como, por ejemplo, en el relato central del encuentro entre Dios e Israel en el Sinaí: "Al amanecer del tercer día, hubo truenos y relámpagos... El Señor había bajado sobre él en medio del fuego" (Ex 19,16-18).

Al mismo tiempo, es posible percibir aquí una referencia anticipada a la teofanía final y decisiva de la historia: la resurrección de Cristo al tercer día, en la cual los anteriores encuentros con Dios dejan paso a la irrupción definitiva de Dios en la tierra; la resurrección en la cual se rasga la tierra de una vez por todas, sumida en la vida misma de Dios. Se encuentra aquí una alusión a que se trata de una primera manifestación de Dios que está en continuidad con los acontecimientos del Antiguo Testamento, los cuales llevan consigo un carácter de promesa y tienden a su cumplimiento (...).

No le ha llegado su hora 

"Hay otro elemento fundamental del relato relacionado con esta datación. Jesús dice a María, su madre, que todavía no le ha llegado su "hora". Eso significa, en primer lugar, que Él no actúa ni
decide simplemente por iniciativa suya, sino en consonancia con la voluntad del Padre, siempre a
partir del designio del Padre.

De modo más preciso, la "hora" hace referencia a su "glorificación", en que cruz y resurrección, así como su presencia universal a través de la palabra y el sacramento, se ven como un todo único. La hora de Jesús, la hora de su "gloria", comienza en el momento de la cruz y tiene su exacta localización histórica: cuando los corderos de la Pascua son sacrificados, Jesús derrama su sangre como el verdadero Cordero.

Su hora procede de Dios, pero está fijada con extrema precisión en el contexto de la historia, unida a una fecha litúrgica y, precisamente por ello, es el comienzo de la nueva liturgia en "espíritu y verdad". Cuando en aquel instante Jesús habla a María de su hora, está relacionando precisamente ese momento con el del misterio de la cruz concebido como su glorificación. Esa hora no había llegado todavía, esto se debía precisar antes de nada. Y, no obstante, Jesús tiene el poder de anticipar esta "hora" misteriosamente con signos. Por tanto, el milagro de Caná se caracteriza como una anticipación de la hora y está interiormente relacionado con ella.

"¿Cómo podríamos olvidar que este conmovedor misterio de la anticipación de la hora se sigue produciendo todavía? Así como Jesús, ante el ruego de su madre, anticipa simbólicamente su hora y, al mismo tiempo, se remite a ella, lo mismo ocurre siempre de nuevo en la Eucaristía: ante la oración de la Iglesia, el Señor anticipa en ella su segunda venida, viene ya, celebra ahora la boda con nosotros, nos hace salir de nuestro tiempo lanzándonos hacia aquella "hora".

"De esta manera comenzamos a entender lo sucedido en Caná. La señal de Dios es la sobreabundancia. Lo vemos en la multiplicación de los panes, lo volvemos a ver siempre, pero sobre todo en el centro de la historia de la salvación: en el hecho de que se derrocha a sí mismo por la mísera criatura que es el hombre. Este exceso es su "gloria". La sobreabundancia de Caná es, por ello, un signo de que ha comenzado la fiesta de Dios con la humanidad, su entregarse a sí mismo por los hombres.

El marco del episodio -la bodase convierte así en la imagen que, más allá de sí misma, señala la hora mesiánica: la hora de las nupcias de Dios con su pueblo ha comenzado con la venida de Jesús. La promesa escatológica irrumpe en el presente".

Autor: Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, vol. I

domingo, 5 de agosto de 2018

Jn 8,12-20: El testimonio de Jesús sobre sí mismo

El testimonio de Jesús sobre sí mismo
8:12 Jesús les dirigió una vez más la palabra, diciendo: "Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida".
8:13 Los fariseos le dijeron: "Tú das testimonio de ti mismo: tu testimonio no vale".
8:14 Jesús les respondió: "Aunque yo doy testimonio de mí, mi testimonio vale porque sé de dónde vine y a dónde voy; pero ustedes no saben de dónde vengo ni a dónde voy.
8:15 Ustedes juzgan según la carne; yo no juzgo a nadie,
8:16 y si lo hago, mi juicio vale porque no soy yo solo el que juzga, sino yo y el Padre que me envió.
8:17 En la Ley de ustedes está escrito que el testimonio de dos personas es válido.
8:18 Yo doy testimonio de mí mismo, y también el Padre que me envió da testimonio de mí".
8:19 Ellos le preguntaron: "¿Dónde está tu Padre?" Jesús respondió: "Ustedes no me conocen ni a mí ni a mi Padre; si me conocieran a mí, conocerían también a mi Padre".
8:20 Él pronunció estas palabras en la sala del Tesoro, cuando enseñaba en el Templo. Y nadie lo detuvo, porque aún no había llegado su hora.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Mateo 24,32-36: La parábola de la higuera

Mateo 24,32-36: La parábola de la higuera
Mc 13,28-32; Lc 21, 29-33

24:32 Aprendan esta comparación, tomada de la higuera: cuando sus ramas se hacen flexibles y brotan las hojas, ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano.
24:33 Así también, cuando vean todas estas cosas, sepan que el fin está cerca, a la puerta.
24:34 Les aseguro que no pasará esta generación, sin que suceda todo esto.
24:35 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
24:36 En cuanto a ese día y esa hora, nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Mateo 24,42-51: Parábola del servidor fiel

Mateo 24,42-51
Jueves de la 21 Semana del Tiempo Ordinario, Año I y II

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: "Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que, si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa. Por eso estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre. ¿Dónde hay un criado fiel y cuidadoso, a quien el amo encarga de dar a la servidumbre la comida a sus horas? Pues dichosos ese criado si el amo, al llegar, lo encuentra portándose así. Os aseguro que le confiará la administración de todos sus bienes. Pero si el criado es un canalla y, pensando que su amo tardará, empieza a pegar a sus compañeros y a comer y a beber con los borrachos, el día y la hora que menos se lo espera llegará el amo y lo hará pedazos, como se merecen los hipócritas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes".

martes, 10 de mayo de 2016

Juan 17,1-11a: Padre, glorifica a tu Hijo (la "hora")

Juan 17,1-11a  

En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: "Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado sobre la tierra, he coronado la obra que me encomendaste. Y ahora, Padre, glorifícame cerca de ti, con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes que el mundo existiese. He manifestado tu nombre a los hombres que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado. Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por éstos que tú me diste, y son tuyos. Sí, todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti."

— Comentario de Reflexiones Católicas
Padre, glorifica a tu Hijo: la “hora”

Este pasaje, que pertenece a la tercera parte del discurso después de la Cena, relata la oración sacerdotal del Señor. Juan, que ha unificado el Evangelio en torno al tema de la glorificación del Hijo, descubre la apoteosis de esta glorificación en el acto sacerdotal de Cristo.

La nueva Gloria de Dios  

Esta gloria no es sólo una manera de ser propia de Dios (el antiguo sentido bíblico de esta palabra que aparece en Jn 1,14 y 2,11), sino la acción de Dios sobre el mundo, manifestada por los milagros de Jesús. En cambio, la gloria a la que Cristo alude en sus discusiones con los judíos (Jn 5,41; 7,18; 8,50-54) puede comprenderse en el sentido más profano de "reputación, honor". A estas dos significaciones se añade una connotación propia de Juan (Jn 7,39; 12,16), para quien la glorificación tiene el sentido técnico y exacto de paso de la muerte a la resurrección.

La síntesis de las diferentes acepciones de la palabra comienza a aparecer en Jn 12,20-28 y cuaja en el discurso que siguió a la cena (Jn 13,31-32) y en la oración sacerdotal (Jn 17). El tema de la glorificación está unido al de la “hora” (Jn 17,1; cf. 12,23;13,31,32) y, por tanto, al de la muerte.

Llegado el momento de su muerte, Cristo echa una mirada al pasado y toda su vida se resume en una sola palabra: la glorificación progresiva de la humanidad. Él ha venido a injertar la vida divina en el centro de la vida cotidiana de los hombres (v.2). Bajo términos diferentes: gloria (v. 2), nombre (v. 6), palabra (v. 8), se esconde una misma realidad. La vida divina no acontece ya al margen de la vida de los hombres. Se encuentra implicada de tal modo en la vida de los hombres que Jesucristo deberá pasar por la muerte.

Dios ha hecho un don a la humanidad: Jesús lo recuerda en su plegaria, que, alabando a Dios por esta maravilla, se prolonga en epíclesis: ¡que Dios no retire nunca ese don, aun a pesar de la muerte de su Hijo! Que la gloria de Dios sea de ahora en adelante el dinamismo del nuevo mundo. Con otras palabras; la esperanza del cristiano no está ya centrada en una vida justa, como sucede en las religiones y los mitos; se centra en una vida eterna, y esta, porque es eterna, está ya entre nosotros.

El pensamiento de Juan aparece claramente: Cristo ha venido a injertar la gloria divina en su vida humana hasta su muerte. Esta (la hora) se convierte así en el lugar privilegiado de su glorificación. La gloria que Él debía a su filiación divina la debe ahora a su oblación sacerdotal; pero toda la humanidad participa en ella y saca de ella las razones que la convertirán en un mundo nuevo en el que Dios y su gloria serán todo en todos.

La Eucaristía de la Iglesia no hace más que reproducir las actitudes del Señor: acción de gracias por la maravillosa comunicación de la gloria del Padre a los hombres, anámnesis de esta comunicación en la Pascua misma de Cristo, epíclesis para pedir que esta glorificación del hombre continúe incesantemente.

Jesús comienza su oración al Padre declarando que ha llegado "la hora" tan deseada, a la que tantas veces se ha referido en su vida (7,30; 8,20; 12,23; 13s.) Se trata de la hora de su testimonio y de su muerte, del cumplimiento de toda la voluntad del Padre y de la salvación de los hombres. Su primera petición es para que el Padre convierta esta hora en la hora de su glorificación, pues la gloria del Hijo está unida a la glorificación del Padre (cf 11, 4; 13, 31).

La glorificación que desea Jesús no es más que la consecuencia lógica del poder que ha recibido "sobre toda carne" (es decir, sobre todos los hombres), al ser distinguido con la vocación mesiánica, Jesús ejerce este poder salvando a los hombres y dando la vida eterna a cuantos creen en él. Esta es su gloria y la del Padre.

Pero la salvación de los hombres y la vida eterna consisten precisamente en el reconocimiento de Dios y la aceptación de su enviado, Jesucristo. No es probable que Jesús se llamara a si mismo "Jesucristo".

Cuando Juan escribe su evangelio, el nombre de "Jesucristo" era usual entre los cristianos; seguramente es Juan el que lo introduce en el texto.

El "hijo del hombre", esto es, el mismo Hijo de Dios hecho hombre, pide al Padre que se revele toda la gloria de la divinidad en su naturaleza humana, después de haber cumplido la obra que le encomendara (Cf. Lc 24, 26; Fil 2, 9-11).

Jesús dice de qué manera ha cumplido su obra en los discípulos y hace la presentación de éstos al Padre, de quien él los ha recibido (cf. 6, 37 y 44s.; 8, 47; 10, 2). Jesús ha llamado a estos discípulos y los ha sacado de un mundo incrédulo (cf. 1, 10), los ha elegido (cf. 15, 19) y les ha manifestado el nombre del Padre: quién es Dios y cómo quiere ser Dios para los hombres.

Les ha revelado el nombre del Padre en todas sus palabras y en todas sus obras, y el mismo Padre invisible se ha manifestado en el rostro de Jesús (12, 44s.; 14, 9). Y los discípulos han recibido la revelación de Dios por Jesús y en Jesús, han creído en Dios y en su enviado y permanecen en la fe.

Y hecha la presentación de los discípulos al Padre Jesús intercede expresamente por ellos en su oración. No va a pedir por el mundo incrédulo, sino por los que han creído. Jesús apoya su petición en tres puntos: los discípulos son también del Padre, pues de él los ha recibido: ellos le han aceptado como enviado del Padre, y ahora van a quedarse solos en el mundo sin su presencia. Por eso los encomienda a la solicitud del Padre.

Juan 17,1-11a: Ha llegado la "hora"

Juan 17,1-11a  

En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: "Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado sobre la tierra, he coronado la obra que me encomendaste. Y ahora, Padre, glorifícame cerca de ti, con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes que el mundo existiese. He manifestado tu nombre a los hombres que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado. Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por éstos que tú me diste, y son tuyos. Sí, todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti."

— Comentario por Reflexiones Católicas  

Comienza la llamada oración sacerdotal de Jesús. Según la versión que los evangelios sinópticos nos dan de los últimos acontecimientos de la vida de Jesús, al finalizar la última cena, él se retira a Getsemaní, donde se adentra en la oración. También en Juan la última cena es seguida por la oración de Jesús, pero ésta se realiza en el mismo lugar del Cenáculo y, después de ella, Jesús comienza a caminar hacia la pasión.

En los Sinópticos, la oración tiene como finalidad primera poner de relieve la conciencia de Jesús sobre lo que va a ocurrir: pasión-resurrección. Jesús habla de su tristeza y pide para que pase de él aquel cáliz amargo, aunque la última palabra es siempre la aceptación de la voluntad del Padre: los evangelistas demuestran así que Jesús acepta la crucifixión, porque es la voluntad del Padre, pero manifiesta su repugnancia interna hacia ella.

También en Juan la oración de Jesús tiene como telón de fondo la pasión-resurrección, pero no se menciona para nada la tristeza de Jesús. Su oración aparece con todas las características que definen el cuarto evangelio: se habla de la gloria o glorificar, de la hora, la vida eterna, la obra, enviar, conocer... Como todo el evangelio, esta oración supone una gran elaboración por parte del evangelista, pero sobre la base de afirmaciones y temas tratados por Jesús durante su ministerio terreno.

Cuando ha llegado su hora —la hora en que Jesús realizará de una manera exhaustiva su misión—, pide al Padre que le conceda la gloria que, a su vez, le haga capaz de glorificarlo a él. Al Hijo le ha sido concedida la posición de autoridad sobre todas las cosas. La gloria que ahora pide al Padre debe demostrarse en el don de la vida eterna que él quiere regalar a todos aquéllos que crean en él.

La vida eterna es presentada aquí como el conocimiento del Padre, el único Dios verdadero, y de su enviado Jesucristo. Estamos ante una espléndida definición del cristiano. El cristiano es aquél que «conoce» que el Hijo del hombre, a través de su vida humilde, de su muerte y su resurrección, ha sido constituido en Señor; el que reconoce que la pasión fue el comienzo de la «exaltación-glorificación»; el que a través de Jesús ve al Padre y acepta una nueva forma de vida, que es presentada con el nombre de vida eterna. La misión de Jesús pretendía hacer posible y creíble todo esto. Porque en realidad la gloria de Jesús existía ya antes del comienzo del mundo.

El Hijo, durante su ministerio terreno, ha glorificado al Padre realizando la misión que le había encomendado. Jesús pide ahora que, en el momento supremo, siga glorificándolo y que el Padre lo devuelva a la gloria que tuvo desde el principio (1,1).

La glorificación que Jesús ha hecho del Padre ha consistido en darlo a conocer a los hombres, a todos aquéllos que «él le da dado», les ha manifestado su naturaleza, carácter y propósito. Ellos han aceptado de forma obediente y responsable la palabra que les ha dirigido. Han reconocido que la enseñanza que les ha impartido procede, en última instancia, del Padre. Más aún, que él mismo procede del Padre, que el Padre lo ha enviado. Han creído en su misión y origen.

Jesús ruega por los discípulos; no ruega por el mundo. Esta expresión, que parece indicar exclusión, obedece a que Jesús está considerando la misión salvadora que será llevada a cabo por los discípulos frente al mundo. Ruega por aquellos que están en el mundo en unas circunstancias muy parecidas a aquéllas en que él mismo estuvo: perteneciendo de alguna manera a los dos mundos, al de arriba y al de abajo, o mejor dicho, estando en el de abajo y perteneciendo al de arriba. 

Hechos 20,17-27: Despedida de Pablo

Hechos 20,17-27

En aquellos días, desde Mileto, mandó Pablo llamar a los presbíteros de la Iglesia de Éfeso. Cuando se presentaron, les dijo: "Vosotros sabéis que todo el tiempo que he estado aquí, desde el día que por primera vez puse pie en Asia, he servido al Señor con toda humildad, en las penas y pruebas que me han procurado las maquinaciones de los judíos. Sabéis que no he ahorrado medio alguno, que os he predicado y enseñado en público y en privado, insistiendo a judíos y griegos a que se conviertan a Dios y crean en nuestro Señor Jesús. Y ahora me dirijo a Jerusalén, forzado por el Espíritu. No sé lo que me espera allí, sólo sé que el Espíritu Santo, de ciudad en ciudad, me asegura que me aguardan cárceles y luchas. Pero a mí no me importa la vida; lo que me importa es completar mi carrera, y cumplir el encargo que me dio el Señor Jesús: ser testigo del Evangelio, que es la gracia de Dios. He pasado por aquí predicando el reino, y ahora sé que ninguno de vosotros me volverá a ver. Por eso declaro hoy que no soy responsable de la suerte de nadie: nunca me he reservado nada; os he anunciado enteramente el plan de Dios."

— Comentario por Reflexiones Católicas
Despedida de Pablo

Las dos lecturas de hoy son emotivas. Se trata de la despedida de Jesús y de Pablo de sus discípulos, amigos y hermanos. Jesús tiene un claro presentimiento de que ha llegado “su hora”. Después del coloquio de la última cena en el que les ha dado una serie de consignas: “Amaos como yo os he amado, “no tengáis miedo”, “no os dejaré desamparados, os enviaré el Espíritu”, “yo soy el camino, la verdad y la vida”..., se dirige al Padre en una oración estremecida. Podemos imaginarnos el temblor de su voz y la luminosidad de sus ojos alzados a lo alto.

Desde san Cirilo (s. V) se ha calificado esta oración como sacerdotal. En ella, el Hijo se ofrece al Padre por la salvación de sus hermanos y resume el sentido de toda su vida. Es una oración que trasciende el tiempo y el espacio para alcanzar a los discípulos de todos los tiempos.

Pablo, en su viaje a Jerusalén, al no poder acercarse a Éfeso, llama a los presbíteros a Mileto para despedirse de ellos y, a través de ellos, de toda la comunidad. Cuando se encuentran reunidos les abre el corazón: “Sé que ninguno de vosotros me volverá a ver” y a continuación les da una serie de recomendaciones fraternales.

Tanto Jesús como Pablo dirigen a los suyos un “a Dios” en sentido original: “Os encomiendo a-Dios”. Los dos relatos tienen rasgos comunes. Los discursos son verdaderos testamentos espirituales; contienen los elementos que se encuentran en la mayoría de los discursos de despedida de grandes personajes bíblicos (Gn 49; 1 Sm 12,1-24; Tob 14,3-33; 1 M 2,44-69; Lc 22,24-38).

El discurso de Pablo a los ancianos de Éfeso (Hch 20,17-38) contiene también recomendaciones, memoria de las actividades pasadas, profecías y perspectivas sombrías para los que se quedan, insistencia en que éstos no olviden al ausente y fórmula de bendición final.

Los dos reflejan una oración de gratitud por la fidelidad vivida, por la misión cumplida, que, en el caso de Jesús, resumirá instantes antes de expirar con su solemne confesión: “Todo está cumplido” (Jn 19,30). Ora Jesús: “He coronado la obra que me encomendaste... He guardado en tu nombre a los que me diste”. 

Pablo, por su parte, al dirigirse a los presbíteros de Éfeso, les dice con emotiva sinceridad: “Vosotros sabéis que todo el tiempo que he estado aquí he servido al Señor con toda humildad en las penas y pruebas que me han proporcionado los judíos. Sabéis que no he ahorrado medio alguno, que he enseñado en público y en privado, insistiendo a los judíos y a los griegos a que se conviertan y crean en nuestro Señor Jesús... Por eso declaro hoy que no soy responsable de la suerte de nadie”. 

Estamos ante el testamento espiritual de Pablo, que refleja la imagen ideal del pastor cristiano, imagen de Jesús. Si supiéramos que llega la hora de nuestra partida de esta existencia terrena, ¿podríamos orar como Jesús o como Pablo? ¿Podríamos dar gracias por haber realizado, al menos en lo esencial, el proyecto de Dios sobre nosotros? ¿Qué podríamos ofrecer al Señor? ¿Qué hubiéramos querido haber hecho? ¿Cómo hubiéramos querido haber vivido? ¿Quiénes hubiéramos querido haber sido?

Pablo, como Jesús, confiesa a los presbíteros de Éfeso: “La vida para mí no cuenta al lado de completar mi carrera y cumplir el encargo que me dio el Señor Jesús: ser testigo de la buena noticia, de la gracia de Dios” (Hch 20,24). A Timoteo, su discípulo más entrañable, le escribe: “Por lo que a mí toca, he competido en noble lucha, he corrido hasta la meta, me he mantenido fiel. Ahora ya me aguarda la corona merecida con la que el Señor, juez justo, me premiará el último día, y no sólo a mí (2 Tm 4,6-8). 

Juan 17,1-11a: Despedida de Jesús

Juan 17,1-11a

En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: "Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado sobre la tierra, he coronado la obra que me encomendaste. Y ahora, Padre, glorifícame cerca de ti, con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes que el mundo existiese. He manifestado tu nombre a los hombres que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado. Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por éstos que tú me diste, y son tuyos. Sí, todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti."

— Comentario por Reflexiones Católicas
Despedida de Jesús

Las dos lecturas de hoy son emotivas. Se trata de la despedida de Jesús y de Pablo de sus discípulos, amigos y hermanos. Jesús tiene un claro presentimiento de que ha llegado “su hora”. Después del coloquio de la última cena en el que les ha dado una serie de consignas: “Amaos como yo os he amado", “no tengáis miedo”, “no os dejaré desamparados, os enviaré el Espíritu”, “yo soy el camino, la verdad y la vida”..., se dirige al Padre en una oración estremecida. Podemos imaginarnos el temblor de su voz y la luminosidad de sus ojos alzados a lo alto.

Desde san Cirilo (s. V) se ha calificado esta oración como sacerdotal. En ella, el Hijo se ofrece al Padre por la salvación de sus hermanos y resume el sentido de toda su vida. Es una oración que trasciende el tiempo y el espacio para alcanzar a los discípulos de todos los tiempos.

Pablo, en su viaje a Jerusalén, al no poder acercarse a Éfeso, llama a los presbíteros a Mileto para despedirse de ellos y, a través de ellos, de toda la comunidad. Cuando se encuentran reunidos les abre el corazón: “Sé que ninguno de vosotros me volverá a ver” y a continuación les da una serie de recomendaciones fraternales.

Tanto Jesús como Pablo dirigen a los suyos un “a Dios” en sentido original: “Os encomiendo a-Dios”. Los dos relatos tienen rasgos comunes. Los discursos son verdaderos testamentos espirituales; contienen los elementos que se encuentran en la mayoría de los discursos de despedida de grandes personajes bíblicos (Gn 49; 1 Sm 12,1-24; Tob 14,3-33; 1 M 2,44-69; Lc 22,24-38).

El discurso de Pablo a los ancianos de Éfeso (Hch 20,17-38) contiene también recomendaciones, memoria de las actividades pasadas, profecías y perspectivas sombrías para los que se quedan, insistencia en que éstos no olviden al ausente y fórmula de bendición final.

Los dos reflejan una oración de gratitud por la fidelidad vivida, por la misión cumplida, que, en el caso de Jesús, resumirá instantes antes de expirar con su solemne confesión: “Todo está cumplido” (Jn 19,30). Ora Jesús: “He coronado la obra que me encomendaste... He guardado en tu nombre a los que me diste”. 

Pablo, por su parte, al dirigirse a los presbíteros de Éfeso, les dice con emotiva sinceridad: “Vosotros sabéis que todo el tiempo que he estado aquí he servido al Señor con toda humildad en las penas y pruebas que me han proporcionado los judíos. Sabéis que no he ahorrado medio alguno, que he enseñado en público y en privado, insistiendo a los judíos y a los griegos a que se conviertan y crean en nuestro Señor Jesús... Por eso declaro hoy que no soy responsable de la suerte de nadie”.

Estamos ante el testamento espiritual de Pablo, que refleja la imagen ideal del pastor cristiano, imagen de Jesús. Si supiéramos que llega la hora de nuestra partida de esta existencia terrena, ¿podríamos orar como Jesús o como Pablo? ¿Podríamos dar gracias por haber realizado, al menos en lo esencial, el proyecto de Dios sobre nosotros? ¿Qué podríamos ofrecer al Señor? ¿Qué hubiéramos querido haber hecho? ¿Cómo hubiéramos querido haber vivido? ¿Quiénes hubiéramos querido haber sido?

Pablo, como Jesús, confiesa a los presbíteros de Éfeso: “La vida para mí no cuenta al lado de completar mi carrera y cumplir el encargo que me dio el Señor Jesús: ser testigo de la buena noticia, de la gracia de Dios” (Hch 20,24). A Timoteo, su discípulo más entrañable, le escribe: “Por lo que a mí toca, he competido en noble lucha, he corrido hasta la meta, me he mantenido fiel. Ahora ya me aguarda la corona merecida con la que el Señor, juez justo, me premiará el último día, y no sólo a mí" (2 Tm 4,6-8).