miércoles, 1 de noviembre de 2017

Breve reseña histórica sobre el Día de los Fieles Difuntos

Después de conocer ayer la historia de la fiesta de todos los santos toca hoy conocer la de la fiesta de los fieles difuntos, su perfecto complemento, pues si aquélla conmemora a todos aquéllos que ya se hallan en presencia del Creador, ésta conmemora a todos aquéllos que aún se hallan expiando sus penas en el purgatorio pendientes de entrar en el Cielo.

Se trata pues de una celebración íntimamente relacionada con la cuestión del purgatorio que trataremos algún día en esta columna, si bien no está de más anticipar ya que cabe a San Cipriano el honor de utilizar el término fuego purgatorio por primera vez, cuando afirma la necesidad de aplicarlo en un caso muy concreto: aquellos pecadores que se hallen, en el momento de la muerte, en trance de cumplir la penitencia impuesta, y por lo tanto, no hayan recibido aún la absolución.

Si bien la idea de un lugar “especializado” distinto del infierno llamado purgatorio en el que aplicar el fuego purgatorio a los pecadores “salvables”, pertenece quizás al benedictino San Pedro Damián (n.1007-m.1072), que al citar las cinco regiones que acogen al fallecido en su Sermón 59, llama a la tercera “regio expiationis” (reino de la expiación), y la define como “loca purgatoria” (lugares purgatorios).

En cualquier caso, se atribuye la idea de la conmemoración de todos los Fieles Difuntos al santo francés San Odilón (961-1041), cuarto abad del célebre monasterio benedictino de Cluny, a quien se atribuye también la creación de otras prácticas cristianas como la “tregua de Dios”.

Odilón habría instituído la fiesta de los Difuntos en 998, eligiendo para celebrarla tal día como hoy, 2 de noviembre, en el día justo posterior a la festividad de todos los santos.

El dominico Jacobo De La Vorágine, autor del famoso tratado hagiográfico medieval “La Leyenda Dorada”, que por cierto llama también a la fiesta de los fieles difuntos con el bonito nombre de “conmemoración de las almas”, lo relata de esta manera tan colorida:

“Enterado San Odilón –dice Pedro Damiano- de que en los alrededores de un volcán de Sicilia oíanse a menudo grandes voces y alaridos de los demonios quejándose de que los vivos con sus limosnas y oraciones les arrebataban las almas de los muertos, dispuso que en todos los monasterios dependientes de su jurisdicción se celebrase anualmente la conmemoración de los fieles difuntos inmediatamente después de la fiesta de todos los santos”.

La gran influencia que por ese entonces ejerce la orden del Cluny a la que San Odilón pertenece y su amplia extensión por las tierras de Europa contribuye eficazmente a la divulgación del uso en todo el orbe cristiano.

En España y Portugal, así como en todas sus posesiones a lo largo y ancho del planeta, Benedicto XIV, papa que lo es entre 1740 y 1754, concederá a los sacerdotes españoles el privilegio de celebrar tal día como el de hoy tres misas. En 1915, Benedicto XV extiende la autorización a todos los sacerdotes católicos.

La celebración del día de los difuntos no es sino una expresión más del dogma que rezamos en el Credo llamado de la “Comunión de los santos”, por el cual, los méritos y sufragios de los unos pueden ser benéficos para los demás miembros de la comunidad, lo que faculta a la Iglesia a ofrecer por ellas a Dios, la Santa Misa, las indulgencias, las limosnas y los sacrificios de sus hijos, así como los méritos sobreabundantes de la Pasión de Cristo.

Autor: Luis Antequera

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