sábado, 8 de marzo de 2014

1 DOMINGO DE CUARESMA, Año A, por Mons. Francisco González, SF.

Genesis 2:7-9; 3:1-7
Salmo 51: Misericordia, Señor: hemos pecado
Romanos 5:12-19
Mateo 4:1-11

Génesis 2,7-9; 3,1-7

El Señor Dios modeló al hombre de arcilla del suelo, sopló en su nariz un aliento de vida, y el hombre se convirtió en ser vivo. El Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia oriente, y colocó en él al hombre que había modelado. El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos de ver y buenos de comer; además, el árbol de la vida, en mitad del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y el mal. La serpiente era el más astuto de los animales del campo que el Señor Dios había hecho. Y dijo a la mujer: "¿Cómo es que os ha dicho Dios que no comáis de ningún árbol del jardín?" La mujer respondió a la serpiente: "Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; solamente del fruto del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: "No comáis de él ni lo toquéis, bajo pena de muerte." " La serpiente replicó a la mujer: "No moriréis. Bien sabe Dios que cuando comáis de él se os abrirán los ojos y seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal. "La mujer vio que el árbol era apetitoso, atrayente y deseable, porque daba inteligencia; tomó el fruto, comió y ofreció a su marido, el cual comió. Entonces se les abrieron los ojos a los dos y se dieron cuenta de que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron.

Salmo 51: Misericordia, Señor: hemos pecado

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa,
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.
R. Misericordia, Señor: hemos pecado

Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado:
contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad que aborreces.
R. Misericordia, Señor: hemos pecado

Oh, Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.
R. Misericordia, Señor: hemos pecado

Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza.
R. Misericordia, Señor: hemos pecado

Romanos 5,12-19

Hermanos: Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, por que todos pecaron. Porque, aunque antes de la Ley había pecado en el mundo, el pecado no se imputaba porque no había Ley. A pesar de eso, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión como la de Adán, que era figura del que había de venir. Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por la transgresión de uno murieron todos, mucho más, la gracia otorgada por Dios, el don de la gracia que correspondía a un solo hombre, Jesucristo, sobró para la multitud. Y tampoco hay proporción entre la gracia que Dios concede y las consecuencias del pecado de uno: el proceso, a partir de un solo delito, acabó en sentencia condenatoria, mientras la gracia, a partir de una multitud de delitos, acaba en sentencia absolutoria. Por el delito de un solo hombre comenzó el reinado de la muerte, por culpa de uno solo. Cuanto más ahora, por un solo hombre, Jesucristo, vivirán y reinarán todos los que han recibido un derroche de gracia y el don de la justificación. En resumen: si el delito de uno trajo la condena a todos, también la justicia de uno traerá la justificación y la vida. Si por la desobediencia de uno todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos.

Mateo 4,1-11

En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre. El tentador se le acercó y le dijo:
— Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes.
Pero él le contestó, diciendo:
— Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
Entonces el diablo lo lleva a la ciudad santa, lo pone en el alero del templo y le dice:
— Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Encargará a los ángeles que cuiden de ti, y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras.
Jesús le dijo:
— También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios.
Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y, mostrándole los reinos del mundo y su gloria, le dijo:
— Todo esto te daré, si te postras y me adoras.
Entonces le dijo Jesús:
— Vete, Satanás, porque está escrito: Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto.
Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y le servían.

— Comentario por Mons. Francisco González, SF.

Acabamos de comenzar la Cuaresma y hemos visto muchas formas de hacerlo, desde carnavales hasta individuos y/o grupos que le han dado un carácter profundamente religioso. Ellos y ellas han mirado hacia arriba y también horizontalmente hacia sus hermanos y hermanas, con el firme propósito de profundizar sus relaciones con el Señor y con los hermanos.

Al llegar a la iglesia este domingo nos habremos dado cuenta de ciertos cambios tanto en la celebración litúrgica como en el ambiente. Se nota una cierta sobriedad, no como señal de tristeza, algo que hay bastantes que la asocian con la Cuaresma, sino para recordar esos cuarenta días de Jesús en el desierto que prescindiendo de todo lo humano, intensifica su diálogo con el Padre.

La santa Cuaresma la asociamos, en muchos casos, con privarnos de la cantidad de comida o clase de la misma, con abandonar ciertos entretenimientos y diversiones, con llevar una vida de aburrimiento como si eso fuera una virtud. La Cuaresma vista de esta forma es aburrida, y la verdad es que me cae mal, de hecho no me gusta nada.

La Cuaresma es, se podría decir, un tiempo de gran oportunidad.

Oportunidad para expresar nuestros mejores sentimientos y deseos, como sería intensificar nuestra oración y entablar o recuperar nuestro diálogo con Dios;
oportunidad para quitarnos esa mochila llena de egoísmo que llevamos en nuestros hombros;
oportunidad de dejar que Dios use su misericordia con nosotros;
oportunidad de acelerar un tanto nuestra conversión;
oportunidad de manifestar con nuestra vida el amor de Dios;
oportunidad de insertarnos en la comunidad que sufre para hacer más llevadero el sufrimiento de nuestros hermanos;
oportunidad de proclamar nuestra alegría por ser hijos de Dios;
oportunidad para retarnos a nosotros y a nuestra Iglesia para que sea verdadero evangelio, buena noticia, para el mundo en que vivimos; para que como Cristo se adentró en el desierto sólo con lo puesto, también nosotros y nuestra Iglesia nos vayamos desprendiendo de lo que no es testimonio de la presencia de Jesús en nuestra vida.

Jesús que ha estado en el desierto cuarenta días, nos dice el evangelio que sintió hambre. El diablo usa ese momento para tentarle. Le invita a dejar de ser pobre, le invita a ser famoso, y por último a ser poderoso. Veinte siglos después seguimos soñando y deseando completa solución a nuestras necesidades. Nos encantan la fama y el poder, este último que usamos no para el beneficio de nuestros hermanos, sino para conseguir nuestra propia fama, para que nuestra foto salga en primera plana, para que se nos dediquen edificios y monumentos, para que se anuncie nuestra presencia con bombos y platillos. Posiblemente algunos habremos soñado con ser coronados con ricas coronas, olvidándonos que la corona del Rey del Universo fue de espinas.

Hemos empezado la Cuaresma tiempo oportuno para echar una mirada a nuestra vida para darle sentido a la misma, para que vayamos quitando de la misma todo aquello que no venga de Dios así resplandezca la figura del mismo Señor en cuya imagen fuimos creados. Este es un tiempo propicio para un examen de nuestra misión, de la misión a la que hemos sido llamados. Este es el tiempo para invitar a los que nos rodean a tener una vivencia de la grandeza del Dios en quien creemos. Este es el tiempo de unir nuestras fuerzas para humanizar a nuestra sociedad, para que juntos abramos la mente y el corazón de todos, especialmente de los poderosos para que como el Dios creador podamos decir al contemplar nuestro trabajo, esto es bueno.

¡Feliz y próspera Cuaresma!

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