sábado, 15 de octubre de 2016

Domingo la 29 Semana del Tiempo Ordinario, ciclo C: Escuchar a Dios, por Julio González, S.F.













Exodo 17:8-13

Los amalecitas vinieron a Refidín y atacaron a los israelitas. Entonces Moisés le ordenó a Josué:
— Escoge algunos de nuestros hombres y sal a combatir a los amalecitas. Mañana yo estaré en la cima de la colina con la vara de Dios en la mano.
Josué siguió las órdenes de Moisés y les presentó batalla a los amalecitas. Por su parte, Moisés, Aarón y Jur subieron a la cima de la colina. Mientras Moisés mantenía los brazos en alto, la batalla se inclinaba en favor de los israelitas; pero cuando los bajaba, se inclinaba en favor de los amalecitas. Cuando a Moisés se le cansaron los brazos, tomaron una piedra y se la pusieron debajo para que se sentara en ella; luego Aarón y Jur le sostuvieron los brazos, uno el izquierdo y otro el derecho, y así Moisés pudo mantenerlos firmes hasta la puesta del sol. Fue así como Josué derrotó al ejército amalecita a filo de espada.

2 Timoteo 3:4–4:2

Pero tú, permanece firme en lo que has aprendido y de lo cual estás convencido, pues sabes de quiénes lo aprendiste. Desde tu niñez conoces las Sagradas Escrituras, que pueden darte la sabiduría necesaria para la salvación mediante la fe en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia, a fin de que el siervo de Dios esté enteramente capacitado para toda buena obra. En presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de venir en su reino y que juzgará a los vivos y a los muertos, te doy este solemne encargo: Predica la Palabra; persiste en hacerlo, sea o no sea oportuno; corrige, reprende y anima con mucha paciencia, sin dejar de enseñar.

Lucas 18:1-8

Jesús les contó a sus discípulos una parábola para mostrarles que debían orar siempre, sin desanimarse. Les dijo:
— Había en cierto pueblo un juez que no tenía temor de Dios ni consideración de nadie. En el mismo pueblo había una viuda que insistía en pedirle: "Hágame usted justicia contra mi adversario." Durante algún tiempo él se negó, pero por fin concluyó: "Aunque no temo a Dios ni tengo consideración de nadie, como esta viuda no deja de molestarme, voy a tener que hacerle justicia, no sea que con sus visitas me haga la vida imposible."
Continuó el Señor:
— Tengan en cuenta lo que dijo el juez injusto. ¿Acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará mucho en responderles? Les digo que sí les hará justicia, y sin demora. No obstante, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?








 








Comentario de Julio González, S.F.

El creyente alimenta su espiritualidad varias veces al día con la oración y la Sagrada Escritura. Cuando la oración y la Escritura no hallan un hueco en su agenda, entonces, su vida espiritual pierde intesidad y se cae en la rutina. A veces, no se da cuenta de su anemia espiritual hasta que ocurre algo que le causa gran preocupación o temor.

Las lecturas de hoy subrayan la importancia de la oración (primera lectura y evangelio) y de la Sagrada Escritura (segunda lectura) en nuestra vida espiritual sin excluir nuestra relación con Dios a través del prójimo.

Cuando comparto mi experiencia de oración con otras personas a menudo comparo la oración con la comida o el ejercicio físico: la oración es para nuestra espiritualidad lo que la comida o el ejercicio es para nuestro cuerpo.

¿Quú le ocurriría a una persona adulta si solamente comiera "potitos" (=alimentos para niño/as de corta edad)? Enfermaría. ¿Qué le ocurriría a una persona si comiera siempre lo mismo tres veces al día? Su cuerpo estaría débil. Nuestra salud está relacionada con la calidad y variedad de los alimentos que comemos; pues bien, nuestra vida espiritual está relacionada con la calidad y variedad de nuestra oración.

Algunas personas adultas rezan de la misma manera que cuando tenían seis, ocho, diez años. "Nuestra fe sigue siendo la misma, pero el mundo -dicen- ha cambiado tanto...".

Recuerdo que durante la adolescencia dejé de rezar por un tiempo. Fueron unos años muy importantes porque intentaba encontrarme a mi mismo, saber quién era. Entonces, a través del grupo de amigos me enteré (nos enteramos) de que rezar no era tanto repetir las palabras que nos habían enseñado, sino aprender a mirar y a escuchar de nuevo. La novedad consistía en que la oración no gira en torno a nosotros mismos, como hacen los niño/as, sino en torno a Dios. Algunos adultos todavía no han aprendido a rezar de esta manera y ellos ocupan el lugar que debería corresponder a Dios en la oración.

He encontrando personas aburridas de su oración porque no escuchan nada y esos momentos de silencio les parecen una pérdida de tiempo; entonces, les digo que Dios nos habla 24 horas al día, 7 días a la semana: ¿Escucháis a los demás? ¿Escucháis a vuestra familia? ¿Escucháis a vuestros vecinos? ¿Escucháis a quienes no piensan como vosotros? Dios nos habla continuamente, pero si no sois capaces de escucharle en vuestras actividades cotidianas, mucho menos podréis escucharle en la soledad y el silencio. Dicho de otra manera: si no escucháis la voz de Dios en la vida diaria, entonces, no os debe extrañar que no lo escuchéis en el silencio de la capilla.

La oración del cristiano no es ni individual ni privada y tampoco gira en torno a uno mismo, sino que es personal y comunitaria. Incluso cuando oramos a solas nuestra oración es comunitaria, es decir, centrada en Dios y teniendo en cuenta a nuestros hermanos y hermanas. Por eso, no podemos escuchar a Dios si no hemos aprendido a escuchar a los demás. Dios nos mira con sus ojos de creador, es decir, con unos ojos que lo abarcan todo.

Nos os sorprenda, por tanto, si al comenzar la oración pensabais de una manera, teníais unos planes, os veíais de una manera, y cuando salís de la oración tenéis otras prioridades, otros planes, y os veis de otra manera.

No hay comentarios: