sábado, 25 de marzo de 2017

Domingo de la 4 Semana de Pascua, ciclo A: No es un pecado ser ciego, lo que es pecado es no querer abrir los ojos, por Julio César Rioja, cmf

Queridos hermanos:

Un ciego que ve y unos supuestos ojos del pueblo que están ciegos, y sobre todo, una pedagogía de Jesús, que nos hace valer por nosotros mismos, para buscar la dignidad de todo hombre.

Ya en la primera lectura del libro de Samuel, cuando quiere elegir al futuro Rey, se fija en el hijo mayor, pero el Señor le dijo a Samuel: “No mires las apariencias ni su gran estatura, pues yo lo he descartado. La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón”. El escogido es el hijo menor.

En el texto de hoy, hay un hombre que es ciego de nacimiento y en frente, hay unos hombres que se precian de ser los guías del pueblo. Este hombre depende totalmente de los demás, religiosamente la ceguera, proviene del pecado de sus padres.

Jesús lo untó de barro y le pidió que fuera el sólo a la piscina de Siloé y se lavara los ojos, aquel hombre al que consideraban incapaz, de hacer algo sin ayuda: fue, se lavó y vio, el Maestro desaparece del escenario. Abrir los ojos, recuperar lo que es la libertad personal, lo tiene que hacer uno por sí mismo.

Encima era sábado, el sistema se tambalea, hay un hombre que ve. (No estaría mal, leer o volver a releer el “Ensayo sobre la ceguera” de José Saramago).

Acostumbrados los fariseos, a determinar lo que puede hacer cada hombre, a saber quién es bueno o malo, lo que hay que realizar en sábado, a justificarse a sí mismos, con la excusa, de guiar a los demás que están ciegos.

Éste ha empezado a pensar por sí mismo y produce en los jefes indignación y miedo, por eso le preguntan: “Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?” y el va respondiendo: “es un profeta”, “Si es un pecador no lo sé; sólo sé que era ciego y ahora veo”, “os lo he dicho ya y no me habéis hecho caso: ¿para qué queréis oírlo otra vez? ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?”.

Se permite incluso la ironía, el ver, le ha dado valentía y los desafía. “Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de donde viene” y los fariseos le dicen: “En pecado naciste de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros? Y lo expulsaron”.

Es la historia de todos aquellos, que como los profetas, se atreven a mirar la vida de otra manera, le sucederá a Jesús en esta Pascua. Los dos comparten mirada, saben ver lo que hay que ver y por eso, el ciego creyó.

Con frecuencia nos molestan estos hombres que ven claro, quizás los admiremos, pero unirse a ellos, es un peligro para nuestro confort y nuestra estabilidad. Debemos ser la luz del mundo, pero demasiados pensamos; sin pasarse, con equilibrio y entonces todo se vuelve claroscuro.

Nos dice San Pablo, en la segunda lectura de hoy, a los Efesios: “En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz (toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz) buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien poniéndolas en evidencia. Pues hasta ahora da vergüenza mencionar las cosas que ellos hacen a escondidas. Pero la luz, denunciándolas, las pone al descubierto y todo lo descubierto es luz. Por eso dice: despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será la luz”.

Es verdad, que no somos tan ciegos como pensamos  y considerarse ciegos, es empezar a ver claro. Ni vemos tan claro para pensar que ya estamos salvados. No es un pecado ser ciego, lo que es pecado es no querer abrir los ojos, mirar para otro lado.

Quitémonos el barro de los ojos y miremos más allá, de lo que normalmente estamos acostumbrados a ver. Recordar aquel viejo cuento, no seamos avestruces que esconden la cabeza, sino águilas que otean el horizonte.

PD: este es el domingo “Laetare”, ver siempre produce alegría.

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