sábado, 29 de marzo de 2014

4 Domingo de Cuaresma, Año A, por Mons. Francisco González, S.F.

1 Samuel 16,1b.6-7.10-13a
Salmo 22: El señor es mi pastor, nada me falta
Efesios 5,8-14
Juan 9,1-41

1 Samuel 16,1b.6-7.10-13a

En aquellos días, el Señor le dijo a Samuel: "Llena la cuerna de aceite y vete, por encargo mío, a Jesé, el de Belén, porque entre sus hijos me he elegido un rey." Cuando llegó, vio a Eliab y pensó: "Seguro, el Señor tiene delante a su ungido." Pero el Señor le dijo: "No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura. Lo rechazo. Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón." Jesé hizo pasar a siete hijos suyos ante Samuel; y Samuel le dijo: "Tampoco a éstos los ha elegido el Señor." Luego preguntó a Jesé: "¿Se acabaron los muchachos?" Jesé respondió: "Queda el pequeño, que precisamente está cuidando las ovejas." Samuel dijo: "Manda por él, que no nos sentaremos a la mesa mientras no llegue." Jesé mandó a por él y lo hizo entrar: era de buen color, de hermosos ojos y buen tipo. Entonces el Señor dijo a Samuel: "Anda, úngelo, porque es éste." Samuel tomó la cuerna de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. En aquel momento, invadió a David el espíritu del Señor, y estuvo con él en adelante.

Salmo 22: El señor es mi pastor, nada me falta

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar,
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas.
R. El señor es mi pastor, nada me falta

Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan.
R. El señor es mi pastor, nada me falta

Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa.
R. El señor es mi pastor, nada me falta

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos loa días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por los años sin término.
R. El señor es mi pastor, nada me falta

Efesios 5,8-14

Hermanos: En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz -toda bondad, justicia y verdad son fruto de luz-, buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciadlas. Pues hasta da vergüenza mencionar las cosas que ellos hacen a escondidas. Pero la luz, denunciándolas, las pone al descubierto, y todo descubierto es luz. Pero eso dice: "Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz."

Juan 9,1-41

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron:
— Maestro, ¿quien pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?
Jesús contestó:
— Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día, tenemos que hacer las obras del que me ha enviado; viene la noche, y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.
Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo:
— Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).
Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban:
— ¿No es ése el que se sentaba a pedir?
Unos decían:
— El mismo.
Otros decían:
— No es él, pero se le parece.
Él respondía:
— Soy yo.
Y le preguntaban:
— ¿Y cómo se te han abierto los ojos?
Él contestó:
— Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver.
Le preguntaron:
— ¿Dónde está él?
Contestó:
— No sé.
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó:
— Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo.
Algunos de los fariseos comentaban:
— Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.
Otros replicaban:
— ¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?
Y estaban divididos. Volvieron a preguntarle al ciego:
— Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?
Él contestó:
— Que es un profeta.
Pero los judíos no se creyeron que aquél había sido ciego y había recibido la vista, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron:
— ¿Es éste vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?
Sus padres contestaron:
— Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos nosotros, y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse. Sus padres respondieron así porque tenían miedo los judíos; porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: "Ya es mayor, preguntádselo a él."
Llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron:
— Confiésalo ante Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.
Contestó él:
— Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo.
Le preguntan de nuevo:
— ¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?
Les contestó:
— Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso; ¿para qué queréis oírlo otra vez?; ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?
Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron:
— Discípulo de ése lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ése no sabemos de dónde viene.
Replicó él:
— Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder.
Le replicaron:
— Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?
Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:
— ¿Crees tú en el Hijo del hombre?
Él contestó:
— ¿Y quién es, Señor, para que crea en él?
Jesús les dijo:
— Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.
Él dijo:
— Creo, señor.
Y se postró ante él.
Jesús añadió:
— Para un juicio he venido ya a este mundo; para que los que no ve vean, y los que ven queden ciegos.
Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron:
— ¿También nosotros estamos ciegos?
Jesús les contestó:
— Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste.

— Comentario por Mons. Francisco González, S.F.

Estamos en el cuarto domingo de Cuaresma. Dos semanas más y entraremos en la semana de las semanas: Semana Santa. Nos estamos acercando al final de este tiempo fuerte que conocemos como cuaresma.

Cuaresma, cuarenta, número que en la Sagrada Escritura indica cambio, viaje. Posiblemente sea éste un buen momento para hacer un alto en el camino de nuestra preparación a la Pascua para ver en dónde nos encontramos, qué o cuánto hemos avanzado, hacia la “nueva vida” que recibimos en el bautismo y que se nos encargó desarrollar.

En la primera lectura nos encontramos con la unción del nuevo rey de Israel. Dios quiere que el guía de su pueblo sea alguien de su confianza. El profeta, cuando vé al mayor de los hermanos, de “gran presencia y estatura”, piensa inmediatamente que éste es el elegido, pero Dios no le permite ungirlo. “No te guíes por las apariencias, le dice, yo miro el corazón”.

Esta es una frase con una enseñanza capaz de revolucionar la historia, la vida de los seres humanos. A pesar de tanto estudio, de tanta psicología, de tanta cosa como sabemos, todavía caemos con muchísima frecuencia en juzgar a la gente “por las apariencias”. El dicho popular de “las apariencias engañan” o “mucho ojo, que la vista engaña” tienen mucho de sabiduría y de ética cristiana.

En el evangelio vemos otro hecho extraordinario en la vida de Jesús: la sanación de un ciego de nacimiento. Como nota un tanto curiosa podríamos decir que esta narración evangélica comienza con un ciego que llega a ver, y un montón de videntes que acaban sin ver.

Los fariseos, esclavos de la ley, no pueden aceptar a Jesús Mesías, consagrado a Dios para el bien de la persona. No pueden aceptar que en el Reino de Dios, el bien del hombre está por encima de las costumbres y tradiciones: no se hizo el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre.

En esta lectura del evangelio de San Juan vimos el viaje de fe que hace el ciego de nacimiento quien vé a Jesús, primero como “hombre”, después como “profeta” y finalmente como “Señor”. Un proceso similar lo vimos el domingo pasado en el caso de la mujer samaritana.

Tanto el ciego de nacimiento como la mujer samaritana comienzan su relación con Jesús basada en una necesidad material, y poco a poco van entrando a una relación más personal, más íntima hasta llegar a conocer el sentido de la vida que está, ni más ni menos, en la aceptación de Jesús como su Salvador.

Ceguera y tinieblas van juntas y como consecuencia sus obras son estériles, no hay vida, (2º lectura) pero cuando se acepta la luz de Cristo, nosotros mismos nos convertimos en luz cuyos frutos son la bondad, la justicia y la verdad.

El mandato o invitación de Jesús al ciego para que fuera a lavarse, creo que nos puede a nosotros dar también algo que pensar. Tal vez nosotros también necesitamos bañarnos en la piscina de “Siloé” (que quiere decir: El Enviado), en la piscina del sacramento de la reconciliación, donde nos podamos limpiar del barro de nuestros pecados, de nuestras actitudes que impiden que veamos el don que Dios es y que nos quiere dar: ser bondadosos, practicar la justicia y vivir en la verdad.

“El Señor es mi pastor, nada me falta”

No hay comentarios: