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domingo, 3 de junio de 2018

¡En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis!


Creo que lo más necesario que hay que hacer en la fiesta del Corpus Domini no es explicar tal o cual aspecto de la Eucaristía, sino reavivar cada año el estupor y la maravilla ante el misterio. La fiesta nació en Bélgica, a principios del siglo XIII; los monasterios benedictinos fueron los primeros en adoptarla; Urbano IV la extendió a toda la Iglesia en 1264, parece también que por influencia del milagro eucarístico de Bolsena, hoy venerado en Orvieto.

¿Qué necesidad había de instituir una nueva fiesta? ¿Es que la Iglesia no recuerda la institución de la Eucaristía el Jueves Santo? ¿Acaso no la celebra cada domingo y, más aún, todos los días del año? De hecho, el Corpus Domini es la primera fiesta cuyo objeto no es un evento de la vida de Cristo, sino una verdad de fe: la presencia real de Él en la Eucaristía. Responde a una necesidad: la de proclamar solemnemente tal fe; se necesita para evitar un peligro: el de acostumbrarse a tal presencia y dejar de hacerle caso, mereciendo así el reproche que Juan Bautista dirigía a sus contemporáneos: «¡En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis!».

Esto explica la extraordinaria solemnidad y visibilidad que esta fiesta adquirió en la Iglesia católica. Por mucho tiempo la del Corpus Domini fue la única procesión en toda la cristiandad, y también la más solemne.

Hoy las procesiones han cedido el paso a manifestaciones y sentadas (en general de protesta); pero aunque haya caído la forma exterior, permanece intacto el sentido profundo de la fiesta y el motivo que la inspiró: mantener despierto el estupor ante el mayor y más bello de los misterios de la fe. La liturgia de la fiesta refleja fielmente esta característica. Todos sus textos (lecturas, antífonas, cantos, oraciones) están penetrados de un sentido de maravilla. Muchos de ellos terminan con una exclamación: «¡Oh sagrado convite en el que se recibe a Cristo!» (O sacrum convivium), «¡Oh víctima de salvación!» (O salutaris hostia).

Si la fiesta del Corpus Domini no existiera, habría que inventarla. Si hay un peligro que corren actualmente los creyentes respecto a la Eucaristía es el de banalizarla. En un tiempo no se la recibía con tanta frecuencia, y se tenían que anteponer ayuno y confesión. Hoy prácticamente todos se acercan a Ella... Entendámonos: es un progreso, es normal que la participación en la Misa implique también la comunión; para eso existe. Pero todo ello comporta un riesgo mortal. San Pablo dice: «Quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual a sí mismo y después coma el pan y beba de la copa. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo».

Considero que es una gracia saludable para un cristiano pasar a través de un período de tiempo en el que tema acercarse a la comunión, tiemble ante el pensamiento de lo que está apunto de ocurrir y no deje de repetir, como Juan Bautista: «¿Y Tú vienes a mí?» (Mateo, 3,14). Nosotros no podemos recibir a Dios sino como «Dios», esto es, conservándole toda su santidad y su majestad. ¡No podemos domesticar a Dios!

La predicación de la Iglesia no debería tener miedo -ahora que la comunión se ha convertido en algo tan habitual y tan «fácil»- de utilizar de vez en cuando el lenguaje de la epístola a los Hebreos y decir a los fieles: «Vosotros en cambio os habéis acercado a Dios juez universal..., a Jesús, Mediador de la nueva Alianza, y a la aspersión purificadora de una nueva sangre que habla mejor que la de Abel» (Hebreos 12, 22-24). En los primeros tiempos de la Iglesia, en el momento de la comunión, resonaba un grito en la asamblea: «¡Quien es santo que se acerque, quien no lo es que se arrepienta!»

Uno que no se acostumbró a la Eucaristía y hablaba de Ella siempre con conmovido estupor era San Francisco de Asís. «Que tema la humanidad, que tiemble el universo entero, y el cielo exulte, cuando en el altar, en las manos del sacerdote, está el Cristo Hijo de Dios vivo... ¡Oh admirable elevación y designación asombrosa! ¡Oh humildad sublime! ¡Oh sublimidad humilde, que el Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, tanto se humille como para esconderse bajo poca apariencia de pan!»

Pero no debe ser tanto la grandeza y la majestad de Dios la causa de nuestro estupor ante el misterio eucarístico, cuanto más bien su condescendencia y su amor. La Eucaristía es sobre todo esto: memorial del amor del que no existe mayor: dar la vida por los propios amigos.

Autor: P. Raniero Cantalamessa, ofm

SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI, B

Éxodo 24,3-8
Salmo 115,12-13.15-18
Hebreos 9,11-15
Marcos 14,12-16.22-26


Éxodo 24,3-8

En aquellos días, Moisés bajó del monte Sinaí y refirió al pueblo todo lo que el Señor le había dicho y los mandamientos que le había dado. Y el pueblo contestó a una voz: “Haremos todo lo que dice el Señor”. Moisés puso por escrito todas las palabras del Señor. Se levantó temprano, construyó un altar al pie del monte y puso al lado del altar doce piedras conmemorativas, en representación de las doce tribus de Israel. Después mandó a algunos jóvenes israelitas a ofrecer holocaustos e inmolar novillos, como sacrificios pacíficos en honor del Señor. Tomó la mitad de la sangre, la puso en vasijas y derramó sobre el altar la otra mitad.  Entonces tomó el libro de la alianza y lo leyó al pueblo, y el pueblo respondió: “Obedeceremos. Haremos todo lo que manda el Señor”. Luego Moisés roció al pueblo con la sangre, diciendo: “Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha hecho con ustedes, conforme a las palabras que han oído”.

Salmo 115,12-13.15-18: 
Levantaré el cáliz de la salvación

¿Cómo le pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Levantaré el cáliz de salvación
e invocaré el nombre del Señor.
R. Levantaré el cáliz de la salvación

A los ojos del Señor es muy penoso
que mueran sus amigos.
De la muerte, Señor, me has librado, a mí,
tu esclavo e hijo de tu esclava.
R. Levantaré el cáliz de la salvación


Te ofreceré con gratitud un sacrificio
e invocaré tu nombre.
Cumpliré mis promesas al Señor
ante todo su pueblo.
R. Levantaré el cáliz de la salvación


Hebreos 9,11-15

Hermanos: Cuando Cristo se presentó como sumo sacerdote que nos obtiene los bienes definitivos, penetró una sola vez y para siempre en el “lugar santísimo”, a través de una tienda, que no estaba hecha por mano de hombres, ni pertenecía a esta creación. No llevó consigo sangre de animales, sino su propia sangre, con la cual nos obtuvo una redención eterna. Porque si la sangre de los machos cabríos y de los becerros y las cenizas de una ternera, cuando se esparcían sobre los impuros, eran capaces de conferir a los israelitas una pureza legal, meramente exterior, ¡cuánto más la sangre de Cristo purificará nuestra conciencia de todo pecado, a fin de que demos culto al Dios vivo, ya que a impulsos del Espíritu Santo, se ofreció a sí mismo como sacrificio inmaculado a Dios, y así podrá purificar nuestra conciencia de las obras que conducen a la muerte, para servir al Dios vivo! Por eso, Cristo es el mediador de una alianza nueva. Con su muerte hizo que fueran perdonados los delitos cometidos durante la antigua alianza, para que los llamados por Dios pudieran recibir la herencia eterna que él les había prometido.

Marcos 14,12-16.22-26

El primer día de la fiesta de los panes Azimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le preguntaron a Jesús sus discípulos: “¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?” El les dijo a dos de ellos: “Vayan a la ciudad. Encontrarán a un hombre que lleva un cántaro de agua; síganlo y díganle al dueño de la casa en donde entre: ‘El Maestro manda preguntar: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?’ El les enseñará una sala en el segundo piso, arreglada con divanes. Prepárennos allí la cena”. Los discípulos se fueron, llegaron a la ciudad, encontraron lo que Jesús les había dicho y prepararon la cena de Pascua. Mientras cenaban, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomen: esto es mi cuerpo”. Y tomando en sus manos una copa de vino, pronunció la acción de gracias, se la dio, todos bebieron y les dijo: “Esta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos. Yo les aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios”. Después de cantar el himno, salieron hacia el monte de los Olivos.

domingo, 18 de junio de 2017

Los dos cuerpos de Cristo, por el P. Raniero Cantalamessa


1 Corintios 10,16-17

El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan.

— Comentario por el P. Raniero Cantalamessa
“Los dos cuerpos de Cristo”


En la segunda lectura San Pablo nos presenta la Eucaristía como misterio de comunión: "El cáliz que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?". Comunión significa intercambio, compartir. La regla fundamental de compartir es ésta: lo que es mío es tuyo, y lo que es tuyo es mío. Probemos a aplicar esta regla a la comunión eucarística y nos daremos cuenta de la "enormidad" del tema.

¿"Qué tengo yo específicamente 'mío' "? La miseria, el pecado: esto es exclusivamente mío. ¿Y qué tiene "suyo" Jesús que no sea santidad, perfección de todas las virtudes? Entonces la comunión consiste en el hecho de que yo doy a Jesús mi pecado y mi pobreza, y Él me da su santidad. Se realiza el "maravilloso intercambio", como lo define la liturgia.

Conocemos diversos tipos de comunión. Una comunión bastante íntima es la que se produce entre nosotros y el alimento que comemos, pues éste se hace carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre. He oído a madres decir a su niño, estrechándole hacia su pecho y besándole: "¡Te quiero tanto que te comería!".

Es verdad que la comida no es una persona viva e inteligente con la que podemos intercambiar pensamientos y afectos, pero supongamos por un momento que lo fuera. ¿Acaso no se tendría la perfecta comunión? Pues es lo que precisamente sucede en la comunión eucarística. Jesús, en el pasaje evangélico, dice: "Yo soy el pan vivo, bajado del cielo... Mi carne es verdadera comida... El que come mi carne tiene vida eterna". Aquí el alimento no es una simple cosa, sino una persona viva. Se tiene la más íntima, si bien la más misteriosa, de las comuniones.

Observemos qué sucede en la naturaleza, en el ámbito de la nutrición. Es el principio vital más fuerte el que asimila al menos fuerte. Es el vegetal el que asimila al mineral; es el animal el que asimila al vegetal. También en las relaciones entre el hombre y Cristo se verifica esta ley. Es Cristo quien nos asimila; nosotros nos transformamos en Él, no Él en nosotros.

Un famoso materialista ateo dijo: "El hombre es lo que come". Sin saberlo dio una definición óptima de la Eucaristía, gracias a la cual el hombre se convierte verdaderamente en lo que come, esto es, ¡en el cuerpo de Cristo!

Leamos cómo prosigue el texto inicial de San Pablo: "Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan". Está claro que en este segundo caso la palabra "cuerpo" no indica ya el cuerpo de Cristo nacido de María, sino que nos indica a "todos nosotros", indica aquel cuerpo de Cristo más amplio, que es la Iglesia. Esto significa que la comunión eucarística es siempre también comunión entre nosotros. Comiendo todos del único alimento, formamos un solo cuerpo.

¿Cuál es la consecuencia? Que no podemos tener verdadera comunión con Cristo si estamos divididos entre nosotros, nos odiamos, no estamos dispuestos a reconciliarnos. Si has ofendido a tu hermano, decía San Agustín, si has cometido una injusticia contra él, y después vas a recibir la comunión como si nada hubiera pasado, tal vez lleno de fervor ante Cristo, te pareces a quien ve llegar a un amigo al que no ve desde hace mucho tiempo. Corre a su encuentro, le echa los brazos al cuello y se pone de puntillas para besarle en la frente. Pero al hacer esto no se percata de que le está pisando los pies con su calzado embarrado. Los hermanos, en efecto, especialmente los más pobres y desvalidos, son los miembros de Cristo, son sus pies posados aún en la tierra. Al darnos la sagrada forma, el sacerdote dice: "El cuerpo de Cristo", y respondemos: "¡Amén!". Ahora sabemos a quién decimos "Amen", o sea, sí, te acojo: no sólo a Jesús, el Hijo de Dios, sino también al prójimo.

En la fiesta del Corpus Domini no puedo ocultar un pesar. Hay formas de enfermedad mental que impiden reconocer a las personas cercanas. Es cuando hay quien grita durante horas: "¿Dónde está mi hijo? ¿dónde está mi esposa? ¿qué fue de ellos?", y tal vez el hijo o la esposa están ahí, le toman de la mano y le repiten: "Estoy aquí, ¿no me ves? ¡Estoy contigo!". Así le ocurre también a Dios.

Los hombres, nuestros contemporáneos, buscan a Dios en el cosmos o en el átomo; discuten si hubo o no un creador en el inicio del mundo. Seguimos preguntando: "¿Dónde está Dios?", y no nos percatamos de que está con nosotros y se ha hecho comida y bebida para estar aún más íntimamente unido a nosotros. Juan el Bautista debería repetir tristemente: "En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis".

La solemnidad del Corpus Domini nació precisamente para ayudar a los cristianos a tomar conciencia de esta presencia de Cristo entre nosotros, para mantener despierto lo que Juan Pablo II llamaba "estupor eucarístico".

sábado, 28 de mayo de 2016

Lucas 9,11b-17: Multiplicación de los panes

Lucas 9,11b-17  
Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, ciclo C  

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban. Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle: "Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado." Él les contestó: "Dadles vosotros de comer." Ellos replicaron: "No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío." Porque eran unos cinco mil hombres. Jesús dijo a sus discípulos: "Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta." Lo hicieron así, y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.

lunes, 27 de mayo de 2013

CRISTO EUCARÍSTICO, de Raúl Berzosa


Cristo Eucaristico 
Raul Berzosa
Óleo sobre lienzo 
81x116 cm

Representación del sacrificio del Cuerpo y de la Sangre de Jesucristo instituido por Él mediante el sacrificio de la Cruz. La escena muestra la transubstanciación, consistente en la transformación de la hostia en la carne y del vino en la sangre de Cristo. Por ello la cabeza de Jesús queda enmarcada en un círculo, símbolo de la Sagrada Forma, la sangre del costado cae en el cáliz, símbolo de la sangre convertida en vino consagrado. Junto al cáliz, espigas de trigo y uvas, materiales con el que se realiza el sacramento de la Eucaristía.

Quien realiza la consagración en la iglesia Católica es únicamente el sacerdote, por ello una estola rodea el cuerpo de Cristo, como símbolo sacerdotal. Al mismo tiempo el humo del incienso rodea toda la pintura, es símbolo, sobre todo, de la actitud de ofrenda y sacrificio de los creyentes hacia Dios. El incienso une de algún modo a las personas con el altar, con sus dones y sobre todo con Cristo Jesús que se ofrece en sacrificio.

Esta pintura fue expuesta en el Congreso Eucarístico Internacional en Dublín (Irlanda) en junio de 2012 en la colección "Rostros de Cristo". La colección "Faces of Christ" en Francia: www.faces-of-christ-collection.com

Fuente: http://www.raulberzosa.com

ADORACIÓN AL SANTÍSIMO SACRAMENTO, de Pepe Basto


Adoración al Santísimo Sacramento 2011
Pepe Basto
Convento de las Reparadoras
Jerez, España

TRIUNFO DE LA FE SOBRE LOS SENTIDOS, por Frías y Escalante


Triunfo de la fe sobre los sentidos 1667
Juan Antonio de Frías y Escalante,
Óleo sobre lienzo 
113x152 cm 
Museo del Prado, Madrid

EL TRIUNFO DE LA EUCARISTIA, de Murillo


El Triunfo de la Eucaristía 1662-1665
Bartolomé Esteban Murillo
Óleo sobre lienzo
196 x 250 cm.
Barroco Español
Colección Particular

El Triunfo de la Eucaristía formaba pareja con la Inmaculada Concepción en la decoración del testero de la nave de la Epístola, sobre el comulgatorio, de la iglesia de Santa María la Blanca, Sevilla. El cáliz con el Santísimo ocupa la parte central del cuadro, sobrevolado por la paloma del Espíritu Santo. La figura que lo sostiene podría ser la Iglesia como suministradora de la Eucaristia.

En la zona de la derecha encontramos un grupo de figuras que adoran el sacramento, representando la fe popular. Destaca en este grupo la facilidad del artista para captar expresiones, tanto en los rostros como en los gestos de los hombres y mujeres presentes en el abigarrado grupo.

Una iluminación dorada procedente de la Eucaristía domina el conjunto, organizado a través de un triángulo que tiene como vértice la hostia. Esa luz dorada resbala por los ropajes de los personajes.

Esta cuadro, al igual que la Inmaculada Concepción, fue sacado de Sevilla durante la Guerra de la Independencia, siendo vendido en París en 1865.

LA DISPUTA DEL SACRAMENTO (de la Eucaristía), de Rafael


La Disputa del Sacramento (de la Eucaristia) 1509-1510
Rafael Sanzio (1483-1520)
Fresco 
Renacimiento italiano
Museo Vaticano

Este fresco fue el primero realizado por Rafael a su llegada a Roma. El título de la obra no se corresponde exactamente con el tema, siendo más apropiado el Triunfo de la Eucaristía. El pintor ha organizado una composición protagonizada por la simetría y la perspectiva lineal, tomando como centro la Sagrada Forma ubicada sobre el altar. Hacia allí convergen las líneas de fuga del embaldosado suelo y las diferentes figuras del espacio terrenal. 

La composición se organiza en torno a dos hemiciclos poblados por multitud de personajes, haciendo una separación entre la superficie terrenal y la celestial, acentuada a través de las tonalidades empleadas en una y otra zona. El espacio superior está presidido por la Trinidad con Dios Padre, Cristo y el Espíritu Santo sobre la Sagrada Forma. A la derecha de Cristo encontramos a la Virgen, Jeremías, san Esteban, David, san Juan Evangelista, Adán y san Pedro mientras que a la izquierda aparecen san Juan Bautista, Judas Macabeo, san Lorenzo, Moisés, san Mateo, Abraham y san Pablo. 

En la zona terrestre han sido identificados algunos personajes como Bramante -apoyado en la balaustrada-, Francesco Maria della Rovere -el joven que se dirige al espectador-, san Gregorio Magno con el rostro de Julio II, san Jerónimo, san Ambrosio, san Agustín, san Buenaventura, Dante -coronado con laurel- o Savonarola -semioculto con un capuchón negro-. Las figuras se ubican alrededor del altar permitiendo su contemplación, creando una estructura ascendente gracias a las gradas. 

Tras ellos, en la zona de la derecha encontramos un enorme bloque de piedra que alude a la construcción de la basílica vaticana. Las influencias en Rafael son perceptibles mostrando ecos de Leonardo y Fra Bartolomeo aunque resulta personal en su deseo de dotar de vida y expresividad a cada uno de sus personajes, mostrando las diferentes actitudes humanas en un momento de cierta tensión. 

Sanzio va abandonando el estilo florentino para convertirse en un pintor romano dotando a sus personajes de elegancia clásica y un acentuado y brillante colorido resultando una obra de inolvidable belleza.

TRIUNFO DE LA EUCARISTÍA SOBRE LA IDOLATRÍA, por Peter Paul Rubens


Triunfo de la Eucaristía sobre la Idolatría 1625-1626
Rubens, Pedro Pablo
Óleo sobre tabla
86,5 cm x 105,5 cm
Escuela flamenca
Museo del Prado, Madrid, España

PROCESIÓN DEL CORPUS CHRISTI, de Basilio de Santa Cruz


Procesión del Corpus Christi
Basilio de Santa Cruz Pumacallao

Basilio de Santa Cruz Pumacallao fue un pintor indígena quechua cuya carrera comenzó hacia 1661. Retratista y pintor religioso de gran talento. Gran exponente de la escuela cuzqueña de pintura.

jueves, 23 de junio de 2011

Corpus Christi, Mons. Francisco Gonzalez, S.F., Obispo Auxiliar de Washington D.C.

Deuteronomio 8,2-3.14-16
Salmo 148
1 Corintios 10,16-17
Juan 6,51-59

Celebramos hoy la fiesta del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. Esta fiesta apareció o comenzó a celebrarse allá por el siglo XIII, fiesta que enfatiza la presencia real de Jesús en la Eucaristía. Fue como explosión de la profunda devoción del pueblo católico en contra de la frialdad, más bien la negación por parte de algunos grupos como los albigenses y valdenses, de esa misma presencia real. Esas bellas custodias, con sus carrozas llevando el Santísimo por las calles se lo debemos al Concilio de Trento. Todavía hoy se celebran en muchas partes del mundo, esa salida del Santísimo Sacramento por las calles de grandes y pequeñas ciudades, toda una manifestación de la fe en Jesús sacramentado.

La Eucaristía tiene su origen en la última cena que Jesús tiene con sus más cercanos colaboradores, sus más íntimos amigos: sus Apóstoles. El Concilio Vaticano II nos dice de este sacramento que es “la culminación de toda la vida cristiana” y algo más adelante en el mismo documento, Lumen Gentium, afirma que en el mismo “vive, se edifica y crece sin cesar la Iglesia de Dios”.

Los seres humanos estamos presentes en muchas formas: presencia física, en una conversación, al mirar la foto de dicha persona. Casiano Floristán, de feliz memoria, nos recordaba que Cristo también se hace presente en medio de nosotros cuando nos reunimos en su nombre, cuando practicamos la virtud de la caridad, en una forma muy en particular, cuando lo hacemos con los más necesitados. En la celebración de la eucaristía lo vemos concretizado al ser reunión de los creyentes y el altar/la mesa que nos recuerda la caridad. En ese precioso momento de la vida del Señor que seguimos llamando la Última Cena, Jesús distribuye a los comensales el pan, que es su cuerpo, y la sangre que es su sangre, o sea, su persona completa de un modo real, no meramente intencional. Cristo, de todas todas, está presente y activo.

Hoy es un momento precioso para celebrar esa presencia real de Jesús en la Eucaristía, y como así lo creemos, debemos insistir en el respeto con que debemos acercarnos a la misma: un alma limpia, un corazón de enamorado/a, unas actitudes externas respetuosas al acercarnos a recibir a Jesús en la Eucaristía.

Después de muchísimos años de distribuir la Santa Comunión, he visto formas muy edificantes de acercarse a recibirla, sin importar si la reciben en la boca o en la mano, tanto de pie como de rodillas. Pero también he visto, por desgracia, acercándose a la misma de una forma como se estuvieran haciendo cola para pagar en el mercado, vestidos/as de forma que no se atreverían a hacerlo cuando solicitan un trabajo, hablando y saludando a todo el mundo, e incluso masticando chiclé.

Necesitamos más catequesis, más formación en la fe. No sé como se podría hacer, pero sería bueno que se acercaran a la comunión solamente aquellas personas que se sienten preparadas, que verdaderamente creen, que lo desean y que nadie se sienta obligado/a a levantarse y ponerse en fila porque los ujieres van pasando por las bancas con la idea de mantener un cierto orden. Quedarse solo/a en la banca mientras los demás se acercan para recibir la comunión es un tanto vergonzoso para algunos, y así se suman a los demás. El Señor no se fuerza en nadie, incluso cuando llama a la puerta, espera a que le abran, sólo entra cuando es invitado y merece que se le trate como merece.

En nuestro mundo de hoy hay, podríamos decir una abundancia de hambre. Hambre de comida, hay millones que no pueden satisfacer esa necesidad vital. Hay otras hambres, que tal vez sean las causantes de esta primera: hambre de poder, de prestigio, de dinero, de ser consultado, de ser preferido. También hay otro hambre y que es de gran consolación pues da esperanza a un mundo un tanto desesperanzado y es ese hambre de Dios, de un querer estar cerca y más cerca de él. Jóvenes y no tan jóvenes buscan dar sentido a sus vidas, y como decía san Agustín: "Nos creaste Señor para ti, e inquieto estará nuestro corazón hasta que descanse en ti".